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NUNCA LO OLVIDARáS (RELATO PRECUELA) (TRILOGíA CORAZóN 0)

Elena Montagud

4


Fragmento

El cliente que está delante de mí no cesa de lanzarme miradas breves cargadas de nerviosismo y preocupación. Esbozo una sonrisa rápida que pretende ser consoladora y vuelvo a posar los ojos en los papeles que tengo ante mí. Doy unos golpecitos en la mesa con el bolígrafo antes de preguntar:

—¿Tienen hijos en común?

—No. Queríamos, pero al final no…

El hombre, que tendrá unos cuarenta años, no termina la frase. Levanto la barbilla para instarlo a continuar y lo miro con afabilidad para hacerle comprender que no es necesario que calle. No obstante, no vuelve a abrir la boca.

—¿Disponen de alguna propiedad más aparte del piso en el que conviven?

—No, qué va. Ya nos cuesta llegar a fin de mes con la hipoteca y los otros gastos…

Guarda silencio otra vez. Recorre con la vista los pocos muebles de mi despacho. En ningún momento me ha mirado a los ojos durante más de unos segundos.

Es el tipo de cliente alterado, preocupado y con miedo. Los que son como él no saben plantear sus dudas y se muestran inquietos durante todo el proceso. No suelen causar problemas, a excepción de cuando empiezan a recular y, entonces, el asunto se hace más difícil. Hay otro tipo de clientes que me provocan cierto disgusto, aunque al final son los que más me gustan por el reto que suponen. Son los seguros, los cínicos, los que pretender arrasar con todo. En ocasiones debo sumarme a esa actitud; en otras, intento hacerles ver lo equivocados que están, lo cual me resulta sumamente complicado porque también son cabezotas.

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—¿Ha comentado con su esposa la posibilidad de trabajar con el mismo abogado?

El hombre, que se llama Ernesto, se queda pensativo unos segundos y su rostro adquiere cierta palidez. Hace un rato me ha asegurado que el divorcio sería amistoso, pero ahora, viéndole la cara, me parece que ya no opina lo mismo.

—No hemos hablado mucho sobre eso.

Asiento y me inclino hacia delante. Coloco las hojas de manera que todas estén en la misma posición. Una pequeña manía que tengo. No me gusta el desorden.

—Considere mantener una conversación con su esposa, si lo que desean de verdad es un divorcio amistoso. Que no tengan hijos ni bienes ayuda, por supuesto. —Cruzo los dedos y busco la mirada de Ernesto—. Un divorcio amigable requiere que ambos cónyuges pasen mucho tiempo juntos para debatir las cuestiones importantes. En el caso de ustedes, por ejemplo, deberían decidir quién se quedará en la casa que ahora comparten. Yo les ayudaría —añado al reparar en sus ojos ansiosos—. ¿O acaso hay algo que podría dificultar esto y que yo debería saber?

—Verá, es que… —dice en voz baja, y la puntiaguda nuez le baila en la garganta—. Tengo una amante.

—No es necesario alegar causa culpable para el divorcio. Basta su propia voluntad expresada en su solicitud —le informo, y él me dedica una mirada bovina, como si no entendiera de qué le hablo.

—Ya, pero…

—Uno de los requisitos para la solicitud es que exista acuerdo entre los cónyuges. No solo en la solicitud del divorcio, sino también con los efectos que se derivan —le informo. Y a punto estoy de recordarle que cuando ha entrado me ha asegurado que estaba todo solucionado—. Por eso le he sugerido que lo hagan con el mismo abogado, es decir, conmigo. Así estableceríamos juntos los pactos que incluiremos en el convenio regulador y que ustedes, ambos —recalco la última palabra—, deben firmar.

—Sí, sí, de algo hemos hablado mi mujer y yo. Ella también quiere divorciarse. El problema es que, de momento, no sabe que tengo una amante. Pero si se enterara, quizá…

—Quizá no se ratificaría en su deseo de divorciarse, quiere decir. Pero ¿por qué haría su esposa eso? Si no disponen de ningún bien a excepción de la casa, ni tienen hijos…

Me paso casi toda la mañana con Ernesto, y cerca de la una y media entra por la puerta uno de los clientes más ricos del bufete. Se ha divorciado unas cuantas veces, y es del tipo dos. Siempre saluda con su voz estruendosa y cuenta algún que otro chiste de mal gusto que, supongo, habrá aprendido de sus amigotes mientras tomaban unas cuantas copas. Esta vez tiene el ceño fruncido; señal de que no le ha hecho ninguna gracia esperar.

—Nuestra cita era a la una menos cuarto —exclama, y como para confirmarlo se da unos golpecitos en la esfera acristalada del reloj.

—Lo sé, señor De la Torre, pero el anterior cliente necesitaba que le resolviera unas dudas —me disculpo como buenamente puedo.

Mi jefe me dijo que, si quería mantener a este cliente en mi cartera, debía dirigirme a él por su apellido y con ese tratamiento formal. Y mostrarme siempre muy educada, paciente y amable. Y reírle algunas de sus gracias.

A las dos y cuarto dispongo de un rato para comer, no mucho ya que a las cuatro tengo cita con el notario. Cierro la puerta de mi despacho con llave y salgo a la luminosa avenida. La gente camina para aquí y para allá. Chavales que han salido del instituto y se van a casa a comer. Mujeres que han decidido tomarse un día entero para ellas. Hombres trajeados con maletín que hablan por el móvil. Y yo, que me dirijo a toda prisa hasta la tienda de comidas para llevar más cercana, deseando que me dé tiempo a tragar aunque sea un bocado. Por desgracia, hay una cola larguísima. Mientras aguardo mi turno, saco el teléfono del bolso y veo un whatsapp de mi amiga Begoña.

Espero que no hayas hecho planes para esta noche. Quedamos en ir al cine. Te acuerdas?

He de reconocer que lo había olvidado. No soy una mala amiga, que conste, pero el ajetreo de esta semana en el despacho no me ha permitido pensar en otras cosas. Además, que yo recuerde, hace ya unos cuantos meses que me propuso ir al cine, cuando se confirmó el día del estreno de esa película que tanto ansía ver.

No, no he hecho planes. Y por supuesto que me acuerdo!

Es una mentira piadosa. A Begoña le molesta mucho que olvidemos cosas que son importantes para ella. En cierto modo, es comprensible. A todos nos gusta que nos presten la suficiente atención, ¿no?

A las siete y media estaré en tu casa, así nos da tiempo a tomar algo antes. Besotes!

 

Me dispongo a contestar este último mensaje cuando recibo un codazo en el brazo. Alzo la cabeza de la pantalla y reparo en que es mi turno. Una señora con un montón de bolsas de Mercadona me lanza una mirada tosca. Me apresuro a pedir una ensalada de pollo y, con cierto remordimiento, añado una Coca-Cola. Voy a necesitar toda la cafeína posible, no solo para terminar lo que queda de tarde sino, además, para aguantar el cine y lo que venga detrás, porque seguro que Begoña querrá tomar algo después. No es que a mí no me guste salir; todo lo contrario. No obstante, hay fines de semana en que estoy rendida por culpa del trabajo, y lo único que me apetece es ver alguna serie o película tirada en mi sofá. En mi cómodo y bonito sofá, no en una incómoda butaca de cine.

Cuando regreso al despacho ya son las tres y me como la ensalada casi sin masticar. En cuanto acabo, saco del tercer cajón del escritorio mi neceser y corro hacia los baños para lavarme los dientes. Me encuentro a Sandra, una de mis compañeras, quien me dedica una sonrisa una vez que se ha en ...