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NUNCA TE PARES

Phil Knight

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Fragmento

 

Amanecer

Me levanté antes que nadie, antes que los pájaros, antes que el sol. Me tomé una taza de café, engullí una tostada, me puse los pantalones cortos y la sudadera, y me até las zapatillas verdes de correr. Luego me deslicé en silencio por la puerta trasera.

Estiré las piernas, los tendones de las corvas, las lumbares, y solté un gemido mientras me dirigía dando unos primeros pasos vacilantes en el frescor de la calle hacia la niebla. ¿Por qué resulta siempre tan difícil ponerse en marcha?

No había coches, ni gente, ningún atisbo de vida. Aunque los árboles parecían extrañamente conscientes de mi presencia, estaba absolutamente solo, el mundo entero me pertenecía. Pero, claro, aquello era Oregón. Allí los árboles siempre parecían saber. Los árboles siempre te cubrían.

«¡Qué hermoso lugar para haber nacido!», pensé, mirando atentamente a mi alrededor. Apacible, verde, tranquilo… Me sentía orgulloso de considerarlo mi hogar, de ser oriundo de la pequeña Portland. Sin embargo, experimenté también cierta sensación de pesar. Aunque hermoso, hay quien consideraba que Oregón era el típico sitio donde nunca había sucedido nada importante, y donde ni siquiera era probable que sucediera. Si nosotros los oregonianos éramos famosos por algo, era por la antiquísima senda que habíamos tenido que abrir para llegar hasta aquí. Desde entonces, las cosas habían sido bastante anodinas.

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El mejor profesor que tuve nunca, uno de los hombres más brillantes que he conocido, hablaba con frecuencia de aquella senda. «Es nuestro patrimonio», gruñía. Nuestro carácter, nuestro destino… nuestro ADN. «Los cobardes nunca emprendieron el viaje», me decía, «y los débiles fueron muriendo por el camino; quedamos nosotros.»

Nosotros. Según mi profesor, a lo largo de aquel sendero se había descubierto alguna rara veta de espíritu pionero; un desmedido optimismo unido a una reducida capacidad para albergar pesimismo; y nuestra tarea como oregonianos era mantener viva aquella veta.

Yo asentía con la cabeza, mostrándole todo mi respeto. Me caía bien. Pero a veces cuando me alejaba pensaba: «¡Caray, pero si no es más que un camino de tierra!».

Aquella brumosa mañana, aquella trascendental mañana de 1962, yo acababa de recorrer mi propia senda: había regresado a casa después de pasar siete largos años fuera. Era raro volver, verse azotado de nuevo por la lluvia diaria. Más extraño aún era volver a vivir con mis padres y mis hermanas gemelas, dormir en mi cama de la infancia. A altas horas de la noche, solía tenderme boca arriba y mientras observaba con atención mis libros de texto de la universidad, mis trofeos y premios del instituto, pensaba: «¿Ese soy yo? ¿Todavía?».

Apreté el paso. Mi aliento formaba bocanadas redondas y heladas que se arremolinaban en la niebla. Saboreé aquel despertar físico, aquel fabuloso momento que antecede a la lucidez mental, cuando los miembros y las articulaciones empiezan a desentumecerse y el cuerpo comienza a derretirse. De sólido a líquido.

«Más rápido», me dije. «Más rápido.»

«En teoría, soy un adulto», pensé. Me había licenciado en una buena universidad, la Universidad de Oregón. Tenía un máster en una importante escuela de negocios, Stanford. Había sobrevivido un año entero en el ejército estadounidense, en Fort Lewis y Fort Eustis. Mi expediente decía que era un soldado culto, consumado, un hombre de veinticuatro años hecho y derecho… «Entonces ¿por qué? ¿Por qué todavía me siento como un niño?», me pregunté.

Y lo que es peor, como el niño tímido, pálido y flacucho de siempre.

Tal vez fuera porque todavía no había experimentado nada de la vida. Y mucho menos su infinidad de tentaciones y emociones. Nunca me había fumado un cigarrillo, no había probado ninguna droga. Jamás había quebrantado una norma, y ya no digamos una ley. Acababa de arrancar la década de 1960, la era de la rebelión, y yo era la única persona de todo Estados Unidos que todavía no se había rebelado contra nada. No recordaba ni una sola vez en la que me hubiera dejado llevar o hubiera hecho algo inesperado.

Ni siquiera había estado nunca con una chica.

Solía darle vueltas a lo que yo no era por una razón muy simple: era lo que mejor conocía. Me habría resultado difícil definir qué o quién era, o podría llegar a ser. Como todos mis amigos, quería tener éxito. Pero a diferencia de ellos, yo no sabía qué significaba eso. ¿Dinero? Quizá. ¿Una esposa? ¿Hijos? ¿Una casa? Desde luego, si tenía suerte. Esos eran los objetivos que me habían inculcado, y una parte de mí aspiraba a ellos de manera instintiva. Pero en el fondo buscaba otra cosa, algo más. Tenía la dolorosa sensación de que nuestro tiempo es breve, más de lo que pensamos, tan breve como una carrera matutina, y quería dotar de valor al mío. Y de sentido. Y de creatividad. Y darle importancia. Y que sobre todo fuera… distinto.

Quería dejar mi huella en el mundo.

Quería ganar.

No, eso no es cierto. Simplemente no quería perder.

Y entonces ocurrió. Mientras mi joven corazón empezaba a palpitar con fuerza y mis pulmones rosados se expandían como las alas de un pájaro, mientras los árboles adquirían un difuso contorno verdoso, lo vi todo ante mí, vi con claridad lo que quería que fuera mi vida: un juego.

«Sí, eso es», pensé. Esa es la palabra. El secreto de la felicidad —como había sospechado siempre—, la esencia de la belleza o de la verdad, o todo cuanto necesitamos saber de ellas, radica en algún punto de ese momento en que la pelota está en el aire, de ese momento en que los dos boxeadores sienten que se aproxima el toque de la campana, de ese momento en que los corredores se acercan a la línea de meta y la muchedumbre se levanta a la vez. Hay una especie de exultante lucidez en ese vibrante medio segundo que precede a la victoria y la derrota. Yo quería que eso, fuera lo que fuese, constituyera mi vida, mi cotidianeidad.

En diferentes ocasiones había fantaseado con la idea de llegar a ser un gran novelista, periodista o estadista. Pero mi sueño siempre había sido convertirme en un atleta de élite. Por desgracia, el destino me hizo bueno, pero no extraordinario. A mis veinticuatro años me había resignado finalmente a ese hecho. En mi época de estudiante había corrido en pista en Oregón, y había destacado, al obtener distinciones en tres de un total de cuatro años. Pero ahí se acabó la historia. Ahora, mientras empezaba a tragarme un vigorizante kilómetro tras otro, a razón de seis minutos cada uno, mientras el sol naciente incendiaba las agujas más bajas de los pinos, me pregunté: «¿Y si hubiera algún modo de sentir lo mismo que los atletas sin necesidad de ser uno de ellos? ¿De jugar todo el tiempo, en lugar de trabajar? O bien de disfrutar tanto del trabajo que este llegue a convertirse en un juego».

¡En el mundo había demasiada guerra, dolor y miseria! ¡La rutina diaria era agotadora y a menudo muy injusta! Quizá la respuesta era apostar por un sueño prodigioso e improbable que pareciera digno, divertido, adecuado, y perseguirlo con la firme dedicación y determinación de un atleta, pensé. Nos guste o no, la vida es un juego. Quien rechaza esa verdad, quien simplemente se niega a jugar, se queda en el banquillo, y yo no quería que eso me pasara. Era precisamente lo que quería evitar a toda costa.

Lo cual me llevó, como ocurría siempre, a mi idea descabellada. «Puede que deba intentarlo. ¿Quizá podría… funcionar?», pensé.

Quizá.

«No, no», pensé, mientras corría más y más deprisa, como si estuviera persiguiendo a alguien al mismo tiempo que me perseguían a mí. «Funcionará. Bien sabe Dios que haré que funcione. Nada de quizás».

De repente me vi sonriendo. Casi riendo. Empapado en sudor, moviéndome con más elegancia y ligereza que nunca, vi mi idea descabellada resplandeciendo ante mí, y de repente ya no me parecía tan absurda. Ni siquiera me parecía una idea, sino un lugar, una persona o alguna fuerza vital que existía desde mucho antes que yo. Era independiente de mí, pero también formaba parte de mí. Me esperaba, pero también se escondía. Puede que esto suene un poco pomposo y absurdo. Pero así fue cómo me sentí entonces.

O tal vez no. Quizá mi memoria distorsione aquel momento de inspiración, o condense muchos de esos instantes en uno solo. O puede que si lo hubo, no se debiera más que a la euforia del corredor. No lo sé. No podría asegurarlo. Muchas de las cosas de aquellos días, y de los meses y años en los que poco a poco se fueron materializando, se han desvanecido, como aquellas bocanadas de vaho redondeas y heladas. Rostros, números, decisiones que antaño parecieron apremiantes e irrevocables, todo ello ha desaparecido.

Lo que permanece, sin embargo, es esta reconfortante certeza, esta implacable verdad que nunca desaparecerá. A los veinticuatro años se me ocurrió una idea descabellada, y de algún modo, pese al vértigo de la angustia existencial, el miedo al futuro y las dudas sobre mí mismo, algo que sufren todos los hombres y mujeres hacia la mitad de la veintena, pensé que el mundo se había forjado a base de ideas descabelladas. La historia es una larga procesión de ellas. El germen de todo lo que más me gustaba —los libros, el deporte, la democracia, la libre empresa— había sido una idea descabellada.

En realidad, pocas cosas eran tan descabelladas como mi favorita: correr. Resulta duro. Doloroso. Arriesgado. Pocas veces tiene recompensa y esta está lejos de poder garantizarse. Cuando corres alrededor de una pista elíptica, o a lo largo de una carretera solitaria, no te diriges a ningún destino concreto. Al menos, ninguno que pueda justificar el esfuerzo. El propio acto en sí mismo se convierte en el destino. Y no solo porque no haya una línea de meta, sino porque debes ser tú quien la defina. Sean cuales sean el placer o los beneficios que obtengas corriendo, tienes que encontrarlos en tu interior. Todo consiste en cómo lo encuadres, en cómo te lo vendas a ti mismo.

Todo corredor lo sabe. Corres y corres, kilómetro tras kilómetro, y nunca sabes exactamente por qué. Te dices a ti mismo que te diriges hacia alguna meta, que buscas un subidón, pero en realidad lo haces porque lo contrario, parar, te aterroriza.

De modo que aquella mañana de 1962 me dije a mí mismo: «No importa que los demás piensen que tu idea es descabellada… tú sigue. No te detengas. No pares hasta que llegues a tu destino, y tampoco te preocupes por dónde se encuentre este. Pase lo que pase, no te detengas».

Como si hubiera caído del cielo, ese fue el consejo precoz, profético y apremiante que conseguí darme a mí mismo, y que de algún modo he logrado seguir. Cincuenta años después, creo que es la mejor recomendación —tal vez la única— que cualquiera de nosotros debería dar jamás.

PRIMERA PARTE

Aquí, como ves, has de correr tanto como puedas para permanecer en el mismo sitio. Si quieres llegar a alguna otra parte tienes que correr por lo menos el doble de rápido.

LEWIS CARROLL,

A través del espejo

1962

Cuando le expuse el tema a mi padre, cuando reuní el valor para hablarle de mi idea descabellada, me aseguré de hacerlo en las primeras horas de la noche. Con papá ese era siempre el mejor momento. Era entonces cuando estaba relajado después de haber cenado bien, y se recostaba en su sillón reclinable de vinilo en el rincón del televisor. Si echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos, todavía puedo oír las risas del público y las sintonías musicales enlatadas de sus programas favoritos, los westerns Caravana y Rawhide.

Pero el que más le gustaba era el del cómico Red Buttons. Cada episodio empezaba con Red cantando: «¡Jo jo, ji ji… están pasando cosas extrañas!».

Puse una silla de respaldo recto a su lado, solté una risa lánguida y esperé al siguiente corte publicitario. Había ensayado mentalmente mi discurso, una y otra vez, sobre todo el principio: «Eh… papá, ¿te acuerdas de aquello que se me ocurrió en Stanford…?».

Fue durante una de las últimas asignaturas de la carrera, un seminario sobre espíritu emprendedor. Hice un trabajo de investigación sobre calzado, y este pasó de ser una tarea normal y corriente a convertirse en algo que me obsesionó sobremanera. Al ser corredor, sabía algo sobre zapatillas de atletismo. Por mi afición al mundo empresarial, sabía que las cámaras fotográficas japonesas habían irrumpido con fuerza en el mercado de la fotografía, antes dominado por los alemanes. Y en mi tesis argumentaba que podía suceder lo mismo con el sector de las zapatillas para correr. La idea me interesó, luego me inspiró y por último me cautivó. ¡Parecía algo tan obvio, tan simple, tan potencialmente tremendo…!

Dediqué semanas y semanas a aquel trabajo. Me instalé en la biblioteca, y devoré todo cuanto encontré sobre importación y exportación, y acerca de cómo montar una empresa. Finalmente, como se requería, hice una exposición oral ante mis compañeros de clase, que por su parte reaccionaron con un formal aburrimiento. No me hicieron ni una sola pregunta. Acogieron mi pasión e intensidad con fatigosos suspiros y miradas perdidas.

El profesor consideró que mi descabellada idea era buena: me puso un sobresaliente. Pero ahí terminó la historia. Al menos eso se suponía. En realidad nunca dejé de pensar en aquel trabajo. Durante el resto del tiempo que pasé en Stanford, en cada una de mis carreras matutinas y hasta aquel momento en que me encontré en el rincón del televisor, había considerado la posibilidad de irme a Japón, buscar una empresa de calzado, y ofertarles mi plan descabellado, con la esperanza de que mostraran una reacción más entusiasta que mis compañeros, y quisieran asociarse con un chico tímido, pálido y flacucho del apacible Oregón.

También había barajado la idea de dar un exótico rodeo durante mi ruta de ida y vuelta en Japón. «¿Cómo voy a dejar mi huella en el mundo si no voy ahí fuera y lo veo?», pensaba. «Antes de una carrera importante, uno siempre quiere recorrer la pista andando, por lo que un viaje de mochilero alrededor del globo puede que sea justo lo que necesito», razonaba. Por aquel entonces no existían las listas de cosas que hay que hacer antes de morir, pero supongo que eso se acercaría a lo que yo tenía en mente. Antes de morir, hacerme demasiado viejo o verme absorbido por las minucias cotidianas, quería visitar los lugares más bonitos y maravillosos del planeta.

Y los más sagrados. Desde luego, quería probar otras comidas, escuchar otras lenguas, sumergirme en otras culturas, pero lo que realmente ansiaba era la Conexión con mayúscula. Quería experimentar lo que los chinos llaman tao, los griegos logos, los hindúes jñāna, los budistas dharma. Lo que los cristianos llaman espíritu. «Antes de emprender el viaje de mi propia vida, dejadme comprender el gran viaje de la humanidad. Dejadme explorar los templos, las iglesias y los santuarios más imponentes, los ríos y las cumbres montañosas sagrados. Dejadme sentir la presencia de… ¿Dios?», pensaba.

«Sí», me dije, «sí». «A falta de otra palabra mejor: Dios.»

Pero antes necesitaba la aprobación de mi padre.

Es más, necesitaría su dinero.

Ya le había mencionado mi intención de hacer un largo viaje el año anterior, y él pareció conforme. Pero seguro que ya no se acordaba de eso. Y es probable que yo estuviera forzando un poco las cosas al añadir a la propuesta original mi idea absurda, aquel estrambótico viaje.… ¿a Japón? ¿Para montar una empresa? Una pérdida de tiempo y de dinero.

A buen seguro él lo consideraría ir demasiado lejos.

Además de ser endiabladamente caro. Yo tenía algunos ahorros del ejército y de varios trabajos a tiempo parcial que había desempeñado durante los últimos veranos. Pero lo más importante es que planeaba vender mi coche, un MG negro cereza de 1960 con neumáticos de carreras y doble árbol de levas (el mismo coche que conducía Elvis en Amor en Hawái). Todo junto ascendía a mil quinientos dólares, por lo que todavía me faltaba otro de los grandes, le dije a mi padre. Él movió la cabeza, «¡ajá!», «¡vaya!», y desvió rápidamente la mirada del televisor hacia mí, y luego otra vez hacia televisor, mientras yo se lo explicaba todo.

¿Recuerdas lo que hablamos, papá? ¿Que te dije que quería ver el mundo?

¿El Himalaya? ¿Las pirámides?

¿El Mar Muerto, Papá? ¿El Mar Muerto?

Bueno, ¡je, je!, pues es que también estoy pensando en hacer un alto en Japón. ¿Te acuerdas de mi plan descabellado? ¿Lo de las zapatillas para correr japonesas? ¿Sí? Pues podría ser algo grande, papá. Algo grande.

Estaba cargando las tintas, adoptando un estilo de venta agresivo, muy agresivo, porque odiaba vender, y porque no tenía ninguna posibilidad. Mi padre acababa de soltar cientos de dólares a la Universidad de Oregón y varios miles más a Stanford. Era el editor del Oregon Journal, un trabajo estable que cubría las necesidades básicas, incluida nuestra espaciosa casa blanca en Claybourne Street, en el barrio más tranquilo de Portland, Eastmoreland. Pero no nadábamos en la abundancia

Sin contar con que estábamos en 1962. Por entonces la Tierra era más grande. Aunque los humanos habían empezado a orbitar el planeta en cápsulas, el noventa por ciento de los estadounidenses todavía no había viajado nunca en un avión. El norteamericano medio, hombre o mujer, no se había aventurado nunca a más de cien kilómetros de la puerta de su casa, de modo que la mera mención de un viaje largo en avión acobardaría a cualquier padre, especialmente al mío, y más teniendo en cuenta que su predecesor en el periódico había muerto en un accidente de aviación.

Aparte del dinero y de las preocupaciones por la seguridad, todo el asunto se revelaba bastante poco práctico. Yo era consciente de que veintiséis de cada veintisiete nuevas empresas fracasaban, y mi padre también, y la idea de asumir un riesgo tan colosal iba en contra de lo que él representaba. En muchos aspectos, era un episcopaliano convencional, un creyente de Jesucristo. Sin embargo, también adoraba a otra deidad secreta: la respetabilidad. Casa colonial, bella esposa, hijos obedientes… Mi padre disfrutaba teniendo todo eso, pero lo que realmente le gustaba era que sus amigos y vecinos supieran que lo tenía. Ser admirado. Dar cada día unas vigorosas brazadas en la corriente más fuerte. Por lo que dar la vuelta al mundo en un pajarraco simplemente no tenía sentido para él. Eso no se hacía. Desde luego, no los respetables hijos de los hombres respetables. Eso era algo que hacían los hijos de otro tipo de gente. Algo que hacían los beatniks y los hipsters.

Es posible que la principal razón de la fijación de mi padre con la honorabilidad fuera el miedo a su caos interior. Yo lo sentía así, visceralmente, porque de vez en cuando ese caos brotaba a borbotones. Sin previo aviso, a altas horas de la noche, sonaba el teléfono del vestíbulo, y cuando contestaba siempre me encontraba con la misma voz áspera al otro extremo de la línea.

—Ven a buscar a tu viejo.

Yo me ponía el impermeable —parecía que, en esas noches, siempre caía una lluvia fina—, y conducía hacia el centro de la ciudad, al club adonde iba mi padre. Recuerdo aquel lugar tan claramente como me acuerdo de mi propia habitación. Tenía un siglo de antigüedad, unas librerías de roble que iban del suelo al techo y unos sillones orejeros; parecía la sala de estar de una casa de campo inglesa. En otras palabras: extremadamente respetable.

Siempre encontraba a mi padre sentado a la misma mesa, en el mismo sillón. Siempre le ayudaba a ponerse en pie con delicadeza.

—¿Estás bien, papá?

—¡Claro que sí!

Siempre lo guiaba hasta el coche, y durante todo el camino a casa fingíamos que no pasaba nada. Él mantenía una postura perfectamente erguida, casi regia, y hablábamos de deportes, porque hablar de deportes era el modo que yo tenía de distraerme, de calmarme, en los momentos de tensión.

A mi padre también le gustaban. Los deportes eran algo respetable.

Por estas y una docena de otras razones yo esperaba que él acogiera mi propuesta en el rincón de la tele frunciendo el ceño y soltando un rápido desaire: «¡Ja, ja, la idea descabellada! ¡Ni lo sueñes, Buck!». (Mi nombre de pila es Philip, pero mi padre siempre me llamaba Buck. De hecho, empezó a llamarme Buck ya desde antes de nacer. Mi madre me contó que cogió la costumbre de acariciarle el vientre y preguntarle: «¿Cómo está hoy el pequeño Buck?».) Sin embargo, cuando dejé de hablar, mi padre se balanceó hacia delante en su sillón reclinable de vinilo y me lanzó una mirada divertida. Me dijo que él siempre se había arrepentido de no haber viajado más cuando era joven. Que un viaje podría ser justo el colofón perfecto para mi educación. Me dijo muchas cosas, todas ellas centradas más en el viaje que en mi idea descabellada, pero yo no tenía la menor intención de rebatirle nada. Ni de quejarme, porque a fin de cuentas me estaba dando su bendición. Y su dinero.

—Vale —concluyó—. Vale, Buck. De acuerdo.

Le di las gracias y hui del rincón antes de que tuviera la oportunidad de cambiar de opinión. Solo más tarde comprendí, no sin cierto sentimiento de culpa, que el hecho de que mi padre no hubiera viajado era una de las razones, quizá la principal, de que yo quisiera hacerlo: aquel viaje, aquella idea descabellada, sería una forma segura de convertirme en alguien distinto a él. Alguien menos respetable.

O quizá no menos respetable, pero sí menos obsesionado con la respetabilidad.

El resto de la familia no se mostró tan comprensivo. Cuando mi abuela se enteró de mi itinerario, hubo un elemento en particular que la horrorizó:

—¡Japón! —exclamó—. ¡Pero, Buck, si solo hace unos años que los japos querían matarnos! ¿Es que ya no te acuerdas? ¡Pearl Harbor! ¡Pretendían conquistar el mundo! ¡Algunos de ellos todavía no saben que perdieron! ¡Están escondidos! Podrían secuestrarte, Buck. Sacarte los ojos. Son famosos por eso… ¡Tus ojos!

Yo quería a la madre de mi madre, la llamábamos mamá Hatfield. Y entendía su miedo. Japón era casi el lugar concebible más alejado de Roseburg, Oregón, la población agraria donde ella había nacido y donde había vivido toda su vida. Yo me había pasado muchos veranos allí, con ella y papá Hatfield. Nos sentábamos cada noche en el porche, escuchando como el croar de las ranas toro competía con la radio de consola, que a comienzos de la década de 1940 siempre estaba sintonizada con las noticias de la guerra.

Noticias que siempre eran malas.

Los japoneses —se nos decía repetidamente— no habían perdido una guerra en dos mil seiscientos años, y desde luego no parecía que fueran a hacerlo ahora. Batalla tras batalla, sufríamos una derrota tras otra. Finalmente, un día de 1942, Gabriel Heatter, de la cadena Mutual Broadcasting, abrió su reportaje radiofónico nocturno con un grito estridente:

—¡Buenas noches a todos! ¡Esta noche traigo buenas noticias!

Por fin los estadounidenses habían ganado un combate decisivo. Los más críticos aguijonearon a Heatter por su descarado optimismo, por abandonar toda pretensión de objetividad periodística, pero el odio que la opinión pública sentía por Japón eran tan intenso que la mayoría de la gente le aclamó como a un héroe popular. Desde entonces abriría todas sus emisiones del mismo modo:

—¡Esta noche traigo buenas noticias!

Ese es uno de mis recuerdos más tempranos. Mamá y papá Hat­field a mi lado en aquel porche, papá pelando una manzana Gravenstein con su navaja y dándome un trozo, luego comiéndose uno él, dándome otro, y así sucesivamente hasta que el ritmo con el que mondaba la manzana disminuía de manera drástica. Empezaba Heat­ter. «¡Chis! ¡Silencio!» Todavía puedo vernos a todos masticando y contemplando el cielo nocturno, tan obsesionados con Japón que casi esperábamos ver Zeros japoneses cruzando por delante de Sirio. No resulta sorprendente, pues, que la primera vez que me subí a un avión, a los cinco años, preguntara:

—Papá, ¿van a derribarnos los japos?

Aunque mamá Hatfield hizo que se me erizara el pelo del cogote, le dije que no se preocupara, que iba a estar bien. Que incluso le llevaría un quimono.

A mis hermanas gemelas, Jeanne y Joanne, cuatro años más pequeñas que yo, no pareció preocuparles lo más mínimo adónde iba o lo que iba hacer.

Y recuerdo que mi madre no dijo nada. Rara vez lo hacía. Pero esta había algo distinto en su silencio. Equivalía a consentimiento. Incluso a orgullo.

Pasé semanas leyendo, planificando, preparando el viaje. Hice largas carreras, reflexionando sobre cada detalle mientras competía con los gansos salvajes que volaban por encima de mí. Sus apretadas formaciones en forma de «V»… Había leído en algún sitio que los gansos que iban detrás, los que viajaban en la cola, tenían que esforzarse un veinte por ciento menos que los de cabeza. Eso es algo que todo corredor sabe. Los que van delante siempre son los que más trabajan y se arriesgan.

Mucho antes de abordar a mi padre, había decidido que sería bueno tener un compañero de viaje, y que ese debía ser Carter, uno de mis condiscípulos de Stanford. Aunque había sido una estrella de las anillas en la Universidad William Jewell, no era el típico deportista. Llevaba unas gruesas gafas y leía libros. Buenos libros. Era fácil hablar con él, y también permanecer en silencio: dos cualidades igualmente importantes en un amigo. Y esenciales en un compañero de viaje.

Pero Carter se rio en mis propias narices. Cuando le presenté la lista de lugares que quería ver —Hawái, Tokio, Hong Kong, Yangon, Calcuta, Bombay, ciudad Ho Chi Minh, Katmandú, El Cairo, Estambul, Atenas, Jordania, Jerusalén, Nairobi, Roma, París, Viena, Berlín Oeste, Berlín Este, Munich, Londres— se quedó perplejo y se echó a reír a carcajadas. Abochornado, yo bajé la cabeza y empecé a excusarme. Entonces, sin dejar de reír, me dijo:

—¡Qué genial idea, Buck!

Alcé la vista. No estaba riéndose de mí, sino de alegría, de júbilo. Estaba impresionado. Hacían falta pelotas para montar un itinerario así, me dijo. Pelotas. Quería venir conmigo.

Días después obtuvo el visto bueno y un préstamo de su padre. Carter nunca se complicaba la vida. Si se te cruza una oportunidad, aprovéchala: así era él. Me dije que podía aprender mucho de un tío como Carter mientras dábamos la vuelta al mundo.

Cada uno se preparó una maleta y una mochila. Nos prometimos llevar lo indispensable. Unos pares de vaqueros, unas camisetas. Zapatillas para correr, botines de ante, gafas de sol, más un par de pantalones cortos.

Yo metí también un buen traje: uno de dos botones de color verde de la marca Brooks Brothers. Por si podía llevar a la práctica mi idea descabellada.

El 7 de septiembre de 1962, Carter y yo nos metimos en su viejo y desvencijado Chevy y nos alejamos a toda velocidad por la Interestatal 5, atravesando el valle de Willamette y la boscosa parte baja de Oregón, era como si te hundieras en las raíces de un árbol. Entramos rápidamente en el extremo de California, repleto de pinos, cruzamos verdes puertos de alta montaña, y luego bajamos y bajamos hasta que mucho después de medianoche entramos en San Francisco, que estaba cubierta de niebla. Durante varios días nos alojamos con amigos, dormíamos en el suelo, y luego nos acercamos a Stanford y fuimos a consigna a recoger algunas cosas de Carter. Por último nos pasamos por una licorería y compramos dos billetes rebajados de Standard Airlines a Honolulú. Solo de ida, ochenta pavos.

Daba la sensación de que únicamente hubieran transcurrido unos minutos cuando llegamos a la arenosa pista del aeropuerto de Oahu. Mientras rodábamos por ella, miramos hacia arriba y pensamos: «Este no es el mismo cielo de casa».

Una hilera de hermosas muchachas vino hacia nosotros. De mirada dulce, tez olivácea y descalzas, tenían unas caderas extremadamente flexibles, con las que meneaban y hacían girar sus faldas de hierba ante nuestros ojos. Carter y yo nos miramos el uno al otro y poco a poco se nos fue dibujando una sonrisa de oreja a oreja.

Cogimos un taxi para ir a la playa de Waikiki y nos registramos en un motel situado justo enfrente del mar. Con un solo movimiento dejamos caer nuestros equipajes y nos pusimos los trajes de baño. «¡Te echo una carrera hasta el agua!»

En cuanto mis pies tocaron la arena grité y me reí y me quité las playeras, y luego corrí directo hacia las olas. No me detuve hasta que la espuma me llegó hasta el cuello. Me zambullí hacia el fondo, hasta llegar a tocarlo, y luego emergí jadeando y riendo, y me puse a hacer el muerto. Finalmente me topé con la orilla y me dejé caer en la arena, sonriendo a los pájaros y a las nubes. Debía de parecer un paciente fugado de un psiquiátrico. Carter, ahora sentado a mi lado, tenía la misma expresión de chiflado.

—Deberíamos quedarnos aquí —dije—. ¿Qué prisa hay en marcharse?

—¿Y qué pasa con el plan? —respondió Carter—. ¿El de dar la vuelta al mundo?

—Cambio de planes.

Carter sonrió.

—Me parece genial, Buck.

Así que buscamos un trabajo. Vender enciclopedias puerta a puerta. Nada sofisticado, ciertamente, pero ¡qué demonios! Como no empezábamos a trabajar hasta las siete de la tarde, teníamos un montón de tiempo para surfear. De pronto nada era más importante que aprender a hacer surf. Tras unos pocos intentos era capaz de mantenerme de pie en la tabla, y al cabo de unas semanas ya era bueno. Muy bueno.

Gracias a nuestro empleo, dejamos la habitación del motel y nos alquilamos un apartamento, un estudio amueblado con dos camas, una de verdad y otra de pega: una especie de tabla de planchar que se desplegaba de la pared. Carter, que era más alto y pesado, se quedó la cama de verdad, mientras que a mí me tocó la tabla de planchar. No me importó. Después de un día de surf y de vender enciclopedias, seguido de un recorrido por los bares hasta altas horas de la noche, podría haberme quedado dormido en la hoguera de una luau. El alquiler era de cien pavos al mes, y lo pagábamos a medias.

La vida era una delicia. Un paraíso. Salvo por un pequeño inconveniente: yo era incapaz de vender enciclopedias.

Me resultaba imposible vender enciclopedias para salvar mi vida. Era como si, a medida que cumplía años, me fuera volviendo más tímido; y la evidencia de mi extrema timidez solía incomodar a los extraños. De modo que si vender cualquier cosa ya me habría resultado un auténtico reto, vender enciclopedias, que en Hawái eran casi tan populares como los mosquitos y los estadounidenses continentales, era para mí un auténtico calvario. Independientemente de lo hábil o lo convincente que lograra mostrarme al pronunciar las frases clave que nos habían enseñado durante nuestra breve sesión de formación («Chicos, decid a la gente que vosotros no vendéis enciclopedias: vosotros vendéis un vasto compendio del conocimiento humano… ¡las respuestas a las preguntas de la vida!»), siempre obtenía la misma respuesta.

«¡Lárgate, chaval!»

Si mi timidez me convertía en un mal vendedor de enciclopedias, mi naturaleza me hacía despreciar dicha profesión. No estaba hecho para aguantar grandes dosis de rechazo. Lo sabía desde mi primer año de instituto, cuando me echaron del equipo del béisbol. Un pequeño revés en el gran esquema, pero que a mí me dejó de una pieza. Era la primera vez que tomaba verdadera conciencia de que no le podemos gustar a todo el mundo, de que no todas las personas nos aceptarán y de que a menudo se nos aparta justo cuando más necesitamos que cuenten con nosotros.

Nunca olvidaré ese día. Arrastrando mi bate por la acera, fui tambaleándome a casa y me escondí en mi cuarto, donde estuve lloroso y deprimido durante unas dos semanas, hasta que mi madre vino al lado de mi cama y me dijo:

—¡Ya basta!

Luego me instó a que intentara otra cosa.

—¿Como qué? —gemí apoyado en mi almohada.

—¿Qué me dices del atletismo? —dijo ella.

—¿Atletismo? —pregunté.

—Tú corres rápido, Buck.

—¿Sí? —pregunté de nuevo, incorporándome.

De modo que empecé a practicar atletismo. Y descubrí que podía hacerlo. Y que nadie me disuadiría.

Ahora renuncié a vender enciclopedias, y al viejo y familiar rechazo que ello entrañaba, y revisé de nuevo las ofertas de empleo. De inmediato descubrí un pequeño anuncio dentro de un grueso recuadro negro: «Se necesita vendedor de valores». Pensé que sin duda me iría mejor con eso. Al fin y al cabo tenía un máster. Y antes de salir de viaje había tenido una entrevista bastante fructífera en la empresa bursátil Dean Witter.

Investigué un poco y descubrí que aquel empleo tenía dos cosas que merecían la pena. La primera, que trabajaría para la compañía Investors Overseas Services, dirigida por Bernard Cornfeld, uno de los empresarios más famosos de la década de 1960. La segunda, que la empresa estaba en el último piso de una hermosa torre situada junto a la playa. Ventanas de seis metros que daban a un mar de color turquesa. Ambas cosas me atraían, y me hicieron tomarme más en serio la entrevista. Y, tras varias semanas sin conseguir que nadie me comprara una enciclopedia, convencí al equipo de Cornfeld de que apostara por mí.

El extraordinario éxito de Cornfeld, más aquellas impresionantes vistas, hizo posible que la mayoría de los días me olvidara de que las instalaciones de la empresa eran poco más que un cuarto de calderas. Cornfeld era conocido por preguntar a sus empleados si de verdad estaban seguros de que querían hacerse ricos, y cada día una docena de jóvenes voraces demostraban que en efecto lo deseaban, que lo deseaban de verdad. Con ferocidad, con desenfreno, hacían añicos los teléfonos y las perspectivas de la venta en frío, y luchaban desesperadamente por conseguir entrevistas cara a cara.

Yo no era un orador brillante. Ni siquiera era un orador. Pero sabía de números, y conocía el producto: los Fondos Dreyfus. Es más, sabía cómo ser sincero. Y a la gente eso parecía gustarle. No tardé en programar unas cuantas reuniones y en cerrar unas cuantas ventas. En una semana había ganado lo suficiente en comisiones para pagar mi parte del alquiler durante los seis meses siguientes, y todavía me quedaba mucho para gastármelo en cera para tablas de surf.

Casi todos mis ingresos discrecionales iban a parar a los garitos de la playa. Los turistas solían frecuentar los centros turísticos de lujo, cuyos nombres parecían conjuros —el Moana, el Halekulani—, pero Carter y yo preferíamos los garitos. Nos gustaba sentarnos con nuestros colegas beachniks y locos del surf, buscavidas y vagabundos, sintiéndonos orgullosos de lo único que teníamos a nuestro favor: la geografía. ¡Aquellos pobres pringados del continente!, solíamos exclamar. ¡Aquellos pobres diablos que caminaban sonámbulos por sus vidas monótonas, abrigados contra el frío y la lluvia! ¿Por qué no pueden ser como nosotros? ¿Por qué no pueden vivir el presente?

Nuestro carpe diem se veía acrecentado por el hecho de que el fin del mundo se acercaba. Durante semanas se había establecido una tregua nuclear con los soviéticos. Estos tenían tres docenas de misiles en Cuba, Estados Unidos quería que se los llevaran de allí, y los dos bandos habían lanzado su ultimátum. Las negociaciones habían terminado y la tercera guerra mundial podía comenzar en cualquier momento. Según los periódicos, empezarían a caer misiles del cielo hoy mismo a última hora. Mañana como muy tarde. El mundo era Pompeya, y el volcán ya escupía ceniza. «¡Bueno!», coincidíamos todos los clientes de los garitos, «cuando termine la humanidad este será un sitio tan bueno como cualquier otro para ver cómo se elevan las nubes en forma de hongo. ¡Aloha, civilización!»

Y entonces —¡sorpresa!— el mundo se salvó. Pasó la crisis. El cielo pareció suspirar de alivio mientras el aire se volvía de repente más nítido y calmado. Luego siguió un perfecto otoño hawaiano. Días de complacencia y algo cercano a la dicha.

A ello le siguió una intensa agitación. Una noche dejé mi cerveza sobre la barra y me volví hacia Carter.

—Puede que haya llegado el momento de abandonar Shangri-La —le dije.

No me esforcé mucho en convencerle: no creí necesario hacerlo. Estaba claro que era hora de continuar con el plan. Pero Carter frunció el ceño y se acarició la barbilla.

—¡Vaya, Buck, no lo tengo claro!

Había conocido a una chica. Una hermosa adolescente hawaiana con largas y bronceadas piernas y unos ojos de color negro azabache, como las muchachas que habían ido a recibirnos al avión, la clase de chica con la que yo soñaba y que nunca tendría. Él quería quedarse, ¿y cómo podía discutírselo?

Le dije que lo entendía, pero me quedé hecho polvo. Salí del bar y me fui a dar un largo paseo por la playa. «Se acabó lo que se daba», me dije.

Lo último que quería era recoger mis cosas y regresar a Oregón. Pero tampoco podía imaginarme recorriendo el mundo solo. «Vuelve a casa», me decía una tenue voz interior. «Búscate un trabajo normal. Sé una persona normal.»

Entonces oí otra voz igual de tenue, e igual de enfática. «No, no vuelvas. Sigue adelante. No te detengas.»

Al día siguiente di aviso en el cuarto de calderas de que me iba con las preceptivas dos semanas de antelación.

—¡Qué lástima, Buck! —me dijo uno de los jefes—. Tenías un verdadero futuro como vendedor.

—¡Dios no lo quiera! —murmuré.

Aquella tarde, en una agencia de viajes situada un poco más abajo en la misma manzana, compré un billete de avión abierto, válido durante un año para cualquier línea aérea y destino. Una especie de pase Eurail del cielo. El día de Acción de Gracias de 1962 cogí mi mochila y le estreché la mano a Carter.

—Buck —me dijo—, no te dejes enredar.

El capitán se dirigió a los pasajeros en un rapidísimo japonés, y yo empecé a sudar. Miré por la ventanilla el brillante círculo rojo del ala. «Mamá Hatfield tenía razón», pensé. Estábamos en guerra con aquella gente. Corregidor, la Marcha de la Muerte de Bataán, la Violación de Nankín… ¿y ahora iba yo a montar una suerte de empresa allí?

¿Una idea descabellada? Pues quizá sí era descabellada de ­verdad.

No obstante, ya era demasiado tarde para buscar ayuda profesional. El avión chirriaba por la pista de despegue, para luego rugir sobre las playas de color harina de maíz de Hawái. Miré hacia abajo, a los enormes volcanes, que se iban haciendo cada vez más y más pequeños. Ya no había vuelta atrás.

Como era Acción de Gracias, en el avión sirvieron pavo, acompañado de relleno y salsa de arándano. Y puesto que íbamos rumbo a Japón, había también atún crudo, sopa de miso y sake caliente. Me lo comí todo mientras leía los libros que había metido en la mochila: El guardián entre el centeno y El almuerzo desnudo. Me identificaba con Holden Caulfield, el introvertido adolescente que busca su lugar en el mundo, pero Burroughs directamente me desbordaba: «El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto».

Demasiado para mí. Me quedé dormido. Cuando desperté habíamos iniciado un pronunciado y rápido descenso. Por debajo de nosotros se extendía una Tokio asombrosamente luminosa. El Ginza, por ejemplo, parecía un árbol de Navidad.

De camino a mi hotel, en cambio, solo veía oscuridad. Había enormes sectores de la ciudad negros como el carbón.

—Guerra —me dijo el taxista—. Muchos edificios todavía bomba.

Los B-29 estadounidenses. Las superfortalezas. En el verano de 1944, a lo largo de varias noches, oleadas de ellos lanzaron trescientos cuarenta mil kilogramos de bombas, la mayoría de ellas llenas de gasolina y gelatina inflamable. Gran parte de Tokio, una de las ciudades más antiguas del mundo, estaba construida de madera, de modo que las bombas desataron un huracán de fuego. Alrededor de trescientas mil personas fueron quemadas vivas, al instante, cuatro veces más que las que murieron en Hiroshima. Más de un millón sufrieron espantosas heridas. Y casi el ochenta por ciento de los edificios se desintegraron. Durante un largo y solemne momento ni el taxista ni yo dijimos nada. No había nada de lo que hablar.

Finalmente se detuvo en la dirección que yo llevaba escrita en mi cuaderno. Un sórdido hostal. Más que sórdido. Había hecho la reserva con la American Express, a ojos cerrados; un error, comprendí ahora. Crucé la acera llena de hoyos y entré en un edificio que parecía estar a punto de derrumbarse.

Tras el mostrador de la recepción una anciana japonesa pareció inclinarse hacia mí. Pero advertí que en realidad no lo hacía, sino que estaba encorvada por la edad, como un árbol erosionado por muchas tormentas. Lentamente me condujo a mi habitación, que era más bien un cubículo. Una estera tipo tatami, una mesa coja, y nada más. No me importó. Apenas noté que el tatami era tan delgado como una oblea. Me incliné ante la anciana encorvada para darle las buenas noches. «Oyasumi nasai.» Me acurruqué sobre la estera y me quedé dormido.

Horas más tarde me desperté en un cuarto inundado de luz. Me arrastré hasta a la ventana. Al parecer me hallaba en una especie de barrio industrial en la periferia de la ciudad, lleno de muelles y fábricas, que debió de haber sido uno de los principales objetivos de los B-29. Mirara donde mirase solo veía desolación. Edificios agrietados y derrumbados. Manzanas y manzanas arrasadas. De­sintegradas.

Por suerte, mi padre conocía a gente en Tokio, incluyendo a un grupo de estadounidenses que trabajaban en United Press International. Cogí un taxi hasta allí, y me recibieron como si fuera de la familia. Me dieron café y roscón, y cuando les dije donde había pasado la noche se echaron a reír. Me hicieron una reserva en un hotel limpio y decente. Luego me anotaron los nombres de varios sitios buenos para comer.

«¿Qué demonios estás haciendo en Tokio?» Les expliqué que estaba dando la vuelta al mundo. A continuación les hablé de mi descabellada idea. «¡Vaya!», exclamaron, con la mirada un tanto perpleja. Entonces me hablaron de dos antiguos soldados estadounidenses que llevaban una revista mensual llamada Importer.

—Cuéntaselo a los colegas de Importer antes de cometer alguna imprudencia —me dijeron.

Les prometí que lo haría. Pero primero quería ver la ciudad.

Con mi guía turística y mi cámara Minolta en mano, busqué los pocos monumentos que habían sobrevivido a la guerra, los templos y santuarios más antiguos. Pasé horas sentado en bancos de jardines amurallados, leyendo sobre las religiones dominantes de Japón, el budismo y el sintoísmo. Me maravillé ante el concepto de kensho, o satori: la iluminación que se produce en un destello, un estallido cegador. Algo parecido al flash de mi Minolta. Eso me gustó. Era lo que yo quería.

Pero antes debía cambiar todo mi planteamiento. Era un pensador lineal y, según el zen, el pensamiento lineal no es más que una ilusión, una de las muchas que nos hacen infelices. Según el zen, la realidad no es lineal. No hay futuro, no hay pasado. Todo es ahora.

Daba la sensación de que en todas las religiones el yo fuera un obstáculo, un enemigo. Y sin embargo el zen declara claramente que el yo no existe. El yo es un espejismo, un sueño febril, y nuestra obstinada creencia en su realidad no solo malgasta la vida, sino que también la acorta. El yo es la descarada mentira que nos contamos a diario y la felicidad requiere ver más allá de dicha mentira, desenmascararla. «Estudiar el yo es olvidar el yo», decía Dogen, un maestro zen del siglo XIII. La voz interior, las voces externas, todo es lo mismo. No hay líneas divisorias.

Sobre todo cuando se compite. La victoria, según el zen, «llega cuando nos olvidamos del yo y del adversario, que son las dos mitades de un todo. Todo esto se expone con claridad meridiana en el libro Zen en el arte del tiro con arco:

La perfección en el arte de la espada se alcanza […] cuando el corazón deja de preocuparse por el yo y el tú, por el adversario y su espada, por la propia espada y por cómo blandirla […] Todo es vacuidad: el propio yo, la espada centelleante y el brazo que la esgrime. Aun el pensamiento mismo de la vacuidad ya no permanece.

Me daba vueltas todo, así que decidí concederme un respiro, visitar un lugar muy poco zen, de hecho el más anti-zen de todo Japón, un enclave donde los hombres se centraban en el yo y nada más que en el yo: la Bolsa de Tokio (Tōshō). Situada en un edificio de mármol de aspecto románico con grandes columnas de estilo griego, desde el otro lado de la calle parecía un banco anodino de alguna tranquila ciudad de Kansas. Por dentro, en cambio, era como un gallinero. Cientos de hombres agitaban los brazos, se tiraban del pelo, gritaban. Era la versión depravada del cuarto de calderas de Cornfeld.

No podía apartar la vista de aquello. Observaba todo con atención y me pregunté: «¿De esto es de lo que va la historia? ¿De verdad?». Me gustaba el dinero tanto como al tío que tenía al lado. Pero no quería que mi vida se basara solo en eso.

Después de mi visita a Tōshō necesitaba paz. Me sumergí profundamente en el silencioso corazón de la ciudad, el jardín del emperador decimonónico Meiji y su emperatriz, un espacio concebido para alcanzar un inmenso poder espiritual. Me senté, contemplativo, reverente, bajo el balanceo de los gingkos, al lado de una hermosa puerta torii. Leí en mi guía turística que una puerta torii suele ser una entrada a lugares sagrados, de modo que me dediqué a disfrutar de su santidad, de su serenidad, tratando de empaparme de todo aquello.

A la mañana siguiente me até mis zapatillas de deporte y me fui corriendo a Tsukiji, el mercado de pescado más grande del mundo. Era como una versión de la Bolsa, pero con gambas en lugar de acciones. Observé a los ancianos pescadores extender sus capturas en carros de madera y regatear con comerciantes de rostro impenetrable. Aquella noche cogí un autobús en dirección norte, hacia la región de los lagos, en los montes Hakone, un lugar que inspiró a muchos de los grandes poetas zen. «No puedes recorrer el camino hasta que te hayas convertido en el camino», decía Buda, y yo me quedé impresionado ante la senda que serpenteaba desde los cristalinos lagos hasta el monte Fuji, un triángulo perfecto rodeado de nubes y cubierto de nieve que a mí me pareció idéntico al monte Hood de Oregón. Los japoneses creen que ascender al Fuji es una experiencia mística, un ritual de celebración, y yo me sentí embargado por el deseo de subirlo en aquel mismo momento. Quería llegar a las nubes. Pero decidí esperar: volvería cuando tuviera algo que celebrar.

Cuando llegué a Tokio fui al Importer. Al principio me dio la impresión de que los exsoldados que lo dirigían, dos tipos musculosos, de cuello grueso y sumamente ocupados, me iban a echar la bronca por interrumpirles y hacerles perder el tiempo; pero al cabo de unos minutos su hosca apariencia se desvaneció y se mostraron cordiales, amables y encantados de conocer a un compatriota. Hablamos sobre todo de deportes. «¿Puedes creer que los Yankees han vuelto a ganarlo todo? ¿Y qué hay de ese tal Willie Mays? No hay nadie mejor. Desde luego, que no lo hay.»

Luego me contaron su historia.

Eran los primeros estadounidenses que conocía a los que les gustaba Japón. Llegaron allí durante la Ocupación, los hechizó su cultura, su comida, sus mujeres, y cuando terminó su período de servicio en el ejército no pudieron marcharse. De modo que montaron una revista de importación en un momento en que a nadie, en ningún sitio, le interesaba importar nada japonés, y de algún modo consiguieron mantenerla a flote durante diecisiete años.

Les expliqué mi idea descabellada y me escucharon con cierto interés. Hicieron café y me invitaron a sentarme. ¿Había alguna línea concreta de zapatillas japonesas en la que yo hubiera pensado de cara a su importación?, me preguntaron.

Les dije que me gustaban las Tiger, una marca con un bonito diseño fabricada por Onitsuka Co. en Kobe, la ciudad más grande del sur de Japón.

—Sí, sí, las conocemos —me dijeron.

Les conté que pensaba ir allí para entrevistarme en persona con la gente de Onitsuka.

—En ese caso harías bien en aprender algunas cosas acerca de cómo negociar con los japoneses —me dijeron los exsoldados.

»La clave es no mostrarse insistente. No actúes como el típico norteamericano gilipollas, el típico gaijin:[1] grosero, ruidoso, agresivo, que no acepta un no por respuesta. Los japoneses no reaccionan bien a las técnicas de venta agresivas. Aquí las negociaciones tienden a ser suaves, basadas en la resistencia. Mira cuánto tiempo les costó a los estadounidenses y a los rusos convencer a Hirohito de que se rindiera. E incluso cuando lo hizo, cuando su país quedó reducido a un montón de cenizas, ¿qué fue lo que le dijo a su pueblo? “La guerra no ha evolucionado en beneficio de Japón.” Es una cultura del subterfugio. Nadie te rechaza de frente. Nadie te dice nunca directamente que no. Pero tampoco que sí. Dan rodeos, emplean frases sin un sujeto u objeto claros. No te desalientes, pero no te muestres arrogante. Podrías salir del despacho de un hombre pensando que la has pifiado cuando en realidad está dispuesto a hacer un trato. Y podrías salir creyendo que has cerrado un acuerdo cuando en realidad te han rechazado. Nunca se sabe.

Fruncí el ceño. Yo no era buen negociador ni teniéndolo todo a mi favor. ¿Y ahora iba a tener que negociar en una especie de sala de los espejos de feria? ¿Donde no se aplicaban las reglas normales?

Tras una hora de aquel desconcertante tutorial, estreché la mano a los exsoldados y me despedí. Sintiendo de repente que no podía esperar, que tenía que actuar con rapidez, mientras todavía tuviera frescas sus palabras, corrí hacia mi hotel, lo metí todo en mi pequeña maleta y en mi mochila, y telefoneé a Onitsuka para concertar una cita.

Aquella misma tarde cogí un tren rumbo al sur.

Japón era famoso por su impecable orden y limpieza. La literatura, la filosofía, la moda, la vida doméstica, todo lo japonés era maravillosamente puro y sobrio. Minimalista. «No esperes nada, no busques nada, no te aferres a nada»: los inmortales poetas japoneses habían escrito líneas que parecían pulidas y pulidas hasta que brillaban como el filo de la espada de un samurái, o como las piedras de un arroyo de montaña. Impoluto.

«Entonces ¿por qué este tren a Kobe está tan asqueroso?», me pregunté.

El suelo estaba lleno de hojas de periódico y de colillas. Encima de los asientos, había pieles de naranja y periódicos desechados. Y lo que era peor, todos los vagones estaban abarrotados. Apenas había espacio para permanecer de pie.

Encontré una agarradera junto a una ventana y me colgué de ella durante siete horas mientras el tren se balanceaba y avanzaba lentamente a través de aldeas remotas y de granjas no más grandes que un patio trasero medio de Portland. El viaje fue largo, pero ni mis piernas ni mi paciencia se agotaron. Estaba demasiado concentrado repasando una y otra vez mi tutorial con los exsoldados.

Cuando llegué, reservé una pequeña habitación en un ryokan barato. Mi cita en Onitsuka era a la mañana siguiente a primera hora, de modo que me tendí de inmediato en el tatami. Pero estaba demasiado nervioso para dormirme. Me pasé casi toda la noche dando vueltas sobre la estera, y al amanecer me levanté fatigado y contemplé mi demacrado y soñoliento reflejo en el espejo. Después de afeitarme, me puse mi traje verde Brooks Brothers y me dediqué unas palabras de ánimo a mí mismo.

«Eres capaz. Ten confianza. Puedes hacerlo.»

«Puedes hacerlo.»

Luego me dirigí al lugar equivocado.

Me presenté en la sala de exposición de Onitsu ...