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OCHO DíAS DE MARZO (INSPECTOR MASCARELL 8)

Jordi Sierra i Fabra

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Fragmento

1

La cortina no estaba corrida del todo, así que, mientras esperaba sentado en el despacho de la consulta, Miquel Mascarell podía atisbar los movimientos del doctor Recasens explorando a Patro, meticuloso y paciente, con los ojos casi cerrados, para concentrarse mejor. A ella, boca arriba, muy quieta y con las piernas en alto, no le veía la cara, sólo la parte inferior del cuerpo, pero la imaginaba tensa. Salvo con él, el único, ella le contó que siempre lo había estado cuando la tocaba algún hombre, aunque fuera un médico. El hecho de que no hablaran de ello no significaba que el pasado estuviese muerto y enterrado. Seguía allí, para los dos, bien oculto en sus silencios.

Por suerte, lo que no había ya era amargura.

La calma después de tantas tempestades.

—¿Le duele aquí? —oyó que le preguntaba el doctor.

—No.

La única exclamación de Patro a lo largo de aquellos minutos había sido un quedo «¡ay!» cuando Víctor Recasens la tocó por abajo. Y eso que no era de las de quejarse.

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Otro minuto más. O tal vez fueran dos. Miquel prestaba atención fingiendo indiferencia. El médico iba y venía en torno al cuerpo de su paciente, una pequeña geografía convertida en continente, auscultándola, presionando el abultado vientre, dándole golpecitos con los dedos índice y medio de la mano derecha. Los pies de Patro, en alto y apoyados en los desgastados salientes acolchados, parecían dos pequeñas alas.

Tenía manos de ángel y pies de princesa.

Ah, sus pies...

Nunca se hubiera imaginado a sí mismo como fetichista.

O eran los años o la falta de todo antes de conocerla.

—Muy bien, querida. —Rompió el silencio el doctor Recasens—. Ya puede vestirse.

—¿Qué tal? —preguntó ella con un deje de ansiedad.

—Todo en orden —la tranquilizó de inmediato—. En orden y en su sitio. Una gestación estupenda, como no podía ser de otra manera dada su buena forma y mejor salud. Espere, déjeme ayudarla.

Miquel hizo ademán de levantarse de su silla, pero el médico ya había sostenido a Patro para que se incorporara después de bajar las piernas de los soportes. Ella puso sus pies descalzos en el suelo.

—Gracias —dijo.

—En una semana lo tendremos aquí, si todo sigue su curso —siguió hablando el hombre—. Quién lo iba a decir hace unos meses, ¿eh?

—Y que lo jure.

—¿No me diga que se le ha hecho largo?

—Un poco pesado, sí, sobre todo al final.

—Recuerde lo que cito siempre: «Madre sana y feliz, bebé sano y dispuesto». Nada de nervios. El primero siempre asusta un poco, pero usted como si nada. Ya verá como son los cinco minutos más bonitos de toda su vida.

—Si sólo son cinco minutos...

Mientras ellos hablaban, Miquel sintió un ramalazo de pánico.

¿El doctor Recasens acababa de decir «el primero»?

¿El maldito galeno esperaba que aún hubiera más?

¿Otro milagro?

La cortina se corrió del todo y Víctor Recasens alcanzó su asiento detrás de la mesa del despacho. Patro se metió en la pequeña habitación en la que se había quitado la ropa y puesto la bata para la última exploración de aquellos largos meses.

Los dos hombres se miraron.

—Ya lo ha oído —dijo el médico—. Tendrán un bebé estupendo. Y si es niña y se parece a su madre...

Miquel forzó una sonrisa.

Pese a los meses de embarazo, seguía sin creerse que fuera a ser padre otra vez, después de tantos años. La odisea llegaba a su fin, pero seguía antojándosele algo irreal. Vivía los últimos días de paz y calma en su nueva vida. Sabía que nada sería igual cuando fuesen tres. Le había sucedido ya con Quimeta.

—Ahora que se acerca el momento, estará usted flotando —siguió Víctor Recasens al ver que no decía nada.

—No sé si es la palabra exacta, pero sí —reconoció—. De todas formas, de tanto flotar y flotar, yo lo llamaría más bien vértigo.

—¿Quién no estaría en una nube? Padre a los... ¿Qué edad tiene, que no lo recuerdo?

—Sesenta y seis.

La mirada del médico tuvo una parte de admiración y otra de respeto.

—No está mal —ponderó.

—Supongo. —Suspiró Miquel, pragmático.

—¿Cuándo cumple usted años?

—El 28 de diciembre.

—Vaya.

—El día de los Santos Inocentes, sí.

—Mire, tenga la edad que tenga, lo va a disfrutar, y más siendo el primero.

Otra vez lo mismo.

Miquel no quiso hablarle de Roger, de su tumba en el Ebro, de que en otro tiempo ya supo lo que era ser padre, estar casado y ser feliz. Eso era privado. Víctor Recasens conocía sólo su pasado reciente, tras la guerra. Se lo contó, en su visita inicial como nuevo médico de cabecera, cuando le hizo el primer chequeo, casi tres años antes, por si su corazón estaba al límite, para que supiera dónde había estado, el hambre sufrida, las privaciones soportadas y el miedo constante en el Valle de los Caídos, sometido a la amenaza de su sentencia de muerte. El médico, a fin de cuentas, era un buen hombre y necesitaba esa información para estar al tanto. Incluso le había ayudado en aquella investigación de agosto del año anterior, cuando secuestraron a Patro para obligarle a meterse en su último lío.

Allí se enteró precisamente de que iba a ser padre.

Patro embarazada.

—Lo de disfrutarlo dependerá de los años que me queden —se resignó Miquel, recuperando las últimas palabras de Recasens.

—Está usted como un toro, se lo digo siempre. Ya me gustaría a mí llegar a su edad y tener su salud. Yo tengo sesenta y dos, y no se imagina la de porquerías que tomo. Que si para esto, que si para lo otro... Usted, en cambio, nada. Tiene la presión bien, el corazón perfecto, los riñones y el hígado a pleno rendimiento...

—¿Se receta usted mismo?

—Claro.

—¿No es malo ser el doctor de uno mismo?

—¡No lo sabe usted bien, oiga! —Soltó una risa sarcástica—. A un médico, cuando le duele algo, se le vienen a la cabeza diez diagnósticos posibles. Y si encima uno es pesimista, alarmista o hipocondríaco, ¡apaga y vámonos!

Patro apareció a su lado, ya vestida y con la enorme barriga por delante. Embarazada o no, seguía siendo irresistiblemente hermosa. Se había soltado el pelo y la inmensa mata negra se le desparramaba por encima de los hombros dándole un aire de actriz de Hollywood. Una actriz serena, de belleza clásica, lejos de las mujeres fatales de las películas policíacas. A Miquel a veces le recordaba la esbelta elegancia de Gene Tierney y otras la chispeante luminosidad de Carole Lombard. Todo dependía del momento o del humor.

—El parto en la Clínica del Pilar como lo hablamos, ¿no?

—Sí, sí, nos parece un buen lugar —habló Patro por primera vez.

—¿Ahora van a casa?

—Sí —le tocó el turno a Miquel.

—Van a tener que tomar un taxi, si lo encuentran, porque con lo del boicot a los tranvías...

—¿Boicot? —No pudo reprimirse—. Más bien es una huelga en toda regla.

—Cuidado con lo que dice, Mascarell, que ya no estamos en los años treinta —le previno el médico.

—Ellos lo llamarán como quieran, si es que lo llaman de alguna forma, pero es una huelga —insistió él, combativo.

—Pues como siga así, y acaba de empezar, Franco nos mandará el ejército y la liaremos. —Plegó los labios en una mueca de preocupación—. Sólo faltaría que les llegara el bebé con disturbios en la calle.

Patro se puso blanca.

—No se preocupe —dijo lanzando una mirada de reprobación a Miquel por tener la lengua demasiado suelta—. Iremos a casa dando un paseo, que para algo estamos cerca y me conviene caminar. En una semana esto se habrá acabado, seguro.

El silencio de los dos hombres fue tan breve como cómplice.

Víctor Recasens se levantó. Miquel hizo lo mismo.

—Pues nada, querida —le tendió la mano a Patro y acompañó el gesto con una seráfica sonrisa—, que tenga unos días finales tranquila y ya verá cómo, llegado el momento, esto es coser y cantar. Eso sí, esté preparada. Nunca se sabe si van a salir un día antes o tres días después. A veces incluso más. Con lo a gusto que están ahí dentro. —Le señaló la barriga con cariño—. Cualquier síntoma... y a la clínica.

—Sí, doctor.

—Mascarell... —Dejó de sujetar la mano de Patro, retenida como si quisiera quedársela, y se la tendió a él—. Suerte.

—Gracias.

—Ha sido un placer.

Les abrió la puerta y salieron al pasillo. La despedida final fue rápida. Caminaron en silencio y pasaron por delante de Rosa, la enfermera, que también les sonrió y les deseó lo mejor. La factura llegaría después del parto, así que no hubo más demora.

Al llegar abajo echaron a andar por Carlos I, en dirección a la calle Diputación.

Sí, un paseo.

Un paseo plácido, en un frío y húmedo día a tres semanas del fin del invierno y el comienzo de la primavera.

Patro se colgó del brazo de Miquel.

No tardó en decir algo.

—¿De qué hablabais?

—¿Cuándo?

—Cuando yo me vestía.

—De lo sano que estoy.

—Va, en serio.

—Que sí, mujer. Me decía que tengo bien la presión, el corazón, los pulmones, los riñones, el hígado... Una joya.

—¿Lo ves?

—A pesar de todo y de estar sanísimo, sólo le falta citarme en una revista médica por lo de ser padre a mi edad.

—¡Qué tonto eres!

—Me mira como si embarazarte sea una proeza digna de los anales de la historia.

—No te conoce. —Ella se le apretó un poco más.

—Ya.

Acercó su rostro al de él y le besó.

—Tigre mío —susurró Patro.

—A ver si nos detienen por escándalo público...

La miró de reojo cuando siguió andando.

Tan feliz.

De su brazo, con la barriga, libre.

Tan y tan feliz.

La vida, en el fondo, era eso.

Barcelona vivía el segundo día de boicot a los tranvías por la subida de los precios de los billetes, pero ellos parecían pasear.

Paseaban.

Los tres.

2

El primer tranvía que vieron iba vacío.

El segundo tenía todos los cristales rotos, y la cara del conductor era un poema.

Ya en el paseo de San Juan, con lo que se encontraron fue con un primer piquete de exaltados, no muy grande pero sí notorio. Desde luego, al fútbol no iban, y menos en viernes.

Ni rastro de la policía.

Patro aceleró el paso.

—Tranquila —la calmó Miquel—. Eres una mujer embarazada y se te nota. Todavía hay principios.

—Como haya que correr... Sólo faltaba eso ahora, por Dios.

Miquel intentó escudriñar los alrededores sin mover la cabeza, por si las fuerzas del orden estaban ocultas en alguna esquina. No vio nada.

Caminaron un par de minutos más, en silencio, alejándose de lo que parecía ser una zona de conflicto.

Desde luego, la cosa iba en serio.

Y faltaba lo peor: la huelga general anunciada para días después.

¿Dejaría Franco que se produjera?

Con todo, la subida del precio de los billetes de tranvía, desde diciembre, no era más que una excusa, la gota de agua que había rebosado el vaso de la paciencia urbana. Las primeras octavillas expresando el descontento popular habían aparecido a mediados de febrero, inicialmente con poemas divertidos, ripios sarcásticos y mucha ironía. Luego ya pasaron a mayores. La más habitual era la que decía:

BARCELONÉS: Si eres un buen CIUDADANO a partir del 1 de marzo y hasta que igualen las tarifas de la Compañía de Tranvías con la capital de España (0,40 ptas. según puedes leer en LA VANGUARDIA del día 28-1-51, página 3.ª, Crónica de Madrid), TRASLÁDATE A PIE a tus habituales ocupaciones. En tu propio beneficio y lo más rápidamente posible, haz cuatro copias de esta CADENA y mándala a cuatro amigos distintos. Si quieres ser CIUDADANO DE HONOR, haz ocho copias o más. ¡ESPAÑA UNA Y PARA TODOS IGUAL!

Tras eso llegaron las primeras manifestaciones estudiantiles el día 22, y el 24 las primeras escaramuzas con las fuerzas del orden. Para algo los estudiantes eran jóvenes y se jugaban el futuro. Poca broma. Se habían roto tres mil cuatrocientos cristales de los tranvías a pedradas.

Finalmente, el estallido emocional, el popular.

Algo que se notaba en el ambiente, con la gente en la calle.

Aunque por allí no hubiera casi nadie.

Quizá fuera la hora.

—Tú también estás inquieto —dijo Patro.

—Es mera precaución.

—¿Te imaginas que he de tener al bebé en casa porque no podemos ir a la clínica?

—No te pongas en lo peor, va.

—Ya pasamos una guerra, y la miseria de después, Miquel. —El tono era triste—. No quiero que vuelva todo eso, y menos con un hijo.

—Esto es diferente.

—¿En qué?

—Le estamos echando un pulso al Paco.

—¿Un pulso? ¿A Franco? —Patro exteriorizó su escepticismo—. ¡Con ése no hay pulsos que valgan, cariño, y bien que lo sabes! ¿Crees que le temblará la mano si ha de mandarnos al ejército y hacer una escabechina? El otro día, en el mercado, una mujer dijo que aún había sido demasiado bueno, que quedaban demasiados rojos por todas partes.

Miquel chasqueó la lengua.

—A ver si te sale el niño con un antojo por estar preocupada.

—¡Ay, calla, tonto!

—Pues ya está. Tú cuídate de él.

Una docena más de pasos. El conato de agitación quedaba atrás. Pese a ello, no bajaron la guardia ni menguaron el ritmo. Ya no era un paseo.

—La verdad es que aprieta mucho —se quejó ella.

—Estás muy hinchada.

—No me refería al crío. Hablaba de Franco. No le ha bastado con ganar la guerra.

—Patro...

—Si es que es verdad. —Bajó la voz para exclamar—: ¡El tranvía en Madrid a cuarenta céntimos mientras que aquí ya costaba cincuenta! ¡Y ahora van y lo suben a setenta! ¿Dónde se ha visto eso? ¿Por qué la diferencia? ¿Somos más ricos o más estúpidos? ¡Es casi el doble!

—Un cuarenta por ciento.

—¿Tú de qué lado estás? —protestó irritada.

—Del tuyo, y no te excites.

—Aunque fuera un solo céntimo, ya sería injusto.

—Estoy de acuerdo.

—Parece mentira —gruñó Patro.

—¡Ay, Señor! —Miquel suspiró.

Era una especie de acuerdo tácito. Cuando se quejaba él, ella amortiguaba la andanada. Cuando lo hacía ella, el que contemporizaba era él.

Como un tobogán.

—Siempre me quejo de lo luchador que eres, pero desde que vamos a tener un hijo...

—Me he vuelto conservador. Eso y los años.

—¿Tú conservador? —Le dirigió una mirada escéptica—. Lo que pasa es que te sientes como un padre primerizo.

—Bueno, es como si lo fuera.

—No puedes haberlo olvidado.

Miquel apretó las mandíbulas.

—No, no lo he olvidado —susurró.

Patro volvió la cabeza para mirarle y le apretó el brazo.

Su voz, tanto como sus ojos, destiló todo el amor que sentía.

—Perdona.

—No seas tonta.

—No tenía que haber dicho eso. Sé que no has olvidado a Roger.

Miquel se encogió de hombros.

—Lo tuve hace muchos años, en mi otra vida.

—Ya lo sé.

—Ahora me alegro de todo esto, en serio. Asusta, pero... Me alegro mucho. Es una oportunidad que raramente se le presenta a una persona en la vida.

—Pero crees que te morirás en unos años y piensas que lo mejor es que yo no me quedaré sola, lo cual no es justo. No quería un hijo por eso.

—Ya has oído al médico: como un toro.

—Eso bien que lo sé yo. —Le sonrió, le apretó de nuevo el brazo y le alcanzó con un segundo beso en la mejilla, rápido y fugaz.

Cruzaban la calle Aragón y por el hueco de las vías del tren vieron subir un chorro de espeso humo negro que lo envolvió todo. Aceleraron el paso y contuvieron la respiración, porque la nube invadió el aire apoderándose de los alrededores. Por espacio de unos segundos se movieron en medio de aquella neblina oscura.

El tren siguió su camino hacia el paseo de Gracia, llevándose el chorro de humo con él.

—No sé por qué no cubren toda la calle y tapan esto —dijo Patro—. La pobre gente que vive aquí ha de estar todo el santo día con las ventanas cerradas...

—Te recuerdo que vivimos en la calle de arriba.

—Pero el humo se queda aquí.

—Yo en verano lo huelo un poco.

No siguieron tratando de arreglar Barcelona, empezando por la calle Aragón. Otra docena de pasos más allá, Patro bajó la cabeza. No se vio la punta de los zapatos a causa del prominente abdomen.

—Estamos nerviosos, ¿verdad? —admitió.

—Más o menos —reconoció él.

—Vamos a tener un hijo y éste no es que se diga el mejor de los mundos.

—Te equivocas. El mejor de los mundos, sí. O, al menos, el mejor de los mundos posibles. Lo malo es el lugar. La suerte de nuestro hijo es que sobrevivirá a Franco y verá tiempos mejores.

—Ay, me gusta cuando eres positivo —se alegró ella.

—¿No lo soy siempre?

—Míralo él, que cuando está taciturno...

—Anda, cállate, boba. —Le cogió la mano que colgaba de su brazo y se la apretó con cariño—. Ya estamos llegando. ¿Cansada?

—No, no —mintió ella—. Pero fíjate la hora que es, y aún he de hacer la cena.

—Vamos a tomar algo al bar de Ramón.

—¿No será mejor empezar a controlar gastos? —se preocupó Patro.

—Mujer, ni que fuéramos a tener mellizos.

—Pues con esta barriga no sé yo.

—¿No dicen que los niños llegan con un pan bajo el brazo?

—Eso serán los hijos de los panaderos. Nosotros vendemos agujas e hilos.

—Venga, miedosa, que la mercería va bien y seguimos con bastante de lo del 47.

—Si no hubiera sido por eso...

Miquel recordó hasta qué punto se había jugado la vida a su llegada a Barcelona, en el primero de sus muchos líos desde su puesta en libertad.

Parecía mentira.

¿Cuándo dejaría de ser policía?

Tal vez nunca, aunque eso, ahora sí, se hubiese acabado.

—Miquel... —Patro interrumpió sus pensamientos.

—¿Qué?

—Te quiero mucho, cielo.

Se le encogió el corazón y tuvo un arrebato emocional. Notó una súbita humedad en los lagrimales. La tensión de la paternidad, que le mantenía en un constante estado nervioso, de pronto se convertía en calma y paz, borrada de un plumazo por algo tan simple como aquello.

¿Cuánta gente era incapaz de decirle a la otra persona que la amaba?

Patro lo hacía con toda naturalidad.

Miquel abrió la boca para decir algo, pero ya no pudo.

Por su izquierda apareció el tranvía, traqueteando sobre las vías. Por su derecha el grupo de manifestantes, compacto y rápido. Una perfecta coordinación. Ellos dos se detuvieron en seco y se quedaron paralizados, porque era como estar en primera fila de un drama anunciado. El teatro de la vida. El conductor no tuvo más remedio que frenar y detener el tranvía para no llevarse a la turba por delante. Le habrían matado. Nadie se metió con él cuando optó por salir por piernas ante lo inevitable.

Después de todo, el tranvía iba vacío.

Volcarlo pareció tan fácil...

—¡Vámonos, Miquel!

Le arrancó de su abstracción.

Tiró de él.

No podían correr a causa del estado de ella, pero se alejaron lo más rápido posible. Miquel volvió la vista atrás cuatro o cinco veces. El tranvía, como un elefante muerto, yacía ya sobre su costado izquierdo mientras los alborotadores se dispersaban en todas direcciones, incluida la suya. Primero habían gritado, enfurecidos. Ahora ya no.

Todo en menos de medio minuto.

Ningún agente del orden.

Ningún disparo.

Por alguna extraña razón, Miquel no sintió miedo.

Con menos años habría estado allí.

Con ellos.

Sí, Barcelona le estaba echando un pulso al dictador.

Las consecuencias resultaban imprevisibles.

3

El bar de Ramón era una burbuja.

No importaba lo que pasase al otro lado de la puerta: cruzarla era como dejar atrás el aire enrarecido de la dictadura. Hablara de lo que hablase, de fútbol o cualquier otra cosa, pero sobre todo de fútbol, Ramón siempre sonreía. Y, por supuesto, estaba su vehemencia.

—¡Hombre, la pareja a dúo! —Les recibió con los brazos abiertos.

En aquel momento, Miquel se dio cuenta de que, aunque Ramón fuese un pesado, sobre todo con su manía de que acabara siendo un forofo futbolero, le apreciaba.

No tenía amigos.

No tenía a nadie, salvo a Patro.

—Baja la voz, Ramón —le gruñó pese a todo.

—¡Si es que me alegra verles! ¿Qué quiere que le diga?

Todos los parroquianos de última hora les observaban sin disimulo.

—¿Es que aquí nadie puede venir a tomar algo en paz sin que le hagas leer El Mundo Deportivo por la mañana o seas un periódico andante por la noche?

Ramón miró a Patro.

—Cómo es el maestro, ¿eh?

El primer día le había dicho que tenía aspecto de profesor de matemáticas jubilado, y con eso se había quedado. Por lo menos ya no insistía en que le diera clases particulares a su hijo. Pero lo de «maestro» se le había quedado.

—Refunfuña siempre, pero es buena persona —le siguió el juego ella.

—¿Tú de qué lado estás, traidora? —le recriminó Miquel en voz baja.

—¡Si es que se merecería una ovación por embarazar a esta mujer tan guapa que tiene, hombre!

O se iba o lo hacía callar.

—Ramón, que eso es lo fácil. Lo difícil es hacerlo a los cien años, como yo. Y ahora, ¿nos sentamos?

—Vengan, sí, que usted parece cansada, señora. —Se situó en medio para poner una mano sobre los hombros de ellos—. Siéntense en aquella mesa del fondo; allí estarán más tranquilos. ¿A qué debo el honor de que vengan los dos juntitos?

—Queremos cenar algo.

—¡Eso está hecho, que hoy la tortilla de patatas le ha salido a la parienta...!

Eso lo decía siempre, pero tenía razón.

La tortilla de patatas.

A Miquel le crujió el estómago.

—¡Ay, lo necesitaba! —exhaló Patro dejándose caer en su silla—. Aún tengo el susto en el cuerpo.

—¿Qué ha pasado? —Le cambió la cara al dueño del bar.

—Hemos visto cómo volcaban un tranvía.

—¡No me diga!

Miquel miró fijamente a su mujer, pero lo único que dijo fue para sí mismo:

—Eso, tú dale cuerda.

Ramón se sentó en la otra silla.

—Están los ánimos caldeados, ¿eh?

—Mucho. Da un poco de miedo.

—¡Pues más lo van a estar, señora Mascarell! ¡Si es que no hay derecho!

—¿Quieres bajar la voz? —Miquel miró a su alrededor con cierto apuro.

—Aquí todos son de confianza, maestro. Y, además, ya hablo en voz baja, ¿no?

—¡Pero si se te oye desde la plaza de Cataluña!

—¡Huy, que la paternidad le ha vuelto cagueta!

—¿Te recuerdo que iban a fusilarme y que, como me detengan por lo que sea, me cumplen la sentencia entera y la dejo viuda?

—¡Por Dios, vaya ánimos! —Bajó la voz lo más que pudo y se dirigió casi en exclusiva a Patro—. Ustedes habrán visto volcar un tranvía, pero yo puedo decirles que ya ha habido un muerto. Ayer mismo.

—¿Qué me dice? —se alarmó Patro.

—Lo que oye. Y lo sé de buena tinta, nada de rumores, ¿eh? —Quiso dejarlo claro—. Lo triste es que fue un niño de cinco años.

—¡Ay! —Patro se llevó una mano a la boca.

—Eso, tú anímala —dijo Miquel.

—Como que lo vio mi cuñado —siguió Ramón a lo suyo—. ¿Cuándo no han sido los inocentes los primeros en caer? Lo que no se dirá es quién ha sido, porque, naturalmente, él no se quedó a mirar o preguntar, pero ¿quién tiene armas en este país? Pues la policía. —Hizo una pausa muy breve, para que la noticia calara en ellos—. Mire, esta misma mañana, al ir a abastos, ya me he encontrado follón, el mercado agitado como si... Vamos, que lo que se cultiva es gordo, ¿entienden? Lo del boicot no es más que la gota que colma el vaso. Ya está bien de represión, ¿no? La gente aún gana menos que en 1935, ¡y de eso hace dieciséis años! ¿Cómo va a comprar una docena de huevos a veintinueve pesetas un trabajador de la textil, como un primo mío, por ejemplo, si recibe una paga de sesenta y cinco a la semana? ¡Sesenta y cinco por seis días de trabajo, porque ganar veinte pesetas al día ya es de ricos! ¡A ver quién entiende algo así, que son matemáticas! ¡Entre esto y el estraperlo...! —La voz se convirtió en un susurro—. ¿Saben lo de ayer?

—¿Tienes una red de informantes o qué? —Alucinó Miquel—. No, no sabemos ni lo de hace un rato.

—Esto es un bar, maestro, y aquí la gente habla y habla, que para algo vienen a desfogarse. Basta con prestar atención.

Miquel volvió a mirar alrededor de ellos. Estaban en la mesa de la esquina, y veía todo el bar, la barra, las otras mesas. La mayoría de las personas ya no les prestaban atención, y los que todavía lanzaban ojeadas perdidas lo hacían más por Patro y su espléndida melena que por otra cosa.

Salvo un hombre.

Solitario, en la mesa más cercana a la puerta.

Un hombre muy delgado, seco, enjuto, de aspecto enfermizo y pobremente vestido, con la gorra calada y las sombras de los ojos formando túneles oscuros por encima de su nariz aguileña y su barba mal afeitada, de fea catadura.

Un hombre que le miraba a él.

Le recordó algo.

O a alguien.

Miquel sintió un ramalazo.

—¿Qué pasó ayer? —oyó que preguntaba Patro.

—Pues que bajaron unas trescientas personas por la Vía Layetana gritando «¡Viva Franco!» y «¡Muera el gobernador!». ¡Pero es que muchas de ellas eran falangistas!

Miquel volvió a concentrarse en Ramón.

—¿Falangistas? —No pudo creerlo.

—¡Sí, lo que oye! Por lo visto, los mandos de la Falange han dicho a los suyos que, si subían a los tranvías mostrando el carnet del partido, no les cobrarían. Así los tranvías no irían vacíos. Pero eso a los falangistas les ha sentado como un tiro. Lo han interpretado como que era una forma de enfrentarles a la gente y se han rebelado. ¿Qué se cree, que sólo somos disidentes los de la vieja guardia?

La palabra «disidente» hizo que Miquel empezara a sudar.

El tipo seco y enjuto, por lo menos, parecía cualquier cosa menos un policía.

Seguía recordándole algo.

O a alguien.

—A ver si se matan entre ellos. —Se dirigió de nuevo al dueño del bar.

—¡Miquel! —se asustó Patro.

—Yo lo que digo —Ramón puso el dedo índice sobre la mesa, como si quisiera hundirlo en ella— es que el tranvía a setenta céntimos es una barbaridad. Y si, por lo menos, el servicio fuera mejor, con unos coches decentes en lugar de esas viejas ruinas con ruedas, sucias... Pero ya ve: sólo el año pasado hubo veintiún muertos y cuatrocientos noventa y un accidentes por culpa de los tranvías. ¡En un año!

Miquel ya no le preguntó cómo sabía tantas cosas. Y encima tan precisas.

—Ramón...

Como si oyera llover.

—Si es que se creen que no nos damos cuenta de nada. Y no, tontos no somos, ¿verdad? Lo de los curas ya ha sido...

—¿Qué curas? —preguntó Patro.

Miquel cerró los ojos. Empezaba a dolerle la cabeza tanto como el estómago, porque desde luego el bar olía a comida y tenía hambre.

—¡Los curas que nos mandaron a mediados de febrero! ¡Un montón, quinientos o más, no sé! —Se animó todavía más el dueño del bar—. ¿No me diga que no se han enterado de eso? ¡Uno ya no sabe si van a cristianizarnos aún más o van a empezar a repartir hostias, pero de las que hacen daño! ¿Qué pasa, que en Burgos o en Soria ya tienen bastantes y les sobran? ¡Hala, todos para aquí!

—Pero ¿qué hicieron esos curas? —insistió ...