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PAESA

Manuel Cerdán

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Fragmento

PRÓLOGO

PAESA, UN ESPÍA DE CINE

El ejemplar que tienen en sus manos es una reedición del libro que publiqué en 2006 sobre la vida y las hazañas del espía más conocido de la historia de España: Francisco Paesa Sánchez, un personaje dodecaédrico que tenía la versatilidad de reinventarse cada día y de levitar como un maestro del espionaje. De ahí el título del libro: Paesa, el espía de las mil caras. Todo un espía de cine.

Con ocasión del estreno de la película, basada en mi obra, Paesa, el hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez (quien en 2015 fue galardonado con tres Goya, a mejor dirección, guión y película, por la magistral La isla mínima), la editorial ha considerado que es una buena ocasión para devolver a las librerías Paesa, el espía de las mil caras. Creemos que aquellos lectores que hace diez años no pudieron leer el libro y, sobre todo, los jóvenes que entonces eran unos niños tienen ahora la oportunidad de aproximarse al agente secreto más prolífico del espionaje español.

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Paesa es un personaje que, aunque ya ha superado los ochenta años de edad, ha seguido ofreciendo titulares periodísticos durante los años posteriores a la primera edición de mi libro. En 2011, por ejemplo, fue detenido junto a su sobrino Alfonso García y dos pilotos senegaleses cuando pretendían entrar en Sierra Leona en un avión privado. Tío y sobrino fueron acusados por la policía sierraleonesa de tráfico de armas y otros delitos, pero consiguieron abandonar el país días después sin cargos.

Tras su aventura en África, el nombre de Paesa figuró también entre los papeles de Panamá ligado a una serie de sociedades instrumentales constituidas en las islas Vírgenes Británicas. A decir verdad, el dato no me provocó ninguna sorpresa porque las firmas offshore mencionadas entre la documentación pirateada por unos hackers al despacho de los abogados panameños Mossack y Fonseca ya aparecían en mi libro en 2006, como se puede ver en el capítulo 15: «Construyendo el ataúd».

A lo largo de las páginas de Paesa, el espía de las mil caras no sólo descubrirán la infraestructura societaria del espía en diversos paraísos fiscales, entre ellos Panamá, sino también la biografía más ambiciosa sobre un ex colaborador del Ministerio del Interior y de los servicios secretos. El libro es un apasionante y trepidante thriller histórico sobre nuestro agente secreto más camaleónico: un espía que no llegó del frío, como el Smiley de John Le Carré, sino del barrio madrileño de Chamberí; un espía que no tenía licencia para matar como James Bond, pero que vivió con la misma opulencia de un 007: champán Dom Pérignon en abundancia y mujeres de papel cuché como Dewi Sukarno.

Nacido en 1936, Paesa es el prototipo del espía de los años setenta, aunque él se mantuvo en activo hasta cuarenta años después. Cada una de sus caras es diferente a la otra; a veces, hasta antagónicas. Así es Paesa, el rostro de la imprevisión y de la improvisación. Un camaleón que ha pisado el fango de las cloacas del poder en multitud de ocasiones. Su existencia —el 28 de febrero de 2016 cumplió ochenta años— se asemeja a una de esas coloridas matrioshkas rusas, pues una muñeca de mayor tamaño va cubriendo a otra más pequeña. Cada nueva página en la vida de Paesa supera a la anterior. Su currículo es una sucesión de misiones secretas, montajes políticos, operaciones financieras, embustes, estafas, timos… Pero todo esto transcurre a un ritmo trepidante de thriller cinematográfico, con contenidos de sobra para completar el guión de uno de esos biopic que, hoy día, están de moda en las pequeñas pantallas de la televisión, o para filmar una gran película, como la que ha dirigido Alberto Rodríguez. Un proyecto por el que ha apostado el presidente del Grupo Zeta, Antonio Asensio Mosbah, desde 2006, cuando echó a andar en el antiguo edificio de Zeta de la calle O’Donnell, 12, de Madrid, bajo la batuta de los directores Imanol Uribe y Enrique Urbizu.

En este libro he querido reunir todas las escenas mágicas de la vida de un prestidigitador del espionaje. También las fantasmagóricas. Desde su osadía africana en 1968 en la que intentó estafar a Francisco Macías Nguema, el entonces recién elegido presidente de la independiente Guinea Ecuatorial, por medio de un virtual Banco Central de Guinea, hasta su rocambolesca y programada desaparición en Bangkok en 1998. Entre medias, durante esos treinta años de aventuras, se suceden un sinfín de peripecias: la constitución del Alpha Bank en Ginebra, que acabó en estafa; sus noviazgos con una millonaria suiza y con la japonesa Dewi Sukarno; el tráfico de armas internacional con el número uno de ese negocio, George Starckmann; la operación de venta de pistolas Sig Sauer y misiles SAM 7 a ETA que culminó con la Operación Sokoa; la presión a una testigo de los GAL que puso a Garzón tras su pista como colaborador del Ministerio del Interior; su condición de diplomático de Santo Tomé y Príncipe en los organismos de la ONU en Ginebra, que impidió su extradición a España; el blanqueo del dinero de Roldán, vía Singapur, y la posterior entrega del ex director de la Guardia Civil, tras una larga negociación con Juan Alberto Belloch, por la que percibió una comisión de 1,9 millones de euros… Y, por último, su negocio más lucrativo como gran prestidigitador en el mundo de las sombras: el saqueo de los caudales de Roldán. Tras salvar un botín de más de diez millones de euros y colocar a su propietario entre rejas, se esfumó y se quedó con toda la pasta. Paesa me lo negó rotundamente cuando lo localicé y lo entrevisté en París, a finales de 2005, pero los hechos nunca le han dado la razón. Roldán, desde que salió de la cárcel, vive en Zaragoza de manera humilde, en una vivienda de protección oficial que heredó de su madre y con una pensión que no llega al salario mínimo interprofesional.

El Paesa de la última década, es decir, el de los años posteriores a la publicación de este libro en 2006, ya convertido en un anciano octogenario, no difiere mucho del espía de su época más boyante. Según su versión, los últimos años ha vivido escondido, huyendo de la mafia rusa. El espía levantó todo un entramado de sociedades instrumentales a nombre de Francisco Pando Sánchez y Francisco P. Sánchez, pseudónimo con el que perpetró más de una estafa. Por culpa de una de esas vidriosas operaciones tuvo la desgracia de cruzarse en el camino con el magnate ruso y ex agente del KGB Alexander Lebedev, a quien Paesa le timó veinte millones de euros.

El empresario ruso, afincado en Londres, contrató al CIS (Corporate Intelligence Service), una agencia londinense de investigación, para identificar al misterioso personaje que se ocultaba tras la identidad de «señor Pando», y se topó con que ese supuesto ciudadano argentino era, en realidad, un español llamado Francisco Paesa Sánchez. A partir de ahí, desentrañar el historial delictivo del espía fue coser y cantar. La agencia española de detectives Método 3, que participó en las pesquisas, desveló en uno de sus informes que el ex espía disponía de mil acciones de la sociedad Golder Management en Tórtola, en las islas Vírgenes Británicas.

En el dossier elaborado personalmente por Francisco Marco, que reproduje en 2006 en mi libro Paesa el espía de las mil caras, ya se mencionaban las sociedades que el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación ha resaltado recientemente como «superexclusiva mundial». Golder Management Ltd era una sociedad offshore domiciliada en un apartado postal de Road Town (Tórtola), en las islas Vírgenes Británicas, y disponía de sucursales en España. A ese grupo estaban ligadas otras sociedades instrumentales, como Applied Strategies, Days Inn of America, WM Days Ltd, Hotel Group SA, WM Gough Ltd (y no WM Golf Ltd, como destaca el Consorcio), WM Atlas Ltd, WM Days Ltd, Space Com SA, WM Com SA, WM Express Morocco Ltd y WM Telecom SA, entre otras.

Otro lote de sociedades fantasma estaba conectado a la sociedad matriz Richville Assets SA, con sede en Trident Chambers, Road Town, en Tórtola, islas Vírgenes Británicas. Las ramificaciones de Richville Assets llegaban hasta Barcelona. El Consorcio Internacional se refiere a Regus Assets, que, como la anterior, fue constituida el 15 de julio de 1998, dos semanas después de la falsa muerte del espía y seis días antes de la publicación de su esquela en el diario El País. Para garantizar la opacidad de las operaciones, Paesa se sirvió del despacho panameño de Mossack y Fonseca, con quienes llegó a constituir hasta siete sociedades, entre 1998 y 2000, en las islas Vírgenes Británicas, según el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Las mismas que figuraban en el informe de Método 3 en 2005, como puede comprobarse en el libro.

Paesa, después de hacerse pasar por muerto en 1998, se ocultó en París, paradójicamente en una vivienda muy próxima a la tapia del cementerio de Montparnasse. Desde ese domicilio, convertido en cuartel general, recuperó su actividad como traficante de armas y, a finales de 2011, su nombre volvió a acaparar las primeras páginas de los diarios. El agente fue detenido nada más aterrizar en el aeropuerto de Lungi, en Sierra Leona, junto a su sobrino Alfonso García. Ante los funcionarios aduaneros, Paesa mostró un pasaporte español, en toda regla, renovado en el consulado de la capital francesa. El espía señaló, como coartada, que estaba allí en representación de un abogado francés por un asunto relacionado con la compra de antigüedades. Su sobrino recalcó que él lo acompañaba, como abogado afincado en Luxemburgo, para ofrecerle asesoramiento legal y para cuidarlo dada su avanzada edad y estado de salud.

El espía llevaba la lección aprendida. Relató ante las autoridades de inmigración las piezas de obras de arte que debía verificar: «Botellas de perfume antiguas y varias máscaras de oro chinas». Al mismo tiempo, manifestó que tenía previsto reunirse con el vendedor en el mismo aeropuerto y, tras examinar la mercancía, cargarla y regresar a Senegal. Sin embargo, el supuesto proveedor de las obras nunca se presentó durante la semana que Paesa permaneció en Sierra Leona.

Nadie le creyó, pero, finalmente, fue autorizado a abandonar el país, aunque en lugar de regresar a Senegal tomó un vuelo de Air France, el 11 de octubre, con destino a París y desapareció una vez más. La de Sierra Leona fue una de las últimas operaciones conocidas del espía de las mil caras pero, como otras, quedó envuelta en la nebulosa. También fue su última aparición en público. La policía del país africano señaló que Paesa intentaba cerrar un negocio relacionado con el tráfico de armas, drogas u oro. Sin embargo, es poco probable que el agente español mantuviera contactos con organizaciones del narcotráfico. Jamás en su dilatada vida había emprendido negocios que guardaran vínculos con la cocaína o la heroína. Despreciaba ese mundo del que se mantuvo siempre apartado. No así, en cambio, del mercadeo de armas, como relata con precisión Georges Starckmann en la edición francesa de su libro Noir Canon. En el capítulo 5 cuenta cómo Paesa y él vendieron las armas a ETA. Se da la circunstancia de que el libro lo publicó una editorial parisina, propiedad de Pierre Belfond, un amigo íntimo del espía.

Tres años después, en julio de 2014, Paesa se llevó el gran disgusto de su vida. Su sobrina Beatriz García Paesa, de cuarenta y ocho años, a quien él había introducido en el mundo de los negocios turbios, era detenida por la policía en Luxemburgo, país en el que residía desde hacía décadas. Ingresaba en el calabozo bajo la acusación de blanqueo de dinero de un contrato millonario de venta de material policial a Angola. La orden internacional partía de la Guardia Civil, que investigaba a una trama de empresarios que había defraudado al gobierno de Angola. El contrato de 152 millones de euros había sido suscrito por una unión de empresas españolas (UTE) y el gobierno angoleño, pero fue utilizado como pantalla para desviar importantes cantidades de dinero a cuentas personales de algunos de los empresarios españoles y de altos cargos de aquel país que habían propiciado la operación. Según las investigaciones de la Guardia Civil, el despacho de la sobrina de Paesa en Luxemburgo había sido el encargado de construir el entramado financiero para blanquear el dinero sustraído. En esa estructura utilizaron sociedades y bancos de Suiza, Luxemburgo, islas Caimán, Gibraltar, Hong Kong y Madeira.

Tras las investigaciones, que aún siguen abiertas en la Audiencia Nacional, se supo que fueron las propias autoridades luxemburguesas las que alertaron a España tras detectar un gran flujo de dinero sin justificación entre Madrid y Luxemburgo.

De modo que la Operación Angola venía a constatar los temores de la hermana de Paesa: su hija Beatriz se había convertido en una aventajada pupila del as de espías, que siempre se había comportado con ella como un segundo padre. Desde muy joven la sobrina había actuado como testaferro de su tío, desde mucho antes de que la familia participara en el blanqueo del dinero de Roldán. Beatriz, como su tío Paco, se movía en un mundo de mentiras y de negocios inclasificables. Siempre bajo la larga sombra del espía.

Paesa nunca se permitió un descanso. Su vida fue apasionante, marcada por una continua huida hacia delante: siempre con una causa judicial pendiente y la policía pisándole los talones. Bueno, sólo arañándolos porque nunca se dejó atrapar. Jugaba con ventaja, pues en más de una ocasión pactó con sus perseguidores. Jamás fue detenido: ni por los GAL, ni por el caso Roldán, ni por la falsificación de los papeles de Laos, ni por sus operaciones de tráfico de armas… Más de cuarenta años después puede vanagloriarse del mérito de haber pisado la cárcel en tan sólo dos ocasiones. Y ninguna de ellas en España. Algo sorprendente. ¡Para eso era fontanero del espionaje! ¿Quién se atrevería a abrir la caja de pandora de Paesa?

Paesa aparecía y reaparecía en territorio nacional cada vez que quería, pero la mayoría de las veces permanecía escondido en Ginebra o en París, sus guaridas preferidas. Incluso en una ocasión, cuando le vino en gana, se hizo el muerto y desapareció del mundo de los vivos. Su fantasmagórica muerte en Bangkok, en julio de 1998 —con esquela de difuntos incluida—, resultó una bochornosa pantomima, tan falsa como los famosos papeles de Laos. El simulado deceso fue armonizado por una serie de misas gregorianas que su hermana María pagó de su bolsillo, durante todo el mes de agosto de 1998, en el monasterio de San Pedro de Cardeña.

En este libro he pretendido hacer un exhaustivo recorrido por esa singular biografía del espía, pero sin ningún atisbo de síndrome de Estocolmo. Antes de sentarme a escribir disponía de un extenso background sobre el personaje, pero lo fui incrementando durante más de dos años de consultas de todas las fuentes documentales relacionadas con el mismo —como se demuestra en el anexo— y conversando en exclusiva con muchos de sus ex colaboradores. También he visitado e investigado en las ciudades donde situó sus cuarteles generales —París y Ginebra— o de las que se sirvió para salvar su dinero —Buenos Aires, Nueva York, Londres y Singapur.

Algunos de los pasajes del libro deben mucho a la laboriosidad de otros reporteros de investigación que, durante años, han seguido de cerca la pista del espía. Por mi parte, sería injusto no reconocer las contribuciones periodísticas de esos excelentes profesionales. En especial, me gustaría resaltar la iniciativa de Melchor Miralles, Ricardo Arques, José Carlos Duque y Daniel Gluckmann, que, en medio de las investigaciones de los GAL, consiguieron despojar a Paesa de una de sus mil caras cuando se disponía a presionar a una testigo de un sumario del juez Baltasar Garzón. Las pesquisas de Miralles y Arques sirvieron para lograr que se abriese por fin el sumario García Goena, un joven vasco a quien un comando de colaboradores de los GAL dio muerte en julio de 1987. Goena se convertía en la víctima número 27 —la última— de la «guerra sucia». Su viuda, Laura Martín, lleva casi treinta años luchando para dar con los asesinos de su marido y desenmascarar a los inductores del atentado, aún protegidos por la manta de la omertá del Ministerio del Interior de la época felipista. Todo apunta a que el atentado respondía a un ajuste de cuentas entre altos cargos de Interior y que los asesinos eligieron a García Goena, un muchacho que nada tenía que ver con ETA, para hacer más daño y conseguir un mayor aldabonazo mediático.

También es de justicia destacar las investigaciones de los magistrados Garzón, Seys, Riberolle y Perraudin, de algunos de los fiscales de la Audiencia Nacional y de Anticorrupción, de los peritos del caso Roldán, de los letrados José Luis Galán, Marcos García Montes y Javier Gómez de Liaño, de políticos como Joseba Azkárraga y Antonio Romero, del ex diputado suizo Jean Ziegler, y de la agencia Método 3, que logró sacar de la tumba a Paesa. Hay muchos más servidores de la Seguridad del Estado —Policía, Guardia Civil y CESID— que permanecen en el anonimato, por un compromiso con el secreto profesional.

Desde que comencé a pulsar las primeras teclas del ordenador puse todo mi empeño para relatar con precisión y escrupulosidad las hazañas de Paesa. Mi obsesión perseguía reconstruir una historia periodística pero a un ritmo de thriller cinematográfico. Creo que lo conseguí. Ahora, diez años después, releyendo la obra, constato que el libro no ha perdido vigencia. El personaje sigue despertando el mismo interés, sobre todo porque muchas de sus astracanadas siguen sin resolverse. La lista es larga: la venta de pistolas Sig Sauer a ETA; la entrega de Roldán y la desaparición de su botín; los papeles de Laos y el comportamiento del ministro Belloch y algunos policías en toda esa farsa; la presión a la testigo de los GAL; su fantasmagórica muerte en Bangkok; sus estafas internacionales, y un sinfín de imposturas. No estaría de más que, ahora, y aprovechando el estreno de la película Paesa, el hombre de las mil caras, la justicia removiera algunos de esos casos sin prescribir. En especial, el saqueo de las cuentas del ex director de la Guardia Civil, cuyos fondos procedían de las arcas del erario público.

Lo que van a leer ustedes no es una obra de ficción. Se trata de un extenso reportaje de periodismo de investigación con un estilo narrativo de novela. Sólo si una vez leído el libro, llegan a la conclusión de que he conseguido desenmascarar esas mil caras de Paesa, de ese personaje de cine, me sentiré satisfecho de haber logrado mi objetivo.

MANUEL CERDÁN ALENDA

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TRAS LA HUELLA DE PAESA

Mayo de 2001. La hora de la cita convenida por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias es las 11 de la mañana. El camino desde Madrid hasta Brieva, en la provincia de Ávila, donde se levanta una cárcel de mujeres, pero que guarda al preso más importante de España, no se hace pesado. Autopista A6 de La Coruña hasta Adanero y desde allí a Ávila por la carretera nacional. Unos diez kilómetros antes de llegar a las murallas abulenses hay que girar a la derecha y tomar la carretera a Boldaños. En el desvío, una venta ofrece productos típicos de la zona como las tradicionales yemas de Santa Teresa. Enfrente destaca una iglesia con campanario, tejado cubierto con tejas, pequeño ábside y una cruz de piedra.

Continúa la carretera a Brieva por una zona empinada que tras varias curvas bruscamente desciende a una hondonada. En el mojón kilométrico número 1 ya se divisan las estructuras altas de la cárcel. Después de pasar dos curvas a la izquierda, enseguida se puede leer un cartel con el nombre del pueblo, junto a la entrada principal de la prisión. Pero hay que continuar hasta el pueblo, como indican unas flechas, para poder acceder al recinto penitenciario por la puerta de visitas. Un camino vecinal que sale de entre las casas bordea el recinto amurallado.

Dejo el automóvil en una placita del pueblo, llamada de Las Escuelas, que todavía no conoce el asfalto. Desde allí, andando, apenas me separa un minuto de la cárcel. A los visitantes nos obligan a ingresar por la parte de atrás, a través de una verja metálica.

Para llegar hasta la celda de Roldán hay que completar un largo camino entre cerrojos y portones. Superada la zona del aparcamiento interior del recinto carcelario, se llega a una sala de espera en donde, a través de una ventanilla, los funcionarios de prisiones cumplimentan los requisitos para acceder al módulo de reclusos. El escenario presenta una decoración apañada, resuelta con sobrantes. En la pared cuelga una copia de un cuadro de Toulouse-Lautrec y un cartel con la leyenda «Paquetes». Espero en una butaca de plástico de color crema situada junto a otras formando una U. Me recuerda a la de la sala de espera de los hospitales de la Seguridad Social. De las cuatro ventanas que dan a la calle no cuelgan cortinas pero unos rieles maltrechos delatan que otrora sí las lucieron. El suelo es de cerámica blanca y las paredes están pintadas de color salmón. En el techo, ocho plafones con fluorescentes iluminan a medias la sala, ya que una parte de los tubos están fundidos. Lo más sorprendente de la decoración es un botijo artesanal, que destaca en un rincón. Dos puertas metálicas, una corredera de color verde y otra de cristal, comunican el recinto con la entrada principal a la prisión. En una garita, un funcionario controla su acceso y acciona un botón para que se abra la puerta. Todo un ceremonial acompaña la visita.

El funcionario me señala con el dedo un mueble con doce cajetines y me pide que introduzca en uno de ellos todos los objetos metálicos y personales, móvil y cartera incluidos. Lo cierro y me guardo la llave en el bolsillo. Sólo conservo unos folios doblados y un bolígrafo de plástico. Cruzo un arco detector de metales ante la indolencia del funcionario, que apenas presta atención. Parece más preocupado en la apertura de un nuevo portón que conduce a una puerta por la que se accede a un patio interior. En el módulo de la izquierda, señala la puerta el carcelero con el dedo índice, se encuentra desde marzo de 1995 la morada del ex director de la Guardia Civil. El portón está cerrado con un grueso cerrojo, que descorre el guardia.

Una vez dentro del módulo especial tropiezo con la zona de locutorios, donde los presos se entrevistan con sus familiares y abogados a través de unos cristales. Tengo la suerte de sortear este requisito y mantener el encuentro con Roldán en la habitación de los vis-à-vis, donde una vez al mes puede recibir a su esposa o a un familiar de primer grado. Roldán se sienta en la cama y yo en una silla. El habitáculo ya lo conozco de otras entrevistas periodísticas. En él estuvieron recluidos varios de los arrepentidos por causas de narcotráfico. En 1990 tuve la oportunidad de realizar varios encuentros con Andy Iglesias, el narco que implicó a varios allegados del presidente argentino Carlos Saúl Menem en un caso de blanqueo de dinero. Garzón, gracias a la colaboración de Iglesias, emprendió una investigación que acabó con el procesamiento de Amira Yoma, la cuñada y secretaria personal del ex presidente argentino, el esposo de ésta y otros colaboradores. El lugar no ha cambiado: el mismo camastro con una manta raída, una pequeña mesa y un armarito de cristal que hace las veces de botiquín. Porque esa habitación además de sala de vis-à-vis, es usada para dispensario o enfermería.

Ahora, el módulo especial para presos protegidos sólo está ocupado por Roldán. En el resto de la prisión conviven 160 mujeres, pero el preso sólo mantiene contacto con una de ellas cuando le sirve la bandeja con el desayuno, la comida y la cena. Es una buena fórmula para que la reclusa redima años de condena. El ex director de la Guardia Civil sólo ve alterado su sosiego cuando las presas de ETA lanzan piedras a su celda desde el patio en las horas de recreo.

Un estrecho pasillo conduce hasta la celda del ex director de la Guardia Civil. Está junto a otras cuatro y es la primera. El espacio es el indispensable para que quepa una cama, una mesa y una estantería. Un tabique la separa del retrete. En la pared hay pegadas fotografías de los hijos de Roldán y un póster del Real Zaragoza, en el que los jugadores levantan la Copa del Rey. También cuida un par de macetas con unas plantas en buen estado. Roldán siempre ha sido un personaje obsesionado por el orden y la disciplina. Basta recordar su despacho de la Dirección General para apuntar que pertenece a la escuela de Mister Proper: todo lo limpia, todo lo pule, todo lo escribe, todo lo ordena… Paradójicamente, ese reflejo facilitó a la policía la investigación sobre su millonario patrimonio, obtenido ilícitamente por el cobro de comisiones y por el desvío de fondos reservados a sus cuentas de Suiza. Ahora se halla en un escenario diferente, pero basta echar un vistazo a la celda para comprender que no ha perdido sus manías. Todo está colocado en su sitio. También los libros y los apuntes de Políticas, carrera que el preso estudia en esos momentos en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Roldán es carne de presidio, pero no pierde los modales. Se presenta bien afeitado y viste un pantalón color marrón, una camisa a cuadros y un jersey de lana abierto, con cremallera. Calza unos mocasines marrones y sigue usando el bolígrafo Mont Blanc que tenía en la mesa de su despacho de la calle Guzmán el Bueno de Madrid. Tuvo que desprenderse del resto de plumas de su colección Mont Blanc tras su ingreso en prisión; se las compró un amigo por ocho millones de las antiguas pesetas. El ex director también conserva unas gafas plegables que se guardan en un diminuto estuche.

Fuera de la celda, Roldán sólo dispone de un pequeño patio de 30 por 7 metros, con una canasta de baloncesto. Lo ha transitado cientos de veces en largos paseos, pero jamás se le ha ocurrido lanzar un balón a la cesta. El deporte nunca ha sido su fuerte.

LA PRIMERA PISTA

La conversación con Roldán discurre atropelladamente, contrarreloj, pendiente de los veinte minutos que conceden las normas carcelarias, y dentro de la misma rutina de visitas anteriores: la persecución del director de la cárcel, la traición de Felipe González, su bajo estado de ánimo, el retraso de la concesión de permisos… Sin embargo, en medio del cuaderno particular de quejas del ex director de la Guardia Civil, salta la chispa. Un pequeño comentario, una simple observación de Roldán sobre una extraña postal recibida en su apartado de correos de la prisión de Brieva, agudiza la curiosidad del periodista.

—Me ha ocurrido algo verdaderamente sorprendente —me dice—: he recibido una de las tarjetas postales que yo escribí en Bangkok para Blanca antes de mi entrega en 1995 y que, por lo visto, nunca fue remitida a España. Entonces, rellené cuatro tarjetas y ésta es una de ellas.

—¿Estás seguro? No tiene ningún sentido.

Le lanzo la típica observación estúpida para que el interlocutor se vacíe.

—Sí lo tiene. La tarjeta está enviada con un matasellos de Marsella y los timbres son franceses, pero están pegados encima de los sellos originales de Laos. Quien la ha enviado ha despegado la capa de papel en la que yo había escrito unas palabras a Blanca y ha escrito otro texto encima. Además, no se ha preocupado en eliminar algunos de los trazos de mi anterior escritura porque quiere que yo lo sepa. Todo resulta muy burdo. Hasta la ortografía.

Efectivamente, Roldán me acerca la tarjeta de marras en la que ese personaje anónimo y misterioso ha escrito: «Un saludo cordial de Laos. Te se aprosima tu libertad, y has memoria de tus amigos que desean verte para tomar una copa. Felicidades».

La tarjeta ha sido enviada a una dirección que no tiene pérdida: «Roldán. Cárcel de Avila. Spain». Señas que de por sí son suficientes porque en esa prisión se halla el preso más popular de la España de los noventa. La postal ha sido franqueada con dos sellos franceses de 4,5 francos que muestran la efigie de Marianne con la leyenda: «Liberté, égalité, fraternité». Uno de los sellos está pegado en oblicuo para no tapar del todo al de Laos. En el matasellos, que está fechado el 26 de marzo de 2001, se puede leer:

13 MARSEILLE VILLE. BOUCHES-AUX-BAINS

La postal, como las otras, tiene impresa una fotografía turística de Laos. En este caso, una pagoda. Todo resulta muy extraño.

De repente, Roldán se libera de algo que lo atormenta y menciona el nombre de alguien a quien siempre ha dejado fuera de la conversación, como si temiera referirse a él:

—Ha sido Paco. No puede ser otro. Ha sido el muerto Paesa. Él se guardó las tarjetas en su maletín antes de mi entrega y entiendo que me manda un mensaje de tranquilidad. No puede ser otro.

Roldán razona con toda lógica. La tarjeta, con una fotografía de unos templos laosianos, había sido concebida por el propio Paesa a finales de 1994, antes de la entrega del fugado a los policías de Juan Alberto Belloch. En el sello laosiano aparece un indígena subido en un elefante, entre dos palmeras. ¿Para qué quería Paesa esas postales? Para seguir alimentando la falsa idea de que Roldán se ocultaba en Laos, en la zona de Luang Prabang, país que jamás pisó el huido. La tarjeta enviada a Blanca Rodríguez Porto, la esposa de Roldán, que entonces residía con sus padres en Orense, habría completado las falsas pistas sobre el camino que tomó el ex director para regresar a España. En el sobre aparecía la siguiente inscripción:

«Mtrs. Blanca Rodríguez-Porto. Parque San Lorenzo 7 (antes 20) Piso 8.º D. ORENSE. (SPAIN) EUROPE.»

Y al preso no le falta la razón. Tiempo después con la tarjeta en mi poder puse en marcha una investigación para comparar la extraña letra escrita en la tarjeta con otra supuestamente de Paesa. Comprobé que la caligrafía de esa misteriosa postal era idéntica a la de un impreso que acompañaba un paquete que me había enviado Paesa en 1995 al diario El Mundo de Madrid. El examen grafológico determina que las letras «r» y «l» del justificante del courier, escritas en mayúsculas, son iguales que la «r» de «cordial» y «aprosima» (sic) y la «l» de «saludo» y «libertad», que figuran en la tarjeta remitida desde Marsella. Revisando la letra del remitente del paquete parisino —«R. López», un nombre al azar elegido por Paesa— se puede determinar que esa grafía también está forzada para que no se identifique al auténtico autor de la letra, que no era otro que él.[1]

Todo era un burdo montaje, porque la realidad había sido más prosaica: Roldán siempre estuvo oculto en París, desde donde viajó a Bangkok, vía Kuala Lumpur, en Malaisia, para entregarse a los agentes policiales españoles, en medio de la farsa teatral del capitán Khan, un supuesto oficial laosiano que Paesa había contratado en un suburbio de París para completar la ópera bufa.

Además de esa postal, ahora en manos de su destinatario a quien le ha sido enviada de forma misteriosa, Roldán redactó otras tres que tampoco llegaron a su destino, Orense. Paesa las guardó en su maletín hasta que, finalmente, acabaron en manos de uno de sus más estrechos colaboradores de Madrid. Las tres postales estaban fechadas los días 21, 22 y 23 de febrero de 1995. En ellas Roldán se dirige a su mujer, indistintamente, con «hola cariño» y «hola mi amor». En la primera —en la que aparece una imagen de la pagoda That Luang de Vientiane, la capital de Laos— Roldán afirma que su regreso está «visto para sentencia» y que ha aceptado «voluntariamente» su extradición. El fugado se queja de su situación física: «Creo que necesito un fuerte chequeo médico, tengo problemas intestinales y también musculares gracias a las consecuencias de una alimentación poco equilibrada y a la tensión psíquica.

Roldán, siguiendo la recomendación de Paesa, terminaba la carta: «En estos momentos, amor, no sé cuándo saldré de aquí y cuándo vendrán a recogerme». Y se despide con un «mil besos para ti y para nuestro hijo». Cuando escribe aquí pretende hacer ver que está en Laos, país que nunca llegó a pisar.

La segunda postal presenta una puesta de sol en el río Mekong, en la ciudad de Luang Prabang, donde jamás estuvo Roldán. Éste comenta a Blanca que no está bien y le preocupa «bastante». Se despide con unas palabras de lamento: «No sabes lo que he pasado pensando en ti».

En la tarjeta del 23 de febrero insiste en que desconoce cuándo será su salida «de aquí». Roldán se queja a su mujer de «tanto sufrimiento y mentira sobre nosotros». La fotografía de la postal es otra puesta de sol en el río Mekong, pero a su paso por Vientiane.

Luis Roldán se había olvidado de las viejas postales que nunca llegaron al domicilio de los padres de su esposa hasta que despertó su curiosidad la recibida de manera misteriosa. Sobre todo porque, una vez entregado a la policía española en el aeropuerto de Bangkok, se percató de que había sido objeto de una burda mentira de Paesa. El aventurero, todo un encantador de serpientes, había embaucado con una frenética huida hacia delante tanto al reo Roldán como a su carcelero, Belloch. Al primero logró embargarle un botín de 1.500 millones de pesetas y al segundo, un premio de 300 millones de fondos reservados y lo mejor: le arrancó un pacto que comprometía al ministro del Interior a que la policía española se olvidara de por vida de él. ¿De por vida? ¿O de por muerte? Una jugada con la marca de Paesa. La pista facilitada por Roldán venía a reafirmarme en la versión de que todo había sido un montaje de Paesa para poder escenificar su muerte. Tenía en mi poder la llave del ataúd para destapar la gran mentira.

Días después de la tarjeta laosiana, Roldán —me cuenta— recibió otra carta con matasellos de Marsella. El preso no le dio ninguna importancia y la rompió. El sello francé ...