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PERSONA (LOS ROSTROS DE VICTORIA BERGMAN 1)

Erik Axl Sund

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Fragmento



El edificio

tenía cien años, con unos sólidos muros de piedra de un metro de grosor: no había necesidad de aislarlos, pero ella quiso asegurarse.

A la izquierda del salón había una pequeña habitación esquinera que había utilizado como despacho y dormitorio de invitados.

Con un baño contiguo y un amplio vestidor.

La habitación era perfecta, con una única ventana, justo debajo de un desván que no se utilizaba.

Basta de negligencia, de creer que todo cae por su propio peso.

No dejar nada al azar. Es un compañero peligrosamente traidor. A veces es un amigo, pero a menudo es también un imprevisible enemigo.

los muebles del comedor

los arrinconó contra una pared y liberó una amplia superficie en medio del salón.

Luego ya no hubo más que esperar.

Las primeras placas de poliestireno llegaron, según lo acordado, a las diez, transportadas por cuatro hombres. Tres rondaban la cincuentena y el cuarto apenas tendría veinte años. Lucía el cráneo rasurado y vestía una camiseta negra con dos banderas suecas entrecruzadas debajo del texto MI PATRIA. Se había hecho tatuar telarañas en los codos y en las muñecas un motivo de la edad de piedra.

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Una vez de nuevo sola, se sentó en el sofá y planificó el trabajo. Decidió empezar por el suelo, puesto que era el único punto que podía plantear problemas. Los jubilados del piso de abajo eran casi sordos, por descontado, y nunca había oído el menor ruido procedente de su casa, pero era un detalle importante.

Fue a ver en la habitación.

El crío seguía durmiendo profundamente.

Su encuentro había sido muy extraño, en el tren de cercanías. Él solo la tomó de la mano, se levantó y la siguió tranquilamente, sin que ella tuviera que decirle nada.

Como si previamente se hubiera decidido que sería él.

Fue una evidencia inmediata, como cuando una mujer comprende que el hijo al que acaba de dar a luz es solo suyo.

Había dado a la vez con el alumno que buscaba y con el hijo que nunca pudo tener.

Le puso la mano sobre la frente, sintió que la fiebre había bajado y luego le tomó el pulso.

Todo era normal.

Había acertado con la dosis de morfina.

el despacho

estaba cubierto con una gruesa moqueta blanca que siempre le había parecido fea y poco higiénica, pero agradable al pisarla. Ahora serviría también para su proyecto.

Cortó con el cúter las placas de poliestireno y pegó los trozos con una espesa capa de cola.

El fuerte olor enseguida la aturdió y tuvo que abrir la ventana que daba a la calle. Era de triple vidrio, con un cristal antirruido suplementario en el exterior.

El azar como amigo.

Sonrió.

El trabajo en el suelo le llevó todo el día. Regularmente, iba a echar un vistazo al muchacho.

Una vez acabado el suelo, recubrió las juntas con cinta adhesiva.

Los tres días siguientes llegaron otras entregas de materiales de construcción y comenzó con las paredes. El viernes ya solo le quedaba el techo, que le llevó más tiempo puesto que primero tenía que colar el poliestireno y luego apuntalar la placa con planchas para sostenerla.

Mientras aguardaba a que se secara la cola, clavó unas mantas viejas en lugar de las puertas que previamente había quitado. Encoló cuatro capas de poliestireno sobre la puerta que daba al salón y cubrió los cincuenta centímetros de profundidad del marco.

Tomó un trapo viejo, lo colgó delante de la única ventana y, para mayor seguridad, pegó luego una doble capa de aislante. Acabada la habitación, cubrió el suelo y las paredes con una lona estanca.

Ese trabajo tenía un aspecto meditativo y, cuando se sentó para contemplar su obra, se sintió orgullosa.

la habitación

recibió los acabados a lo largo de la semana siguiente. Compró cuatro ruedecillas de caucho, un pestillo, diez metros de cable eléctrico, unos metros de zócalo, un casquillo y una caja de bombillas. Se hizo entregar a domicilio una colección de pesas, halteras y una sencilla bicicleta estática.

Vació todos los libros de una de las estanterías del salón, la tumbó de costado y atornilló las ruedecillas, una en cada esquina. En la parte frontal colocó un zócalo para ocultar el dispositivo y luego colocó la estantería delante de la puerta de la habitación secreta.

Acto seguido atornilló la estantería a la puerta y trató de abrir.

La puerta se deslizó sin ruido sobre las ruedas, todo funcionaba a la perfección.

Instaló el pestillo, cerró la puerta y colocó una pantalla para disimular el sencillo mecanismo de apertura.

Dispuso de nuevo todos los libros en su lugar y fue a por un delgado colchón de una de las camas del dormitorio.

Al anochecer, llevó al chaval dormido a lo que a partir de entonces sería su nueva casa.

Gamla Enskede

Lo extraño no era que el chaval estuviera muerto, sino que hubiera sobrevivido tanto tiempo. La magnitud y la naturaleza de sus heridas indicaban que debería haber muerto mucho antes de la hora de defunción determinada en el curso de las primeras constataciones. Sin embargo, algo le había mantenido con vida cuando un individuo normal habría sucumbido mucho antes.

La comisaria Jeanette Kihlberg no sabía aún nada de eso al salir marcha atrás del garaje. Y no podía sospechar ni por asomo que ese caso sería el inicio de una serie de acontecimientos que tendrían una decisiva incidencia en su vida.

Saludó a Åke por la ventana de la cocina, pero estaba al teléfono y no la vio. Este iba a pasar la mañana lavando su montón de camisetas empapadas de sudor, calcetines embarrados y calzoncillos sucios. Con una mujer y un hijo aficionados a jugar al fútbol, una de las tareas domésticas habituales era hacer funcionar la vieja lavadora al límite de su capacidad por lo menos cinco veces a la semana.

A la espera de que terminara el programa de lavado, seguramente subiría al pequeño taller instalado en el desván para ponerse con uno de los lienzos inacabados en los que trabajaba sin descanso. Era un romántico, un soñador al que le costaba concluir lo que empezaba: Jeanette había insistido varias veces para que contactara a uno de los galeristas que se habían interesado por su trabajo, pero siempre lo había descartado con aspavientos. Aún no estaba acabado. Todavía no, pero pronto lo estaría.

Y entonces, todo cambiaría.

Se haría un nombre, el dinero comenzaría a correr a raudales y por fin podrían llevar a cabo sus sueños. Arreglar la casa, viajar a donde les apeteciera.

Después de casi veinte años, ella empezaba a dudar de que eso fuera a ocurrir un día.

Mientras circulaba por Nynäsvägen, oyó un preocupante tintineo procedente de la rueda delantera izquierda. Aunque fuera negada para las cuestiones mecánicas, comprendió que algo no funcionaba en su viejo Audi y que debería dejarlo una vez más en el taller. Por experiencia, sabía también que la reparación no le iba a salir gratis, aunque el serbio de Bolindenplan trabajaba bien y barato.

El día anterior había vaciado su cuenta de ahorro para liquidar la hipoteca de la casa, cuyo pago llegaba cada trimestre con sádica puntualidad, y esperaba que esta vez pudiera reparar su coche a crédito. Ya lo había conseguido.

Una fuerte vibración en el bolsillo de su chaqueta, acompañada de la Novena de Beethoven estuvo a punto de hacer que se saliera de la carretera.

—Diga… Kihlberg al habla.

—Hola, Nenette, tenemos un asunto en Thorildsplan. —Era la voz de su colega Jens Hurtig—. Hay que ir allí inmediatamente. ¿Dónde estás?

Los gritos resonaban en el teléfono, y Jeanette tuvo que alejarlo diez centímetros de su oreja para no ensordecer.

Detestaba que la llamaran Nenette. Ese apodo surgió como una broma durante una fiesta del personal tres años atrás, pero acabó extendiéndose por toda la comisaría de Kungsholmen.

—Estoy en Årsta, acabo de tomar la autopista de Essinge. ¿Qué ha ocurrido?

—Han hallado a un niño muerto entre los arbustos en la boca del metro, cerca de la Escuela de Magisterio. Billing quiere que vayas lo antes posible. Parecía muy excitado. Todo indica que se trata de un asesinato.

Jeanette oyó que el tintineo proseguía con más fuerza y se preguntó si iba a verse obligada a detenerse en el arcén para llamar a una grúa y a un taxi.

—Si este maldito coche aguanta, estaré allí dentro de cinco o diez minutos y quiero que vayas tú también.

El coche carraspeó y, por precaución, Jeanette se situó en el carril derecho.

—Por supuesto. Iré enseguida. Llegaré antes que tú.

Hurtig colgó y Jeanette se guardó el teléfono en el bolsillo.

Un muerto arrojado entre unos arbustos le sonaba a Jeanette a una agresión que había acabado mal, se consideraría homicidio.

Un asesinato, se dijo sintiendo una sacudida en el volante, es una mujer a la que su marido celoso mata en casa justo después de que ella le haya dicho que quiere divorciarse.

Por lo general, en todo caso.

Pero, decididamente, los tiempos habían cambiado y lo que había aprendido en la escuela de policía ya no solo era caduco sino también erróneo. Se habían reformado los métodos y el trabajo de policía era en varios aspectos mucho más difícil que veinte años antes.

Jeanette recordaba sus inicios, las patrullas en contacto con personas corrientes. Les ayudaban, la gente confiaba en la policía. Hoy solo se denunciaba un robo para cobrar el seguro y no con la esperanza de ver elucidado el delito.

¿Qué esperaba al dejar sus estudios de sociología para entrar en la policía? ¿Cambiar las cosas? ¿Ayudar a la gente? Eso era en todo caso lo que orgullosamente le había dicho a su padre el día en que aprobó el examen de ingreso. Y sí, quería diferenciar entre ir por mal camino y hacer el mal.

Quería convertirse en una persona de bien.

Y eso era formar parte de la policía.

Toda su infancia escuchó religiosamente a su padre y a su abuelo contar historias de polis. Ya fuera Navidad o Pascua, en la mesa solo se hablaba de atracadores a mano armada sin escrúpulos, de ladrones simpáticos y de estafadores con mucha jeta. Anécdotas y recuerdos del lado oscuro de la vida.

El prometedor aroma del jamón asado de Navidad se mezclaba con la algarabía de las conversaciones masculinas y creaba una atmósfera tranquilizadora.

Sonrió al pensar en el desinterés y el escepticismo de su abuelo ante los nuevos medios técnicos. Habían sustituido las esposas de toda la vida por un modelo desechable de plástico que simplificaba el trabajo. Una vez, afirmó que el ADN no era más que un capricho pasajero.

El trabajo policial consistía en marcar la diferencia. No en simplificar. Había que adaptarse a las mutaciones de la sociedad.

Ser policía era querer ayudar, preocuparse por los demás. No atrincherarse detrás de los cristales ahumados de un coche patrulla blindado.

Thorildsplan

Ivo Andric era especialista en esos casos extremos de muertes extrañas. Originario de Bosnia, en los casi cuatro años que pasó en Sarajevo durante el sitio serbio adquirió tal experiencia en niños muertos que a veces se arrepentía de haberse convertido en médico forense.

En Sarajevo fueron asesinados casi dos mil niños menores de catorce años, y entre ellos sus dos hijas. A menudo se preguntaba qué habría sido de su vida si se hubiese quedado en el pueblo, en los alrededores de Prozor. Pero ahora ya era demasiado tarde para pensar en esos términos. Los serbios quemaron la granja y mataron a sus padres y a sus tres hermanos.

La policía de Estocolmo le había llamado muy temprano aquella mañana y, como no era cuestión de tener la boca del metro cerrada más tiempo del necesario, había que actuar rápidamente.

Se inclinó para examinar el cuerpo del muchacho y vio que se trataba de un físico extranjero. Árabe, palestino, quizá incluso indio o pakistaní.

No cabía duda de que había sufrido graves violencias pero, curiosamente, no presentaba ninguna de las heridas que las víctimas suelen sufrir al tratar de defenderse. Sus morados y hematomas hacían pensar más en un boxeador. Un boxeador que no hubiera podido defenderse y hubiera recibido muchos golpes durante doce asaltos hasta acabar noqueado.

Para complicar más las cosas, la muerte no se había producido en el lugar donde se había hallado el cuerpo, sino en otro sitio y mucho antes. El cuerpo yacía, bastante visible, entre unos matorrales a solo unos metros de la boca del metro de Thorildsplan, en Kungsholmen: no podía haber estado allí mucho tiempo sin ser descubierto.

El aeropuerto

era tan gris y frío como la mañana de invierno. Había llegado en un vuelo de Air China a un país del que nunca había oído hablar. Sabía que varios cientos de niños habían hecho el mismo viaje antes que él y, al igual que ellos, había memorizado lo que tenía que contarle a la policía. Sin vacilar ni en una sola sílaba, les relató la historia que había machacado durante varios meses hasta sabérsela de carrerilla.

Había trabajado en las obras de construcción de uno de los grandes estadios de los Juegos Olímpicos, carreteando ladrillos y mortero. Su tío, un obrero pobre, le daba alojamiento pero cuando ese tío, víctima de un grave accidente, fue hospitalizado se quedó sin nadie que se ocupara de él. Sus padres habían muerto y no tenía hermanos ni hermanas ni otros parientes a quienes dirigirse.

En su interrogatorio por la policía de fronteras explicó que a su tío y a él les trataban como esclavos, en unas condiciones dignas del apartheid. Que había trabajado cinco meses en las obras, sin esperanzas de poder llegar a convertirse en ciudadano de la ciudad.

Según el antiguo sistema de hukou, estaba censado en su pueblo natal, lejos de la ciudad y por ello casi no tenía derecho alguno allí donde vivía y trabajaba.

Por eso se había visto obligado a ir a Suecia, donde vivían sus últimos parientes. No sabía dónde residían pero, según su tío, habían prometido que se pondrían en contacto con él en cuanto llegara.

Había llegado a ese nuevo país sin más bienes que la ropa que vestía, un teléfono móvil y cincuenta dólares estadounidenses. Su teléfono estaba virgen, no contenía ningún número, SMS o imagen que pudiera revelar algo acerca de él.

De hecho, nunca había sido utilizado.

Lo que no mencionó a la policía, sin embargo, fue el número que llevaba en un papel escondido en su zapato izquierdo. Un número al que tenía que llamar en cuanto se evadiera del campo de refugiados.

el país

al que había llegado no se parecía a China. Todo estaba muy limpio y vacío. Después del interrogatorio, al atravesar custodiado por dos policías los pasillos desiertos del aeropuerto, se preguntó si a eso era a lo que se parecía Europa.

El hombre que inventó su historia, le dio el número y le proporcionó el dinero y el teléfono móvil le dijo que en cuatro años había mandado con éxito a más de setenta niños a diversos países de Europa.

Le contó que la mayoría de sus contactos se encontraban en un país llamado Bélgica, donde se podía ganar mucho dinero. Se trataba de servir a personas ricas y, siendo discreto y concienzudo, uno también podía hacerse rico. Pero Bélgica era un lugar arriesgado. No había que ser muy visible.

Nunca había que dejarse ver afuera.

Suecia era más seguro. Allí se trabajaba por lo general en restaurantes y se circulaba más libremente. No estaba tan bien pagado pero, con un poco de suerte, también se podía ganar mucho dinero, en función de los servicios solicitados.

En Suecia había personas que querían lo mismo que en Bélgica.

el campo de refugiados

no estaba muy lejos del aeropuerto y le condujeron allí en un coche de policía sin distintivos. Pasó la noche compartiendo habitación con un chaval negro que no hablaba chino ni inglés.

El colchón estaba limpio, pero olía a cerrado.

Ya a la mañana siguiente, llamó al número escrito en el pedazo de papel y una voz femenina le explicó cómo ir hasta la estación y tomar el tren para Estocolmo. En cuanto llegara, tendría que volver a llamar para recibir nuevas instrucciones.

el tren

disponía de buena calefacción y era agradable. Rápido y casi silencioso, le transportó a través de una ciudad donde todo estaba cubierto de nieve. Sin embargo, por casualidad o porque así lo decidió el destino, nunca llegó a la estación central de Estocolmo.

Tras unas cuantas estaciones, una mujer rubia y guapa se sentó frente a él. Lo miró un buen rato y comprendió que ella sabía que estaba solo. No únicamente solo en el tren, sino también solo en el mundo.

En la siguiente estación, la mujer rubia se levantó y le dio la mano. Le indicó la salida con un movimiento de la cabeza y él no rechistó.

Como si un ángel lo hubiera tocado, la siguió, como en trance.

Tomaron un taxi y cruzaron la ciudad. Vio que estaba rodeada de agua y le pareció bonita. No había tanto tráfico como en su ciudad. El aire era más puro, probablemente más fácil de respirar.

Pensó en el destino y en el azar, preguntándose por un instante qué hacía al lado de ella. Pero cuando ella se volvió hacia él con una sonrisa, dejó de preguntárselo.

En su país, la gente siempre le preguntaba qué sabía hacer, le palpaba los brazos para sopesar su fuerza. Le hacía preguntas que él fingía comprender.

Siempre titubeaban. Luego, eventualmente, le elegían.

Pero ella le había elegido sin contrapartida alguna, cosa que nadie había hecho nunca.

la habitación

a la que le condujo era blanca, con una cama de matrimonio. Le acostó y le dio a beber algo caliente. Tenía casi el sabor del té de su país y se durmió antes de haber vaciado la taza.

Despertó sin saber cuánto tiempo había dormido pero en otro dormitorio. Esa nueva habitación era ciega y estaba empapelada de arriba abajo con plástico.

Al levantarse para dirigirse a la puerta, sintió que el suelo era blando y cedía bajo sus pies. Tanteó el picaporte, pero la puerta estaba cerrada.

Su ropa y su teléfono habían desaparecido.

Desnudo, se tendió en el colchón y volvió a dormirse.

Esa habitación sería su nuevo mundo.

Thorildsplan

Jeanette sintió que el volante giraba a la derecha y el coche avanzaba perpendicularmente a la calzada. Se arrastró a sesenta durante el último kilómetro y, al tomar Drottningsvägen, presintió que después de quince años de buenos y leales servicios su viejo coche estaba en las últimas.

Aparcó y se dirigió hacia la escena del crimen, donde vio a Hurtig. Les sacaba una cabeza a todos los demás, el cabello rubio escandinavo, corpulento pero sin ser gordo.

Pronto haría cuatro años que trabajaban juntos: Jeanette había aprendido a leer sus expresiones, y le pareció preocupado.

Casi atormentado.

Sin embargo, al verla se iluminó, fue a su encuentro y le apartó la cinta de balizamiento.

—Por lo que veo, el coche no te ha dejado tirada. —Hizo una mueca—. No entiendo cómo sigues conduciendo ese trasto.

—Yo tampoco y, si me consiguieras un aumento, me permitiría un pequeño descapotable Mercedes para pasear a gusto.

Si Åke encontrara un trabajo decente, con un sueldo decente, ella podría comprarse un coche decente, pensó mientras seguía a Hurtig hacia el perímetro precintado.

—¿Huellas de ruedas? —preguntó ella a una de las dos técnicas agachadas en el camino de gravilla.

—Sí, varias —respondió alzando la vista hacia Jeanette—. Creo que algunas son de los vehículos de limpieza que pasan por aquí para vaciar las papeleras. Pero también hay otras ruedas más delgadas.

Ahora que había llegado al lugar de los hechos, Jeanette era la de mayor grado y se encontraba al mando de la investigación.

A última hora de la tarde informaría a su jefe, el comisario principal Billing, que a su vez informaría al fiscal Von Kwist. Conjuntamente, los dos hombres decidirían los pasos a dar, sin que ella pudiera decir nada. Era la vía jerárquica.

Jeanette se volvió hacia Hurtig.

—Bueno, veamos. ¿Quién lo ha encontrado?

Hurtig se encogió de hombros.

—No lo sabemos.

—¿Cómo que no lo sabemos?

—La central de emergencias ha recibido una llamada anónima hace… —consultó su reloj— exactamente tres horas, y el tío solo ha dicho que había un cuerpo de un niño, muerto, cerca de la boca del metro. Eso es todo.

—¿Se ha grabado la conversación?

—Por supuesto.

—¿Y por qué han tardado tanto en avisarnos? —Jeanette sintió que su irritación crecía.

—El tipo estaba borracho, en la central han entendido mal la dirección y han enviado una patrulla a Bolindenplan en lugar de a Thorildsplan.

—¿Han identificado la llamada?

Hurtig alzó la vista al cielo.

—Una tarjeta de prepago sin registrar.

—¡Mierda!

—Pero pronto sabremos desde dónde se hizo la llamada.

—Bien, bien. Escucharemos la grabación de regreso a comisaría.

Jeanette dio una vuelta entre los policías presentes para analizar la situación y ver si habían encontrado alguna cosa interesante.

—¿Hay testigos? ¿Alguien ha visto u oído algo?

Miró con insistencia en derredor, pero todos sus subordinados menearon la cabeza.

—Alguien ha tenido que traer al chaval aquí —prosiguió Jeanette cada vez más desanimada. Sabía que el caso sería mucho más difícil si no daban con una pista en las horas siguientes—. No me imagino a alguien tomando el metro con un cadáver, pero de todas formas quiero copias de las cámaras de vigilancia.

Hurtig se aproximó.

—Ya he puesto a trabajar en ello a uno de los hombres, las tendremos esta tarde.

—Vale, y como es probable que hayan traído el cadáver en coche, quiero la lista de todos los vehículos que han cruzado el peaje estos últimos días.

—Por supuesto —respondió Hurtig alejándose con su móvil—. Haré que lo tengamos lo antes posible.

—Calma. Aún no he acabado. También es posible que el cuerpo lo hayan carreteado hasta aquí cargado en un remolque de bici o alguna cosa por el estilo. Pregunta en la Escuela de Magisterio si tienen cámaras de vigilancia.

Hurtig asintió y se alejó despacio.

Jeanette suspiró y se volvió hacia una de las técnicas que examinaba la hierba junto a los matorrales.

—¿Algo raro?

La mujer meneó la cabeza.

—De momento, no. Hay huellas de pasos, claro, y tomaremos moldes de las mejores. Pero no espere mucho de ello.

Jeanette se acercó despacio al matorral donde había sido hallado el cuerpo en una bolsa de basura negra. El chaval estaba desnudo, rígido en posición sentada, con los brazos alrededor de las rodillas. Sus manos estaban atadas con cinta adhesiva. La piel de su rostro había adquirido un tono de cuero amarillento y un aspecto apergaminado.

Sus manos, por el contrario, estaban casi negras.

—¿Hay señales de violencia sexual? —Se dirigía a Ivo Andric, en cuclillas delante de ella.

—Todavía no puedo decírtelo, aunque no hay que descartarlo. No quiero sacar conclusiones apresuradas pero, por experiencia, es raro encontrar ese tipo de heridas extremas sin que haya también violencia sexual.

Jeanette asintió con la cabeza.

La policía había hecho cuanto estaba en sus manos para aislar el lugar con vallas de obras y lonas, pero el terreno accidentado permitía tener una visión de la escena desde cierta distancia. Algunos fotógrafos provistos de teleobjetivos rondaban alrededor del perímetro. A Jeanette casi le daban pena. Vivían el día entero conectados a la frecuencia de la policía, aguardando a que se produjera algún suceso espectacular.

Por el contrario, no vio a ningún periodista. Los periódicos sin duda ya no tenían medios para enviar a alguien sobre el terreno.

—Vaya… —dijo uno de los policías meneando la cabeza ante el espectáculo—. Mierda, ¿cómo se puede llegar a algo así?

La pregunta iba dirigida a Ivo Andric.

El cuerpo estaba grosso modo momificado, cosa que para Ivo Andric significaba que había sido conservado mucho tiempo en un lugar muy seco, y no en el exterior, con el tiempo de perros que hacía en Estocolmo ese invierno.

—Mira, Schwarz —respondió alzando la cabeza—. Precisamente es lo que trataremos de comprender.

—Sí, pero el chaval está completamente momificado, mierda. Como un puto faraón. ¡Eso no se hace en cinco minutos! He visto en Discovery el documental sobre ese tipo que encontraron en los Alpes. Ötzi, creo que se llama.

Ivo Andric asintió con un gesto de la cabeza.

—O ese otro que encontraron en una turbera, allí…

—Te refieres al hombre de Becksten —respondió Ivo Andric, al que la palabrería de Schwarz empezaba a fatigar—, pero si queremos avanzar tendrás que dejarme trabajar —añadió, lamentando de inmediato su tono seco.

—Va a ser difícil —dijo Schwarz—. ¿Sabes?, esos arriates están llenos de cagarrutas de perro y de porquería. E incluso si ahí hay algo que proceda del que haya hecho esto, ¿cómo podremos saberlo? Lo mismo con las huellas de pasos.

Meneó pensativamente la cabeza, con aspecto preocupado.

Ivo Andric no era ningún pardillo y había visto un montón de atrocidades. Sin embargo, en toda su carrera que cabía calificar por lo menos de agitada, jamás había visto algo parecido.

En los brazos y el torso, el muchacho presentaba centenares de marcas más duras que los tejidos circundantes, lo que significaba que en vida había recibido una inusitada cantidad de golpes. Por las articulaciones aplastadas de los dedos podía deducirse que no se había contentado con recibir golpes, sino que también había propinado muchos.

Hasta ahí, todo estaba claro.

Pero en la espalda momificada del muchacho había también un gran número de heridas profundas, como latigazos.

Ivo Andric trató de imaginarlo. Un chico que defiende su piel a puñetazos y que, si renuncia a ello, lo azotan. Ivo sabía que en algunos suburbios con mucha población inmigrada se celebraban peleas de perros clandestinos. Podía tratarse de algo semejante, con la diferencia de que no fueran perros los que se pelearan a muerte sino chiquillos.

En fin, uno de ellos por lo menos era ese chaval.

¿Quién era su adversario? Solo cabía especular.

Bueno. ¿Y el hecho de que hubiera resistido tanto antes de morir? Cabía esperar que la autopsia permitiría identificar rastros de drogas o de productos químicos, como Rohypnol o quizá PCP. Ivo Andric se daba cuenta de que su verdadero trabajo no podría empezar hasta que el cadáver fuera trasladado al Instituto de Medicina Legal del hospital Karolinska en Solna.

Por el momento, era hora de ir a almorzar.

Hacia mediodía se procedió al levantamiento del cadáver en una bolsa de plástico gris y lo cargaron en un furgón funerario en dirección a Solna. El trabajo allí de Jeanette Kihlberg había acabado e iba a tomar de nuevo la carretera de Kungsholmen. Mientras caminaba hacia el aparcamiento, empezó a caer una fina lluvia.

—¡Mierda! —maldijo para sí.

Åhlund, un joven colega, la miró atónito.

—Nada, es por culpa de mi coche. Lo había olvidado, pero se ha muerto al llegar aquí. Y ahora tendré que llamar a la grúa.

—¿Dónde está? —preguntó su colega.

—Allá. —Señaló el Audi rojo, oxidado y sucio a unos veinte metros de allí—. ¿Qué pasa? ¿Entiendes de coches?

—Es mi hobby. No hay coche que no pueda arrancar. Dame las llaves, seguramente daré con el problema.

Le dio las llaves y se detuvo en la acera. La lluvia arreció y empezó a temblar. Åhlund arrancó y salió a la calle. El tintineo y el chirrido parecían aún más fuertes desde fuera. Jeanette se rindió ante la evidencia: tendría que telefonear a su padre para pedirle un pequeño préstamo. Probablemente al principio se negaría, a la vista de todo lo que ella ya le debía, pero luego le hablaría de ello a su madre y esta diría que sí.

Para acabar, le preguntaría si Åke había encontrado trabajo y ella le explicaría que para un artista no era fácil estar en paro, pero que eso pronto cambiaría.

Cada vez ocurría lo mismo. Tenía que tragar sapos y culebras y actuar de red de seguridad de Åke.

Cuando podría ser la mar de sencillo, si solo pudiera tragarse un poco su orgullo y aceptar un trabajo temporal. Aunque fuera solo para demostrarle que se preocupaba por ella y que comprendía su inquietud ante su situación económica. O que se había dado cuenta de lo mucho que le costaba dormir, justo antes de pagar las facturas.

Tras dar una vuelta a la manzana de casas, su colega salió del coche con una sonrisa triunfal.

—El balancín, el eje o los dos. Si me lo dejas ahora, me pongo esta misma noche. Lo tendrás dentro de unos días. Las piezas de recambio a tu cargo, y una botella de whisky. ¿Vale?

—Eres un ángel, Åhlund. ¡Llévatelo y haz con él lo que quieras! Si consigues algo, tendrás un litro de whisky y otro por si acaso, y un buen informe el día que quieras un ascenso.

Jeanette Kihlberg se dirigió hacia el coche patrulla.

Espíritu de grupo, pensó.

Barrio de Kronoberg

Jeanette consagró la primera reunión a la distribución de tareas.

Un grupo de policías novatos fue destinado al puerta a puerta toda la tarde. Jeanette tenía esperanzas.

Schwarz recibió la ingrata tarea de revisar la lista de los vehículos que habían cruzado los peajes periurbanos, alrededor de ochocientos mil pasos, mientras Åhlund examinaría las grabaciones de las cámaras de vigilancia proporcionadas por la Escuela de Magisterio y la estación de metro.

Jeanette no se lamentaba de sus inicios y de la monotonía de esas labores repetitivas que, muy a menudo, eran el destino de los policías menos experimentados.

La prioridad era identificar al muchacho: Hurtig se encargó de contactar con todos los campos de refugiados de los alrededores de Estocolmo. Jeanette iría a ver a Ivo Andric.

Después de la reunión, regresó al despacho y llamó a casa. Ya eran más de las seis y le tocaba cocinar a ella.

—¡Hola! ¿Qué tal ha ido hoy?

Se esforzó en parecer alegre, a pesar del estrés y de la fatiga.

En muchos aspectos, por descontado, se hallaban en una situación de igualdad. Compartían las tareas domésticas: él se ocupaba de lavar la ropa, ella pasa ...