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PETIRROJO (HARRY HOLE 3)

Jo Nesbo

0


Fragmento

1

Estación de peaje de Alnabru,
1 de noviembre de 1999

Un pájaro de color gris entraba y salía planeando del campo de visión de Harry, que tamborileaba con los dedos en el volante. Tiempo lento. El día anterior, alguien había estado hablando en televisión de tiempo lento. Y aquello era tiempo lento. Como las horas que, en la Nochebuena, precedían a la llegada del duende de la Navidad. O el tiempo que transcurría en la silla eléctrica antes de que conectasen la corriente.

Harry tamborileó con los dedos con más fuerza.

Estaban detenidos en la explanada que se extendía detrás de las cabinas de la estación de peaje. Ellen elevó un punto el volumen de la radio. El reportero hablaba con solemnidad y respeto:

—Su avión aterrizó en nuestro país hace cincuenta minutos y, exactamente a las seis treinta y ocho, el presidente pisó suelo noruego. Le dio la bienvenida el presidente del gobierno municipal de Jevnaker. Hace un precioso día otoñal aquí, en Oslo, un hermoso marco noruego para esta cumbre. Oigamos de nuevo las declaraciones del presidente a los representantes de la prensa hace media hora.

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Aquella era la tercera retransmisión. Harry volvió a ver ante sí el creciente grupo de periodistas que se agolpaban detrás de las barreras de control. Los hombres vestidos de gris que había al otro lado de los controles, y que solo a medias se esforzaban por no parecer agentes de los servicios secretos mientras alzaban los hombros y los relajaban de nuevo, escrutaban a la multitud, comprobaban por duodécima vez que tenían el receptor bien fijado a la oreja, se encajaban las gafas de sol, volvían a escrutar a la multitud, detenían la mirada un par de segundos en un fotógrafo que llevaba un objetivo demasiado largo, volvían a escrutar a la gente, comprobaban, por decimotercera vez, que el receptor estuviera en su sitio. Alguien le dio al presidente la bienvenida en inglés, se hizo un silencio seguido de un carraspeo en el micrófono.

—First let me say I’m delighted to be here… —aseguró el presidente por cuarta vez con ese acento americano ronco y relajado.

—Según he leído hace poco, un célebre psicólogo estadounidense asegura que el presidente sufre TPM —observó Ellen.

—¿TPM?

—Trastorno de personalidad múltiple. El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Según la opinión del psicólogo, su personalidad pública no sospechaba que la otra, la bestia del sexo, había mantenido relaciones sexuales con aquellas mujeres. Por esa razón, ningún tribunal pudo sentenciarlo por haber mentido al respecto bajo juramento.

—¡Dios! —exclamó Harry observando el helicóptero que sobrevolaba sus cabezas.

Una voz con acento noruego hablaba por la radio:

—Señor presidente, esta es la primera vez que un presidente americano viene a Noruega en visita oficial. ¿Cómo se siente?

Pausa.

—Es una gran satisfacción estar aquí otra vez. Y lo más importante es, en mi opinión, que los dirigentes del Estado de Israel y del pueblo palestino puedan reunirse aquí. La clave de…

—Señor presidente, ¿tiene algún recuerdo de su anterior visita a Noruega?

—Por supuesto. En las conversaciones de hoy, espero que podamos…

—Señor presidente, ¿qué importancia han tenido Oslo y Noruega para la paz mundial?

—Noruega ha desempeñado un papel importante.

Se oye preguntar a una voz sin acento noruego.

—¿Qué resultados concretos cree el presidente que pueden alcanzarse, desde un punto de vista realista?

La conexión se interrumpió y una voz intervino desde el estudio:

—¡Ya lo hemos oído! El presidente opina que Noruega ha representado un papel decisivo para… la paz en Oriente Medio. En estos momentos el presidente va camino de…

Harry lanzó un gruñido y apagó la radio.

—¿Qué es lo que le está pasando a este país, Ellen?

La joven se encogió de hombros.

—Punto veintisiete comprobado —resonó en el transmisor del salpicadero.

Él la miró.

—¿Todos listos en sus puestos? —preguntó.

Ellen asintió.

—Entonces, ya podemos empezar —sentenció Harry.

Ella alzó la vista al cielo: era la quinta vez que Harry decía lo mismo desde que el cortejo salió de Gardermoen. Desde el lugar donde estaban aparcados podían ver la autopista vacía extenderse desde la estación de peaje y discurrir subiendo hacia Trosterud y Furuset. Las luces azules del techo giraban sin cesar, lentamente. Harry bajó la ventanilla y sacó la mano para retirar una hoja mustia y amarillenta que se había quedado atascada bajo el limpiaparabrisas.

—Un petirrojo —dijo Ellen, y señaló con la mano—. Un ave rara a estas alturas del otoño.

—¿Dónde?

—Allí. En el techo de aquel expendedor de tíquets.

Harry se agachó para mirar al frente por la luna delantera.

—¡Ah, vaya! ¿Así que eso es un petirrojo?

—Pues sí. Claro que me imagino que tú no verás la diferencia entre un petirrojo y un tordo de alas rojas, ¿me equivoco?

—Correcto.

Harry entornó los ojos. ¿Estaría quedándose miope?

—Es un pájaro extraño, el petirrojo —dijo Ellen mientras volvía a enroscar el tapón del termo.

—No lo dudo —dijo Harry.

—El noventa por ciento se marcha al sur, pero unos cuantos se arriesgan y se quedan aquí.

—¿Cómo que se quedan aquí?

De nuevo se oyó el carraspeo de la radio:

—Puesto sesenta y dos al cuartel general. Hay un coche desconocido aparcado en el arcén, a doscientos metros de la salida hacia Lørenskog.

Una voz grave respondió desde el cuartel general en el dialecto de Bergen:

—Un segundo, sesenta y dos. Vamos a comprobarlo.

Silencio.

—¿Han comprobado los aseos? —preguntó Harry señalando con la cabeza hacia la estación de servicio de Esso.

—Sí, la gasolinera está vacía, no hay ni clientes ni empleados. Salvo el jefe. Lo tenemos encerrado en la oficina.

—¿Los expendedores de tíquets también?

—Comprobados. Relájate, Harry, ya hemos revisado todos los puntos de control. Bueno, pues eso, que los que se quedan prueban suerte por si se presenta un invierno suave, ¿entiendes? Puede que les vaya bien, pero si se equivocan, mueren. Así que, ¿por qué no partir hacia el sur por si acaso, te preguntarás tú? ¿Es simplemente porque los que se quedan son perezosos?

Harry miró en el espejo y vio a los vigilantes apostados a ambos lados del puente del ferrocarril. Iban vestidos de negro y llevaban casco y ametralladoras MP5 colgadas del cuello. Incluso desde donde estaba, Harry podía ver por sus gestos lo tensos que estaban.

—La historia es que si el invierno se presenta suave, podrán elegir los mejores lugares para anidar antes de que vuelvan los demás —explicó Ellen al tiempo que se esforzaba por encajar el termo en la guantera repleta—. Se trata de un riesgo calculado, ¿comprendes? Puedes ganar a la lotería o joderla del todo. Apostar o no apostar. Si apuestas, puede que una noche te caigas congelado de la rama y no te descongeles hasta la primavera. Si te rajas, puede que no folles cuando regreses. Vamos, ese tipo de dilemas eternos a los que siempre tenemos que enfrentarnos.

—Llevas el chaleco antibalas, ¿verdad? —preguntó Harry girando el cuello para mirar a Ellen.

Ella no respondió, se limitó a mover la cabeza de un lado a otro mientras contemplaba la autovía.

—¿Lo llevas o no lo llevas?

Ellen se golpeó los nudillos contra el pecho por toda respuesta.

—¿El ligero?

Ella asintió.

—¡Joder, Ellen! Di órdenes de llevar chaleco de plomo. No esos de juguete.

—¿Tú sabes lo que suele llevar aquí la gente del Servicio Secreto?

—Déjame adivinar: ¿chalecos ligeros?

—Exacto.

—¿Y sabes para quién trabajo yo?

—Déjame adivinar: ¿para el Servicio Secreto?

—Exacto.

Ella sonrió y también Harry estiró los labios en una sonrisa cuando se oyó el carraspeo de la radio.

—Cuartel general a puesto sesenta y dos. El Servicio Secreto dice que el que está aparcado en la salida a Lørenskog es uno de sus coches.

—Aquí puesto sesenta y dos. Recibido.

—¡Ahí lo tienes! —dijo Harry irritado, dando un puñetazo al volante—. Sin comunicación alguna, esa gente del Servicio Secreto va a lo suyo sin contar con nadie. ¿Qué hace allí ese coche sin que nosotros lo sepamos? ¿Eh?

—Controlar que nosotros hacemos nuestro trabajo —dijo Ellen.

—Según las directrices que ellos nos han dado.

—Bueno, de todos modos, algún poder de decisión sí que tienes, así que deja de quejarte —dijo ella—. Y deja de tamborilear con los dedos en el volante.

Los dedos de Harry cayeron obedientes en el regazo. Ella rió y él lanzó un largo silbido.

—¡Yayaya!

Sus dedos fueron a dar en la culata de su arma reglamentaria, un revólver Smith & Wesson, calibre 38, de seis proyectiles. En el cinturón llevaba además dos cargadores rápidos con seis balas cada uno. Acarició el revólver sabiendo que, en aquellos momentos, no estaba autorizado a llevar armas. Tal vez fuese cierto que se estaba quedando miope pues, tras el curso de cuarenta horas que había seguido aquel invierno, había fallado en las pruebas de tiro. Aunque aquello no era, desde luego, insólito, sí era la primera vez que le ocurría a él y no lo llevaba nada bien. En realidad, no tenía más que presentarse a las siguientes pruebas y eran muchos los que lo intentaban hasta cuatro y cinco veces pero, por alguna razón, Harry siempre se había librado de repetirla.

Un nuevo carraspeo: «Punto veintiocho, sobrepasado».

—Ese es el penúltimo punto del distrito policial de Romeriket —observó Harry—. El siguiente punto de paso es Karihaugen, y después son nuestros.

—¿Por qué no pueden hacer como hemos hecho siempre, simplemente decir por dónde está pasando el cortejo, en lugar de la pesadez de tanto número? —preguntó Ellen en tono quejumbroso.

—¡Adivínalo!

Ambos respondieron a coro: «¡Cosas del Servicio Secreto!». Y se echaron a reír.

—Punto veintinueve, sobrepasado.

Harry miró el reloj.

—Vale, los tendremos aquí dentro de tres minutos. Cambiaré la frecuencia del transmisor a la del distrito policial de Oslo. Haz el último control.

Un sonido áspero y disonante surgió de la radio mientras Ellen cerraba los ojos para concentrarse en las confirmaciones que se iban sucediendo. Finalmente, colgó el micrófono en su lugar.

—Todo el mundo listo y en su puesto.

—Gracias. Ponte el casco.

—¡¿Cómo?! De verdad, Harry…

—Ya me has oído. ¡Que te pongas el casco tú también!

—Es que me queda pequeño.

Otra voz se dejó oír: «Punto uno, superado».

—¡Joder! A veces eres tan… poco profesional.

Ellen se encajó el casco, ajustó la barbillera y cerró la hebilla.

—Yo también te quiero —declaró Harry mientras estudiaba con los prismáticos la carretera que tenían delante—. Ya los veo.

En la parte superior de la pendiente que conducía hacia Karihaugen se distinguían destellos de metal. Harry solo veía de momento el primer coche de la fila, pero conocía bien la continuación: seis motocicletas conducidas por agentes especialmente entrenados de la sección de escoltas de la policía noruega, dos coches de escolta noruegos, un coche del Servicio Secreto, dos Cadillac Fleetwood idénticos, vehículos especiales del Servicio Secreto, traídos en avión desde Estados Unidos, en uno de los cuales viajaba el presidente, aunque se mantenía en secreto en cuál. O tal vez iba en los dos, se dijo Harry. Uno para Jekyll y otro para Hyde. A continuación iban los vehículos de mayor tamaño, el coche del Servicio Médico, el de comunicaciones y varios del Servicio Secreto.

—Todo parece tranquilo —dijo Harry mientras movía los prismáticos despacio, de derecha a izquierda.

El aire reverberaba sobre el asfalto, pese a que hacía una fría mañana de noviembre.

Ellen vio la silueta del primer coche. Dentro de media hora habrían dejado atrás la estación de peaje y tendrían superada la mitad del trabajo. Y, dos días después, cuando los mismos coches pasaran ante la estación de peaje en sentido contrario, Harry y ella podrían volver a sus tareas policiales de siempre. Ella prefería vérselas con cadáveres en la sección de Delitos Violentos a tener que levantarse a las tres de la madrugada para sentarse en un Volvo helado con un Harry irascible, que, obviamente, se sentía presionado por la responsabilidad que había recaído sobre él.

A excepción de los resoplidos recurrentes de Harry, reinaba en el coche el silencio más absoluto. Ella comprobó que los indicadores de ambos aparatos de radio funcionaban perfectamente. La hilera de coches llegaba ya casi hasta el final. Decidió que, después del trabajo, se iría al Tørst y bebería hasta emborracharse. Había allí un tipo con el que había cruzado alguna mirada, tenía el cabello negro y rizado y ojos castaños de expresión algo desafiante. Delgado. Con un aire un tanto bohemio, intelectual. Tal vez…

—¡¿Qué co…?!

Harry ya se había hecho con el micrófono: «Hay una persona en la tercera cabina desde la izquierda. ¿Alguien puede identificarla?».

La radio respondió con un silencio crepitante mientras la mirada de Ellen pasaba rápida por la hilera de cabinas. ¡Allí! Vio la espalda de un hombre tras el cristal marrón de la ventanilla, a tan solo cuarenta y cinco metros de donde se encontraban. A contraluz, la sombra dibujaba una silueta muy clara. Al igual que la de la breve porción de un cañón que sobresalía por la espalda del individuo.

—¡Un arma! —gritó Ellen—. ¡Tiene una pistola automática!

—¡Mierda!

Harry abrió la puerta del coche de una patada, se agarró al marco con las dos manos y salió de un salto. Ellen miraba fijamente la fila de coches, que no podía estar a más de cien metros de allí. Harry asomó la cabeza al interior del vehículo.

—No es ninguno de los nuestros, pero puede ser alguien del Servicio Secreto —aseguró—. Llama al cuartel general —dijo con el revólver en la mano.

—Harry…

—¡Vamos! Y quédate donde estás hasta que el cuartel general te confirme que es uno de sus hombres.

Harry empezó a correr hacia la cabina y hacia aquella espalda que se adivinaba debajo del traje. Parecía el cañón de una ametralladora Uzi. El frío aire de la mañana le hería los pulmones.

—¡Policía! —gritó—. Police!

Ninguna reacción. Los gruesos cristales de las cabinas estaban pensados para aislar del ruido del tráfico. El hombre había girado la cabeza hacia la hilera de vehículos y Harry pudo ver los cristales oscuros de las gafas de sol Ray-Ban. El Servicio Secreto. O alguien que quería hacerse pasar por uno de ellos.

Estaba a veinte metros.

¿Cómo se habría metido en aquella cabina cerrada, si no era uno de ellos? ¡Demonios! Harry oyó que las motos se acercaban. No alcanzaría la cabina a tiempo.

Quitó el seguro y apuntó mientras rogaba que el claxon del coche quebrantase la calma de aquella extraña mañana en una autopista cortada en la que él, desde luego, en ningún momento había sentido el menor deseo de encontrarse. Las instrucciones eran claras, pero no conseguía dejar de pensar:

«Chaleco ligero. Sin comunicación. Dispara, no es culpa tuya. ¿Tendrá familia?».

El cortejo aparecía justo detrás de la cabina y se acercaba con rapidez. En dos segundos, los Cadillac estarían a su altura. Por el rabillo del ojo izquierdo vio el leve movimiento de un pajarillo que alzó el vuelo desde el tejado.

«Apostar o no apostar… ese tipo de dilemas eternos.»

Pensó en el escaso espesor del chaleco, bajó el revólver un par de centímetros. El rugir de las motocicletas era ensordecedor.

2

Oslo, martes,
5 de octubre de 1999

—Esa es, precisamente, la gran traición —dijo aquel hombre bien afeitado mirando sus notas.

La cabeza, las cejas, los brazos musculosos, incluso las grandes manos que se aferraban a la tribuna: todo parecía recién afeitado y limpio. Se inclinó hacia el micrófono, antes de proseguir:

—Desde el año 1945, los enemigos del nacionalsocialismo han sentado las bases, han desarrollado y practicado sus principios democráticos y económicos. Como consecuencia de ello, el mundo no ha visto que el sol se ponga un solo día sin que se cometan actos bélicos. Incluso en Europa hemos vivido guerras y genocidios. En el tercer mundo, millones de personas mueren de hambre; y Europa se ve invadida por la inmigración masiva con el consiguiente caos y la necesidad de luchar por la vida.

En este punto se detuvo y echó una ojeada a su alrededor. En la sala reinaba un silencio sepulcral y tan solo uno de los oyentes que ocupaban los bancos a su espalda aplaudió tímidamente. Cuando, reavivado su entusiasmo, decidió continuar, la señal luminosa que había bajo el micrófono parpadeó en rojo, señal de que las ondas llegaban distorsionadas al receptor.

—Por otro lado, no es muy grande la distancia que separa el despreocupado bienestar en que nos hallamos inmersos del día en que nos veamos obligados a confiar en nosotros mismos y en la gente que nos rodea. Una guerra, una catástrofe económica o ecológica… y toda esa red de leyes y reglas que nos han convertido con tanta rapidez en clientes pasivos de los servicios sociales desaparecerá de un plumazo. La otra gran traición fue anterior, la del 9 de abril de 1940, cuando nuestros llamados dirigentes nacionales huyeron del enemigo para salvar el pellejo. Y se llevaron las reservas de oro, claro está, para así poder financiar la lujosa vida que pensaban llevar en Londres. Ahora volvemos a tener al enemigo en casa. Y aquellos que deberían defender nuestros intereses vuelven a traicionarnos. Permiten que el enemigo construya mezquitas entre nosotros, que robe a nuestros ancianos y que mezcle su sangre con la de nuestras mujeres. De modo que, simplemente, es nuestra obligación como noruegos defender nuestra raza y eliminar a los traidores.

Dicho esto, pasó a la página siguiente, pero un carraspeo procedente del podio que tenía delante lo hizo detenerse y alzar la vista.

—Gracias, creo que hemos oído suficiente —aseguró el juez mirando por encima de las gafas—. ¿Tiene el fiscal más preguntas que hacerle al acusado?

El sol entraba en diagonal por la ventana e inundaba la sala de vistas número 17 del tribunal de primera instancia de Oslo formando un ilusorio halo luminoso sobre la calva del sujeto. Llevaba una camisa blanca y una corbata muy estrecha, probablemente por consejo de su defensor, Johan Krohn, que precisamente estaba repantigado en la silla jugueteando con un bolígrafo que sostenía entre los dedos índice y corazón. A Krohn le disgustaba casi todo de aquella situación. Le disgustaba el curso que habían tomado las preguntas del fiscal, las declaraciones claramente programáticas de su cliente, Sverre Olsen, y el hecho de que a este le hubiese parecido oportuno arremangarse la camisa permitiendo así que tanto el juez como los dos ayudantes pudiesen contemplar los tatuajes en forma de tela de araña que lucía en ambos codos y la serie de cruces gamadas plasmadas en el brazo izquierdo. En el derecho tenía tatuada una cadena de símbolos nórdicos y la palabra VALKYRIA en letras góticas de color negro. Valkyria era el nombre de una de las bandas que había formado parte del entorno neonazi de Sæterkrysset, en Nordstrand.

Pero lo que más irritaba a Johan Krohn era algo que no concordaba, algo que había caracterizado el curso de todo el juicio, solo que no se le ocurría qué.

El fiscal, un hombre menudo llamado Herman Groth, se acercó el micrófono con el dedo meñique en el que lucía el sello con el símbolo del colegio de abogados.

—Tan solo un par de preguntas adicionales, señor juez —dijo en tono suave y contenido.

El micrófono mostró luz verde.

—Cuando, el 3 de enero, a las nueve de la noche, entraste en el establecimiento denominado Dennis Kebab, de la calle Dronningen, fue, pues, con la clara intención de cumplir con tu parte de ese deber que mencionas de defender, según dices, nuestra raza, ¿no es cierto?

Johan Krohn se lanzó sobre el micrófono:

—Mi cliente ya ha contestado a esa pregunta y ha aclarado que se produjo un altercado entre él y el dueño vietnamita del establecimiento. —Luz roja—. Lo provocaron —dijo Krohn—. No hay fundamento alguno que apoye la tesis de la premeditación.

Groth cerró los ojos.

—Si es cierto lo que dice tu defensor, Olsen, hemos de admitir que fue pura casualidad que llevases bajo el brazo un bate de béisbol, ¿cierto?

—Para defenderse —interrumpió Krohn mientras alzaba los brazos en gesto resignado—. Señor juez, mi cliente ya ha respondido a esas preguntas.

El juez se acariciaba la barbilla mientras observaba al abogado defensor. Todos sabían que Johan Krohn hijo estaba destinado a ser una estrella como abogado defensor; todos, incluido Johan Krohn padre, y, con toda probabilidad, esto fue lo que movió al juez a admitir, con cierto enojo:

—Estoy de acuerdo con la defensa. Si el fiscal no tiene apreciaciones nuevas que hacer, he de pedirle que continúe.

Groth abrió los ojos de modo que quedase una delgada línea blanca en las partes superior e inferior del iris. Después asintió y, con gesto cansado, alzó una mano en la que sostenía un periódico.

—Esto es un ejemplar del diario Dagbladet, del día 25 de enero. En la entrevista publicada en la página ocho, uno de los correligionarios del acusado dice…

—¡Protesto! —comenzó Krohn.

Groth lanzó un suspiro.

—Bien, permítanme que lo modifique sustituyéndolo por un varón que expresa opiniones racistas.

El juez asintió al tiempo que lanzaba a Krohn una mirada de advertencia. Groth prosiguió:

—Este hombre asegura en un comentario al acto de vandalismo sufrido por el establecimiento Dennis Kebab que necesitamos más racistas como Sverre Olsen para recuperar Noruega. En la entrevista se utiliza el término «racista» como si de un calificativo honorable se tratase. ¿Se considera el acusado a sí mismo un racista?

—Así es, soy racista —sostuvo Olsen antes de que Krohn tuviese tiempo de intervenir—. En el sentido que yo le atribuyo a la palabra.

—¿Y qué sentido es ese? —preguntó Groth con una sonrisa.

Krohn cerró los puños debajo de la mesa y miró hacia la tribuna, a las dos personas que constituían el jurado popular y que ocupaban sendos asientos a ambos lados del juez. Aquellas tres personas eran las que decidirían sobre el futuro de su cliente en los próximos años, así como sobre su propio estatus en el restaurante Tostrupkjelleren en los próximos meses. Dos representantes del pueblo llano, del sentido popular de la justicia. «Jueces legos», los llamaban, pero tal vez ellos considerasen que esa denominación recordaba demasiado a «jueces de juego». El jurado popular que estaba sentado a la derecha del juez era un joven que vestía un traje de chaqueta de aspecto barato y serio, y que apenas se atrevía a levantar la vista. La joven algo entrada en carnes que ocupaba el asiento de la izquierda, parecía fingir que seguía el juicio mientras aprovechaba para estirar el cuello de modo que desde las gradas de la sala no se le notara la papada incipiente. El noruego medio. ¿Qué sabían ellos de gente como Sverre Olsen? ¿Qué querían saber?

Ocho testigos habían visto a Sverre Olsen entrar en el restaurante con un bate de madera bajo el brazo y, tras un breve intercambio de improperios, golpear con él en la cabeza al propietario, Ho Dai, un vietnamita de cuarenta años que había llegado por mar a Noruega como refugiado allá por 1978. Y lo había golpeado con tal violencia que Ho Dai jamás pudo volver a caminar. Cuando Olsen empezó a hablar, Johan Krohn hijo había empezado a dar forma en la cabeza a la apelación en el tribunal de segunda instancia.

—«Raz-ismo —leyó Olsen una vez que hubo encontrado lo que quería en los documentos—. Es una lucha eterna contra las enfermedades graves, la degeneración y el exterminio, así como el sueño y la esperanza de una sociedad más sana con mejor calidad de vida. La mezcla de razas es una forma de genocidio bilateral. En un mundo en que se planifica la instauración de bancos de genes para conservar al más insignificante escarabajo, se acoge con general aceptación el que se mezclen y aniquilen razas humanas que llevan desarrollándose miles de años. En un artículo de 1971 publicado en la respetada revista American Psychologist, cincuenta científicos americanos y europeos advertían del peligro de silenciar la argumentación de la teoría de la herencia genética.»

Olsen se detuvo en este punto, paseó la mirada por toda la sala 17 y levantó el índice de la mano derecha. Se había vuelto hacia el fiscal, de modo que Krohn pudo ver el tatuaje desvaído del saludo nacionalsocialista que lucía en el pliegue rasurado que se le formaba entre la nuca y el cuello, un grito mudo y grotesco, en extraño contraste con la frialdad de su retórica. En el silencio que siguió, Krohn dedujo por el ruido del pasillo que la sala 18 estaba en el receso del almuerzo. Los segundos transcurrían. Krohn recordó algo que había leído sobre el hecho de que, con ocasión de grandes concentraciones, Adolf Hitler solía tomarse pausas artísticas de hasta tres minutos. Cuando Olsen retomó su declaración, empezó a marcar el ritmo con el dedo, como si quisiera grabar cada palabra y cada frase en el auditorio:

—Aquellos de ustedes que intenten fingir que no se está desarrollando una lucha de razas, o bien están ciegos o bien son unos traidores.

Bebió un trago del agua que el ujier le había puesto delante.

Entonces intervino el fiscal:

—Y en esa lucha de razas, tú y tus adeptos, algunos de los cuales están presentes hoy en la sala, sois los únicos que tenéis derecho a intervenir, ¿no es así?

Nuevos abucheos de los cabezas rapadas que ocupaban las gradas del público.

—Nosotros no intervenimos, nos defendemos —precisó Olsen—. Es derecho y obligación de cualquier raza.

Alguien de entre el público gritó algo que Olsen aprovechó y repitió con una sonrisa:

—En efecto, también en un miembro de otra raza podemos hallar la prueba viviente de un nacionalsocialista.

Risas y aplausos entre el público. El juez pidió silencio antes de mirar inquisitivo al fiscal.

—Eso es todo —aclaró Groth.

—¿Desea la defensa hacer alguna pregunta?

Krohn negó con un gesto.

—En ese caso, que pase el primer testigo de la acusación.

El fiscal le hizo una señal al ujier, que abrió la puerta del fondo de la sala, asomó la cabeza y dijo algo. Se oyó el crujido de una silla al otro lado, la puerta se abrió por completo y dio paso a un hombre bastante corpulento.

Krohn se percató de que el hombre llevaba una chaqueta que le venía algo pequeña, unos vaqueros negros y unas botas Dr. Martens enormes. La cabeza, casi rapada al cero, y la complexión atlética y delgada apuntaban a una edad que rondaba los treinta y tantos. Pero los ojos, enrojecidos y ojerosos, y la cara pálida surcada de venillas que, aquí y allá, se abrían en pequeños deltas, hacían pensar más bien en los cincuenta.

—¿Oficial de policía Harry Hole? —preguntó el juez, una vez que el hombre hubo tomado asiento en el estrado.

—Sí.

—No tenemos la dirección de su residencia, según veo.

—Es secreta —dijo Hole al tiempo que señalaba por encima del hombro con el pulgar—. Intentaron entrar en mi casa.

Más abucheos.

—¿Ha declarado usted con anterioridad, Hole? Que si ha prestado juramento, quiero decir.

—Sí.

La cabeza de Krohn se balanceaba de arriba abajo, como la de esos perritos de plástico que a algunos conductores les da por llevar en la bandeja del coche. Y empezó a hojear febrilmente los documentos.

—Veo que trabajas en la sección de Delitos Violentos, como investigador de homicidios —comenzó Groth—. ¿Por qué te asignaron este caso?

—Porque fallamos en nuestra valoración —respondió Hole.

—¿Y eso?

—No contábamos con que Ho sobreviviese. No es lo normal cuando te rompen el cráneo y se desparrama parte del contenido.

Krohn vio que las caras de los dos miembros del jurado popular se contraían involuntariamente en un gesto de repulsa. Pero aquello carecía ahora de importancia. Había encontrado el documento con sus nombres. Y allí estaba: el fallo que lo tenía contrariado.

3

Calle Karl Johan,
5 de octubre de 1999

«Vas a morir.»

Aquellas palabras seguían resonándole al anciano en los oídos cuando salió al rellano de la escalera y lo cegó el claro sol otoñal. Mientras las pupilas se le contraían poco a poco, permaneció agarrado a la barandilla respirando despacio y profundamente. Escuchó la cacofonía de los coches, los tranvías, los silbidos de los semáforos. Y las voces… voces alteradas y alegres que pasaban presurosas al ritmo de los pasos. Y la música, ¿acaso había oído antes tanta música? Pero nada conseguía acallar el rumor de aquellas palabras.

«Vas a morir.»

¿Cuántas veces había estado allí, en el descansillo de la consulta del doctor Buer? Dos veces al año durante cuarenta años. Ochenta días normales y corrientes, iguales que aquel, pero nunca, hasta ese momento, se había dado cuenta de la animación que había en aquellas calles, la felicidad, las ansias de vivir. Era octubre, pero parecía un día de mayo. El día en que «estalló» la paz. ¿Estaría exagerando? Podía oír la voz de ella, ver su silueta acercarse a la carrera como emanando del sol, surgiendo de una cara que desapareció en un halo de luz blanca.

«Vas a morir.»

Toda aquella blancura cobró color y se convirtió en la calle Karl Johan. Bajó los peldaños, se detuvo y miró a derecha e izquierda, como si no fuese capaz de decidir qué dirección tomar, y se quedó pensativo. De repente, se sobresaltó, como si alguien lo hubiese despertado, y echó a andar en dirección al palacio. Caminaba con paso vacilante y la mirada abatida, y con el cuerpo escuálido encogido en un abrigo de lana que le quedaba algo grande.

—El cáncer se ha extendido —le había anunciado el doctor Buer.

—Ya, bueno —respondió él mientras miraba a Buer, preguntándose si sería algo que les enseñaban en la facultad de medicina, aquel gesto de quitarse las gafas cuando iban a decir algo grave, o si era solo un ademán propio de los médicos miopes para no tener que ver la expresión de los ojos del paciente.

Había empezado a parecerse a su padre, el doctor Konrad Buer, ahora que el cuero cabelludo había emprendido la retirada y que las bolsas que le asomaban debajo de los ojos le otorgaban parte del aura de seriedad que tenía su progenitor.

—¿En pocas palabras? —le preguntó el anciano con una voz que llevaba cincuenta años sin oír, que surgió como el grito cavernoso y áspero de un hombre en cuyas cuerdas vocales resonaba la angustia.

—Bueno, verá, es una cuestión de…

—Se lo ruego, doctor. Yo ya he visto la muerte cara a cara.

Pronunció aquellas palabras reforzando la voz, eligió unos términos que obligasen a su voz a sonar segura, tal y como deseaba que la oyera el doctor Buer. Tal y como deseaba oírla él mismo.

La mirada del doctor huyó de la mesa, deslizándose por el parqué desgastado hasta la calle, a través del cristal sucio de la ventana. Se escondió allá fuera durante un instante antes de volver a encontrarse con la suya. Sus manos habían localizado un paño con el que limpiaba las gafas sin cesar.

—Ya sé que tú…

—Usted no sabe nada, doctor. —El anciano se oyó a sí mismo reír con una risa breve y seca—. No se lo tome a mal, se lo ruego, Buer, pero créame: usted no sabe nada.

Advirtió el desconcierto de Buer y, en aquel mismo instante, se dio cuenta de que el grifo del lavabo que había en la pared opuesta de la consulta goteaba persistente, un nuevo sonido, como si, de repente y de forma inexplicable, hubiese recuperado los sentidos de un joven de veinte años. Buer se puso por fin las gafas, cogió un papel, como si las palabras que iba a pronunciar estuviesen allí plasmadas, y carraspeó levemente antes de declarar:

—Vas a morir.

El anciano habría preferido que lo tratase de «usted».

Se detuvo ante una aglomeración de gente y oyó las notas de una guitarra y una voz que entonaba una canción sin duda antigua para todos los demás, salvo para él. Ya la había escuchado antes, desde luego; seguro que hacía cerca de medio siglo, pero él la sentía como si hubiese sido ayer. Y lo mismo le sucedía con todo: cuanto más lejano en el tiempo, más cercano y claro lo veía. Ahora era capaz de recordar cosas en las que no pensaba desde hacía años, o en las que no había pensado nunca. Aquello que, hasta entonces, se había visto obligado a leer en sus diarios de la guerra, podía evocarlo ahora con tan solo cerrar los ojos y verlo discurrir por la retina como una película.

—En cualquier caso, debe de quedarte al menos un año de vida.

Una primavera y un verano. Podía ver cada hoja amarillenta de los árboles del parque Studenterlunden como si le hubiesen puesto unas gafas nuevas, más potentes. Los mismos árboles de 1945, ¿o no eran los mismos? En aquella ocasión no los vio con demasiada claridad; aquel día nada se veía claro. Rostros sonrientes, rostros iracundos, gritos que apenas llegaban a donde él se encontraba, la puerta del coche que se cerró, si él tenía o no lágrimas en los ojos, pues cuando recordó las banderas con las que la gente corría por las aceras, las recordaba rojas y difusas. Sus vítores: «¡Ha vuelto el príncipe heredero!».

Subió la pendiente hasta el palacio, donde un grupo de personas se habían reunido para ver el cambio de guardia. El eco de las órdenes de la guardia real y los chasquidos de las culatas de las escopetas y de los tacones de las botas resonaban contra el muro amarillento de la fachada. Una joven pareja japonesa abrazada en medio de la gente contemplaba risueña el espectáculo. Él cerró los ojos, intentó evocar el olor de los uniformes y del lubricante de armas. Naderías y decoración, allí no había nada que oliera como olía su guerra.

Volvió a abrir los ojos. ¿Qué sabían ellos? ¿Qué sabían aquellos soldaditos vestidos de negro, simples figuras de desfile, de unos actos simbólicos que ellos eran demasiado inocentes para comprender y demasiado jóvenes para sentir? Pensó de nuevo en aquel día, en los jóvenes noruegos vestidos de soldados, o en los soldados suecos, como los llamaban. A sus ojos eran soldados de juguete que no sabían cómo llevar un uniforme y menos aún cómo tratar a un prisionero de guerra. Estaban asustados y mostraban una actitud brutal, y, con los pitillos entre los labios y con el aspecto atrevido que les prestaban las gorras ladeadas, se aferraban a sus recién adquiridas armas e intentaban sobreponerse al miedo apretando el cañón contra la espalda de los arrestados.

—¡Cerdo nazi! —decían mientras los golpeaban, como para obtener en un instante el perdón de sus pecados.

Respiró hondo, saboreó el cálido día otoñal pero, en ese mismo momento, apareció el dolor. Retrocedió un paso con pie vacilante. Agua en los pulmones. Dentro de doce meses, tal vez antes, la inflamación y el dolor harían salir el agua que luego se acumularía en los pulmones. Según decían, eso era lo peor.

«Vas a morir.»

Y entonces vino el ataque de tos, tan violento que quienes se hallaban a su lado se apartaron involuntariamente.

4

Ministerio de Asuntos Exteriores,
Victoria Terrasse, 5 de octubre de 1999

El ministro de Asuntos Exteriores Bernt Brandhaug atravesó el pasillo a grandes zancadas. Hacía treinta segundos que había dejado su despacho y tardaría otros cuarenta y cinco en llegar a la sala de reuniones. Alzó los hombros bajo la chaqueta y sintió que la rellenaban más que de sobra y que los músculos de la espalda se tensaban contra el tejido. Latissimus dorsi: musculatura de la espalda. Tenía sesenta años, pero no aparentaba más de cincuenta. No era él hombre que se preocupase por su aspecto, pero estaba convencido de que era un individuo agradable a la vista. Eso sí, sin haberse visto obligado a hacer mucho más que dedicarse al deporte que le gustaba, añadir un par de sesiones de rayos UVA en invierno y quitarse los cabellos grises que de vez en cuando le crecían en las cejas bien pobladas.

—¡Hola, Lise! —saludó en voz alta al pasar ante la fotocopiadora.

La joven de prácticas dio un respingo y solo tuvo tiempo de lanzarle una tímida sonrisa antes de que él desapareciese por la siguiente esquina. Lise acababa de terminar derecho y era hija de un compañero de carrera. Había empezado a trabajar allí hacía menos de tres semanas. Y, desde aquel instante, supo que el ministro, el más alto funcionario de aquella casa, la conocía. ¿Podría aquel hombre seducirla? Probablemente. No es que fuese a ocurrir. Necesariamente.

Antes de llegar a la puerta abierta, oyó el murmullo de las voces. Miró el reloj: setenta y cinco segundos. Y entró. Echó una rápida ojeada a la sala y constató que habían acudido los representantes de todas las instancias convocadas.

—Tú debes de ser Bjarne Møller, ¿me equivoco? —preguntó al tiempo que, con una amplia sonrisa, le tendía la mano a un hombre alto y delgado que estaba sentado junto a la comisaria jefe Anne Størksen.

—Y eres JS, ¿verdad, Møller? Tengo entendido que participas en la carrera de relevos de Holmenkollen, ¿no?

Aquel era uno de los trucos de Brandhaug: conseguir cierta información sobre las personas a las que veía por primera vez, algún dato que no figurase en sus currículos. Aquello los hacía sentirse inseguros. El hecho de haber usado las siglas JS —la abreviatura de uso interno para referirse al jefe de sección— le había causado especial satisfacción. Brandhaug se sentó, le hizo un guiño a su viejo amigo Kurt Meirik, jefe de los servicios de inteligencia, y escrutó a los demás congregados en torno a la mesa.

Nadie sabía aún quién tomaría el mando, pues se trataba de una reunión de representantes del mismo nivel, al menos en teoría, procedentes del gabinete del primer ministro, el distrito policial de Oslo, el servicio secreto de Defensa, las tropas de la reserva militar y su propio gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores. La reunión la habían convocado desde el GPM —el gabinete del primer ministro—, pero no cabía duda de que serían el distrito policial de Oslo, representado por Anne Størksen, y los servicios de inteligencia, con Kurt Meirik al frente, quienes, llegado el momento, asumirían la responsabilidad operacional. El secretario del gabinete del primer ministro parecía dispuesto a tomar las riendas.

Brandhaug cerró los ojos dispuesto a escuchar.

Dejaron de hablar sobre la última vez que se vieron, el murmullo de voces fue silenciándose poco a poco, se oyó el chasquido de la pata de una mesa. Todavía no. Un papel que cruje, el clic de los bolígrafos… en reuniones importantes como aquella, la mayoría de los jefes tomaban sus propias notas como referencia, ante la eventualidad de que después, si algo salía mal, empezaran a culparse unos a otros. Alguien carraspeó, pero el sonido procedía del lado equivocado de la sala y, además, no había sonado como cuando uno se prepara para empezar a hablar. Alguien tomó aire.

—Bien, entonces, empezamos —declaró Bernt Brandhaug abriendo los ojos.

Todas las cabezas se volvieron hacia él. Siempre el mismo panorama. Una boca medio abierta, la del secretario del gabinete, una sonrisa forzada, la de la señora Størksen, que dio a entender que sabía lo que estaba sucediendo; pero, por lo demás, rostros vacíos que lo miraban sin sospechar que el asunto ya estaba zanjado.

—Bienvenidos a la primera reunión de coordinación. Nuestro trabajo consiste en conseguir que cuatro de los hombres más importantes del mundo entren y salgan de Noruega más o menos vivos.

Vehementes susurros en torno a la mesa.

—El lunes, 1 de noviembre, llegarán al país el líder de la OLP, Yasir Arafat, el primer ministro israelí, Edhu Barak, el primer ministro ruso, Vladímir Putin, y, finalmente, el broche de oro: a las seis y quince minutos, dentro de cincuenta y nueve días exactamente, aterrizará en Gardermoen, en el aeropuerto de Oslo, el presidente americano a bordo del Airforce One. —Brandhaug paseó la mirada por cada una de las caras que había alrededor de la mesa, para detenerse por fin ante el único nuevo, Bjarne Møller—. Si es que no hay niebla, claro está —añadió con una carcajada mientras notaba satisfecho que también Møller, por un instante, olvidaba la tensión y sonreía.

Brandhaug le devolvió la sonrisa y dejó ver una hilera de dientes que, tras la última sesión cosmética en el dentista, habían quedado más blancos.

—Aún ignoramos cuántas personas vendrán exactamente —dijo Brandhaug—. En Australia, el presidente se presentó con un séquito de dos mil personas; en Copenhague, eran mil setecientas.

Un rumor se extendió por toda la mesa.

—Pero la experiencia me dice que una estimación de unas setecientas será más realista.

Brandhaug dijo aquello con la certeza de que su «estimación» no tardaría en verse confirmada, puesto que una hora antes había recibido un fax con la lista de las setecientas doce personas que iban a acudir.

—Algunos de ustedes se preguntarán sin duda qué hará el presidente con un séquito tan numeroso en una cumbre de tan solo dos días. La respuesta es bien sencilla. Se trata de la consabida retórica del poder de toda la vida. Si no recuerdo mal, el káiser Federico III llevaba consigo exactamente setecientos hombres cuando visitó Roma en 1468, con la idea de hacerle ver al Papa quién era el hombre más poderoso del mundo.

Más risas de los congregados. Brandhaug le hizo un guiño a Anne Størksen. Había leído la frase en el diario vespertino Aftenposten. Con una palmada, añadió:

—No es necesario que os explique que dos meses es muy poco tiempo, pero sí que a partir de hoy celebraremos reuniones de coordinación todas las mañanas a las diez, en esta misma sala. Hasta que esos cuatro muchachos queden fuera de nuestra zona de responsabilidad, tendréis que dejar de lado todos los demás asuntos que os traigáis entre manos. Quedan prohibidas las vacaciones y los días de fiesta. Y también las bajas por enfermedad. ¿Alguna pregunta, antes de que sigamos adelante?

—Bueno, parece que… —comenzó el secretario del gabinete.

—Incluidas las depresiones —interrumpió Brandhaug provocando en Bjarne Møller una risa más sonora de lo que él habría querido.

—Bueno, nosotros… —volvió a empezar el secretario.

—Adelante, Meirik —gritó Brandhaug.

—¿Qué?

El jefe de los servicios de inteligencia levantó aquella cabeza poco poblada y miró a Brandhaug.

—Tú querías decir algo sobre la estimación del riesgo de amenazas de los servicios de inteligencia, ¿no? —preguntó Brandhaug.

—¡Ah, eso! —recordó Meirik—. Sí, hemos traído unas copias.

Meirik era de Tromsø y hablaba en una curiosa e incoherente mezcla de su dialecto y el noruego estándar. Le hizo un gesto a una mujer que tenía a su lado. Brandhaug posó en ella la mirada. La mujer iba, constató, sin maquillar y llevaba una melena de color castaño oscuro, de corte recto, recogida con un pasador poco elegante. En cuanto al traje, una especie de saco azul de lana, era simplemente soso. Sin embargo, aunque la mujer había adoptado esa expresión exagerada que él tan a menudo había visto en las profesionales que temían que no se las tomara en serio, le gustó lo que veía. Tenía los ojos castaños y dulces, y los pómulos marcados le otorgaban un aspecto aristocrático, poco noruego. La había visto antes, pero con otro peinado. ¿Cómo se llamaba? Era un nombre bíblico, ¿Rakel, quizá? Tal vez acabara de separarse: el nuevo peinado podía ser indicio de ello. La mujer se inclinó sobre el maletín que había entre ella y Meirik y la mirada de Brandhaug buscó de forma mecánica el escote, pero la blusa estaba abotonada de modo que no podía mostrarle nada de interés. ¿Tendría hijos en edad escolar?

¿Tendría algún reparo en pasar unas horas del día en una habitación de algún hotel céntrico? ¿La excitaría el poder?

—Limítate a hacernos un resumen, Meirik —dijo Brandhaug.

—Bueno.

—Antes, quisiera señalar… —intervino una vez más el secretario.

—Dejemos que Meirik termine, Bjørn; después podrás decir todo lo que quieras.

Era la primera vez que Brandhaug llamaba al secretario por su nombre de pila.

—Inteligencia considera que existe peligro de atentado u otros daños —declaró Meirik.

Brandhaug sonrió. Con el rabillo del ojo, vio que la comisaria jefe hacía lo mismo. Una joven inteligente, licenciada en derecho y con una hoja de servicios impecable. Tal vez debiera invitarlos a ella y a su marido a cenar trucha en casa alguna noche. Brandhaug y su mujer vivían en un espacioso chalé de madera en la frontera con Nordberg. No tenían más que ponerse los esquís en la puerta del garaje. Bernt Brandhaug adoraba su casa. A su esposa le parecía demasiado oscura y decía que aquellos maderos tan negruzcos la asustaban, y tampoco le gustaba verse rodeada de tanto bosque. Sí, una invitación a cenar. Sólidos maderos y truchas que hubiera pescado él mismo. Era la imagen adecuada.

—Me atrevo a recordarles que han sido cuatro los presidentes estadounidenses que han muerto víctimas de un atentado —continuó Meirik—. Abraham Lincoln, en 1865; James Garfield, en 1881; John F. Kennedy, en 1963, y… —Dirigió la mirada a la mujer de pómulos marcados, que le sopló el nombre—. ¡Ah, sí! William McKinley. En…

—En 1901 —completó Brandhaug con una cálida sonrisa, y miró el reloj.

—En fin. Sin embargo, ha habido muchos más atentados a lo largo de los años. Tanto Harry Truman como Gerald Ford y Ronald Reagan fueron víctimas de graves atentados mientras ocuparon el cargo.

Brandhaug se aclaró la garganta.

—Olvidas que el actual presidente fue víctima de espionaje hace unos años. O, al menos, su casa.

—Es verdad. Pero no contamos ese tipo de incidentes, porque entonces habría muchos. Estoy en condiciones de asegurar que ningún presidente americano de los últimos veinte años ha completado su mandato sin que se hayan descubierto como mínimo diez intentos de atentado y se haya detenido a los responsables antes de que el asunto llegara a los medios.

—¿Por qué no?

El jefe de sección Bjarne Møller creía que solo había pensado la pregunta y quedó tan sorprendido como los demás al oír su propia voz. Tragó saliva al notar que todos lo miraban y se esforzó por mantener la vista fija en Meirik, aunque no pudo evitar dirigirla a Brandhaug. El ministro de Exteriores le hizo un guiño reconfortante.

—Bueno, como usted sabe, es normal que los atentados cuya planificación se descubre se mantengan en secreto —observó Meirik quitándose las gafas. Eran unas Horst Tappert, ese tipo de gafas que tanto proliferaban en los catálogos de pedidos por correo, que se oscurecen cuando las expones al sol—. Puesto que los atentados han resultado ser tan contagiosos como los suicidios. Y, además, en esta profesión no tenemos el menor interés en desvelar nuestros métodos de trabajo.

—¿Cuáles son los planes de vigilancia? —interrumpió el secretario.

La mujer de los pómulos salientes le entregó un documento a Meirik, que volvió a ponerse las gafas antes de empezar a leer.

—El jueves llegarán ocho hombres del Servicio Secreto con los que comenzaremos a revisar los hoteles, las rutas, el control de seguridad de todos los que van a estar cerca del presidente, y a instruir a todos los policías con los que vamos a contar. Además, traeremos refuerzos de Romerike, Asker y Bærum.

—¿Y para qué van a usar esos servicios? —preguntó el secretario de Estado.

—Principalmente, para vigilancia. En torno a la embajada de Estados Unidos, al hotel en el que se alojará el séquito del presidente, al aparcamiento…

—En definitiva, la vigilancia de todos los lugares en los que no se encontrará el presidente.

—De eso nos encargamos nosotros mismos, los de Inteligencia. Y el Servicio Secreto, claro.

—Vaya, Kurt, yo creía que a vosotros no os gustaba montar guardia —dijo Brandhaug con una sonrisita.

El recuerdo provocó una mueca forzada en Kurt Meirik. Durante la conferencia sobre las minas antipersona, celebrada en Oslo en 1997, Inteligencia se negó a prestar servicios de vigilancia remitiendo a su propia valoración del riesgo, donde se concluía que «la amenaza para la seguridad era entre media y baja». El segundo día de la conferencia, la Oficina de Inmigración advirtió al Ministerio de Asuntos Exteriores que uno de los noruegos a los que Inteligencia había dado el visto bueno como chófer de la delegación croata era un musulmán bosnio que había llegado a Noruega en la década de los setenta y era ciudadano noruego desde hacía ya muchos años; pero en 1993, sus padres y cuatro de sus hermanos murieron ejecutados por los croatas en Mostar, en Bosnia-Herzegovina. Cuando revisaron el apartamento del sujeto, hallaron dos granadas de mano y una carta de despedida en la que explicaba los motivos de su suicidio. Ni que decir tiene que la prensa jamás tuvo la menor idea de aquel suceso, pero el fregado que generó salpicó a las más altas esferas del gobierno y la continuidad de la carrera de Kurt Meirik estuvo pendiente de un hilo hasta que Bernt Brandhaug intervino personalmente. Todo se acalló después de que uno de los funcionarios responsables del control de seguridad firmase su propio despido. Brandhaug había olvidado el nombre del funcionario, pero la colaboración con Meirik se había desarrollado sin contratiempos desde entonces.

—¡Bjørn! —gritó con una palmada—. Ahora sí que tenemos mucho interés en escuchar lo que tengas que decir. ¡Adelante!

La mirada de Brandhaug se deslizó fugaz hacia la ayudante de Meirik, pero no tan a la ligera que se le escapase el detalle de que también ella lo estaba mirando. O, más bien, ella dirigía la vista hacia él, aunque con ojos inexpresivos y ausentes. Sopesó la posibilidad de sostenerle la mirada, de ver qué tipo de expresión surgía de ellos cuando descubriera que él se fijaba en ella, pero desechó la idea. ¿No era Rakel su nombre?

5

Slottsparken,
5 de octubre de 1999

—¿Estás muerto?

El anciano abrió los ojos y contempló la silueta de la cabeza que lo observaba desde arriba, pero la cara desapareció en un halo de luz blanca. ¿Era ella? ¿Había acudido para llevárselo ya?

—¿Estás muerto? —volvió a preguntar la cabeza con voz clara.

Él no respondió, pues no sabía si tenía los ojos abiertos o si solo estaba soñando. O si, tal y como preguntaba la voz, ya estaba muerto.

—¿Cómo te llamas?

La cabeza se desplazó y, en su lugar, vio las copas de los árboles y un cielo azul. Había estado soñando. Algo que había leído en un poema. «Los bombarderos alemanes han pasado ya.» Nordahl Grieg. Sobre el rey que huyó a Inglaterra. Las pupilas empezaron a habituarse de nuevo a la luz y recordó que se había tendido sobre el césped del Slottsparken para descansar un poco. Y había debido de quedarse dormido. Sentado a su lado había un niño. Un par de ojos castaños lo contemplaban asomando entre un flequillo negro.

—Yo me llamo Ali —dijo el pequeño.

¿Sería un niño paquistaní? El chico tenía una nariz curiosamente respingona.

—Ali significa Dios —dijo el niño—. ¿Qué significa tu nombre?

—Yo me llamo Daniel —dijo el anciano con una sonrisa—. Es un nombre bíblico que significa «Dios es mi juez».

El pequeño lo miró fijamente.

—¿Así que tú eres Daniel?

—Así es —dijo el hombre.

El niño seguía mirándolo, y el anciano se sintió incómodo por si el niño creía que era un vagabundo, puesto que estaba allí tendido sobre el césped totalmente vestido, con su abrigo de lana a modo de manta, aunque estaba a pleno sol.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó para esquivar la persistente mirada del pequeño.

—Allí —dijo el niño, y se giró para señalar.

Algo apartadas del lugar en que ellos se encontraban, había dos mujeres morenas y robustas sentadas en el césped; a su alrededor alborotaban cuatro niños.

—Pues entonces, yo soy tu juez —dijo el chico.

—¿Cómo?

—Ali es Dios, ¿verdad? Y Dios es juez de Daniel. Y yo me llamo Ali y tú te llamas…

Alargó la mano y le pellizcó la nariz a Ali. El niño chilló encantado. El anciano vio cómo las dos mujeres volvían la cabeza y una de ellas estaba ya levantándose cuando él soltó la nariz del pequeño.

—Ahí viene tu madre, Ali —dijo señalando a la mujer que se les acercaba.

—¡Mamá! —gritó el niño en urdu.

El viejo dedicó una sonrisa a la mujer, pero ella esquivó su mirada y, en cambio, miró con expresión severa a su hijo, que obedeció y se marchó trotando hacia ella. Cuando se volvieron, los ojos de la mujer pasaron sobre él como si fuera invisible. Le entraron ganas de explicarle que no era un vagabundo, que él había participado en la construcción de aquella sociedad. Que él había pagado, había despilfarrado, había entregado cuanto tenía hasta que ya no quedó más que entregar salvo su puesto, su renuncia, su esperanza. Pero no tuvo fuerzas, estaba tan cansado que solo quería llegar a casa. Descansar, y luego ya vería. Era hora de que otros empezasen a pagar.

Mientras se alejaba, no oyó que el pequeño lo llamaba a gritos.

6

Comisaría General de Policía, Grønland,
8 de octubre de 1999

Ellen Gjelten levantó la vista hacia el hombre que acababa de entrar por la puerta.

—Buenos días, Harry.

—¡Joder!

Harry le dio una patada a la papelera que había junto a su escritorio y la estrelló contra la pared contigua a la mesa de Ellen, desde donde salió despedida rodando mientras su contenido se esparcía sobre el suelo de linóleo: borradores desechados de informes (el caso de asesinato Ekeberg), un paquete de cigarrillos vacío (Camel, tax-free), un cartón de yogur con sabor a melón de la marca Go’morn, el diario Dagsavisen, una vieja entrada de cine (del cine Filmteateret, película Miedo y asco en Las Vegas), una quiniela sin rellenar, una piel de plátano, una revista de música (el número 69 de la revista MOJO, de febrero de 1999 con una foto del grupo Queen en la portada), una botella vacía de refresco de cola (de plástico, medio litro) y un post-it amarillo con un número de teléfono al que, durante un rato, había estado pensando si llamar o no.

Ellen apartó la vista del ordenador y examinó el contenido diseminado por el suelo.

—Pero, Harry, ¿has tirado el ejemplar de MOJO? —le preguntó.

—¡Joder! —repitió Harry mientras se quitaba de un tirón la ajustada chaqueta del traje y la arrojaba por los aires a través de los veinte metros cuadrados de despacho que compartía con la oficial Ellen Gjelten.

La chaqueta alcanzó el perchero pero se deslizó y cayó al suelo.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Ellen antes de extender el brazo para detener el balanceo del perchero.

—He encontrado esto en mi buzón.

Harry agitaba en la mano unos documentos.

—Parece una sentencia.

—Eso es.

—¿La causa de Dennis Kebab?

—Exacto.

—¿Y qué?

—A Sverre Olsen le ha caído un buen paquete. Tres años y medio.

—¡Vaya! En ese caso, deberías estar de un humor excelente.

—Y lo estuve, durante un minuto más o menos. Hasta que leí esto.

Harry le mostró un fax.

—¿Qué?

—Cuando Krohn recibió su copia de la sentencia esta mañana, respondió enviándonos una advertencia de que tenía intención de recurrirla por un defecto de forma.

Ellen puso cara de dolor de muelas.

—¡Vaya!

—Quiere que se revoque la sentencia. No te lo vas a creer, pero ese astuto de Krohn nos ha pillado en la prestación del juramento.

—¿En qué dices que os ha pillado?

Harry se acercó a la ventana.

—Los dos miembros del jurado popular solo tienen que prestar juramento la primera vez que hacen de jurado, pero han de hacerlo en la sala de vistas y antes de que comience el juicio. Krohn se dio cuenta de que uno de los miembros era nuevo. Y de que el juez no le había tomado juramento en la sala de vistas.

—Se dice «juramentado».

—Da igual. El caso es que ahora resulta que la sentencia dice que el juez había juramentado a la señora en la antesala de la sala de vistas, justo antes de que empezase el juicio. Atribuye la irregularidad a la falta de tiempo y a las nuevas reglas.

Harry arrugó y arrojó el fax, que describió un largo arco antes de caer a medio metro de la papelera de Ellen.

—¿En resumen? —preguntó Ellen al tiempo que, de una patada, enviaba el fax a la mitad del despacho que le correspondía a Harry.

—Que la sentencia se revocará como nula y que Sverre Olsen será un hombre libre durante medio año, como mínimo, hasta que se celebre un nuevo juicio. Y, en tales casos, suele aplicarse una pena mucho más suave en razón del perjuicio que el aplazamiento haya podido causar al enjuiciado, bla, bla, bla. Después de los ocho meses que ha pasado en prisión preventiva, es muy probable que Sverre Olsen sea, a estas alturas, un hombre libre.

En realidad, Harry no se dirigía a Ellen, que ya conocía todos aquellos detalles. Le hablaba a la imagen que de sí mismo le devolvía el cristal de la ventana; pronunciaba las palabras en voz alta para comprobar si así tenían más sentido. Se pasó las manos por la cabeza sudorosa que, no hacía mucho, cubría una capa de pelo rubio y corto. Que se lo hubiese cortado al cero se debía a una razón muy concreta: la semana anterior habían vuelto a reconocerlo. Un muchachote con una gorra de lana negra, zapatillas Nike y unos pantalones tan grandes que el tiro le llegaba por las rodillas se le había acercado mientras sus compañeros se agolpaban a unos pasos y le había preguntado a Harry si él era «el que hizo de Bruce Willis en Australia». Hacía ya tres años, ¡nada menos que tres!, desde que la fotografía de Harry salió ilustrando las primeras páginas de los periódicos, desde que Harry se puso en ridículo en los programas de televisión hablando acerca de los asesinatos en serie que había presenciado en Sidney. Harry fue y se rapó el pelo inmediatamente. Ellen le había sugerido que se lo afeitase.

—Lo peor de todo es que apuesto lo que quieras a que ese maldito abogado conocía la situación antes de que se hubiese dictado sentencia y pudo haber protestado para que la jurado pudiera prestar juramento en el momento y lugar adecuados. Pero se limitó a esperar sentado, frotándose las manos.

Ellen se encogió de hombros.

—Cosas que pasan. Un buen trabajo de la defensa, eso sí. Algo hay que sacrificar en el altar de la seguridad judicial. Venga, Harry, serénate.

La oficial pronunció aquellas palabras con una mezcla de sarcasmo y realismo.

Harry apoyó la frente en el cristal, que notó fresco. Hacía otro de aquellos días de octubre atípicos y calurosos. Se preguntaba dónde habría aprendido Ellen, aquella joven oficial de policía de cara pálida y bonita como la de una muñeca, de boca pequeña y ojos redondos, a hablar con tanto descaro. Era una niña bien que pertenecía a una familia burguesa, según ella misma confesaba, mimada como la hija única que era, hasta el punto de que había asistido a una escuela católica de Suiza, solo para niñas. Quién sabe, igual era una educación lo bastante dura.

Harry echó el cuello hacia atrás y respiró hondo al tiempo que se desabotonaba uno de los botones de la camisa.

—Más, más —susurró Ellen dando unas palmadas suaves, como marcando el paso.

—En los ambientes nazis se lo conoce como Batman.

—Perfecto. El bate de béisbol: «el hombre del bate».

—No, no me refiero al nazi, sino al abogado.

—Ah, ...