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POR UN PUñADO DE LETRAS

Javier Bernal

0


Fragmento

1

Martes 21 de abril de 2015, Lausanne, Suiza

Monsieur Mustafá, ¿desea que le acompañe alguien a su habitación?

—No, gracias, no es necesario. Conozco bien el camino, buenas noches.

Mustafá se alejó de la recepción por el resplandeciente suelo de grandes baldosas de mármol blanco adornadas con pequeños tacos negros en los vértices. Avanzó entre las numerosas columnas del lujoso vestíbulo en dirección al moderno ascensor de cristal verde incrustado en el hueco de la amplia escalera. Mientras subía a la segunda planta vio a dos hombres apostados discretamente en las esquinas del vestíbulo. Vestían traje oscuro, camisa blanca, corbata anodina y llevaban un diminuto receptor en la oreja.

El Beau-Rivage Palace, a orillas del lago Lemán, era probablemente uno de los hoteles más exquisitos y señoriales del mundo. Había sido seleccionado hacía poco por los gobiernos estadounidense e iraní como sede de las negociaciones del programa de desnuclearización del país persa y, aunque faltaba un mes para que las delegaciones iniciaran las conversaciones, desde hacía semanas la presencia de miembros de los servicios secretos de ambos países que maniobraban para sacar ventaja durante las reuniones era algo normal.

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Una vez en el segundo piso, caminó junto a la barandilla de madera con balaústre de hierro forjado y se dirigió hacia su habitación. Torció a la izquierda por el ancho pasillo y llegó a la puerta de la 232. El exclusivo establecimiento suizo conservaba la anticuada tradición de entregar la llave unida a un llavero de hierro de dimensiones desproporcionadas. Mientras la introducía en la cerradura, pasos cercanos rompieron el silencio. Inquieto, se apresuró a girar la llave, pero los nervios le impidieron atinar. Las pisadas sobre el parqué de madera se hicieron cada vez más sonoras, giró la cabeza y guio sus pupilas de un punto a otro con nerviosismo. Se estremeció al pensar que en cualquier momento alguien pudiera doblar por el pasillo y situarse detrás de él.

Sintió una gota de sudor cayéndole por la frente y, justo entonces, la cerradura cedió. Giró el pomo y se apresuró a entrar. Echó los pestillos y por la mirilla observó la sombra de un hombre que se acercaba. Llevaba traje y corbata, pero pasó de largo decidido sin que pudiera ver su rostro, dejando la huella sonora de las ruedas de una pequeña maleta similar a la que él utilizaba. Le extrañó, porque no había visto a ningún otro cliente en el vestíbulo y a esas horas de la noche los pasillos solían estar vacíos, pero hizo un esfuerzo por calmarse, no podía vivir con aquella tensión permanente. Seguro que se trataba de otro huésped, se dijo.

Mustafá al Said era cliente asiduo del majestuoso Beau-Rivage Palace. Aunque le fascinaba aquel palacio reconvertido en hotel, decidió que en adelante se hospedaría en un establecimiento más moderno, con mejores sistemas de seguridad. Enganchó la cadena que colgaba de la puerta, metió la llave en la cerradura y la giró. Solo entonces se sintió aliviado.

A continuación, inició el ritual que repetía en todos los hoteles en los que se hospedaba; fue al baño, abrió la pequeña maleta del equipaje de mano y sacó dos neceseres. Colocó uno en la repisa del lavabo, lo vació y situó todos los productos de aseo en fila sobre la encimera de mármol. Después abrió despacio la cremallera del segundo y sacó una Beretta 92, comprobó que estuviera cargada y le quitó el seguro; desdobló parcialmente una de las toallas blancas de mano del lavabo, puso el arma en el centro y la volvió a enrollar. Luego la dejó doblada en forma de cilindro de tal manera que por uno de sus lados pudiera meter la mano y coger la empuñadura del arma. La situó sobre la encimera.

Mustafá era un reconocido ingeniero civil en Túnez, su país natal, honrado y trabajador. No tenía familia, a excepción de algunos primos con los que no mantenía contacto. Durante muchos años se había dedicado con pasión a su profesión, diseñando grandes obras de infraestructuras. Su cometido en la vida cambió cuando recibió la llamada del gran Guía. Lo que este inicialmente le propuso fue un reto de ingeniería no muy complejo, pero que debía guardar en el más absoluto de los secretos. Mustafá completó el proyecto con éxito y discreción. Más adelante, cuando, tras ganarse enteramente su aprecio, el Guía le pidió que se convirtiera en su hombre de confianza para otros asuntos alejados de la ingeniería, no pudo negarse y su vida cambió para siempre. Aunque recibía por sus servicios importantes cantidades de dinero, lo que le motivaba era el sentido del deber y el orgullo de servir al Guía. Le profesaba verdadera devoción. Cuando escuchaba críticas a su persona y a los terribles actos de los que se le acusaba no las creía. Con él siempre se comportaba con exquisita educación; esas cosas eran manipulaciones de los gobiernos occidentales y de sus enemigos, se decía.

Todo cambió tras la violenta muerte del Guía. Mustafá huyó del país y se refugió en su casa victoriana del barrio de South Kensington de Londres, que solo abandonaba para viajes esporádicos a países lejanos y las estancias mensuales en Lausanne donde, además de resolver asuntos relativos a su patrimonio, disfrutaba del descanso y la paz que transmitía aquel maravilloso lugar. Sentado en la terraza del antiguo palacio, no se cansaba de admirar el espléndido paisaje. La visión del amanecer frente al lago y, tras él, las altas montañas de la cara norte de la cordillera de los Alpes suizos eran un verdadero regalo de la naturaleza. Por algo el selecto lugar había hospedado a aristócratas, estrellas del cine y de la música y a importantes magnates durante muchas décadas.

Pero ya nunca llegaba a relajarse por completo. Sabía que el secreto que guardaba desde la muerte del Guía era muy valioso y que había personas dispuestas a todo por conocerlo. Si la información caía en manos de esas mentes criminales, podría causar un inmenso daño, y Mustafá, ante todo un hombre bueno, no pensaba permitirlo. Él jamás se había aprovechado de nada, fueron las circunstancias y su sentido de la lealtad lo que le había llevado a esta situación, pero sentía una insoportable inquietud en cada viaje que emprendía. Por desconfianza descartó dirigirse a autoridades, pero quería dejar de ser el único guardián de aquel secreto. Tenía que ser astuto y encontrar la manera de cómo y cuándo hacerlo. No merecía esa vida en permanente tensión por proteger algo que no le pertenecía ni le interesaba.

2

Pasaban las once de la noche y sintió el estómago vacío, entonces recordó que no había cenado en el avión de Londres a Ginebra y llamó al servicio de habitaciones.

—Buenas noches, le habla Michelle. ¿En qué puedo ayudarle, monsieur Mustafá? —contestó en inglés con marcado acento francés una dulce voz.

—Buenas noches, Michelle. ¿Podrían subirme un sándwich club, por favor?

—Sí, por supuesto, monsieur Mustafá. ¿Quiere algo más?

—Agua mineral sin gas.

—¿Alguna marca en especial?

—Fiji estará bien.

—De acuerdo, monsieur.

—Perdone, señorita Michelle. Sin beicon, por favor.

—Por supuesto —dijo sin apuntar nada, pues tenía registrado en la ficha del cliente que Mustafá era musulmán y no comía cerdo—. Tardará media hora.

Mustafá calculó que disponía de tiempo para darse una ducha. Entró en el baño, abrió los grifos y dejó correr el agua hasta que estuvo a la temperatura ideal. Entonces giró la clavija de paso hacia la posición de ducha. El ruido de la fina lluvia de agua al rebotar sobre la bañera le hizo consciente del silencio absoluto que reinaba en la habitación y en toda la planta.

Tras refrescarse, se secó con una de las grandes toallas bordadas con el anagrama del palacio en hilo dorado, y, siguiendo su costumbre, se puso la bata de seda que nunca faltaba en su equipaje. Minutos después, sentado en una cómoda butaca tapizada en color pistacho, conectó el iPad, al que se había hecho adicto. Navegó por internet y consultó los correos electrónicos, solo tres mensajes nuevos; dos spam, que envió directamente a la papelera, y un tercero de su médico en Londres que le recordaba que se tomara las últimas pastillas que le había recetado para el corazón. La salud de Mustafá se había deteriorado en los últimos años. El doctor Bayes, uno de los pocos amigos que le quedaban, lo achacaba a la genética y a sus setenta años; sin embargo, él sabía que la tensión de vivir en permanente alerta por el secreto que guardaba estaba minando su salud.

Entró en diversas páginas de noticias y finalmente seleccionó la app del New York Times. Aunque a su juicio la línea editorial del rotativo estaba corrompida por su dependencia de los poderes económicos y políticos occidentales, consideraba que tenía buenos periodistas con excelentes fuentes que escribían artículos de interés, así que no pasaba ningún día sin revisar sus contenidos. De pronto, un titular le dejó atónito. De ser cierta la afirmación, iba a generar un gran impacto. Acomodado en el asiento, devoró en segundos el artículo que citaba como fuente de la noticia Presstalk, un nuevo periódico digital; sin pensarlo clicó dos veces sobre ese nombre. Una vez en el portal de Presstalk, procedió a leer con gran interés la exclusiva en su versión original. Parecía que los autores estaban muy bien informados y disponían de pruebas irrefutables. Al terminar se quedó unos momentos en silencio, pensativo, muy concentrado. Buscó en la parte inferior de la web y clicó sobre el icono de «¿Quiénes somos?». Se abrió una nueva página en la que pudo leer: «Presstalk es un periódico de investigación, independiente, que se financia con recursos aportados por los socios y pequeñas donaciones de sus lectores». Entonces esbozó una leve sonrisa.

Se levantó muy decidido y cogió el móvil que reposaba sobre el elegante escritorio de madera en una de las esquinas de la habitación. Abrió la cuenta de Gmail y escribió un mensaje, apenas una frase y, a continuación, letra a letra, el nombre del destinatario. Se acercó de nuevo al iPad y comprobó que había transcrito correctamente la dirección del correo electrónico de Presstalk. Dudó por un instante, pero tras unos segundos optó por no enviarlo. Guardó el correo en el archivo de borradores y el móvil en el bolsillo de la bata. Sentado de nuevo, miró la hora: ya habían pasado cuarenta minutos desde que pidió el sándwich; le extrañó, porque el servicio de habitaciones del hotel a esas horas de la noche acostumbraba a ser rápido. Abrió el pastillero de oro que había dejado sobre la mesita y sacó tres píldoras de diferentes colores y tamaños. Se las metió en la boca y dio un trago del botellín de agua cortesía del hotel. Entonces el silencio se quebró por el sonido de dos leves golpes en la puerta de madera maciza de la habitación. Se incorporó con decisión y se acercó a la entrada al tiempo que preguntaba mirando a través de la mirilla de la puerta:

—¿Quién es?

—Servicio de habitaciones.

Observó que la camarera era una mujer alta, pero su cara estaba tan cerca de la puerta que apenas pudo apreciar las facciones, solo vio con claridad el cabello negro oscuro impecablemente peinado.

—Adelante.

La mujer entró y empujó con decisión el carrito hasta el fondo de la habitación. Mustafá se acercó a la mesita de noche donde había dejado la cartera. Al girarse con un billete de cinco libras y verla de espaldas, algo le estremeció: el gemelo de la pierna derecha de aquella mujer tenía un volumen desproporcionado. Además, escondía bajo las medias negras de su uniforme un ostentoso tatuaje, un águila sobre un escudo, inapropiado para una doncella de un hotel de lujo. Le sobrevino un temor disfrazado de duda.

—¿No está hoy de servicio Sofía? —preguntó, a propósito, por una antigua empleada jubilada recientemente.

La camarera tardó en contestarle un instante más de lo que hubiera sido natural, y sin darse la vuelta, dijo con acento extranjero:

—Hoy no ha podido venir; estaba indispuesta.

Al oír aquello sintió un escalofrío.

—Disculpe un momento —dijo intentando mantener la calma. Se dirigió al baño, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella. Miró al techo. Un sudor frío le recorrió la piel.

El pánico le invadió y por unos segundos quedó absorto. Acto seguido tomó el móvil, recuperó de la carpeta de borradores el mensaje que hacía unos minutos había redactado y, esta vez sin dudarlo un instante, presionó con la yema del dedo índice el cuadrado de «enviar». Después dejó el iPhone sobre la encimera de mármol. Agarró la toalla enrollada en forma de cilindro, metió la mano por uno de los extremos y asió la empuñadura de la pistola. Entonces respiró hondo y, anegado en miedo, abrió la puerta del baño con la mano temblorosa.

3

Se topó con un ser tenebroso completamente calvo, con la tez cubierta con un exagerado maquillaje que cuando entró en la habitación no le había dado tiempo a apreciar. Vio en el suelo la peluca negra. El sombrío personaje aprovechó esos segundos de desconcierto y pavor para agarrarle por el cuello y hacerle una sencilla llave de lucha. La pistola y la toalla cayeron de la mano de Mustafá, que jamás había disparado un arma. La presión sobre la nuez le cortó la respiración y cayó al suelo sin sentido.

Cuando volvió en sí, lo que vieron sus ojos lo dejó aterrado. El hombre, vestido con una camiseta gris y todavía las medias negras sobre la ropa interior masculina, estaba sentado a su lado y le miraba fijamente. Se percató de que no podía cerrar el ojo derecho porque le había pegado el párpado a la ceja con una pequeña tirita. Tampoco podía pedir auxilio al tener un pañuelo metido en la boca y una mordaza atada al cogote y apretada con fuerza entre sus labios. Frente a él, la cara imberbe de aquel ser de ojos azules y nariz y labios finos, exageradamente pintados en un tono granate que ahora resultaba grotesco, le estremeció. Se maldijo por no haber comprobado con rigor la identidad de la camarera antes de abrir la puerta. Las precauciones que siempre había tomado en los últimos tiempos no le habían servido de nada por un solo descuido. Pero ya era demasiado tarde.

El tétrico personaje mantuvo silencio como para dar tiempo a Mustafá a asimilar su situación. Intentó mover los brazos, pero los tenía sujetos a su espalda. Estaba atado de pies y manos a la butaca en la que había estado sentado antes. Giró levemente la cara y, aterrado, observó que del carrito utilizado por el servicio de habitaciones habían desaparecido el cubreplatos, los cubiertos y la servilleta. Sobre él, aquel macabro individuo había dispuesto varios cuchillos de diversos tamaños, perfectamente ordenados según el ancho de sus afiladísimas hojas que destellaban amenazadoras. Imaginó la tortura inminente y se preparó para lo peor. Sabía perfectamente qué quería aquel individuo, pero no pensaba hablar. Había guardado durante mucho tiempo el secreto y evitado que cayera en malas manos y así debía seguir. Él era un hombre de paz, jamás se había imaginado en una situación así. Sin embargo, lo que más le horrorizaba no era la imposibilidad absoluta de defenderse al tener las extremidades fuertemente atadas impidiéndole mover un músculo, tampoco la visión de aquel carrito con los cuchillos, lo que de verdad le espeluznó fue aquel ser de helada mirada azul que parecía no tener alma. El torturador no se había tomado la molestia de cubrirse la cara, lo que le hizo pensar que iba a ser el último día de su vida.

—Mustafá, podemos hacer esto muy desagradable o muy fácil —dijo el hombre con voz serena—. Lo sabemos todo, solo nos tiene que decir el lugar.

Le hablaba en plural, como si hubiera alguien más en la habitación que él no podía ver. El sudor frío empezó a recorrer de nuevo su frente, cada vez más horrorizado. La imposibilidad de parpadear con el ojo derecho se hacía insoportable.

—Está bien, empecemos —dijo el individuo sin inmutarse. Giró hacia la izquierda y cogió el cuchillo de hoja más ancha, el similar a los usados por los carniceros para cortar grandes piezas de carne. Lo levantó con parsimonia para que Mustafá pudiera observar sus movimientos, después pasó la yema de un dedo por la hoja como para comprobar lo afilada que estaba. Le agarró la mano derecha a Mustafá, separó el meñique del resto y lo colocó sobre el reposabrazos de la butaca. Aproximó despacio la hoja hasta posarla sobre la piel y ejerció una leve presión. Entonces, sin perder la calma, dijo—: Todavía está a tiempo de evitarse inútiles sufrimientos. Dígame, ¿dónde está?

Mustafá negó con la cabeza, cerró el párpado del ojo izquierdo pero no pudo hacer lo mismo con el derecho con el que irremediablemente iba a presenciar el macabro acto. Tragó saliva y se revolvió inútilmente en la butaca. El individuo separó el cuchillo dos palmos y lo bajó con violencia. Antes que la señal del dolor llegara a su cerebro, Mustafá oyó el chasquido al quebrarle la falange. Siguió un dolor indescriptible. La sangre salpicó en todas direcciones y manchó la camiseta de su verdugo, que se lamentó con gesto de desagrado.

—¿Me dirá ahora lo que quiero saber?

Mustafá empezó a temblar y una tos ahogada extremó el color rojizo de su cara. El sádico ejecutor no tardó en entender lo que estaba ocurriendo. Rápidamente le quitó la mordaza de la boca y al ver que seguía asfixiándose, le empujó con violencia hasta tumbar la butaca y de inmediato inició un enérgico masaje sobre su pecho presionando con las manos entrelazadas. Fue inútil, el corazón de Mustafá se había parado para siempre. Tapó el cuerpo con el suave edredón que cubría la cama. Sacó de debajo del carrito del servicio una pequeña maleta y un portatrajes y se dirigió al lavabo. Allí inició el proceso de limpieza meticulosa de su cara y manos manchadas de sangre. Cuando cogió la toalla para secarse, el móvil de Mustafá cayó al suelo. Sus labios dibujaron una fina sonrisa, lo recogió y lo guardó en el maletín.

Minutos más tarde salía de la habitación 232 un hombre de cabello y barba canosa arrastrando un maletín con ruedas con porte distinguido. Vestía un elegante traje oscuro entallado, camisa blanca con gemelos de plata, corbata verde con pequeños topos rojos y pequeñas gafas de forma rectangular y montura de cristal trasparente, tras los que se apreciaba perfectamente el azul cristalino de sus ojos.

4

Las agujas del viejo Omega de cuerda marcaban las doce. Al darse cuenta de que no había cambiado al huso horario americano, separó unos milímetros la corona de la elegante caja de oro y las giró, hasta situarlas sobre las seis. Pablo llevaba casi veinticuatro horas trabajando sin interrupción, aunque su aspecto no delataba el extraordinario esfuerzo que estaba realizando. Desde que la tarde del día anterior aterrizara en el aeropuerto internacional John F. Kennedy, tan solo había hecho una breve interrupción durante la madrugada para pasar por el apartamento de la calle Chrystie, darse una ducha, echarse un par de horas en la cama y volver a la redacción del periódico. Sin embargo, el entusiasmo por el momento que estaba viviendo le mantenía despejado.

Desde su despacho acristalado, situado en una de las esquinas del loft del neoyorquino barrio de Nolita en el que él y Ryan, su amigo y socio, decidieron seis meses atrás instalar la redacción de Presstalk, podía ver prácticamente a todo el equipo del periódico; no llegaba a treinta personas entre fijos y free lance, periodistas de diversas edades y orígenes que compartían un compromiso absoluto. Se respiraba orgullo propio de formar parte de un proyecto. Tan solo unas horas antes habían publicado la primera gran exclusiva. Todos eran conscientes de que aquella noticia iba a ser de las más impactantes del momento e incluso podría tener repercusiones geopolíticas a nivel internacional. Las visitas a la página principal se habían multiplicado. Se sucedían las llamadas de otros medios desde todos los rincones del planeta; querían conocer más detalles sobre el sorprendente hecho publicado y saber quién estaba detrás del joven periódico digital y su sensacional investigación.

Ryan entró en el despacho. También había pasado la mayor parte de la noche anterior en la redacción, pero, en su caso, las prominentes ojeras y la palidez sí delataban cansancio.

—¿Has visto los últimos datos de visitas?

—No.

—Hemos llegado al millón.

—¡Joder! —exclamó Pablo utilizando el vocablo en castellano que Ryan a aquellas alturas ya entendía perfectamente.

—Se han disparado desde hace dos horas, en el momento en que el New York Times ha publicado en su edición digital la noticia sobre la exclusiva, incluyendo un link a nuestra web. Está muy bien, ¿la has leído?

—Todavía no —dijo Pablo al tiempo que escribía sobre el navegador de la pantalla del iPad la dirección del rotativo neoyorquino. Enseguida encontró lo que buscaba:

El líder del Estado Islámico oculta gran fortuna en paraísos fiscales

Según investigación realizada por el periódico digital Presstalk, Abbud al Quarzir, fundador del autodenominado Estado Islámico, acumula una fortuna, en torno a los doscientos millones de dólares, en diversos paraísos fiscales, administrada por su segunda mujer. El líder del ISIS lleva meses lucrándose de importantes comisiones generadas por la venta de petróleo proveniente de campos de explotación petrolíferos situados en territorio iraquí bajo control del Estado Islámico y transportado por convoyes fantasma. Toda la ruta en territorio iraquí la realizan bajo protección de yihadistas del propio Estado Islámico. La exclusiva mundial ha sido publicada por el joven periódico digital Presstalk.

Tras leer el titular y los primeros párrafos de la noticia, entusiasmado, hizo doble clic sobre ella. El artículo hasta ese punto era magnífico para Presstalk, el New York Times les mencionaba de manera destacada en el subtitular como la fuente original de la noticia.

La información se conoció gracias a la declaración y presentación de pruebas por un testaferro que actuaba en nombre de la segunda mujer de al Quarzir. No han trascendido los motivos que le llevaron a poner en conocimiento de Presstalk los documentos que acreditan la verdadera titularidad de los bienes y cuentas. Las pruebas certifican el cobro de comisiones durante al menos los dos últimos años, y muestran cómo los fondos eran desviados a las cuentas en paraísos fiscales controladas indirectamente por el líder del grupo a través de su segunda mujer. Según esta información estos bienes eran manejados por al Quarzir de manera privada y los mantenía opacos a los responsables de las finanzas del estado terrorista. La noticia ha sorprendido a la opinión pública y causado especial revuelo en instancias políticas. La oficina de comunicación del gobierno en Washington no ha querido confirmar ni desmentir la información. Simplemente han manifestado desconocer de dónde había surgido y la veracidad de la misma, declinando hacer cualquier comentario adicional.

Al ser imposible contactar con miembros del Estado Islámico, se desconoce si habrá generado algún tipo de reacción entre sus seguidores. Sin embargo, portavoces de grupos simpatizantes no han dudado en calificarla de falsa y como una manipulación de los medios en un episodio más de la guerra declarada por Occidente contra el ISIS, en un intento de desprestigiar la figura de al Quarzir, su sanguinario y carismático líder.

En cualquier circunstancia, la autenticidad de los documentos presentados por el testaferro a los periodistas de Presstalk, a los que este periódico ha tenido acceso, hace suponer que la noticia podría tener repercusión entre los simpatizantes del grupo a medida que trasciendan más datos. Periodistas de Presstalk han entrevistado al citado testaferro, que en la actualidad y por razones de seguridad se encuentra en paradero desconocido, pero no ha trascendido ningún dato sobre su persona.

La noticia de la que se hace eco este periódico la dio a conocer en exclusiva durante el día de ayer el periódico digital Presstalk, fundado hace tan solo seis meses por dos jóvenes periodistas: Pablo Azcárraga, de nacionalidad española, y Ryan Mulkin, estadounidense. Este medio facilita que cualquier persona pueda enviar a sus servidores de correo de forma anónima pruebas sobre hechos delictivos, manipulaciones o denuncias aportando documentación; para ello sus sistemas informáticos cuentan con robustas medidas de seguridad. Presstalk tiene como norma no publicar ningún documento o información que no hayan investigado previamente, dado que no pretende ser una red de difusión de información clasificada tipo WikiLeaks, sino una plataforma de periodismo independiente.

Cuando Pablo terminó la lectura sintió gran satisfacción. Levantó la vista hacia su amigo con una sonrisa.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó este.

—Ahora que lo leo en la página del New York Times es como si fuera oficial. Es increíble, Ryan, pero casi sin darnos cuenta nuestro sueño… —se le quebró la voz por la emoción.

—Sí, es una realidad. ¿Por qué no bajamos a tomar un café antes de que se te caiga una lágrima? —invitó Ryan.

—Ja, ja. Ok, nos vendrá muy bien.

5

Trece años atrás el destino había querido que Pablo y Ryan compartieran dormitorio en el campus de la Universidad de Columbia de Nueva York.

Pablo era un alumno insólito; en primer lugar, porque era el único español que estudiaba periodismo en la universidad del Upper West Side de la ciudad de los rascacielos. Su aspecto delataba sus raíces: cabello negro largo, enmarañado, bien despeinado hacia atrás y que parecía adosado a las mandíbulas por unas largas patillas exageradamente anchas. Era de planta recia y la intensa mirada de sus grandes ojos negros destacaba entre la anodina delicadeza del azul americano. El éxito entre las compañeras no se hizo esperar. A él, que era más de tomarse la última copa con un amigo antes que de intentar conquistar alguna insinuante chica, le sorprendía lo descarado de su actitud. Pablo disfrutaba de ello, pero lo que le motivaba de verdad era el hecho de estar allí estudiando la licenciatura y la posibilidad de cumplir un sueño: llegar a ser un buen periodista. Se esmeraba en preparar las clases y su espontaneidad y cordialidad, además de su temperamento, siempre en rebelión defendiendo causas justas con vehemencia, le otorgaban un liderazgo natural en las aulas, así como cierta fama de liberal progresista.

Ryan era un estudiante de aspecto frágil y carácter intelectual, con gafas de pequeños cristales redondos al estilo John Lennon que le conferían el aspecto de persona culta muy estudiada. Posiblemente era el alumno más cultivado del campus, amante de la lectura: ficción, ensayo, poesía… Todo parecía interesarle, aunque su verdadera pasión era la filosofía. Por las noches prefería quedarse en su habitación leyendo que salir a disfrutar de los placeres de Nueva York. Siempre se excusaba ante sus compañeros diciendo que él era de allí, conocía bien la ciudad y no necesitaba exprimirla como ellos.

En la habitación que el azar les llevó a compartir en el campus durante el primer año de sus estudios, Ryan leía y escribía hasta altas horas de la noche, mientras que a Pablo por contra le gustaba dormir temprano y madrugar. El joven español era un devoto del deporte; el único movimiento que Ryan ejercitaba con constancia y disciplina era el del antebrazo derecho, arriba y abajo, para dar caladas a sus Marlboro Light. Pablo era buen comedor, no dejaba pasar el mes sin homenajearse en el restaurante de carne Smith & Wallonsky con chuletón de cuatrocientos gramos acompañado de un buen cuenco de patatas fritas; Ryan por su parte estaba condenado a convertirse en vegetariano. «Se te ve venir», le decía Pablo con sorna, como si fuera un defecto.

Sin embargo, pese a esas diferencias, compartían algunos de los rasgos más determinantes para la profesión a la que querían dedicar sus vidas: gran capacidad de observación, curiosidad infinita, obsesión por el rigor y honestidad. Quizá fue eso lo que hizo que de inmediato surgiera entre ellos una química extraña, casi imposible, que con el tiempo se convirtió en amistad inquebrantable. Tanto fue así que tras ese periodo inicial de aterrizaje en la vida universitaria decidieron alquilar un pequeño apartamento en el Upper West Side, cerca de la universidad. Ryan, hombre pausado, no entendía cómo Pablo encontraba tiempo para todo: los estudios, los entrenamientos y partidos de fútbol, las citas con las chicas, las salidas con los amigos…

Así fue cómo en las primeras vacaciones de verano Pablo invitó a Ryan a España. Dedicaron quince días a viajar por diversos lugares del país. El amigo americano quería conocerlo todo y se documentaba con rigor. En ocasiones, a Pablo le daba la impresión de que Ryan conocía más detalles de los que les proporcionaban los guías que contrataban. Visitaron Barcelona, Sevilla, San Sebastián, Toledo, Santiago de Compostela… una auténtica maratón que acabó en Madrid, donde, saturado ya de jamón, berberechos, mariscos y paellas, Ryan exigió un poco de cultura. Visitaron los museos de la ciudad con paradas de avituallamiento en algunos de los clásicos cafés de Madrid, como el Gijón.

Aquel viaje consolidó su amistad, que además entendían de manera muy similar.

Muy pronto, en largas conversaciones de sobremesa, imaginaron cómo sería el periódico que algún día les gustaría fundar.

6

Salieron de la redacción y se dirigieron hacia el Epistrophy Cafe, situado en el cruce de la calle Mott con Spring. Antes de entrar Ryan sacó un cigarrillo y lo encendió; Pablo, como siempre, le acompañó mientras lo fumaba. Ambos sentían lo especial del momento por el que estaban pasando y lo saborearon en silencio. Fue Ryan el que, ya dentro del local, habló:

—Cuando estaba leyendo el NYT sobre nuestra exclusiva vi otro artículo titulado The Snow Fall firmado por John Branch; es buenísimo, lo tienes que leer.

—¿Por qué?

—Contiene lo que deberían tener los artículos del futuro.

—¿Y de qué va?

—Sobre una gran avalancha que se produjo en Tunnel Creek en febrero.

—Pero ¿qué tiene de especial? —preguntó interesado Pablo.

—Muestra un vídeo de la avalancha, en el que se ve a una esquiadora que quedó atrapada en la ola de nieve, después la entrevistan tras salir del hospital y también al equipo de rescate. Además describen la estación de esquí presentando sus pistas con gráficos muy atractivos. También fotografías en blanco y negro de otro suceso ocurrido allí hace muchos años. Todas las imágenes y testimonios unidos por un hilo conductor muy bien construido por el periodista, como si se tratara de la trama de una novela; es excelente, tenemos que ir hacia ese tipo de artículo multimedia en nuestros reportajes.

—No estoy seguro de que al líder del Estado Islámico le hubiera apetecido que le entrevistáramos y le grabáramos hablando de su fortuna oculta, más bien me da que habría preferido sacarnos él a nosotros vestidos con el mono naranja antes de cortarnos la cabeza —dijo Pablo.

—Ja, ja, ja. Sí, pero ¿el testaferro? Le deberíamos haber grabado con la cara cubierta, y también la fachada del banco suizo en el que guarda el dinero. Bueno, tú mírate ese artículo cuando subas a la redacción y me entenderás —añadió Ryan.

De pronto Pablo, apurando los últimos sorbos del café machiatto —lo más parecido que había encontrado al cortado de Madrid—, recordó algo:

—Vamos a la redacción, tengo que hablar con Alejandra. Con todo el lío de la exclusiva no he podido hacerlo desde que llegué y se hace tarde para llamar a Madrid.

—¿Qué tal está? —dijo Ryan mientras pedía la cuenta a una joven camarera.

—Bien, trabajando muchas horas al día en una firma de abogados, de esas que se hacen llamar grandes y explotan a los empleados a cambio de escalar en la organización.

—Pobre, a ver si aguanta.

—Aunque aparente fragilidad tiene una voluntad de hierro y mucho carácter, pero está un poco harta. Sin embargo, de lo que se queja es del poco tiempo que pasamos juntos, sobre todo desde que lanzamos el periódico, por tantas horas de dedicación aquí y en Madrid, ya sabes.

—Es que esto del periodismo no es un trabajo, es una forma de vida —apuntó Ryan—, difícil de conciliar salvo que tu pareja te siga a ti. Quizá os lo tendríais que plantear.

—¿Ella dejarlo y seguirme? Si ni yo sé dónde vivo. De cualquier manera, estos meses han sido especiales y las últimas semanas, con la preparación y el lanzamiento de la exclusiva, una locura, pero a futuro mejorará —concluyó Pablo tratando de convencerse a sí mismo.

—¿Por qué no te la llevas a una escapada el fin de semana cuando vuelvas a Madrid? Seguro que a una distancia razonable encontrarás algún bonito lugar donde pagar tus culpas. ¿París?

—Pues es una buena idea, más aún teniendo en cuenta que justo antes de irme tuvimos una intensa discusión.

—¿Algo de importancia?

—Fue por una tontería, que si hubiera estado en Madrid lo habríamos resuelto sin más, pero… cuando te pasas las semanas yendo y viniendo terminas por enfadarte por chorradas que se magnifican; el problema en realidad es el hecho de separarse continuamente —dijo Pablo al tiempo que se adelantaba a su amigo ofreciendo un billete de diez dólares a la camarera con una sonrisa.

—¿Cuánto tiempo hace que salís?

—Cinco años. Nos conocimos cuando yo trabajaba con la agencia internacional de noticias como reportero de guerra.

—Pues en aquella época tampoco os veríais mucho.

—Es verdad, yo siempre andaba viajando por lugares en conflicto, pero, aunque ella lo pasaba mal, me apoyaba siempre. Era muy consciente de que el periodismo me tenía secuestrado. Cada vez que volvía de uno de mis viajes vivíamos breves e intensas lunas de miel en las que los minutos no transcurrían, eran destellos de felicidad. Las inquietudes, los amigos, las penas y las risas, todo era de los dos.

Ryan vio cómo la mirada de Pablo se llenaba de ternura, parecía estar hablándose a sí mismo. Nunca lo había escuchado hacerlo así, con tanta sinceridad, sobre los sentimientos por su novia, por lo que muy atento siguió escuchándole…

—Con ella he entendido lo de estar hecho uno para el otro. Es curioso, aunque yo sea seis años mayor y con todo lo que he vivido, a veces pienso que ella es más madura, me transmite un sosiego difícil de explicar. No podría vivir sin ella. Ahora se lamenta no solo de que paso mucho tiempo en Nueva York, sino de que cuando estamos juntos mis pensamientos están en otra parte.

—¿Y es así? —inquirió Ryan.

—Seguramente. Durante la época en que trabajé como reportero de guerra, cuando estaba en Madrid me volcaba con ella. Quizá era una manera de evadirme y olvidar atrocidades que había visto y descrito. Pero ahora, desde el lanzamiento de Presstalk, ningún momento del día soy capaz de desconectar por completo.

—A mí me lo vas a contar.

Minutos después, al entrar en la redacción, Ryan comentó:

—Por cierto, si todavía te quedan fuerzas, esta tarde a las ocho y media voy a una exposición en la Agora Gallery; me ha invitado Mary Wo.

—¿Quién?

—Mary Wo Elliot, la amiga de la que te he hablado muchas veces, la que trabaja en Sotheby’s. No sé si a Alejandra le hará mucha gracia que te la presente pero…

—¡Joder!, Alejandra —exclamó en español Pablo, miró la hora y vio que eran ya las siete—. La una en Madrid, ¡mierda!, entre el periódico y tú vais a acabar con mi vida de pareja.

Pablo entró en el despacho y abrió la aplicación de Whatsapp, y comprobó que Alejandra no le había enviado ningún mensaje. No le sorprendió, cuando discutían dejaba de hacerlo. Seleccionó «Alejandra» en la pantalla de llamadas anteriores de su móvil. Desde la época en que ejercía de reportero, ella siempre lo dejaba encendido, sentir su voz era la mayor satisfacción que podía tener y no sabía nunca en qué momento la podría llamar. Le ilusionaba recibir sus llamadas a cualquier hora del día o de la noche. Cuando, tras varios tonos, Pablo escuchó el mensaje de aviso de que el número marcado se encontraba apagado o fuera de cobertura, sintió el viento frío del desapego.

7

La Agora Gallery estaba en el número 530W de la calle veinticinco en el barrio de Chelsea. Con la excusa de que era mejor aguantar despierto hasta después de cenar para acostumbrarse al cambio de hora, Ryan convenció a Pablo para que le acompañara a la exposición de la prestigiosa galería de arte contemporáneo. Las salas estaban repletas de invitados que apenas dejaban ver el suelo de madera que tapizaba la estancia. Las paredes blancas y los techos surcados por tuberías al descubierto pintadas del mismo color que atravesaban los tabiques conferían una claridad que invitaba a apreciar el arte. Se trataba de una recepción para inaugurar la exposición: Enigmatic Realism de artistas de muy diversos estilos: Lisa Froment, Ole Gahms, Alan Mckee y Daniel S. Solloway. En un momento Ryan desvió su trayectoria y se separaron. Pablo se detuvo a observar un lienzo expuesto en la sección de Solloway. La obra poseía un colorido vigoroso y formas atrevidas tras las que se podían entrever caras, peces y ojos, o simplemente apreciar la estética del conjunto. Pablo no tenía una especial sensibilidad por el arte, fue Alejandra la que le invitó a acudir a exposiciones en Madrid, clásicas y contemporáneas, y quien despertó en él interés por la pintura. Pensó en cuánto le gustaría a ella estar observando aquellas obras. Cuando estaba lejos por el trabajo, en los momentos en que interrumpía la actividad siempre se acordaba de ella. Daba igual que fuera tomando un perrito caliente en la calle o en una cena en un buen restaurante. Sentía como si disfrutar de esos instantes sin su presencia fuera robar esas sensaciones al amor que compartían.

De pronto, entre la multitud de invitados, apareció.

Iba de la mano de Ryan y tiraba de él.

—¿Así que tú eres el famoso Pablo?

—Sí soy Pablo, aunque eso de famoso no sé de dónde lo has sacado… —Pablo miró a Ryan, quien se limitó a arquear las cejas, circunspecto.

Pablo extendió el brazo para darle la mano, que se quedó atrapada entre sus cuerpos cuando Mary Wo se acercó para darle un beso en la mejilla. Después se giró hacia Ryan:

—No me habías dicho que también era muy atractivo —dijo, y desplegó una amplia e irresistible sonrisa de dentadura blanca perfecta y escoltada por dos hoyuelos bajo los pómulos—. ¿Te gusta? —le preguntó Mary Wo mirando la pintura frente a Pablo.

—Sí, es muy impactante —dijo Pablo consciente de que sus escasos conocimientos no le permitían calificar de otra manera aquella obra contemporánea.

—Impactante. Umm, sí, puede ser. En realidad es un mar dubitativo —apuntó Mary Wo.

—¿Dubitativo? —interrogó Pablo.

—Sí, puedes ver las olas de múltiples colores y, si te fijas, observarás que los peces están quietos en ese mar revuelto. ¿Sabes por qué?

—Pues la verdad es que apenas había visto los peces como para darme cuenta de que estaban meditando.

—No, no meditan, piensan suspendidos en ese mar lleno de vida.

—Ya… —dijo Pablo algo desorientado.

—No te preocupes; sobre arte te puedo enseñar algo —dijo Mary Wo con su continua sonrisa.

Desde que la vio venir de la mano de Ryan, Pablo había sentido una deliciosa turbación. La forma rasgada de los ojos, los pómulos exageradamente marcados y aquellos gruesos labios en exótico equilibrio le conferían una exquisita belleza, pero lo que más le llamó la atención de ella era la luz. Mary Wo irradiaba luz por todos los poros de su piel. Ryan miró a Pablo con un gesto de complicidad, parecía leerle los pensamientos. Pablo le susurró en español al oído:

—Eres un cabrón.

Ryan había obtenido varios créditos en lengua castellana en la universidad y Pablo se había encargado de enseñarle el habla coloquial y las palabras malsonantes más usadas, así que entendió perfectamente el comentario de su amigo y soltó una carcajada al tiempo que se ajustaba la montura de sus gafas en un gesto muy suyo.

—¿Se puede saber qué os pasa? —preguntó Mary Wo.

—Nada, querida. Cosas de viejos amigos. ¿Por qué no vamos a cenar algo? —dijo Ryan—. No hemos comido nada consistente desde…

—El desayuno —apuntó Pablo.

—Un hombre para estar sosegado necesita sexo y buena comida, así que será mejor que encontremos un restaurante antes de que me deis la noche —dijo Mary Wo entre las risas de los dos amigos—. ¿Conocéis el Lafayette? Está cerca de aquí.

8

Ya sentados en la mesa y compartiendo unos deliciosos calamari como entrante, Pablo preguntó:

—Y vosotros ¿de qué os conocéis?

—Nos presentó Clara —dijo Ryan.

El semblante de los tres se ensombreció al escuchar el nombre de la fallecida novia de Ryan.

—Ah, ya —masculló Pablo.

Mary Wo intervino rápidamente:

—Las dos estudiamos bellas artes en Princeton, después alquilamos nuestro primer apartamento al llegar a Manhattan…

Pablo observó el brillo en los ojos de ambos y cambió de tema.

—¿Y qué haces en Sotheby’s?

—¿Cómo sabes que trabajo allí? —dijo Mary Wo al tiempo que se giraba hacia Ryan y añadía—: Y tú ¿por qué le vas contando mi vida a desconocidos?

—Ja, ja, ja, no le he contado tu vida, Mary, solo que trabajas en esa casa de subastas —contestó Ryan.

—Cuántas veces tendré que decirte que me llamo Mary Wo.

—Ah, pero, entonces ¿Wo no es apellido? —preguntó Pablo.

—Vamos a ver si nos organizamos, chicos, ¿qué queréis saber primero? ¿Qué hago en Sotheby’s, si mi nombre es Mary o Mary Wo o cómo es posible que después de tantos años todavía soporte a tu amigo Ryan?

Entre las risas de todos prosiguió:

—En Sotheby’s soy catalogadora, que no estoy segura de que sepas lo que significa; mi nombre es Mary Wo, aunque tu colega a veces me llame Mary; una ocurrencia de mi madre para dar satisfacción al bisabuelo chino inmigrante al que, por supuesto, nunca llegué a conocer; y a Ryan lo aguanto porque aunque es una pesadilla, también es el ser más bondadoso y el hombre más culto que conozco, por lo que nuestras conversaciones suelen ser de lo más enriquecedoras, excepto, claro está, cuando se le ocurre presentarse con un periodista español con ganas de saberlo todo. —De nuevo sus risas llamaron la atención del resto de comensales del restaurante.

—Pues tienes razón, no estoy seguro de en qué consiste tu trabajo como catalogadora —dijo Pablo.

—En Sotheby’s, como en el resto de las casas de subastas, se reciben muchas colecciones privadas con piezas de arte de todo tipo. Los catalogadores evaluamos la obra y asignamos un posible valor de salida que después se discute con los propietarios.

—Parece interesante —dijo Pablo.

—Si te gusta el arte, desde luego; me considero afortunada por poder trabajar en este mundo.

La conversación discurría guiada por los comentarios ocurrentes de Mary Wo. Sentado frente a ella, Pablo la observaba con mucha atención. Era una mujer especial, divertida y resuelta, que te miraba con una concentración absoluta, como si estuviera leyendo más allá de las palabras.

Acabaron una botella de vino tinto. Una vez fuera del restaurante Ryan dijo que quería volver caminando a casa. Su apartamento estaba ubicado algo lejos, junto al río Hudson, por lo que tendría que cruzar prácticamente la isla.

—¿Estás seguro? ...