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PRIMAVERAS, TERREMOTOS Y CRISIS (COLECCIóN ENDEBATE)

Lluís Basset / Javier Solana

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Fragmento

1. La muerte de Bin Laden

LB: Junto a las revueltas árabes, sin embargo, la auténtica noticia del año es la desaparición de Bin Laden a pocos meses del décimo aniversario de los atentados del 11-S que le convirtieron en el mayor enemigo de Washington.

JS: Es otra noticia trascendental que exige un poco de ejercicio de memoria para situarla en perspectiva. Cuando se produjo el ataque en Abbottabad habían pasado casi tres años desde que se perdió la pista de Bin Laden en las montañas de Tora Bora. Todo empezó de nuevo al llegar Obama a la presidencia, que incluyó el tema entre sus prioridades. Recordemos que durante la campaña electoral, Obama había descalificado la guerra de Irak como una distracción de la lucha contra el terrorismo. Para evitar las críticas sobre su posible falta de compromiso militar, tomó Afganistán como su teatro de operaciones, lo que algunos denominaron su guerra, la guerra de Obama. La captura de Bin Laden era fundamental para el presidente. Saldaría su posición frente a Irak, permitiéndole iniciar la retirada de Afganistán con argumentos comprensibles para los ciudadanos estadounidenses. En agosto de 2010 recuperaron una posible pista que al final les condujo hasta él. De octubre a mayo —mucho se ha escrito ya sobre ello—, con enorme discreción y sigilo, se llevó a cabo una de las operaciones más complejas de la CIA en colaboración con las fuerzas armadas. Hay que recordar que el director general de la agencia era entonces Leon Panetta y el general al mando de Afganistán era David Petraeus: los dos personajes más implicados en el asunto aparte del presidente. Evitar cualquier filtración era imprescindible. La confianza en la cooperación con Pakistán era nula. Y aquí viene una de las decisiones políticas que más me han interesado sobre la frialdad de Obama en la toma de decisiones. El 28 de abril, el presidente anunció que en junio Leon Panetta sería nombrado secretario de Defensa y que el general Petraeus le sucedería en la dirección de la CIA. El anuncio de la salida de Gates como secretario de Defensa, aunque se sabía que había solicitado el relevo, causó una enorme sorpresa en los medios. Era una pieza clave por su responsabilidad en la retirada de las fuerzas de Irak y Afganistán, que podría producir roces con los militares, y en unos recortes presupuestarios en Defensa que son inexorables. La figura de Gates parecía idónea para los dos asuntos, por el respeto general del que disfrutaba y por ser el único republicano de su equipo que además había servido con Bush. Por supuesto, el asunto Bin Laden seguía fuera de las pantallas del radar mediático. Visto en perspectiva, y sabiendo lo que sabemos, no deja de sorprenderme la forma en que Obama gestionó los tiempos.

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LB: El anuncio se produjo exactamente tres días antes del ataque a la mansión de Bin Laden.

JS: En efecto, muy cerca de un posible desenlace del caso Bin Laden, el cambio que el presidente quería hacer en la estructura de seguridad estaba limitado por una consideración: si la operación tenía éxito, no quería que se interpretara como una recompensa a dos de los principales actores; si por el contrario era un fracaso, los nombramientos estaban anunciados, bien aceptados, y nadie se atrevería a criticarlos. No sé si esta interpretación es la correcta o no. Pero «se non è vero è ben trovatto». Como es sabido, la operación fue un gran éxito para Obama, no exenta de alguna crítica menor en Estados Unidos sobre la muerte de Bin Laden y mucho mayor fuera, sobre todo en Europa. A mí me cogió en Washington. Había cenado con el presidente y el vicepresidente de la Brookings Institution —Strobe Talbott y Martin Indyk, dos insiders de Washington—, con quienes había hablado de la agenda política internacional, la situación en Estados Unidos, y todo lo imaginable excepto Bin Laden. Recuerdo que llegué al hotel, encendí el televisor y empezaron a difundirse los rumores de una intervención del presidente y del tema que trataría. Llamé a Talbott por teléfono y estaba tan despistado como yo. Poco después Obama se dirigió a la nación para informar de la operación.

LB: Fue una acción militar de consecuencias difíciles de calibrar.

JS: Las consecuencias fueron múltiples. En el mundo islámico, con muy pocas excepciones, se impuso un sentimiento de alivio o liberación. Se suponía que al-Qaeda estaba debilitada —recordemos su falta total de protagonismo en las revueltas árabes— y este golpe podía dar al traste con ella. En el resto del mundo prevaleció un sentimiento similar matizado por la preocupación de una revancha in extremis de al-Qaeda. En el propio Estados Unidos la popularidad de Obama subió como la espuma. Recuerdo que alguien me dijo que si hubiera sido un fracaso, habría bajado para no recuperarse en largo tiempo, pero que un éxito le haría subir aunque duraría poco. Como era de esperar, la respuesta más dura vino de Pakistán. La forma en que su espacio aéreo fue violado con la utilización incluso de helicópteros casi indetectables (stealth), la noticia de que Bin Laden había vivido varios años en el mismo lugar donde se encuentra su Academia Militar, todo ello situó las relaciones entre los dos países bajo mínimos.

LB: No podemos olvidar la repercusión que tiene en los planes estadounidenses de retirada de Irak y Afganistán.

JS: Antes de dar por concluido este tema quisiera retomarlas figuras de Panetta y Petraeus. Durante esta etapa de la presidencia de Obama, las operaciones en Pakistán y Afganistán dieron un giro más allá del incremento de tropas (surge) en el país afgano. En la denominada lucha contra la insurgencia aumentó de manera espectacular la utilización de los drones, o aviones no tripulados, que cuentan entre sus ventajas con una gr ...