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RECETAS PARA AMAR Y MATAR

Sally Andrew

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Fragmento

1

Qué curiosa es la vida, ¿no? Me refiero al modo en que una cosa lleva a otra sin que una se lo espere.

Aquella mañana de domingo yo estaba en la cocina, removiendo la mermelada de albaricoque que tenía en la olla de hierro fundido. Era otro día de verano seco en el Klein Karoo, y agradecía la brisa que entraba por la ventana.

—Qué bien hueles —dije a la appelkooskonfyt.[1]

Cuando la llamo «mermelada» de albaricoque, suena a conserva de bote del Spar, pero si hablas de konfyt, ya sabes que es casera. Mi madre era afrikáner y mi padre inglés, y en mi interior se mezclan los idiomas. Distingo los sabores en afrikáans y discuto en inglés, pero si suelto una palabrota me paso otra vez al afrikáans.

La konfyt de albaricoque estaba quedando bien, traslúcida y espesa, cuando oí el coche. Añadí unas cuantas semillas de albaricoque y una ramita de canela a la mermelada; no sabía que aquel vehículo traía el primer ingrediente utilizado en una receta para amar y matar.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero puede que la vida sea como un río imparable, que se acerca o se aleja del amor y la muerte sin dejar de serpentear. En un continuo ir y venir. Sin embargo, aunque la vida fluye como ese río, muchas personas pasan toda su vida sin nadar. Yo me tenía por una de ellas.

El Karoo es uno de los lugares más tranquilos de Sudáfrica, por lo que es posible oír el ruido de un motor desde muy lejos. Apagué el fuego y tapé la olla. Aún me dio tiempo a lavarme las manos, quitarme el delantal azul, arreglarme el pelo frente al espejo y poner agua a hervir.

Entonces oí un frenazo y un topetón y supuse que sería Hattie. Es una conductora pésima. Me asomé a la ventana a escondidas y vi su Toyota Etios blanco pegado a un eucalipto del camino de entrada. Me alegré al ver que no había chocado contra mi vieja bakkie Nissan.

Saqué la melktert de la nevera. Harriet Christie es amiga mía y directora de la Klein Karoo Gazette, donde escribo una sección de recetas. No soy periodista; solo soy una tannie muy aficionada a cocinar y un poco a escribir. Mi padre era periodista y mi madre una excelente cocinera. No tenían mucho en común, así que me gusta pensar que en cierto modo los uno con mi sección de recetas.

Hattie iba vestida de domingo, con una falda y una chaqueta de color rosa. Los zapatos de tacón le bailaron un poco al pisar los huesos de melocotón que había en el sendero, pero por los adoquines no tuvo ningún problema. Aún siento cierta vergüenza cuando veo a alguien que viene de misa, porque yo no he vuelto a pisar la iglesia desde que murió Fanie, mi marido. Después de todos los años que pasé sentada a su lado en aquellos bancos de madera, tan modosita y de punta en blanco, escuchando la perorata del pastor para luego volver a casa y aguantar que Fanie siguiera pegándome, se me han quitado las ganas de ir a misa. Verme maltratada de esa manera ha hecho que ya no crea mucho en nada. Dios, la fe y el amor se fueron por la ventana durante los años que estuve con Fanie.

Desde entonces dejo las ventanas abiertas, pero nada de lo que se fue ha vuelto.

Y allí estaba Hattie, en mi puerta. No tuvo que llamar, porque siempre está abierta. Me encanta el aire fresco, el olor del veld con sus matorrales y su tierra seca, y los ruiditos que hacen mis gallinas cuando escarban en el estercolero.

—Entra, mi skat, entra —le dije.

Muchas señoras afrikáners dejaron de ser mis amigas cuando abandoné la NGK, la Iglesia Reformada Holandesa, pero Hattie es inglesa y va a St. Luke. Hay más de cuarenta iglesias en Ladismith. En St. Luke los blancos y los negros se sientan juntos sin problemas. Tanto Hattie como yo pasamos ya de los cincuenta, por lo demás somos distintas en muchos aspectos. Hattie es alta y delgada, con un cabello rubio muy bien peinado y cierto aire inglés. Yo soy baja y rellenita (demasiado sobre todo allí donde no toca), con rizos cortos de color castaño y un aire afrikáner desaliñado. Sus ojos son azules como una piscina, los míos verdes como una laguna. Sus zapatos favoritos son de tacón y brillan, yo prefiero mis veldskoene. Hattie no le da mucha importancia a la comida (aunque mi tarta de leche le encanta); en cambio, para mí cocinar y comer son dos de las mejores razones para vivir. Mi madre me transmitió la pasión por los fogones, pero hasta que descubrí la mala compañía que era mi marido no me di cuenta de la buena compañía que podía ser la comida. Habrá quien piense que es demasiado importante para mí; que lo piensen. Sin la comida, me sentiría muy sola. De hecho, sin ella estaría muerta. Hattie también es una buena compañía, y siempre nos alegramos de vernos. Es una de esas personas con las que puedes ser tú misma.

—Buenos días, Tannie Maria —dijo.

Me gustaba la forma en que a veces me llamaba «tannie», es decir, «tía» (aunque lo pronuncia con su acento inglés, como si rimara con «nanny», «niñera», cuando en realidad rima con «honey», «miel»). Se agachó para besarme en la mejilla, pero en su lugar besó el aire seco del Karoo.

—¿Un café? —le ofrecí. Entonces miré el reloj. A los ingleses no les gusta tomar café pasadas las once de la mañana—. ¿Un té?

—¡Sería genial! —respondió Hattie, aplaudiendo a lo Mary Poppins como hacía ella.

Pero, a juzgar por su cara, en realidad no parecía que estuviera tan genial. Tenía el ceño fruncido como las hojas de un gwarrie.

—¿Estás bien, skat? —le pregunté mientras preparaba la bandeja del té—. Pareces preocupada.

—Me encanta tu casa —dijo, dando unas palmaditas a la mesa de madera de la cocina—. Con pino de Oregón por todas partes y los muros de adobe tan gruesos. Es tan… auténtica.

Cuando Fanie murió, vendí la casa que teníamos en el pueblo y compré esta, en pleno veld.

—Es una casa de campo antigua bonita. ¿Qué te pasa, Hats?

Se le hundieron las mejillas, como si las palabras le cayeran por la garganta a toda velocidad.

—Vamos a sentarnos en el stoep —sugerí y llevé la bandeja hasta la mesa y las sillas de fuera.

Desde el porche se ve el jardín, con su césped, su huerto y sus árboles de todo tipo. Y al otro lado de la valla de madera baja está el largo camino de tierra que sube hasta mi casa, y el seco veld con sus matorrales y sus viejos gwarries. La casa más cercana se halla a unos cuantos kilómetros, escondida detrás de una koppie, pero los árboles son unos buenos vecinos.

Hattie se alisó la falda por detrás al sentarse. Intenté llamar su atención, pero su mirada recorrió el jardín de un lado a otro, como si siguiera el vuelo de un pájaro que fuera de aquí para allá. Una de mis gallinas de color marrón óxido salió de su lugar de reposo bajo un geranio y fue a picotear al estercolero. Pero esa no era el ave que Hattie observaba. La suya voló del limonero al huerto y luego fue dando saltitos de la planta de cola de lagarto a las campanillas amarillas una y otra vez. Yo oía cantos de pájaros por todas partes a nuestro alrededor, pero no veía nada allí adonde miraba Hattie.

—¿Ves algo entre las plantas del veld? —le pregunté.

—¡Qué calor, por Dios! —exclamó.

Sacó un sobre del bolsillo y se abanicó la cara con él.

—Déjame que te sirva un poco de tarta de leche.

Corté la tarta en trozos y puse un pedazo en cada plato.

—Eso es que tiene que llover —dijo.

Hattie seguía ahora al pájaro invisible como si este estuviera saltando de una punta a otra de la mesa. Le acerqué el plato.

—Es tu preferida —dije.

Intuía que Hattie tenía algo más que decir aparte de dar el parte meteorológico. Estaba colorada, como si tuviera algo picante en la boca, pero apretaba las comisuras de los labios sin dejar que se le escapara.

No era una persona tímida a la hora de hablar, así que no intenté meterle prisa. Serví té para las dos y contemplé el seco veld. Hacía mucho tiempo que no llovía. A lo largo del veld se extendían aquellas colinas bajas del Klein Karoo, subiendo y bajando ondulantes. Una tras otra, como un mar de piedra en calma. Cogí el pedazo de melktert y tomé un bocado. Estaba muy bueno; la vainilla, la leche y la canela combinaban a la perfección, dándole ese sabor tan reconfortante. La textura también tenía el punto exacto, con la masa cremosa y ligera y la costra fina y quebradiza.

Hattie miró el interior de su taza, como si su pájaro imaginario se hubiera metido en ella de un salto. Vi un ave de verdad a la sombra de un gwarrie, demasiado lejos para distinguir qué era. Me encantan esos viejos árboles. Los hay milenarios. Se ven nudosos y retorcidos, como si tuvieran codos y rodillas por todas partes, y sus hojas son muy oscuras y arrugadas.

Hattie se puso derecha y tomó un sorbo de té. Lanzó un suspiro. Para eso sirven los stoeps. Para tomar té, suspirar y contemplar el veld. Pero Hattie seguía mirando dentro de la taza.

—Riquísima —dije, comiéndome las últimas migas de la tarta que quedaban en mi plato.

Mi pájaro se acercó volando y se posó en una acacia espinosa. Era un alcaudón. Al acecho.

Hattie no tocó su tarta de leche, y yo ya no aguantaba más.

—Hattie, skat, ¿qué ocurre?

Después de tragar una bocanada de aire, puso un sobre encima de la mesa.

—Ay, Maria —dijo—. No traigo buenas noticias.

Noté que el té y la melktert se me revolvían un poco en el estómago.

2

No soy de las que tienen prisa por conocer las malas noticias, así que me serví más té y tarta de leche. Hattie aún se estaba tomando su primera taza de té, con una cara que daba pena. El sobre seguía allí, encima de la mesa, lleno de malas noticias.

—Es de la central —dijo, pasándose la mano por un nudo que tenía en la garganta.

Quizá se le hubiera atragantado la bocanada de aire.

Hattie no solía recibir noticias de la central. Pero cuando se comunicaban con ella era para decirle lo que debía hacer. En las gacetas de la comunidad se da, ¿cómo se llama eso?, la redifusión de contenidos. Cada periódico es independiente, y tiene que financiarse en su mayor parte mediante la publicidad, pero aun así deben seguirse las normas de la central.

El alcaudón bajó en picado al suelo desde la rama de la acacia espinosa.

—Maria, dicen que es absolutamente imprescindible que tengamos una sección de consejos —dijo Hattie.

La miré con el ceño fruncido. ¿A qué venía tanto revuelo?

—Como un consultorio sentimental —aclaró—. Con consejos sobre amor y cosas por el estilo. Dicen que eso aumenta las ventas.

—Ja. Podría ser —dije.

Seguía esperando la mala noticia.

—El caso es que no tenemos espacio. O el dinero para imprimir las cuatro páginas de más que necesitamos para añadir una sección. —Colocó las manos como un libro. Yo sabía cómo funcionaba eso. Se imprimían cuatro páginas a doble cara en una hoja de papel grande—. He intentado cambiar la maquetación, y ver qué podemos suprimir. Pero no hay nada. Nada en absoluto.

Me removí en mi silla. El alcaudón volvió volando hasta una rama con algo que había cogido.

—Los llamé el viernes —continuó Hattie— para decirles: «Sentimos no poder hacerlo, no ahora mismo». —La garganta se le encogió como una pajita de plástico—. Me dijeron que podíamos eliminar la sección de recetas.

Su voz sonó lejana. Yo observaba el alcaudón; llevaba una lagartija en el pico. Clavó su carne en un árbol espinoso blanco y grande.

—Tannie Maria.

Me pregunté si la lagartija seguiría viva.

—Yo me opuse, alegando lo mucho que les gustaba a los lectores tu columna. Pero me dijeron que la sección de consejos era innegociable.

¿Tendría el pájaro asesino intención de dejar allí la carne para que se secara y hacer biltong?

—Tannie Maria.

Miré a Hattie. Su rostro se veía tan crispado y abatido que parecía que fuera su vida la que estaba a punto de irse al traste, no la mía. Aquella sección de consejos era mi vida. No solo por el dinero. Claro está que necesitaba unos ingresos extras para subsistir; la pensión que me había quedado tras la muerte de mi marido no daba para mucho. Sin embargo la columna que escribía era la manera que tenía de compartir lo más importante que había para mí: la cocina.

Se me secó la garganta. Tomé un poco más de té.

—Le he estado dando vueltas —dijo Hattie—. Y he pensado que podrías ser tú la encargada de escribir la nueva sección, dando consejos sobre amor y cosas por el estilo.

Solté un resoplido. No fue un sonido agradable.

—¡Si yo no sé nada sobre el amor! —contesté.

En aquel momento una de las gallinas, la de plumas oscuras alrededor del cuello, atravesó el césped picoteando el suelo y sentí una especie de amor por ella. También me inspiraba amor el sabor de mi melktert, el olor a beskuits horneándose y el sonido de la lluvia que caía tras la larga espera. El amor era un ingrediente presente en todo lo que yo cocinaba. Pero los consultorios sentimentales no iban de tartas de leche ni de amor por las gallinas.

—Al menos no sobre ese tipo de amor —dije—. Y no soy quién para dar consejos. Deberías pedírselo a alguien como Tannie Gouws, que trabaja en CBL Hardware. Ella siempre tiene consejos para todo el mundo.

—Una de las cosas más maravillosas de ti, Maria, es que nunca das consejos si no te los piden. Pero lo que haces de fábula es escuchar. Es a ti a quien acudimos cuando tenemos algo importante que resolver. ¿Recuerdas cómo ayudaste a Jessie aquella vez que no tenía claro si irse o no a trabajar a Ciudad del Cabo?

—Recuerdo que le di koeksisters…

—La escuchaste y la aconsejaste de maravilla. Gracias a ti sigue estando aquí, con nosotros.

Negué con la cabeza y dije:

—Yo sigo creyendo que fueron los dulces.

—Se me ha ocurrido otra idea —dijo Hattie—. ¿Por qué no escribes un libro de cocina? Las recetas de Tannie Maria. Quizá pueda ayudarte a buscar una editorial.

Oí un aleteo y al levantar la mirada vi al alcaudón alejarse volando. Había dejado la lagartija clavada en el árbol espinoso.

Un libro no era mala idea, pero las palabras que salieron de mi boca fueron:

—Escribir un libro es una cosa solitaria.

Hattie alargó la mano para coger la mía. Pero yo dejé mi mano donde estaba.

—Ay, Tannie Maria —exclamó ella—. No sabes cuánto lo siento.

Hattie era una buena amiga. No quería hacerla sufrir. Le estreché la mano.

—Come un poco de melktert, Hats —le dije—. Está muy buena.

Hattie cogió el tenedor y yo me serví otro trozo. Tampoco quería sufrir. No tenía ningún motivo para sentirme sola. Estaba sentada en mi stoep con unas vistas preciosas del veld, una buena amiga y una tarta de leche de primera.

—¿Y si leo las cartas de la gente y les doy una receta que les sirva de ayuda? —sugerí.

Hattie se acabó el bocado antes de contestar.

—Tendrías que darles algún consejo.

—Serían consejos nutritivos.

—La gente escribirá contando sus problemas.

—Daré una receta distinta para cada problema.

Hattie pinchó el aire con el tenedor y dijo:

—¿La comida como medicina para curar el cuerpo y el alma?

—Sí, exacto.

—Tendrás que dar algún consejo, pero podría incluir una receta.

—«La columna de recetas y consejos sentimentales de Tannie Maria».

Hattie sonrió y su rostro volvió a ser el de siempre.

—Bendito sea Dios, Tannie Maria. No veo por qué no.

Y, dicho esto, apuró tenedor en mano el pedazo de melkert que tenía en el plato.

3

Así que fue en el stoep, con Hattie, donde decidimos hacer la «La columna de recetas y consejos sentimentales de Tannie Maria». La sección se hizo muy popular. Me escribía gente de todo el Klein Karoo. De las cartas con las que yo les respondía salieron las recetas incluidas en este libro: recetas para amar y matar. Y aquí estoy, escribiendo un libro de cocina después de todo, aunque no sea como yo me lo imaginaba.

Una cosa llevó a otra de un modo que yo no me esperaba. Pero no dejéis que os cuente la historia al revés; solo quiero que vayáis haciendo boca…

La receta para matar es la más importante de este libro. La receta para amar es más complicada, pero curiosamente surgió de esta receta para matar:

RECETA PARA MATAR

1 hombre bajo y fornido que maltrata a su esposa

1 esposa menuda y sensible

1 mujer fuerte de estatura media enamorada de la esposa

1 escopeta de doble cañón

1 pueblo pequeño del Karoo macerado en secretos

3 botellas de brandy Klipdrift

3 patos pequeños

1 botella de zumo de granada

1 puñado de guindillas

1 jardinero afable

1 atizador

1 neoyorquina muy intensa

7 adventistas del séptimo día (preparados para el fin del mundo)

1 periodista de investigación curtida

1 detective aficionada blanda

2 policías frescos

1 cordero

1 puñado de sospechosos y pistas falsas bien mezclados

1 pizca de codicia

Echar casi todos los ingredientes en una olla grande y dejar cocer a fuego lento, removiendo con una cuchara de madera durante unos cuantos años. Añadir los patos, las guindillas y el brandy hacia el final de la cocción y subir el fuego.

4

Apenas una semana después de mi charla con Harriet en el stoep comenzaron a llegar las cartas. Recuerdo a Hattie con ellas en la mano, enseñándomelas como si fuera un truco de cartas desde la entrada de la redacción de la Klein Karoo Gazette. Me habría oído llegar en mi bakkie y me esperaba mientras yo bajaba a pie por el sendero.

—¡Yuju, Tannie Maria! ¡Tus primeras cartas! —exclamó.

Llevaba un vestido de color amarillo mantequilla y su cabello se veía dorado a la luz del sol. Hacía calor, así que caminé poco a poco por el sendero de piedras planas entre las macetas de áloes y plantas suculentas. La pequeña redacción está situada detrás de la galería de arte y el vivero de Ladismith, en Eland Street.

—Las vetplantjies están floreciendo —dije.

Las pequeñas plantas crasas tenían flores rosa que relucían con destellos plateados allí donde les daba la luz.

—Llegaron ayer. Hay tres —anunció Hattie pasándome las cartas.

La redacción de la Gazette tiene las paredes blancas, el suelo de madera de pino de Oregón y un techo alto. En el muro exterior hay una de esas rendijas de ventilación redondas de bonitos diseños que llaman «ojos de Ladismith». La redacción ocupa lo que antes era un dormitorio de una de las antiguas casas originarias de Ladismith. En ella solo caben tres mesas de madera, un fregadero y una nevera pequeña, pero a Jessie, a Hattie y a mí nos basta con eso. Hay otros tres periodistas freelance en pueblecitos repartidos por todo el Klein Karoo, pero envían su trabajo a Hattie por correo electrónico.

Un ventilador enorme daba vueltas y más vueltas en el techo, aunque no sé si ayudaba mucho a refrescar el aire de la sala.

—Jislaaik! —exclamé—. En un día así podrían hacerse beskuits sin horno.

Dejé una lata de beskuits recién hechos encima de mi mesa. Jessie levantó la vista del ordenador y me dedicó una amplia sonrisa al vernos a mí y a la lata.

—Tannie M. —dijo.

Jessie Mostert era la joven periodista de la Gazette, una chica negra que había conseguido una beca para estudiar en Grahamstown y luego había vuelto a su pueblo natal para trabajar. Su madre era enfermera en el hospital de Ladismith.

Jessie iba con unos tejanos claros, una riñonera con un montón de bolsillos y un chaleco negro. Tenía un cabello oscuro y abundante que llevaba recogido con una coleta y sus brazos morenos estaban tatuados en la parte superior con salamanquesas. Encima de su mesa, al lado del ordenador, estaba su casco de escúter y la cazadora vaquera. A Jessie le encantaba su pequeño escúter rojo.

Hattie puso las cartas en mi mesa, junto a los beskuits y el hervidor de agua. Yo trabajaba solo media jornada y no me importaba compartir mi mesa con las cosas del té, empleadas a tiempo completo. Puse agua a hervir y cogí unas tazas del pequeño fregadero.

Hattie se sentó a su mesa y hojeó sus notas.

—Jess —dijo—. Necesito que vayas a cubrir la fiesta de la iglesia de la NGK el sábado.

—Ag, no, Hattie. Otra fiesta de iglesia no. Que soy una periodista de investigación.

—Ah, sí, la chica con los tatuajes de salamanquesas.

—No tiene gracia —replicó Jessie sonriendo.

Miré las tres cartas que había encima de mi mesa como si fueran tres regalos sin abrir. Las dejé allí mientras hacía café para todas nosotras.

—Quiero que saques fotos de las nuevas labores hechas por el grupo de patchwork. Tendrán su propio tenderete en la fiesta —explicó Hattie.

—Oh, no, otra vez el lappiesgroep no. El mes pasado escribí un artículo entero dedicado a ellas y a la Afrikaanse Taal-en Kultuurvereniging.

—No pasa nada, querida, seguro que surge algo interesante —dijo Hattie garabateando algo en un bloc. No me pareció que hubiera visto la cara de fastidio de Jessie, pero al cabo de un momento añadió—: Y si no siempre puedes buscar trabajo en un periódico más emocionante. De Ciudad del Cabo quizá.

—Ag, no, Hattie, ya sabes que me encanta estar aquí. Lo que pasa es que necesito…

—Jessie, me alegro mucho de que decidieras quedarte aquí. Pero eres una chica muy inteligente y a veces pienso que este pueblo y este diario se te quedan muy pequeños.

—Me encanta este pueblo —repuso Jessie—. Aquí están mi familia y mis amigos. Simplemente creo que hasta en un pueblo pequeño hay grandes historias.

Dejé una taza de café en cada una de las mesas y ofrecí beskuits a mis compañeras. Hattie nunca coge ni uno antes de la hora de comer, pero a Jessie le brillaron los ojos al ver las pastas doradas y crujientes y olvidó la discusión.

—Coge dos —le sugerí.

Cuando metió la mano en la lata, las salamanquesas tatuadas parecieron trepar por su brazo. Le sonreí. Me gusta que una chica tenga buen apetito.

—Lekker —exclamó.

De repente, de su cadera empezó a sonar la canción de Alicia Keys Girl On Fire, «Chica en llamas».

—Perdón —dijo Jessie abriendo uno de los bolsillos de la riñonera—. Es mi teléfono.

La canción fue oyéndose cada vez más fuerte a medida que ella se acercaba a la entrada de la redacción y contestaba la llamada.

—¿Diga…? ¿Reghardt?

Jessie salió al jardín y su voz se apagó; ya no la oí más, ni a ella ni su canción en llamas. Me senté a mi mesa y mojé un beskuit en el café. La pasta llevaba pipas, lo que le daba ese sabor a frutos secos tostados. Volví a mirar los sobres.

La carta de encima era de color rosa e iba dirigida a Tannie Maria. El punto de las íes era un pequeño círculo. Tomé un sorbo de café antes de decidirme a abrirla. Cuando acabé de leerla, estaba tan estupefacta que dejé de comer.

La carta decía así:

Querida Tannie Maria:

Tengo la sensación de que mi vida ha llegado a su fin y no tengo ni trece años. Mi madre me va a matar, si no me suicido yo antes. Pero ella aún no sabe nada. He practicado sexo tres veces, pero solo he tragado una vez. ¿Estaré embarazada? Hace siglos que no me viene la regla.

Él tiene quince años, una piel negra y suave y una sonrisa radiante. Decía que me quería. Quedábamos bajo el kareeboom y luego íbamos al cobertizo y jugábamos a los helados. Él decía que yo sé a los mangos dulces que crecen en las calles de donde es él. Él sabe a chocolate, frutos secos y helado. Son cosas que a mí me encantaba comer. Intenté dejar de ir al cobertizo, pero en cuanto lo veía a la sombra del árbol, salivaba por él.

 

Me abaniqué con el sobre rosa y seguí leyendo.

Cuando le dije que a lo mejor estaba embarazada, él me contestó que teníamos que dejar de vernos. Al salir del cole paso por delante del árbol, pero ya nunca lo veo por allí.

Estoy tan preocupada que no como. Mi madre dice que me voy a consumir. Sé que voy a ir al infierno, por eso no me he suicidado.

¿Puede ayudarme?

DESESPERADA

Dejé la carta y sacudí la cabeza de un lado a otro. Magtig! Menuda tragedia…

Una muchacha que no come.

Teníamos que conseguir que recuperara su interés por la comida. Necesitaba una receta con chocolate y frutos secos. Y helado. Además de algún ingrediente saludable.

Naturalmente, le diría que una no puede quedarse embarazada por practicar sexo oral. Y en el caso de que se viera incapaz de hablar con su madre, le pasaría el número de teléfono del centro de planificación familiar de Ladismith. Pero si lograba dar con una receta que le resultara irresistible, podría evitar muchas molestias a unos y otros.

Plátanos, pensé. Son muy sanos, y le ayudarían a recuperar fuerzas. ¿Cómo estarían congelados, bañados en chocolate negro fundido y recubiertos de frutos secos? Le escribí una receta con chocolate negro y avellanas tostadas, confiando en que le sirviera para olvidar al chico. Y por si acaso él leía la carta, incluí además una receta de sorbete de mango. Era temporada de mangos, y los buenos sabían a miel y sol.

5

Sjoe, platos fríos como esos era lo que apetecía con aquel calor. Pero todavía quedaban dos cartas sin abrir encima de mi mesa, que no reclamaban tanto mi atención como los plátanos congelados.

—Voy a trabajar desde casa —dije a Hattie—. Necesito probar unas recetas.

—Mmm —respondió.

Hattie estaba enfrascada en su trabajo, con un lápiz en la boca y el ceño fruncido.

—Hattie, ¿a qué hora es la fiesta del sábado? —le preguntó Jessie.

Jessie estaba en su mesa, sacando una pequeña libreta de uno de los bolsillos de la riñonera.

—Mecachis —exclamó Hattie, apretando botones de su ordenador—. ¿Hum? A las dos de la tarde.

Yo me levanté, con las cartas en la mano.

—Es importante que las recetas salgan buenas —dije—. Irresistibles.

Hattie levantó la vista de su trabajo.

—Maria, querida. Ve, ve.

Mi pequeña bakkie estaba aparcada a unos cuantos árboles de la redacción, junto al escúter rojo de Jessie. Intentábamos mantenernos a cierta distancia del Toyota Etios de Hattie; yo ya tenía una abolladura que me había hecho en la puerta de la camioneta. Mi bakkie Nissan 1400 era azul claro, como el cielo del Karoo a primera hora de la mañana, y tenía un toldo de color blanco, como esas nubecillas esponjosas, pero el toldo solía estar más polvoriento que las nubes. Aunque la había dejado con todas las ventanillas bajadas, y estaba a la sombra de un jacarandá, el interior seguía pareciendo un horno. Era un día ideal para un helado.

Pasé un momento por el Spar para comprar los ingredientes que necesitaba. Como era una hora de poco movimiento, tuve suerte de salir de allí habiendo charlado con solo tres personas. No es que me disguste charlar, pero ese dulce frío que tenía en mente reclamaba mi atención a gritos y no me dejaba escuchar bien.

El olor a mangos maduros me acompañó mientras conducía por las tierras de cultivo, a través del veld abierto y entre las suaves colinas marrones. Doblé por el camino de tierra que lleva a mi casa y, una vez pasados los eucaliptos, aparqué en el camino de entrada, junto a la lavanda. Tumbadas a la sombra del geranio había dos gallinas oscuras, que no se levantaron para saludarme.

Fui directa a la cocina y, en cuanto dejé la bolsa del súper encima de la mesa de madera grande, pelé los seis plátanos y los metí en el congelador dentro de un táper. Luego troceé cuatro mangos y los metí también en el congelador. Me puse sobre el fregadero para comerme la pulpa que quedaba en la piel de los mangos y chupar los huesos pegajosos hasta dejarlos limpios. Me pringué a base de bien.

A continuación, machaqué las avellanas en un mortero de madera y las tosté por encima en una sartén. Las probé antes de que se enfriaran. Partí en pedazos el chocolate y lo puse en una cacerola donde lo calentaría al baño María cuando el plátano estuviera congelado. Probé el chocolate negro. Comí un poco junto con las avellanas para ver cómo quedaba la mezcla. Luego preparé más avellanas y chocolate para reponer lo que había desaparecido con todas las pruebas. Los trozos de plátano y mango tardarían un par de horas en congelarse. ¿Cómo iba a esperar tanto rato? Las cartas. Había traído las dos cartas del trabajo.

Decidí ir afuera a leerlas para poder centrarme en ellas sin distracciones. Me senté en el stoep sombreado y abrí una. Era de una niña a la que le gustaba un niño y no sabía cómo hacerse amiga de él. Le mandé una receta fácil de fudge o dulce de azúcar frío muy bueno. Ningún niño dice que no a un dulce como este.

En la siguiente carta que abrí, ponía: «Mierda, soy una imbécil integral. Rompa la última carta que le he enviado, por favor. Si mi marido llega a verla o a enterarse de que la he escrito… ¡Seré tonta! No la publique, haga el favor. Destrúyala, se lo ruego».

¿Qué última carta? ¿De qué tendría miedo? Miré el matasellos del sobre. Ladismith. La fecha era de hacía dos días. Telefoneé a la Gazette y se puso Jessie.

—Hola, Tannie M. —dijo.

—¿Me he dejado una carta en mi mesa? —le pregunté.

—Un momento, voy a ver.

Miré el reloj de la cocina mientras esperaba a que Jessie contestara. No había pasado ni una hora desde que había metido los trozos de plátano en el congelador.

—No, no hay nada. Pero ha llegado correo después de que tú te fueras. Y hay una carta para ti.

—¿Un sobre blanco? —dije—. ¿Con matasellos de Ladismith enviado hace dos o tres días?

—Mmm… —contestó—. Ajá.

—Estoy preparando un plato de plátano helado con chocolate y avellanas —le expliqué—. Si te apetece pasarte en algún momento…

—Podría escaparme un rato a la hora de comer, ¿no? Te llevaré la carta.

—Perfecto —respondí.

El marido de la mujer de la carta me daba mala espina. Me causaba una desazón que me encogía las entrañas, así que decidí echarme algo dulce al estómago. El plátano aún no estaba congelado, pero sabía bien con las avellanas y el chocolate. Necesitaba probar la receta como era debido, con el plátano congelado y el chocolate fundido, así que paré de comer después del primer plátano.

Para obligarme a salir de la cocina me puse mis veldskoene, ropa vieja y un sombrero de paja y fui al huerto. Tenía dos pares: unos de color caqui claro, más de vestir, y los otros de color marrón oscuro, que me iban mejor para trabajar en el jardín. Fuera hacía un calor abrasador, pero había una parte del huerto que estaba a la sombra del limonero, así que me arrodillé allí y me puse a arrancar las malas hierbas.

Entre las lechugas que tenía allí plantadas hallé varios caracoles, que tiré al estercolero para que los encontraran las gallinas.

Tenía suerte de contar con un pozo de agua; hacía ya demasiado tiempo que no llovía. El sol del Karoo intenta absorber toda la humedad de las plantas y las personas, pero nosotros la retenemos, aferrándonos a ella. Las pequeñas vygies y otras plantas suculentas son las que mejor lo hacen. Por la noche me pongo aceite de oliva en la piel para no convertirme en un trozo de biltong seco, pero cuando salgo de casa no me echo, si no me freiría al sol hasta quedar como un vetkoek de Tannie Maria.

Al cabo de un rato el calor se hizo insoportable. Me levanté, me sacudí la tierra de las rodillas y me lavé las manos bajo el grifo del jardín. Me quité el sombrero, me mojé la cara con agua fría y me la sequé con el pañuelo. Luego entré en la cocina, puse a calentar el chocolate al baño María y saqué el mango del congelador. Ya se había congelado, pero no estaba duro como una piedra, lo cual es perfecto. Lo pasé por la batidora a toda potencia y puse el sorbete en el que se había convertido en el táper para volver a meterlo en el congelador.

Oí el escúter de Jessie, así que saqué el plátano del congelador y aparté del fuego el chocolate fundido. Con ayuda de las pequeñas pinzas de barbacoa que tengo, metí los trozos de fruta en el cuenco de chocolate negro y luego los pasé por el plato de avellanas tostadas.

Jessie sonrió de oreja a oreja al entrar en la cocina.

—Hala, Tannie M, qué bien huele. Lekker! Jislaaik, ¿qué es eso?

Dejó el casco y la cazadora vaquera encima de una silla de la cocina y miró los plátanos con chocolate y avellanas que estaba poniendo sobre papel encerado. Cuando tuve preparados cinco plátanos enteros, los metí en el congelador.

—Vamos primero con el entrante —dije, y serví dos cuencos de sorbete de mango.

—Qué pasada, Tannie. ¿Qué lleva esto?

—Mango.

—Ja, pero ¿qué más?

—Solo lleva mango.

—No puede ser. ¿En serio?

—Ja. Los de la variedad Zill son los mejores, pero aún no es época. Estos son Tommy Atkins, muy buenos también. Ah, y le he echado un chorrito de zumo de limón por encima, para darle ese punto de acidez.

—Vaya. Es increíble.

Puse los dos cuencos ya vacíos en el fregadero y cogí dos platos para el plato fuerte. Jessie se ajustó la riñonera.

—¿Qué es todo eso que llevas en la riñonera? —le pregunté mientras servía los plátanos en los platos.

—Mmm —murmuró, dando palmaditas a los distintos bolsillos que colgaban de sus caderas—. La cámara, el móvil, varias libretas, un cuchillo, una linterna, un espray de pimienta. Esas cosas. —Jessie tenía la mirada puesta en los plátanos cubiertos de chocolate—. Eso tiene pinta de estar riquísimo.

—La verdad es que así se ven un poco raros —dije—. No acaban de quedar del todo bien.

—¿Nos los comemos con los dedos?

—Pues no lo sé —respondí—. Es la primera vez que hago este plato. Toma un cuchillo y un tenedor… Un momento. Nata. Eso es lo que les falta. —Puse una buena cucharada de nata montada en cada uno de los platos—. Así está mejor.

Comenzamos a comer con cuchillo y tenedor pero acabamos usando los dedos porque estaban demasiado buenos como para perder el tiempo con finuras.

Una de las mejores cosas de Jessie es que sabe apreciar la comida. Tiene un cuerpo con criterio, rellenito allí donde toca.

Comimos sin hablar, pero Jessie cerró los ojos y soltó algún que otro gemido.

—Jislaaik —exclamó cuando terminó—, este plátano es el mejor que he comido en toda mi vida.

Sonreí y le serví otro plátano congelado con chocolate y avellanas, acompañado de nata. Yo también me puse uno más para que no comiera sola. Deseé poder transmitir el buen juicio de Jessie a la muchacha a la que iba destinada aquella receta.

Tras apurar los restos de chocolate que quedaban en su plato, Jessie suspiró y acarició una de las salamanquesas que tenía tatuadas en el brazo. Es algo que hace a veces cuando está contenta.

—Será mejor que vuelva —dijo, poniéndose de pie mientras abría un bolsillo de la riñonera—. Aquí tienes tu carta.

Noté que me ardían las manos.

6

Cuando Jessie se fue ni siquiera me molesté en fregar; salí a sentarme en la silla de metal a la sombra del limonero y abrí el sobre. La letra era la misma que la de la otra carta.

Querida Tannie Maria:

Siempre me han gustado sus recetas. Las leo todas las semanas.

Me da vergüenza escribirle ahora para pedirle consejo. A lo hecho, pecho, pero después de lo que acaba de pasar…

Prometí amar y obedecer a este hombre. Mi marido. El amor se ha agotado, pero hago lo que puedo. Él también pone su granito de arena, costeando los gastos de nuestro hijo, que tiene parálisis cerebral y está en un hogar de niños con necesidades especiales.

Solo me pega cuando está borracho o celoso. Si no le planto cara, no va a mayores. Dice que después se arrepiente, cosa que creo aunque resulte extraño, y que no volverá a hacerlo, cosa que no creo. A veces salta por cualquier cosa. Creo que tiene algo que ver con su padre y con el tiempo que estuvo en el ejército. Tiene pesadillas con el ejército. No estoy intentando justificarlo… solo digo que no es un monstruo.

Tenía la boca seca y me levanté, dejando en la silla la carta a medio leer. Fui adentro y me serví un vaso de agua de la nevera. Me temblaban un poco las manos. Noté un dolor en el pecho al tragar. Es algo que me ocurre cuando bebo agua fría demasiado rápido. Volví al jardín para retomar la lectura de la carta.

Las palizas suelen darse una vez al mes. El sexo, una vez a la semana. Así que estoy veinticinco días al mes sin que me moleste demasiado. Paso muy buenos ratos con mi amiga, que viene a visitarme cuando él no está. Trabajo solo dos mañanas a la semana, así que estoy mucho tiempo en casa. Ella y yo nos tenemos un amor mutuo, aunque yo prefiero que no pase de ser platónico.

Fue ella quien me regaló los patos. Tres patos blancos ornamentales. Arreglamos el estanque para que nadaran en él.

Esos patos eran lo primero por lo que he sentido un amor totalmente puro en mi vida. Sin culpa ni dolor. Me inspiraban puro gozo y alegría. Podía pasarme las horas muertas contemplándolos. Viéndolos nadar. Caminar. Hurgar en la hierba. Yacer con el pico oculto entre sus plumas.

Él les disparó.

A los tres.

Con su escopeta de mierda.

Los patos estaban durmiendo.

Me entraron ganas de matarlo. Cogí un cuchillo de cocina y me abalancé sobre él. Él me sujetó los brazos, hasta que acabé rendida de tanto llorar.

Mi marido se había bebido una botella de brandy Klipdrift. Estaba celoso de mi amiga y de los patos. Pero la gota que colmó el vaso fue el cordero al curry que preparé. Dijo que el cordero estaba duro y el curry demasiado picante. También dijo que yo no me preocupaba por él. En ambos casos tenía razón.

Por favor, ¿podría darme una receta para preparar un buen cordero al curry?

¿Y algún consejo más?

Atentamente,

MUJER DESVALIDA

 

 

Permanecí un buen rato allí sentada, con la carta en el regazo, mirándome los veldskoene mientras recordaba cosas que no quería recordar. El sol fue sacándome poco a poco de la sombra y noté su calor en las piernas y los hombros. Pero en mi interior sentía un frío que me hacía temblar. Luego lo sustituyó un calor repentino, y el sol me quemó la piel. El viento hizo susurrar las hojas del limonero y me levanté para ir adentro.

Tenía un sentimiento de tristeza instalado en el estómago, sentimiento que logré dejar a un lado comiéndome el último plátano congelado. En mi barriga ya no notaba nada más que plátanos bañados en chocolate. Sin embargo, mi mente insistía en llevarme a donde yo no quería ir. Volvieron a temblarme las manos.

Me preparé una buena taza de café con mucho azúcar y me la llevé afuera, a la mesa del stoep, junto con la carta de la mujer, papel y boli. Pensé que el café azucarado me levantaría el ánimo, pero incluso después de tomarme la taza entera seguía deprimida. Me embargaba una tristeza de la que no podía librarme, fruto de todos esos años que había pasado con un hombre tan parecido a su marido. No era exactamente igual. Él no había matado a mis patos, porque yo no tenía patos. Ni una buena amiga que me regalara patos blancos. Y en mi caso las palizas se daban más bien una vez a la semana, y el sexo a la fuerza una vez al mes. Eso si tenía suerte. Pero la historia parecía más o menos la misma. Incluso coincidía en lo del brandy Klipdrift. Lo que nunca hice fue atacarlo con un cuchillo. Ni abandonarlo. Temía morir. Y seguir con vida.

Cuando Fanie sufrió un infarto y murió, me sentí liberada. Pero estando él vivo, yo no podía escapar. Incluso el cura de nuestra iglesia decía que mi deber era permanecer junto a mi marido, así que eso fue lo que hice.

Confiaba en que aquella mujer no hiciera lo mismo. Cogí el boli. Por supuesto, no publicaríamos lo que había escrito, pero sí que podríamos publicar una receta y una carta de mi parte. Estuve un buen rato tachando lo que escribía hasta dar con las palabras precisas. Tras dos horas y un cuenco de sorbete de mango, le dije lo siguiente:

Yo viví durante más años de la cuenta con un hombre que me pegaba. Los moretones y los huesos rotos se curan, pero los daños que sufre el corazón pueden durar toda la vida. El amor es algo valioso. Si está con un hombre que la maltrata, debería dejarlo. Sé que resulta duro por muchos motivos, pero seguro que encuentra la manera.

No haga como yo. Salve su corazón.

 

A continuación, escribí la mejor receta que conocía de cordero al curry hecho a fuego lento. (De repente, se me ocurrió un plato de pato al moscatel, pero como es lógico lo descarté.) Esta receta está incluida al final del libro, junto con todas las demás. Se trata de un curry muy tierno y exquisito acompañado de unos sambals excelentes.

7

Un par de semanas después, mientras bajaba con mis veldskoene por el camino que lleva a la redacción en medio del calor de la mañana, al acercarme a la puerta oí unas voces.

—Es estupendo —dijo Hattie—. Sabía que podías escribir un gran artículo sobre la fiesta de la iglesia.

—Ag, Hattie, venga ya. Vamos con la historia de la que quería hablar contigo. Las prácticas agrícolas locales y la ruina total que supone el pastoreo excesivo y los pesticidas para los ecosistemas…

—Maria —dijo Hattie, aplaudiendo al verme—, mira el montón de cartas que hay en tu mesa. ¿A que es maravilloso?

Me puse bajo el ventilador del techo y noté cómo el aire me secaba el sudor de la cara y el cuello. El vestido marrón de algodón se me pegaba al cuerpo, completamente arrugado a pesar de que cuando me lo había puesto por la mañana estaba impecable. Hattie estaba sentada a su mesa, quitándose con un cepillo una mota de suciedad de sus pantalones lisos de algodón de color albaricoque. No sé cómo se las ingeniaba para ir siempre tan elegante. Jessie me sonrió al pasarme un vaso de agua fría. Su sonrisa se veía radiante en su rostro moreno redondo.

—Dankie, skat —le dije y le di un táper—. Bobotie, para ti.

—¡Ooh, lekker! —exclamó ella, y lo metió en la neverita.

Se quedó un momento junto a la puerta abierta de la nevera y se levantó la tupida coleta, apartándosela del chaleco negro. Dejó que el aire le refrescara la cara y la nuca.

Girl On Fire resonó en su móvil. Jessie lo sacó de la riñonera y apretó un botón que apagó la canción.

—Solo es un recordatorio —dijo.

—Santo cielo, Jess. No necesitamos que nos recuerden el calor que hace —comentó Hattie.

—No —respondió Jessie, sonriendo—. Lo que me recuerda es que mire cierta web que ya debería estar lista…

Jessie comenzó a hacer clic en unos cuantos botones de su ordenador. Yo me senté a mi mesa con el vaso de agua fría. Hacía dos semanas que habíamos empezado con la sección y no paraban de llegar cartas. Había mucha gente ávida de mis recetas y consejos. Era toda una responsabilidad, pero disfrutaba con ello. Receta que ofrecía a alguien, receta que preparaba yo también. Cuando no estaba escribiendo, estaba cocinando. Más de lo que podía comer yo sola. A veces congelaba la comida que sobraba; a menudo se la llevaba a Jessie.

Dejé el vaso y cogí el grueso puñado de cartas que había encima de mi mesa.

—Jinne —exclamé—. ¿Cómo voy a elegir?

Las dispuse sobre la mesa como si estuviera jugando al solitario. Solo había espacio para publicar una o dos cartas por semana, y me sentía mal por las personas a las que no podía responder. Algunas ponían su dirección, y yo les contestaba. Pero en la mayoría de los casos no era así.

—Maria, querida, hemos estado trabajando para solucionar tu problema —dijo Hattie, y miró a Jessie, que estaba frente a su ordenador. Jessie asintió y le hizo un gesto de aprobación con el pulgar hacia arriba—. Y nos complace anunciarte que tenemos una web en marcha. He conseguido el patrocinio de Agentes Inmobiliarios del Klein Karoo. Podemos publicar montones de tus cartas en la web. Y la gente puede enviarte las suyas por email.

—Ven a echar un vistazo —dijo Jessie.

—Ah —respondí—. Gracias, skat. —No quería parecer desagradecida—. El caso es que estoy segura de que la mayoría de la gente que me escribe no sabe de webs ni de esas modernidades. Es gente… normal y corriente.

—Te sorprenderías —repuso Jessie—. Mucha gente tiene internet en su casa. Hoy en día hay cibercafés en muchos pueblos pequeños.

Fui a mirar la web en su pantalla. Se llamaba Klein Karoo Gazette, igual que el periódico. Jessie hizo clic en algún sitio y apareció una página en la que ponía: «La columna de recetas y consejos sentimentales de Tannie Maria». Había un dibujo de una amable tannie que no se parecía a mí, sosteniendo una tarta preciosa en forma de corazón.

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