Loading...

RETRATO DE UNA DAMA (LOS MEJORES CLáSICOS)

Henry James

0


Fragmento

Índice

Cubierta

Prefacio

Retrato de una dama

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

PREFACIO

Comencé Retrato de una dama, al igual que Roderick Hudson, en Florencia, en el transcurso de los tres meses que pasé allí en la primavera de 1879. Como en el caso de Roderick y de El americano, mi primera intención era que apareciese en The Atlantic Monthly, donde empezó a publicarse en 1880. A diferencia de sus dos predecesoras, sin embargo, encontró también otra salida, con periodicidad mensual, en Macmillan’s Magazine, y resultó ser una de las últimas ocasiones en las que una novela mía se publicó por entregas simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos, puesto que hasta entonces las mudables relaciones literarias entre ambos países no habían alterado dicha costumbre. Es una novela larga, y me llevó largo tiempo escribirla. Recuerdo que estuve muy ocupado con ella de nuevo al año siguiente, durante una estancia de varias semanas en Venecia. Entonces me alojaba en Riva Schiavoni, en el piso superior de una casa próxima al pasaje que desemboca en San Zaccaria, y la vida de los canales, la maravillosa laguna que se extendía ante mí y el incesante parloteo de las gentes de Venecia llegaba a mis ventanas, por las que me parece haberme sentido constantemente atraído, presa de la infructuosa inquietud de la creación, como si en las aguas azules del canal fuese a ver aparecer de repente la nave de una idea acertada, de una frase mejor, del siguiente giro afortunado de la trama, de la siguiente pincelada auténtica de mi lienzo. Pero recuerdo con la nitidez suficiente que la respuesta más repetida que, por lo general, obtenían aquellos ruegos inquietos era la admonición un tanto lúgubre de que los lugares históricos y románticos, como los que abundan en tierras italianas, ofrecen al artista una dudosa ayuda para la concentración cuando no son ellos objeto de la misma. Su propia vida es demasiado rica y están ellos mismos demasiado repletos de significado para que uno pueda limitarse a ofrecerles cualquier frase manida. Hacen que uno olvide las cuestiones simples y se plantee, al igual que ellos, otras de mayor calado. Así que muy pronto, al tiempo que anhela su ayuda para resolver las dificultades, el escritor se siente como si estuviese pidiendo a un ejército de veteranos gloriosos que le ayuden a detener a un vendedor ambulante que le ha estafado con el cambio.

Hay páginas del libro que, al releerlas, me han hecho ver de nuevo la pronunciada curva de la ancha Riva, las grandes manchas de color de las casas balconadas y la repetida ondulación de los encorvados puentecillos, acentuada por la oleada de peatones, empequeñecidos por la distancia, que por ellos suben y bajan. Los pasos de Venecia y las voces de Venecia —pues allí toda palabra, no importa de dónde venga, tiene el mismo tono que una llamada desde el otro lado del agua— entran por la ventana una vez más y renuevan en mí aquella antigua sensación de tener repletos los sentidos y la mente dividida, frustrada. ¿Cómo es posible que unos lugares que avivan en general de tal forma la imaginación no le ofrezcan, en un momento determinado, la respuesta concreta que busca? Recuerdo haberme maravillado una y otra vez, en lugares hermosos, de este hecho. La pura verdad es, a mi entender, que lo que como respuesta a nuestro ruego dichos lugares expresan es en realidad demasiado… más de lo que, en un caso concreto, puede resultarnos útil; así que, después de todo, uno se descubre trabajando con menor coherencia con respecto al ambiente que lo rodea que en presencia de aquello moderado y neutro, sobre lo que siempre podemos arrojar parte de la luz de nuestra visión. Un lugar como Venecia está demasiado imbuido de orgullo para limosnas de ese tipo; Venecia no acepta préstamos, lo da todo con magnificencia. De ello obtenemos enormes beneficios, pero para hacerlo tenemos que estar o bien libres de cualquier obligación o bien a su entera disposición. De ese cariz, así de melancólicas, son mis reminiscencias; aunque, en general, es indudable que, a la larga, el libro y el «esfuerzo literario» se han visto mejorados gracias a ellas. Resulta curioso cuán fecundo resulta con frecuencia al final un momento de pérdida de atención. Depende de lo que la haya atraído, de en qué se haya dispersado. Hay fraudes insolentes y pretenciosos, y los hay astutos e insidiosos. Y hay siempre, me temo, hasta en el artista más artificioso, suficiente fe ciega, anhelos profundos suficientes para hacerlo vulnerable a dichos engaños.

Al tratar de recuperar aquí, para reconocerlo, el germen de mi idea, veo que no consistió en absoluto en el esbozo de un «argumento», palabra esta nefanda, ni tampoco en una ráfaga en la imaginación de una serie de relaciones, ni en ninguna de esas situaciones que, siguiendo una lógica propia, se ponen de inmediato, para el fabulador, en movimiento e inician una marcha o una carrera, un rumor de pasos rápidos; sino en la idea de un solo personaje, en el carácter y el aspecto de una joven de particular atractivo, al que había que añadirle todos esos elementos que por lo general conforman una «trama», obviamente un escenario. Debo decir una vez más que tan interesante como la joven, en sus mejores momentos, me resulta esta proyección de la memoria en todo el desarrollo, en la imaginación propia, de un pretexto así como motivo. Aquí reside lo fascinante del arte del fabulador, en esas sombras acechantes de expansión, en esas necesidades de germinación seminal, en ese empeño maravilloso de la idea concebida de crecer tanto como le sea posible, de brotar a la luz y el aire y florecer allí en profusión; y, en igual medida, en esas posibilidades de recobrar, desde un buen punto de observación en el terreno conquistado, la historia íntima del asunto, de rastrear sus pasos y etapas, y reconstruirlos. Siempre recuerdo con placer un comentario que oí hace años salir de los labios de Iván Turguéniev con respecto a su propia experiencia en lo concerniente al origen habitual de la escena de ficción. Para él casi siempre se iniciaba con la imagen de una o más personas, que se proyectaba ante él y reclamaba su atención como figura activa o pasiva, despertando su interés y atrayéndolo solo por cómo eran y por lo que eran dichas personas. En ese sentido, él las veía disponibles, las veía sujetas al destino, a las complicaciones de la existencia, y las veía con total nitidez, pero entonces tenía que encontrarles las relaciones adecuadas, aquellas que mejor sirviesen para darles relevancia; debía imaginar, inventar, seleccionar y ensamblar las situaciones más útiles y favorables según la personalidad de las criaturas en sí, las complicaciones que con más probabilidad podrían causar y sufrir.

«Alcanzar esas cosas es alcanzar mi “historia” —decía—, y así es cómo yo la busco. El resultado es que con frecuencia se me acusa de no tener “historia” suficiente. A mí me parece que tengo toda la necesaria para mostrar a mis personajes, para exponer las relaciones que tienen entre sí, ya que ese es mi único rasero. Si observo a mis personajes el tiempo necesario, los veo juntarse, veo cómo se sitúan, los veo realizar una u otra acción y enfrentarse a una u otra dificultad. El aspecto que tienen, la manera en que se mueven, hablan y se comportan, siempre en el escenario que yo he creado para ellos, es mi relato, del que me atrevo a decir que, por desgracia, cela manque souvent d’architecture. Pero creo que prefiero que haya poca estructura a que haya demasiada si hay peligro de que interfiera con mi dimensión de la verdad. A los franceses, por supuesto, les gusta ver más estructura que la que yo ofrezco, teniendo como tienen por característica propia tanta facilidad para la misma; y es evidente que hay que ofrecer tanta como sea factible. En lo referente al origen de esas semillas que el viento arrastra hasta nosotros, ¿quién se atrevería a decir, en respuesta a su pregunta, de qué lugar proceden? Tenemos que remontarnos demasiado en el tiempo, tenemos que ir demasiado atrás para responder. ¿Se puede decir algo más aparte de que proceden de todos los rincones del cielo, de que se encuentran casi siempre en cada vuelta del camino? Las semillas se acumulan, y nosotros nos dedicamos siempre a recogerlas, a seleccionarlas. Son el aliento mismo de la vida, con lo que quiero decir que la vida, a su manera, nos las ofrece al respirar. De forma que, prescritas e impuestas, llegan hasta nuestra mente arrastradas por la corriente de la vida. Esto hace que resulte una estupidez la oposición del crítico, tan frecuente, al tema elegido, cuando carece de luces para darle su aprobación. ¿Indicará en tal caso qué otro tema habría sido el adecuado, puesto que su oficio consiste esencialmente en indicar? Il en serait bien embarrassé. Pues cuando indica lo que he hecho o dejado de hacer con él es otra cuestión, ahí está en su propio terreno. Y yo dejo mi “arquitectura” —concluyó mi distinguido amigo— a su entera disposición.»

Así se expresaba este fantástico genio, y recuerdo con agrado la gratitud que sentí cuando se refirió a la intensidad de sugestión que puede existir en la figura desplazada, el personaje desvinculado, la imagen en disponibilité. Me ofreció más garantías de las que hasta el momento había yo encontrado en ese bendito hábito de la imaginación propia, ese truco consistente en depositar en una persona real o inventada, en un par de ellas o en todo un grupo, la propiedad del germen y la autoridad sobre él. Yo, por mi parte, era mucho más consciente por adelantado de los personajes que del escenario; el interés excesivo y exageradamente prematuro en este último me parecía, en sí, como poner el carro antes que los bueyes. Podría envidiar, aunque no emular, al escritor imaginativo que tiene la virtud de concebir la historia en primer lugar e imaginar a los personajes después: hasta tal punto me resultaba difícil pensar en una historia que no necesitase de inmediato unos personajes para ponerla en marcha; en una situación que para tener interés no dependiese de la naturaleza de las personas en ella inmersas y, por lo tanto, en su manera de afrontarla. Existen métodos para lo que se conoce como presentación, según creo, entre novelistas que aparentemente prosperan, que presentan la situación como si fuesen indiferentes a dicho punto de apoyo; pero no he olvidado el valor que para mí tuvo en aquel momento el testimonio de ese escritor ruso tan admirable de que yo no tenía necesidad alguna, por pura superstición, de tratar de llevar a cabo ejercicios de esa naturaleza. Otros ecos de la misma fuente permanecen en mí, debo confesar, con igual intensidad, si es que no se trata en realidad de un único eco que todo lo inunda. Después de aquello era imposible, en interés propio, no advertir enorme lucidez en la cuestión, atormentada, desfigurada y confusa del valor objetivo, e incluso en la apreciación crítica, del «tema» en la novela.

Yo había tenido desde muy pronto el instinto de dar su justa medida a esos valores y de ver así cómo quedaba reducida al absurdo la tediosa disputa sobre la moralidad y la «inmoralidad» del tema en la novela. Al reconocer con tanta prontitud la única medida del valor de un tema determinado, la cuestión con respecto al mismo que si se responde adecuadamente hace innecesaria cualquier otra —¿es válido, en una palabra, es auténtico, es sincero, es el resultado de una impresión o de una percepción directa de la vida?— había encontrado, en general, poco edificante una pretensión crítica que había prescindido desde el principio de toda delimitación del terreno, de toda definición de los términos. El aire de mis comienzos aparece en mi memoria enrarecido, todo él, por dicha vanidad, a no ser que la diferencia ahora radique únicamente en mi impaciencia final, en la pérdida de concentración. Creo que no existe verdad más nutritiva ni más sugerente a ese respecto que la de la dependencia perfecta del sentido «moral» de la obra de arte de la cantidad de vida experimentada que ha sido necesaria para producirla. La cuestión retorna así, obviamente, a la clase y al grado de la sensibilidad inicial del artista, que es el terreno del que brota el tema. La calidad y la capacidad de dicho terreno, la propiedad de «cultivar» en él con la frescura y rectitud debidas cualquier visión de la vida, representa, con fuerza o débilmente, la moralidad proyectada. Dicho elemento no es sino otro nombre para la conexión más o menos estrecha que guarda el tema con algo impreso en la inteligencia, con alguna experiencia sincera. Con lo cual, al mismo tiempo, está claro, no quiero en modo alguno negar que ese aire de humanidad que rodea al artista —que proporciona el toque final al valor de la obra— sea un elemento susceptible de variar tanto y de forma tan sorprendente: en ocasiones un medio rico y generoso, y en otras mezquino y pobre en comparación. Aquí reside exactamente el alto precio de la novela como forma literaria, su capacidad no solo de, conservando la forma con cercanía, abarcar todas las diferencias de la relación individual con el tema general, todas las variedades de la visión de la vida, de la disposición para reflejar y proyectar, creada por unas condiciones que nunca son las mismas de un hombre a otro (ni tampoco, para el caso, de un hombre a una mujer), sino para aparecer de hecho más fiel a su personaje cuanto más pugna este con su molde o, con latente extravagancia, tiende a romperlo.

La casa de la ficción tiene en resumen no una, sino un millón de ventanas, o más bien un número inimaginable; cada una de ellas ha sido horadada, o es todavía susceptible de serlo, en la inmensa fachada, por la necesidad de la visión individual y por la presión de la voluntad del individuo. Estas aberturas, de diferentes formas y tamaños, cuelgan de tal forma, todas juntas, sobre la escena humana que habríamos esperado de ellas una mayor similitud de estilo de la que nos encontramos. No son más que ventanas en el mejor de los casos, simples agujeros en un muro ciego, inconexas, suspendidas en lo alto; no son puertas de goznes que se abran directamente a la vida. Sin embaargo, cuentan con la característica propia de que tras cada una de ellas se alza una figura con un par de ojos, o al menos con unos gemelos, que las convierte, una y otra vez, en un instrumento de observación único que le asegura a la persona que lo usa una impresión distinta en cada caso. Él y sus vecinos contemplan el mismo espectáculo, pero uno ve más donde el otro ve menos, uno ve blanco donde el otro ve negro, uno ve grande lo que el otro ve pequeño. Y así sucesivamente, y así una y otra vez. Por fortuna, no se puede decir, con respecto a un par de ojos en concreto, a qué no se abrirá la ventana; «por fortuna» a causa, precisamente, de lo incalculable de su alcance. El campo abierto, la escena humana, es «el tema elegido»; la abertura horadada, ya sea ancha, con mirador o una tronera, es la «forma literaria»; pero ni juntas ni por separado son nada sin la presencia inmóvil del observador o, dicho de otro modo, sin la conciencia del artista. Díganme lo que es el artista y les diré de qué ha sido consciente. De esa forma les expresaré de inmediato su libertad sin límites y sus referentes «morales».

Sin embargo, todo esto no es sino un largo rodeo para hablar de mi primer movimiento borroso hacia Retrato, que consistió exactamente en la captación de un personaje, adquisición a la que, por otra parte, llegué de una manera que no voy a describir aquí. Baste con decir que, según me parecía, estaba en completa posesión de él, que lo había estado desde hacía largo tiempo, que esto me lo había hecho familiar sin por ello desdibujar su encanto, y que, con toda urgencia y con todo tormento, lo veía en movimiento y, por así decirlo, en tránsito. Esto equivale a decir que lo veía como doblegado a su destino, a uno u otro destino; a cuál, de entre todas las posibilidades, era precisamente la cuestión. Así, ya tenía a mi vívido individuo, vívido, extrañamente, a pesar de seguir en libertad, de no estar aún confinado por las circunstancias, de no estar ocupado en los enredos que buscamos para formarnos gran parte de esa impresión que constituye una identidad. Si la aparición aún no había ocupado su lugar, ¿cómo es que resultaba tan vívida?, ya que las incógnitas de los personajes, en su mayor parte, se despejan mediante el proceso de ubicación. No hay duda de que podría responderse con precisión a la cuestión si fuésemos capaces de hacer algo tan sutil, si no tan monstruoso, como escribir la historia del desarrollo de la propia imaginación. En tal caso, uno describiría lo que, en un momento concreto, le había sucedido de extraordinario, y se estaría así, por ejemplo, en posición de describir, con la claridad en mente, cómo, en la situación propicia, la imaginación se había adueñado (sacándola directamente de la vida) de tal figura o forma tan definida y animada. En esa medida, la figura, como puede verse, ya ha sido situada: situada en la imaginación que la contiene, la conserva, la protege, que la disfruta, consciente de su presencia en la trastienda oscura, abarrotada y heterogénea de la mente, de igual manera que un cauto comerciante de preciosas bagatelas, en posición de hacer un «adelanto» sobre los objetos raros que se le confían, es consciente de la «pieza» singular que ha dejado en depósito la dama aristocrática y misteriosa en dificultades o el aficionado especulador, y que ya está allí lista para revelar de nuevo su valor en cuanto se haga girar la llave en la puerta del aparador.

Puede, lo reconozco, que la analogía resulte un tanto exagerada para el «valor» concreto al que me refiero: la imagen de esa joven naturaleza femenina que, de un modo tan curioso, había tenido a mi disposición desde hacía tanto tiempo; pero en mi cálida reminiscencia parece responder por completo a la realidad, junto con el recuerdo, además, de mi pío deseo de situar aquel tesoro mío en el lugar apropiado. En el recuerdo me veo como el comerciante resignado a no «obtener beneficios», resignado a guardar el preciado objeto bajo llave indefinidamente antes que depositarlo, no importa a qué precio, en manos vulgares. Porque sí existen comerciantes de estas formas, figuras y tesoros capaces de tal refinamiento. Lo importante, sin embargo, es que esta única piedra angular, la idea de cierta joven que se enfrenta a su destino, fue en un principio todo el material con el que contaba para levantar el enorme edificio de Retrato de una dama. Al final resultó ser una casa cuadrada y espaciosa, o así al menos me ha parecido a mí en esta nueva visita; pero, para llegar aquí, hubo que ir levantándola en torno a mi joven dama mientras ella se encontraba en absoluto aislamiento. Esta es, a mi modo de ver, la circunstancia interesante desde el punto de vista artístico; puesto que, debo confesar, una vez más me he dejado llevar por la curiosidad de analizar la estructura. ¿Mediante qué proceso de agregación lógica iba a encontrarse aquella «personalidad» apenas esbozada, la mera sombra tenue de una joven inteligente aunque presuntuosa, enriquecida con los elevados atributos que conforman un Tema? Y, además, en el mejor de los casos, ¿con qué flaqueza no se vería viciado dicho tema? Millones de jóvenes presuntuosas, inteligentes o no, se enfrentan a diario a su destino, ¿y qué perspectivas de ser tiene su destino para que, como mucho, hagamos una historia de él? La novela es por su propia naturaleza una «historia», una historia sobre algo, y cuanto más importante sea la forma que adopta, más relevante, está claro, resultará dicha historia. Por lo tanto, eso era a lo que yo, conscientemente, me enfrentaba: a organizar de forma concluyente una historia sobre Isabel Archer.

Examiné con detenimiento aquella cuestión, me parece recordar, aquella extravagancia; y la consecuencia fue precisamente reconocer el encanto del problema planteado. Aborden un problema así con un mínimo de inteligencia, y descubrirán de inmediato cuánta sustancia hay en él; lo que de verdad sorprende es comprobar, mientras examinamos el mundo, con qué seguridad, con qué desmesura, las Isabel Archer, e incluso otras mujeres de mucha menos categoría, insisten en que se las tenga en cuenta. George Eliot lo ha expresado admirablemente: «En estas frágiles vasijas se conserva a través de los tiempos el tesoro del afecto humano». En Romeo y Julieta, Julieta tiene que ser importante, al igual que en Adam Bede, El molino del Floss, Middlemarch y Daniel Deronda tienen que serlo Hetty Sorrel, Maggie Tulliver, Rosamond Vincy y Gwendolen Harleth, y tener siempre a su disposición tanta tierra firme para sus pies y tanto aire fresco para sus pulmones. Son representantes, no obstante, de lo difícil que le resulta a su clase, en cada caso individual, convertirse en centro de interés, tan difícil de hecho que muchos creadores expertos, como por ejemplo Dickens y Walter Scott, o incluso alguien de trazo tan sutil como R. L. Stevenson, han preferido no emprender dicha tarea. De hecho, existen escritores que imaginamos que se refugian en que algo así no merece ni siquiera intentarlo, justificación esta tan pusilánime que contribuye muy poco a salvaguardar su honor. Nunca es prueba de un valor, o ni tan siquiera de la percepción imperfecta que de uno tengamos, jamás es tributo a verdad alguna, que representemos dicho valor incorrectamente. Jamás, desde el punto de vista artístico, compensa que, por su pobre percepción de una cosa, el artista la represente de la peor forma posible. Hay maneras mucho mejores que esa, la mejor de las cuales es, para empezar, demostrar menos estulticia.

Cabría responder, entretanto, en relación al testimonio dado por Shakespeare y George Eliot, que su concesión a la «importancia» de sus Julietas, Cleopatras y Porcias (incluso en el caso de Porcia como ejemplo y modelo perfecto de joven inteligente y presuntuosa) y a la de sus Hetties, Maggies, Rosamundas y Gwendolines, padece el menoscabo de que a esas figuras desdibujadas no se les permita, cuando figuran como soporte principal del tema, ser protagonistas en solitario, sino que por el contrario se destaquen sus defectos por medio de escenas cómicas y tramas secundarias, en palabras de los dramaturgos, cuando no mediante asesinatos, batallas y demás grandes convulsiones del mundo. Si se las muestra con toda la «importancia» que ellas querrían posiblemente pretender, la prueba de la misma recae en un centenar de otras personas, hechas de material mucho más firme, cada una de las cuales está además inmersa en un centenar de relaciones que para ellas tienen el mismo grado de importancia que las que mantienen con las heroínas. Cleopatra le importa, infinitamente, a Antonio, pero sus compañeros, sus antagonistas, el estado de Roma y la inminente batalla son también de una importancia prodigiosa; Porcia le importa a Antonio, a Shylock, al príncipe de Marruecos y a los cincuenta aspirantes a príncipe, pero para dichos caballeros existen otros asuntos de candente interés; para Antonio, sin ir más lejos, están Shylock y Bassanio, sus empresas fracasadas y la extrema gravedad de su situación. Esa gravedad extrema, a su vez, tiene importancia para Porcia; aunque, de ese modo, cobra interés general por el hecho de que Porcia nos importa a nosotros. Que ella nos importe, en cualquier caso, y que casi todo vuelva a ese punto de partida refuerza mi tesis de lo adecuado del ejemplo para demostrar el valor que se reconoce a esta sencilla joven. (Digo «sencilla» joven porque imagino que ni siquiera Shakespeare, por muy ocupado que estuviese principalmente en describir las pasiones de los príncipes, habría pretendido basar el atractivo del personaje en su elevada posición social.) Es un ejemplo perfecto de la tremenda dificultad que tuve que sortear: la dificultad de hacer de la «frágil vasija» de George Eliot, si no el único centro de nuestra atención, sí al menos el que con mayor claridad la reclama.

Ver cómo se sortea una dificultad es en todo momento, para el artista adicto de verdad, sentir casi como una punzada el hermoso incentivo, sentirlo en verdad hasta el punto de llegar a desear que el peligro se intensifique. En estas condiciones, la dificultad que merece más la pena afrontar no puede ser para él otra que aquella más grande que el caso permita. Por eso recuerdo haber sentido en ese momento (esto es, en presencia siempre de la particular incertidumbre del terreno en el que me había adentrado) que debía de haber una forma mejor que otra —¡mucho mejor que ninguna otra!— de obligarla a librar su batalla. La frágil vasija, esa que transporta el «tesoro» según George Eliot, y por ello de tanta importancia para aquellos que se aproximan movidos por la curiosidad, tiene igualmente posibilidades en sí misma de ser importante, posibilidades que permiten un tratamiento y que de hecho lo requieren, por peculiar que resulte, desde el mismo instante en que se vislumbran por primera vez. Siempre queda la escapatoria de no dar una descripción detallada del agente débil de tales hechizos y utilizar como puente para la evasión, para la retirada y la huida, la visión de su relación con aquellos que la rodean. Se la convierte predominantemente en la visión de la relación entre ellos, y ya tenemos el truco: se da una visión general del efecto que el personaje produce y se construye una superestructura a partir de ella con la máxima facilidad. Pues bien, recuerdo a la perfección lo poco que me atraía, ahora que tenía bien establecida mi conexión, esa facilidad máxima, y cómo tuve la impresión de que me libraba de ella al hacer una transposición honrada del peso en los dos platillos de la balanza. «Sitúa el núcleo de la historia en la propia conciencia de la joven —me dije— y te encontrarás con la dificultad más interesante y más hermosa que podrías desear. Mantén ahí el núcleo. Coloca la medida de más peso en ese platillo, que será fundamentalmente la medida de su relación consigo misma. Haz, al mismo tiempo, que solo se interese hasta cierto punto por las cosas que no tienen que ver con ella misma, y no tengas miedo de que dicha relación resulte demasiado limitada. Mientras tanto, coloca en el otro platillo el peso más liviano (que normalmente es el que inclina la balanza del interés): aplica menor presión, en resumen, sobre la conciencia de los satélites de tu heroína, especialmente de los varones; haz que solo tenga interés en la medida en que contribuya al interés principal. Asegúrate, en cualquier caso, de lo que se puede hacer en ese sentido. ¿Qué mejor campo podría haber para poner en práctica el ingenio? La joven permanece, inextinguible, como una criatura encantadora, y el cometido será traducirla a los términos más elevados de esa fórmula, y además, con la mayor precisión posible, traducirla a todos ellos. Para depender por completo de ella y de sus problemas sin importancia, para lograrlo, recuerda que será necesario que la “hagas” de verdad.»

Ese fue mi razonamiento, y fue necesario nada menos que ese rigor técnico, ahora lo veo con claridad, para inspirar en mí la confianza adecuada y así poder levantar en una parcela de terreno como aquella la pila de ladrillos ordenada, estructurada y proporcionada que se alza sobre el mismo y que así iba a formar, por decirlo en términos arquitectónicos, un monumento literario. Ese es el aspecto que tiene hoy día para mí Retrato de una dama: el de una estructura erigida con competencia «arquitectónica», como habría dicho Turguéniev, que la convierte, a ojos del propio autor, en la creación más proporcionada de su producción después de Los embajadores, que habría de seguirla tantos años más tarde y que, sin duda, presenta un acabado superior. A una cosa estaba decidido: a que, aunque claramente tenía que poner un ladrillo sobre otro para crear interés, no daría pretexto alguno a que dijesen que había algo fuera de línea, de escala o de perspectiva. Edificaría en amplitud, mediante finas bóvedas en realce y arco pintados, como si dijéramos, y sin embargo jamás dejaría ver que las losas blancas y negras del pavimento, el suelo bajo los pies del lector, no alcanzan en todo momento la base de los muros. Ese espíritu cauteloso, al releer ahora el libro, es la nota antigua que más me conmueve: es testimonio, para mí, de la ansiedad con la que procuraba el entretenimiento del lector. Sentía, dadas las posibles limitaciones del tema, que dicha preocupación no podía ser excesiva, y que el desarrollo de aquel no era otra cosa que la plasmación en la forma de esa búsqueda apasionada. Y encuentro, en verdad, que esta es la única forma posible que tengo de explicar la evolución de la fábula: es a partir de ese lema que he nombrado cómo compruebo que la necesaria agregación ha tenido lugar, que las complicaciones pertinentes se han iniciado. Como es natural, era esencial que la joven fuese un ser complejo; eso era elemental, o, en cualquier caso, la luz a la que Isabel Archer había nacido originalmente. Sin embargo, eso solo cubría parte del camino, y para atestiguar la complejidad del personaje habría que utilizar otras luces, antagónicas, enfrentadas, de tantos colores distintos, a ser posible, como las luces de los cohetes, los fuegos artificiales y las carretillas de un «espectáculo pirotécnico». Tenía yo, sin duda, un instinto ciego para elegir las complicaciones adecuadas, ya que me considero incapaz de seguir el rastro de aquellas que constituyen, tal como están las cosas, la situación general presentada. Las complicaciones están ahí en lo que valgan, y hay tantas como sería de desear, pero, debo confesar, mi memoria está en blanco con respecto a cómo llegaron y de dónde procedían.

Tengo la impresión de que una mañana me desperté en posesión de mis personajes: de Ralph Touchett y sus padres, de madame Merle, de Gilbert Osmond, su hija y su hermana, de lord Warburton, Caspar Goodwood y la señorita Stackpole, de toda la colección completa de aquellos que contribuyen a la historia de Isabel Archer. Los reconocí, sabía quiénes eran: eran las piezas numeradas de mi rompecabezas, los elementos concretos de mi «trama». Era, sencillamente, como si guiados por su propio impulso se hubiesen infiltrado en mi percepción para dar respuesta a mi pregunta inicial: «Y ahora, ¿qué va a hacer ella?». Su respuesta parecía ser que, si confiaba en ellos, me lo mostrarían; con lo cual, tras hacer un llamamiento urgente a que al menos lo hiciesen de la forma más interesante posible, a ellos me confié. Eran como uno de esos grupos de camareros y animadores que llegan en tren cuando la gente da una fiesta en el campo; representan la promesa de que la fiesta se celebrará. La que con ellos mantuve fue una relación excelente, que hizo posible incluso que me relacionase con alguien tan endeble, por su falta de cohesión, como Henrietta Stackpole. Es una realidad familiar al novelista, durante las horas de tensión, que si bien ciertos elementos son esenciales en toda obra, otros son puramente formales; que así como este o aquel personaje, esta o aquella disposición del material, pertenece directamente al tema, por decirlo de alguna manera, este o aquel otro le pertenece pero solo de forma indirecta, pues está íntimamente ligado al tratamiento que al mismo se dé. Esta es una verdad, sin embargo, de la que el escritor apenas se beneficia, ya que la única forma de que tenga constancia de ella es mediante una crítica basada en la percepción, crítica que tanto escasea en este mundo. Por otra parte, lo reconozco abiertamente, el novelista no debe pensar en beneficios, pues por ese camino se llega al deshonor. Es decir, solo le cabe pensar en un único beneficio: aquel, sea cual fuere, que se deriva de haber logrado hechizar a través de las formas de atraer la atención más simples, las más sencillas de todas. A esto es a lo único a que tiene derecho; no tiene derecho a nada, no le quedará más remedio que aceptarlo, que le pueda llegar a través del lector, como resultado de un acto de reflexión o de discernimiento de este último. Le es permitido disfrutar de tan rendido tributo, esa es otra cuestión, pero a condición que lo considere una «dádiva» añadida, un simple golpe milagroso de fortuna, el fruto caído de un árbol que no puede pretender haber sacudido. Contra la reflexión, contra el discernimiento, a favor suyo conspiran cielo y tierra; razón por la que, como digo, el novelista debe en muchos casos haberse hecho a la idea desde el principio de trabajar a cambio tan solo de un «salario digno». Dicho salario digno es la garantía de que al lector se le exigirá la menor atención posible para entender el «hechizo». La gratificadora «propina» inesperada es que el lector realice un acto de inteligencia que vaya más allá de eso, una auténtica manzana de oro que cae directamente en el regazo del escritor al mover el árbol el viento. El artista puede naturalmente, cuando es presa de la melancolía, soñar con algún Paraíso (para el arte) en el que sea legal apelar directamente a la inteligencia; ya que de tales extravagancias es imposible esperar que se vea libre por completo su mente ansiosa. Lo máximo que puede hacer es no olvidar que son extravagancias.

Todo lo cual tal vez no sea otra cosa que una manera encantadora y retorcida de decir que, en Retrato, Henrietta Stackpole era un buen ejemplo de la verdad que acabo de exponer, el mejor que podría citar si no fuera porque Maria Gostrey en Los embajadores, en aquel entonces entre las brumas del tiempo, es un ejemplo aún mejor. Cada uno de estos personajes no es más que una rueda del carruaje; ninguna de ellas forma parte del cuerpo del vehículo ni se la acomoda por un instante en un asiento de su interior. Ahí solo encuentra refugio el tema, bajo la forma del «héroe» o la «heroína», y, por ejemplo, las autoridades de rango superior que tienen el privilegio de acompañar al rey y a la reina en el viaje. Hay razones por las que al escritor le gustaría que esto se percibiese, como le gustaría, en general, que se percibiese en su obra casi todo aquello que él mismo ha sentido y ha aportado. Ya hemos visto, sin embargo, qué vana resulta dicha pretensión, a la que lamentaría dar demasiada importancia. Maria Gostrey y la señorita Stackpole son pues ejemplos, cada una de ellas, de un leve ficelle, no del auténtico agente; ya pueden correr «cuanto quieran» al lado del carruaje, ya pueden agarrarse a él hasta perder el aliento (como está claro que hace la pobre señorita Stackpole), que ninguna de ellas, en todo ese tiempo, alcanzará siquiera a poner el pie en el estribo, que ninguna dejará ni por un momento de pisar el camino polvoriento. Podríamos incluso decir que son como las pescaderas que ayudaron a llevar desde Versalles a París, en el día más nefasto de la primera etapa de la Revolución francesa, el carruaje de la familia real. Lo único es, lo reconozco, que en ese caso se me podría bien preguntar: ¿por qué entonces, en la ficción que nos ocupa, he aguantado que Henrietta tuviese una presencia (a todas luces excesiva) tan oficiosa, tan extraña y casi tan inexplicable? Trataré de explicar a continuación en la medida de lo posible y de forma más conciliadora dicha anomalía.

Una cuestión que deseo todavía aclarar más es que si la relación de confianza alcanzada con los actores de mi drama que eran, al contrario de la señorita Stackpole, los auténticos agentes, resultaba excelente, todavía me faltaba la relación con el lector, asunto completamente distinto y que me parecía que no podía confiar a nadie que no fuese yo mismo. Esa preocupación fue plasmándose en consecuencia en la inmensa paciencia con la que, como he dicho, fui colocando un ladrillo sobre otro. Dichos ladrillos —entendiendo como tales, por cierto, también los pequeños toques, las invenciones y los adornos— se me antojan poco menos que innumerables, colocados y encajados con cuidado escrupuloso. Es el resultado del detalle, de la minuciosidad; aunque, si en este sentido fuera uno a decirlo todo, expresaría la esperanza de que el aire general más amplio del modesto monumento perviva aún. Creo al menos hallar la clave de parte de toda esta explicación prolija, llena de ansia e ingenio, cuando recuerdo haberme centrado, en interés de mi joven heroína, en el más obvio de sus predicamentos. «¿Qué va a “hacer”?» Pues bien, lo primero que hará será viajar a Europa, lo que de hecho, inevitablemente, constituirá una parte no precisamente pequeña de su aventura principal. Viajar a Europa en esta época maravillosa es, hasta para las «frágiles vasijas», una aventura menor; pero ¿qué podría ser más cierto que por un lado —el lado de la independencia de azares desastrosos, de accidentes patéticos por mar y tierra, de batallas, asesinatos y muertes repentinas— sus aventuras tienen que ser menores? Sin la percepción que Isabel tiene de ellas, sin la inclinación hacia ellas, podríamos decir que no son nada en absoluto. Pero ¿no residen precisamente la belleza y la dificultad en mostrar su conversión mística en ese sentido, su conversión en materia del drama o, palabra aún más bella, de la «historia»? En mi opinión estaba tan claro como el agua. Pienso que dos ejemplos muy buenos de este efecto de conversión, dos ejemplos de esta rara química, son las páginas en las que Isabel, al entrar en el salón de Gardencourt tras volver de un húmedo paseo, aquella tarde de lluvia, se encuentra a madame Merle en posesión del lugar, a madame Merle sentada al piano, absorta por completo pero totalmente serena, y reconoce en lo más profundo de su ser, al sonar esa hora, en la presencia allí, entre las crecientes sombras, de ese personaje del que hasta un momento antes jamás había oído hablar, que ese es un punto de inflexión en su vida. Es espantoso tener razones en demasía para explicar cualquier demostración artística, poner los puntos sobre las íes en insistir en las propias intenciones, y no es mi deseo hacerlo en este punto; pero la cuestión aquí estribaba en producir la máxima intensidad con el mínimo de tensión.

Había que elevar el tono del interés hasta el límite sin alterar la clave de los elementos; de tal modo que, si todo el conjunto causaba la debida impresión, pudiera yo mostrar lo que una vida interior «fascinante» puede hacer por la persona que la vive incluso si continúa su curso completamente normal. Y no se me ocurre una aplicación más coherente de ese ideal que no sea la de ese largo parlamento, justo después de pasar la mitad del libro, de mi joven heroína tras la extraordinaria vigilia de meditación con ocasión de lo que iba a resultar ser un hito en su vida. Reducida a su esencia, no es sino una vigilia dedicada a la búsqueda y la crítica; pero impulsa la acción mucho más lejos de lo que se habría conseguido con veinte «incidentes». Fue ideada para tener toda la vivacidad de un incidente con toda la economía de una imagen. Isabel está despierta, sentada junto a la chimenea medio apagada, hasta bien entrada la noche, bajo el hechizo de unas revelaciones en las que de repente descubre que falta la nitidez definitiva. Es simplemente una representación de cómo estando inmóvil ve y un intento de conseguir que la mera lucidez inmóvil de su acto sea tan interesante como la sorpresa de que aparezca una caravana o la identificación de un pirata. Representa, por otra parte, una de las identificaciones caras al novelista e incluso indispensables para él; pero todo sigue sin que otra persona se le acerque y sin que ella se mueva de su silla. Es obviamente lo mejor del libro, pero a la vez tan solo una ilustración suprema del plan general. En cuanto a Henrietta, a quien no he terminado de pedir disculpas, con toda esa exuberancia suya no ejemplifica, me temo, un elemento del plan por mí trazado, sino tan solo un exceso de celo por mi parte. De forma tan temprana comenzó mi tendencia a tratar en exceso mi tema, en lugar de hacerlo con contención cuando había de elegir o existía algún peligro. (Muchos de mis compañeros de oficio, imagino, están lejos de mostrarse de acuerdo conmigo, pero yo siempre he sostenido que tratar en exceso es el menor de los males.) «Tratar» el tema de Retrato equivalía a no olvidar nunca, en ningún momento, que aquel tenía la obligación específica de ser entretenido. Existía el peligro de la ya comentada «superficialidad», que había que evitar a toda costa cultivando lo vívido. Así es al menos como hoy lo veo. Henrietta, en aquel momento, debía de formar parte de mi fantástica idea de lo que era vívido. Y además había otra cuestión. En los años precedentes había venido a vivir a Londres, y en aquellos tiempos, según mi percepción, una luz «internacional» gravitaba densa y rica sobre la escena. Era la luz a la cual se veía gran parte del cuadro. Pero esa es otra cuestión. En verdad, hay demasiado que decir.

HENRY JAMES

RETRATO DE UNA DAMA

1

Cuando concurren ciertas circunstancias, pocos momentos hay en la vida que resulten más gratos que esa hora que se dedica a la ceremonia conocida como el té de la tarde. Hay circunstancias en las que, tanto si uno toma té como si no —y, por supuesto, hay gente que jamás lo hace—, la situación resulta placentera por sí misma. Aquellas que tengo en la mente al iniciar la narración de esta sencilla historia hacían que el escenario de tan inocente pasatiempo resultase digno de admiración. Los elementos del ligero refrigerio habían sido colocados sobre el césped de una antigua casa solariega inglesa, en lo que yo calificaría como el momento perfecto, en mitad de una espléndida tarde de verano. Parte de dicha tarde ya había transcurrido, pero todavía quedaba mucha por delante, y lo que restaba era de una calidad única e insuperable. El crepúsculo de verdad tardaría muchas horas en llegar; pero la intensidad de la luz estival había comenzado a disminuir, el aire se había vuelto sedoso, las sombras se alargaban sobre la hierba suave y tupida. Crecían con lentitud, sin embargo, y la escena transmitía esa sensación del deleite anunciado que tal vez sea la principal fuente de placer al presenciar un momento así a una hora como esa. De las cinco a las ocho de la tarde transcurre en ciertas ocasiones una pequeña eternidad; pero en una como la que nos ocupa dicho intervalo no puede ser otra cosa que una eternidad de placer. Las personas allí presentes disfrutaban con calma de dicho placer, y no eran miembros del sexo al que se supone que pertenecen los devotos incondicionales de la ceremonia que acabo de mencionar. Las siluetas dibujadas sobre la perfecta pradera eran rectilíneas y angulosas; eran las sombras de un hombre de edad sentado en un hondo sillón de mimbre junto a una mesa baja sobre la que habían servido el té, y las de dos jóvenes que pasaban ante él, en desganada charla, una y otra vez. El anciano sostenía la taza en la mano; era una pieza de un tamaño inusual, de un modelo distinto al del resto del juego, y estaba pintada con brillantes colores. Dio cuenta de su contenido con mucha circunspección, sosteniéndola durante largo rato cerca de la barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Sus acompañantes, que o bien ya habían terminado el té o tal privilegio los dejaba indiferentes, fumaban cigarrillos mientras proseguían su caminar. Uno de ellos, de vez en cuando, al pasar, miraba con cierta atención hacia el hombre de más edad, quien, ignorante de tal observación, descansaba la vista en la fachada de intenso color rojo de su residencia. La casa que se alzaba al fondo de la pradera era una estructura merecedora de tal consideración y el objeto más característico del cuadro tan peculiarmente inglés que intento bosquejar.

La mansión se elevaba sobre una loma de poca altura junto a un río, el cual no era otro que el Támesis, a unas cuarenta millas de Londres. Una larga fachada de ladrillo rojo con gabletes, cuya apariencia el tiempo y los elementos habían dejado marcada con todo tipo de juegos pictóricos, o aunque, solo para mejorarla y refinarla, ofrecía a la pradera sus zonas cubiertas de hiedra, su profusión de chimeneas y sus ventanas cegadas por las enredaderas. La casa tenía nombre e historia; al anciano caballero que tomaba el té le habría encantado narrarles todas esas cosas; cómo había sido construida en tiempos de Eduardo VI, había ofrecido albergue por una noche a la gran Isabel (cuya augusta persona había descansado sobre un lecho inmenso, suntuoso y con una inclinación terrible que aún constituía el principal orgullo del ala de los dormitorios), había resultado dañada y deteriorada en el transcurso de las guerras de Cromwell, y luego, durante la Restauración, había sido reconstruida y muy ampliada; y cómo, finalmente, tras haber sido remodelada y desfigurada en el siglo XVIII, había pasado a las cuidadosas manos de un sagaz banquero estadounidense que la había adquirido originalmente porque (debido a circunstancias demasiado complicadas para ser expuestas aquí) se la habían ofrecido a precio de auténtica ganga: dicho caballero la había comprado tras mucho refunfuñar ante su fealdad, su antigüedad, su incomodidad, y ahora, después de veinte años, se había dado cuenta de que sentía auténtica pasión estética por ella, tanta, que la conocía hasta el más mínimo detalle y les podría haber indicado dónde situarse para verlos todos combinados y cuál era el momento exacto en que las sombras de las distintas protuberancias —que caían suavemente sobre el ladrillo cálido y desgastado— tenían la proporción adecuada. Además, como he dicho, el anciano habría sido capaz de enumerar a los sucesivos propietarios y habitantes de la casa, varios de los cuales gozaban de reconocida fama; y lo habría hecho, sin embargo, con la convicción infundada de que la última fase del destino de la mansión no era ni de lejos la menos honorable. La fachada de la casa que daba a la extensión de césped que nos concierne no era aquella por la que se entraba; esa quedaba en otra ala muy distinta. Aquí lo que primaba era la intimidad, y la amplia alfombra de césped que cubría la loma no parecía ser sino una prolongación del lujoso interior. Los frondosos robles y hayas inmóviles proyectaban una sombra tan densa como la de unas cortinas de terciopelo; y el lugar estaba decorado como si de una estancia se tratase, con mullidos asientos, con mantas de vivos colores, con libros y periódicos que yacían desperdigados por el césped. El río quedaba a cierta distancia; allí donde el terreno empezaba a inclinarse, acababa la pradera propiamente dicha. Sin embargo no por ello la bajada al río era menos agradable.

El anciano caballero junto a la mesa del té, que había llegado de Estados Unidos treinta años atrás, había traído consigo, como parte integrante del equipaje, su fisonomía puramente estadounidense; y no solo se la había traído consigo, sino que la había mantenido en la mejor forma, de manera que, de ser necesario, podría llevársela de vuelta a su propio país con total confianza. En el momento presente, como es obvio, no era muy probable que se desplazase; los viajes habían llegado a su fin y ahora disfrutaba del descanso que precede al reposo definitivo. Tenía un rostro enjuto y perfectamente afeitado, de rasgos proporcionados y expresión de plácida agudeza. Era evidentemente un rostro en el que no había gran gama de expresiones, por lo que aquel aire sagaz y complacido resultaba todo un logro. Parecía comunicar que había triunfado en la vida, y a la vez decir también que su éxito no había sido exclusivo ni inmerecido, sino que había habido en él mucha de la inocuidad del fracaso. Ciertamente había adquirido gran experiencia en el trato con los hombres, pero existía una sencillez casi rústica en la tenue sonrisa que jugueteaba sobre las mejillas anchas y huesudas e iluminaba sus animados ojos cuando al fin, con lentitud y cuidado, dejó la enorme taza de té sobre la mesa. Vestía pulcramente, con prendas negras, aunque un chal doblado descansaba sobre sus rodillas y tenía los pies metidos en gruesas chinelas bordadas. Un precioso collie estaba tumbado en el césped junto al sillón y observaba el rostro del amo con casi igual ternura a la que aquel mostraba al contemplar la más majestuosa fisonomía de la casa; y un cachorrillo de terrier, revoltoso y peludo, prestaba una atención un tanto desganada a los otros caballeros.

Uno de ellos era un hombre de unos treinta y cinco años, muy bien constituido, con rasgos ingleses tan representativos como lo eran de su país los del anciano caballero que acabo de describir: rostro hermoso, de aspecto fresco, claro y franco, de facciones rectas y bien delineadas, ojos grises vivaces y adornado por una barba color castaño. Tenía aspecto de persona afortunada, de estar dotado de una excepcional brillantez, el aire de contar con un temperamento alegre fecundado por una refinada civilización, que habría podido despertar la envidia de cualquier observador casual. Calzaba botas con espuelas, como si acabase de desmontar tras una larga cabalgada; se cubría con un sombrero blanco que parecía demasiado grande para él; se agarraba las manos a la espalda y, en una de ellas, en el puño grande y bien formado, apretaba un par de guantes de piel gruesa, arrugados y sucios.

Su acompañante, que a su lado medía con pasos la longitud de la pradera, era una persona de hechuras completamente distintas, que, pese a poder suscitar una seria curiosidad, no hubiese provocado, como en el caso del otro, el deseo casi ciego de encontrarse en su lugar. Alto, flaco, desgarbado y esmirriado de constitución, tenía un rostro feo, demacrado, despierto y simpático, provisto, aunque no pueda decirse que adornado, de bigote poco poblado y patillas. Su aspecto era inteligente y enfermizo, combinación no muy venturosa, y vestía chaqueta de terciopelo marrón. Escondía las manos en los bolsillos, y había algo en la manera de hacerlo que denotaba en ello una costumbre inveterada. Su paso era vacilante e indeciso; las piernas carecían de firmeza. Como he dicho, cada vez que pasaba por delante del anciano sentado en la silla posaba en él la mirada; y en ese instante, al ver los rostros de ambos a un tiempo, era fácil darse cuenta de que se trataba de padre e hijo. Por fin la mirada del padre se cruzó con la del hijo y le dedicó una tenue sonrisa en respuesta.

—Me encuentro muy bien —dijo.

—¿Te has tomado el té? —preguntó el hijo.

—Sí, y lo he disfrutado.

—¿Quieres un poco más?

El anciano se lo pensó con placidez.

—Pues me parece que voy a esperar, ya veré.

En su tono se notaba el acento americano.

—¿Tienes frío? —preguntó el hijo.

El padre se frotó las piernas lentamente.

—Pues no lo sé. No sabría decirlo mientras no lo sienta.

—Tal vez alguien podría sentirlo por ti —dijo el más joven de los dos, riéndose.

—¡Ah, tengo la esperanza de que alguien sienta siempre algo por mí! ¿No siente usted nada por mí, lord Warburton?

—Por supuesto que sí, muchísimo —respondió al instante el caballero de dicho nombre—. Y diría que parece encontrarse usted de lo más cómodo.

—Pues sí, supongo que así es en general. —Y el anciano bajó la vista al chal verde y se lo alisó sobre las rodillas—. La verdad es que llevo tantos años encontrándome cómodo que la fuerza de la costumbre hace que no lo valore.

—Sí, eso es lo que pasa con la comodidad —dijo lord Warburton—, que solo la valoramos cuando nos sentimos incómodos.

—Tengo la impresión de que nosotros somos un tanto peculiares —observó su acompañante.

—Desde luego que sí, no hay duda alguna de que lo somos —musitó lord Warburton.

Y, a continuación, los tres hombres se quedaron un rato callados; los dos más jóvenes con la mirada fija en el anciano, que al fin pidió otra taza de té.

—Tengo la impresión de que ese chal le molesta —reanudó la conversación lord Warburton mientras el otro joven volvía a llenarle la taza al anciano.

—¡Ah no, el chal no se lo puede quitar! —exclamó el caballero de la chaqueta de terciopelo—. No le metas semejante idea en la cabeza.

—Es de mi esposa —dijo el anciano sin más explicación.

—Ah, bueno, si se trata de razones sentimentales…

Y lord Warburton hizo un gesto de disculpa.

—Supongo que tendré que devolvérselo cuando venga —añadió el anciano.

—No harás nada por el estilo. Te lo quedarás para cubrir tus pobres piernas.

—No te metas con mis piernas, ¿eh? —dijo el anciano—. A mí me parecen igual de buenas que las tuyas.

—Pues tú puedes meterte cuanto quieras con las mías —repuso el hijo mientras le daba la taza de té.

—Es que somos un par de patos renqueantes; no veo yo que haya mucha diferencia.

—No sabes cuánto te agradezco que me llames pato. ¿Qué tal está el té?

—Bueno… bastante caliente.

—Se supone que eso es un mérito.

—Desde luego que tiene mérito —murmuró el anciano en tono afable—. Tengo un enfermero excelente, lord Warburton.

—¿Tal vez un poco torpe? —preguntó su señoría.

—Claro que no, de torpe nada, teniendo en cuenta que también él está achacoso. Es muy buen enfermero, para tratarse de alguien que también está enfermo. Por eso yo lo llamo mi enfermero enfermo.

—¡Ya está bien, papá! —exclamó el joven poco agraciado.

—Es que es así; ojalá no lo fuese. Pero supongo que no puedes evitarlo.

—Podría intentarlo, me estás dando una idea —dijo el joven.

—¿Ha estado usted enfermo alguna vez, lord Warburton? —preguntó el padre.

El aludido reflexionó un momento.

—Sí, señor, en una ocasión, en el golfo Pérsico.

—Te está tomando el pelo, papá —dijo el otro joven—. Es una especie de broma.

—Ya, parece que se hacen muchas bromas de esas hoy día —respondió el padre—. En cualquier caso, no tiene usted aspecto de haber estado enfermo, lord Warburton.

—Lo que a él le enferma es la vida; es lo que me estaba contando, y con bastante rotundidad —dijo el amigo de lord Warburton.

—¿Es eso cierto, caballero? —preguntó el anciano con seriedad.

—Así es, y su hijo no me ha proporcionado consuelo alguno. Resulta inútil hablar con él, es un auténtico cínico. Da la impresión de no creer en nada.

—Eso es otra especie de broma —dijo la persona acusada de cinismo.

—Lo que le pasa es que tiene una salud muy mala —le explicó el padre a lord Warburton—. Y eso le afecta a su mente e influye en su forma de ver las cosas; da la impresión de que sienta que jamás ha tenido una oportunidad. Pero es algo por completo teórico, ¿sabe usted?; y no parece afectar a su estado de ánimo. Rara es la vez en que no lo haya visto alegre… como en este momento. A menudo es él quien me alegra a mí.

El joven objeto de aquella descripción miró a lord Warburton y se echó a reír.

—¿Es esa una encendida alabanza o una acusación de frivolidad? ¿Te gustaría que pusiese en práctica mis teorías, papá?

—¡Vive Dios que entonces sí que veríamos cosas extrañas! —exclamó lord Warburton.

—Espero que tú no hayas adoptado ese tono —dijo el anciano.

—El tono de Warburton es peor que el mío; él finge estar aburrido. Yo no me siento aburrido en absoluto; yo encuentro la vida demasiado interesante.

—Conque demasiado interesante, ¿eh? Pues no deberías permitir que fuese así.

—Jamás me aburro cuando vengo aquí —aseguró lord Warburton—. La conversación resulta de lo más entretenida.

—¿Es esa otra especie de broma? —preguntó el anciano—. Usted no tiene excusa para aburrirse en ningún lado. Cuando yo tenía su edad, no sabía lo que era el aburrimiento.

—Debió de tardar mucho en madurar.

—No, maduré muy deprisa; esa es precisamente la razón. Cuando contaba veinte años ya había madurado a conciencia. Trabajaba de sol a sol. Usted no se aburriría si tuviese algo que hacer; pero ustedes los jóvenes están todos excesivamente ociosos. Piensan demasiado en su propio placer. Son demasiado caprichosos, demasiado indolentes, y demasiado ricos.

—¡Quién fue a hablar! —exclamó lord Warburton—. ¡No es usted precisamente la persona más indicada para acusar a un congénere de ser demasiado rico!

—¿Lo dice porque soy banquero? —preguntó el anciano.

—Por eso, si quiere; y porque cuenta con recursos ilimitados, ¿o acaso no es así?

—No es tan rico —salió en su defensa el otro joven—. Ha donado una cantidad de dinero inmensa.

—Ya, pero imagino que era suyo —dijo lord Warburton—, y, en tal caso, ¿puede haber mayor prueba de riqueza? Un benefactor público debería ser el último en decir que los demás tienen excesivo apego al placer.

—Papá tiene mucho apego al placer… al placer de los demás.

El anciano negó con la cabeza.

—Yo no albergo la más mínima pretensión de haber contribuido al solaz de mis contemporáneos.

—¡Mi querido padre, no seas tan modesto!

—Esa es una especie de broma, señor —aseguró lord Warburton.

—Los jóvenes gastáis demasiadas bromas. Cuando no hay bromas, os quedáis sin nada.

—Por fortuna, siempre quedarán más bromas —aseguró el joven poco agraciado.

—Yo no estoy de acuerdo. Creo que las cosas se están poniendo serias. Vosotros los jóvenes ya os daréis cuenta.

—En la creciente seriedad de las cosas… ahí encontraremos una oportunidad para el humor.

—Pues tendrá que ser humor negro —dijo el anciano—. Estoy convencido de que habrá grandes cambios; y de que no todos serán para mejor.

—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor —declaró lord Warburton—. Estoy seguro de que van a producirse grandes cambios, y de que acontecerán todo tipo de cosas extrañas. Por eso me resulta tan difícil poner en práctica sus consejos. Si lo recuerda, el otro día me dijo que yo necesitaba algo a lo que «agarrarme». Uno vacila antes de agarrarse a algo que puede saltar por los aires en cualquier momento.

—Lo que deberías hacer es agarrarte a una mujer bonita —dijo su amigo—. Es que está intentando enamorarse —añadió a modo de explicación, dirigiéndose a su padre.

—¡Hasta las mujeres bonitas podrían saltar por los aires! —exclamó lord Warburton.

—No, no, ellas permanecerán firmes —replicó el anciano—; a ellas no les afectarán los cambios sociales y políticos a los que acabo de referirme.

—¿Quiere decir que no van a abolirlas? Pues muy bien, en ese caso, agarraré a una lo antes posible y me la colgaré del cuello como un salvavidas.

—Las mujeres nos salvarán —dijo el anciano—; es decir, las mejores de ellas lo harán, porque yo distingo entre las mujeres. Conquista a una de las buenas y cásate con ella, y tu vida será mucho más interesante.

Un silencio momentáneo subrayó tal vez para sus oyentes el carácter magnánimo de aquel discurso, ya que no era ningún secreto ni para el hijo ni para el visitante que su propia experiencia del matrimonio no había sido afortunada. Pero, como él mismo había dicho, sabía distinguir entre las mujeres; y aquellas palabras tal vez podrían entenderse como la confesión de un error personal, aunque, desde luego, no sería apropiado que ninguno de sus acompañantes comentase que, al parecer, la dama de su elección no había sido una de las mejores.

—Si me caso con una mujer interesante, me sentiré interesado, ¿es eso lo que quiere decir? —preguntó lord Warburton—. Yo no tengo intención alguna de casarme… su hijo lo ha tergiversado; pero nunca se puede saber lo que una mujer interesante podría hacer de mí.

—Me gustaría ver qué entiendes tú por una mujer interesante —dijo su amigo.

—Mi querido amigo, las ideas no pueden verse; especialmente unas ideas tan sumamente etéreas como las mías. Ya sería un gran paso adelante que pudiese verlas yo.

—Bueno, puede usted enamorarse de quien le plazca, pero le prohíbo que se enamore de mi sobrina —dijo el anciano.

Su hijo soltó una carcajada.

—¡Va a pensar que se lo dices como una provocación! Mi querido padre, vives con los ingleses desde hace treinta años, y se te han pegado muchas de las cosas que dicen. Pero ¡nunca has aprendido cuáles son las que se callan!

—Yo digo lo que me place —respondió el anciano con toda serenidad.

—No tengo el honor de conocer a su sobrina —dijo lord Warburton—. Creo que es la primera vez que oigo hablar de ella.

—Es sobrina de mi esposa; la señora Touchett la trae con ella a Inglaterra.

El joven señor Touchett se lo explicó:

—Mi madre, como sabes, ha pasado el invierno en Estados Unidos, y estamos esperando su regreso. Ha escrito que ha descubierto allí a una sobrina y que la ha invitado a venirse con ella.

—Ya veo… qué amable de su parte —dijo lord Warburton—. ¿Es interesante la joven?

—Apenas sabemos más de ella que tú; mi madre no nos ha dado detalles. Se comunica con nosotros principalmente por medio de telegramas, y sus telegramas son más bien indescifrables. Dicen que las mujeres no saben escribir telegramas, pero mi madre ha llegado a dominar por completo el arte de la concisión. «Cansada América, calor insoportable, regreso Inglaterra con sobrina, primer buque camarote decente.» Ese es el tipo de mensaje que recibimos de ella, y eso decía el último que llegó. Pero había habido otro antes, que creo que contenía la primera mención a dicha sobrina. «Cambié hotel, muy malo, recepcionista insolente, dirección aquí. Recogido hija hermana, murió año pasado, ir a Europa, dos hermanas, de lo más independiente.» Mi padre y yo no hemos dejado de hacernos preguntas sobre el mensaje; parece susceptible a muchas interpretaciones.

—Hay una cosa en él que está muy clara —dijo el anciano—: al empleado del hotel le ha dado un buen rapapolvo.

—Yo ni siquiera estoy seguro de eso, ya que consiguó quitársela de en medio. Al principio pensamos que la hermana citada podía ser la del recepcionista; pero la posterior mención a una sobrina parece probar que hace alusión a una de mis tías. Después está la cuestión de quién son las otras dos hermanas; probablemente sean dos hijas de mi difunta tía. Pero ¿quién es «de lo más independiente», y en qué sentido se emplea dicho término? Ese punto todavía no lo hemos aclarado. ¿Se refiere la expresión más concretamente a la joven dama que mi madre ha adoptado, o caracteriza a todas las hermanas por igual? ¿Y está utilizada en sentido moral o económico? ¿Indica que han quedado bien provistas económicamente, o que no desean estar sujetas a obligación alguna? ¿O quiere simplemente decir que les gusta hacer las cosas a su manera?

—Por más significados que tenga, ese está bastante claro —comentó el señor Touchett.

—Tendrás ocasión de comprobarlo por ti mismo —dijo lord Warburton—. ¿Cuándo llega la señora Touchett?

—No tenemos ni idea. Tan pronto como consiga un camarote decente. Puede que todavía siga esperando uno; aunque también es posible que ya haya desembarcado en Inglaterra.

—En tal caso, probablemente les habría telegrafiado.

—Jamás manda un telegrama cuando lo esperas… solo cuando no lo esperas —dijo el anciano—. Le gusta presentarse de improviso; piensa que me va a pillar haciendo algo malo. Hasta ahora nunca ha sido así, pero ella no pierde la esperanza.

—Es por esa característica familiar suya, por esa independencia de la que habla. —La apreciación del hijo al respecto era más favorable—. Por mucho espíritu que tengan esas jóvenes, el de ella no se queda atrás. Le gusta hacerlo todo por sí misma y no cree que nadie tenga capacidad para ayudarla. De mí piensa que valgo lo mismo que un sello de correos sin engomar, y jamás me perdonaría que osase ir a Liverpool a recibirla.

—¿Me avisarás al menos de la llegada de tu prima? —rogó lord Warburton.

—Solo con la condición que he puesto: ¡que no se enamore de ella! —intervino el señor Touchett.

—Eso me parece una crueldad. ¿Es que no me considera lo suficientemente bueno?

—Le considero demasiado bueno. Es porque no me gustaría que se casase con usted. Ella no viene aquí en busca de marido, o eso espero; hay tantas jóvenes que sí lo hacen, como si en nuestro país no hubiese buenos maridos. Y, además, lo más probable es que esté comprometida; las jóvenes de Estados Unidos suelen estarlo, según creo. Además, después de todo, tampoco estoy seguro de que vaya a ser usted un marido maravilloso.

—Lo más probable es que ya esté comprometida. He conocido a muchísimas jóvenes estadounidenses, y siempre lo estaban; pero, vive Dios, que jamás he visto que eso tuviese importancia. Y en cuanto a lo de si sería buen marido —prosiguió el visitante del señor Touchett—, yo tampoco lo tengo muy claro. Lo único que se puede hacer es intentarlo.

—Inténtelo todo lo que usted quiera, pero no lo haga con mi sobrina —dijo sonriente el anciano, cuya postura contraria a la idea era más que nada producto de su buen humor.

—Pues muy bien —dijo lord Warburton con todavía mejor humor—, puede que, después de todo, sea ella la que no se merezca que yo lo intente.

2

Mientras este intercambio de agudezas tenía lugar entre los otros dos, Ralph Touchett se alejó un poco, con aquellos andares suyos desgarbados, las manos en los bolsillos y el pequeño terrier juguetón pegado a los tobillos. Con el rostro vuelto hacia la casa y la pensativa mirada fija en el césped, el joven era objeto de la atención de una persona que acababa de aparecer en la amplia entrada momentos antes de que aquel se percatara de su presencia. Lo que atrajo su atención hacia ella fue la conducta del perro, que había salido disparado de repente entre toda una pequeña salva de agudos ladridos, en los que, sin embargo, se apreciaba más una nota de bienvenida que un tono amenazante. La persona en cuestión era una joven dama, que pareció interpretar de inmediato el recibimiento del pequeño animal. El perro avanzó hacia ella con gran rapidez y se detuvo a sus pies, mirándola y ladrando con fuerza; ante lo cual, sin titubeos, ella se agachó, alargó las manos para cogerlo y lo levantó hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura sin que el animal cejase en su rápido parloteo. El amo había tenido ya tiempo de ir tras él y ver que la nueva amiga de Bunchie era una muchacha alta con vestido negro, que a primera vista parecía bonita. Llevaba la cabeza descubierta, como si residiese en la casa, hecho que llenó de perplejidad al hijo del dueño, consciente como era de la ausencia de visitantes que la mala salud del anciano había hecho necesaria desde hacía algún tiempo. Entretanto, los otros dos caballeros habían advertido también la presencia de la recién llegada.

—Dios nos asista, ¿quién es esa desconocida? —había preguntado el señor Touchett.

—Tal vez sea la sobrina de la señora Touchett, la joven independiente —aventuró lord Warburton—. Creo que debe de ser ella, por la forma en que sostiene al perro.

El collie, por su parte, también había permitido que su atención se desviase, y salió al trote en dirección a la joven de la entrada, meneando lentamente la cola al acercarse.

—Pero entonces, ¿dónde está mi esposa? —murmuró el anciano.

—Supongo que la joven la habrá dejado en alguna parte: eso forma parte de la independencia.

La muchacha, sonriente, se dirigió a Ralph con el perro todavía en brazos.

—¿Es suyo este perrito, señor?

—Era mío hasta hace un momento, pero de repente ha adquirido usted un acusado aire de propiedad sobre él.

—¿No podríamos compartirlo? —preguntó la joven—. Es una auténtica monada.

Ralph la miró un instante; era sorprendentemente bonita.

—Se lo puede quedar —respondió entonces.

La joven dama daba muestras de tener muchísima confianza, tanto en sí misma como en los demás, pero aquella inesperada muestra de generosidad hizo que se ruborizara.

—Debería saber que probablemente sea prima suya —le espetó, al tiempo que dejaba al perro en el suelo—. ¡Y aquí viene otro! —añadió de inmediato al acercarse el collie.

—¿Probablemente? —exclamó el joven entre risas—. ¡Creía que eso había quedado claro! ¿Ha llegado con mi madre?

—Sí, hace media hora.

—¿Y ella la ha dejado aquí y se ha vuelto a marchar?

—No, se fue directamente a su habitación, y me dijo que, si lo veía, tenía que decirle que fuera usted a verla allí a las siete menos cuarto.

El joven dirigió la mirada a su reloj.

—Muchísimas gracias; prometo ser puntual. —Y a continuación miró a su prima—. Sea usted bienvenida a esta casa. Estoy encantado de conocerla.

Ella lo examinaba todo con una mirada que denotaba una aguda percepción: a su interlocutor, a los perros, a los dos caballeros bajo los árboles, el hermoso escenario que la rodeaba.

—Jamás he visto nada tan bonito como este lugar. He recorrido toda la casa; es preciosa.

—Siento que lleve tanto tiempo aquí sin que nos hayamos enterado.

—Su madre me dijo que en Inglaterra la gente hacía su llegada con mucha discreción, así que pensé que era lo adecuado. ¿Es su padre alguno de aquellos caballeros?

—Sí, el mayor, el que está sentado —dijo Ralph.

La joven soltó una carcajada.

—Ya imagino que no será el otro. ¿Quién es el otro?

—Un amigo nuestro: lord Warburton.

—Ah, tenía la esperanza de que hubiese un lord; ¡es como en las novelas! —Y a continuación—: ¡Ven aquí, adorable criatura! — gritó de improviso, al tiempo que se agachaba y cogía de nuevo al perrito.

Seguía en el lugar donde se habían encontrado, sin hacer ademán de acercarse ni de hablar con el señor Touchett, y mientras ella se entretenía en la proximidad del umbral, esbelta y llena de encanto, su interlocutor se preguntó si esperaría que fuese el anciano el que se acercara a presentarle sus respetos. Las jóvenes estadounidenses estaban acostumbradas a que las tratasen con mucha deferencia, y por la información recibida, esta tenía mucha personalidad. Era indiscutible, Ralph lo veía en su rostro.

—¿Quiere venir y conocer a mi padre? —se aventuró a preguntar, pese a todo—. Es mayor y está delicado; no se levanta del sillón.

—¡Ay, pobre hombre, cuánto lo siento! —exclamó la joven, que al instante se encaminó hacia él—. Por su madre, tenía la impresión de que era una persona bastante… extremadamente activa.

Ralph Touchett se quedó un instante en silencio.

—Lleva un año sin verlo.

—Bueno, tiene un sitio precioso donde sentarse. Vamos, perrito.

—Sí, es un lugar fantástico —dijo el joven, mirando de reojo a su acompañante.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella, la atención puesta de nuevo en el terrier.

—¿Quién, mi padre?

—Sí —respondió la muchacha, divertida—, pero no le diga que se lo he preguntado.

Para entonces ya habían llegado al lugar donde el anciano señor Touchett estaba sentado, y este se levantó despacio del sillón para presentarse.

—Ha llegado mi madre —anunció Ralph Touchett—, y esta es la señorita Archer.

El anciano posó ambas manos en los hombros de la joven, la examinó un instante con inmensa benevolencia y a continuación la besó con galantería.

—Es un enorme placer para mí verte aquí, pero me habría gustado que nos hubieseis dado la oportunidad de salir a recibiros.

—Oh, nos recibieron —dijo la muchacha—. Había cerca de una docena de criados en el vestíbulo. Y una anciana que nos hacía reverencias en el portón.

—¡Si se nos avisa, podemos hacerlo aún mejor! —Y el anciano sonrió, al tiempo que se frotaba las manos y negaba lentamente con la cabeza, mirándola—. Pero a la señora Touchett no le gustan los recibimientos.

—Se fue directamente a su habitación.

—Sí, y se cerró a cal y canto. Siempre lo hace. Bueno, supongo que la veré la próxima semana.

Y el marido de la señora Touchett, con lentitud, volvió a sentarse.

—Antes de eso —dijo la señorita Archer—. Bajará a cenar, a las ocho. Y usted no se olvide de las siete menos cuarto —añadió, volviéndose hacia Ralph.

—¿Qué pasa a las siete menos cuarto?

—Que tengo que ir a ver a mi madre.

—¡Ah, qué suerte la tuya, muchacho! —comentó el anciano—. Pero siéntate, tienes que tomar el té —indicó a la sobrina de su mujer.

—Me llevaron el té a mi habitación nada más llegar aquí —respondió la joven dama—. Siento que no se encuentre usted bien de salud —añadió, posando la mirada sobre su venerable anfitrión.

—Bueno, es que soy un viejo, querida; me ha llegado la hora de serlo. Pero me encontraré mejor contigo aquí.

La joven se había dedicado de nuevo a examinar todo lo que había a su alrededor: el césped, los magníficos árboles, el Támesis plateado entre los juncos, la hermosa y antigua mansión y, al tiempo que realizaba la inspección, había incluido en la misma a sus acompañantes, con una capacidad de observación fácil de entender en una joven que, saltaba a la vista, era a la vez inteligente y estaba llena de entusiasmo. Se había sentado y había dejado al perrito en el suelo; tenía las blancas manos unidas en el regazo sobre el negro vestido; mantenía erguida la cabeza, los ojos brillantes, y su figura flexible se volvía con facilidad hacia uno y otro lado, en concordancia con la viveza con que innegablemente captaba las distintas impresiones. Las impresiones que recibía eran innumerables, y todas ellas quedaban reflejadas en una sonrisa limpia y tranquila.

—Jamás he visto nada tan hermoso como esto.

—Sí, está precioso —dijo el señor Touchett—. Conozco la impresión que te produce. Yo también he pasado por eso. Pero tú también eres muy hermosa —añadió con una cortesía en la que no había el más mínimo rastro de cruda jocosidad y con el alegre convencimiento de que su avanzada edad le confería el privilegio de decir cosas así, incluso a jóvenes que podían sentirse alarmadas al oírlas.

No es preciso determinar con exactitud hasta qué punto pudo sentirse alarmada la joven; se puso en pie de inmediato, con un rubor que, sin embargo, no suponía ninguna refutación.

—¡Sí, por supuesto que soy preciosa! —respondió con una breve carcajada—. ¿Cuántos años tiene esta casa? ¿Es isabelina?

—Es estilo Tudor temprano —dijo Ralph Touchett.

La joven se volvió hacia él y examinó su rostro.

—¿Tudor temprano? ¡Qué maravilla! E imagino que habrá muchas otras.

—Hay muchas que son mucho mejores.

—¡No digas eso, hijo mío! —protestó el anciano—. No hay ninguna mejor que esta.

—Yo tengo una muy buena; creo que en ciertos aspectos es bastante mejor —intervino lord Warburton, que hasta el momento no había hablado, pero que había estado observando a la señorita Archer con mirada atenta. Sonriendo, se inclinó ligeramente ante ella; hacía gala de unos modales excelentes con las mujeres. La joven lo apreció al instante; no había olvidado que se trataba de lord Warburton—. Me encantaría enseñársela —añadió.

—No le creas —gritó el anciano—. ¡No vayas a verla! Es un barracón inmundo, no puede ni compararse con esta.

—No sé… no soy quién para juzgar —dijo la joven dirigiéndole una sonrisa a lord Warburton.

El debate carecía de todo interés para Ralph Touchett, que, con las manos en los bolsillos, daba la clara impresión de querer reanudar la conversación con la prima recién hallada.

—¿Le gustan mucho los perros? —preguntó a modo de inicio, y pareció darse cuenta de que era un inicio torpe para un hombre inteligente.

—Sí, muchísimo.

—Tiene que quedarse al terrier, está claro —continuó, todavía con torpeza.

—Me lo quedaré mientras esté aquí, con mucho gusto.

—Espero que sea por mucho tiempo.

—Es muy amable de su parte. No tengo ni idea. Le corresponde a mi tía decidirlo.

—Yo lo decidiré con ella… a las siete menos cuarto.

Y Ralph miró de nuevo su reloj.

—Me alegro de estar aquí, en cualquier caso.

—No creo que usted permita que otros decidan en su lugar.

—Claro que sí; siempre que decidan lo que yo quiera.

—Yo decidiré esto a mi gusto —dijo Ralph—. Me resulta muy difícil de entender que no la hayamos conocido hasta ahora.

—Yo estaba allá; no tenían más que venir a verme.

—¿Allá? ¿Qué quiere decir?

—En Estados Unidos: en Nueva York, Albany y otros lugares del país.

—He estado allí, por todas partes, pero jamás la vi. No lo entiendo.

La señorita Archer titubeó un instante.

—Fue porque hubo algún desacuerdo entre su madre y mi padre, tras la muerte de mi madre, que tuvo lugar cuando yo era una niña. A raíz de aquello, pensamos que nunca los conoceríamos.

—Ah, pero yo no apoyo todas las disputas de mi madre, ¡Dios me libre! —exclamó el joven—. ¿Ha perdido a su padre recientemente? —prosiguió con más seriedad.

—Sí; hace más ...