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ROJO Y ORO

Selene M. Pascual / Iria G. Parente

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Fragmento

CANTO I
EL DIOS DE LA VIDA

Habladme, musas, de las antiguas historias de los dioses;
de sus rencillas y sus amores, y de los pecados nunca perdonados.

Habladme de Eris, que fue castigada por su ambición,
y de cómo el Caos se atrevió a crear vida de la propia muerte…

La historia que voy a contaros ocurrió mucho después de que el Mundo Medio hubiera sido poblado por mortales y el Mundo Superior por inmortales. Mucho después de que el Universo fuera dividido en tres por Zeus y sus hermanos, separando Cielo, Mar e Inframundo.

Esta historia ocurrió cuando el poder de los divinos ya estaba repartido, y todo aquel que ansiase más tenía que armarse de astucia y artimañas para conseguirlo.

Eso fue precisamente lo que hizo Eris, diosa de la Discordia, capaz de hacer reinar el caos entre humanos y deidades por igual.

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Ella ansiaba más poder del que se le había dado, y pensó que la forma de conseguirlo era engañar a uno de los tres grandes dioses para robarles su fuerza y su reino. Su mirada se volvió hacia Zeus antes que hacia cualquier otro: pensó que si conquistaba al rey, este sería capaz de desterrar a su propia esposa, Hera, para darle el título de reina a ella. Pero, aunque el Caos sedujo al gobernante de los cielos, él nunca pensó en darle nada. Podría haberlo matado entonces, pero su idilio había despertado la atención y el desprecio de Hera, siempre celosa y vengativa, por lo que decidió retirarse de aquel terreno para conquistar alguno más sencillo.

Se fijó entonces Eris en el reino de Poseidón, pero aquel lugar no la agradaba: era frío y húmedo, y no estaba lo suficientemente apartado como para hacer lo que se le antojase sin estar bajo la vigilancia de los demás dioses. De igual modo, en los mares solo se puede plantar el caos de las tormentas y los naufragios, y aquello le parecía poco ambicioso.

Solo quedaba entonces una opción: el Inframundo era cálido y caótico en sí mismo. El sufrimiento y el terror que emanaban del Tártaro la atraían. Aunque Hades tenía como esposa a la bella Perséfone, ella pasaba la mitad del año fuera de aquellas tierras y no era demasiado poderosa. Eris no podía mantener a la reina del Inframundo alejada de sus dominios para siempre, pero quizá bastase con tomar su puesto durante un día y hacer creer a Hades que era ella. Cuando él se quisiera dar cuenta de que había sido engañado, ya sería demasiado tarde.

Así pues, cuando la puerta del Inframundo se abrió al final del verano para que Perséfone volviese a su palacio, Eris trató de embaucarla para adentrarse en el reino en su lugar. Le dijo que, de ese modo, si ansiaba pasar más tiempo con su madre podría hacerlo, que si quería toda la libertad del mundo la tendría. Incluso trató de convencerla de que Hades no la amaba, y le preguntó si de verdad ella podía llegar a querer a quien un día fue su captor. Pero Perséfone, si bien no tenía demasiado poder, era inteligente: sospechó de los trucos del Caos y se negó a aceptar su oferta, creyendo que intentaba mantenerla alejada de su trono.

Entonces Eris decidió que las cosas habrían de hacerse por las malas: planeaba gobernar sobre el Inframundo de todos modos, así que no haría falta otra reina. Por eso cortó la cabeza de su enemiga: la única forma que existe de matar a un inmortal. Eris escondió el cuerpo sin demora y tomó la forma de Perséfone como parte de su trampa, descendiendo a continuación a los Infiernos para conseguir su corona.

Hades esperaba a su esposa como al principio de cada otoño. Ajeno al engaño del que estaba siendo víctima, cuando Eris se arrodilló ante él bajo la apariencia de Perséfone, el dios la tomó en sus brazos y la besó con la pasión del primer encuentro. El hombre no vio el puñal que guardaba el Caos tras la espalda, pero supo que algo iba mal cuando no reconoció el beso de la que creía su amada. Se separó justo a tiempo de descubrir la farsa y salvar su vida, y fue campeón del forcejeo que siguió, reduciendo a la diosa y enredándola en cadenas.

Eris vio descubierta su identidad, y su castigo fue inminente.

¡Cómo lloraron los espíritus de los muertos ese día, cuando descubrieron a la bella Perséfone profanada por las crueles garras de la pérdida! ¡Cómo sufrió Hades, pues los dioses, cuando mueren, nunca pasan por su reino, y él no podría verla nunca más!

Pero la que más lloraba era Deméter, madre de Perséfone, que había perdido a su hija para siempre. Y si no estaba con ella, la vida no tenía sentido. Durante semanas, lloró por la soledad, y las plantas se marchitaron por todo el Mundo Medio. Durante semanas, fue una muerta en vida, hasta que decidió que solo le quedaba una opción: vacía como estaba, al borde de la locura y el agotamiento, tuvo sin embargo las fuerzas suficientes para cortar su propio cuello y acabar de una vez por todas con su dolor. En el mismo momento en el que lo hizo, su poder quedó libre por la tierra de los mortales, y las estaciones empezaron a sucederse sin orden ni concierto, trayendo largas sequías y espantosas inundaciones. Las cosechas se cubrieron de heladas y olas de calor abrasador azotaron las ciudades. Su pérdida dentro de los Doce, menguados a Once de pronto, trajo confusión y debates entre los dioses sobre si su puesto debía ser o no reemplazado. Finalmente, fue Hermes quien ocupó el lugar de la diosa, premiado por su fidelidad como mensajero divino durante tantos siglos.

Eris habría estado muy satisfecha de que su engaño hubiera traído al mundo la anarquía que tanto amaba, si no hubiera sido porque para entonces los Doce ya la habían juzgado. El pecado de matar a otra diosa era lo suficientemente malo para condenarla de por vida y Hera, encabezando el juicio junto a su esposo, prometió su encierro eterno. La convirtieron en estatua y construyeron a su alrededor un laberinto cuyo centro fuese imposible de alcanzar por cualquier dios conocido. Allí la dejaron, custodiada por sus vástagos, que así también recibieron su castigo por nacer del Caos: guardarían a su madre hasta el fin de los días, y así los dioses no habrían de temer que pudieran ser tan osados como lo había sido su madre.

Pero de todos los hijos de Eris, uno era demasiado pequeño para cumplir su labor de carcelero: Orión, el dios de la Vida, no era más que un recién nacido cuando su madre fue juzgada. Con él nadie sabía qué hacer, pues su poder no era cruel como el del resto de los hijos del Caos, pero al mismo tiempo no podían prever lo que pasaría si lo dejaban suelto.

Tras largas discusiones entre los Doce, Hera se ofreció a hacerse cargo del niño y a educarlo y guardarlo en su palacio. Conscientes del odio de su reina hacia Eris, ninguno de los presentes estuvo seguro de que aquella promesa guardara buenas intenciones, pero nadie se atrevió a protestar. Los dioses, al fin y al cabo, son criaturas egoístas que solo saben de bondad cuando esta les dispensa honor y gloria.

Y, así, la Vida nunca conoció la libertad.

ORIÓN

Mi mundo es dorado. El dorado del sol y del oro, de la opulencia y el derroche.

Mi mundo también es blanco. El blanco del orden, de lo impoluto, de la limpieza de aquello que no puede ser corrompido.

Yo no tengo nada en este mundo, y nunca he sido parte de él.

Cuando abro los ojos, el blanco es el de las sábanas de la cama en la que yazco, y el dorado es el de la tela de los cojines. Las sedas que cuelgan del techo dan a la luz que se cuela en la estancia un aire de atardecer, pese a que quedan horas para que Helios llegue al final de su recorrido diario por el Cielo.

Ella, por supuesto, no está a mi lado: siempre me despierto solo, y eso es de agradecer. Odiaría que se quedara conmigo en este lecho, humillándome incluso cuando se ha aburrido de mi cuerpo. Odiaría despertarme con su mirada clavada en mí, recordándome todo el poder que tiene, y cómo puede usarlo para controlarme.

Cuando alzo la cabeza, la veo inclinada sobre la pila, como cada día. Una vez más, debe de buscar a Zeus en ella, aunque no sé por qué sigue haciéndolo si siempre termina sufriendo de desencanto y celos, porque él tiene a alguna otra entre los brazos y, en cambio, a ella hace años que no la toca. Que no viene a verla, siquiera. La diosa de los Matrimonios no ve a su esposo desde hace al menos dos décadas, pero los mortales aún le rezan, esperando que consagre sus enlaces.

No sé si me parece triste o solo irónico.

El estruendo de la pila de oro al caer al suelo me coge por sorpresa. El agua en el que Hera estaba espiando a su esposo se derrama por el suelo en un gran charco y ella gruñe, enfadada. El líquido salpica el bajo de su túnica y sus pies descalzos, pero ni siquiera parece darse cuenta. Se queda ahí, de pie, mirando con furia silenciosa el estropicio. Sé que le echa la culpa de todo a Zeus. Sé que ha bajado muchas veces al Mundo Medio para buscarlo, para atraparlo, pero siempre llega tarde. El rey de los dioses es escurridizo, y por eso Hera tiene que contentarse con castigar a sus amantes, incluso cuando sabe que ellas no tienen la culpa. ¿Quién se va a resistir a él? Las mujeres, allá abajo, tienen miedo de las represalias de rechazarlo. Y, a la vez, tienen miedo de las represalias si lo aceptan. ¿Qué es peor? ¿Ser fulminada por un rayo o ser convertida en un monstruo sin conciencia de tu verdadero ser?

Con un suspiro, me levanto. He vivido esta escena ya demasiadas veces y sé cómo tengo que actuar para complacerla, así que lo hago. Hoy, más que nunca, necesito que esté contenta. Necesito que confíe en mí, aunque soy consciente de que nunca lo ha hecho. La reina de los Cielos no confía en nadie, y mucho menos en alguien a quien solo considera un siervo y un muñeco.

En silencio, me acerco adonde está mi señora y me arrodillo para recoger la palangana. Escucho las quejas de Hera entre dientes, como si hablara sola. En parte, lo hace. Está tan acostumbrada a mi presencia que a veces se olvida de que estoy aquí. Murmura contra su marido, como si ella fuera mucho mejor: ¿no se ha acostado conmigo, acaso, hace tan solo unas horas? Su esposo no puede tener aventuras, pero ella puede tenerme recluido en esta estancia para su disfrute todo el tiempo que desee.

Claro que tampoco puedo decir que haya conocido a ningún dios que no sea hipócrita. O egoísta. La mayoría son las dos cosas.

Alzo la pila, dejándola sobre su soporte. No ha recibido ningún daño.

Al percibir mi gesto, Hera se vuelve hacia mí. Me observa, con fijeza perturbadora, como si acabase de recordar que estoy con ella. Yo le devuelvo la mirada con lo que espero que ella interprete como humildad. Sería hermosa si no fuera por el mohín perpetuo en sus labios. Por sus rabietas y su ira. Sus ojos dorados me recuerdan a dónde pertenezco.

—Si mi marido fuera como tú, Orión, el Mundo Superior sería un lugar mejor. —La voz de Hera es un susurro. Cuando se inclina, para tomarme del mentón con sus dedos, su túnica roza mis rodillas—. Si fuera tan servicial, tan dispuesto siempre a hacer lo que yo ordeno… O si simplemente fuera consciente de lo que ocurre cuando no se me obedece…

No aparto la mirada, pero no porque no quiera: sus dedos me sujetan con firmeza y no me atrevo a bajar la vista. Sé lo que pasa cuando la contrarío.

—Quizá el problema es que castigáis a las mortales, en vez de a vuestro marido, mi reina. Y a él, ellas no le importan nada.

No puedo contener un gesto de dolor cuando sus uñas se clavan sobre mi piel entonces, demasiado afiladas para resultar naturales. Sé lo que significa: «Ten cuidado, Orión. No te voy a consentir que me desafíes».

—¿Estás cuestionando mis acciones? Odiaría pensar que así es.

Trato de parecer inocente. No quiero volver a ser castigado.

—¿Y cómo podría? No soy lo suficientemente listo, mi señora.

A ella le gusta que me humille. Que sea consciente de mi posición. Hoy, sin embargo, esas palabras no parecen complacerla del todo.

—Créeme, Orión: le castigaría si tuviera el valor de enfrentarse a mí. Pero tu rey es un cobarde que huye de cama en cama, de apariencia en apariencia.

Hera aparta su mano de mí y yo dejo caer la cabeza hacia delante, hasta que el cabello me cae como una cortina a ambos lados de la cabeza. Intento que no se note mi inseguridad cuando tomo el bajo de su túnica y me inclino para llevármelo a los labios, en un signo de servidumbre.

—Solo necesitáis a alguien que vaya detrás, mi reina —aventuro, con mis labios rozando la suave seda blanca—. Deberíais mandar a alguien para que lo atrape en vuestro nombre.

—Nadie caza a lo invisible, Orión. Un cisne, un toro, lluvia… Nunca sabes qué será lo siguiente en lo que se transformará.

—Entonces, quizá lo primero que tenéis que pensar es en encontrar un cebo al que ni siquiera Zeus pueda resistirse. —Suelto su túnica y alzo el rostro para poder encontrar sus ojos. Ella no deja de observarme como si fuera un animal que, de pronto, ha aprendido a hablar. Quizá lo que más le sorprenda es que digo cosas con sentido—. Si tuvierais un manjar, algo tan especial que llamase la atención del propio rey de los Cielos, ¿cómo de fácil sería tenderle una trampa?

No creo que Hera haya estado nunca más pendiente de algo que yo tuviera que decir. Me lleno el pecho de aire y valentía cuando asiente, muy lentamente, para que continúe hablando.

—Artemisa va presumiendo por ahí de una de sus protegidas. Una amazona. —Paladeo el apelativo. Artemisa me ha hablado tantas veces de ella que sé exactamente qué tengo que decir para que parezca que sé quién es y hacerla atractiva a ojos de cualquiera—. La campeona del Emperador de Élada es, dicen, más fuerte que cualquier gladiador que haya pisado el anfiteatro. Más fuerte que un león. Todo un espectáculo.

—¿Hermosa?

—¿Es necesario, mi reina? Conocéis a vuestro marido: le gustan las cosas… especiales. Aquello de lo que puede presumir. ¿No creéis que con eso es suficiente?

Hera parece dudar. Parece plantearse en serio mi ofrecimiento. Sopesar, al menos, lo que podría perder si lo intenta. La veo relamerse y sé que piensa en lo satisfactorio que sería ganarlo. Sé que piensa en algo cruel que hacerle.

Sea lo que sea, con suerte no estaré aquí para tener que presenciarlo.

—¿Crees que la deseará, en algún momento?

—¿Quién no desea a una mujer poderosa? —Le dedico una sonrisa sutil, mis ojos fijos en los suyos. Quiero que piense que hablo de ella, y quizá en el fondo lo haga. Puede que esté harto de tener que estar a su disposición cada vez que lo exige, de sentirme usado y encerrado, pero soy consciente de que nunca ha tenido que drogarme para que hiciese realidad todos sus deseos. No sé si es su poder o su belleza, pero Hera sabe cómo hacer que la deseen, incluso cuando, como yo, la temes y la odias. Ese es su poder. Su control—. ¿Quién no desearía… tener a alguien así bajo su cuerpo? Fingir que es toda tuya… Puede sonar al pobre consuelo de un hombre cobarde, pero eso es lo único que nos queda a algunos…

La reina se lleva un dedo a los labios, pensativa. Se aparta de mí, caminando por el cuarto, y yo me relajo un poco con cada paso que se aleja, porque es un paso más que estoy a salvo. Aprovechando que me da la espalda, las comisuras de mis labios caen. Ha llegado un punto en el que fingir es demasiado cansado.

—Puede que no sirvas solo para tenerte en una cama o como criado, después de todo —me dice, mientras se acerca a un aparador. Ella me mira por encima del hombro—. Vas a hacer un pequeño trabajo para mí.

No quiero confiarme, por eso no me muevo de mi sitio. Ni siquiera me acuerdo de tratar de sonreír. Quizá sea tan cobarde como Zeus y tengo demasiado miedo de que esto salga mal.

—¿De qué forma podría serviros? Sabéis que soy vuestro fiel sirviente…

—Vas a buscar a esa chica —me explica mientras abre un cajón y saca de él un puñal. Es todo dorado, tanto el filo como la empuñadura. Lo reconozco. Lo he visto en sus manos muchas veces antes. El recuerdo frío de su tacto me provoca náuseas y me obliga a agachar la cabeza. El escalofrío trepa por mi columna, tan intenso que es casi doloroso—. Le dirás que, si Zeus la busca, sea mañana, dentro de semanas o de meses, deberá apuñalarlo con esto. Creo que no hace falta que te explique cómo funciona.

Las palabras no me salen, así que solo asiento. No, no hace falta que me lo explique. Ella me lo ha hecho probar cada vez que he querido tener más libertad de la que me corresponde, cada vez que me he atrevido a desafiarla. Sé demasiado bien que los puñales de Hefesto son torturas en sí mismas; sé cómo te debilitan; sé cuánto tardan en cerrarse las heridas que se hacen con él. Soy consciente de por qué quiere apuñalar a Zeus con esa arma: cuando el cuchillo está en contacto con la piel, nuestros poderes desaparecen. Y entonces somos tan inofensivos como si fuéramos mortales.

Trago saliva, pero me pongo en pie. Sé que estoy desnudo y vulnerable. Sé que el puñal que lleva en la mano podría hacerme mucho daño, si perdiera los nervios. Si ella pudiera acceder a mi mente y ver mis planes de futuro…

Pero no puede. No sabe nada. Mi cabeza es el último refugio que tengo. El único lugar en todo el Universo en el que puedo ser realmente libre, hasta que consiga cambiar mi suerte.

Este es el primer paso de un gran plan. Permiso para salir del Mundo Superior. Un descanso, fuera de la vista de Hera. A solas con su misión… Con mi misión. Una de la que ella no puede ni siquiera sospechar. Pese a las amenazas, pese a que se acerca con el cuchillo en la mano y la temo, mantengo el rostro sereno.

No tengo que fingir estar asustado cuando alza la mano, una vez que está frente a mí, y me amenaza con el filo. El metal se apoya en mi garganta, por encima de mi nuez, en una clara amenaza. Pero sé que ni siquiera ella se atrevería a matarme. Ningún dios mataría a otro, porque está prohibido. Incluso si la víctima es un esclavo al que nadie le importa.

—Si esa joven me decepciona, Orión, y tu idea resulta ser un fracaso…, la amazona no será la única que sufra las consecuencias —sisea—. ¿Estoy siendo lo suficientemente clara?

Todo mi cuerpo grita, pidiendo que me aparte de su camino, pero me obligo a permanecer quieto. Es peor cuando siente mi miedo. Si ve que titubeo, quizá se lo piense mejor y me haga quedarme aquí. No le costaría nada convencer a otro de que le haga el trabajo sucio.

Tengo la reminiscencia de una celda. De los músculos de los brazos en tensión, las muñecas sujetas al techo por cadenas. Del cuerpo lleno de heridas, mientras ella se inclina sobre mí para susurrarme que lo bueno de los dioses es que solo mueren cuando se les corta la cabeza. Que, incluso en agonía perpetua, siguen siendo inmortales.

Ni siquiera puedo mirarla a los ojos esta vez.

—Yo jamás os decepcionaría.

Porque si lo hago, no estoy seguro de poder recuperarme después.

Me pone la empuñadura del arma en la palma, satisfecha.

—Desaparece.

Yo no cuestiono su orden. Hago una reverencia, aunque sé que ella ya no me mira. Vuelvo a ser invisible, y nunca me había alegrado tanto de ello.

Cuando ella recuerde que existo, yo ya estaré muy lejos de aquí.

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Las calles del Mundo Superior están pavimentadas de oro, y por eso siento frío contra las plantas de mis pies descalzos cuando aparezco delante de un palacio que conozco muy bien. Cuando me siento ahogado y Hera parece olvidarse de mí, siempre encuentro aquí un pequeño refugio, aunque nunca es por demasiado tiempo. En los últimos meses, además, este ha sido el lugar donde se ha fraguado mi pequeña rebelión.

Me escabullo a través de la abertura en el alto muro, entrando en un jardín lleno de frondosos árboles llenos de brotes verdes. Huele a pastos recién cortados, y hay pájaros cantando, ocultos en la foresta. Un pequeño mochuelo descansa en una rama baja y me sigue con la vista, vigilante, cuando me alejo del camino principal y me interno en la arboleda. Cuando paso por su lado, le acaricio la cabeza con un nudillo y él cierra los ojos, disfrutando del contacto.

Las briznas de hierba me hacen cosquillas en los pies. El paño que me sirve de túnica, raído pero limpio, del mismo marrón que la tierra, desentona con el blanco con el que suelen vestir la mayoría de los dioses. Estoy acostumbrado. Son esos pequeños detalles los que acaban haciendo que sienta que no encajo. Hace mucho que dejó de importarme.

Sigo el sonido de dos voces femeninas que conversan hasta que llego a un claro, donde ellas se sientan bajo los árboles, a la sombra. Ambas alzan la vista hacia mí: Atenea me sonríe un poco, casi maternal; Artemisa frunce el ceño, impaciente. Sus túnicas inmaculadas parecen brillar incluso cuando el sol no les da de lleno.

—¿Los tenéis? —pregunto, a modo de saludo.

Me acuclillo ante ellas, más relajado que en presencia de Hera. Ambas abren sus manos, para dejarme ver los brazaletes que sujetan: Atenea tiene uno; Artemisa, otros dos. Yo tomo el que me tiende la diosa de la Sabiduría y lo observo, con cuidado. Sé que han tenido que convencer a Hefesto de fabricarlos exclusivamente para nuestra misión, aunque tampoco fue muy difícil persuadirlo de unirse a un levantamiento contra la mujer que lo lanzó del Mundo Superior cuando solo acababa de nacer.

—Aunque no os parezcáis en nada, no se puede negar que eres el hijo de Eris: provocarás el caos cuando Hera descubra lo que piensas hacer —dice Artemisa, cruzándose de brazos en cuanto la he liberado del peso de las joyas.

—No tiene por qué enterarse. No todavía, al menos. Para eso tenemos los brazaletes.

Me ajusto uno alrededor del brazo, justo por encima del codo.

—¿Estás seguro de esto, Orión? Cuando salgas de aquí ya no habrá marcha atrás, y lo sabes.

Alzo la vista. El rostro de Atenea está tan serio como cuando habla de sus estrategias de batalla. Algunos rizos oscuros han escapado de su recogido.

—Estoy seguro —la tranquilizo. Artemisa me tiende una pequeña bolsa de cuero para que meta los brazaletes sobrantes y yo lo hago. Agradezco su inquietud, pero en este momento necesito apoyo, no que me cuestione—. Al menos, más seguro de lo que he estado en mucho tiempo. Y no he llegado tan lejos para echarme atrás ahora.

—Recuerda que nos estamos jugando el cuello. No lo estropees.

Justo las palabras adecuadas para darme fuerzas. Artemisa sería una oradora sin par, si se dedicase a ello. De todos modos, no están jugándose el cuello solo por mí. Ellas también van a sacar algo de todo esto, de lo contrario no contaría con su apoyo.

—A vosotras nadie os tocará el cuello. Sois demasiado importantes. Además, yo no os delataré: si castigan a alguien, será a mí.

—Y parece que no te preocupa.

—Estoy muerto de miedo, Atenea. Pero no creo que mi situación pueda empeorar mucho más. —Me pongo en pie—. El mayor riesgo que corro es el de perderme en el Mundo Medio, y dado que Hera no podría encontrarme allí, no estoy seguro de que sea un problema.

—El Mundo Medio no es tan sencillo ni tan apacible como te imaginas, Orión.

No consigo creerme las palabras de Artemisa. Los humanos no pueden ser peores que los dioses. Al menos, ellos no tienen poderes. No pueden hacerme verdadero daño. Ni siquiera me verán si yo no lo deseo así. Y, además, probablemente me teman demasiado como para acercarse, si soy convincente con mis apariciones.

—Solo son mortales. No me va a pasar nada.

—Por si acaso, mantente alerta —me alecciona la diosa de la Sabiduría—. Y no tomes decisiones precipitadas. Piensa antes de actuar.

A veces pienso que me toma por un niño. Supongo que no soy más que eso, en comparación con ellas, que están aquí desde hace siglos, pero tampoco nací ayer.

—Y no te fíes de nadie, Orión. Los dioses somos egoístas, pero nunca tratamos de disimularlo. Los seres humanos, en cambio, lo son igual, pero fingen.

—Os recuerdo que no voy abajo a hacer amistades.

—Artemisa tiene razón. Y, sobre todo, no te impliques. —Los ojos glaucos de Atenea están tan fijos en los míos que ni siquiera me atrevo a apartar la mirada. Suena a una advertencia genuina. A que algo realmente malo puede ocurrirme, si me involucro—. Deja los asuntos de mortales para los mortales. No pierdas el rumbo: vas con una misión y cualquier cosa que se salga de tu camino no es de tu incumbencia.

Nos quedamos callados, como si pretendiéramos que las palabras se hundiesen en el suelo y germinasen. Es un silencio algo incómodo, que sabe a lección y a despedida.

—Buena suerte —añade Artemisa, cerrando así la ronda de consejos.

Me doy cuenta de que estoy frunciendo el ceño y trato de sonreír. Todo va a ir bien. Llevo meses planeando esto. Llevamos meses hablándolo, y entre todos hemos hecho una lista infalible de los pasos que tengo que seguir.

Algo grande está a punto de ocurrir.

—La suerte es un pobre consuelo para aquellos que no tienen a los dioses de su parte.

Cuando desaparezco, le digo adiós a la prisión que es para mí el Mundo Superior.

CANTO II
LA AMAZONA ROJA

Cantadme, ninfas, de vuestra añoranza por las guardianas que perdisteis;

vosotras que campáis por los bosques, que emanáis del agua,

cantadme sobre aquellas que ya no están,

de las risas que ya no oís,

y de las batallas que se perdieron.

Cantadme de las amazonas, siempre libres…

Nunca liberadas.

De los héroes se tiende a olvidar sus orígenes cuando solo queda la proeza. Cuando solo queda la épica historia, lo imposible para otros, es eso lo que se aclama, y no a la persona tras el mito. Así, todos han hablado de los logros y el ingenio de Ulises, pero lo que menos se recuerda es que solo era un hombre en busca de su hogar; todos admiran a Orfeo, quien bajó al propio Inframundo en busca de su amada, pero nadie habla de lo vacía que sonó su prestigiosa lira cuando, ni siquiera llegando hasta ella, pudo finalmente liberarla.

De quien ahora os hablo quizá nunca fuese una heroína, pero sin duda fue aclamada, y su historia de igual modo ha sido olvidada. De la que por mucho tiempo se consideró la mejor gladiadora de toda Élada se recuerda que fue amazona porque siempre luchaba con el pecho descubierto, mostrando con orgullo la cicatriz del pecho izquierdo, del que carecía. Se recuerda que fue amazona porque las de su tribu no tenían parangón entre todas las luchadoras que alguna vez pasaron por los anfiteatros. Pero no se recuerda que ella, como Ulises, solo era alguien que luchaba por el deseo de un regreso al hogar. Alguien que luchaba por la familia. Alguien que luchaba por la libertad.

La leyenda que surgió como parte del anfiteatro de Élada nació en realidad muy lejos del mismo, en un poblado, de hecho, apartado de la mano del Imperio. Apartado de la mano de los hombres. Nunca conoció a su padre, y no importaba, pues en su hogar ningún varón había: allí no se les precisaba para otra cosa que para procrear y traer así más mujeres al mundo. Solo mujeres, pues tiempo atrás, en los comienzos de la tribu, Artemisa había designado que el cuerpo de cualquier amazona solo alumbraría niñas, nunca niños. En cualquier caso, cuando los hombres cumplían su función reproductora, ya no eran bien recibidos en el territorio de las guerreras de los bosques.

Allí solo importaban las mujeres. Allí solo importaba la gran familia que ellas conformaban, donde todas eran hermanas sin importar en qué vientre se hubieran concebido.

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En aquel poblado se le dio un nombre: Asteria. Tiempo después, Élada la conocería como la Amazona Roja.

Asteria, como muchos otros antes que ella, nunca quiso convertirse en leyenda. Nunca deseó ser aclamada, ni que las historias de sus batallas se expandiesen por cada recoveco del Imperio, o que cualquiera estuviese dispuesto a recorrer la distancia que hiciera falta para verla batallar. Para verla matar. Y mucho menos deseó el precio que pagó por todo eso que nunca pidió.

Ocurrió una noche, sin previo aviso, cuando ella era todavía joven y feliz. Cuando no había más cicatrices en su cuerpo que la de su pecho mutilado y las que la caza hubiera provocado en su piel. Cuando aún reía abiertamente, cuando sus ojos aún brillaban, cuando amaba bajo las estrellas y cabalgaba bajo el sol, cuando luchaba solo para entrenarse y ser una guerrera como lo eran todas.

Ocurrió cuando Asteria era diferente a la Asteria que todos finalmente conocimos.

Tropas de hombres asaltaron el poblado de las mujeres.

Las amazonas, por supuesto, se defendieron. Las amazonas, por supuesto, lucharon. Lo hicieron con la fiereza de los animales con los que convivían, con la impasibilidad del sol, con la firmeza de la tierra y el ardor del fuego, la ligereza del viento y la fluidez del agua. Lucharon como si el propio mundo luchase en ellas, y las que cayeron lo hicieron con el orgullo y la paz de haber presentado batalla hasta el final. Cayeron creyendo en el honor de ser derrotadas en lucha, de no someterse.

Asteria lo vio. Asteria conoció por primera vez el horror al perder a su madre y a muchas de sus hermanas en aquel lugar que siempre le había dado felicidad. Asteria gritó. Asteria luchó. Y Asteria deseó morir, también, cuando le pusieron la espada en el cuello y a su alrededor no vio más que cadáveres.

Los dioses, no obstante, no le concedieron la clemencia de morir aquel día.

Las legiones no habían ido a conquistarlas. No habían ido a asaltarlas tampoco, ni a robarles. Ni siquiera habían ido a por sus cuerpos, que les parecían tan extraños, tan deformes y feos a sus ojos, con aquel único pecho. Habían ido a capturarlas, a esclavizarlas. Y Asteria fue hecha prisionera junto con muchas otras jóvenes como ella, fuertes, vigorosas, que serían capaces de presentar batalla a cualquier animal o guerrero.

Su destino era el anfiteatro: el Emperador quería novedades para sus espectáculos de gladiadores, que eran conocidos como los más cruentos de todo el Imperio. En ellos siempre se condenaba a alguien, razón por la que el soberano buscaba cada día más carne fresca que poder ver morir. El gobernante quería mujeres que luchasen, y por todos era sabido que ninguna mujer lucharía nunca como una amazona. Quería gladiadoras fuertes, con rabia, sin nada que perder.

Quizá nadie lo recuerde ya, pero Asteria estuvo a punto de morir en el anfiteatro muchas veces los primeros días. Quizá, después de todo, no dejase de estar a punto de morir ningún día de su vida. De las amazonas que se capturaron aquella noche, muchas sucumbieron las primeras semanas. Asteria, por su parte, no quería luchar y participar en aquel juego cruel, pero al mismo tiempo se negaba a ser asesinada. Sabía que no había orgullo en dejarse matar. Sabía que una amazona ha de presentar batalla hasta el final, que la pérdida del honor no era caer, sino rendirse.

Y, además, le prometieron la libertad.

Le dijeron que si algún día se convertía en la campeona del Emperador, la joya más exclusiva del anfiteatro, sería liberada. A ella, por supuesto, aquello le pareció desalmado: ¿ganarse la libertad, pero no tener a nadie con quien compartirla? Eso no era libertad. Era un pobre sueño que se parecía más a una pesadilla: volvería a un poblado regado en sangre y abandonado, con recuerdos de días felices como única compañía. No deseaba aquello. Lo que deseaba, por encima de cualquier otra cosa, era recuperar los días con su familia, en aquellos bosques. Honrar a las caídas, rezarles y hacer resurgir lo que otros un día destruyeron. No quería salvarse a sí misma si no podía salvarlas a todas.

Supo entonces que había una esperanza. Una nimia, estúpida, quizá insuficiente. Una esperanza más propia de un soñador que de alguien sensato. Pero fue la esperanza la que la instó a convertirse en la mejor. Y lo hizo. Se entrenó con más fuerza, se volvió más cruel. Sus ojos antes vivos se convirtieron en un reflejo de las muertes que se contaban bajo su espada. Su piel sumó cicatrices hasta que su cuerpo pareció una escultura maltrecha. Su sonrisa se perdió por los tirones de la tristeza y del dolor. Y por cada batalla, su alegría se perdía más hondo, su ira ardía más intensa y su nombre se aclamaba más fuerte.

Así se abandonó a la persona y comenzó a surgir la leyenda.

Así se convirtió en la campeona del Emperador.

Así, cuando todo el pueblo la consideró como tal, se le tendió la espada de madera que la señalaba como persona libre. Le dijeron que podía marcharse. El Emperador no parecía conforme con dejar escapar a su pieza más selecta, pero el pueblo reclamaba honores para la gladiadora que durante años había sobrevivido a lo indecible, ya fueran bestias o tropas enteras contra ella sola.

Pero ella se negó.

Asteria, bañada en su propia sangre y en la de sus contrincantes, herida y al borde del desmayo, alzó la vista al Emperador, que la observaba desde su podio con ojos incrédulos e interesados. Nadie nunca había rechazado la libertad.

«Seguiré siendo vuestra campeona. Seguiré luchando para vos y para vuestro Imperio. Pero a cambio, por cada combate que gane, se liberará a una de las mías».

El Emperador, deseoso de mantenerla en su anfiteatro y de mostrarse benévolo ante su pueblo, accedió.

Y así nació la Amazona Roja.

ASTERIA

Hace mucho tiempo mi mundo era verde y azul. El verde de los bosques que gobernábamos, el azul de los cielos con los que soñábamos y las aguas en las que nos bañábamos. El verde de la esperanza que nunca perdimos, el azul de la libertad que teníamos.

Ahora, mi mundo es rojo. El rojo de la sangre con la que me baño cada día, el rojo del sol al que me enfrento cada atardecer sin saber si será la última vez que lo vea, el rojo del dolor que ya no siento, del dolor que provoco en otros. El rojo de la ira que me alimenta, el rojo de la venganza que anhelo. El rojo de la muerte a la que me he consagrado.

Mi mundo también es ruido. El ruido de los alaridos de sufrimiento, de las aclamaciones, de los gritos de las gentes que vienen a ver el espectáculo y piden muerte y horror. El ruido de sus aplausos, de sus vítores, que me repugnan. El ruido de sus risas cuando alguien cae solo por su divertimento, el ruido del miedo que sienten por mí cuando me hieren, pese a que no me conocen. Pese a que yo no quiero su compasión, pues sé que solo me adorarán mientras les dé esa macabra diversión que buscan en el anfiteatro.

Pero mi mundo, sobre todo, es lucha. Mi mundo son espadas y golpes y cicatrices. Mi vida es mirar a los ojos a mil contrincantes y esperar sus ataques mientras intento romper sus barreras para matar y proclamarme vencedora, día tras día, una y otra vez. Ahora mismo, otra vez, es exactamente eso. El tipo contra el que ahora me enfrento levanta la espada y se lanza contra mí. Yo lo evito, lanzándome al suelo, rodando por él. El pueblo de Élada grita, emocionado, cuando el filo pasa a punto de cortarme otra vez. Yo siseo, la arena escociendo en cada herida abierta. Allí, en la pierna, donde ha conseguido alcanzarme hace solo un par de golpes. En el costado, donde me ha tocado mucho más de lo que me gustaría, pero no ha conseguido dañar ningún órgano. Aun así, siento el desasosiego corriendo por mis venas al mismo tiempo que la rabia y la adrenalina. Nunca desaparece. Da lo mismo que lleve años encerrada en este lugar, da lo mismo que se me venere como una campeona: no soy inmortal y cada día que pasa casi puedo escuchar repicar las monedas que tomará el Barquero para llevarme a la orilla que me dé paz… y que me haga encontrarme con las que ya cruzaron demasiado pronto.

Sería una gran liberación. Sería, casi, como volver a casa.

Pero sé que todavía hay cosas que puedo hacer antes de marcharme para siempre. Hay personas a las que puedo salvar.

Eso es lo que consigue que sobreviva un día más. Lo que me hace gritar por mí, por ellas, y levantarme siempre que me caigo, y atacar. Atacar. Atacar. Atacar.

Mi espada se encuentra con la de mi rival, también herido. Su cuerpo está tan rojo como mi mundo, lleno de heridas, pero sigue en pie, dispuesto a cubrirse de la gloria que quiere arrebatarme, o quizá solo anhelando la libertad. Las muertes en el anfiteatro no son justas, porque quienes batallamos aquí luchamos por un deseo común, y nadie merece la victoria más que su contrincante.

Pero las diosas nunca reparten justicia.

El gladiador ante mí es fuerte, y pese a estar malherido presenta batalla con la misma fiereza con la que yo me enfrento a él. Morir bajo sus manos no sería ninguna deshonra, pero no puedo permitirme hacerlo. Cuando lanza un golpe, con fuerza, yo caigo de nuevo, con un quejido, pero esta vez no trato de levantarme. Me quedo esperando, con la espada entre los dedos, la cara girada hacia el suelo. Hasta cierro los ojos. El sabor a óxido de la sangre me llena la boca y escupo.

A mi alrededor el público coge aire con expectación. Quizá se preguntan si será este el día en que la Amazona Roja caiga.

Yo aguardo.

Siento los pasos del hombre acercándose a mí, pesados pero seguros. Con los ojos entreabiertos veo que alza la espada y que el sol lanza un destello rojo al metal. Me da por acabada.

Y ese es, precisamente, su error.

Aprieto la empuñadura de la espada al tiempo que me incorporo: una rodilla hincada en el suelo, la otra flexionada. Lo justo para lanzar un tajo certero a su pierna. El filo se clava desde la parte de atrás de su rodilla y corta. El grito de dolor del gladiador, que cae al suelo en medio de una riada de sangre, se mezcla con los gritos de jolgorio del público. Con la alegría. Con la excitación. Con las felicitaciones.

Bestias.

Me levanto. Siento el cuerpo entumecido por las heridas, pero esto ya ha sido más que suficiente. Mis manos se acomodan ambas en torno a la empuñadura de mi espada. Mi pie pisa el arma del guerrero, que intenta levantarla en un último acto desesperado. Cuando nos miramos a los ojos, él parece suplicar que acabe pronto. He visto esa mirada ya demasiadas veces. Sé qué ven entonces en mí: la muerte, con inesperada forma de mujer.

—Que la tierra de la que naciste vuelva a guardarte —le deseo, con un susurro.

Él cierra los ojos, aceptando la despedida. La misma con la que las amazonas siempre despedimos a nuestras caídas.

Le concedo descanso cuando le atravieso el corazón.

El público de Élada celebra la llegada de un alma más al Inframundo, pero de todas las personas presentes, de todas las que jalean y gritan y vitorean, no importa nadie más que una. Precisamente quien calla. Quien, desde el podio, vestido de púrpura y con la corona dorada sobre la cabeza, se alza. Yo no agacho la cabeza ante él, aunque lo observo, esperando el veredicto como cada día que tengo que luchar. En otros lugares quienes vencen nunca corren peligro de morir y es sobre la vida que prueba la derrota sobre la que se decide, pero el Emperador de Élada decidió hace mucho que podía reinventar las reglas a su antojo: sus espectáculos deben ser los más brutales del Imperio y en ellos siempre hay muerte y nunca nadie conoce su destino. A estas alturas, sin embargo, yo sé que nunca se atreverá a señalar con su pulgar hacia abajo para condenarme. Ni siquiera lo haría aunque el combate no hubiera sido de su agrado, porque la gente, su pueblo, me aclama y grita por mi vida: «Viva. Viva. Viva. Viva». Una y mil veces, piden que sobreviva otra noche, solo para que pueda arriesgar mi vida un día más.

—Asteria. —La voz del Emperador es firme. Fuerte, entre toda la algarabía, entre toda la locura que se va calmando ante las palabras de su soberano. Sus ojos oscuros me atraviesan. Él no me aclama ni me aplaude. Sé que disfruta viéndome herida—. Nos has dado un buen espectáculo hoy. Les has ofrecido a los dioses un tributo de sangre y carne para que dispensen sus dones por toda Élada.

Las diosas (sigo negándome a pensar en ellas como hacen aquí, porque decir «dioses» suena a que solo fueran hombres: odio la manera de hablar del Imperio, que me recuerda constantemente que esta cultura no es la mía) no miran hacia el Mundo Medio desde hace mucho, pero la gente seguirá creyendo eso solo porque es lo que desea creer. O quizá el discurso del Emperador sea una forma de justificar su crueldad.

Pese a sus palabras, nadie da por hecho mi salvación. No es la primera vez que felicita a alguien y luego manda a esa persona al verdugo solo por el placer de verla muerta. Por eso Élada entera contiene la respiración cuando alza su mano, convertida en un puño, con el pulgar extendido… que finalmente señala hacia arriba. Hace mucho que ese gesto no significa nada para mi propia vida, pero sí lo significa todo para mis hermanas. Con ese gesto, una de las mías volverá a conocer la libertad esta misma noche. El pueblo, por su parte, grita de emoción. Qué fácil es manipularlo… Qué fácil es convencerlo de que ese hombre hace algo por su Imperio…

Yo me inclino solo entonces, pero no dejo de mirarlo. Nunca lo hago, y él por su parte no aparta la mirada tampoco. Es todo el acto de insubordinación que puedo permitirme, pero nunca me quito el gusto de hacerlo. De decirle, con mis ojos en los suyos, que no olvido. Que fueron él y su egoísmo los que acabaron con mi poblado, que fue él quien derramó la sangre de mi familia. Mi mirada tras cada combate es la mirada del recuerdo y la advertencia: seguiré jugando a este juego mientras él siga cumpliendo con su palabra. Sin embargo, si alguna vez deja de hacerlo estaré gustosa de irme al fin de este mundo, pero lo haré llevándomelo a él por delante.

Quizá las diosas me dejasen viva para eso. Si así fuera, estaría encantada de cumplir sus deseos.

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Los únicos vítores y felicitaciones que no me disgusta escuchar son los de mis hermanas, cuando vuelvo a la escuela lanista mientras todas cenan. El maestro Arcleo siempre me lleva ante mis compañeras y el resto de gladiadores antes que cualquier otra cosa, para que vean mi sangre y mis heridas, mi rostro golpeado, y les sirva de lección para saber cómo deben vencer: incluso en las peores circunstancias. Arcleo se siente orgulloso de mí, pero solo porque sabe que soy una pieza que le hace muy, muy rico, como encargado de las gladiadoras del Emperador. En cualquier caso, que me exhiba es lo que menos me molesta, porque es entonces cuando veo a las mías; el resto me importan poco, pero esos momentos son en los que ellas se levantan y jalean y gritan mi nombre y me señalan como su hermana con orgullo.

Como cada noche después de un combate, vienen a abrazarme y a alzarme, y aunque mi cuerpo está dolorido, aunque todo me pesa y me siento mareada, es el único momento en el que puedo sentirme un poco feliz, incluso si es entre las paredes de una cárcel como la escuela. Sin embargo, Arcleo siempre pone orden pronto y todas tienen que volver a sus asientos. Lysandra, antes de obedecer, coge mi rostro entre las manos y planta un beso en mi boca. Dejo los ojos e ...