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SARNA CON GUSTO (REFRANES, CANCIONES Y RASTROS DE SANGRE 1)

César Pérez Gellida

4


Fragmento

PERSONAJES

Personajes principales:

Ramiro Sancho. Inspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Ólafur Olafsson. Excomisario de policía de la Brigada de Homicidios de Reikjavik.

Sara Robles. Inspectora del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Álvaro Peteira. Subinspector del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Fernando Fajardo. Jefe de la Unidad de Secuestros y Extorsiones.

Margarita Zúñiga. Estudiante de tercero de la ESO y víctima de un secuestro.

Azucena Pérez. Madre de Margarita.

José Antonio Pérez. Abuelo de Margarita.

Aitzol Etxevarria, «Chupao». Secuestrador.

Servando Garay, «Chimuelo». Secuestrador.

Gorka Arizmendi, «Besugo». Secuestrador.

Otros personajes:

Erika Lopategui. Doctora en Psicología.

Aarjen de Bruyn. Ayudante retirado del fiscal de Hainault.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Jaap Keergaard. Arcángel Uriel de la Congregación de los Hombres Puros.

Bismark Kruger. Arcángel Zadkiel de la Congregación de los Hombres Puros.

Francisco Travieso. Comisario provincial de Valladolid.

Carlos Herranz-Alfageme, «Copito». Comisario de la comisaría de distrito de las Delicias.

Patricio Matesanz. Subinspector del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Carlos Gómez. Agente del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Jacinto Garrido. Agente del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Carmen Montes. Agente del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Áxel Botello. Agente del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Santiago Salcedo. Jefe de la Brigada de la Policía Científica de Valladolid.

Mateo Marín. Agente de la Policía Científica de Valladolid.

Daniel Navarro. Agente de la Unidad Motorizada.

Aurora Miralles. Titular del Juzgado de Instrucción n.º 1 de Valladolid.

Pablo Pemán. Subdelegado del Gobierno.

Francisco Javier Caño Olavarría. Jefe superior de la policía de Castilla y León.

Juan Carlos Prieto. Comisario jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV).

Julio Santamaría. Jefe del Grupo Especial Operativo (GEO).

Peter Frei. Presidente del Partido Cristiano-Demócrata y Flamenco. Guardián de la Congregación de los Hombres Puros.

Rosemarie Slosse. Esposa de Peter Frei.

Luciana Lammers. Asistente personal y mano derecha de Peter Frei.

Thomas Geoffroy. Abogado. Centinela de la Congregación de los Hombres Puros.

Alfredo Zúñiga. Padre de Margarita.

José Ramón Madruga. Politoxicómano.

Anna Jónsdóttir. Vecina de Ólafur Olafsson.

Remedios Hermosilla, «Reme». Vecina de la localidad vallisoletana de Viana de Cega.

Arturo Parrado. Vecino de la localidad vallisoletana de Viana de Cega.

Karatu. Dogo argentino.

Luis. Encargado del Zero Café.

Paco, «Devotion». Pincha del Zero Café.

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RIGOR Y CONSTANCIA

Los estoy viendo por el retrovisor. Se muestran muy poco, lo justo. Apenas salen para fumar, hablan entre ellos sin dejar de mirar el entorno y vuelven a refugiarse en la casa. No saben que estamos ahí, pero toman sus precauciones. Saben de qué va el tema pero solo hay que esperar a que se separen un poco del nido. Aquí no hay segundas oportunidades y el teléfono del comodín de la llamada lo cortaron hace tiempo por falta de pago. El historial de los mendas es un primor. Son itinerantes, tienen tablas y las informaciones apuntan a que pueden ir armados.

La garra, puntual a su cita, está empezando a lijar el duodeno cuando suena el móvil. Es César. Tras un breve saludo, lo lanza:

—Quiero que escribas el prólogo de Sarna con gusto.

Así, sin anestesia. No es una sugerencia, es una orden de servicio. Nada más colgar ya me estoy arrepintiendo de haber aceptado el encargo porque el mayor y a la vez más dudoso mérito literario que se me puede atribuir como inspector de policía puede ser la redacción de atestados policiales, que, como todo el mundo sabe o puede suponer, están considerados por la crítica especializada como obras cumbres de la narrativa universal. Sin desviar la atención de lo que nos ocupa, no puedo evitar remontarme unos años atrás, cuando un tipo rapado al cero con aspecto de todo menos de escritor se personó en las dependencias del Grupo de Homicidios. Venía con cita previa, como en Hacienda, armado con un triste bloc de notas y un no menos patético boli, pero llegaba acompañado y recomendado por un colega, pata negra, que en los días precedentes me había hablado de un buen amigo suyo que estaba escribiendo una novela sobre un asesino en serie y que necesitaba algo de información. Pretendía —me previno el de la motorizada— obtener datos para conformar una visión de conjunto sobre los procesos de investigación. Acepté a pesar de que me invadió un cierto desánimo —lo reconozco ahora—, solo por el hecho de someterme a la curiosidad de un «juntaletras» al que no conocía. Recuerdo que le despaché con solemnidad, sirviéndole unos datos muy generales, de esos que cualquiera podría conseguir en Internet sobre la organización policial, escalafones, reglamentos, régimen disciplinario…, vamos, material de primera; puro solomillo.

«Con estas revelaciones que te estoy haciendo vas de cabeza al top ten de ventas», pronosticaba para mí durante la charla.

El caso es que César no dejaba de tomar notas, mostrando, eso sí, mucho interés por el ladrillo que le estaba endilgando. Una astuta maniobra de distracción como preludio a lo que era el objeto real de la visita, intención que no tardaría en desvelarme con tanta franqueza como prudencia —más de la que muestra hoy, afortunadamente—. Lo que quería aquel proyecto de novelista era conocer el día a día en un Grupo de Investigación del Cuerpo Nacional de Policía, la labor de trincheras, la sala de máquinas.

—Principalmente para dotar de alma al personaje —se justificó.

«Vas listo», pensé yo.

Lo que no fui capaz de calibrar en aquel momento fue el poderío de un arma que traía bien escondida: sus dotes para la persuasión. Un arma de destrucción masiva, créame. Buena prueba de ello es que cuatro años más tarde me veo escribiendo el prólogo de la cuarta entrega de las andanzas del barbudo pelirrojo. Ahí es nada.

Nada más iniciarse nuestra bienaventurada relación, César me mostró de qué forma quería recorrer el camino que había trazado en su mente, retorcida y compleja como la del criminal que iba a protagonizar una novela que a la postre terminó convirtiéndose en una trilogía. En su favor he de decir que asumió desde un principio las limitaciones derivadas del secreto profesional y que siempre ha respetado el pacto que delimita lo que se puede y lo que no se puede escribir. Se interesaba principalmente por esos detalles que hacen que el lector confunda realidad y ficción, y, a pesar de mi advertencia sobre lo decepcionante que podría resultar el conocer los avatares propios de la investigación, apostó por renunciar al golpe de efecto sin justificar, dejando el dichoso conejo en la chistera. Enseguida comprendió que aquí no hay magia ni ciencia infusa. Poco abundan —siento admitirlo— los policías atormentados con vidas desordenadas provistos de una personalidad arrolladora de guion de Hollywood. Investigadores de esos que repentinamente entran en trance y unen todas las piezas del puzle auxiliados por unos extraños hados que inspiran la revelación y la resolución de los casos. Eso solo pasa en las películas y en algunas novelas, pero no era ese el tipo de novela que él quería escribir. César fue coherente y escogió el camino complicado y eso, precisamente eso, es lo que hoy me sigue empujando a atender de inmediato sus llamadas, porque en cada conversación se esconde un reto. También ayuda el hecho de que el autor se haya preocupado por otros aspectos menos interesantes para el lector, aunque solo sea para ser consciente de eso que anega la cotidianidad de los guardias: las interminables horas de trabajo, la constancia, la formación continua, las dosis infinitas de paciencia, la alta tolerancia a la frustración y sobre todo la actitud necesaria para estar a la altura de las circunstancias. En materia de investigación no caben las elucubraciones ni las vueltas de tuerca para ajustar lo que no tiene ajuste. No se admiten excusas y los denominados «casos difíciles» rozan lo imposible por la cantidad de variables y datos que hay que conseguir, ordenar y analizar. He de reconocer que me siento muy orgulloso de su evolución, no tanto por su fulgurante éxito como escritor como por su faceta como analista e investigador. Es verdad que César cuenta con la inestimable ventaja de estar en la mente de sus personajes, que para eso son sus criaturas, pero, así y todo, ha decidido adaptarse al método sin tomar atajos. Si se encuentra una dirección prohibida no quita la señal, aunque bien pudiera hacerlo, que para eso es el autor. No, él busca otra forma de entrar porque está seguro de que existe. Y al final entra, eso lo sé por experiencia.

Nuestro oficio se alimenta del rigor y la constancia, valores muy coincidentes con la tarea que César desempeña frente a la pantalla de su portátil: aporrear el teclado, como él lo define. Quizá por ello nos entendamos tan bien. Dicho esto, habría que subrayar algo que sí nos diferencia: en nuestra profesión no existe el perfecto investigador ni el crimen perfecto, en la suya sí se puede alcanzar la perfección y la novela que tiene entre manos, si no la alcanza, está muy cerca.

Quizá lo mejor que pueda decir sobre él es que, si César fuera policía, yo habría hecho lo imposible para que estuviera en mi grupo. Ya se adelanta a mis modestas contribuciones con un diseño perfectamente estructurado de cada situación, ha cogido el hilo y no lo va a soltar. Está maduro y sospecho que valora la posibilidad de hacerme un ERE y prescindir de mis cada vez más innecesarias aportaciones. «Tú sabrás, que en esta comisaría tú mandas, compadre».

Toca hablar ahora de lo que se van a encontrar en Sarna con gusto. A mi juicio, esta es, hasta la fecha, la novela firmada por César Pérez Gellida en la que se plasma de forma más fidedigna lo que sucede de puertas adentro y lo que pasa por la mente de un policía que se ha de enfrentar a situaciones como las que usted va a vivir en la piel de Sancho a lo largo de los capítulos que siguen a este prólogo. Prepárese, porque son tales las vilezas a las que somete el autor al pelirrojo que uno no entiende que sea capaz de hacerlo aun siendo su alter ego. Lo aclaro por si alguien no se había «dado de cuenta» —como diría ese gran policía que fue Paco el Rata y al que César homenajeó en algunos pasajes—. Si usted ya ha leído la trilogía sabrá que Ramiro Sancho tiene pelaje de madero, es un tipo noble y concienzudo, sin dobleces, tal cual. Es del gremio y se ha sabido rodear por buenos camaradas, del todo imprescindibles para afrontar la investigación del secuestro que ha pergeñado el autor. Compañeros que serían la envidia de cualquier jefe de grupo excepto de mí, porque yo tengo la suerte de contar con los Peteira, Matesanz, Gómez, Garrido, Montes y Botello. Y sí, son los mejores.

Vaya por delante que la gestión policial de los secuestros —afortunadamente escasos en España y resueltos con brillantez por las unidades especializadas— no puede plasmarse de forma pormenorizada en una novela. No me gustaría que Sarna con gusto terminara por convertirse en el manual de consulta del buen secuestrador y, sin embargo, la lectura de los primeros borradores me hizo ver que la ficción se había acercado a la realidad mucho más de lo que yo había previsto inicialmente. El brutal deterioro psíquico y físico que sufren tanto el secuestrado como su entorno supone un auténtico calvario, una de las mayores pruebas de resistencia a las que puede llegar a enfrentarse un ser humano. Esa parte está resuelta de forma tan brillante que he llegado a pensar en que César fue secuestrado en otra vida anterior o bien que el muy cabrón fue secuestrador. No descarten ninguna hipótesis.

La novela es inquietante, cruda y descarnada. Destila sufrimiento, es necesaria y dolorosamente explícita. Y digo necesaria porque edulcorar a conciencia un relato sobre las consecuencias de un hecho de estas características con el propósito de no herir sensibilidades es una engañifa, un tocomocho, una falta de respeto para los lectores pero, sobre todo, para las víctimas.

Por último, quiero advertirle de que las investigaciones en el caso de la niña de la caperuza roja no fueron concluyentes y se baraja la posibilidad de que nunca llegara a casa de su abuelita. Los encargados de las pesquisas sospechan que, como les ocurriera antes a los cabritillos, fue devorada por el lobo en un sombrío paraje a escasos metros de su vivienda y nunca se halló el cadáver. Si ustedes se sienten más reconfortados con la versión oficial de aquellos lamentables sucesos, yo les recomendaría que no leyeran esta novela.

Sarna con gusto es la crónica de un secuestro con algunas pinceladas de ficción. El talento de su autor lo ha hecho posible.

Buen provecho.

Los colegas están bien posicionados y los equipos de transmisión permanecen mudos. Hace muchísimo calor. En la casa empieza a haber movimiento. El más bajo se asoma al balcón, habla por teléfono o finge que conversa con alguien mientras mira distraídamente hacia ambos lados de la calle y apura el cigarrillo. Está nervioso, lo noto. El más alto, un clon de Willy de Ville en versión celtibérica, se dirige al vehículo que tienen estacionado frente a la casa. Abre el maletero y parece que busca algo, pero sus movimientos le delatan. Está «barriendo» la calle, quiere detectar alguna presencia extraña. No lo va a conseguir.

Están preparando la salida.

—Todos atentos, estos se van a poner en movimiento en breve —advierto a través del equipo de transmisión. No veo a los míos, pero sé que ya están ahí, enchufados—. Comunicados cortos, ya está todo hablado. Vamos a esperar a que lleguen a la zona de garajes, es el sitio más despejado, en cuanto lleguen ahí…

La garra se está empleando a fondo. En breve desaparecerá, espero. ¡Hay que joderse!

Urtzi, inspector de Homicidios

Julio de 2015

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EL CALZADO DEL DIABLO NUNCA SUENA

Barrio de Outremeuse

Lieja (Bélgica)

14 de agosto de 2012, 23:34

En plena subida de la interminable escalera adoquinada de la Montagne de Bueren notó una creciente opresión en la caja torácica que le hizo arrepentirse del instante en el que escogió esa estúpida ruta de huida. Pero cuando uno es consciente de que su vida corre serio peligro, no valora ni evalúa; corre.

Todavía podían oírse los estallidos del tradicional tirs de campes y el barrio estaba bautizado por el clásico olor a pólvora quemada que reinaba en el ambiente durante los cuatro días que duraba la festividad de la Virgen Negra. Aarjen de Bruyn se apoyó sobre las rodillas para recuperar el aliento y la necesidad de oxígeno le empujó a abrir la boca todo lo que pudo. Consecuentemente, las partículas de nitrato potásico, carbono y azufre provocaron la irritación de las vías respiratorias y su organismo protestó en una concatenación de toses secas. El eco le advirtió de que estaba solo, porque todo el mundo se concentraba en la isla, deambulando entre los bares y las barracas repartidas por las sinuosas calles de Outremeuse, mojándose el gaznate a base de cerveza y peket. Aun así, quiso cerciorarse y levantó la vista. Ante él, más de trescientos escalones por subir; tras él, un sicario con un encargo divino.

Lo reconoció al instante y no le costó deducir el motivo por el que Jaap Keergaard se encontraba en Lieja.

Una de las siete espadas de la Congregación.

Uno de los siete arcángeles.

El más veterano de ellos: el arcángel Uriel.

Cansado de sortear borrachos, había decidido regresar a su casa en Rue Léopold atravesando el Pont des Arches. Al rodear la iglesia de Saint Pholien lo vio apoyado en un coche, taladrándole con aquella mirada, torva, pero al mismo tiempo vacía como la de un maniquí. En décimas de segundo su cerebro procesó el expediente delictivo —la parte conocida— y, a partir de ese instante, el miedo se adueñó de sus decisiones. Bien podría haber vuelto sobre sus pasos, encaminarse de nuevo hacia el bullicio, donde habría tenido la oportunidad de camuflarse entre la gente o de darle esquinazo en alguna de las callejuelas aledañas a la Chaussée des Prés; pero no, el pánico resolvió que lo mejor era aumentar el ritmo de zancada para llegar lo más rápido posible a cobijarse en su domicilio. No había terminado de recorrer el puente sobre el Mosa cuando se percató de que estaba incurriendo en un grave error, pues nada le impediría colarse esa noche o cualquier otra noche para terminar con él como lo había hecho con tantos otros en el pasado: estrangulados con sus manos primero y decapitados después.

Antes de lanzarse a la carrera se giró para cerciorarse de que le estaba siguiendo. Y así era. Minutos más tarde, con el corazón asomando por la boca, tomó la determinación de enfrentarse a la Montagne de Bueren con la débil esperanza de que los cientos de escalones hicieran desistir a su perseguidor.

No funcionó.

Cuando se sobrepuso al ataque de tos, Aarjen se agarró a la barandilla central y se volvió para comprobar aterrorizado que la ventaja con respecto al arcángel Uriel se había reducido de forma considerable. Subía por la parte de la izquierda, manteniendo una cadencia constante, sin un solo indicativo facial que le invitara a pensar que estuviera mínimamente fatigado, aunque en ese apagado y mortecino semblante no parecía caber expresión de ningún tipo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que los pasos del arcángel, muy al contrario que los suyos, no producían sonido alguno.

Porque el calzado del diablo nunca suena.

Aarjen de Bruyn reunió todas sus fuerzas para reemprender el agónico ascenso, pero las piernas manifestaron su oposición ante tamaña empresa en forma de temblores y la protesta fue secundada masivamente por el resto de articulaciones del tren inferior: tendones, ligamentos y fibras musculares. Con la capacidad aeróbica desbordada, el ayudante retirado del fiscal de Hainault buscó alguna ventana iluminada en las vetustas fachadas de ladrillo de los edificios que flanqueaban la escalinata, pero las dos únicas, exhaustas y solitarias como él, estaban casi al final del trayecto, inalcanzables a todas luces.

Angustiado, se giró de nuevo para constatar que no le separaban más de una decena de escalones del arcángel. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta rubia que dividía su amplia espalda en dos y que apenas se balanceaba, como si el cabello estuviera en sintonía con el resto de músculos; en tensión. Vestía un elegante traje de levita negra sobre camisa del mismo color y zapatos de cordones a juego, pero fue el destello de lo que portaba en el interior de la chaqueta lo que hizo que se estremeciera. Solo se le ocurrió una alternativa, pero sus gritos de auxilio, de por sí poco enérgicos en origen, fueron solapados por el ruido procedente de los cohetes que volvían a explosionar en Outremeuse. Entonces, en un alarde de gallardía o movido por la desesperación, se detuvo en seco y se encaró con su perseguidor. Este ascendió pausadamente los tres escalones para impactar en la boca del estómago con una rápida y definitiva patada frontal. Sin aire en los pulmones, Aarjen de Bruyn cayó de rodillas, pero aún pudo aferrarse a la fría barandilla al tiempo que notaba cómo dos gruesos pulgares le oprimían la tráquea.

Antes de perder la conciencia, la cabeza y la vida —por ese orden—, habiendo desaparecido su predecesor, Alcides Bujalesky, depositó sus últimas esperanzas en dos desconocidos. Un hombre y una mujer a los que, días atrás, había enviado el resultado de más de veinte años de investigación: el informe completo sobre la Congregación de los Hombres Puros. Personas de confianza recomendadas por su ya fallecido amigo Armando Lopategui, el responsable de que él decidiera hincar el diente a un pastel relleno de las peores atrocidades cometidas contra el ser humano.

Solo ellos podrían continuar su labor.

Solo ellos podrían hallar El Cartapacio de Minos.

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QUIEN NACE LECHÓN MUERE GORRINO

Barrio de Parquesol

Valladolid (España)

1 de septiembre de 2012, 22:08

Se detuvo a contemplar los fuegos artificiales. La temperatura había caído hasta los doce grados y aquella traicionera variación térmica confirmó su sospecha: había vuelto a casa.

Por encima de su cabeza recién rapada se dibujaban palmeras de vivos colores, verdes, rojas y amarillas sobre la oscura tela que cubría el firmamento. Una cascada dorada estalló justo en su vertical conformando un abundante haz de lágrimas que se derramaban lenta y prolongadamente, como si el cielo estuviera señalándole a él; como si pretendiera advertirle de que la diferencia entre el estrellato y el estrellado se concentra en una sola consonante.

Pero el aviso llegaba con retraso y el juego de palabras le recordó a otro, un calambur distinto pero con idéntico amargo sabor: formalizar y «formolizar».

—Hay que joderse —farfulló.

Después de que el vídeo en el que aparecía el inspector del Grupo de Homicidios de Valladolid, Ramiro Sancho, abatiendo a Augusto Ledesma se erigiera entre lo más visto en Internet y se convirtiera en el personaje más deseado para los platós de los programas sensacionalistas del país, sus superiores convinieron que lo más acertado era meter en la nevera durante un tiempo al pelirrojo protagonista del mismo. Y no encontraron otra vía mejor que abrirle un expediente disciplinario por insubordinación a los mandos. Así cosían de una sola puntada un roto y un descosido: detener el aluvión de críticas que se cocinaban desde los medios de comunicación al tiempo que alejaban al personaje más buscado del momento de la comisaría de distrito de las Delicias. La comunicación de la sanción le llegó al inspector estando en Trieste: dieciocho meses de suspensión de empleo y sueldo que finalmente quedaban reducidos a seis gracias a su destacada hoja de servicios en el Cuerpo de Policía. La indignación inicial de Sancho se fue diluyendo en los brazos de Gracia Galo hasta que logró enterrarla bajo sus sábanas. Sin embargo, los primeros problemas empezaron a emerger a la superficie cuando las semanas se convirtieron en meses y las obligaciones del cargo de la inspectora jefe fueron devorando los días hasta dejarlos en horas, aunque en muchas ocasiones ni siquiera eran plural. La soledad no era el problema, lo que de verdad le causaba irritación era que esa desocupación le originaba demasiado tiempo libre para pensar. Remover cáusticos recuerdos solo levanta ampollas emocionales. La triestina empezó a dudar entre formalizar la relación o «formolizarla», que, explicado según sus propias palabras, consistía en «conservarla en formol para no deteriorarla más». Sancho interpretó acertadamente que aquel juego de palabras encerraba algo más relevante y no quiso forzar la situación. Y en cierta medida se sintió aliviado, liberado de la carga que suponía tener el presentimiento de que más pronto que tarde tendría que enfrentarse a una nueva ruptura sentimental; un nuevo fracaso personal. Asumiendo esa máxima que asegura que quien nace lechón muere gorrino, admitió aquellos indicios a modo de pruebas irrefutables de un caso perdido.

Ambos se comportaron en la despedida con tanta madurez como frialdad y, con un raquítico beso en la comisura de la boca acompañado de un gélido «Aquí me tienes para cuando me necesites» retumbando en sus tímpanos, Ramiro Sancho embarcó en un vuelo con escala en Milán y destino Madrid.

Ya en Valladolid, se percató de que era el centro de las miradas de unos y los comentarios de otros cada vez que pisaba la calle. A pesar de ello, una tarde decidió esconderse del calor y de la gente en una sala de cine. A la salida se topó con un grupo de adolescentes que le acosaron y achicharraron con decenas de fotos que sirvieron de alimento para saciar la voracidad de las redes sociales.

Aquella misma noche durmió en Castrillo de la Guareña.

Permaneció allí en estado de hibernación estival a la espera de recibir la notificación de la fecha de incorporación a su puesto, ocupando las horas con largas sesiones de carreras campestres como única actividad física y la lectura de los clásicos que guardaba su madre como exclusiva ocupación mental. El día que recibió la llamada de la Jefatura Provincial estaba inmerso en una aventura del capitán Alatriste y apuntó el recado en la página ciento cuatro: lunes, 3 de septiembre, en plenas fiestas de Nuestra Señora de San Lorenzo. La noticia cayó como una bomba atómica, arrasando con la pesadumbre que se había ido edificando en su interior. De aquella urbe no quedó nada y se confabuló para levantar sobre las ruinas una nueva ciudad, una sin amurallar. Incentivado por la euforia, decidió devolver alguna de las muchas llamadas que le había hecho el subinspector Álvaro Peteira. No puso ninguna pega al plan, que consistía en verse aquel sábado, primer día de ferias, en el recinto de las casetas regionales ubicadas en el aparcamiento del estadio José Zorrilla. Aceptó de inmediato sin valorar lo que aquello suponía: personas por doquier y por demás; hordas de jóvenes encabritados venidos de toda la provincia, de la comarca y de todos los rincones de la Tierra Media; clanes de familias completos, niños incluidos, sueltos y sin amordazar; jubilados y parados; solteros y divorciados; hambrientos, como si jamás hubieran probado bocado; sedientos, como si al amanecer el mundo se fuera a terminar.

Un pinchazo en las cervicales le obligó a bajar la vista cuando el espectáculo pirotécnico casi tocaba a su fin y segundos después el móvil vibró para avisarle de que le había llegado un wasap. Era Peteira y, como no podía ser de otra manera, le decía que le estaban esperando en la caseta de Galicia.

Decenas de vehículos se disputaban las pocas plazas que quedaban libres al tiempo que riadas de seres humanos eran atraídas por la música folclórica igual que ratones en Hamelín. No le resultó sencillo localizar los ojos claros del subinspector. A su lado, el agente Áxel Botello le recibió luciendo una sonrisa que evidenciaba que, esa que sostenía, no era la primera caña.

—¡Hombre, Sancho! Si no tienes tan mala cara, carallo —le saludó el gallego con los brazos abiertos antes de cerrarlos golpeando la espalda de su compañero.

El gesto se replicó con Botello.

—¿Caña?

—Caña.

—Pedimos hace cuarto de hora una ración de pulpo y otra de padrón, aunque de padrón padrón tienen lo mismo que yo del Dépor. Bueno…, se acabó lo que se daba, ¿eh?

—Sí. Se os acabó la tontería. No te puedes imaginar las ganas que tengo de volver a ver vuestros caretos el lunes a primera hora —ironizó Sancho—. ¿Cómo van las cosas por casa?

—Van. Si no suena el cacharro —dijo agitando el móvil de guardia del Grupo—, mañana me llevo a los gemelos a los carruseles. Patricia terminó hasta el moño del veranito que le han dado las fieras. No la culpo porque son la caña, aunque últimamente notamos a Marquiños como desganado y no sabemos qué le pasa. Anda todo el día marchito y nos tiene preocupados, porque siempre fue el más prenda de los dos. Le han hecho unas pruebas y análisis, pero todavía no nos dijeron nada.

—Habrá salido al padre, que uno no sabe por dónde coño cogerlo —valoró Sancho—. ¿Me habéis echado mucho de menos?

—Mucho. De hecho pusimos una foto tuya en la galería de tiro, ya sabes, por aquello de no olvidar la jeta de nuestro añorado jefe.

—Me tenéis que poner al día en versión resumida y así nos centramos en el jaleo cuanto antes.

—Que se encargue Botello, que yo no tengo el don de resumir, ya lo sabes.

El agente regresó con tres cañas y las raciones.

—¡Sus muertos! —protestó Peteira—. En el Puerto Guardés, allí en A Guarda, te ponen el doble por la mitad de precio. Si les sacaras una como esta a la parroquia que lo frecuenta se contarían los muertos a puñados. Hatajo de ladrones, es que se me quitaron las ganas de probarlo.

—A más tocamos —observó el agente Botello.

—Bien dicho. Pareces nuevo, Álvaro. Ya sabes cómo funciona esto —dijo Sancho metiéndose dos trozos en la boca—. Y bien —introdujo tras vaciar medio vaso de cerveza de un trago—, ¿qué novedades me contáis?

Peteira le cedió la palabra a Botello.

—Poca cosa, la verdad. Currando mucho para tratar de bajar el número de casos abiertos, que es la prioridad de la Jefatura. Por lo demás, Matesanz está muy mayor, deseando que vuelvas; Montes, a su puta bola, como siempre; Garrido, insoportable como nunca; Gómez con esa chispa de Triana que un día nos va a prender a todos; y Arnau regresó a su Tarragona hace un par de meses. Y supongo que ya sabes que tenemos chica nueva en la oficina, ¿no?

—Supones mal —dijo enarcando sus pobladas cejas.

—Sara Robles —intervino Peteira—. Está ejerciendo de jefe accidental del Grupo.

Sancho se pasó la mano por el mentón y sus dedos desaparecieron en la frondosidad de la barba mientras esperaba que le completaran la información.

—Guerrera como ella sola. Algo pejiguera en lo relativo a los procedimientos. Muy de manual, pero no parece mala tía. Lleva poco tiempo en el Grupo y no es que se prodigue con las palabras. Ahora bien, para mandar a tomar por el culo a Garrido sin billete de vuelta se bastó ella solita el primer día que pisó la comisaría.

—Entonces apunta alto —comentó el pelirrojo justo antes de que en el escenario principal arrancara la sesión de bailes regionales—. ¿De dónde viene?

—De Zaragoza, estaba en los «estupas», jefa del Grupo I. Lo que no sabemos es el motivo que la ha traído hasta aquí.

—En Estupefacientes la gente no dura mucho. ¿Tiene familia?

—Creemos que no.

—Ya me contará Herranz-Alfageme. Por cierto, ¿qué tal con él?

—Copito se deja llevar —valoró Peteira soltando las riendas de su desbocado acento gallego—. El hombre no se mete en nuestro día a día, pero nunca nos falló cuando lo necesitamos. Se maneja bien con los de arriba, les dice a todo que sí y luego hace «asó».

—Terminad esos pimientos y nos trasladamos a la de Navarra —propuso Botello.

—Bien dicho, que con unas chistorras en condiciones llenamos el buche —secundó el subinspector sujetando un cigarro con los dientes.

—Yo estaba pensando en pacharán, pero tú pide lo que quieras.

Continuaron con el repaso a la actualidad de la comisaría durante el periplo que les llevó por Asturias, Canarias, Ávila y Segovia dando buena cuenta de las raciones de sardinas, cabrales, patatas con mojo, revolconas y cochifrito que les salieron al paso. En la última, solidarizándose con Peteira, que no podía excederse estando de guardia, decidieron no pasar al whisky de la tierra y declinaron los chupitos de DYC.

—Y dinos, Sancho, ¿tú cómo llevas toda esa mierda que te han hecho tragar? —retomó Peteira.

—Tardé en digerir la sanción. El expediente disciplinario por insubordinación no fue más que una excusa para quitarme de en medio una temporada. De hecho, los dieciocho meses al final se han quedado en seis, supuestamente por los méritos recogidos en mi historial, supuestamente —recalcó.

—¿Y lo otro?

El inspector cocinó la respuesta a fuego lento, pero, así y todo, olía a quemado.

—Mal, joder, ¿cómo lo voy a llevar? La que me lio el maldito cabrón. Lo tenía muy bien atado. Intento no pensar en ello, pero si el consciente es imprevisible, el subconsciente es incontrolable.

—Y tanto…

—Menudo hijo de puta —calificó Botello—. Encima, ahora con la publicación del libro su nombre está en todos los escaparates.

La expresión de Sancho era un homenaje a la sorpresa.

—Pensé que estabas al corriente. Hace…, no sé, poco más de un mes, una editorial carente de escrúpulos y con mucha necesidad de facturar sacó a la venta La obra de Augusto Ledesma y se están hinchando a vender. La fiscalía estuvo valorando si querellarse o no contra la editorial por apología de la violencia, pero no encontró el apoyo que esperaba en las familias de las víctimas, que con tratar de olvidar tienen trabajo más que suficiente. En La Casa del Libro, que me pilla cerca y que tiene una dependienta, Virginia, que vale su peso en oro, he visto rulando la quinta edición.

El semblante del inspector fue mudando desde el asombro al enojo.

—Es una locura. Dicen que en el Zero Café, el garito ese al que solía ir el jodido poeta, está hasta arriba de gente que quiere conocer su santuario. Y luego está la tía pesada de no sé qué periódico que pasó varias veces por la Brigada preguntando por ti para hacerte una entrevista, aunque, verdaderamente, ya han sacado a relucir tu vida y milagros en casi todos los medios que…

Álvaro Peteira diluyó las siguientes palabras en el último sorbo de cerveza al ver que el inspector resoplaba enérgicamente por la nariz. Sancho hizo lo propio con su indignación.

—¡La puta madre que me parió! —estalló al fin.

—Es cuestión de tiempo —trató de aligerar el gallego.

—Y los nabos en adviento —completó Sancho apurando la copa—. Pide otra ronda.

—¡¿No es ese el poli que se cepilló a Augusto Ledesma?! —escucharon decir a sus espaldas.

Botello intervino con celeridad. Rozando las buenas maneras invitó a las dos parejas que ya se acercaban móvil en mano a que se hicieran fotos con algún familiar suyo fallecido recientemente.

—Mejor vámonos —propuso el inspector.

Tardaron veinticinco minutos en conseguir un taxi. Llegando a la plaza de Poniente el subinspector tocó en el hombro al taxista.

—Déjeme aquí. Yo me retiro —anunció—. Mañana quiero estar fresco. Confío en que este no suene —dijo agitando el móvil de guardia.

—El lunes nos vemos —se despidió Sancho.

Botello le dio una palmada en la pierna y se volvió hacia Sancho.

—¿Dónde nos tomamos la penúltima?

—Vamos al Zero Café.

Exterior de la discoteca Bagur

Margarita salió de Bagur totalmente azorada y volvió a consultar la hora en el móvil: las 0:14.

—¡Jo-der!

Se había pasado cuarto de hora del toque de queda y ni siquiera le había dicho a Susana y a Carla que se iba. Ya les enviaría un mensaje cuando llegara a casa. Vivía a menos de cinco minutos, pero la bronca de su madre la tenía asegurada. Más aún con lo que le había costado convencerles de que la dejaran formar parte de la peña que organizaba la discoteca junto con otros pubs durante las fiestas. Por lo menos no llegaba como lo había hecho el imbécil de su hermano Josean el fin de semana pasado, escoltado por uno de sus acólitos y oliendo a vómito de la cabeza a los pies.

Casi tenía escrito el texto a su madre avisándola de que estaba llegando cuando la pantalla se fundió a negro.

—¡A la mierda!

Caminó deprisa tejiendo una red de excusas que la salvaran de estrellarse contra el suelo. De cualquier manera, pasara lo que pasara, el balance de la tarde-noche había sido espectacular. No había parado de bailar desde que puso los pies en Bagur. Se sabía todos los temas, pero la guinda llegó justo cuando iba a marcharse a casa con Carla, como siempre hacía. Toño se había acercado a pedir a la barra justo a su lado y no desperdició la oportunidad. Tras repasar la conversación varias veces, estaba segura de que no había metido la pata, muy al contrario, se había mostrado moderadamente receptiva a sus insinuaciones al tiempo que mantenía las distancias con dignidad. Prueba de ello era que, a la postre, él le había pedido su número de teléfono. Tamaño botín bien valía una bronca o un millón. Aguantando las ganas de orinar y pensando en lo que iba a poner en Twitter antes de meterse en la cama, no pudo evitar sobresaltarse cuando un tipo con aspecto algo desaliñado, huesudo y de pétreas facciones se interpuso en su camino en la plaza de Santa Ana.

—Policía —se identificó mostrando la placa—. DNI, por favor. ¿Llevas encima algún tipo de sustancia que te pueda comprometer?

Margarita no supo cómo reaccionar. Esa misma noche habían comentado que el pasado fin de semana la poli había pillado a algunos compañeros de clase haciendo botellón en Las Moreras y les habían clavado una buena multa. Buscó la complicidad de las personas que iban y venían en todas direcciones, pero entre tanto tumulto nadie se interesó por participar en aquel casting.

—Te he preguntado si llevas algo encima —insistió el agente endureciendo notablemente el tono—, tu descripción se corresponde bastante con la de la lista que se ha montado su negociete particular en el baño de Bagur.

—Le juro que yo no… —titubeó azorada.

La adolescente se fijó en que el tipo tenía el párpado izquierdo caído y que este le tapaba un tercio de la superficie ocular. Se sintió harto incómoda buscando la forma de mirarle sin ofenderle.

—No me hagas perder el tiempo. Anda, rica, saca el documento nacional de identidad y así te dejo que sigas disfrutando de las fiestas.

—No, si ya me marchaba a casa. De hecho llego tarde —balbuceó.

—Claro. A casa —repitió con marcada ironía—. Venga pues, bonita, que no tengo toda la noche.

—Es que no lo llevo encima.

—Ya estamos, la hostia. Sabía yo que alguna me tenía que tocar. Vas a tener que acompañarme al coche para que pueda verificar tus datos. Anda, tira.

Margarita siguió las indicaciones del agente pensando que, después de todo, el balance de la noche quizá no mereciera tanto la pena. El agente le soltó una monserga que tragó con estoicismo mientras asentía cabizbaja como un muñeco de salpicadero. La entonación le recordaba a la de su tío Joseba, que vivía en alguna población de nombre impronunciable cerca de San Sebastián. Doblaron la esquina de la calle María de Molina con Veinte de Febrero.

—Allí está mi compañero —señaló el agente.

Margarita reaccionó con recelo al comprobar que se trataba de un coche sin las enseñas de la policía.

—Seguro que has oído hablar de los vehículos camuflados. ¿Qué esperabas, que estuviera con el pirulo enchufado? ¿O que fuera un deportivo, pues?

Ella sabía que la policía utilizaba coches normales, pero no imaginaba que fueran tan cutres.

—No me has dicho cómo te llamas.

—Margarita.

—¿Margarita qué?

—Margarita Zúñiga Pérez. Mi padre es concejal del Ayuntamiento de Valladolid —soltó a modo de globo sonda, por si la llevaba a algún sitio.

—Y el mío farero de Getaria, la hostia, y aquí estamos, trabajando en el turno de noche —le espetó maldiciendo su propia locuacidad—. Anda, tira para dentro, guapa, y apúntame en esta libreta tu nombre completo, edad, dirección actual y nombres de tus padres.

En cuanto el policía tomó asiento en la parte trasera del coche, un acerbo presagio se adueñó de la voluntad de Marga. La corazonada se hizo certeza al ser empujada amablemente para sentarse a su lado cerrando la puerta tras de sí. En el asiento del conductor había otro hombre con el pelo color heno rizado que le caía sobre los hombros. Agarraba el volante con fuerza, como si fuera a arrancarlo de cuajo de un momento a otro. Notó entonces que la saliva le raspaba en el paladar y que le sudaban las palmas de las manos.

—Dame el móvil —le ordenó el supuesto agente con la inexpresividad de un artrópodo.

—¡Ay! ¡Por favor, por favor…! —se atrevió a decir mientras lo sacaba del bolsillo delantero del pantalón y escuchaba el sonido seco del cierre automático.

Dedujo que se trataba de un robo, deseó que así fuera, pero aquel pensamiento se volatilizó cuando vio con ojos incrédulos cómo lo desmontaba, le quitaba la batería, la tarjeta SIM y guardaba todas las piezas en una bolsa de plástico.

—Tira —le ordenó al conductor al tiempo que se agachaba a recoger algo bajo el asiento del copiloto.

—¡Por favor, por favor…! —repitió acurrucándose contra la puerta.

—Cierra la boca. No te va a pasar nada si no te comportas como una niñata mal criada. No me obligues a usarlo.

El cuchillo de caza lo provocó.

—Tengo que ir al baño —rogó la quinceañera entre sollozos.

Pero la mancha que se extendía por la cara interna de los muslos evidenció que ya era demasiado tarde para eso.

Zero Café

No se contaban veinte almas en el bar. Guiados por su instinto se hicieron fuertes en la barra, cerca de la trinchera que ocupaba habitualmente Paco, alias Devotion, desde la que bombardeaba a los presentes con munición de canciones. Transcurrido un tiempo indefinido, no había un solo metro cuadrado de aquel campo de batalla que no estuviera ocupado por varios integrantes de distintas milicias que interactuaban entre sí, como si se conocieran de otras guerras.

La música era su común estandarte y en aquel trance de la madrugada se escuchaba November rain de Guns N’Roses.

So, if you want to love me

then, darlin’, don’t refrain

or I’ll just end up walkin’

in the cold November rain.

—En algún lugar de mi casa tengo toda su discografía. Hay que reconocer que el tugurio tiene su encanto —juzgó Sancho tras unos segundos en los que disfrutó observando a la banda californiana.

—Diferente sí es —juzgó a vuela pluma su compañero.

La conversación transcurría por cauces triviales. El agente Botello había remado a favor de corriente navegando por aguas en las que se sentía muy cómodo: el mundo de los videojuegos, los viajes y las mujeres de corte exótico. Como pasajero, Sancho se había limitado a escuchar sin dejar de disfrutar del entorno, dejándose contagiar por la atmósfera del Zero.

—Me pregunto qué buscaba Augusto cuando venía por aquí.

—Si quieres saber lo que pasa en un bar, pregúntaselo a alguna camarera —sugirió Botello, algo afectado por la ingesta de cerveza.

—Ni más cojones.

—Una mujer que te sonríe mientras te da de beber siempre es bonita —comentó el agente—. Yo, si tú me lo pides, le pongo las esposas a esa alta del pelo corto y la interrogo en el cuarto oscuro. Y si no cuaja, pruebo con la otra sospechosa.

Sancho se frotó la barba con avidez y le pagó la broma con un gesto afable en fase de reconstrucción. El volumen de clientes esperando ser abastecidos no aconsejaba iniciar la charla en esos momentos, así que Sancho desvió la mirada hacia la pantalla, donde reconoció al cantante de Depeche Mode, entrado en años, moviéndose por el escenario como si aquella fuera la primera o la última vez.

—Jefe, me voy a retirar —le anunció Áxel Botello—. No me entra ni una birra más.

—Descansa.

—Estamos encantados de que hayas vuelto al Grupo —subrayó—. El lunes nos vemos.

Sancho no le dejó pagar y tras intercambiar los abrazos que llevaban sueltos, la menuda figura del agente Botello desapareció entre el gentío.

Dos Jameson con hielo después apenas quedaba una decena de guerrilleros con la insana intención de defender sus conquistas a hielo y espada.

—Disculpe que le moleste —le abordó Luis, que había salido fuera de la barra—. Le he reconocido nada más entrar. Supongo que ha venido a…

—No sé muy bien a qué he venido —le cortó—, pero me figuro que mañana sabré arrepentirme de ello.

Luis sonrió.

—Ya les contesté a sus compañeros las miles de preguntas que me hicieron sobre Augusto. Para nosotros era un cliente más. Un buen cliente, eso sí. No hablaba mucho. Pillaba su gin tonic de Hendrick’s y se sentaba allí, a la izquierda de Tom —le indicó por encima de su cabeza hacia un cuadro de marco barroco que contenía un fotograma de Tom Cruise en Entrevista con el vampiro—. Cuando se lo soplaba me pedía otro y volvía a su sitio. Pagaba religiosamente antes de marcharse.

—Sí, eso ya lo he leído.

El pincha se unió a la conversación.

—Este es Paco, mi socio.

Tenía buena estatura y lucía una barba de corte moderno, modernamente recortada. No le hizo falta que Sancho le preguntara.

—A mí me molestaba poco. No era de esos tíos coñazo que tienen su listado de peticiones y no paran de insistir hasta que logran que les pinches dos o tres temas. Sé que le molaban Bunbury, Placebo, Rammstein, Muse y Depeche Mode porque cantaba las canciones. Tenía buen gusto musical, la verdad. Muy de vez en cuando se acercaba para preguntarme el título de algún tema o el nombre del grupo que acababa de sonar. Se lo anotaba en el móvil, me daba las gracias y volvía a sentarse allí enfrente.

—Un tipo educado, ¿eh?

—¡Joder! ¿Cómo era esa frasecita que decía? —le preguntó a Luis—. Sí, eso es: «Una canción para cada momento y un momento para cada canción».

El inspector se encaminó hacia el lugar repitiendo mentalmente la cita de Augusto. Se dejó caer en el sofá y examinó su entorno bajo la atenta mirada de Paco y de Luis. Pasados unos minutos se incorporó y se acercó de nuevo a la barra.

—¿Hay algo en particular que desee saber? —se ofreció Paco.

—En realidad no. Como te decía antes, todavía no sé por qué he venido —les dijo tendiendo la mano.

—Lamentamos mucho…, en fin, todo esto —resumió Paco—. Nunca llegamos a imaginar que fuera un tipo tan peligroso.

Sancho compuso una mueca de conformidad.

—Venga cuando quiera, aquí siempre será bienvenido —se despidió Luis.

Al salir del Zero su propia vaharada le alertó de que habían bajado ostensiblemente las temperaturas. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón vaquero y dejándose acompañar calle arriba por el piar de los pájaros concluyó que, aunque uno se oponga, siempre termina amaneciendo.

O empieza.

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POR GRANDE QUE PAREZCA EL RUEDO, EL TORO SIEMPRE TERMINA DESANGRADO

Parque Klambatrún

Reikiavik (Islandia)

2 de septiembre de 2012, 9:58

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