Loading...

SI NO TE VEO ANTES

Eric Lindstrom

0


Fragmento

PRÓLOGO

PRÓLOGO

Suena el despertador y yo lo apago de un manotazo y aprieto el botón del altavoz al mismo tiempo. Stephen Hawking dice: «5:55 de la mañana». Solo quería asegurarme, como siempre.

Abro la ventana de un tirón y saco la mano. Fresco, neblinoso, pero sin humedad. Es probable que el cielo esté encapotado. Me visto —sujetador deportivo, camiseta sin mangas, pantalones cortos, zapatillas de atletismo— sin molestarme en comprobar nada más, porque todas mis prendas de correr son negras.

Salvo los pañuelos. Los palpo con los dedos, comprobando las etiquetas de plástico, decidiendo de qué humor estoy. Es raro, pero me siento inquieta, así que escojo uno que quizá me venga bien: el de algodón amarillo con caritas felices bordadas. Me lo ato alrededor de la cabeza como si fuera una venda, poniendo una sonrisa sobre cada uno de mis párpados cerrados.

El sol, recién salido, me calienta las mejillas: el cielo debe de estar despejado, al menos en el horizonte. Cierro la puerta de mi casa y me deslizo la fría llave en el calcetín. Cuando el sendero de entrada se convierte en acera, giro a la derecha y empiezo a correr.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Las tres manzanas que hay hasta llegar al campo están programadas en mis pies, en mis piernas, en mi equilibrio. Tras siete años haciendo lo mismo, identifico cada bache, cada grieta, cada raíz que asoma de la acera. No necesito ver por dónde corro, porque lo siento.

—¡Parker! ¡Para!

Freno bruscamente y me tambaleo, aleteando con los brazos como si estuviera al borde de un precipicio. Y, si resulta que ayer pasó por aquí una retroexcavadora, perfectamente podría estarlo.

—¡Lo siento mucho, Parker! —la sufrida voz de ama de casa de la periferia de la señora Reiche me grita desde su porche. Ahora está trotando por el sendero de acceso a su casa, haciendo tintinear las llaves—. El hermano de Len vino anoche…

Intento no imaginarme a mí misma estrellándome contra uno de los lados de su furgoneta. Avanzo con las manos extendidas hasta que toco metal frío y cubierto de rocío.

—No hace falta que lo muevas —recorro la resbaladiza superficie del coche al tiempo que lo rodeo.

—Claro que lo muevo. Cuando vuelvas, ya no estará.

Vuelvo a encontrar la acera y sigo corriendo mientras la furgoneta ruge a mis espaldas. Espero en la esquina hasta que la señora Reiche ha apagado el motor para poder escuchar el tráfico. No oigo más que el piar de los pájaros, así que pongo un pie en el cruce.

Cuando toco el alambre de la verja del campo de entrenamiento Gunther, giro a la derecha. Doy catorce pasos hasta el agujero de entrada y giro el cuerpo a la izquierda para atravesarlo, la mano ligeramente adelantada por si acaso hoy es la primera vez en años que no he calculado bien la distancia. Lo traspaso sin problemas, como siempre.

El campo tiene unos noventa metros de ancho. Si han aparecido obstáculos nuevos desde ayer, hay pocas posibilidades de que los encuentre a la primera pero, si ya es una locura correr aquí, más loco sería todavía hacerlo sin dar antes un paseo de reconocimiento.

Llego hasta la verja que hay en la otra punta del campo, a ciento cuarenta y dos pasos. Todo bastante normal y despejado. Después de unos minutos de estiramientos, me siento lista para correr. Setenta y cinco zancadas a ritmo medio, dos docenas de pasos hasta tocar la otra verja, y vuelta a empezar.

Después de cinco rondas, llega el momento de hacer esprints.

Sesenta zancadas me dejan a veinticuatro pasos de la verja de enfrente. A continuación, me desplazo lateralmente para volver a ponerme en línea, porque me he desviado un poco. El aire no se mueve y es más cálido que ayer, pero la sensación cuando lo atravieso volando es de frescor. Hace semanas que dejamos atrás lo peor del calor del verano.

Diez esprints y se acabó. Después de cruzar la calle, troto lentamente para ir relajando los músculos, pero me pongo a caminar cerca del acceso a la casa de los Reiche. He escuchado cómo movían el coche, pero cuando se presenta un problema uno tarda un tiempo en olvidarlo. Al llegar al otro lado, en el punto en el que el acceso a la casa se eleva ligeramente para volver a convertirse en acera, vuelvo a acelerar.

En cuanto abro la puerta de casa, sé que ha pasado algo. No huelo el desayuno. Hasta los días en que toca desayunar cereales hay tostadas. En la cocina solo escucho los ruidos habituales de una casa aún dormida: el zumbido del frigorífico, el tictac del reloj sobre los fogones, mi respiración y, cuando me paro a escuchar más detenidamente, el latido de mi corazón.

Me dirijo a las escaleras y me tropiezo con algo que hay en el recibidor. Me acuclillo y descubro a mi padre, tendido en el suelo, vestido con unos pantalones de pijama de franela y una camiseta de manga corta.

—¿Papá? ¡Papá! ¿Estás bien?

—Parker —me dice, con una voz extrañamente tranquila. No parece ni cansado ni dolorido.

—¿Te has caído? ¿Qué ha pasado?

—Escucha —me pide. Su voz sigue sin sonar como debería hacerlo si realmente estuviera tirado al pie de las escaleras—. Todo el mundo tiene secretos, Parker. Todo el mundo es un misterio.

Ahí es cuando me despierto, como siempre. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurrió el pasado 3 de junio, una semana después de terminar el colegio y dos semanas después de que fuera mi decimosexto cumpleaños.

Salvo por dos cosas. La primera es que sí que estuve a punto de estrellarme contra la furgoneta de los Reiche, solo que eso ocurrió otro día, un par de semanas después. La segunda es que mi padre no estaba tendido al pie de las escaleras. Estaba todavía en la cama, y llevaba horas muerto.

UNO

UNO

Marissa está lloriqueando. Otra vez.

—Y entonces él… él… él no… —su voz grave parece un gruñido.

Patética. Y eso que es una chica lista… Salvo cuando se trata de Owen.

—¿No podéis hablar vosotras con él?

Yo no respondo y Sarah tampoco. Solemos ofrecerle buenos consejos —gratis, incluso—, pero nunca nos involucramos. Se lo hemos dicho a Marissa mil veces; decírselo otra vez sería desperdiciar oxígeno. Solo tenemos que esperar a que se seque las lágrimas. De todas formas, no hay nada que hacer hasta que suene el timbre.

El año pasado, esta misma escena se repetía cada pocas semanas. Si no fuera por estos numeritos, Marissa prácticamente no hablaría conmigo. Apenas soy capaz de recordar cómo suena su voz cuando no lloriquea, se sorbe la nariz, solloza, tose en un mar de lágrimas y mocos, y se congestiona tanto que, si no se suena, se ahoga.

Hay una creencia popular de que perder la vista agudiza el resto de los sentidos. Y es cierta, pero no los magnifica. Sencillamente, uno se libra de la apabullante distracción que supone verlo todo, todo el tiempo. Por otro lado, la experiencia de sentarse con Marissa consistía casi por completo en escuchar todos los sonidos que su nariz y su boca eran capaces de producir con toda su pegajosidad. Así es como suena en mi mente el amor no correspondido: asqueroso.

—¿Parker? ¿Tú no puedes hacer algo?

—Ya lo estoy haciendo. Te estoy diciendo que te busques a otro —callo un momento, como establece el guion, para que ella pueda interrumpirme.

—¡Nooo!

Soy la reina del «me importa una mierda lo que piense el resto de la gente», pero la indiferencia de Marissa ante un patio lleno de personas —el primer día de clase, ni más ni menos— que la contemplan mientras emula a una borboteante fábrica de mocos… Bueno, deja la mía a la altura del betún.

—Escúchame, Marissa: las almas gemelas no existen. Pero, si lo hicieran, serían dos personas que quieren estar juntas. Tú quieres estar con Owen, pero Owen quiere estar con Jasmine, lo que significa que Owen no es tu alma gemela. Tú solo eres su acosadora.

—Espera… ¿Jasmine? —yo disfruto de un momento de paz mientras la sorpresa por la noticia, que ya le contamos la primavera pasada, la deja callada durante un segundo—. Pero ¿no es…?

—Sí, a Jasmine le gustan las chicas. Sin embargo, todavía no ha encontrado a ninguna que le guste lo suficiente, así que Owen tiene la estúpida idea de que aún tiene posibilidades con ella. Por eso, el que Owen la persiga por todos lados es ligeramente más triste e inútil que ver cómo tú lo persigues a él. De hecho…

Sarah chasquea la lengua y yo sé lo que eso significa, pero, cuando cojo velocidad, llevo demasiada inercia como para detenerme o frenar.

—… lo único que Owen y tú tenéis en común es estar enamorados de alguien que no os corresponde. De alguien que ni siquiera conocéis. ¿Te has parado alguna vez a buscar las palabras «amor» o «alma gemela» o «relación» en un diccionario?

El silencio que sigue es un ejemplo perfecto de lo que más odio de ser ciega: no poder ver cómo reacciona la gente a lo que digo.

—Pero… —Marissa se sorbe un buen montón de mocos—. Si pasáramos tiempo junt…

Salvadas por la campana. Ella y yo. Pero sobre todo ella.

iii

—Anda, pero si son No Recomendada Para Menores de 13 Años y su perro lazarillo —el familiar chirrido suena a mi izquierda, acompañado del chasquido de una taquilla al abrirse.

—Por favor, dime que su taquilla no está justo ahí —le digo a Sarah con un teatral susurro—. El verano pasado descubrí que soy alérgica al PVP. Ahora tengo que llevar en la mochila un boli de epinefrina.

—Oh, vaya —dice Faith con su vocecilla insolente—. ¿Y yo soy PVP? Eso significa… Personas… Personas…

—Polivinilpirrolidona. Se usa en la laca, en la gomina, en las barras de pegamento y en el contrachapado.

—Vaya, yo creía que PVP significaba Personas Vastamente Populares.

Yo no puedo evitar echarme a reír y salirme del personaje.

—¡Bueno, bueno, Fay-Fay! ¿Se te ha ocurrido a ti solita?

—¡Pues claro que sí! No soy ni la mitad de tonta de lo que tú pareces.

El aroma a kiwi y fresa anuncia lo que está a punto de pasar, así que afianzo los pies en el suelo. Lo llamaría «abrazo de oso» si Faith no fuera demasiado delgada como para que nada de lo que haga recuerde a un oso. La estrecho un poco más de la cuenta y luego la suelto.

—¿De verdad llevas un boli de epinefrina? —me pregunta.

—Vaya, Fay —comenta Sarah—. ¿Acaso sabes lo que es eso?

—Mi sobrino es alérgico a los cacahuetes. ¿Y tú sabes que eres una zorra pretenciosa y condescendiente?

—¡Claro que lo uuufff…!

La ráfaga de aire y la respuesta de Sarah me indican que Faith acaba de abrazarla también a ella.

—¿Habéis visto a todos esos bichos raros? —comenta Faith, sin el más mínimo intento por disimular—. Esto se ha convertido en un zoo.

—Al menos son ellos los que nos invaden a nosotros… —opina Sarah—. Y no al revés.

Es verdad. La localidad de Coastview ya no podía financiar dos institutos, así que el Jefferson tuvo que cerrar y todos sus alumnos vinieron al Adams. Los pasillos están tan abarrotados de gente que desconoce las Reglas (y no me refiero solo a alumnos de primero), que he tenido que agarrarme del brazo de Sarah para poder abrirme paso por todo ese caos y llegar hasta mi taquilla. Acostumbrarse a la presencia de todos estos novatos va a ser un lío, pero al menos no tendré que aprender a manejarme en un colegio completamente nuevo.

—Ay, vaya, aquí viene otro —dice Faith, más cerca y en voz más baja, recordando esta vez la Regla nº 2. Me abraza otra vez—. Siento mucho haberme pasado todo el verano en Vermont. Sabes que habría venido si hubiera podido, ¿verdad?

—Estoy bien —me apresuro a responder, con la esperanza de que eso zanje el tema.

—¿Vosotras erais las que hablabais con Marissa esta mañana? ¿Estaba llorando?

—Curso nuevo, mierda vieja —responde Sarah.

—Por favor, decidme que es por un chico distinto. ¿En serio? No…

Me imagino varias muecas, asentimientos y cejas enarcadas para rellenar los silencios.

—¿Os habéis pasado toda la mañana hablando de eso? Qué egoísta por su parte… Espera… —por cómo la escucho ahora, me doy cuenta de que Faith se ha girado hacia mí—. Lo sabe, ¿no? ¿O no se lo has contado?

—Claro —respondo—. Ah, Marissa, mientras tú te has pasado el verano entero llorando por un completo desconocido, mi padre se ha muerto y la familia de mi tía se ha mudado a mi casa porque es mejor que la suya.

—Espera… —dice Faith—. ¿Eso es lo que has pensado, o lo que le has dicho realmente?

—Joder, Faith. Soy sincera, pero no soy mala.

—Salvo en contadas excepciones —añade Sarah.

—Tengo que irme —despliego mi bastón—. Con tantos novatos por el camino, voy a tardar un rato en llegar al aula de Trigonometría.

—¿No le han asignado un nuevo lazarillo? —escucho que Faith le pregunta a Sarah mientras yo voy tanteando por el pasillo—. ¿Quién es? ¿Petra no se ha mudado a Colorado, o algo así?

Me alegro de que puedan hablar de mi lazarillo sin parecer incómodas. No puede ser ninguna de las dos: Faith tiene demasiada vida social (traducción: es popular) y Sarah no cumple los requisitos porque no cursa la mayoría de mis asignaturas y clases avanzadas. Sin embargo, hay una chica de Jefferson que está en todas mis clases y se ofreció a ser mi lazarillo, así que prácticamente no tuve ni que elegir.

iii

En cuanto me acomodo en el asiento que habitualmente ocupo en todas las aulas —en la esquina derecha de la última fila, reservado para mí con un letrero—, empieza la cantinela.

—Así que eres ciega, ¿eh?

Ladeo la cabeza hacia una voz masculina en absoluto familiar, procedente del asiento que hay justo delante del mío. Grave, ligeramente ronca cuando pronuncia las vocales. La voz de un atleta, aunque voy a considerarlo solo una hipótesis de trabajo hasta que tenga más pruebas.

—¿Seguro que no te has equivocado de clase? —le pregunto—. El aula de Cálculo para Genios está al final del pasillo. Aquí solo damos Trigonometría.

—Supongo que estás en la clase de Kensington. ¿No es un poco temprano para esto?

No sé ni a qué se refiere ni quién es Kensington. Una profesora del instituto Jefferson, quizá.

—Eh, gilipollas —dice otra voz masculina a la izquierda de la de Gilipollas—. Es ciega de verdad.

Interesante. La segunda voz es más suave y tranquila, del tipo que no suele insultar a las voces graves y roncas de los deportistas. Me resulta familiar, pero no soy capaz de identificarla.

—No, es que la señorita Kensington hace eso de que tienes que fingir…

—Ya lo sé, pero no reparte bastones. Y, además, es la primera hora del primer día.

—Pero, si está ciega de verdad, ¿entonces por qué lleva una venda en los oj…?

—Tío, en serio, hazme caso y cállate —palabras duras pronunciadas con voz amable.

Hoy he elegido un pañuelo de seda blanca, con una gruesa X en cada ojo. Era ese, o mi cinta hachimaki, esa en la que se lee «Viento Divino» escrito en kanji, pero no quería confundir a los novatos con un mensaje combinado. De todas maneras, sé que he cometido un error al dejarme el chaleco en casa.

Normalmente llevo una chaqueta militar desgastada, con las mangas arrancadas y una colección de chapitas que, a lo largo de los años, han ido comprándome o regalándome mis amigos. Llevan eslóganes que dicen cosas como «Sí, soy ciega, supéralo» y «Estoy ciega, no sorda, gilipollas» y, mi favorita de todas, «Parker Grant no necesita ojos para ver a través de ti». Mi tía me ha desaconsejado que me la pusiera esta mañana, alegando que podría impresionar a los alumnos del Jefferson que no me conozcan. Resulta que se equivocaba: hay que impresionarlos.

Escucho el sonido de unos pies que se arrastran y el chasquido de madera y acero cuando alguien se desploma en su asiento a mi izquierda.

—Hola, Parker —es Molly—. Siento llegar tarde. Tenía que pasar por secretaría.

—Si el timbre no ha sonado todavía, no llegas tarde —intento que mi voz suene desenfadada, pero lo que en realidad quiero dejarle claro es que ser mi lazarillo solo implica ayudarme con ciertas cosas en clase, no con mi vida en general.

—Ah, así que te llamas Parker… —dice Gilipollas.

—Ayyy —le interrumpo con mi voz más dulce—. Qué mono. Lo has deducido tú solito porque has escuchado a alguien decirlo. Y yo sé tu nombre precisamente por lo mismo. Gilipollas no es un nombre muy bonito, eso sí. Creo que te llamaré solo Gili.

—Me llamo…

—Shhh —niego con la cabeza—. No lo estropees.

El silencio que se produce a continuación es un ejemplo perfecto de lo que más me gusta de ser ciega: no ver cuáles son las reacciones de la gente a lo que digo.

—Yo… —dice Gili. Entonces, suena el timbre.

iii

—Las escaleras que llevan al aparcamiento están justo delante de ti —dice Molly.

Yo suspiro para mis adentros. En realidad, estoy cansada, así que puede que haya suspirado abiertamente, no estoy segura.

Hace rato que las clases han terminado, pero Molly y yo hemos estado cuadrando un horario para hacer un par de horas de deberes después del instituto, en la biblioteca. Luego, llamo a mi tía para que venga a buscarme. La madre de Molly es una profesora que también viene del Jefferson —enseña Francés e Italiano— y comparten coche.

—Muy bien —digo yo—. Esas escaleras llevan ahí por lo menos dos años. Estoy segura de que es difícil librarse de ellas, teniendo en cuenta que el aparcamiento está un metro y medio por debajo del nivel de las clases.

Silencio.

Me pregunto si debería recordarle la Regla nº 4, teniendo en cuenta que no hace tanto tiempo que le he dado la lista, pero el primer día ha sido agotador y me faltan pilas.

No necesito a nadie que me guíe por el instituto. Sé exactamente dónde está la plaza de minusválidos, y los dos años durante los cuales mi padre ha aparcado en ese sitio han acabado por aleccionar a los no minusválidos a mantenerse convenientemente alejados de él. Molly ha insistido en acompañarme por si acaso, pero yo sé lo que me hago. La combinación de ciegos + escaleras + coches es algo que aterroriza a los videntes aunque, en realidad, el peligro es bastante pequeño. Los coches solo son peligrosos cuando están en movimiento, y solo se ponen en movimiento en ciertos lugares y de una manera determinada, y producen un sonido que es fácilmente identificable, incluso los que son híbridos. Las escaleras son como caminos dentados cuyo tamaño y forma siempre pueden tantearse con los pies.

—¿Sabes, Parker…? —empieza a decir Molly con cierta energía, tal vez con algo de impaciencia, pero no continúa. Suspira.

—¿Qué pasa?

—Da igual.

Yo también quiero dejarlo estar. Todavía no he pasado con Molly el tiempo suficiente como para saber si va a caerme bien o si solo voy a tener que tolerarla —la cantidad de energía que estoy dispuesta a invertir en la relación depende mucho de cuál sea la opción ganadora— pero de cualquier forma vamos a pasar más tiempo juntas que con cualquier otra persona, todo el día, todos los días, durante todo el curso.

—Ya no te lo puedes callar —le digo, e intento que suene como un hecho, no como una acusación—. Ahora sé que te estás guardando algo. Escúpelo antes de que se infecte.

Puedo oírla respirar. Inspiraciones pensativas. Sopeso si debo presionarla un poco más o esperar a que lo suelte sola.

—Es solo que… —dice por fin—. Sé que acabamos de conocernos…

Otra inspiración.

—¿Quieres que te ayude? —le pregunto—. ¿O quieres que te deje seguir divagando un poco más?

Molly resopla. No soy capaz de distinguir si es un resoplido de risa o de los de poner los ojos en blanco.

—Sí, claro, ayúdame —creo que es una combinación de ambos. Buena señal.

Incrustada en el suelo de hormigón, bajo mis zapatillas, hay una placa de metal abollado que señala la fundación del instituto John Quincy Adams, en 1979. Sé exactamente dónde estoy.

—Toma —le tiendo el bastón—. ¿Me lo doblas?

Ella lo coge.

—¿Por qué?

Me doy media vuelta y camino a toda prisa hacia las escaleras, balanceando los brazos y contando mentalmente: seis, cinco, cuatro, tres…

—¡Parker! —Molly echa a correr detrás de mí.

… dos, uno, un paso abajo…

Bajo las escaleras contando los peldaños, pisando con fuerza y confianza, con las piernas rectas como un soldado, echando el pie hacia atrás para tocar a cada paso el escalón anterior con el talón.

Una vez abajo, sigo caminando y contando en silencio hasta que llego al bordillo donde sé que mi tía aparcará el coche. Me detengo y doy media vuelta.

—¿Me pasas el bastón, por favor?

El bastón me roza la mano. No lo ha plegado, como le había pedido. Lo pliego yo y me lo guardo en la mochila.

—Probablemente pensarás que soy la típica chica ciega que quiere demostrarle a todo el mundo que no necesita la caridad de nadie. Y que, en vez de ser amable con la gente que intenta ayudarla, es una zorra amargada y resentida porque se está perdiendo algo maravilloso que piensa que el resto del mundo da por sentado.

Empiezo a preguntarme si Molly es de esas personas que resoplan al respirar y eso que, aunque todo estaba bastante silencioso, no lo he notado cuando estábamos en la biblioteca.

—¿He dado en la diana? —pregunto.

—La verdad es que no. Pero, en tu caso, no está mal.

Tardo un segundo en pillarlo —algo nada propio de mí— y, cuando lo hago, es demasiado tarde para reírme.

Así que sonrío.

—Tocada.

El coche de la tía Celia frena y se detiene.

—Supongo que sabrás distinguir si ese coche es el de tu tía por cómo suena, ¿no?

—Sí, la verdad es que sí.

—Mi perro también sabe hacer eso.

Giro la cabeza para quedar frente a ella, algo que no suelo hacer muy a menudo.

—Estás empezando a caerme bien, Molly Ray. Pero créeme, es un sentimiento encontrado.

—Ah, no te preocupes. Te creo.

La puerta del coche se abre con un sonoro chasquido. Mi tía grita, demasiado alto:

—Parker, soy yo, ¡métete dentro!

Yo suspiro. Definitivamente, esta vez no ha sido para mis adentros.

DOS

DOS

Hola, papá.

El insti ha ido bien. Mejor de lo que podría haber ido. Aunque la mitad de la gente no conoce a la otra mitad, todo el mundo conoce a suficientes personas como para que la situación no resulte demasiado incómoda. Me va a llevar tiempo que los novatos asimilen el reglamento, pero la verdad es que tengo bastante ayuda.

Algunas personas a las que no conozco demasiado me han estado ayudando con los novatos. Igual solo intentaban ser simpáticos, o igual es que se sienten importantes diciéndoles a los demás lo que tienen que hacer. O igual me estaban protegiendo como si fuera la mascota del colegio. Eso sería una auténtica mierda. No quiero que nadie me tenga pena.

El trayecto en coche hasta casa ha sido bastante silencioso, como me gusta últimamente. No sé cómo son los coches cuando no estoy montada en ellos, pero creo que la gente me habla más en los coches porque piensan que me aburro ahí sentada sin ningún escenario. Mis vistas siempre son iguales pero, aparte de ver gente y coches distintos en la calle todos los días, no creo que las de los demás tampoco cambien demasiado.

Hace un par de meses le dije a la tía Celia que no hacía falta que me entretuviera mientras conducía, y ahora ya no dice ni una sola palabra cuando estamos en el coche. Para ella todo es blanco o negro. Se lo dije educadamente —no le dije que cerrara la boca, ni nada por el estilo— pero, de todas maneras, se ha cerrado en banda. Puede que hiriera sus sentimientos, pero no es mi culpa que a la gente no le guste escuchar la verdad.

—Hola, Parking —me llama mi primo Petey desde el rellano de la escalera.

—Hola, Pitín. ¿Qué tal el cole?

Baja las escaleras trotando y se sienta a mi lado en el tercer escalón empezando desde abajo.

—Un rollo.

—Eres muy pequeño para aburrirte en el cole. Se supone que no deberías aburrirte hasta que no estés en cuarto.

—Ya me aburría cuando estaba en segundo —responde con orgullo.

—Yo también —susurro.

—¿Por qué estás sentada ahí? —me responde, también susurrando, probablemente porque yo he susurrado primero.

La verdad es que no tengo ganas de hablar de ello, y menos con Petey. La situación ya es bastante complicada, en una casa llena de parientes con los que antes coincidía una vez cada par de años, pero que ahora duermen en la habitación y el despacho de mi padre. No quiero contarle que echo de menos hablar con mi padre en el trayecto en coche desde el instituto a casa ni que, como cuando llegábamos no habíamos terminado de charlar, nos sentábamos en la mesa de la cocina y seguíamos hablando durante un rato, bebiendo té helado, hasta que mi padre tenía que volver a ponerse a trabajar. No quiero contarle a Petey que hoy no había pensado en esto hasta que me he montado en el coche de la tía Celia, hasta que el silencio —que yo he creado y que ahora no sé cómo romper— ha succionado el aire hasta tal punto que pensaba que me iba a desmayar. Que ahora mismo lo único que quiero es sentarme en la mesa de la cocina y hablar con mi padre pero que, si hago eso, todo el mundo pensará que es rarísimo que esté sola en la mesa de la cocina sin hacer nada. Me da igual que la gente piense que soy rara, pero no quiero que me acribillen a preguntas.

Que es justo lo que está haciendo Petey ahora mismo, porque sentarse en las escaleras sin hacer nada es todavía más raro que sentarse a no hacer nada en la mesa de la cocina. Sin embargo, tampoco quiero contarle que, en vez de sentarme en mi habitación para tener una conversación unilateral con mi padre en un lugar donde nadie pueda ...