Loading...

SIEMPRE AMIGOS

Danielle Steel

0


Fragmento

1

El proceso de solicitud de plaza, admisión y matriculación en el colegio Atwood había durado seis meses y había estado a punto de volver locas a las familias con sus jornadas de puertas abiertas, encuentros, intensas entrevistas con los padres —a veces hasta en dos ocasiones— y evaluaciones de los niños. Los hermanos de los actuales alumnos contaban con cierta ventaja preferencial, pero cada niño era valorado por sus propios méritos. Atwood era uno de los pocos colegios privados mixtos de San Francisco —la mayor parte de las escuelas antiguas y prestigiosas segregaban por el sexo— y el único que abarcaba desde el parvulario hasta duodécimo curso, algo que lo convertía en una opción muy atractiva para las familias que no querían volver a pasar por todo aquello para matricular a sus hijos en la escuela media o secundaria.

Las cartas de admisión habían sido recibidas a finales de marzo por sus destinatarios, quienes las esperaban igual de ansiosos que si hubieran estado aguardando que sus hijos fueran aceptados en Harvard o Yale. Algunos padres reconocían lo absurdo de toda aquella expectación, aunque insistían en que merecía la pena porque Atwood era un colegio fabuloso, capaz de ofrecer a cada niño la atención individualizada que necesitaba. Además, ser alumno de la escuela conllevaba un elevado estatus social (un detalle que todos preferían no mencionar), y los estudiantes que se aplicaban en secundaria solían ingresar en las principales universidades del país. Conseguir que un niño entrara en Atwood suponía todo un triunfo. El colegio, que acogía a unos seiscientos cincuenta estudiantes, gozaba de una ubicación privilegiada en Pacific Heights y podía presumir de un reducido número de alumnos por clase, a los que, por si fuera poco, también ofrecía orientación académica y psicológica como parte de sus servicios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando por fin llegó el miércoles previsto para el ingreso de la nueva promoción de párvulos, hacía uno de esos raros días calurosos de septiembre en San Francisco. La temperatura superaba desde el domingo los treinta y dos grados de día y los veintisiete de noche. Un tiempo tan extremo solo se daba una o dos veces al año, y todo el mundo sabía que cuando apareciese la niebla, y sería inevitable, el calor se acabaría y volverían las temperaturas de entre quince y dieciocho grados diurnos y entre diez y trece nocturnos, acompañadas de fuertes y fríos vientos.

En condiciones normales a Marilyn Norton le encantaba el calor, pero en su noveno mes de embarazo, cuando solo le faltaban dos días para salir de cuentas, no lo estaba llevando muy bien. Esperaba su segundo hijo, otro varón, e iba a ser grande. Apenas podía moverse, y tenía los tobillos y los pies tan hinchados que solo había podido meterlos en unas chanclas de goma. Llevaba unos enormes pantalones cortos de color blanco que ahora le quedaban pequeños y una camiseta también blanca de su marido que se le ceñía al vientre. Ya no le quedaba ropa que le fuera bien, pero el bebé no tardaría en llegar. Se alegraba de haber podido acompañar a Billy al colegio en su primer día. El niño se sentía nervioso y Marilyn quería estar con él. Su padre, Larry, podría haberlo llevado —a no ser que ella se hubiera puesto de parto, en cuyo caso una vecina se había comprometido a hacerlo—, pero Billy quería ir con su mamá el primer día, como todos los demás niños. Así que Marilyn se sentía feliz de estar allí, y Billy se agarraba a su mano con fuerza mientras se dirigían al hermoso y moderno centro escolar. Cinco años atrás, el colegio había construido un nuevo edificio con el apoyo económico de los padres de los alumnos actuales, y de los agradecidos progenitores de antiguos alumnos que habían prosperado en sus estudios.

Cuando se aproximaban, Billy le lanzó a su madre una ojeada inquieta. Llevaba en la mano un pequeño balón de fútbol americano y le faltaban los dos incisivos superiores. Madre e hijo compartían una espesa cabellera roja y rizada, así como una gran sonrisa. La de Billy le hacía mucha gracia a su madre, que lo encontraba monísimo sin sus dientecitos de arriba. Era un niño adorable y siempre había sido tranquilo. Quería que todo el mundo estuviera contento, era muy cariñoso con su madre y le encantaba complacer a su padre, y sabía que la mejor forma de hacerlo era hablar de deportes con él. Recordaba todo lo que su padre le contaba sobre los partidos. Tenía cinco años, y desde los cuatro decía que algún día quería jugar al fútbol americano en los San Francisco 49ers. «¡Ese es mi chico!», solía exclamar Larry Norton, orgulloso. Era un fanático de los deportes en general y del fútbol americano, el béisbol y el baloncesto en particular. Jugaba al golf entre semana con sus clientes y al tenis los fines de semana. Hacía ejercicio todas las mañanas sin falta y animaba a su mujer a seguir su ejemplo. Marilyn tenía buen cuerpo, cuando no estaba embarazada, y había jugado al tenis con él durante el embarazo, hasta que engordó demasiado para llegar a la pelota corriendo.

Ahora tenía treinta años. Había conocido a Larry hacía ocho, nada más salir de la universidad. Trabajaban en la misma compañía de seguros. Larry era muy atractivo y le llevaba ocho años. Enseguida se fijó en Marilyn, y se burlaba de ella por su pelo cobrizo. Todas las mujeres de la oficina le encontraban muy guapo y deseaban salir con él. Marilyn fue la afortunada ganadora, y se casaron cuando la joven contaba veinticuatro años. Enseguida se quedó embarazada de Billy, y había esperado cinco años para tener a su segundo bebé. El padre estaba encantado de que fuese otro niño, y se iba a llamar Brian.

Larry había vivido una corta carrera en las ligas menores de béisbol. Poseía un legendario brazo de lanzador, y todo el mundo daba por seguro que llegaría a las grandes ligas. Sin embargo, una fractura fragmentada de codo sufrida en un accidente de esquí puso fin a su futuro en el béisbol, y Larry comenzó a trabajar en el sector de los seguros. Al principio se lo tomó muy mal; empezó a beber demasiado, y cuando lo hacía se dedicaba a flirtear con todas las mujeres que encontraba a su alcance, aunque él insistía en que solo era un bebedor social. Era el alma de las fiestas. Cuando Marilyn y él se casaron, dejó la compañía de seguros y se puso a trabajar por su cuenta. Era un vendedor nato y creó una rentable agencia de corretaje de seguros que les brindaba una vida cómoda y lujosa. Adquirieron una casa preciosa en Pacific Heights, y Marilyn dejó de trabajar. Los clientes favoritos de Larry eran los deportistas profesionales de las grandes ligas; confiaban en él y ahora representaban el pilar de su economía. A sus treinta y ocho años, contaba con una buena reputación y un negocio próspero. Seguía frustrado por no haber llegado a ser jugador de béisbol, aunque reconocía tener una vida estupenda, una mujer muy guapa y un hijo que, si de él dependía, sería deportista profesional. Si bien su vida no había resultado ser como había planeado, Larry Norton era un hombre feliz. No había acompañado a Billy en su primer día de colegio porque esa mañana estaba desayunando con un jugador de los San Francisco 49ers para venderle más seguros. En casos así, sus clientes siempre eran lo primero, sobre todo si se trataba de estrellas. Sin embargo, muy pocos padres habían ido a llevar a sus hijos, y a Billy no le importaba. Su padre le había prometido un balón firmado y varios cromos del jugador con el que estaba desayunando. A Billy le hacía mucha ilusión, y estaba contento de ir al colegio solo con su madre.

En la puerta del parvulario una maestra le dedicó a Billy una cálida sonrisa, y este la miró con timidez sin soltar la mano de su madre. Era joven y bonita, y tenía el cabello largo y rubio. Parecía recién salida de la universidad. Su tarjeta de identificación decía que era maestra asistente y que se llamaba señorita Pam. Billy también llevaba una tarjeta con su nombre. Una vez dentro del edificio, Marilyn le llevó a su aula, donde ya había una decena de niños jugando. Su maestra acudió a recibirle y le preguntó si quería dejar el balón de fútbol americano en su casilla para tener las manos libres y poder jugar. Se llamaba señorita June y tenía más o menos la misma edad que Marilyn.

Billy vaciló ante la pregunta y luego negó con la cabeza. Tenía miedo de que alguien le robara el balón. Marilyn le tranquilizó y le animó a hacer lo que decía la maestra. Le ayudó a encontrar su casilla en la fila de casilleros abiertos donde otros niños habían dejado sus posesiones y algunos jerséis. Cuando volvieron al aula, la señorita June le propuso que jugara con las piezas de construcción hasta que llegara el resto de sus compañeros de clase. Billy se quedó pensativo y miró a su madre, que le animó con un empujoncito.

—En casa te encanta jugar con piezas de construcción —le recordó—. No voy a irme a ninguna parte. ¿Por qué no vas a jugar? Estaré aquí mismo.

Señaló una silla minúscula y se sentó en ella con mucha dificultad, pensando que haría falta una grúa para levantarla de allí. La señorita June llevó a Billy hasta donde estaban las piezas y el niño se puso a hacer una especie de fuerte con las más grandes. Era un niño alto y recio, cosa que a su padre le complacía mucho. A Larry no le costaba imaginárselo jugando a fútbol americano algún día. Lo había convertido en el sueño de Billy desde que el crío tuvo edad suficiente para hablar, y antes incluso en su propio sueño, en cuanto vio a su robusto recién nacido de cuatro kilos y medio. Billy era muy grande para su edad, aunque era un niño tierno y cariñoso. Nunca se mostraba agresivo con otros críos y había causado una excelente impresión durante su evaluación en Atwood. Habían confirmado que no solo poseía una buena coordinación para su tamaño, sino que además era muy inteligente. A Marilyn le costaba concebir que su segundo hijo pudiese llegar a ser tan maravilloso como Billy. Era el mejor. Y mientras trajinaba con las piezas se olvidó de su madre, la cual, sentada incómodamente en la minúscula silla, observaba a los demás pequeños que iban entrando.

Se fijó en un niño moreno de grandes ojos azules. Era delgado y más bajo que Billy. Vio que llevaba una pistola de juguete metida en la cinturilla de los pantalones cortos y una placa de sheriff prendida en la camisa. Marilyn sabía que estaba prohibido llevar pistolas de juguete a la escuela, pero al parecer había escapado a la supervisión de la señorita Pam en la puerta, con tantos niños llegando al mismo tiempo. Sean iba también con su madre, una guapa rubia con vaqueros y camiseta blanca, unos años mayor que Marilyn. Al igual que Billy, Sean iba de la mano de su madre, y poco después la dejó para ir también a jugar al rincón de las piezas. La mujer le miraba sonriendo. Los dos críos empezaron a jugar uno al lado del otro, agarrando las piezas sin prestarse atención entre ellos.

Al cabo de unos minutos la señorita June se fijó en la pistola y fue a hablar con Sean bajo la atenta mirada de su madre. Esta sabía que no le dejarían tenerla en el colegio. Conocía las reglas: Kevin, su otro hijo, cursaba séptimo en Atwood. Sin embargo, Sean había insistido en llevarse la pistola. La propia Connie O’Hara había sido maestra antes de casarse y por tanto sabía lo importantes que eran las normas escolares. No obstante, después de tratar de razonar con Sean para que dejase la pistola en casa, había optado por traspasarle el problema a la maestra. La señorita June se aproximó a Sean con una cálida sonrisa.

—Dejaremos eso en tu casilla, ¿de acuerdo? Puedes quedarte la placa de sheriff.

—No quiero que nadie coja mi pistola —dijo mirando muy serio a la señorita June.

—Pues vamos a dársela a tu mamá. Puede traerla cuando venga a buscarte. Aunque en tu casilla también estará segura.

Aun así, la maestra no quería que el niño fuera a hurtadillas a por ella y volviera a metérsela en la cinturilla de los pantalones.

—Puede que la necesite —dijo Sean forcejeando con una pieza grande y colocándola encima de las otras. Era un niño fuerte a pesar de su estatura y su peso, por debajo de la media—. A lo mejor tengo que arrestar a alguien —le explicó a la señorita June.

La maestra asintió con expresión grave.

—Ya, pero no creo que tengas que arrestar a nadie aquí. Todos los amigos que hay aquí son buenos niños.

—Puede que entre en el colegio un ladrón o un hombre malo.

—No lo permitiríamos. Aquí no hay hombres malos. Le daremos la pistola a tu mamá —dijo ella con firmeza.

La señorita June alargó la mano y Sean la miró a los ojos, calibrando hasta qué punto lo decía en serio. Hablaba muy en serio. A Sean no le gustó, pero se sacó la pistola muy despacio de los pantalones cortos y se la entregó a la maestra, que se acercó a donde se encontraba Connie y se la dio. La mujer, que estaba de pie junto a la madre de Billy, se disculpó, se guardó el arma de juguete en el bolso y se sentó en la sillita que había junto a la de Marilyn.

—Sabía que pasaría esto. Conozco las normas. Tengo un hijo en séptimo. Pero Sean no quería salir de casa sin la pistola.

Le sonrió a Marilyn con expresión apesadumbrada.

—Billy ha traído su balón de fútbol y lo ha dejado en su casilla —dijo Marilyn, y señaló a su hijo, que jugaba al lado de Sean.

—Me encanta su pelo rojo —comentó Connie en tono de admiración.

Los dos niños jugaban tranquila y silenciosamente uno al lado del otro cuando una niña llegó al rincón de las piezas. Era como un anuncio de la niña perfecta. Tenía un precioso cabello largo y rubio con tirabuzones, y unos grandes ojos azules. Llevaba un bonito vestido rosa, calcetines cortos blancos y unos zapatos relucientes, también de color rosa. Parecía un ángel. En cuanto llegó, sin mediar palabra, cogió la pieza de construcción más grande de manos de Billy y se la quedó. El crío la miró estupefacto, pero no se resistió. Tan pronto como la niña dejó la pieza en el suelo, vio la que Sean se disponía a poner en su fuerte, y también se la quitó. Les advirtió con una mirada que no se atrevieran a meterse con ella y procedió a agarrar más piezas mientras los niños la observaban asombrados.

—Esto es lo que me encanta de la enseñanza mixta —le susurró Connie a la madre de Billy—. Les enseña a relacionarse muy pronto como en el mundo real, no solo entre niñas o entre niños.

La niña les quitó otra pieza a cada uno. Billy pareció a punto de echarse a llorar y Sean le dedicó una torva mirada.

—Es una suerte que tenga la pistola en mi bolso —comentó entonces la madre de este—. Estoy segura de que Sean la arrestaría. Solo espero que no le pegue.

Las dos mujeres contemplaban a sus hijos, mientras el pequeño ángel/demonio continuaba impertérrito construyendo su propio fuerte. Controlaba por completo el rincón de las piezas y tenía amedrentados a los dos niños. Ninguno de ellos se había encontrado nunca con nadie como ella. En su tarjeta de identificación aparecían dos nombres: GABRIELLE y GABBY. Agitó sus largos rizos rubios mientras los niños la miraban pasmados.

Otra niña llegó al rincón de las piezas, se quedó allí plantada un par de segundos y se marchó en dirección a la cercana cocinita infantil. Allí empezó a entretenerse con ollas y cacerolas, a abrir y cerrar la puerta del horno y a meter alimentos de plástico en la nevera. Parecía muy ocupada. Tenía una cara muy dulce y llevaba el cabello castaño peinado en dos pulcras trenzas. Vestía un peto corto, zapatillas y una camiseta roja. Concentrada en el juego como estaba, no prestaba atención a los otros tres, que la miraron cuando una mujer de traje chaqueta azul marino se le acercó y se despidió de ella con un beso. Tenía el cabello castaño, del mismo tono que su hija, y se lo había recogido en un moño. A pesar del calor, llevaba puesta la chaqueta del traje, una blusa de seda blanca, medias y tacones. Daba la impresión de ser banquera, abogada o empresaria. Cuando se fue, su hija no se inmutó siquiera. Se notaba que estaba habituada a estar sin su madre, a diferencia de los dos niños, que les habían pedido a sus madres que se quedaran.

La chiquilla de las trenzas llevaba una tarjeta de identificación donde ponía IZZIE. Cuando su madre se marchó, los dos niños se le acercaron con precaución. La otra cría les había asustado, así que la ignoraron y abandonaron el rincón de las piezas. Por muy bonita que fuera, no era nada simpática. Izzie, tan atareada en la cocina, parecía más tratable.

—¿Qué haces? —le preguntó Billy.

—Estoy preparando la comida —dijo ella, con una expresión que indicaba que resultaba obvio—. ¿Qué te gustaría comer?

Había sacado de la nevera y del horno unas cestitas llenas de comida de plástico que había colocado en platos. Allí cerca había una pequeña mesa de picnic. El parvulario de Atwood tenía muy buenos juguetes. Era una de las cosas que siempre les encantaban a los padres cuando visitaban el colegio. También contaba con un patio de recreo enorme, un gimnasio inmenso y unas excelentes instalaciones deportivas, algo que Larry, el padre de Billy, valoraba mucho. A Marilyn le gustaba la parte académica. Quería que su hijo recibiera una buena educación, y no solo para convertirse en un jugador profesional. Larry era un empresario astuto y un gran vendedor, y poseía un enorme carisma, pero no había aprendido gran cosa en la escuela. Marilyn quería asegurarse de que sus hijos sí lo hicieran.

—¿Qué quiero comer de verdad? —le preguntó Billy con unos ojos muy abiertos que traslucían toda su confianza e inocencia infantil.

Izzie se echó a reír.

—Claro que no, tonto —le riñó en tono divertido—. Es de mentira. ¿Qué quieres? —le preguntó con gesto diligente.

—Pues comeré una hamburguesa y un perrito caliente, con ketchup y mostaza, y patatas fritas. Sin pepinillos —pidió Billy.

—Ahora mismo —dijo Izzie en tono práctico.

Acto seguido le entregó un plato lleno hasta arriba de comida de mentira y le señaló la mesa de picnic, donde Billy se sentó.

Entonces la niña se volvió hacia Sean. Se había convertido rápidamente en la pequeña madre del grupo que atendía sus necesidades.

—¿Y tú? —preguntó con una sonrisa.

—Pizza y helado con chocolate caliente —dijo Sean muy serio.

Izzie contaba con ambas cosas en su arsenal de comida de plástico y se las dio. Parecía la cocinera de un restaurante de comida rápida. Entonces apareció el ángel del vestido rosa y los zapatos brillantes.

—¿Tu padre tiene un restaurante? —le preguntó a Izzie con interés.

Esta seguía controlando la cocina con aire eficiente.

—No. Es abogado de los pobres. Les ayuda cuando la gente se porta mal con ellos. Trabaja en la Unión por las Libertades Civiles. Mi mamá también es abogada, pero de empresas. Hoy tenía que ir al juzgado y por eso no ha podido quedarse. Tenía que presentar una demanda. No sabe cocinar. Mi papá sí.

—Mi papá vende coches. Mi mamá estrena un Jaguar cada año. Pareces buena cocinera —dijo el ángel en tono educado. Se mostraba más interesada en Izzie de lo que se había mostrado con los dos niños. Pero aunque los alumnos del mismo sexo se relacionaran más entre sí y tuvieran intereses similares, el hecho de compartir aula hacía que se influyeran unos a otros en algunos aspectos—. ¿Puedo tomar unos macarrones con queso? Y un dónut —dijo Gabby señalando una rosquilla rosa con virutas de plástico.

Izzie puso en una bandejita rosa los macarrones con queso y la rosquilla. Gabby esperó a que Izzie se sirviera un plátano y un dónut de chocolate, y las dos se sentaron con los niños a la mesa de picnic. Parecían cuatro amigos que hubieran quedado para comer.

Empezaban a fingir que comían lo que Izzie había preparado cuando un niño alto y delgado se acercó corriendo. Tenía el pelo rubio y liso, y llevaba una camisa blanca y unos pantalones de color caqui perfectamente planchados. Parecía mayor de lo que era. Tenía más pinta de alumno de segundo que de parvulario.

—¿Llego tarde para comer? —preguntó sin aliento.

Izzie se volvió hacia él con una sonrisa.

—Claro que no —le tranquilizó—. ¿Qué quieres?

—Un sándwich de pavo con mayonesa y el pan tostado.

Izzie le trajo algo que se parecía vagamente a lo que había pedido y unas patatas chips. El niño se sentó con ellos y se volvió a mirar a su madre, que en ese momento abandonaba el aula con el móvil pegado a la oreja. Daba instrucciones a alguien y parecía tener prisa.

—Mi mamá ayuda a nacer a los bebés —explicó—. Alguien va a tener trillizos. Por eso no ha podido quedarse. Mi padre es psiquiatra, habla con la gente que está loca o triste.

El niño, en cuya tarjeta de identificación ponía ANDY, parecía muy serio. Tenía un corte de pelo de mayor y buenos modales, y cuando acabaron ayudó a Izzie a guardarlo todo en la cocina.

En ese momento la señorita Pam entró en el aula, y la señorita June y ella les pidieron que formaran un círculo. Los cinco niños que habían «comido» en la mesa de picnic se sentaron juntos. Ya no eran unos extraños. Gabby apretó sonriente la mano de Izzie mientras las maestras repartían instrumentos musicales y les explicaban para qué servía cada uno.

Más tarde les dieron zumo y galletas, y luego salieron al recreo. Las madres que se habían quedado tomaron también lo mismo, aunque Marilyn rechazó el ofrecimiento alegando que a aquellas alturas hasta el agua le causaba ardores de estómago. Estaba deseando que naciera el bebé. Se frotó el enorme vientre mientras lo decía, y las demás mujeres la miraron compasivas. Parecía estar pasándolo muy mal con el calor.

Para entonces, la madre de Gabby se había unido a Marilyn y Connie, y había varias madres más sentadas en pequeños grupos en los rincones del aula. La madre de Gabby se veía muy joven y era bastante llamativa. Tenía el cabello rubio y cardado, y vestía una minifalda de algodón blanco y tacones. Su camiseta rosa era escotada y llevaba maquillaje y perfume. Llamaba la atención entre las demás madres, pero no parecía importarle. Era simpática y agradable, y, tras presentarse como Judy, se mostró solidaria con Marilyn al decirle que en su último embarazo había ganado veintitrés kilos. Tenía una hija de tres años, Michelle, dos años menor que Gabby. Sin embargo, fuera cual fuese el peso que había ganado obviamente lo había perdido, y ahora tenía una figura fabulosa. Era una chica ostentosa pero muy guapa, y las demás supusieron que aún no tendría treinta años. Comentó algo de que había participado en concursos de belleza cuando estaba en la universidad, lo cual, dado su aspecto, resultaba bastante lógico. Contó que habían venido a San Francisco desde el sur de California hacía dos años y que echaba de menos el calor, por lo que estaba encantada con las altas temperaturas que habían tenido en los últimos días.

Las tres mujeres hablaron de compartir los viajes en coche para llevar a los pequeños. Esperaban encontrar a otras dos mujeres para tener que conducir solo un día por semana. Judy, la madre de Gabby, les explicó a las otras que tendría que llevar también a su hija de tres años los días que le tocase a ella y que emplearía una furgoneta con cinturones de seguridad, así que habría mucho espacio para todos los niños. Y Marilyn dijo en tono de disculpa que seguramente no podría conducir durante las primeras semanas debido a la inminencia del parto, pero que estaría encantada de hacerlo más adelante, siempre que pudiera llevar con ella al bebé.

Connie accedió a organizar los viajes compartidos, algo que ya había hecho tiempo atrás para el hijo que ahora tenía en séptimo, Kevin. Esperaba que el hermano mayor de Sean le llevara al colegio por las mañanas, pero sus horarios eran demasiado distintos. Además, Kevin se había negado en redondo a ocuparse de su hermano pequeño. Así que a Connie también le convenía que compartieran los viajes. Les sería útil a todas.

Los alumnos volvieron del recreo y empezó la hora del cuento, que la señorita June les leyó en voz alta. Entonces las madres pudieron marcharse con permiso de sus hijos y prometieron volver a recogerles esa tarde, a la salida del colegio. Aunque Billy y Sean se mostraron un tanto inquietos, Gabby e Izzie siguieron escuchando el cuento muy concentradas y cogidas de la mano. Durante el recreo habían acordado ser amigas. Los niños no habían parado de gritar y correr de un lado a otro mientras las niñas se divertían en los columpios.

—¿Os habéis enterado de la reunión de esta noche? —les preguntó Connie a las otras madres mientras salían del edificio, para entonces ya fuera del alcance del oído de los niños. Las demás mujeres contestaron que no—. En realidad es para los padres de la escuela media y secundaria. —Bajó la voz todavía más—. Este verano se ahorcó un chico del último curso. Era un chaval muy majo. Kevin le conocía, aunque era tres años mayor que él. Estaba en el equipo de béisbol. Sus padres y la escuela sabían que tenía muchos problemas emocionales, pero aun así fue una gran conmoción. Traerán a un psicólogo para hablarnos a los padres de cómo reconocer los indicios de posible suicidio en los chicos y de cómo prevenirlos.

—Al menos no tenemos que preocuparnos de eso a estas edades —dijo Judy con expresión de alivio—. Todavía estoy intentando que Michelle no moje la cama por las noches. Se le escapa de vez en cuando, pero solo tiene tres años. No creo que se suiciden muchos críos de tres y cinco años —comentó despreocupadamente.

—No, pero al parecer algunos lo hacen a los ocho o los nueve —dijo Connie en tono sombrío—. Nunca me ha preocupado en el caso de Kevin, aunque a veces encuentro que es un niño muy movido. Y no es tan tranquilo como Sean. No soporta seguir las normas de nadie. Además, el chico que murió era un chaval muy majo.

—¿Padres divorciados? —preguntó Marilyn con una mirada significativa.

—No —dijo Connie en voz baja—. Buenos padres, un buen matrimonio, muy estable, la madre en casa todo el día. Supongo que nunca pensaron que podría pasarles esto. Creo que el chico había estado yendo al psicólogo, pero sobre todo por problemas de notas en el colegio. Siempre se lo tomaba todo muy mal. Lloraba cada vez que el equipo de béisbol perdía un partido. Creo que en casa le presionaban mucho desde el punto de vista académico. Pero la familia es muy sana. Era hijo único.

Las otras dos mujeres parecieron afectadas por sus palabras, pero estuvieron de acuerdo en que la reunión no era relevante para ellas, y esperaban que nunca lo fuera. Era triste oír que algo así les hubiera sucedido a otras personas. Era inimaginable que alguno de sus hijos se suicidara. Ya era bastante duro preocuparse por los accidentes domésticos, los niños pequeños que se ahogaban en piscinas y las enfermedades y desgracias que podían sufrir. Para su alivio, el suicidio estaba en otro universo distinto del suyo.

Connie prometió llamarlas cuando encontrara a otras dos madres dispuestas a hacer turnos para llevar a sus hijos al colegio, y luego cada cual se fue por su camino. Por la tarde, al ir a buscar a los niños, se vieron desde los coches y se saludaron. Izzie y Gabby salieron cogidas de la mano y dando saltitos, y la segunda le contó a su madre lo mucho que se habían divertido ese día. A Izzie la recogió su canguro, y la niña le dijo lo mismo. Cuando salió, Billy agarraba con fuerza el balón de fútbol americano que había sacado de su casilla. Sean le pidió a su madre la pistola de sheriff en cuanto subió al coche. A Andy le recogió la asistenta, ya que a esa hora sus padres seguían aún en el trabajo.

Los cinco niños pasaron un primer día fantástico en el colegio Atwood; les gustaban sus maestras y estaban contentos con sus nuevos amigos. Marilyn se dijo que el largo y angustioso proceso de admisión había merecido la pena. Mientras se alejaba en el coche con Billy, rompió aguas y notó los primeros dolores de parto que anunciaban la llegada de Brian al mundo. El bebé nació esa misma noche.

2

A principios de tercero, los cinco niños llevaban ya tres años siendo grandes amigos. Tenían ocho años. Seguían compartiendo coche y, cuando hacía falta, las canguros de Andy e Izzie echaban una mano con los viajes. A menudo quedaban para jugar. Connie O’Hara, la madre de Sean, solía invitarles a su casa. Su hijo mayor, Kevin, tenía ya quince años y estaba en el último curso. No paraba de recibir partes o de quedarse castigado en el aula de estudio por hablar en clase o no hacer los deberes. Y aunque fuese difícil convivir con él, aunque discutiera con sus padres y amenazara a Sean con pegarle, era un héroe para su hermano menor, que le adoraba y le consideraba «genial».

A Connie le encantaba tener en casa a los amigos de Kevin y Sean. Se ofrecía voluntaria para muchos proyectos y excursiones escolares, y además era miembro de la asociación de padres. Como antigua maestra y dedicada madre que era, disfrutaba con sus hijos y con los amigos de estos. Y a los amigos de Kevin les gustaba especialmente hablar con ella. Connie se mostraba tan sensible a los problemas de los adolescentes como a los de su hijo pequeño. Se sabía que guardaba en la cocina una lata de galletas llena de preservativos y que los colegas de Kevin podían servirse a su antojo sin que nadie les hiciera preguntas. A Mike O’Hara se le daban igual de bien los niños que a su esposa, y le encantaba contar con su presencia en casa. Había entrenado al equipo de la liga infantil y había sido el jefe de la tropa de boy scouts de Kevin hasta que este decidió dejarla. Connie y Mike eran muy realistas respecto a lo que hacían sus hijos, y sabían que los jóvenes de la edad de Kevin acostumbraban a experimentar con la marihuana y el alcohol. Se oponían a ello, por supuesto, pero no cerraban los ojos a la realidad y sabían lo que ocurría. Se las arreglaban para mostrarse al mismo tiempo firmes, protectores, implicados y pragmáticos. Les resultaba más fácil ejercer de padres de Sean que de Kevin, aunque, claro, el mayor estaba en una edad difícil. Las cosas eran mucho más complicadas a los quince años, y además Kevin siempre había sido más lanzado que Sean, que siempre seguía las normas.

Sean era buen estudiante y conservaba a sus mejores amigos desde el parvulario. Había pasado de querer ser sheriff a querer ser policía, luego bombero y ahora, a sus ocho años, de nuevo policía. Le encantaba ver todo tipo de programas sobre policías en televisión. Quería mantener la ley y el orden en su vida y entre sus amigos. Raramente incumplía las normas en casa o en el colegio, a diferencia de su hermano mayor, que pensaba que estaban hechas para ser infringidas. Era evidente que tenían los mismos padres, pero eran chicos muy diferentes. En los tres años transcurridos desde que Sean ingresó en el parvulario de Atwood, el negocio de Mike había prosperado y había podido dedicar mucho tiempo a hacer actividades con sus dos hijos. Connie y él gozaban de una situación financiera muy desahogada. El sector de la construcción se hallaba en pleno auge y Mike era el contratista más solicitado de Pacific Heights, lo cual permitía a los O’Hara tener una vida bastante asegurada. En verano hacían bonitos viajes, y dos años atrás Mike había construido una hermosa casa a orillas del lago Tahoe en la que toda la familia disfrutaba mucho. Mike tenía formación como economista, pero construir casas siempre había sido su pasión. Años atrás había fundado un pequeño negocio de construcción que había acabado convirtiéndose en una de las empresas privadas de mayor éxito de la ciudad, y Connie siempre había estado animándole desde el principio.

La vida de Marilyn Norton era más ajetreada que la de Connie, ya que sus dos hijos eran aún pequeños. Para entonces, Billy había cumplido ya los ocho años. Brian tenía tres, y todas las necesidades propias de su edad, aunque era un niño tranquilo y bueno. La gran decepción para Larry, su padre, era que el pequeño no sentía el menor interés por los deportes: ni siquiera le gustaba jugar con la pelota. A la misma edad, Billy ya había mostrado el amor de su padre por los deportes, que había heredado de él. No ocurría lo mismo con Brian. Podía pasarse horas sentado dibujando, estaba aprendiendo a leer ya a los tres años y poseía grandes aptitudes para la música. Sin embargo, a su padre no le interesaban sus logros. Si el niño no iba a ser deportista, Larry no tenía nada que hacer con él y apenas le hablaba. Aquello enfurecía a Marilyn y a menudo era la chispa que desencadenaba una pelea, sobre todo si Larry había bebido demasiado.

—¿Es que no puedes hablar con él? —protestaba Marilyn alzando la voz—. Dile algo, habla con él cinco minutos. También es hijo tuyo.

Estaba desesperada por lograr que Larry le aceptase, pero él no cedía.

—¡Es más hijo tuyo! —replicaba Larry, irritado.

No soportaba la insistencia de su mujer. Billy era su chico, y ellos dos tenían muchas más cosas en común. El chico ...