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SIEMPRE HAY UN MAñANA (HOTEL BOONSBORO 1)

Nora Roberts

0


Fragmento

1

LOS MUROS DE PIEDRA SEGUÍAN EN PIE como lo habían hecho durante más de dos siglos, sencillos, recios y fuertes. Con materiales extraídos de los montes y los valles, se alzaban como testimonio del deseo innato del hombre de dejar huella, de construir y de crear.

A lo largo de esos dos siglos, el hombre había combinado piedra con ladrillo, con madera y cristal, ampliando, transformando, mejorando según sus necesidades, conforme a los tiempos, a los caprichos. Durante ese período, el edificio situado en el cruce de caminos vio cómo el asentamiento se convertía en ciudad con la aparición de nuevas construcciones.

El camino de tierra se asfaltó; los coches de caballos dieron paso a los automóviles. Cambiaron las modas en un abrir y cerrar de ojos. Y ahí permaneció, erguido en su rincón de la Plaza, como un elemento imperturbable del ciclo de cambio.

Conoció la guerra, oyó resonar el fuego de artillería, los gritos de los heridos, las oraciones de los piadosos. Conoció la sangre y las lágrimas, el deleite y la cólera. El nacimiento y la muerte.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Prosperó en los buenos tiempos, resistió en los malos. Cambió de manos y de uso, pero sus muros de piedra siguieron en pie.

Con los años, la madera de su elegante porche doble empezó a combarse. El cristal se rompió; el cemento se agrietó y se deterioró. Los que se detenían en el semáforo de la plaza del pueblo y observaban cómo las palomas revoloteaban por las ventanas rotas, se preguntaban qué habría sido aquel edificio en su día. Luego el semáforo se ponía en verde, y seguían su camino.

Beckett lo sabía.

Se encontraba en la esquina opuesta de la Plaza, con los pulgares en los bolsillos de sus vaqueros. El ambiente era cálido y todo estaba en calma. No venían coches, podía haber cruzado la calle principal con el semáforo en rojo, pero continuó esperando. Unas lonas opacas de color azul vestían el edificio desde el tejado hasta la calle y cubrían su fachada. Durante el invierno habían servido para evitar que los obreros pasaran frío. Ahora ayudaban a contener el envite del sol y a protegerlo de la mirada de los curiosos.

Pero él lo sabía: el aspecto que tenía en ese momento y el que tendría cuando se hubiera completado la rehabilitación. A fin de cuentas, lo había diseñado él; él, sus dos hermanos, su madre. Pero los planos llevaban su nombre como arquitecto, su principal función como socio de Montgomery Family Contractors.

Cuando cruzó, sus deportivas apenas hicieron ruido en la calzada en medio de aquel silencio absoluto de las tres de la madrugada. Avanzó bajo el andamiaje lateral del edificio, por Saint Paul Street, complacido de ver al resplandor de la farola lo bien que se habían limpiado la piedra y el ladrillo.

Parecía viejo; lo era, pensó, y eso formaba parte de su belleza y atractivo. Pero ahora, por primera vez, que él recordara, no se veía abandonado.

Rodeó la parte posterior, caminó por el barro endurecido por el sol, entre los escombros de la obra esparcidos por lo que sería el patio. Ahí, los porches que comprendían tanto la segunda como la tercera planta se erguían rectos y sólidos. Los puntales hechos a medida —diseñados a imagen y semejanza de los de las antiguas fotografías del edificio y de los restos hallados durante la excavación— se hallaban recién imprimados y secándose sobre un trozo de alambre.

Sabía que su hermano mayor, Ryder, en su papel de contratista principal, tenía programada la instalación de las barandas y los puntales.

Lo sabía porque Owen, el mediano de los tres hermanos Montgomery, los atormentaba con programas, calendarios, planificaciones y libros de contabilidad, y mantenía a Beckett informado de cada clavo que ponían.

Lo quisiera o no.

En este caso, supuso mientras buscaba la llave, quería estarlo… por lo general. El viejo hotel se había convertido en una obsesión familiar.

Lo tenía cogido por el cuello, reconoció mientras abría la puerta provisional de lo que sería el Vestíbulo. Y por el corazón… y sí, maldita sea, lo tenía cogido por las pelotas. Ningún otro proyecto en el que hubieran trabajado lo había enganchado, los había enganchado a todos ellos, de ese modo. Sospechaba que ningún otro lo haría jamás.

Pulsó el interruptor, y la luz de obra que colgaba del techo se encendió e iluminó los suelos desnudos de hormigón, las paredes apenas esbozadas, herramientas, lonetas, material.

Olía a madera y a polvo de hormigón y, un poquito, a las cebollas a la parrilla que alguien debía de haber pedido para comer.

Haría una inspección más detenida de la primera y la segunda planta por la mañana, cuando tuviera mejor luz. Había sido una estupidez acercarse a esa hora, cuando apenas se veía nada y estaba agotado. Pero no había podido resistirse.

Por las pelotas, pensó de nuevo al pasar por debajo de un amplio arco, cuyos bordes de piedra aún estaban expuestos y sin pulir. Luego, alumbrado por su linterna, siguió avanzando hasta la escalera de obra que conducía hacia arriba.

El lugar tenía algo especial en plena noche, cuando el ruido de pistolas de clavos, sierras, radios y voces había cesado y las sombras se habían apoderado de él. Algo no del todo tranquilo, no del todo sereno. Algo que le erizaba el vello de la nuca.

Otra cosa a la que no podía resistirse.

Iluminó con la linterna la segunda planta, y observó el revestimiento marrón de las paredes. Como siempre, el informe de Owen había sido preciso. Ry y sus hombres habían terminado de aplicar el aislamiento en ese nivel.

Aunque solo pretendía subir para echar un vistazo, se quedó allí con una sonrisa que se extendía por su rostro huesudo y afilado, y el placer que le produjo le iluminó los ojos de color azul claro.

—Vamos progresando —dijo al silencio con voz áspera debido a la falta de sueño.

Avanzó en la oscuridad, siguiendo el haz de luz de su linterna, un hombre alto de caderas estrechas, con las piernas largas de los Montgomery y la mata de pelo castaño con trazas rojizas que le venía de los Riley, su lado materno.

En ese instante se dio cuenta de que, si seguía curioseando por ahí, le daría la hora de levantarse antes de que pudiera irse a la cama, así que subió al tercer piso.

—Vaya, esto va de maravilla. —Un deleite absoluto disipó su idea de dormir al pasar el dedo por la cinta que unía dos de las placas de yeso laminado recién colgadas.

Iluminó con la linterna los orificios para las tomas eléctricas, luego continuó por lo que sería el apartamento del encargado del establecimiento, y observó lo mismo respecto a las tuberías de la cocina y del baño. Se entretuvo vagando por lo que planeaban que fuera su suite más completa, asintiendo al detectar la pared flotante que dividía el generoso espacio del baño.

—Eres un condenado genio, Beck. Anda, por el amor de Dios, vete a casa.

Sin embargo, mareado de cansancio y de emoción, echó otro vistazo más antes de bajar la escalera.

Lo oyó al llegar al segundo piso. Una especie de canturreo… y clarísimamente femenino. A la vez que el sonido, le llegó también el aroma. A madreselva, dulce, silvestre, rebosante de verano.

El corazón le dio un pequeño bote, pero mantuvo firme la linterna mientras recorría el pasillo y el interior de las habitaciones sin terminar. Negó con la cabeza al comprobar que tanto el sonido como el aroma se disipaban.

—Sé que estás aquí —dijo con claridad, y el eco le devolvió su voz—. Y supongo que llevas aquí algún tiempo. La estamos reviviendo, y más que lo haremos. Se lo merece. Espero de verdad que te guste cuando esté terminada, porque, bueno, así es como será.

Esperó uno o dos minutos, lo bastante fantasioso (o agotado) para imaginar que quienquiera o lo que fuera que habitaba el lugar pasara al modo de espera.

—Bueno… —dijo mientras se encogía de hombros—. Le estamos ofreciendo lo mejor que tenemos, y se nos está dando de miedo.

Al bajar, observó que la luz de la obra ya no estaba encendida. Volvió a encenderla, y la apagó encogiéndose de hombros una vez más. No sería la primera vez que el actual ocupante se metía con ellos.

—Buenas noches —gritó, y cerró con llave.

Esta vez no esperó a que cambiara el semáforo, sino que cruzó en diagonal. Pizzería Vesta y restaurante familiar ocupaban el otro rincón de la Plaza, y encima estaban su piso y el despacho. Bajó por la cuesta hasta el aparcamiento trasero y cogió su bolsa de la cabina del camión. Tras decidir que mataría al que lo despertara antes de las ocho de la mañana, Beckett abrió la puerta que conducía a la escalera y subió a su piso pasando por delante del restaurante.

No se molestó en encender la luz; se movió por el apartamento de memoria y con la ayuda del resplandor de los semáforos. Se desnudó junto a la cama, dejando que la ropa cayera al suelo.

Se tiró de bruces sobre el colchón y se durmió pensando en madreselva.

El móvil, que se había dejado en el bolsillo de los vaqueros, sonó a las siete menos cinco.

—Hijo de puta.

Salió de mala gana de la cama, se arrastró por el suelo y sacó el teléfono del bolsillo. Al ver que nadie contestaba, se dio cuenta de que se había llevado la cartera al oído.

—Mierda.

Tiró la cartera y buscó a tientas el teléfono.

—¿Qué diablos quieres?

—Buenos días a ti también —respondió Owen—. Acabo de salir de Sheetz con café y donuts. Tienen una empleada nueva en el turno de mañana. Está buenísima.

—Te voy a matar a martillazos.

—Pues te quedarás sin café y donuts. Voy para la obra. Ry ya debe de estar allí. Reunión matinal.

—Eso es a las diez.

—¿No has leído el mensaje que te he mandado?

—¿Cuál? En los dos días que he estado fuera me has enviado un millón de puñeteros mensajes.

—El que te decía que hemos cambiado la reunión a las siete y cuarto. Ponte unos pantalones —le sugirió Owen, y colgó.

—Joder.

Se dio una ducha de dos minutos y se calzó unos pantalones.

Las nubes que habían aparecido durante la noche habían logrado de algún modo encerrar el calor, por lo que salir a la calle era como nadar completamente vestido en un río de agua tibia.

Oyó el estruendo de las pistolas de clavos, el tintineo de la música, el gemido de las sierras mientras cruzaba la calle. Dentro alguien reía como un loco.

Volvió la esquina del edificio cuando Owen metía su camión en el aparcamiento de detrás del patio. El vehículo relucía gracias a un reciente lavado, y las cajas de herramientas plateadas emplazadas a los lados de la base del camión resplandecían.

Owen bajó de un salto. Vaqueros, camiseta blanca metida por el cinturón —del que colgaba el puñetero móvil que le hacía de todo menos darle un beso de buenas noches (y Beckett tampoco habría apostado a que no) y botas de trabajo algo arañadas. Su pelo castaño oscuro, perfectamente peinado. Es evidente que le ha dado tiempo a afeitarse su cara bonita, pensó él con resentimiento.

Le dedicó a Beckett una sonrisa, y este imaginó sus ojos, vivos y despiertos, detrás de aquellas gafas de cristal bronce.

—Dame el maldito café.

Owen cogió de la bandeja un vaso grande para llevar marcado con la letra «B».

—No llegué hasta las tres —afirmó Beckett antes de beber un primer trago largo y resucitador.

—¿Y eso?

—No salí de Richmond hasta cerca de las diez, luego entré en un aparcamiento de la 95. Y no me digas que debí informarme del tráfico antes de ponerme en marcha. Dame un puto donut.

Owen abrió la enorme caja, y el olor a levadura, azúcar y grasa inundó el aire denso. Beckett cogió la mitad de uno empezado relleno de mermelada y se la zampó con un poco más de café.

—Los puntales quedarán muy bien —dijo Owen con su habitual naturalidad—. Merecerá la pena el tiempo y el dinero invertidos. —Inclinó la cabeza hacia el camión que había al otro lado del suyo—. En el tercer piso ya están puestas las placas de yeso. Hoy van a darle la segunda mano de barro. Los techadores se han quedado sin cobre, así que se retrasarán un poco con eso, pero, mientras llega el material, están trabajando en la teja de pizarra.

—Ya lo oigo —comentó Beckett con el chirrido de las sierras para piedra de fondo.

Owen siguió poniéndolo al día mientras cruzaban la puerta del vestíbulo y el café despertaba el cerebro de Beckett.

El nivel de ruido era insufrible pero, con algo de azúcar y cafeína en el cuerpo, a Beckett le sonaba a música. Saludó a un par de obreros que colgaban el aislamiento, después siguió a Owen por el arco lateral hasta lo que terminaría siendo la lavandería y que, de momento, les servía de despacho in situ.

Ryder miraba ceñudo los planos extendidos sobre una mesa de contrachapado sujeta a un par de caballetes. Bobo, su chucho casero y bonachón —y compañero inseparable— roncaba tumbado a sus pies.

El olorcillo a donuts le hizo abrir los ojos de golpe y sacudir nervioso su desaliñada cola. Beckett arrancó un pedazo del suyo, se lo tiró y el perro lo cazó al vuelo sin dificultad.

Bobo no veía utilidad a correr por palitos o pelotas. Concentraba sus aptitudes en atrapar comida de cualquier tipo.

—Como propongas otro cambio, te mato a ti en lugar de a Owen.

Ryder se limitó a gruñir y a tender la mano para reclamar su café.

—Hay que mover este cuadro eléctrico, así podemos cerrar este espacio y utilizarlo para el suministro del segundo piso.

Beckett cogió otro donut y consideró los cambios que Ryder iba proponiendo.

Pequeños retoques, pensó, que no harían ningún daño y quizá supusieran una mejora. A fin de cuentas, de ellos, Ryder era el que convivía más estrechamente con el edificio. Sin embargo, cuando sugirió prescindir del techo artesonado del comedor —la manzana de la discordia—, Beckett se puso firme.

—Eso se mantiene, tal como estaba previsto. Es una declaración de principios.

—No tiene por qué ser una declaración de principios.

—Todas las habitaciones de este lugar van a ser una declaración de principios. El comedor, entre otras cosas, por su artesonado. Le queda bien, resalta los paneles que estamos preparando para los laterales de las ventanas. La profundidad de las ventanas, el techo, la bóveda de piedra de la pared del fondo.

—Un coñazo. —Ryder inspeccionó los donuts, optó por uno de canela y, mirando apenas la cola que se agitaba endiablada a sus pies, arrancó un trozo y lo tiró al aire.

Los dientes de Bobo lo atraparon en el acto.

—¿Cómo te fue en Richmond?

—Si vuelvo a ofrecerme para diseñar y construir un porche cubierto para un amigo, dejadme inconsciente de un guantazo.

—Será un placer —dijo Ryder con una sonrisa mientras se acercaba el donut a la boca. El pelo, una densa mata de castaño intenso que remataba en negro, le sobresalía por debajo de la gorra publicitaria manchada de pintura. Sus cejas se alzaban sobre unos ojos verdes con motas doradas—. Pensé que lo hacías más que nada para poder tirarte a la hermana de Drew.

—Era parte de la motivación.

—¿Y qué tal te fue?

—Se lió con alguien hace un par de semanas, detalle que nadie se ha molestado en comunicarme. Ni siquiera llegué a verla. Y ahí me tienes, durmiendo en el cuarto de invitados de Drew, fingiendo que no lo oigo discutir todas las malditas noches con Jen, quejándose todos los malditos días de cómo está amargándole la existencia.

Apuró el café.

—El porche está quedando bien, eso sí.

—Ahora que estás de vuelta, podrías echarme una mano con los empotrados de la Biblioteca —le dijo Owen.

—Tengo algunos asuntos pendientes, pero podría dedicarte un rato a mediodía.

—Con eso valdrá. —Owen le pasó una carpeta—. Mamá ha bajado a Bast —le dijo, refiriéndose a la tienda de muebles en esa misma calle—. Ahí tienes una copia de lo que busca, con dimensiones y la habitación donde va. Quiere que lo dibujes.

—Hice el último lote antes de marcharme a casa de Drew. ¿Tan rápido compra?

—Se reúne con tía Carolee allí mañana. Van a hablar de los tejidos, por eso necesita saber cuanto antes si lo que ha comprado encaja y cómo. Nadie te mandó cogerte un par de días libres con la esperanza de echar un polvo —le recordó Owen.

—O dos…

—Cierra la boca, Ry —dijo Beckett colocándose la carpeta bajo el brazo—. Más vale que me ponga a ello.

—¿No quieres subir a echar un vistazo?

—Hice una ronda anoche.

—¿A las tres de la mañana? —preguntó Owen.

—Sí, a las tres de la mañana. Pinta bien.

Uno de los trabajadores asomó la cabeza.

—Hola, Beck. Ry, el de las placas de yeso del quinto tiene una duda.

—Voy enseguida. —Ryder sacó de su portapapeles una lista escrita a mano y se la pasó a Owen—. Materiales. Pídelos, anda. Quiero armar el porche.

—Ya me encargo. ¿Me necesitas por aquí esta mañana?

—Tenemos millones de puntales que imprimar, varios kilómetros de aislamiento que colgar y estamos embelleciendo el porche de la segunda planta, el de la fachada. ¿Qué te parece?

—Me parece que iré a por mi cinto de herramientas en cuanto pida este material.

—Yo me pasaré por aquí esta tarde antes de ir a la tienda —les dijo Beckett; luego salió para que no le plantaran una pistola de clavos en la mano.

Una vez en casa, puso una taza bajo la máquina de café, comprobó el nivel de agua y grano. Mientras el aparato molía el grano, revisó el correo que Owen había apilado en la encimera de la cocina. También le había dejado unas notas adhesivas, observó Beckett moviendo la cabeza resignado, con las horas a las que había regado las plantas. Aunque no le había pedido a Owen —ni a nadie— que se ocupara de esas pequeñas tareas durante su ausencia, no le sorprendió encontrarlas hechas.

En caso de pinchazo o de holocausto nuclear, se podía confiar en Owen.

Beckett tiró el correo basura al cubo de reciclaje y se llevó el café y la correspondencia que requería su atención a su despacho.

Le gustaba el espacio que él mismo había diseñado cuando los Montgomery habían comprado el edificio hacía unos años. Tenía el viejo escritorio —un hallazgo de mercadillo que él había pulido— mirando a Main Street. Allí sentado, podía estudiar el hotel.

Poseía tierras a las afueras de la ciudad, y tenía previsto construir una casa que había diseñado, apenas un esbozo, y con la que seguía jugueteando. Pero siempre había otros proyectos que lo obligaban a postergarlo. En cualquier caso, no tenía prisa. Le bastaba con su vista privilegiada de Main Street desde lo alto de la pizzería Vesta. Además, si le apetecía, podía pedir que le subieran una porción mientras trabajaba, o bajar al restaurante si prefería comer en compañía.

Podía ir andando al banco, a la peluquería, a Crawford’s si quería un desayuno caliente o una hamburguesa, a la librería, a la oficina de correos. Conocía a sus vecinos, a los comerciantes, el ritmo de Boonsboro. No, no tenía prisa ninguna.

Echó un vistazo a la carpeta que Owen le había dado. Lo tentó la idea de ponerse a ello en ese instante, de ver lo que se les había ocurrido a su madre y a su tía, pero debía ocuparse primero de otros asuntos.

Pasó la siguiente hora pagando facturas, actualizando otros proyectos, contestando correos electrónicos que había abandonado mientras estaba en Richmond.

Echó un vistazo al plan de trabajo de Ryder. Owen insistía en que tuvieran una copia todas las semanas, aunque se vieran y hablaran constantemente. Casi todo iba según lo previsto, algo que, dada la magnitud del proyecto, era poco menos que un milagro.

Echó un vistazo a la abultada carpeta blanca, llena de fichas, impresiones hechas por ordenador, diagramas —organizados por habitaciones— de los sistemas de calefacción y aire acondicionado, de los aspersores, todas las bañeras, váteres, lavabos, grifos, de la iluminación, de los diseños de baldosas, de los pequeños electrodomésticos, y de los muebles y accesorios ya seleccionados y aprobados.

Sería más gruesa a medida que avanzaran, así que más le valía ver a qué le había echado el ojo su madre. Abrió la carpeta y extendió las fichas. En cada una, su madre indicaba con iniciales la habitación a la que iba destinada cada pieza. Sabía que Ryder y sus trabajadores aún usaban los números que habían asignado a cada habitación y cada suite, pero también sabía que J y R —segundo piso, parte posterior y una de las dos que tenían entrada privada y chimenea— significaba Jane y Rochester.

La idea de su madre, que a él le encantaba, era dar a las habitaciones el nombre de parejas de enamorados de la literatura, con final feliz. Lo había hecho así con todas, menos con la suite de la fachada principal, a la que había decidido apodar el Ático.

Beckett estudió la cama que quería su madre, y decidió que el dosel de madera habría quedado perfecto en Thornfield Hall. Sonrió al ver el sofá curvo, el canapé que, según sus instrucciones, debía estar a los pies de la cama.

Había elegido una cómoda, pero proponía también la alternativa de un secreter con cajones. Más exclusivo, pensó Beckett, más interesante.

Por lo visto, también había seleccionado una cama para la Westley y Buttercup —la segunda suite de la parte posterior—, pues había escrito «¡ESTA!» con mayúsculas en la ficha.

Hojeó las otras fichas; su madre había estado muy ocupada. Luego se volvió al ordenador.

Pasó las dos horas siguientes con el AutoCAD, disponiendo, ajustando, midiendo. De vez en cuando, abría la carpeta para recordar el concepto y la disposición de los baños, o le echaba otro vistazo a la instalación eléctrica, al cableado de los televisores de plasma de cada dormitorio.

Una vez satisfecho, envió el archivo a su madre, con copia a sus hermanos, proporcionándole las dimensiones máximas de las mesillas de noche, posibles sillas, etc.

Necesitaba un descanso, y más café. Café helado, decidió. Capuchino helado, mejor aún. No tenía motivo para no ir a Pasar la página a por uno. En la librería tenían buen café, y el breve paseo por la calle principal le permitiría estirar un poco las piernas.

Ignoró el hecho de que la máquina de café que se había dado el capricho de comprar hacía capuchinos, y de que tenía hielo. Y se dijo que se molestaba en afeitarse porque hacía un calor de mil demonios para llevar barba de varios días.

Salió, bajó por Main Street, luego se detuvo a la puerta del salón de belleza de Sherry para hablar con Dick mientras el peluquero hacía un descanso.

—¿Cómo va?

—Ya estamos instalando las placas de yeso laminado —le dijo Beckett.

—Sí, ayudé a descargar algunas.

—Vamos a tener que ponerte en nómina.

Dick sonrió y señalando el hotel con la cabeza añadió:

—Me gusta verlo revivir.

—A mí también. Hasta luego.

Continuó caminando, subió los peldaños cortos del porche de la librería y cruzó la puerta con un tintinear de campanillas. Alzó la mano para saludar a Laurie, la librera, que registraba la venta a un cliente. Mientras esperaba, se acercó a la sección de best sellers y novedades que había frente a la entrada. Cogió lo último de John Sandford en bolsillo —¿cómo se le había escapado ese?—, exploró las reseñas del interior, se guardó el ejemplar y siguió ojeando las pilas de libros.

La tienda invitaba a pasear por ella con tranquilidad, con aquellas salas que desembocaban unas en otras, la escalera de caracol con sus chirriantes peldaños que ascendía a la oficina y al almacén del segundo piso. Baratijas, tarjetas, artesanías locales, un poco de esto, otro poco de aquello y, sobre todo, estanterías, mesas, cajones forrados de libros y libros que, de algún modo, animaban a seguir curioseando por allí.

La librería, también un edificio antiguo, había visto la guerra, el cambio, lo bueno y lo malo. En la actualidad, con sus colores pastel y sus viejos suelos de madera, todavía conservaba la atmósfera del ayuntamiento que fuera en su día.

Siempre olía, para él, a libro y a mujer, algo lógico dado que la propietaria contaba con una plantilla de empleadas tanto a tiempo parcial como a jornada completa.

Encontró un Walter Mosley recién publicado y lo cogió también. Luego, tras echar un vistazo a la escalera que conducía a la oficina de la segunda planta, Beckett cruzó la puerta abierta hacia la sección del fondo de la tienda. Oyó voces, pero enseguida se dio cuenta de que procedían de una niña y una mujer a quien llamaba «mami».

Clare tenía niños, tres chicos, pensó. Quizá ni siquiera le tocara trabajar ese día o no entrara hasta más tarde. Además, él iba a por café, no a ver a Clare Murphy. Clare Brewster, se recordó. Hacía diez años que era Clare Brewster, así que ya debería haberse acostumbrado a eso.

Clare Murphy Brewster, musitó, madre de tres pequeños, propietaria de una librería. Una antigua amiga de instituto que había vuelto a casa después de que un francotirador iraquí le destrozara la vida y la dejara viuda.

No había ido a verla a ella, salvo de paso si por casualidad andaba por allí. Carecía de sentido que quisiera ver a la viuda de un chico con el que había ido al colegio, que le caía bien, al que envidiaba.

—Perdona la espera. ¿Qué tal, Beck?

—¿Qué? —Volvió dentro, se giró hacia Laurie mientras la puerta tintineaba cada vez que entraba un cliente—. Ah, no te preocupes. He encontrado algunos libros.

—Lo suponía —repuso ella, y le sonrió.

—Lo sé, era de esperar. Confío en poder llevarme también un capuchino helado.

—Puedo ayudarte. Lo helado está a la orden del día este verano. —Con el pelo castaño dorado recogido con una pinza por el calor, ella le señaló las tazas—. ¿Grande?

—Desde luego.

—¿Cómo va el hotel?

—Avanzando. —Beckett se acercó al mostrador al tiempo que ella se volvía hacia la máquina de capuchinos.

Qué chica tan bonita, pensó Beckett. Había trabajado para Clare desde el principio, compaginando el trabajo con las clases. Cinco años, ¿seis quizá? ¿Tanto hacía ya?

—La gente nos pregunta constantemente —le dijo ella mientras trabajaba—. Cuándo, cuándo, cuándo, qué, cómo. Y sobre todo cuándo vais a descolgar esa lona azul para que podamos verlo todos.

—¿Y estropear la gran sorpresa?

—Me muero de impaciencia.

Con la charla y el ruido de la máquina no la oyó, pero la presintió. Alzó la vista cuando ella bajaba la escalera de caracol, sujetándose a la barandilla con una mano.

Al notar que el corazón le daba un brinco, se dijo: Vaya. Claro que Clare había hecho que le brincara el corazón desde que tenía dieciséis años.

—Hola, Beck. Me ha parecido oírte por aquí abajo.

Le sonrió y a él dejó de brincarle el corazón y se le paró en seco.

2

LE SONRIÓ TAMBIÉN, DEPRISA Y CON DESENFADO, se controló mientras bajaba la escalera balanceando su larga coleta dorada. Siempre le recordaba a un girasol: alto, luminoso, alegre. Sus ojos grises presentaban toques verdosos que les conferían cierta chispa siempre que su boca, con su honda depresión central, se curvaba hacia arriba.

—Hacía un par de días que no te veía —comentó ella.

—He estado en Richmond. —Se había bronceado un poco, pensó Beckett, y eso le daba a su piel un tono dorado—. ¿Me he perdido algo?

—A ver… A Carol Tecker le han robado el gnomo de jardín de su patio.

—Vaya. Algún gamberro.

—Ofrece una recompensa de diez dólares.

—Estaré atento por si lo veo.

—¿Novedades en el hotel?

—Hemos empezado a colgar las placas de yeso laminado.

—Eso ya lo sabía —dijo con un gesto despectivo—. Avery me lo contó ayer, a quien se lo dijo Ry cuando fue a por pizza.

—Mi madre ha preparado otro pedido de muebles, y ahora va a elegir los tejidos.

—Vaya, eso sí que es nuevo. —Un destello de verde sobre gris; lo mataba—. Me encantaría ver qué está eligiendo. Seguro que será precioso. He oído decir que habrá una bañera de cobre.

Beckett alzó tres dedos.

Ella abrió mucho los ojos; se acentuó el verde sobre gris oscuro. Iba a necesitar oxígeno en cuestión de segundos.

—¿Tres? ¿Dónde encontráis esas cosas?

—Tenemos nuestros métodos.

Clare miró a Laurie con un largo suspiro femenino.

—Imagínate repantigada en una bañera de cobre. Suena tan romántico…

Por desgracia, él la imaginó de inmediato librándose del bonito vestido veraniego estampado con amapolas rojas sobre fondo azul e introduciéndose en una bañera de cobre.

Y eso, se recordó, no era «controlarlo».

—¿Cómo están los niños? —preguntó, y sacó la cartera.

—Genial. Hemos entrado en pleno modo vuelta-al-cole, y están emocionados. Harry finge que no y se hace el enterado porque ya empieza tercero, pero Murphy se está beneficiando de la vasta experiencia de él y Liam. Me cuesta creer que mi pequeño ya empiece el jardín de infancia.

Pensar en los niños siempre lo frenaba, lo ayudaba a deslizarla a la columna de MADRE donde no cabía imaginarla desnuda.

—Ah. —Señaló el libro de Mosley antes de que Laurie lo metiera en la bolsa—. Aún no he tenido ocasión de leerlo. Ya me dirás qué te parece.

—Claro. Oye, pásate por el hotel algún día, a echar un vistazo.

En sus labios se dibujó una sonrisa.

—Nos asomamos por las ventanas laterales.

—Puedes seguir con la parte de atrás.

—¿En serio? Me encantaría, pero suponía que no querías que anduviera nadie por allí.

—Por norma, pero… —Se interrumpió al oír las campanillas y ver que entraban dos parejas—. Bueno, más vale que me vaya.

—Disfruta del libro —le dijo ella, y se volvió a sus clientes—. ¿Puedo ayudarles a encontrar algo?

—Estamos haciendo una ruta por la zona —contestó uno de los hombres—. ¿Tienen algún libro sobre la batalla de Antietam?

—Claro. Permítame que se los enseñe. —Se lo llevó mientras el resto del grupo empezaba a curiosear.

Beckett la vio bajar el pequeño tramo de escaleras hacia lo que llamaban el anexo.

—Bueno, hasta luego, Laurie.

—¿Beck?

Se detuvo, con una mano en el pomo de la puerta.

—¿Los libros? ¿El café? —Le ofrecía la bolsa con una mano; el vaso, con la otra.

—Ah, sí. —Rió, meneando la cabeza—. Gracias.

—De nada. —Suspiró un poco al verlo salir y se preguntó si su novio alguna vez la observaba mientras se alejaba.

Clare cargó un cajón lleno de libros empaquetados hasta la oficina de correos para su envío. Cuando salía por la parte de atrás y cruzaba el aparcamiento de gravilla, inspiró hondo un instante al notar que una brisa auténtica le acariciaba el rostro.

Pensó si anunciarían lluvia, y confió en que así fuese. Tal vez una buena tormenta que le ahorrara tener que regar el jardín y las macetas. Si no venía acompañada de rayos, podía dejar a los niños correr un rato fuera después de cenar, que se desahogaran un poco.

Luego les daría un buen baño, porque era noche de película, y haría palomitas. Miraría la tabla, a ver a quién le tocaba elegir la película.

Había descubierto que las tablas venían muy bien para reducir las discusiones, las quejas y las riñas cuando tres niños tenían que decidir si pasaban el tiempo con Bob Esponja, los Power Rangers o la panda de Star Wars. No acababa con las discusiones, las quejas y las riñas, pero solía mantenerlas a un nivel más manejable.

Descargó los envíos y pasó unos instantes charlando con la empleada de correos. Como el tráfico de la carretera 34 era algo denso, regresó a pie a la Plaza, pulsó el botón de peatones del semáforo. Y esperó.

De cuando en cuando, se le ocurría que estaba, al menos geográficamente, donde había empezado. El resto había cambiado, se dijo, estudiando la enorme lona azul de polipropileno.

Y seguía cambiando.

Había dejado Boonsboro siendo una recién casada de diecinueve años. ¡Qué joven!, pensaba ahora. Tan llena de ilusión y confianza, tan enamorada. No le había importado mudarse a Carolina del Norte e iniciar una nueva vida con Clint como esposa de militar.

Y no se le había dado mal, decidió. Acondicionar una casa, recrear un hogar, trabajar unas horas en una librería, y volver corriendo a casa para hacer la cena. Supo que estaba embarazada unos días antes de que Clint recibiera su primer destino en Irak.

Entonces conoció el miedo, recordó mientras cruzaba hacia la pizzería Vesta. Pero lo había compensado el inocente optimismo de la juventud, y la alegría de llevar un bebé en sus entrañas, que parió en casa apenas cumplidos los veinte.

Luego Clint regresó, y se mudaron a Kansas. Estuvieron casi un año. Liam nació durante el segundo período de servicio de Clint. Al volver de nuevo, fue un buen padre para sus dos pequeños, pero la guerra le había robado su alegría natural, su risa fácil y contagiosa.

No sabía que estaba embarazada cuando lo despidió con un beso por última vez.

El mismo día que le entregaron la bandera del féretro de Clint, Murphy se movió por primera vez en su interior.

Y ahora, pensó mientras abría la puerta de cristal, estaba de vuelta en casa. Para siempre.

Había previsto su visita para después de la comida y antes de los preparativos de la cena. Algunas personas estaban sentadas alrededor de las mesas de madera oscuras y lustrosas, y una familia —no del pueblo, observó— se apiñaba en el rincón del fondo. Su bebé de pelo rizado, desparramado en los cojines rojos, profundamente dormido.

Levantó la mano para saludar a su amiga Avery, que esparcía salsa sobre la masa detrás del mostrador de servicio. Como si estuviera en su casa, Clare pasó al otro lado para servirse un vaso de limonada y se lo llevó al mostrador.

—Me parece que va a llover.

—Eso dijiste ayer.

—Hoy lo digo en serio.

—Ah, bueno, siendo así… iré a por el paraguas. —Avery cubrió la salsa de rodajas de mozzarella, y estas de pepperoni, champiñón laminado y aceitunas negras. Con movimientos resueltos y ensayados, abrió uno de los hornos industriales que tenía a su espalda e introdujo la pizza. Sacó otra con la paleta y la troceó.

Una de las camareras salió de pronto de la zona cerrada de la cocina, canturreó un «Hola, Clare» y llevó la pizza y los platos a una de las mesas.

—Uf —dijo Avery.

—¿Mucho jaleo?

—A tope desde las once y media hasta hace más o menos media hora.

—¿Trabajas esta noche? —preguntó Clare.

—Wendy ha vuelto a llamar diciendo que está enferma, así que parece que me toca doblar turno.

—Enferma porque ha hecho las paces con su novio otra vez.

—Yo también me pondría enferma si estuviera pirada por ese pringado. Hace unas pizzas geniales. —Cogió una botella de agua de debajo del mostrador y gesticuló con ella—. Pero seguramente tendré que despedirla. ¡Los jóvenes de hoy! —Puso en blanco sus ojos de un azul intenso—. No saben ser responsables.

—No consigo recordar cómo se llamaba el chico que te hizo perder la cabeza cuando te pillaron haciendo novillos.

—Lance Poffinberger… un lapsus. Y bien que lo pagué, ¿no? La fastidié una vez, solo una, y papá me tuvo castigada un mes. Lance trabaja en Canfield’s, de mecánico. —Arqueó las cejas mientras bebía un trago de agua—. Los mecánicos son muy atractivos.

—¿En serio?

—Lance es la excepción que confirma la regla.

Atendió una llamada, tomó nota de un pedido, sacó la pizza del horno y la troceó para que la camarera pudiera llevar el plato aún burbujeante a la mesa.

Clare saboreó su limonada mientras veía trabajar a Avery. Habían sido amigas en el instituto, cocapitanas del equipo de las animadoras. Algo compe ...