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SIN MúSICA (CABALLO DE TROYA 2015, 2)

Chus Fernández

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Fragmento

 

Después, mi voz fue otra. En realidad, no sé si fue ella la que cambió o yo quien dejé de ser el mismo. Da igual. Hoy es domingo y los domingos todo se para y yo soy feliz porque todo se para los domingos, días benditos en los que las horas en vez de pasar se unen sin que me vea obligado a hablar con nadie más que con mis padres, los tuyos también. El domingo es una bolsa llena de cajas vacías, el único día de la semana en el que puedes mirar por la ventana y sentir que todo está como puede estar, que hay un acuerdo entre lo de dentro y lo de fuera; qué domingo más largo es el verano. Podría hacerte ahora una lista con todas las cosas que me gustan o me disgustan de esta estación que solo quieres que llegue y cuando llega solo quieres que pase, pero no la voy a hacer porque no me apetece y porque ya sabes cuáles son, por algo eres mi hermana, y, aunque siempre he creído que si uno escucha o lee es precisamente para oír hablar de lo que ya sabe, estoy seguro de que tú ahora mismo preferirías que te hablase de algo nuevo, o que no te hablase de nada, como siempre; además, algunas de esas cosas ya no me gustan y las otras me gustan más que nunca, así que ya me dirás. Qué raro todo, quién será el extraño: el que hacía algo que ya no hace o el que hace algo que no había hecho hasta ahora. El otro día, en el alimerka, cuando una antigua clienta de mamá le hizo saber a papá cuánto le asombraba lo mucho que yo había cambiado en tan poco tiempo, papá le dijo los cambios no se ven, lo que se ven son las consecuencias de los cambios, si no me crees; míranos, mira cómo estamos. La clienta sonrió, incómoda, o al menos eso me pareció y buscó alrededor nuestro algo con su mirada, y volvió a mirar a papá, en silencio, lo que me hizo pensar que no había encontrado eso que buscaba. Qué gracia papá, siempre me recuerda a alguien que tiene muchas ganas de decir algo y ninguna gana de hablar. Con él no me pasa lo que me suele pasar con el resto de los mayores. Lo he visto: son suaves. Porque tienen miedo o porque quieren algo. No flotan. Se precipitan. O se deslizan. Papá no. En papá hay algo, no sé, espinas, me parece, espinas que le aíslan y frenan, pero también le sujetan a lo que tiene más cerca, a su alrededor. Se empeñó en que viajáramos hoy, domingo, ya casi de noche, para que los anteriores veraneantes o inquilinos u ocupantes, como sea que se llamen los que están una semana en una casa que no es la suya y luego ya no están, tuvieran tiempo de irse, para que la casa respirase, y porque, según él, a esa hora íbamos a tener la carretera para nosotros solos, o al menos uno de los dos lados de la carretera, todos deberían estar volviendo de la playa cuando fuéramos hacia allí. Al final resultó que tenía razón papá, y yo me alegré un montón, por él, y porque me gusta vivir en un mundo en el que mi padre tiene razón, pero no le dije nada, en lugar de eso me puse un poco triste, igual que si acabase de ver cómo tiembla de repente un cable de la luz. Si me puse así fue porque no es fácil conducir cruzándote con toda esa gente que viene del sitio al que tú vas, en dirección contraria: pequeños faros acercándose de dos en dos para dejarte al momento atrás mientras tú avanzas en línea recta en la oscuridad. Y hacia ella. No lo entiendo, cuando estoy triste o asustado me siento solo, sin embargo, cuando estoy solo no me siento asustado ni triste, sino todo lo contrario. Bien, tranquilo. Tal vez mi tristeza sea crónica. Ojalá. Eso querría decir que es para toda la vida. Y no para siempre.

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*  *  *

Olvidé coger la llave, tenemos que volver a casa, dijo papá en cuanto nos bajamos del coche. Mamá protestó: que si mejor volvía él a por ella, que si era solo media hora de viaje, que si lo esperábamos tomando algo en la terraza (esto último ya no fue una propuesta suya, pero lo pongo así, igual que lo de antes, porque mamá lo dijo con el mismo tono con el que dijo todo lo demás y porque aquí ya iba lanzado, la verdad), que la noche no era mala. Papá dijo que sí con la cabeza y nosotros nos quedamos allí, frente a la casa en la que pensábamos pasar nuestras vacaciones y en la que no podíamos entrar. Cuando no podemos entrar en algún sitio, ¿es porque ese sitio se está resistiendo?, ¿está haciendo ese sitio todo lo posible para que no lo ocupemos?, ¿se resistiría igualmente si en lugar de nosotros quisiera entrar alguien distinto? No sé, el caso es que no podíamos entrar y que papá volvió solo, en la misma dirección que la claridad pasajera, uno más entre todas aquellas luces, por allí volvió solo papá, por donde había venido con nosotros, conmigo y con mamá, pero en dirección contraria, quién sabe si más rápido o más lento precisamente por eso. Mamá y yo tomamos algo en la terraza interior de un bar que había justo enfrente y en cuyo letrero faltaban unas cuantas letras, lo que hacía que en realidad se llamase de otra manera. Al verlo, me pregunté si eso es lo que termina haciendo el tiempo con todos nosotros: que al final sigamos teniendo el mismo nombre y sin embargo nos llamemos de otra manera. Mamá pidió un vino blanco y unas aceitunas, no sé qué tiene mamá en contra de las burbujas. Después de discutir un poco con ella, pedí un kas naranja con mucho hielo y sentí que todo estaba como tenía que estar: así, en orden. Me volví un poco loco a la hora de comer las aceitunas. Tenían hueso y mis mordiscos pasaron por eso a ser más pequeños, todo lo que se hace con cuidado acaba dando como resultado algo más pequeño de lo normal. Mamá, con la mirada puesta en la casa que se elevaba por encima de la verja de la entrada, dijo ¿sabes?, lo bueno que tiene una casa como esta es que es ella la que por un tiempo es tu anfitriona, y no al revés, como suele pasar en la tuya, aquella en la que vives. Yo le pregunté qué pasaba cuando se tenían invitados en una casa que no es tuya, quién era entonces el anfitrión. Nadie viene a verte en vacaciones, dijo ella, muy seria de repente, y luego dijo al final acabamos en el paraíso, qué gracia. Como vio que yo no me reía ni reaccionaba de ninguna manera, debió de sentirse obligada a entrar en detalles porque al momento, como si tuviese que darme alguna clase de explicación, dijo yo creía que el paraíso era el principio, donde se estaba antes de haber pecado, y no después. Seguí sin decir nada. No sabía qué tenía que ver el paraíso con nosotros, y mucho menos cuáles eran los pecados de los que hablaba mamá. Yo, si puedo elegir, prefiero ser un pecador, eso que me llevo. Estos son algunos de mis pecados favoritos: mirar y escuchar sin que me vean a aquellos que no están ahí para ser vistos ni escuchados por mí. Mentir. A todas horas. Pensar continuamente y sin razón alguna en la certeza del infierno y en la improbabilidad del cielo. No querer, en general. Desear ir hacia atrás y más atrás aún. Con cada paso. A cada instante. Ser siempre. O pretenderlo. Yo sé que todas estas cosas no están mal en realidad, o por lo menos no mucho, pero me hacen sentir fatal, y como es por eso por lo que al final un pecado es un pecado te las cuento. Y sigo. Qué buen gusto, dijo mamá mientras recorría de un solo vistazo el interior del bar en el que nos encontrábamos, después de que hubiéramos decidido entrar porque había empezado a hacer un frío de esos que hacen desaparecer las sillas, qué buen gusto, repitió, y yo estaba de acuerdo con ella, aunque, si me ponía a pensar en todo lo que veía, sentía lo contrario: ¿qué hacía una bicicleta en la pared?, los libros eran viejos, había una maceta en la cesta de la bicicleta y velas encendidas aunque la luz no estaba apagada. El buen gusto es una ofensa que comete el que mira; y yo me sentía bien allí, fijándome en aquel espacio y en las cosas que lo llenaban, pero a la vez me ponía de los nervios al ver aquel desorden, quería marcharme cuanto antes y quería quedarme el máximo tiempo posible para ponerlo todo en su sitio, qué cosas. En aquella terraza había dos puertas: una que llevaba al bar en sí, donde estaba la barra y eso, y otra, que era en realidad una verja, y tras la cual había un muro muy alto, cuyo final no se llegaba a ver desde donde estábamos sentados. Mamá estaba mandando un mensaje por teléfono cuando me levanté y me acerqué hasta la verja y me aferré a los barrotes. Todo esto pasó esta noche, y yo te lo cuento ahora, lejos todavía la mañana, en este correo. Es raro, no creas que no lo sé, que siempre hable con mis hermanos de esta forma, sin voz, como si algo hubiera hecho imposible la manera más normal de hacerlo, esto es, oyéndome, oyéndonos los unos a los otros, cuando os tenía delante. Quizá deba ser así, quizá uno solo tenga voz para intentar traer a los que le faltan, o para tratar de ir hacia ellos. No sé qué pasa con la voz. Yo, cuando me miro en un espejo me veo tan feo que me entran ganas de pedir disculpas o de ponerme a cantar la tabla de multiplicar de un tirón, sin embargo, cuando me oigo, en el deber que me pusieron en su día en el colegio o en este correo que te escribo, no es que me vea bien, ni mucho menos, pero me encuentro con una versión mía mejor, alguien nuevo que ocupa mi lugar y avanza donde hasta entonces yo tropezaba y caía; es curioso: todo lo que son círculos en mi vida real se vuelven rectas cuando te escribo acerca de esa vida mía. Al aferrarme a los barrotes de la verja me sentí mal. Escupí el hueso de aceituna que todavía tenía en la boca, pero no por eso me sentí mejor, y mira que a mí me gusta hacer pasar cosas al otro lado, sean cuales sean las cosas, y sea cual sea el lado: me gusta tenderle la mano a quien intenta salir de la piscina y sentir en ella el peso de una vida que vuelve; me gusta hacer volar un avión de papel por encima de un muro; me gusta devolver la pelota al campo cuando estoy en el banquillo; me gusta pisar con mi pie izquierdo la huella que acaba de dejar mi pie derecho; me gusta anotar la fecha de mi cumpleaños en los reversos de fotografías hechas cuando yo todavía no había nacido; me gusta soplar en un tarro de miel vacío en cuya etiqueta he escrito mi nombre y después ponerle a toda prisa la tapa. Con ganas ya de estar otra vez en la mesa agitando un poco el vaso para disfrutar del sonido que hacen los cubitos de hielo al chocar unos con otros, solté los barrotes, extendí un brazo entre ellos. Quien quiere entrar extiende siempre un brazo.

*  *  *

¿Te apetece algo más?, me preguntó mamá, yo le dije que no, y ella me miró extrañada, decepcionada incluso. En cuanto me di cuenta estuve a punto de decirle que sí, pero no se me ocurrió nada que me pudiera apetecer. Y mucho menos allí, frente a la verja. Vamos a dar una vuelta, dijo, y guardó su teléfono en su bolso y me tendió la mano. Yo no se la di, porque a ver, si le das la mano a alguien tiene que ser para llevarlo a algún sitio al que no podría llegar por sí solo, o para que ese alguien te lleve a algún destino mejor, vamos, digo yo. Pero mamá no quería llevarme ni ser llevada a ningún sitio, solo quería dar una vuelta, o lo que es lo mismo, caminar en redondo sin ningún fin, y a mí eso me saca de quicio, si no quieres ir a ninguna parte, ¿para qué necesitas otra mano?, pensé, y di un paso rápido, hacia un lado, alejándome, y sin dejarla atrás. Los pasos a un lado son una de mis cosas preferidas de esta vida: un paso a un lado me hace pensar en alguien que se presenta de un salto, con una reverencia y algo bueno; en alguien que pasa muy cerca tuyo, presa de alguna urgencia decisiva, mostrándose ante ti en ese aire que queda y a cuya felicidad tú contribuyes al renunciar por un segundo a tu objetivo; en un peligro que no llegó a cumplir su promesa negra, los ojos de algún animal que al final se cerraron sobre los ojos de otro. Es triste ver la mano quieta de una madre, ofreciéndose, mientras el resto de su cuerpo se desplaza, pero qué le vamos a hacer, no puedes estar siempre pensando en las cosas que te ponen triste de tu madre, porque hay solo una vida y más de la mitad se nos va durmiendo, o esperando a que se complete la raya verde del emule. Había algo que no lograba apartar de mi cabeza: si eran dos las cerraduras que nos impedían entrar en casa: la de la verja y la de la puerta, ¿por qué papá había dicho que había olvidado coger la llave? Pobre papá, pensé, tantos viajes en una y otra dirección, en contra y a favor de la luz, para traer algo que no es suficiente. Se lo comenté a mamá y ella me dijo es una forma de hablar y yo asentí, una forma de hablar, cómo me gusta esa expresión. Después silbé, soy casi feliz silbando: una música a la que no le hacen falta palabras ni instrumentos, solo aire y la misma tranquilidad que transmite: silbar es pasarle la mano por el lomo a tu perro cuando entras en casa, alisar el mantel antes de poner la mesa. Papá no llegaba. Mientras paseábamos por el pueblo pensé en lo raras que son a veces las cosas: en mi imaginación papá tenía en la mano unas llaves que no abrían ninguna de las puertas de la casa en la que estaba, la nuestra; mientras que nosotros, mamá y yo, paseábamos tratando de no alejarnos demasiado de una casa que ya deberíamos haber ocupado, sin llaves que pudieran abrir sus puertas y que él tenía en la mano. Tú estabas lejos. Seguramente sí tenías unas llaves, unas puertas y una casa, pero eran otras.

*  *  *

Estábamos haciéndonos con el sitio, lo vi claro, y permitiendo a su vez que el sitio se hiciera con nosotros, intentábamos llegar a un acuerdo, cada peldaño que soportaba nuestro peso, cada esquina que doblábamos firmes y rígidos ante la posibilidad desconocida eran una prueba, una manera de introducirnos, y ser aceptados. Cada vez que nos asomábamos a la barandilla, y nos asomamos al menos cuatro veces a la barandilla mientras paseábamos por el muro, el ruido del mar, solo y ciego en su ciclo, y el olor de la sal y de lo otro traído por el viento nos recordaba que había algo más, y que nosotros éramos menos, mucho menos, que ese algo más que había. Al final del paseo pude ver un camping. Tiendas de campaña y caravanas, un supermercado, algún tendal del que colgaban toallas oscurecidas por la humedad o por la noche general y, después, la carretera que llevaba a la ciudad, no sé cuál, la verdad. Recorrimos el pueblo entero, al menos el pueblo que estaba a la vista, ese iba a ser nuestro mundo por un tiempo, y no parecía reconocernos, no reaccionaba ante nosotros. Sabes que es verano, dijo mamá, cuando las calles están llenas durante la noche; cuando no hay edades. Yo miré a mi alrededor y me dije que mamá tenía razón, que toda la gente parecía estar igual de bien o igual de mal, y, me di cuenta luego, de todos parecía brotar un brillo raro, como si el sol que hubieran tomado a lo largo del día, y cuyo efecto no podíamos apreciar en la oscuridad, se estuviera mostrando a través de cada uno, desde dentro, es el tiempo libre, añadió mamá, y después calló, dando el tema por zanjado. No soporto ver a la gente tan arreglada en verano una noche cualquiera: no hay música, no hay baile, toda esa ropa está de más, me parece a mí. Hay que ser elegante, porque si no, ¿qué eres? También me dan cien patadas los que se peinan igual que alguien que se acaba de hacer famoso. Esos, además de ofenderme, me dan un poco de pena, pues todo el mundo sabe cuando les mira que hace un mes o un año no se peinaban así, que ya no quieren ser como eran. Cuando escribo siempre estoy lejos de casa. Esa es la realidad. Lo único que de verdad me apetece decirte. Que siempre estoy lejos de casa cuando escribo. Mamá me preguntó si tenía hambre y yo, aunque no la tenía, le dije que sí, que mucha, porque prefería comer algo sin ganas antes que seguir caminando sin ton ni son. Sin ton ni son, cómo me gusta decir esto. Vete mirando los pinchos, me dijo en el primer bar que encontramos abierto, a ver qué te apetece. Sacó el teléfono del bolso, salió a la calle. Al momento volvió. No contesta, dijo, ¿por qué tardará tanto? Yo me encogí de hombros, le dije que quería un pincho de tortilla, en realidad lo prefería vegetal, pero es imposible comer un pincho vegetal sin pedirle a dios que te lleve con él al cuarto mordisco. Se había vuelto todo raro de repente: mamá estaba muy seria, y yo comía un pincho que no me apetecía. Si uno coge vacaciones es precisamente para dejar de estar serio y para dejar de hacer cosas que no le apetecen, vamos, digo yo. Por lo que se ve, esperar algo del verano viene a ser lo mismo que limpiar por segunda vez el espejo. Hablando de espejos, allí, en el bar, vi, apoyado en las botellas, un talonario de décimos de navidad. Quise estar solo y comprar uno y volver a casa repitiendo para mí nuestro número y abrir la puerta y dejarlo encima de la mesa de la cocina, encima de las operaciones que papá suele hacer a lápiz. Tal y como nos fueron las cosas últimamente, no se me ocurre que pueda ser algo distinto la suerte: mamá podría abrir otra vez la peluquería y tú no tendrías que estar trabajando fuera, tan lejos; papá está bien, y yo estoy bien, pero somos solo la mitad. A lo mejor me equivoco y no es eso la suerte, a lo mejor la suerte es siempre cosa del pasado y eso otro, lo que tiene que ver con el futuro: la esperanza. Esto se acaba, pensé, ya en el límite del pueblo, y me fijé en la luna reflejada en el escaparate de una joyería, oculta ya casi del todo por una nube que pasaba, nubes aisladas habían dicho este mediodía en el telediario, y me vino así a la cabeza, de repente. Me llama la atención: cuando hace malo en verano, todo el mundo se queja; sin embargo, cuando hace bueno, y este verano está haciendo muy bueno, no oigo a nadie comentarlo. Nunca se queja tanto la gente ni con tanta rabia como cuando se queja del tiempo, y eso es una tontería porque el tiempo va a su aire, contra el tiempo no se puede hacer nada, aunque a lo mejor es por eso precisamente por lo que la gente se queja tanto. He acabado aceptando que la voz se debe a la ausencia, pero me resisto a aceptar que la palabra se deba a la queja y no a la celebración. En fin, qué más da. Se acabó la expedición, dijo mamá, media vuelta, y yo me alegré cuando la oí, aunque solo un poco, porque lo que en realidad me hubiera gustado oírle decir es se acabó la expedición, volvemos a casa.

*  *  *

¿En qué pensaría papá mientras conducía de vuelta a nuestra casa vacía?, ¿se estaría acordando de nosotros al volante aún templado de su coche?, y lo que es más importante: de hacerlo, ¿seguiría pensando de nosotros lo mismo que pensaba en el viaje de vuelta, seguiríamos mereciendo el mismo espacio en su corazón? Cuanto más escribo más preguntas me hago, me doy cuenta ahora, y es raro, algo que es de una manera y a la vez de la manera contraria, me explico, si a todos nos pasa eso significa que se escribe para preguntar y si es así cuando tú me contestes estarás haciendo lo mismo que yo, es decir, preguntando, y entonces nadie entre los que se escriben podrá tener ni ofrecer una respuesta en toda su vida, me gusta escribirte, no pienses mal, lo que no soporto es hacerlo en el ordenador porque mientras te escribo me veo siempre reflejado en el cristal de la pantalla, yo siempre al fondo, detrás de cada palabra. Cruzamos el pueblo entero, pasamos por delante de una tienda de animales, perros, gatos y conejos dormían, todos los animales dormían, salvo un gato, siamés, que no hizo nada cuando acerqué mi mano al escaparate y que, segundos más tarde, cuando la volví a acercar, antes de darme la espalda y girar sobre sí mismo, me miró, con pena, como si se compadeciese de mí, o eso me pareció. Yo, cuando tengo ganas de llorar, pienso en cosas muy tristes, las más tristes que se me ocurren, porque así las penas son muchas, y se apelotonan, y no salen. No te cuento las cosas en las que pensé entonces, frente al cristal, total, para qué. Siempre creí que no había nada peor que un hámster dando vueltas en su jaula, y sin embargo, hoy vi una jaula de hámster sin ningún hámster en ella, y esa imagen, la de la jaula vacía, me pareció todavía más triste, algo en lo que pensar en el futuro, no un proyecto ni tampoco algo que en ese momento prefiriese aplazar, sino un posible cuchillo para mi corazón, solo eso. Los proyectos son cosa de viejos, de gente que pone sus intereses por delante de sus necesidades. El día de mañana, cuando alguien me pregunte cuáles son mis proyectos, le diré que no tengo, y me pondré a hablarle de las cosas que quiero hacer y de las cosas que tengo que hacer, y me pondré contento y luego triste, que es como estamos todos, solo que yo lo estaré al mismo tiempo. Pasamos por delante de una heladería y una tienda de artículos de pesca y otra de bicicletas y rodeamos un parque muy pequeño en el que vi que uno de los dos columpios que había allí estaba roto: solo cadenas. El último bar cerró, ...