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STARMAN

María Pérez Heredia

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Fragmento

Gané mi primer Grand Slam a los veintidós, claro que yo nunca he sido deportista. Qué va. Ni siquiera se me daba bien en el instituto. Lo mío eran más bien los altos vuelos. Pero gané ese premio a los veintidós y supongo que era demasiado pronto porque no estaba preparado y todo ese rollo. Yo gané y subí a esa especie de escenario o lo que fuera y todo el mundo me miraba y me hacía fotos, me hacían fotos hasta con sus putos teléfonos móviles, y me quedé ahí quieto, lo juro, mirándolo todo y sin recoger siquiera la puñetera estatuilla esa, pensaba que qué coño, mi pelo nunca será lo bastante perfecto para esa clase de eventos. Y ahí estaba yo, rodeado de todas esas chicas delgadas que usan fajas que no se llaman fajas y pestañas postizas y uñas de gel, sonriendo como un bobo drogado y sobreviviendo a base de patatas fritas. Era el puto Campeonato Mundial de Gente Guapa, solo que nadie prometía tanto como en la televisión. Sonreían y se besaban y todo parecía ensayado, como si les hubiesen escrito un guion que tenían que seguir a rajatabla. Y las fotos robadas, los posados arruinados, los vestidos que enseñan más de lo previsto, los flashes, los paparazzis, el repartidor de pizzas abrumador, el teatro abarrotado, el alcohol, la cocaína en pilas de baño que son de mármol por lo menos, las carreras en las medias color carne, los puros de celebración, los polvos rápidos en el aparcamiento, las limusinas y todo ese rollo luminoso que no deja de girar y girar, todo eso, parecía más falso que nunca.

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Así que no quedó otra que irme. Me largué. Me fui de allí tan rápido como pude. No quería ver cómo todo seguía girando y girando a mi alrededor, no quería que toda esa mierda me absorbiese, no, como absorbía a todo el mundo. Por eso me fui.

Día 56

—Eres Clay, ¿no?

La chica me sonaba de algo, pero no. Claro que no. Yo me imaginaba que la gente como ella nunca estaba en sitios así, donde todo era tan feo y tan poco chic y toda esa mierda. Así que me dije a mí mismo que no, que no era ella, que solo era otra actriz fracasada que servía mesas en alguna cafetería y que se pavoneaba esperando a que algún director de casting salido la sacase de pobre.

—Oye, escúchame —y yo la escuché, a través de la música y el ruido y las luces que en realidad no estaban más que en mi cabeza—: ¿eres Clay o no?

—Sí.

—Vale. ¿Eres tan capullo como pareces? No importa. Stanley me ha dicho que eres un buen chico y, no sé, supongo que sí lo eres, ¿no? Que no sabes nada de esto y todo ese rollo. Así que, ¡hola! Soy Jen, aunque supongo que eso ya lo sabes.

—Claro.

—Bueno, ¿entonces qué?

—¿Cómo?

—Eso, que cuál es tu rollo.

Me encogí de hombros y la música siguió sonando. No se hizo un silencio ensordecedor, casi tangible, entre nosotros. A ella no parecía importarle demasiado. Le dio un trago a su Coronita y miró para otro lado. Buscó una cara conocida entre la multitud, como se hace siempre. Uno nunca acaba de sentirse bien en ningún sitio. Era casi Navidad pero no hacía demasiado frío. El apartamento barra habitación de hotel enorme y con cocina y salón y todo eso era frío y aséptico pero estaba bien decorado. Ni siquiera tenía muy claro dónde estábamos. Yo había venido aquí y punto, y me había emborrachado un poco, y empezaba a pensar que esa era justamente la única forma de sobrevivir a todo esto. Cuando tienes a tu ídolo sexual de la temprana adolescencia delante de tus narices y no sientes ni un ligero cosquilleo en la entrepierna, algo te pasa. La desidia lo había invadido todo. Me pregunté si habría algún dealer entre nosotros. Decirlo en voz alta quizá sonara mal.

—Tengo hambre —dijo Jen.

Me sorprendí, porque en mi cabeza las chicas como ella nunca comían. Además, una vez leí en una revista estúpida y muy manoseada en la sala de espera del dentista que ella tenía o había tenido problemas con esas cosas. Así que la miré, y esta vez sí que estaba sorprendido de verla. Había salido de la pantalla de la tele asquerosa y diminuta de mi habitación, que se veía con rayas gordas que deformaban a los personajillos. Tenía dieciséis años y granos en la cara y estaba tirado en mi cama, preguntándome si habría en todo el mundo una chica más preciosa y molona —y todas esas cosas— que ella. El caso es que la miré y ella puso cara de ir a darme un puñetazo en la nariz, así que parpadeé lentamente, filtrando toda esa asquerosa luz, y supongo que le dije que por qué no nos movíamos e íbamos a comer cualquier mierda en cualquier sitio iluminado por luces halógenas, y ella me dijo que sí.

Así que nos perdimos entre la gente, todos saludaban a Jen, creo que vi a alguna estrella de culebrón venezolano por ahí, vi mi reflejo en el espejo del ascensor y me asusté; Jen no paraba de mirar su teléfono móvil y de reírse. Me costó un par de minutos sobre la acera irregular recordar dónde estaba mi coche, y cuando lo hice pensé que sería demasiado patético llevarla a ella ahí, en esa vieja lata, así que tuve que levantar mi mano como un imbécil y esperar a que algún paki o un tío de dios sabe dónde nos cogiese en su cutre taxi con olor a vómito y a curry y nos remolcara. Y a mí me entraron unas ansias de drogadicto extrañas y superlativas de ver el mar, que siempre quedaba demasiado lejos, y ella estaba demasiado interesada en su teléfono móvil, así que no se quejó cuando le pedí al paki o lo que fuera que nos llevase a Sepulveda Boulevard, cerca de Manhattan Beach.

Me pregunté durante unos minutos qué demonios hacía allí con alguien como ella; miré sus medias sin costuras, y sus muslos, y ese vestido beige liso y laso que pendía sobre sus hombros y se ajustaba a sus caderas, y soñé que era otra persona, alguien capaz de decir algo, alguien que supiera de verdad cuál era su rollo.

—¿Stanley es tu agente también?

Claro, menuda estupidez.

—¡No! —dijo ella, como si le hiciera mucha gracia.

Y yo me quedé ahí, quieto, mirándola con unos ojos grandes y abiertos que no eran los míos sino los de otra persona, como suplicándole que dijese algo más. Ella sonreía, y era encantadora, claro, muy al estilo Marilyn Monroe, y acabó por decir algo, porque a las chicas como ella les enseñan desde que son crías a quedarse con la última palabra y a dejar siempre impresionados a los hombres.

—Es un amigo.

Vale, pensé. Qué gilipollez más grande. ¿Y qué hago yo aquí? ¿Qué le digo? Ni siquiera entendía por qué había venido conmigo. En aquella especie de reunión informal de gente mediocre pero guapa había comida. Tacos de queso y tomates a la provenzal y nachos sin guacamole. Cosas que se ponen en las mesas pero que la gente rara vez toca porque, en realidad, no tienen un aspecto demasiado apetecible. Pero estaba conmigo, claro que no tenía ni idea de quién era yo.

—¿Estás haciendo algo ahora? —pregunté, porque, bueno, era mejor que pensase que quería saberlo todo sobre ella con la intriga de un fan desesperado o de un reportero en ciernes a que creyese que era un subnormal perdido.

—¿Algo? Sí, por supuesto: voy contigo hacia la maldita Manhattan Beach, como si no hubiese un puto McDonald’s más cerca.

—Me refería a trabajar.

—Claro que te referías a trabajar. No, ahora no. Acabo de terminar algo y me siento demasiado expuesta, indefensa y agotada para empezar algo nuevo.

Lo peor es que parecía completamente sincera. Bajé la ventanilla y encendí un cigarrillo, sin preguntarle al taxista si podía. Él no dijo nada. Era su trabajo.

—Dame uno —me pidió, o me exigió, o qué sé yo.

Se lo di y le acerqué el mechero a los labios cuando ella acercó su boca a mis manos; luego bajó la ventanilla y empezó a fumar. Y ahí estábamos nosotros, fumando en silencio en los asientos posteriores de un taxi como dos adolescentes en celo que no saben muy bien cómo empezar a arrancarse la ropa. Pero no éramos adolescentes ni era el mes de los gatos maullando sin tregua, así que solo estábamos callados, fumando; ella miraba por su ventanilla la ciudad pasar y parecía melancólica y un poco triste. Poseía un aire inteligente de felino, y yo la miraba mientras hacía como que todo aquello, en realidad, no me importaba demasiado.

Llegamos a Sepulveda Boulevard y le di un billete de veinte al paki, y a ella seguramente se le vieron las bragas mientras salía del coche, pero ¿qué más daba?, nadie pudo verlo. Entonces echamos a andar por la acera, hecha como a jirones, con cuadrados perfectos enteros de otro color; vimos a las prostitutas latinas reírse de nosotros y a los coches pasar silbando demasiado cerca de nuestros pies. Pero esa era mi noche, así que nos metimos en un Taco Bell y ella, por fortuna, no me miró mal. No me apetecía ir a uno de esos sitios donde te tienen que explicar qué tienes que pedir y alguien acaba sintiéndose como un capullo mientras otro alguien se siente como un imbécil; pero en realidad no estaba pensando en eso. Y ella tampoco.

—¿Qué quieres? —le pregunté. Ella se había sentado en una mesa cerca de la puerta y se había quitado los zapatos. Ahora parecía mucho más pequeña, poca cosa, casi una niña.

—Algo que lleve queso y pollo picante y una Cherry Coke.

—No tienen Cherry Coke aquí.

—Pues algo parecido, ¿vale? —Era casi como una exigencia.

Yo me encogí de hombros y fui a pedir. Aunque todo aquello me daba igual, no acababa de entender por qué tenía que pagar cuando todos sabíamos que ella tenía mucho más dinero que yo, pero supongo que solo pensé en eso durante un segundo antes de sentirme un cabrón rastrero por haberlo siquiera pensado. Así que pedí, pagué y me senté frente a ella, deseando tener una cazadora, pensando que en aquel sitio hacía un frío extraño, de aire acondicionado en diciembre.

—Está rico —dijo ella.

No dije nada porque estaba demasiado ocupado mirándola mientras ella jugueteaba sin cesar con una patata frita. Estábamos casi solos, era ya muy tarde y estaba seguro de que el chico de la caja estaba pensando en cerrar, porque yo he estado en su pellejo y no pensaría más que en eso. Cerrar, cerrar y dormir. Pero ahora estaba al otro lado y la verdad es que me daba igual lo que al pobre chico, que no cobraría mucho de más de siete dólares la hora, le estuviese pasando por la cabeza.

Cenamos y no hablamos. No fue uno de esos silencios incómodos que es necesario llenar a toda prisa con palabras. Simplemente comimos, callados, lanzándonos de vez en cuando miradas que yo interpreté llenas de curiosidad. Me pregunté quién era ella en realidad. Sabía su nombre completo y su fecha de nacimiento y toda su filmografía y también podría averiguar fácilmente dónde había acabado la educación primaria y cuál era su altura exacta y sus medidas estimadas, pero lo cierto es que no sabía nada. Las revistas y todas las entrevistas y los photocall y las cosas que habían dicho otros de ella y el haberla visto crecer delante de la pantalla no significaban nada. Jen seguía siendo un misterio para mí, igual que yo lo era para ella.

—¿Es verdad lo que me contó Stanley?

Fue ella quien rompió el silencio. Levanté la vista de los tristes restos de ketchup y de salsa picante que reposaban sobre la bandeja y que pronto se convertirían en una plasta reseca, y la miré, con muchas ganas de decirle que no tenía ni idea de lo que le había contado Stanley. Pero fui educado.

—¿El qué?

—Que eras camarero y que él te abordó.

—Ah, eso.

Qué poco elegante e interesante era mi historia. Y qué pocas ganas tenía de hablar de ello.

—¿Entonces? —insistió ella.

—Sí, es verdad.

—Correrá como la pólvora de los buenos rumores cuando se sepa.

—Ya, pero a mí no me interesan los rumores, Jen.

Eso era verdad a medias.

—¿No ves los realities en la tele cuando no tienes nada que hacer y estás aburrido?

—No tengo tele por cable.

—¿En serio?

Eso parecía sorprenderla. Sonreí. Todo olía a tomate, pollo picante y queso fundido. Más tarde nos fuimos de allí. Empezaba a hacer frío. Ella tiritaba ligeramente y yo no tenía ninguna chaqueta que prestarle. Caminábamos el uno al lado del otro por una calle llena de prostitutas que se reían de nosotros y de coches que pasaban zumbando casi rozándonos. Nos deslizábamos por Sepulveda Boulevard rumbo a Manhattan Beach, al mar. El rumor de las olas era una promesa lejanísima. Me temblaban las rodillas. Avanzábamos en silencio, demasiado cerca para ser desconocidos y muy callados para que no se palpase la tensión evidente entre nosotros. Ignoré esa sensación y seguí caminando, tieso como un palo. Un paso y luego otro. No había nada más. Llegamos a la playa y ella se quitó los zapatos. Temblaba casi violentamente mientras los dedos de sus pies se hundían en la arena mojada. Sentí cómo un escalofrío me recorría la espina dorsal, clavándose después en mis entrañas y arrancando algo que llevaba mucho tiempo ahí metido. Intenté agarrarla por el brazo, pero Jen se me escapó y echó a correr hacia el mar. Yo la miraba como quien mira un cometa atravesar el cielo. Ella dejó que una ola furiosa le empapase el vestido y yo no hice nada por impedirlo. Volvió hacia mí, casi corriendo, me dio un violento golpe en el pecho, me tambaleé y caí sobre la arena. Pensé que de niño siempre había odiado la playa. Pensé también que había pasado los últimos años de mi vida odiando ese lugar y deseando estar en otro muy distinto, y ahora no querría encontrarme en ningún otro sitio y eso era bastante absurdo, la verdad. Pensé muchas cosas, porque los pensamientos son así, como ráfagas súbitas, y hay que cazarlos al vuelo o te quedas en blanco, aturdido por la gravedad de algo que ni siquiera alcanzas a comprender y que, en realidad, no importa demasiado. Pero nada de eso importaba porque se me estaban mojando los vaqueros y todo el mundo sabe que no hay nada peor que unos pantalones empapados. Ella me miraba desde su pequeña altura riéndose como la borracha que no era. Yo no entendía por qué me había tirado ahí, pero la miraba con los ojos muy abiertos, incapaz de moverme o de protestar o de hacer cualquier cosa. Entonces ella se puso de rodillas en la arena y apoyó las manos en ella, avanzando a cuatro patas hacia mí. Cerré los ojos. No podía mirar. Todo era demasiado extraño.

Nos metimos en un taxi y fuimos a mi apartamento. No dejó de besarme en todo el trayecto y yo solo podía pensar que ojalá lo hubiera hecho cuando tenía quince años. Habría sentido un extraño cosquilleo en la parte baja del estómago y me habría puesto verdaderamente cachondo, pero ahora solo tenía miedo. Un enorme y misterioso pánico. Llegamos y le abrí la puerta del taxi. El vestido se le subió, dejando tan al descubierto sus bragas como cualquier otra cosa de su vida. En el ascensor me desabrochó los pantalones y yo me dejé. Tendría que sentir una emoción más grande, me dije, pero era difícil sentir nada. Solo pensaba que ojalá hubiese hecho la cama. A ella no le importó. Se desnudó y se metió entre mis sábanas arrugadas, empapándolas de un tibio sudor frío. Yo me desnudé y me acosté a su lado, sin tocarla. Ella me abrazó. Desesperada. Consumida por una tierna necesidad. Y se quedó dormida. Se quedó dormida y yo pasé horas desnudo al lado de su cuerpo desnudo, con nuestras pieles rozándose mientras sus brazos me rodeaban, incapaz de moverme, incapaz de pensar en nada.

A la mañana siguiente, se había ido. Me dejó una nota. Decía: «Nos veremos pronto, Clay. Besos. Jen», y nada más. La puse en la nevera sujetándola con un imán en forma de plátano que trajo mi madre de un viaje a Florida.

Día 476

Cuando me desperté, me costó despegar los párpados. Parecían pegados por la sustancia más fuerte del mundo, Super Glue. Sentía la boca seca, seca y metálica, con el ferroso sabor de la sangre impregnando cada una de mis papilas gustativas. No había nada más importante en el mundo que el dolor de cabeza. Martillazos contra el cráneo, rápidos y fuertes, repitiéndose incesantemente. Conseguí abrir los ojos y no había nada, nada que mereciese la pena mirar. Eso hizo que me sintiera aturdido. Estaba solo y desnudo sobre la cama de una habitación de hotel que la noche anterior no me había molestado en abrir. Pensé que hay algo extraño en las habitaciones de hotel que hace que te comportes de un modo distinto a como lo harías en tu propia casa. Intenté levantarme y mis pies aterrizaron en el cálido pero repugnante suelo de moqueta. Me tambaleé. La televisión estaba encendida pero sin sonido. Un avión se había estrellado en alguna parte. Había un montón de muertos y de maletas esparcidas por ahí. Un sujetador aterrizó en el tejado de una señora frígida y delgadísima, pero nadie se dio cuenta. Los últimos restos del naufragio. Cerré los ojos. Era más fácil así. Avancé a trompicones hacia el baño, comprobé que la bañera estaba limpia, puse el tapón y abrí el grifo. Me senté en el váter a ver cómo corría el agua. Una vez llena, me sumergí dentro. Sentí cómo todo mi cuerpo encogía unas pulgadas con la excesiva temperatura del agua, pero eso no me importó demasiado. Dejó de dolerme la cabeza y me empezaron a doler otras cosas. Me pregunté qué había sido de la noche anterior. Se había esfumado de mi memoria. Las cosas que pasan y que nunca olvidas y las que pasan y nunca recordarás. Me dio miedo ponerme a buscar los restos del naufragio por esa habitación que no era mía.

No desayuné. Era pasado el mediodía. Me puse unos vaqueros sin ropa interior, una camiseta y unas gafas de sol y salí a la calle. Esa ciudad no era mi ciudad y todos hablaban un idioma que no era el mío. Deambulaba por las esquinas de calles que alguien debería volver a asfaltar. Había coches por todas partes y comida, mucha comida. Puestos de fruta fresca pudriéndose al sol. Tacos. Enchiladas. Cerdo en todas sus variantes. Mujeres gordas paseando con mujeres delgadas. Colores chillones. Algodón de azúcar. Sonrisas ennegrecidas por el tiempo. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Una chica con aspecto de haber sufrido mucho más que yo me sonrió y le devolví la sonrisa, y pensé que, caray, sería bonito poder hacerla feliz, pero no. Los taxis no tenían licencia. Hacía días que había perdido mi teléfono móvil en algún lugar, pero no recordaba dónde.

—¿Qué hay, compadre? —me dijo un viejo con bastón.

No dije nada, pero murmuré un «No te conozco» que él seguramente no entendería. Seguí caminando. Llegué a alguna parte. Seguí a gente desconocida. Me comí un helado de fresa que sabía a colorante alimentario. Escuché música y no logré descubrir de dónde provenía. Oí voces en mi cabeza que intenté acallar con el tequila, y mientras lo hacía se hizo de noche. En la ciudad no pasaba nada y pasaba todo. Me metí en un museo de cuadros horrorosos llenos de mujeres feas y cejijuntas y me dormí en uno de sus incómodos bancos, con las gafas de sol, tumbado bocarriba e hipnotizándome con las lámparas halógenas. Escuché a familias enteras suicidándose delante de un arte que no entendían. Nadie se esforzó en echarme. Salí de allí y había verbena en un barrio cuyo nombre no me esforcé en retener en la memoria. Conocí a Camila. Ella me enseñó a bailar y yo le dije «amor mío» en un español horrible. Bebimos tequila y sudamos como locos. Hacía calor en la ciudad. Luces y mosquitos acercándose a las luces. Chicas de quince años follando con chicos de veinte. Chicas de veinte años follando con chicos de treinta. No encontré la lógica numérica y lo dejé pasar. Me deslicé por la ciudad otra vez solo. Se hizo de día. Entré en una cantina para mear. Bebí cerveza con mucho limón. Música texana pasada de moda en la barra. Sonrisas desdentadas y amor desmedido por los presidentes verdes americanos. Al otro lado de la frontera suenan disparos y hay demasiadas personas que saben quién soy. Salí a la calle y vi pasar una limusina rosa llena de chicas de quince años borrachas. Eran las seis de la mañana y brillaba un asqueroso sol de verano. Me sentí repugnante odiándolo todo y a todo el mundo. Sentí un extraño sopor anegando mi mente y me tumbé en un parque. Nadie se esforzó en abrirme en canal para robarme los riñones. No parecerían demasiado sanos. Me levanté horas después y me comí una hamburguesa que me vendió un tío obeso en su camión grasiento de patatas fritas. Sabía a cerdo y no a ternera. Los de sanidad le habrían metido un palo, pero al otro lado de la frontera todo era distinto, hasta las hamburguesas, que se supone que siempre deben saber igual. La ciudad se despertó a latigazos. Los coches volvieron a tomar las calles. Las chicas salían y llevaban minifaldas y tenían la piel morena. Turistas americanas en busca de una buena cogorza a las cuatro de la tarde. Conocí a Tamara y me llevó de la mano por toda la ciudad, casi corriendo. Estaba en el equipo de atletismo de su universidad de la Ivy League. Tenía unas piernas muy largas y muy delgadas, la frente alta y el pelo muy rubio. Le di un ácido que tenía en el fondo de algún bolsillo y ella me dio una pastilla de color rosa que le había comprado a un tipo en el puerto de alguna ciudad, pero no recordaba cuál. Nos colocamos juntos. Entramos en un club donde ponían música ranchera. Bailamos muy pegados y nadie se esforzó en mirarnos. No éramos nadie. Follamos en los baños de aquel tugurio. Ella puso papel higiénico sobre la tapa. Me acordé de los árboles de los jardines en las casas de los barrios de clase media-alta la noche de Halloween y de los niños que lanzan rollos enteros de papel higiénico a través de sus enormes ramas y lo convierten todo en una festiva, enorme, reluciente y falsa verbena mexicana.

Me desperté en la cama de mi hotel pero no era Tamara quien estaba a mi lado. Era una chica mucho más morena, con los pechos triangulares y pequeños apuntando hacia el techo. La tele seguía encendida y sin sonido. Siempre las noticias. Un accidente de tráfico en San Diego y leyes que deben ser discutidas en el Congreso de un país que ya no es el mío. Tenía el pelo empapado en sudor. Encendí un cigarrillo y la chica se despertó con el sonido de la llama prendiendo en el mechero. Me miró y sonrió. Me dijo que se llamaba Gloria y que tenía diecisiete años. Hablaba inglés. Quería ir de vacaciones a Europa algún día. Le dije que nada de lo que de verdad deseaba importaba tanto como parecía ahora. Le pasé el teléfono y pidió cantidad de cosas al servicio de habitaciones. Dejé que descorchara una botella de champán. No le pregunté dónde estaban sus padres y ella no me preguntó qué hacía allí. Hicimos una especie de pacto de silencio. Le escribí mi nombre en la nalga derecha con un rotulador permanente que llevaba en el bolso. A ella le hizo reír. Hablamos de Proust, pero ninguno de los dos lo había leído de verdad. Desapareció en el cuarto de baño, y cuando volvió supe que se había metido algo y que había estado mirando datos ingeniosos que soltar por la boca en su smartphone viejo de 2012. El fin del mundo, nena. La eché de la habitación cuando ella se echó a llorar. No le pregunté por qué. Había demasiado drama a mi alrededor para preocuparme por alguien como ella. Me dije que debería volver a Los Ángeles, pero todavía no estaba en vena, así que lo dejé pasar. Dormí un poco más. Había manchado las sábanas y prefería no preguntarme con qué. Pedí al servicio de habitaciones que las cambiaran y desaparecí un par de horas. Me metí en un cine en el que ponían sin parar películas de serie B en español. Apenas entendí nada. Comí cacahuetes fritos con miel.

Al volver al hotel, la habitación estaba limpia, la cama hecha y todo olía a desinfectante. Encendí la tele. Llené la bañera de agua muy caliente. No lo hacía más que en los hoteles, pero me gustaba. Abrí el minibar y me bebí una botellita de vodka a pelo, como si estuviese prohibido. Me reí como un maníaco histérico, como si alguien me estuviese mirando. Me obsesioné con que había cámaras por todas partes. Las busqué de arriba abajo, incluso me subí a una silla y examiné el techo, pero no las encontré. Igual esto no era más que un programa de televisión. Pensar que yo era el protagonista hacía que me sintiera bien. Me metí en la bañera y me quedé dormido. Cuando me desperté, el agua estaba helada y yo temblaba como un crío. Había estado llorando, pero no recordaba cuándo ni por qué. Salí de allí, sin secarme, empapando el suelo, y me miré en el espejo. Estaba más delgado y bronceado y no recordaba cómo me había abierto la brecha sobre la ceja izquierda. Me la toqué y raspé la sangre reseca. Me bebí un frasco entero de jarabe para la tos. Me sentía como una patata de Idaho, pero nunca he tenido el pelo de River. Me vestí y salí de allí. Era de noche en la ciudad. Deambulé y me encontré con unas chicas que estaban de vacaciones. Pasé tres horas hablando con la morena sobre su última relación de pareja. Me hizo tocarle el pecho para sentir cómo de verdad faltaba algo, justo en el centro. Y pude clavar los dedos en su huesuda holgura y sacar con mis uñas el hollín que había dentro. Cerré los ojos tantas veces que me costó recordar cómo abrirlos; los dos lloramos, sentados en el suelo de un callejón que olía a meados y a azufre. Le pregunté si quería bailar; cogimos a su amiga de la mano y llegamos a una de las verbenas donde la gente ríe y baila, donde las chicas adolescentes se quedan embarazadas y donde los recién casados se arrepienten de todo. Bebimos tequila. Mordí gajos de limón enteros. Lamí sal de un ombligo, pero no recuerdo si era el de la chica triste o el de su amiga, qué más daba. Las llevé al hotel y no recuerdo nada más. Quizá lo hicimos, quizá no. Tenían que volver a casa.

—Él nunca entenderá por qué me fui —me dijo la chica triste.

Y yo asentí como si lo comprendiera todo.

—Quería tener un hijo, casarse y esas cosas —siguió ella.

Yo le dije que a lo mejor era demasiado joven y ella se rio y me dijo que su madre era más joven que ella cuando la tuvo. Me encogí de hombros porque aquello no me importaba demasiado. Ella se echó a llorar. Su amiga dormía y roncaba, con su bronceado cuerpo envuelto en mis sábanas. Yo lo observaba todo con un desdén que no era mío antes de clavar de nuevo los ojos en la televisión, que vomitaba imágenes mudas incesantemente.

—¿Tú por qué estás aquí?

Sé que escuché esa pregunta, pero no respondí. Ella volvió a dormirse y yo no dije nada. Me quedé dormido y cuando me desperté se habían ido. Encontré una nota en el escritorio. Decía: «Buena suerte, Clay». No recordaba haberles dicho mi nombre.

Día 36

—Otra vez, Clay. —Pausa innecesaria, como si fuera un idiota incapaz de comprender las explícitas explicaciones que me dan sin descanso—. Desde el principio.

Puse los ojos en blanco, retrocedí, volví a avanzar, abrí la puerta dramáticamente, salí a la falsa calle de la falsa ciudad, busqué un cigarrillo en mi cazadora de aviador de piel, lo encendí y al menos eso era de verdad.

—¡Más dramatismo!

Había demasiada gente mirándome para ser dramático. Miré a Ron, el director, y él me miró a mí, y el equipo entero me miró; Ron dijo que ya valía por hoy y me quitaron cosas que no recordaba llevar encima y todos se dispersaron en pequeños grupos alrededor de la mesa del catering. Si me hubiese acercado lo suficiente, habría escuchado una conversación como esta:

—El chico es un desastre, Stanley —diría el director.

—¡Dale una oportunidad! —diría mi agente.

El director gruñiría.

—Es perfecto, Ron. Es justo lo que buscabas.

—Ya, pero no tiene experiencia…

—Pero tú querías una especie de James Dean con un punto más andrógino, ¿verdad?

—Quizá le falta garra, algo más varonil.

—Sácale de sus casillas. El chico tiene una lengua que ni en Rhode Island.

—¿Rhode Island?

—Me crié allí y juraban como…

—Ya, entiendo. Oye, Stanley, no es que hagas mal tu trabajo, pero, que yo recuerde, yo no te pago y no eres mi director de casting.

—¿Eso importa, Ron?

—Claro que importa.

—¡Te estoy ofreciendo un pase directo al estrellato!

—¿Ofreciendo? Te hago un favor, Stanley.

—Pues me haces un favor, Ron. Como prefieras verlo. Es cuestión de semántica.

—¿Semán qué?

—Semántica.

Pero no estaba lo bastante cerca y no escuché nada de eso. Estaba sentado en la silla que patéticamente llevaba mi nombre escrito en una hoja de papel y pegado con celo al respaldo, bebiéndome un vaso de Perrier. No es que el sabor me gustase demasiado pero al menos tenía burbujas. Tenía la sensación de que si me largaba en cualquier momento a nadie le importaría, pero ellos me habían pedido que viniera, a mí. Mi abuela me diría que largarme así, sin avisar, sería de mala educación, jovencito, pero ella llevaba años muerta y ya ni siquiera echaba de menos su triste reprobación hacia mi patética conducta. Así que me acabé el vaso efervescente y me levanté, pero entonces escuché mi nombre y tuve que cambiar de planes.

—¡Eh, chico! —gritó alguien.

Ese era mi nombre.

—¡Ron quiere verte!

Todo el mundo hablaba a gritos allí o no hablaba en absoluto. Me pregunté si habría un punto medio, pero eso no era el mundo real, sino una enorme nave con cámaras, equipos de sonido muy caros, sillas, algo de comida, gente bronceada y decorados tirados por ahí.

—¿Dónde? —le pregunté al meritorio.

—En su silla, claro —me respondió con desdén. Le faltó añadir un «idiota» a la ecuación.

Estaba solo a diez yardas de mí pero necesitaba mandar a alguien para que me llamase. Me lo encontré sentado en la típica silla de tijera y loneta, leyendo algo que seguramente era un guion. Carraspeé. La vacuidad de la nave hizo que resonase de manera dramática. Él me miró con el ceño fruncido y una mirada extrañamente cansada detrás de las ojeras, y yo me sentí como si tuviese que enfrentarme a mi padre la mañana después de haber vuelto a casa borracho.

—Clay, ¿no?

Asentí.

—¿Dónde has estudiado?

Le miré frunciendo la nariz.

—Chico, vamos. ¿Has ido a la universidad? ¿A alguna escuela de interpretación? ¿A una academia? Vamos a ver, chico: ¿has ido siquiera al instituto?

—He ido al instituto, pero a ninguno de los otros sitios.

Ni siquiera entendía por qué eso importaba en un lugar como aquel.

—Bien. Eso está bien. Hay demasiados capullos recién salidos de la universidad dando por culo.

Volví a asentir.

—Bien —repitió. Me lo imaginé como un enorme extraterrestre verde, pero eso eran mis paranoias y no tenían sentido alguno—. Eso me gusta. ¿Crees que puedes parecer más intenso y menos indiferente?

—Claro.

—Muy bien. Vuelve mañana. Pídele a Sherry tu acreditación.

Casi me eché a reír porque todas las secretarias se llamaban Sherry, y él puso los ojos en blanco, quizá pensando que yo estaba loco. Tampoco pareció importarle demasiado. Volvió a su guion y el resto del universo dejó de existir para él.

—Muchas gracias, señor —le dije. Hay que ser educado.

—De nada, hijo, pero no me llames así. Ron. Solo Ron.

—Pues muchas gracias, Ron.

Me largué de allí. Le pedí la acreditación a Sherry. Apuntaron los datos de mi coche para que pudiera aparcar dentro y me desearon mucha suerte. Sonreí con falsa indulgencia. El tipo de la cabina de seguridad, un cincuentón irlandés que había emigrado a Hollywood en pos de un sueño que tal vez tenía que ver con una mujer y que solo se había cumplido a medias, me pidió un taxi. Volví a casa y cociné palitos de pescado en el horno mientras veía una serie de los años 2000 que hacía que me sintiera tristemente adolescente, aunque yo era demasiado joven cuando se emitía. No me creía nada de nada.

Día 70

La oí hablar a todo volumen en el buzón de voz y me pregunté cómo era posible que alguien después de 2010 dejara un mensaje y pretendiera que fuese atendido. Lo hice de casualidad y me sentí inmensamente afortunado. Era como si no hubiese oído nunca su voz, en lugar de las miles de veces que creía haberla oído: en la televisión, en la enorme pantalla de algún cine del centro de la ciudad y en mi cabeza, sobre todo en mi cabeza. Era Jen, otra vez. Sonaba como a los quince años, oscilando entre la timidez de quien se sabe inseguro y el aplomo de quien siempre se ha adelantado a su tiempo. Era desconcertante. Titubeaba en algunas frases, en sílabas discretas escogidas al azar, y su lengua rebotaba visiblemente contra el paladar con la contundencia de una experta en otras ocasiones, como si lo que estuviese diciendo fuera lo más importante del mundo. Casi podía imaginármela deambulando por su habitación de hotel en Beverly Hills, pintándose las uñas y fingiéndose muy distraída mientras me llamaba por teléfono. Me parecía especialmente singular que fuese ella quien me llamase a mí. Era casi como un remoto sueño de la adolescencia hecho realidad, y quizás ese era el problema.

Me citó en una cafetería que no conocía cerca de Malibú, a una hora concreta, sin cuestionarse que tal vez yo no podría, o no querría asistir. Pero fui. Claro que fui. ¿Cómo no iba a hacerlo? Habría sido como para darse de cabezazos contra una pared. Fui, y cuando entré en ese lugar supe enseguida que yo no pertenecía a ese absurdo mundo de hombres con los primeros botones de la camisa desabrochados, mujeres siliconadas, treinta clases distintas de té verde que se esforzaban en llamar chais, pastas bajas en calorías y sillones de mimbre por todas partes. Aquel no era mi mundo. Puede que el suyo tampoco, pero le pareció bien citarme en ese lugar porque nadie la reconocería, o, si alguien lo hacía, estaría demasiado ocupado en su absurda condescendencia budista para dirigirle siquiera un triste hola. Cuando llegué a la cafetería ella todavía no estaba allí. Parecía demasiado obvio para sorprenderse. Era de esa clase de personas que siempre llegan pretendidamente tarde. Y aunque estaba de buen humor, esa situación incómoda, en la que yo no sabía con exactitud qué tenía que hacer, me recordaba a algo que había vivido hacía mucho tiempo. Que viví hace mucho tiempo. Puede que aún lo siga viviendo, repetidamente, una y otra vez, en mi cabeza. Quizás ese fue el principio de la extraña patología que me carcome las entrañas y me aniquila el cerebro, con pequeños golpes punzantes en las sienes que amenazan con acabar con mi cordura. Y entonces apareció ella y yo tuve que dejar de pensar en las cosas en las que irremediablemente pensaba sin cesar, porque allí estaba ella y llevaba un vestido azul —¿por qué las chicas como ella siempre llevan un vestido azul en mi cabeza?— y me quedé casi sin aliento y un poco aturdido también, porque fue como revivir una escena de aquella vieja serie de televisión de la que yo no era el protagonista ni un actor secundario, sino solo un espectador.

—Eh —dijo ella, como si fuera un vulgar camorrista del Bronx.

Ni siquiera he estado en Nueva York. No sé qué aspecto tiene el Bronx, pero he visto tantas películas que puedo imaginarme cantidad de cosas que nunca he vivido. Imagino que cuando vaya a Nueva York, que cuando en algún extraño momento de mi vida llegue a poner un pie en el Bronx y conozca a algún vulgar camorrista, tendré la sensación de que ya lo he vivido antes. Eso es lo que ocurre siempre. Lo vivimos todo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez sin vivirlo.

—¡Eh! —repitió ella, seguramente porque me había quedado sonriendo como un bobo, incapaz de decir nada.

—Hola, Jen.

—¿Cómo estás? Siento haber llegado tarde. Había un atasco terrible. En realidad odio tener que venir hasta aquí, pero contártelo no tiene ningún sentido. Soy yo la que te ha hecho venir hasta aquí —empezó ella, imparable. Su lengua golpeaba violentamente el paladar y volvía a sus labios. Describía increíbles e imposibles movimientos dentro de la boca, movimientos que yo anhelaba y que, mentalmente, equiparaba a una bailarina de ballet haciendo piruetas sobre el escenario.

—Sí, es verdad. Tú me has hecho venir hasta aquí. —Era lo más obvio del mundo.

—¿Has cogido tu coche o has venido en taxi? No habrás venido en autobús, ¿verdad?

—No he venido en autobús, no.

Siempre he odiado los autobuses, aunque son lo mejor del mundo cuando estás deprimido. Puedes sentarte, apoyar la frente en la grasienta e inmunda ventanilla y ver pasar una vida que no estás viviendo.

—¿En tu coche?

—Sí.

—Tienes que empezar a moverte en taxi, Clay.

La camarera llegó y Jen pidió uno de esos cafés con moka o avellana o nata baja en calorías o aroma de menta o de cualquier otra cosa absurda mientras yo reclamaba una triste cerveza, que no servían en el local, para acabar conformándome con un triste zumo de lo que fuera con albahaca y zanahoria.

—Hasta que puedas comprarte un deportivo, uno de esos coches carísimos y extranjeros que tanto os ponen a los tíos, tendrás que empezar a coger taxis para ir a los sitios. Además, así te ahorras tener que buscar aparcamiento. Sabes que en esta ciudad, a veces…

No había tenido ningún problema para aparcar cerca de aquí, pero no pensaba decírselo. Era una información innecesaria.

—A mí me gusta conducir, Jen. Soy la clase de tío que estaba deseando cumplir los dieciséis para poder conducir. Nunca había estado tan emocionado en toda mi vida. Cogía el coche y conducía hasta Santa Mónica y bajaba por el valle; conducía a toda velocidad, o a mí me lo parecía, por carreteras secundarias desiertas, rozando la costa como uno de esos pájaros que parece que van a chocarse contra el suelo con sus alas pero nunca lo hacen.

Ni siquiera sabía por qué estaba hablando tanto y tan deprisa, pero lo hacía. Su café llegó y ella empezó a removerlo de manera innecesaria con su cucharilla, sin hacer el menor ruido, mirándome de una manera extraña que no habría sabido cómo clasificar.

—Siempre me ha gustado. Cuando tenía un mal día, cogía el coche y conducía durante horas. Me gusta salir de la ciudad y ver el mar. Creo que me encantaría hacer un viaje larguísimo en coche, ya sabes, sin ir a ningún lugar concreto, durmiendo en moteles de carretera y cosas por el estilo. Pero no sé. Apenas he salido de Los Ángeles. La verdad, hasta este mismo instante, nunca había pensado que pudiera haber nada interesante ahí afuera. Vivimos en una enorme ciudad de cartón piedra, ¿qué importa todo lo demás? Pero ahora, no me preguntes por qué, pienso que a lo mejor…

Y me encogí de hombros.

Jen no dijo nada, se quedó un segundo en silencio, sonriendo, ¿sonriéndome a mí? Y cuando se decidió a hablar me pareció que llevaba toda una vida callada, estática, sin moverse, con el mundo detenido a su alrededor, con el tiempo suspendido en un extraño impasse.

—También a mí me gusta conducir, Clay. O, bueno, no. Me gusta ir en el asiento del copiloto y cambiar los CD. Me gusta, sí. Me gusta imaginar cómo las ruedas giran y giran sobre el asfalto, ¿entiendes?

Asentí.

—Ahora entiendo que hayas venido en coche hasta Malibú —murmuró ella casi para sí misma—. Es solo que hace mucho tiempo que no conduzco. Ya sabes. No puedes beber si conduces, y acabas como esa chica armenia, ¿cómo se llama?

—¿Khloé Kardashian?

—Sí, claro. El reality. Podrían hacer uno sobre nosotros, si algún día pasa algo. Ya sabes. Sobre cómo te destrocé la vida y acabaste siendo peor que Charlie Sheen. Podrían, sí. Tendría una audiencia acojonante. —A ella le parecía una idea cojonuda, y a mí no me importaba demasiado que quisiera romperme el corazón—. ¿Crees que volverán a nominarme si dejo que hagan eso conmigo?

—Quizá sí, pero no para los premios que tú quieres.

—Ya. Puede que ese sea siempre el problema, Clay.

—Nunca entenderé por qué en esa familia se empeñan en escribirlo todo con ka… —murmuré, intentando quitarme el ...