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SUAVE CARICIA

William Boyd

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Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Amory Clay en 1928

Cita

Prólogo

Libro primero: 1908-1927

1. Una chica con una cámara

2. Asuntos familiares

3. Alta sociedad

4. Cloudsley Hall

Libro segundo: 1927-1932

1. La vida es hermosa

2. Berlín

3. Ein wenig Orgie

4. Un lugar muy privado, muy secreto

5. ¡Escándalo!

6. El salario del pecado

Libro tercero: 1932-1934

1. Americana

2. El hotel Lafayette

3. El momento decisivo

4. Al sur de la frontera

Recibe antes que nadie historias como ésta

Libro cuarto: 1934-1943

1. Camisas negras

2. Los disturbios de Maroon Street

3. Persimmon Hall

4. Le Capitaine

5. Operación Antorcha

Libro quinto: 1943-1947

1. Typhoon

2. High Holborn

3. El Día D

4. París

5. El supertanque

6. Transformaciones

Libro sexto: 1947-1966

1. La Casa de Farr

2. La bodega

3. Consecuencias

4. «Scotia!»

Libro séptimo: 1966-1968

El álbum de recortes de Vietnam

Libro octavo: 1968-1977

1. Habitación 42, motel San Carlos

2. Willow Ranch

3. La señora de Tayborn Gaines

Coda en Barrandale: 1978

Agradecimientos

Notas

Sobre el autor

Créditos

A Susan

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AMORY CLAY EN 1928.

«Quelle que soit la durée de votre séjour sur cette petite planète, et quoi qu’il vous advienne, le plus important c’est que vous puissiez —de temps en temps— sentir la caresse exquise de la vie.»

 

[Dure lo que dure vuestra estancia en este pequeño planeta, tanto da lo que ocurra en ella, lo más importante es sentir —de vez en cuando— la suave caricia de la vida.]

 

JEAN-BAPTISTE CHARBONNEAU,

Avis de passage (1957)

Prólogo

 

¿Qué me atrajo, me pregunto, hasta el borde del jardín? Recuerdo la luz de verano: los árboles, los arbustos, la hierba verde y luminosa, impregnada del suave y amable sol de la caída de la tarde. ¿Fue la luz? Pero también se oyeron risas, procedentes de un grupo de gente congregada junto al estanque. Alguien debía de estar haciendo el tonto y todo el mundo se reía. La luz y las risas, por tanto.

Yo estaba en casa, en mi dormitorio, aburrida, con la ventana completamente abierta para escuchar el parloteo de los invitados. De repente, el arpegio de las risas de alegría me impulsó a saltar de la cama y dirigirme a la ventana para ver a todas aquellas damas y caballeros, el entoldado y las mesas con caballete sobre las que se disponían los canapés y los cuencos con el ponche. Sentía curiosidad: ¿por qué todos se dirigían hacia el estanque? ¿Cuál era el origen de todo ese júbilo? Así que bajé a toda prisa para unirme a ellos.

Y entonces, cuando había recorrido la mitad del césped, di media vuelta y regresé corriendo a casa para coger la cámara. ¿Por qué lo hice? Creo que ahora, después de todos estos años, tengo una ligera idea. Quería capturar aquel momento, esa amable reunión en el jardín durante una cálida tarde de verano en Inglaterra; capturarla y encerrarla para siempre. De algún modo, sabía que tenía la capacidad de detener el implacable avance del tiempo y conservar aquella escena, aquella fracción de segundo en la que todas aquellas damas y caballeros, ataviados con sus mejores galas, se reían, indiferentes y despreocupados. Los captaría en un instante, para siempre, gracias a las propiedades de mi maravillosa máquina. Tenía en mis manos el poder de detener el tiempo, o eso me imaginaba.

Libro primero: 1908-1927

1. Una chica con una cámara

 

Ahora que lo pienso, hubo un error el día que nací. Ahora no parece importante, pero el 7 de marzo de 1908 —hace mucho tiempo, casi setenta años atrás— mi madre se enfadó mucho. No obstante, fuera como fuese, yo nací y mi padre, siguiendo las estrictas órdenes de mi madre, insertó un anuncio en el Times. Yo era la primogénita, así que el mundo —los lectores del Times de Londres— tenía que ser debidamente informado. «El 7 de marzo de 1908, Beverley y Wilfreda Clay tuvieron un hijo varón, Amory.»

¿Por qué puso «hijo varón»? ¿Para fastidiar a su esposa, mi madre? ¿O fue el perverso deseo de que yo no fuera una niña, el hecho de que no quisiera tener una hija? Me pregunto si fue por eso que más tarde intentó matarme. Cuando me encontré ese recorte reseco y amarillento escondido en un álbum, hacía décadas que mi padre había muerto. Demasiado tarde para preguntarle. Otro error.

Beverley Vernon Clay, mi padre, aunque sin duda vosotros y sus pocos lectores (casi todos desaparecidos hace ya mucho) le conocéis como B. V. Clay. Un escritor de relatos cortos de principios del siglo XX —relatos sobre todo de fantasmas y de lo sobrenatural—, novelista fracasado y hombre de letras en el más amplio sentido. Nacido en 1878, murió en 1944. Esto es lo que de él dice el Oxford Companion to English Literature (tercera edición):

 

Clay, Beverley Vernon

B. V. Clay (1878-1944). Escritor de relatos cortos, reunidos en sus libros La tarea ingrata (1901), Maligna canción de cuna (1905), Placeres culpables (1907), El Club Viernes (1910) y otros. Escribió varias historias del mundo de lo sobrenatural, de las cuales la más conocida es «La bendición de la belladona». La dramatizó Eric Maude (vid.) en 1906 y se representó durante más de tres años, llegando a las mil representaciones en el West End londinense (véase Teatro eduardiano).

 

No es gran cosa, ¿verdad? Pocas palabras para resumir una vida complicada y difícil, pero también es más de lo que nos corresponderá a la mayoría de nosotros en los diversos canales de la posteridad que registrarán nuestro breve paso por este pequeño planeta. Por extraño que parezca, siempre estuve segura de que nunca se escribiría nada sobre mí, la hija de B. V. Clay, pero resultó que me equivocaba...

De todos modos, aunque conservo recuerdos de mi padre de los años de mi primera infancia, tengo la impresión de que solo comencé a conocerlo cuando regresó de la guerra —la Gran Guerra, la guerra de 1914-1918—, cuando yo tenía diez años, y, en cierto modo, ya había recorrido un buen trecho a la hora de convertirme en la persona que soy actualmente, con esta misma personalidad. Así que esa brecha en el tiempo que la guerra impuso tuvo su importancia, pues todo el mundo me dijo que cuando volvió era un hombre distinto, irreversiblemente transformado por sus experiencias. Ojalá lo hubiera conocido mejor antes de ese trauma y, en cualquier caso, ¿quién no querría viajar en el tiempo y conocer a sus padres antes de que se convirtieran en sus padres? Antes de que «madre» y «padre» los transformaran en figuras del mito doméstico, para siempre atrapadas y fijas en el ámbar de esos apelativos y sus consecuencias.

La familia Clay.

Mi padre: B. V. Clay.

Mi madre: Wilfreda Clay (de soltera Reade-Hill) (n. 1879).

Yo: Amory, primogénita. Una niña (n. 1908).

Hermana: Peggy (n. 1914).

Hermano: Alexander, conocido siempre como Xan (n. 1916).

La familia Clay.

 

* * *

 

EL DIARIO DE BARRANDALE, 1977

 

Aquella noche regresaba en coche a Barrandale procedente de Oban —en el embrujado ocaso de un verano escocés— cuando vi que un gato montés cruzaba la carretera, a menos de doscientos metros del puente que enlazaba con la isla. Paré el coche enseguida y apagué el motor, y me quedé mirando, a la espera. El gato se detuvo en su lento avance y volvió la cabeza hacia mí, casi de manera altiva, como si le hubiera interrumpido. Sin pensar, eché mano a la cámara —mi vieja Leica— y me la llevé a los ojos. Pero entonces la bajé. No hay fotografías más aburridas que las de animales (comentarlo). Me quedé observando cómo aquel gato pinto —del tamaño de un cocker spaniel— terminaba su pedante travesía por la carretera y enseguida se perdía en la nueva plantación de coníferas. Puse en marcha el motor y volví a mi granja, extrañamente eufórica.

Yo lo llamo «la granja», pero su denominación postal es Druim Rigg Road, 6, isla de Barrandale. Dónde están los números del 1 al 5 es algo que ignoro por completo, porque la cabaña se alza solitaria en su pequeña bahía, y la carretera, Druim Rigg Road, termina allí. Es una casa sólida del siglo XIX, de dos plantas, muros gruesos y habitaciones pequeñas, con dos chimeneas y dos edificios anexos de poca altura y una planta adosados a cada lado. Supuse que alguien había cultivado la tierra cien años atrás, pero de todo eso no quedaba ni rastro. La cubrían tejas musgosas y los muros estaban revestidos de cemento, envejecidos hasta adquirir un bilioso y desagradable gris verdoso que ya había pintado de blanco al mudarme.

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LA GRANJA DE LA ISLA DE BARRANDALE, ANTES DE LAS REFORMAS Y DE PINTARLA, C. 1960.

 

La parte delantera daba a una pequeña calle sin nombre, y si volvías la cabeza a la izquierda, al oeste, podías ver la punta meridional de Mull y, más allá, la extensión gris, azotada por el viento, del inmenso océano Atlántico.

Entré por la puerta principal y Flam, mi perro, un labrador negro, emitió su glótico y grave ladrido de bienvenida. Guardé la compra y me dirigí hasta la habitación que utilizaba de sala de estar, para comprobar cómo iba el fuego. Tenía una gran estufa acristalada que había instalado en el hueco de la chimenea, donde quemaba ladrillos de turba. La llama era tan escasa que arrojé unos ladrillos más. Me gustaba la idea de quemar turba en lugar de carbón, como si consumiera antiguos paisajes, eones completos de tiempo, geografías enteras, que se transformaban en ceniza mientras me calentaban la casa y el agua.

Todavía era de día cuando llamé a Flam y nos fuimos a dar un paseo hasta la bahía. Me quedé en la pequeña playa en media luna, mientras Flam merodeaba entre los pecios que trae la marea y las pozas que forma, y observé cómo el día se convertía en noche, contemplando las maravillosas transformaciones tonales del ocaso en su cambio de luces: cómo el naranja-sangre pasaba imperceptiblemente a un azul hielo sobre el filo de cuchilla del horizonte, mientras escuchaba la interminable invitación al silencio del océano: shh, shh, shh.

 

* * *

 

Cuando nací —en la Inglaterra eduardiana—, «Beverley» era completamente aceptable como nombre de chico (al igual que Evelyn, Hilary, Vivian), y me pregunto si fue por eso por lo que mi padre eligió para mí un nombre andrógino: Amory. Creo que los nombres son importantes, y que no habría que escogerlos a la buena de Dios. El nombre se convierte en tu etiqueta, tu clasificación; es como te refieres a ti misma. ¿Qué podría ser más importante? Solo he conocido a otro Amory en toda mi vida, y era un hombre: un hombre aburrido, por cierto, y su interesante nombre tampoco lo hacía más animado.

Cuando nació mi hermana, mi padre ya estaba en la guerra, y mi madre consultó con su hermano, mi tío Greville, qué nombre ponerle al recién nacido. Entre ambos se decidieron por algo «familiar y sólido», o eso dice la tradición familiar, y de este modo la segunda hija de los Clay se llamó «Peggy»; no Margaret, sino directamente un simple diminutivo. Quizá fue así como mi madre decidió contrarrestar el andrógino nombre de «Amory» que me habían puesto a mí, y que ella no había elegido. Peggy llegó así al mundo; Peggy, sólida y familiar. Creo que no ha existido nadie con un nombre tan equivocado. Cuando mi padre regresó a casa de permiso para conocer a su hija de seis meses, el nombre quedó completamente consolidado, y todos nosotros la conocimos como «Peg», «Peggoty» o «Peggsy», y ya no se pudo hacer nada. A mi padre nunca le gustó de verdad ese nombre, Peggy, y como resultado nunca quiso del todo a Peggy, creo, como si fuera una especie de huérfana que hubiéramos recogido. Ya veis lo que quiero decir acerca de la importancia de los nombres. ¿Quizá Peggy tenía la impresión de que le habían puesto un nombre equivocado porque a su padre no le gustaba especialmente, como tampoco a ella? ¿Fue otro error? ¿Fue por eso por lo que posteriormente se lo cambió?

En cuanto a Alexander, «Xan», fue una solución de mutuo acuerdo. El padre de mi madre, un juez comarcal que murió antes de que yo naciera, se llamaba Alexander. Fue mi padre quien al instante lo abrevió a Xan, y así se quedó. Y esos éramos los hijos de los Clay: Amory, Peggy y Xan.

 

Lo primero que recuerdo de mi padre es verle cabeza abajo en el jardín de Beckburrow, nuestra casa, cercana a Claverleigh, en East Sussex. Era algo que podía hacer sin ningún esfuerzo, un truco que había aprendido de joven. No había más que darle un cuadrado de césped, y con toda facilidad se colocaba sobre las manos y daba unos pasos. No obstante, después de que lo hirieran en la guerra, lo fue haciendo cada vez menos, por mucho que le imploráramos. Decía que le provocaba dolor de cabeza y se le desenfocaba la vista. De todos modos, cuando éramos pequeños no hacía falta que insistiéramos. Le encantaba ponerse cabeza abajo, según él, porque reajustaba sus sentidos y su perspectiva. Hacía el pino y decía: «Chicas, os veo colgadas de los pies como si fuerais murciélagos, y lo siento mucho por vosotras, ya lo creo, en vuestro mundo al revés con la tierra encima y el cielo abajo. Pobrecitas». ¡No, no, le gritábamos nosotras, eres tú quien está cabeza abajo, papá, no nosotras!

Recuerdo verle llegar de permiso, vestido de uniforme, después del nacimiento de Xan. Este ya tenía tres o cuatro meses, de manera que debía de ser hacia finales de 1916. Xan nació el 1 de julio de 1916, el primer día de la batalla del Somme. Es la única vez que recuerdo haber visto a mi padre de uniforme —capitán B. V. Clay, Orden por Servicios Distinguidos—, la única ocasión en que lo vi como un soldado. Supongo que debí verlo uniformado otras veces, pero recuerdo ese permiso en concreto probablemente porque acababa de nacer Xan, y mi padre lo sostenía en brazos con una expresión extraña e inmutable en la cara.

Al parecer, había dejado instrucciones precisas acerca del nombre que quería para su tercer hijo: Alexander si era un varón; Marjorie si era una niña. ¿Cómo lo sé? Porque a veces, cuando me enfadaba con Xan y quería meterme con él, lo llamaba «Marjorie», así que debía de ser algo que todo el mundo sabía. Tengo la impresión de que todas las historias familiares, todas las historias personales, son tan imprecisas y poco de fiar como las historias de los fenicios. Deberíamos anotarlo todo, llenar todos los huecos, si pudiéramos. Y por eso escribo estas líneas, queridos míos.

 

Durante la guerra, el hombre al que más vimos, pues de vez en cuando vivía con nosotros en Beckburrow, era el hermano menor de mi madre, Greville, mi tío Greville. Greville Reade-Hill había sido observador de fotorreconocimiento en el Real Cuerpo Aéreo, y era una especie de leyenda tras haber salido ileso de cuatro accidentes de aviación, hasta que en el quinto se rompió la pierna derecha por cinco sitios y lo declararon no apto para el servicio. Recuerdo verlo cojear por Beckburrow enfundado en su uniforme. Y a continuación se transformó en Greville Reade-Hill, fotógrafo de sociedad. Detestaba que lo llamaran «fotógrafo de sociedad», aun cuando esa era, de manera evidente y exacta, su profesión. «Soy fotógrafo —decía quejumbroso—, de manera impura y no tan simple». Greville —nunca lo llamé tío, él nos lo tenía prohibido— fue quien le dio un rumbo a mi vida, sin saberlo, cuando me regaló una Kodak Brownie n.º 2 al cumplir yo siete años, en 1915. Esta es la primera fotografía que tomé.

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EN EL JARDÍN DE BECKBURROW. PRIMAVERA DE 1915.

 

Greville Reade-Hill. Dejad que lo rememore justo después de la guerra, cuando su carrera comenzaba a despegar, titubeante pero sin lugar a dudas ascendente, como un globo de hidrógeno semilleno. Era alto, de hombros anchos, y bien parecido; solo una nariz un poco grande de más estropeaba su belleza. La nariz Reade-Hill, no la nariz Clay (yo también tengo la nariz Reade-Hill). Una nariz ligeramente grande puede darte un aspecto más interesante, en eso Greville y yo siempre hemos estado de acuerdo: ¿quién quiere parecer «convencionalmente» apuesto o hermoso? Yo no. No, muchas gracias.

No recuerdo gran cosa de esa primera fotografía, ese primer y memorable chasquido del obturador que constituyó el pistoletazo de salida de una carrera que ya no abandonaría el resto de mi vida. Fue una fiesta de cumpleaños —creo que era el de mi madre— celebrada en Beckburrow en la primavera de 1915. También creo recordar un entoldado en el jardín. Greville me enseñó a cargar la película y cómo funcionaba la cámara. La simplicidad encarnada: mirabas por el cuadrado pequeño y límpido del visor, escogías un objetivo y apretabas la palanquita que había a un lado. Clic. Hacías correr la película y tirabas otra.

Oí las carcajadas en el jardín y corrí a buscar mi cámara. A continuación crucé correteando el césped y enfoqué la lente hacia las señoras tocadas con sombrero y de largos vestidos que caminaban rumbo a las hayas que, en un extremo del jardín, ocultaban el estanque.

Clic. Saqué la foto.

Pero los recuerdos que guardo de ese día tienen más que ver con Greville. Del momento en que se acuclilló a mi lado para enseñarme cómo funcionaba la cámara, lo que ha permanecido en mi mente, más que ninguna otra cosa, es el olor de la pomada o macasar que se ponía en el pelo: un aroma a natillas y jazmín. Creo que lo que utilizaba era Rowland’s Macasar. Era muy quisquilloso con la ropa y con su aspecto personal, como si siempre estuviera exhibiéndose de una manera u otra, o, ahora que lo pienso, como si fueran a fotografiarlo. Y quizá era así: al dedicarse a fotografiar a gente con sus mejores galas, era muy consciente de su propio aspecto, a cualquier hora del día. No creo haberle visto jamás despeinado ni con la ropa desarreglada, excepto en una ocasión... Pero ya llegaremos a eso a su debido tiempo.

 

Beckburrow, East Sussex, nuestra casa. De hecho, yo nací en Londres, en Hampstead Village, donde vivíamos en una pequeña mansión alquilada de dos plantas en Well Walk, a unos cien metros del parque de Hampstead Heath. Nos marchamos de allí cuando yo tenía dos años porque mi padre se hizo temporalmente rico de resultas de los derechos de autor que recibió de la adaptación teatral de Eric Maude de su relato «La bendición de la belladona». Aprovechó sus ganancias para comprar una vieja casa con un jardín de casi dos hectáreas a poco menos de un kilómetro del pueblo de Claverleigh, East Sussex (entre Herstmonceaux y Battle). Hizo añadir una nueva ala que servía de cocina, con unos cuantos dormitorios en la zona de arriba, e instaló luz eléctrica y calefacción central: todo muy moderno en 1910. He aquí lo que The Buildings of England: Sussex tenía que decir acerca de Beckburrow en 1965:

 

CLAVERLEIGH, un pequeño pueblo sin ningún plan urbanístico, pero con considerable encanto, que queda por debajo de los South Downs. Una calle serpenteante acaba en una pequeña iglesia, St. James the Less, en el extremo sur (1744, reconstruida en 1865 en una versión híbrida y sin interés de estilo clásico). [...] BECKBURROW, 800 metros al E por el camino a Battle, una buena y espaciosa casa del siglo XVIII con materiales atractivos —ladrillo, pedernal, piedra caliza— y restos de la estructura de madera en uno de los tejados. Las pequeñas ventanas con maineles de la antigua fachada le proporcionan un aire de inmensa solidez. Sobrios añadidos neogeorgianos (1910) con un tejado a cuatro aguas muy inclinado. Discreta, una casa para vivir más que una exposición de buen gusto. Un buen GRANERO de madera.

 

Esa era la impresión que siempre me provocó Beckburrow: «Una casa para vivir». Allí fuimos felices, la familia Clay, o eso me pareció cuando era pequeña. Incluso cuando papá volvía a casa después de la guerra —delgado, irritable, incapaz de escribir—, se diría que nada cambió la apacible atmósfera que rodeaba el lugar. Teníamos una niñera, dos doncellas, una cocinera (la señora Royston, que vivía en Claverleigh) y un jardinero/factótum llamado Ned Gunn. Yo iba a una especie de preescolar en Battle, a la casa de la maestra, y me llevaba Ned Gunn en un carruaje de dos ruedas, hasta que compramos nuestro propio automóvil en 1914 y Ned añadió la palabra chófer a su lista de habilidades.

Cuando mi padre volvió, en aquellos primeros años tras la guerra, parecía que lo único que le proporcionaba auténtico placer eran aquellos largos paseos que daba hasta el mar, cerca de los Downs, a las playas de Pevensey y Cooden. Caminaba a grandes zancadas, delante de sus hijos y de los amigos y parientes que nos acompañaban en aquel momento, como un flautista de Hamelín ligeramente chalado, instándonos a no quedarnos atrás. «¡Vivo ese paso, vamos, vamos!», nos gritaba cuando nos entreteníamos a explorar.

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Mi madre se nos unía más tarde con el coche, y al final del día nos llevaba de vuelta a casa. No obstante, en cuanto llegábamos a la playa era evidente de inmediato que el humor de mi padre había cambiado. La animación del paseo daba paso a una irritabilidad taciturna cuando se sentaba a fumar su pipa mirando al mar. Nunca le prestamos mucha atención. Tu padre siempre ha sido un tanto melancólico, decía mi madre, siempre dándole vueltas a algo. Es un escritor que no puede escribir, y eso le pone de mal humor. Y así era como soportábamos sus interminables silencios, solo rotos cuando se lanzaba a despotricar como un poseso en los momentos en que por fin perdía la paciencia y se ponía a deambular por la casa gritándole a todo el mundo, bramando: «¡Un poco de paz y tranquilidad, por amor de Dios! ¿Es mucho pedir?». Nosotros simplemente nos escabullíamos, y mi madre lo calmaba, llevándolo de vuelta a su estudio mientras le susurraba al oído. No tengo ni idea de lo que le decía, pero al parecer funcionaba.

Los padres, por raros que puedan ser en realidad, a sus hijos siempre les parecen «normales». De hecho, el comprender poco a poco la rareza que define a tus padres constituye un presagio de que estás madurando, una señal de que te estás volviendo adulto, de que te estás convirtiendo en la persona que serás. En aquellos primeros años en Beckburrow, desde que nos mudamos hasta mediados de la década de 1920, todo parecía ir bien en nuestro pequeño mundo. Los criados iban y venían, el jardín florecía; daba la impresión de que Peggy era una especie de niña prodigio del piano; el pequeño Xan se convirtió en un muchacho autónomo, reflexivo y casi simplón, capaz de pasarse horas entretenido ideando complejas estructuras con un puñado de palitos y hojas, o construyendo una pequeña presa en el arroyo que había al final del césped, al sur, creando un pequeño imperio de ríos y lagos y canales de irrigación, por los que se zarpaba en pequeñas balsas de madera en minúsculos viajes de descubrimiento. Aquello lo mantenía ocupado todo el día, hasta que lo llamaban para cenar.

¿Y nuestra Amory? ¿Y yo? Hasta ese momento, todo iba bien. Después de asistir a la escuela de Battle, comencé la primaria en Hastings. Luego, en 1921, se anunció que me iba de casa, a un internado femenino, la Escuela Femenina Amberfield, cerca de Worthing. Cuando me marché rumbo a Amberfield (me acompañaba mi madre, y Ned conducía), y a medida que nos íbamos alejando de Beckburrow, comprendí por primera vez en mi vida el nivel de dolor, injusticia y decepción que resumimos en la palabra traición. Mi madre no quiso escucharme: «Eres una chica afortunada, es una escuela maravillosa, no protestes tanto. Detesto las protestas y a los protestones».

Volvía a casa para las vacaciones, desde luego, pero como era la única ausente, me sentía como una especie de forastera. Habían convertido el granero en una sala de música para Peggy: estaba revestido de madera, pintado, con una alfombra en el suelo y amueblado con un piano de media cola, donde le daba clases una tal madame Duplessis, de Brighton. Xan deambulaba por el jardín y los caminos que había en torno a la casa, un mozalbete solemne con una singular y voluble sonrisa. Al parecer, mi padre pasaba casi toda la semana en Londres, buscando algún trabajo literario. Consiguió un empleo a tiempo parcial como editor y colaborador de la revista Strand, y era lector de diversas editoriales. El dinero de «La bendición de la belladona» se estaba agotando. En 1919 se estrenó una producción en Nueva York, que cerró al cabo de un mes, pero los cheques seguían llegando por correo, el legado misterioso y permanente de una obra que una vez fue un éxito. Yo tenía la impresión de que mi madre estaba contenta al frente de aquella gran casa, o sentada en el estrado del tribunal de primera instancia de Lewes, o iniciando y organizando obras de beneficencia en los pueblos de East Sussex que había alrededor de Claverleigh: fiestas, tómbolas, mercadillos de segunda mano.

Y Greville, que vivía en Londres, venía de vez en cuando. Yo tenía la impresión de que solo él era mi amigo. Me enseñó a sacar fotos mejores cambiando mi Box Brownie por una 2A Kodak Jnr., con una lente extensible sobre un soporte en acordeón, y una misteriosa tarde oscureció la despensa, desempaquetó sus bandejas y frascos de olor acre, y me enseñó la asombrosa alquimia de coger las imágenes atrapadas en la película y, mediante la aplicación de productos químicos —el revelador, el baño de paro, el fijador, el lavado—, convertirlas milagrosamente en negativos que luego se podían positivar en fotos en blanco y negro.

Sin embargo, todavía siento el escozor del resentimiento por mi destierro. Un día reuní valor suficiente para enfrentarme a mi madre y preguntarle por qué me había mandado a un internado mientras Peggy y Xan se quedaban en casa. Mi madre hizo que me sentara y me cogió las manos. «Peggy es un genio —dijo con toda tranquilidad—, y Xan tiene problemas». Y se acabó, ahí quedó todo hasta que mi padre se volvió loco de remate.

 

* * *

 

EL DIARIO DE BARRANDALE, 1977

 

Le doy de comer a Flam, mi perro, mi leal y cariñoso labrador, y, a medida que la noche de verano cae lentamente, enciendo las lámparas de aceite. Utilizo mi generador diésel para mi pequeña nevera, la lavadora y mi aparato de radio y alta fidelidad. No quiero luz eléctrica ni televisión, y de todos modos, tampoco me queda demasiado de estar por aquí, por lo que no tiene sentido hacer más mejoras en la casa. Vivo en un cómodo limbo tecnológico, una casa que está en un término medio: por un lado, lavadora, música, las noticias del mundo y cubitos de hielo para mi gin tonic; y por el otro, un fuego de turba y ese especial resplandor que emiten las lámparas de aceite, ese leve y permanente titubeo de la mecha incandescente, el malvavisco que brilla con luz tenue, generando ese sutil juego de sombras que le da vida a la habitación, que en cierto modo respira, palpita.

En realidad, Barrandale no merece el nombre de isla. Está separada del oeste de Escocia por un estrecho «canal», de entre quince y veinte metros en su parte más ancha. Y en ese canal hay un puente, el «Puente sobre el Atlántico», como nos gusta llamarlo pomposamente a los del lugar. Hay otra isla que también cuenta con un puente de piedra (el nuestro está hecho de vigas y traviesas de ferrocarril) más famoso, más impresionante y más antiguo, pero el nuestro es tres metros más largo que el otro, lo cual nos hace sentirnos un poco superiores: cruzamos una porción mayor del Atlántico. Sin embargo, Barrandale es sin la menor duda una isla, y conducir por el puente —cruzando el canal— te contagia, casi sin que te des cuenta, de una mentalidad isleña.

Resultó que el hecho de que me mandaran a estudiar a un internado fue el resultado de un testamento, tal como averigüé más adelante. La muerte de una tía abuela (por parte de madre) le otorgó a la familia Clay cierta suma de dinero para la educación de Amory, sobrina nieta y primogénita. Los ingresos de mi padre, que iban disminuyendo poco a poco y eran siempre irregulares, no le habrían permitido pagar la tarifa trimestral que exigía Amberfield, pero, si no me hubiera enviado allí, o a algún sitio parecido, tampoco habríamos cobrado el dinero. Hay que ver cómo corrientes completamente extrañas y desconocidas pueden modelar nuestras vidas. ¿Por qué no me lo dijeron mis padres? ¿Por qué fingieron que la decisión era suya? Me apartaron de las comodidades y seguridades familiares de Beckburrow, y encima tenía que sentirme agradecida, privilegiada.

Mi madre era una mujer alta, con gafas, un tanto voluminosa. Consiguió ocultar con gran éxito cualquier afecto que pudiera haber sentido por sus hijos. Tenía dos expresiones que utilizaba constantemente: «No me gusta el alboroto» y «Pues te aguantas». Siempre era paciente con nosotros, pero de una manera que parecía sugerir que tenía la cabeza en otra parte, que podría estar haciendo cosas más interesantes. Siempre la llamábamos «madre», como si fuera una categoría, una definición, y no reflejara nuestra relación, como si dijéramos «ferretera» o «historiadora». Esta es la clase de diálogo que solía darse con ella:

 

    YO: Madre, ¿podría tomar otra porción de manjar blanco, por favor?

  MADRE: No.

  YO: ¿Por qué no? Ha quedado mucho.

  MADRE: Porque lo digo yo.

  YO: ¡Eso no es justo!

  MADRE: Bueno, pues vas a tener que aguantarte, ¿entendido?

 

Nunca vi ninguna verdadera expresión de afecto entre mi madre y mi padre, aunque al mismo tiempo he de admitir que tampoco vi ninguna señal de resentimiento ni hostilidad.

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MI MADRE EN COODEN BEACH EN LA DÉCADA DE 1920. TOMADA CON MI 2A KODAK JNR. XAN RÍE DETRÁS DE ELLA.

 

El padre de mi padre, mi abuelo, Edwin Clay, era minero en Staffordshire, y había asistido a clases nocturnas en el Working Men’s College. Estudió, se sacó un título y acabó su carrera profesional como director de la editorial Edgeware & Rackham, donde con el tiempo acabaría siendo director ejecutivo de cinco revistas especializadas relacionadas con la industria de la construcción. Llegó a ser lo bastante rico como para mandar a sus dos hijos a la escuela privada. Mi padre, un muchacho inteligente, obtuvo una beca para el Lincoln College, en Oxford, y se convirtió en escritor profesional (su hermano menor, Walter, murió en la batalla de Jutlandia en 1915). Supongo que el salto generacional fue extraordinario, y sin embargo, siempre percibía en mi padre que esa mezcla familiar de orgullo por sus éxitos se combinaba con..., no, no era vergüenza, pero sí con cierto retraimiento, inseguridad: una inseguridad social inglesa. ¿Alguien lo tomaría en serio como escritor, a él, el hijo de un minero? Creo que una de las razones por las que compró Beckburrow, lo amplió y vivió como un terrateniente fue para demostrarse que aquellas inseguridades no le afectaban y quedaban completamente borradas. Se había convertido del todo en una persona de clase media; un escritor de éxito con varios libros que habían encontrado una buena acogida y casado con la hija de un juez, con tres hijos, que vivía en una casa grande y codiciable en la zona rural de East Sussex. Y sin embargo, su felicidad no era completa. Y entonces vino la guerra y todo se fue al garete.

Creo que esta noche debería comenzar a ordenar todas estas viejas cajas de fotos. O puede que no.

 

* * *

 

Es 1925. Estamos en la Escuela Femenina Amberfield, en Worthing. Mi mejor amiga, Millicent Lowther, se había pegado un bigote postizo y se lo estaba alisando con la punta de los dedos.

—Ha sido lo único que he podido encontrar —dijo—. Solo tenían barbas.

—Es perfecto —dije—. Solo quiero hacerme una idea del efecto.

Estábamos sentadas en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Me incliné hacia delante y la besé con suavidad, labio con labio, sin gran presión.

—No frunzas los labios —dije sin apartarme—. Los hombres no fruncen los labios.

El contacto con el bigote postizo no era desagradable, aunque, puestos a elegir, siempre preferí un labio superior bien afeitado. Me desplacé ligeramente, cambié de ángulo y sentí el cosquilleo de esos pelillos en la mejilla. No, era soportable.

En Amberfield, las chicas mayores practicábamos el beso con regularidad, pero debo decir que la experiencia no era muy diferente de besarte los dedos o la parte interior del brazo. Como nunca había besado a un hombre, y ya tenía diecisiete años, no estaba segura de a qué venía tanto alboroto, como habría dicho mi madre.

Nos separamos.

—¿Eres una apasionada de los bigotes? —preguntó Millicent.

—La verdad es que no. Es solo que Greville se lo ha dejado, y quería comprobar qué se sentía.

—Ah, ese guapísimo Greville. ¿Por qué no lo invitas a visitarte?

—Porque no quiero ver cómo os lo coméis con los ojos. ¿Tienes los pitillos?

Comprábamos cigarrillos a uno de los jóvenes jardineros de Amberfield, un chaval bastante corto, de labio leporino, que se llamaba Roy.

—Ah, sí —dijo Millicent, y tras rebuscar en los bolsillos sacó un pequeño envoltorio de papel y una caja de cerillas.

Millicent me gustaba mucho. Era una chica inteligente y sardónica, casi tanto como yo, pero habría preferido que tuviera los labios más carnosos, los mejores para practicar los besos, pues su labio superior era casi inexistente.

Introduje uno de sus pequeños Woodbine en el interior de la boquilla de ébano que le había robado a mi madre.

—No son más que Woodbine —dijo Millicent—. Me temo que no son gran cosa.

—No esperarás que un pobre proletario como Roy fume Craven «A».

—Roy, el plebeyo. Supongo que no, pero estos me queman la garganta.

—Mientras te dé vueltas la cabeza.

Encendí el cigarrillo de Millicent y a continuación el mío, y expulsamos el humo hacia el techo. Estábamos en mi «cuarto oscuro», un trastero para los utensilios de limpieza delante del laboratorio de química.

—Gracias a Dios que tus productos químicos apestan tanto —dijo Millicent—. ¿Qué es este olor?

—Es el fijador. Se llama hipo.

—No me sorprende que nadie haya atisbado el olor a humo de cigarrillo en tu pequeño cubil.

—Ni una vez. ¿Es atisbado el mot juste?

—Es una palabra que debería usarse más a menudo —dijo Millicent, un tanto engreída, pensé, como si ella misma hubiera inventado el verbo de manera espontánea.

—Pero correctamente —la reprendí.

—Pedante. Irritantemente pedante.

—Aparte de nosotras, solo la Mataniños entra aquí, y ella me adora.

—¿Crees que de veras es una femme, la Mataniños?

—No, creo que es asexuada —di una calada a mi Woodbine, sintiendo que la cabeza ya me daba vueltas—. No creo que sepa de verdad lo que siente.

La Mataniños era en realidad la señorita Milburn, la profesora de Ciencias, y yo le debía mucho. Me había conseguido ese trastero para las cosas de limpieza y me había animado a instalar allí mi cuarto oscuro. Tenía unas cejas densas y sin depilar que casi le llegaban a la nariz, y de ahí su apodo.

—Pero ¿nosotras no somos femmes? —preguntó Millicent—. ¿Y nos besamos así?

—No —dije—. Solo lo hacemos para instruirnos, para comprender lo que sería besarse con un hombre. No somos unas amargadas, querida —amargada era la palabra en argot que se utilizaba en Amberfield para pervertida.

—Entonces, ¿por qué quieres besar a tu tío? ¡Puaj!

—Muy sencillo. Estoy enamorada de él.

—¡Y dices que no eres una amargada!

—Es el hombre más guapo, más divertido, más amable y más sardónico que he conocido. Si estuvieras en su presencia, cosa que no ocurrirá nunca, lo comprenderías.

—A mí me parece un poco raro.

—En la vida todo es un poco raro, si te paras a pensarlo —estaba citando a mi padre: era algo que él decía de vez en cuando.

Millicent se puso en pie con el cigarrillo entre los labios y se apretó los pequeños pechos.

—No me imagino a un hombre haciéndome esto. Frotándome los pechos. ¿Cómo iba a sentirme, a reaccionar? A lo mejor le daba un puñetazo.

—Por eso conviene que primero lo probemos aquí. Un día saldremos de esta jungla y seremos libres. Tenemos que hacernos una idea de cómo van a ser las cosas.

—A ti no te afecta —dijo Millicent, a regañadientes—. El mundo en que tú te mueves... escritores, fotógrafos de sociedad... Mi padre es comerciante de madera.

—No se lo contaré a nadie.

—¡Descarada! ¡La reina de las descaradas!

—No soy ninguna esnob, Millicent. Mi abuelo era minero en Staffordshire.

—Preferiría que mi padre fuera escritor a comerciante de madera, eso es todo lo que digo —con cuidado, Millicent se quitó el bigote postizo y apagó su cigarrillo—. ¿Vamos a besarnos más? —preguntó—. Todavía no hemos probado con lengua.

—¡Amargada! Debería darte vergüenza —me puse en pie y contemplé las fotografías que había puesto a secar en una cuerda. En algún lejano pasillo sonó un timbre.

—Creo que tengo que ir a supervisar a algunos de los especímenes más jóvenes —dijo—. Te veo luego, querida.

Se marchó y con mucho cuidado descolgué las fotos. No positivaba todos los negativos que revelaba, pues no quería desperdiciar papel en contactos. Examinaba el negativo con una lupa y solía estar muy segura de las fotos que acababa eligiendo. En mi idea de la fotografía, la decisión de positivar resultaba fundamental, y a todas las fotos que seleccionaba tenía que ponerles título. No sabía por qué lo hacía —supongo que por alguna vaga relación con la pintura—, pero si titulaba una fotografía, esta se fijaba en la memoria de manera más fácil y permanente. Podía recordar casi todas las fotos que había positivado: un archivo de la memoria; un álbum en mi cabeza. También creo que, en esa fase de la vida, todo el proceso de la fotografía seguía pareciéndome increíble. La permanente magia del proceso de atrapar una imagen en una película tras exponerla brevemente a la luz, y luego, con la ayuda, controlada con precisión, de productos químicos y papel, producir una imagen monocroma de ese instante en el tiempo, todavía poseía su atractivo embrujo.

En aquel momento, después de que Millicent se marchara obedeciendo a la llamada de timbre, cogí mis tres nuevas fotografías —rígidas, secas— y las coloqué sobre la pequeña mesa que había en un extremo de aquel trastero. Las había titulado: Xan, volando; Niño con paleta y sombrero y En el Lido. Estaba satisfecha con las tres, sobre todo con Xan, volando.

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XAN, VOLANDO, 1924.

 

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EN EL LIDO, 1924.

 

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NIÑO CON PALETA Y SOMBRERO (XAN CLAY), 1924 .

 

Un caluroso día de finales de agosto habíamos ido al Westbourne Swimming Club Lido de Hove, donde tenían una piscina de agua salada no climatizada de media hectárea de extensión, en cuyo extremo había un trampolín situado a siete metros y medio de altura. Xan tuvo que lanzarse tres veces antes de que yo quedara contenta con la foto que había tomado del salto.

Escribí los títulos en el dorso de las fotos con un lápiz blando, añadí la fecha y las introduje en el álbum. Las tres fotos se parecían en que se trataba de instantáneas naturales de gente en movimiento. Me gustaba fotografiar a gente en acción: caminando, bajando las escaleras, corriendo, saltando y, lo más importante, que no miraran hacia la lente de la cámara. Me encantaba el modo en que la cámara era capaz de captar esa animación suspendida e irreflexiva. La imagen de alguien completamente detenido en el tiempo: su siguiente paso, su siguiente gesto, su siguiente movimiento, incompletos para siempre. Detenidos en aquella postura, por mí, con el chasquido del obturador. Creo que entonces ya era consciente de que solo la fotografía podía hacer eso con tanta confianza, con tan poco esfuerzo. Solo la fotografía podía llevar a cabo ese truco mágico de detener el tiempo, de capturar ese milisegundo de nuestra existencia, permitiéndonos vivir para siempre.

Dos días después me encontraba en la sala de estudio de sexto participando en un enfrentamiento de miradas con Laura Hassall. Era ella quien me había retado, pero yo sabía que ganaría: siempre ganaba los enfrentamientos de miradas. Se nos permitía hablar entre nosotras, buscando provocar una pérdida de concentración o distraernos a fin de que se interrumpiera el contacto visual.

—Stanley Baldwin ha sido asesinado —dijo Laura.

—¿Eso es todo lo que se te ocurre?

—No. Lo han asesinado de verdad.

—Bien. Era un hombre horrible.

Seguimos mirándonos la una a la otra, las caras separadas dos palmos, la barbilla apoyada en la mano, ojo con ojo. Todas las que estaban en el aula hacían los deberes, sin que les interesara ni remotamente nuestro enfrentamiento.

—¿Laura?

—¿Sí?

—Rómulo y Remo. ¿Has oído hablar de ellos?

—Esto... Sííí —lo dijo como lo haría una zopenca, irritada.

—Entonces, imagina —dije en un tono especulativo, como si aquella idea se me acabara de ocurrir—, imagina que Roma la hubiera fundado Remo, en lugar de Rómulo.

—Sí. ¿Y qué?

—En ese caso, la ciudad se llamaría Remo.

Laura se puso a pensar en ello de manera instintiva, y perdió. Porque parpadeó.

—¡Maldita sea! ¡Mierda!

Llamaron a la puerta y apareció un espécimen de los primeros cursos. Se me quedó mirando. A los especímenes de los primeros cursos no se les permitía hablar a menos que te dirigieras a ellos.

—¿Qué ocurre, odiosa niña? —dije.

—Dios quiere verte.

«Dios» era nuestra directora, la señorita Grace Ashe. Cuando estaba con ella, yo siempre me andaba con ojo, pues sospechaba que me tenía calada, veía cuál era mi naturaleza. Llamé a la puerta de su despacho y esperé, consciente de que estaba un poco tensa, nerviosa, sin terminar de controlar la situación. Era extraño que te llamara a esa hora de la tarde. La oí decir: «Entre», y comprobé mi uniforme, alisé las arrugas de las rodillas de mis medias marrones de hilo de Escocia y empujé la puerta.

El «despacho» de la señorita Ashe no hacía honor a ese nombre: era una sala de estar, con un gran escritorio de raíz de nogal cubierto de papeles y carpetas ubicado en un hueco del aposento. Podría haber estado en una casa de campo. La alfombra era de un azul marino oscuro con una cenefa escarlata; había un sofá alargado encarado a dos butacas, todo ello forrado con unas fundas sueltas de hilo blanco, y delante había un escabel alargado, tapizado y acolchado sobre que el que se desperdigaban algunos libros. El papel pintado tenía una franja color café con crema, y los cuadros de la habitación eran originales y modernos, paisajes estilizados y naturalezas muertas cuyo autor era el hermano de la señorita Ashe, Ivo (que había muerto en la guerra). Unas cortinas azul pálido de arpillera llegaban hasta el suelo, y las lámparas de la mesa emitían un tenue resplandor detrás de unas pantallas oscuras de pergamino. Comprendí que en aquella habitación el gusto se exhibía con naturalidad, aunque también con discreción.

La señorita Ashe tenía cuarenta y pocos años, pues los habíamos calculado, y era una mujer pálida y delgada, de pelo caoba oscuro que llevaba peinado hacia atrás y recogido en un moño complejo y muy apretado. Todas coincidíamos en que era «chic». Millicent y yo habíamos decidido que parecía una primera bailarina retirada. En realidad, todas nos sentíamos bastante amedrentadas e intimidadas por su actitud elegante e impasible, aunque mi estrategia consistía en no demostrarlo nunca. Delante de ella procuraba mostrarme inusitadamente despreocupada y alegre, y creo que a consecuencia de ello mi actitud la irritaba considerablemente, consciente de que fingía por ella. Conmigo era siempre bastante brusca y severa. Sin sonrisas, por norma.

Pero cuando me hizo una seña para que me sentara, estaba sonriendo. Durante un par de segundos me dejó desarmada.

—Buenas tardes, señorita Ashe —dije, procurando tomar la iniciativa—. Lleva una bonita pulsera.

Observó la pesada pulsera de plata y baquelita que lucía en la muñeca como si no recordara habérsela puesto.

—Gracias, Amory. Siéntate.

Ella también se sentó y cogió una carpeta de cartón que abrió sobre las rodillas. Llevaba un vestido de tarde color verde esmeralda, adornado con un pañuelo amarillo limón en el cuello. Levantó la tapa de la pitillera plateada que había sobre la mesa, junto a su silla, extrajo un cigarrillo, buscó el mechero y encendió el cigarrillo, todo ello sin apartar la mirada de la carpeta abierta. Ya habíamos observado que la señorita Ashe fumaba de manera deliberada delante de las alumnas mayores: era una provocación. Y así, provocada, hablé.

—Supongo que ese es mi dossier.

Levantó la vista.

—Es tu expediente. Todas las alumnas tienen un expediente.

—Con todos los datos.

—Con todos los datos que conocemos... —inclinó la cabeza, como para estudiarme mejor. Sus ojos azul pálido no parpadearon. Yo no quería entablar un enfrentamiento de miradas con la señorita Ashe, así que humillé la mía y recogí una pelusa invisible de mi falda—. Estoy segura de que hay muchos más «datos» que no conocemos.

—No lo creo, señorita Ashe —esbocé una dulce sonrisa—. No tengo nada que ocultar.

—¿De verdad? Así que ...