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SUEñOS A MEDIDA

Núria Pradas

4


Fragmento

1

Camprodon, primavera de 1926

Era una tarde suave, sin un soplo de viento. Una tarde primaveral perfumada de sol. El automóvil, un flamante Boattail amarillo, avanzaba por la carretera flanqueada por olmos. No hacía mucho habían dejado atrás Sant Pau de Segúries y se acercaban a Camprodon.

Ferran conducía concentrado en la carretera. A su lado, Roser, su mujer, contemplaba en silencio el desfilar de los árboles con sus enormes ojos de mirada asustadiza como pájaros sin alas, casi ocultos por el sombrero cloché ceñido a la cabeza. De pronto un rayo de sol centelleó con fuerza entre las copas de los árboles y una luz nueva, más alegre, refulgió en la mirada de Roser. Volvió la cabeza y miró a su marido esbozando una sonrisa. Su mano enguantada reposaba en el hombro de él. Ferran sintió la liviana mirada y también la caricia y las agradeció con la mejor de sus sonrisas, sin desviar la atención de la carretera repleta de curvas que se extendía ante los dos. Fue cuestión de segundos. Unos segundos en los que ambos, Ferran y Roser, olvidaron pensamientos que nublaban sus mentes como si las tuvieran llenas de humo.

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***

El matrimonio formado por Ferran Clos y Roser Molins estaba ligado a una de las casas de moda más prestigiosas de Barcelona: Santa Eulalia. Roser era hija de Antoni Molins Gil, que había regentado el negocio hasta su muerte, en 1917, y hermana del actual propietario, Andreu Molins Ros.

Ferran Clos había empezado a trabajar en Santa Eulalia en el año 1918 en unas circunstancias un tanto especiales. Ocupó al principio una plaza de dependiente en la sección de caballeros, aunque muy pronto el joven director Andreu Molins advirtió en él un alma de artista dotada para el dibujo, el sentido del color y el gusto por las texturas. Ferran Clos encajaba como un guante en el engranaje de Santa Eulalia, y Andreu Molins no desaprovechó aquel potencial que tan bien se ajustaba a sus proyectos de expansión. Así nació el tándem indestructible que conduciría a Santa Eulalia a su época dorada. Gracias a la sensatez de Andreu Molins, el clarividente y eficaz empresario, y a la pasión creadora de Ferran Clos, lo que nació como un humilde almacén de tejidos se convirtió en nombre de referencia en el mundo de la alta costura barcelonesa.

Además de un trabajo de gran responsabilidad y que lo entusiasmaba, Santa Eulalia ofreció a Ferran un regalo inesperado: Roser. Cuando la conoció, ella era una joven de dieciocho años, tirando a alta, y rubia, de formas algo alejadas del modelo de mujer de la época, más frágil y andrógina. Roser tenía el cutis níveo, la nariz patricia, unos labios finos que sonreían poco y unos enormes ojos oscuros de mirada melancólica. Su rostro sereno a primera vista parecía algo triste. Pero solo a primera vista, porque quien se ganaba su confianza sabía que aquellos ojos podían llegar a brillar con chispas juguetonas y que sus labios sabían sonreír y lo hacían, cuando quería, con una ingenuidad seductora.

Poseía, además, una educación exquisita; era una joven que sabía estar, como decían los mayores. Sabía seguir una conversación y también intervenir en ella si convenía, no en balde había sido educada en los mejores colegios religiosos para señoritas de la ciudad condal. Poseía también una elegancia innata, casi aristocrática, que la hacía brillar en cualquier reunión y atraía un sinfín de miradas cuando descendía la gran escalinata del Liceu del brazo de su padre o de su hermano.

Ferran se enamoró de ella porque él se enamoraba de todas las muchachas hermosas que le salían al paso. Pero de Roser se enamoró de otra manera, ya que enseguida supo ver el papel que desempeñaría en su vida: el de la estabilidad, precisamente el ingrediente que faltaba en la fórmula de su existencia demasiado impetuosa, con tendencia a desbocarse. Se casaron en Sant Pau del Camp el 18 de mayo de 1921. Ferran tenía veinticinco y Roser veintiuno. Aunque era innegable que Ferran había ganado a pulso su posición en Santa Eulalia con su talento, también era evidente que con aquel enlace se hacía realidad su deseo de emparentar con una familia muy conocida en la ciudad. Ahora formaba parte de la Casa con pleno derecho. Sin duda se abría ante él un apasionante futuro y se hacía realidad uno de sus más secretos objetivos, los que se había marcado el invierno de 1918, cuando llegó a Barcelona y a Santa Eulalia con una carta de su padre, el doctor Clos, en la mano.

Sin embargo, antes de aquella esplendorosa mañana de mayo en que se celebró la boda, había habido traiciones, secretos y mentiras.

Y dolor.

Mucho dolor.

***

Roser volvió a fijar la vista en los árboles. ¡A qué velocidad cruzaban ante sus ojos! Casi llegaban a marearla. Pensó que así de veloces habían transcurrido aquellos cinco años de matrimonio con Ferran.

Y también muy distintos de como los habría querido. Todos les auguraban un futuro resplandeciente. Y lo cierto es que no se podía quejar de la vida que llevaba junto a su marido: viajes, fiestas… Lo tenía todo, incluso antes de desearlo. Era la vida que había soñado, para la que había sido educada y, sin embargo, no era feliz.

Roser se enamoró de Ferran en cuanto lo vio por primera vez, en la tienda. Era un joven desbordante de simpatía, seguridad, vitalidad. No muy alto, pero sí apuesto. Llevaba el pelo castaño claro engominado y peinado hacia atrás. Sus labios esbozaban casi siempre una sonrisa traviesa, tan traviesa como sus ojos, pequeños y vivaces, que recordaban las canicas con las que jugaban los niños, de cristal y con unas venillas de color en su interior. Siempre estaba atento a su apariencia y vestía con esmero. A Roser le encantaba el suave cosquilleo del bigote pequeño y recortado de Ferran al besarla. ¡Y cómo la besaba entonces! Pero aquel tiempo le parecía ahora muy lejano, el tiempo en que le hacía la corte y le decía las palabras más hermosas que nadie le había dicho jamás. Cuando le escribía cartas cada semana, cartas ardientes, con palabras que no se podían pronunciar, solo escribir.

Aquella había sido la mejor época de la vida de Roser. Feliz. Sí. Roser había sido feliz, había vivido días de plenitud, sinceros y alegres.

Esperanzados.

Dorados y azules.

Fueron los días que antecedieron a las ausencias, a las huidas, a las sospechas.

Sospechas.

¡Cuántas sospechas!

Comenzaron antes de casarse. Sin embargo entonces Roser todavía conservaba intacta la esperanza. También la ingenuidad. Pensaba que cuando fuesen marido y mujer podría doblegar a la bestia huidiza que Ferran parecía llevar dentro.

Pero se equivocaba. La fiera era indomable. Tras la simpatía y el encanto de Ferran se escondía un gran mujeriego, un irresponsable sin límites, un egoísta, eso sí, irresistible y encantador. Las sospechas se volvieron certidumbres. La felicidad se resquebrajaba. Ferran decía siempre que la amaba. ¡Y la amaba! Pero no solo a ella.

Pasaba el tiempo y Roser esperaba ilusionada la llegada de los hijos que harían indestructible su débil y frágil unión. Pero no venían, y su ausencia era como una sombra oscura que crecía día a día en su pecho.

Al principio, la falta de hijos fue una frustración más. Como la muchacha que era, educada para desempeñar a la perfección su papel en sociedad, Roser había aprendido a llevar la decepción de puertas adentro y sabía fingir una entereza de ánimo que estaba lejos de sentir. Iba a todas las fiestas, reía, bailaba y se consolaba pensando que ella y su marido todavía eran jóvenes y tenían todo el tiempo del mundo para ser padres. No obstante, cada mes que transcurría sin ver cumplido su gran deseo, ese consuelo mudaba en tristeza y sus sueños se diluían en una especie de rabia sorda que le llenaba el alma entera.

Con el paso del tiempo, la decepción se fue convirtiendo en obsesión. La pena era tan honda y la llevaba tan adherida en su interior que ya no la podía esconder y sintió la necesidad de hablar de ello con Ferran.

—Los hijos llegarán a su debido tiempo, querida, no lo dudo en absoluto. Lo que debes hacer es tener confianza y dejar de preocuparte.

Pero las palabras de Ferran pasaban de largo sin llegar a su corazón y Roser se hundía de nuevo en esa herida que le escocía rabiosamente. Entonces la nostalgia y la desilusión crecían.

En cambio, Ferran olvidaba en el acto la desazón de su joven esposa. Aunque quería ser padre, ese deseo era secundario en su vida. ¡La tenía tan colmada! De secretos, de amores, de trabajo, de proyectos…

¡Los proyectos! ¡Los proyectos de Andreu y Ferran! Eran los que estaban convirtiendo a Santa Eulalia, los viejos almacenes del Pla de la Boqueria, en un negocio moderno que, inspirado en las tendencias más innovadoras de París, estaba a punto de introducir la alta costura en Barcelona.

En especial el último proyecto. Roser nunca olvidaría el rostro de Ferran cuando le explicó la nueva aventura que él y Andreu pensaban emprender.

—Queremos crear nuestra propia colección. La primera. Toda nuestra. Una colección con el toque inconfundible de la casa.

Roser se estaba peinando ante el tocador del dormitorio. Solo llevaba puesta una combinación de pantalón corto, rabiosamente moderna, de color crudo y adornada con cintas de crespón de China color fresa. Seguía en la imagen que le devolvía el espejo el nervioso ir y venir de su marido que hablaba entusiasmado. No podía estarse quieto y gesticulaba de forma exagerada, tan vehemente como de costumbre.

—¿Te acuerdas de la boutique de Madeleine Vionnet en la Quinta Avenida?

—¡Pues claro!, te encantó. Estuviste una semana entera hablando de ello —respondió Roser sonriente.

—Es cierto; y seguro que recuerdas por qué —replicó Ferran cada vez más entusiasmado—. No solo es una tienda de modas. No, no lo es. Ahí, Roser, reside el genio de una creadora, una gran creadora. Por primera vez vi con claridad la importancia de la creatividad artística aplicada a la moda. ¡Impactante!

—Bueno, como en las grandes casas de París. No olvides que Vionnet es francesa. Y su moda también lo es. En moda, todo lo que es bueno, impactante como tú dices, es francés —puntualizó Roser, segura de su axioma.

—No, querida, Vionnet es mucho más. Impacta de otro modo. Ella ha cruzado un océano. ¿Y sabes cómo lo ha hecho? Imponiendo a las clientas, a los encargos, a las tendencias, su genio creador. Por no hablar de sus habilidades técnicas, de su capacidad de innovación. No solo es una modista. ¡Es una artista, sin duda alguna!

Ferran cerró los ojos, como si quisiera visualizar los vestidos de Madeleine Vionnet en todo su esplendor. Cuando volvió a hablar, su voz pareció más entusiasmada que antes:

—¿Te acuerdas de los vestidos cortados al bies? ¿Ves?, eso es lo que te quería dar a entender: ¡innovación! Costuras en diagonal, faldas con muchísimo vuelo, blusas sin hombros… En una palabra: ¡sensualidad! Una moda completamente nueva que se ajusta a las clientas. Por no hablar de los tejidos. ¡Los tejidos! Qué manera de trabajar los tejidos: los crepés de China, los chiffon, satenes, sedas…

Ferran calló, inmerso en sus pensamientos. Roser, con el cepillo en la mano, se volvió para observarlo. Él retomó al fin su discurso con voz más tranquila. Sus pensamientos fluían, transformados en palabras:

—Hasta ahora en Santa Eulalia nos hemos limitado a acercar a la clientela los productos franceses. Esta ha sido la máxima aspiración de nuestras clientas: vestir a la moda de París.

—Y les hemos ofrecido lo mejor de esa moda, ¿no crees? —dijo Roser, poniéndose en pie con sus grandes ojos abiertos, rebosantes de la curiosidad que la conversación despertaba en ella.

Ferran se acercó algo más a su mujer:

—¡No es suficiente, Roser! Ahora vamos a ofrecerles unos vestidos, una moda, que las distinguirá de todo el mundo. Todos sabrán quién se viste en Santa Eulalia, cuál es nuestro estilo. Vamos a presentar esta nueva moda con un gran desfile.

Roser soltó una carcajada.

—¿Un desfile? ¿Como los que vimos en París?

—Mejor, mucho mejor. Será todo un espectáculo y…

—¡No te precipites!

—¿Te parece que sueño? ¿Como el cuento de la lechera? —observó él algo molesto.

—¿Me estás preguntando si dudo de ti? De ningún modo, cariño. Eres capaz de conseguir cuanto te propongas. Estoy completamente segura. Y si además te ayuda el cabezota de mi hermano…

Volvió la cabeza de nuevo al espejo del tocador. Comenzó a peinarse, pero las palabras de su marido la dejaron helada.

—Por eso he pensado en irnos una temporada al chalé de tus padres en Camprodon.

Al cabo de pocos segundos de silencio absoluto, Roser se volvió hacia su marido con una sorpresa manifiesta:

—¿A Camprodon ? Pero… ¡si no voy allí hace años! Si tú ni conoces la casa. ¿Qué se nos ha perdido en Camprodon?

—No creas que la idea me entusiasma, ¡créeme! Ya sabes que soy hombre de ciudad. Pero Andreu ha insistido. Dice que no quiere distracciones. Hay que presentar la colección en septiembre. Cree que son imprescindibles un par de meses de retiro en pleno corazón de los Pirineos.

—Claro, ¡Andreu!

Los ojos, los labios, el ademán de Roser, todo ponía de manifiesto su disgusto. El modo en que su hermano hacía las cosas a menudo la sacaba de quicio. ¿Por qué nunca consultaba nada con nadie? Aquella decisión le afectaba también a ella y sin embargo era la última en enterarse.

—Hay muchos sitios donde podrías estar tranquilo y dibujar sin que nadie te moleste. La casa de Camprodon es un lugar… poco acogedor. Desde que papá murió, mamá va solo unos días en agosto, y Andreu y su familia, casi nunca. ¡No entiendo cómo se le ha ocurrido proponerte que vayas precisamente a Camprodon para preparar la colección! —dijo, y se le endureció todavía más el gesto—. ¡No me apetece nada!

Abandonó el cepillo sobre el tocador y fijó los ojos, anegados en lágrimas, en las lamparitas blancas y en forma de tulipán que rodeaban el espejo. Ferran se dirigió hacia la puerta encendiendo un cigarrillo. Antes de salir, como si su mente estuviese ya lejos de allí ocupada en otros asuntos, dijo:

—Aunque si prefieres quedarte en Barcelona lo entenderé. Me sabrá mal, pero lo entenderé. Me pasaré el día entero dibujando. No quiero que te aburras… Puedo ir solo.

—¡De ningún modo!

***

—¡De ningún modo!

Esa había sido la respuesta de Roser cuando Ferran le había propuesto quedarse sola en Barcelona. Ella iría donde él fuese. Y por esta razón se dirigían a Camprodon esa luminosa tarde de primavera.

Llegaron a primera hora de la tarde. Tras la última curva entraron al pueblo y lo cruzaron hasta el paseo de la Font Nova.

Era el primer paseo urbanizado que se construyó en Camprodon, íntimamente ligado al recuerdo del doctor Robert, impulsor del veraneo de la burguesía barcelonesa en la localidad. Discurría desde el Camí de Dalt hasta la fuente. Se plantaron árboles, se instalaron bancos de piedra y hasta iluminación eléctrica en unos arcos de hierro, y muy pronto empezaron a proliferar las villas señoriales.

—¡Es un lugar maravilloso! —gritó Ferran para hacerse oír por encima del ruido del motor.

—Sí, lo es, aunque por lo que he oído, un tal Maristany está proyectando otro paseo que se dice que será todavía mejor —respondió Roser mientras señalaba con el dedo una verja de hierro abierta—. Es por aquí.

Cruzaron la verja y enfilaron el camino bordeado de árboles que conducía a una gran casa de tres pisos y planta cuadrada. La fachada estaba enlucida en las esquinas con cambios de textura y color. Un frondoso jardín la rodeaba. El automóvil se detuvo frente a la casa y el motor enmudeció.

—¡Espléndida!

Ferran, ya fuera del coche, contemplaba el caserón entusiasmado. Roser descendió tras él y miró también la casa en la que tantos veranos había pasado. En el jardín, las ramas se balanceaban despacio susurrando al contacto de la brisa. Tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido en un escenario vacío. Se estremeció, pero no a causa del frío. Al momento sintió el suave calor del abrigo de terciopelo marrón que Ferran, solícito y amable, había ido a buscar al coche y le había echado sobre los hombros. Se lo agradeció con una sonrisa. Se dirigieron a la puerta de entrada, pero antes de llegar, esta se abrió y apareció la figura rechoncha de una mujer.

—¡¡Agustina!!

Roser lanzó un grito y, como si fuera la niña que había sido, subió corriendo las escaleras y abrazó a la mujer.

—Bienvenida, señorita, dichosos los ojos que la vuelven a ver. Nos tenía muy olvidados.

Agustina era la gobernanta que, junto con su marido, Tomás, cuidaba la propiedad durante todo el año. Se abrazó a Roser con los ojos llenos de lágrimas de emoción. La joven se deshizo de aquellos brazos acostumbrados al trabajo duro para poder observarla con detenimiento. Pudo comprobar que Agustina ya no era la misma mujer que vivía en sus recuerdos. Ahora tenía la frente surcada de arrugas y bolsas púrpura bajo los ojos. Pero en los labios se le dibujaba la misma sonrisa de siempre.

Entraron en la casa. Agustina les abrió paso hasta la gran sala comedor con el techo artesonado que daba al amplio jardín. Había una hilera de ventanales con vidrieras de colores; cuando el sol los iluminaba se producía un estallido fascinante, como de fuegos artificiales.

Roser se había quitado el sombrero y se peinaba con una mano su pelo corto y pálido, cortado al más rabioso y moderno estilo garçon. Recuerdos escondidos la acechaban desde cada rincón. Recuerdos nebulosos, vacilantes, tal como sombras quietas en el fondo de un lago.

Palideció.

—Está usted blanca como la cera. ¿Se encuentra bien?

—Un poco mareada, Agustina. ¡Con tantas curvas!

La gobernanta se echó a reír y se dirigió a Ferran, que contemplaba la escena con una sonrisa que le marcaba los hoyuelos de las mejillas.

—Tiene que saber el señorito que cuando la señorita era pequeña y venía en verano, siempre llegaba mareada, con la cara blanca como el papel. ¡Igual que ahora! Entonces le preparaba una infusión y se recuperaba. ¿Se acuerda, señorita?

—Claro que sí, Agustina.

—Voy a pedirle a Teresita que le sirva cuanto antes una infusión y luego descansa hasta la hora de la cena.

—¿Teresita?

—¿No se acuerda de mi hija Teresita?

En aquel instante hizo su aparición en el umbral de la puerta un hombre corpulento de aspecto simpático que hacía girar una gorra entre las manos, acompañado de una muchachita de no más de catorce años, morena de piel, pelo negro recogido en una cola de caballo y ojos más negros todavía, tímidos y curiosos a la vez.

—¡Tomás! —exclamó Roser mientras se adelantaba para saludar al hombre, que se secaba la mano en el pantalón de pana antes de ofrecérsela.

—¡Señorita Roser, bienvenida!

—¡Y tú… debes de ser Teresita!

La chica alzó sus negros ojos unos breves instantes y los bajó de nuevo, avergonzada.

—¡Dios mío, cómo has crecido!

Agustina empezó enseguida a organizar a todo el mundo y a repartir faenas.

—Vamos, Teresita, ve a la cocina y prepara una buena tisana para la señorita y algo de merienda para el señorito. Que no sea poca, para que no se quede con hambre, ni demasiada, para que no la pierda para cenar. ¡Y tú, hombre, no te quedes aquí como un pasmarote!, ve al coche a buscar el equipaje de los señoritos, que seguro que querrán mudarse de ropa…

Roser se había acercado a los ventanales. Abrió uno. Tuvo la sensación de que el paisaje tan familiar y olvidado iba en su busca. De que la requerían aquellos apacibles días de verano de su infancia, de su adolescencia. También las densas noches repletas de luz de luna.

Y todavía no sabía si le gustaba reencontrarse con esos días. Con aquellas noches.

No lo sabía.

No.

2

En cuanto la luz del alba perdía su timidez, Ferran se levantaba y se encerraba en el despacho que había sido del padre de Roser y que él había acondicionado para dibujar. La casa dormía. El sol salía despacio, venciendo la neblina que aún se arrastraba por la hierba del jardín. Agustina, en la cocina, empezaba los preparativos para la nueva jornada.

A pesar de que el trabajo le apasionaba y absorbía todos sus sentidos, Ferran echaba en falta Barcelona. De día: la vida de sus bulevares, las calles tan concurridas y transitadas. Y al anochecer: esa Barcelona que se encendía en los teatros y en las salas de espectáculos mientras la otra dormía feliz, entregada a las rondas nocturnas de los serenos. ¡Cómo echaba de menos las luces, los ruidos de Barcelona, el oleaje de la vida embistiendo su querida ciudad!

Por suerte, los momentos de añoranza eran escasos. Y es que Ferran parecía poseído por una enfermiza fiebre creadora que lo incapacitaba para cualquier cosa que no fuese dibujar. Cada día, encerrado en el despacho donde nadie, ni siquiera Roser, se atrevía a molestarlo, llenaba innumerables libretas de minúsculos figurines, verdaderos jeroglíficos que tomaban forma y sentido en su imaginación y que solo él podía descifrar. Garabateaba frenéticamente horas y horas sin descanso, como un niño que acabara de descubrir los mundos maravillosos a los que solo se puede acceder con lápiz y papel.

De vez en cuando se quedaba absorto en uno de aquellos indescifrables garabatos. Era como si le hubiera alcanzado un rayo. Una idea se había apoderado de él. Se detenía en ella. Insistía. Le daba forma y descubría una silueta que le complacía y le guiñaba el ojo. Acaso —cómo saberlo—, se encontraba ante un futuro diseño de la soñada colección. Aunque para confirmar esta sutil sensación necesitaba trabajar sin descanso, hasta que tras incontables horas conseguía encontrarse de nuevo con el poder de sugestión de aquel pequeño esbozo.

***

En el dormitorio de matrimonio, en cuanto el sol que se colaba por las rendijas de la ventana hacía su recorrido y llegaba casi hasta la almohada, Roser abría los ojos y gozaba con la visión de los haces de luz, que eran como un polvillo dorado que volaba hasta ir a morir al suelo. Con la sonrisa en los labios, lenta y perezosa se levantaba, se vestía con un salto de cama y abría la ventana de par en par. ¡Aquella primavera, en Camprodon, el cielo parecía recién lavado! Y ella, rodeada de esa naturaleza dorada y cálida, sentía renacer una paz de espíritu que creía olvidada. El retiro, la obligada soledad que había temido tanto con la única compañía de Ferran, la había devuelto a otros tiempos, más felices e inocentes. Se sentía de nuevo plenamente enamorada de aquel hombre que ahora tenía para ella sola y, como antes, como siempre quizá, se dejaba arrastrar a conciencia y con serenidad por él, convertida en su sombra, en una presencia muda e indiferente a todo lo demás. Se aseó y se vistió con la somnolencia pegada todavía a los párpados. Se arreglaba como si llevara una intensa vida social, aun a sabiendas de que su puesta en escena tenía un único espectador. Había llenado las maletas con los modelos de la nueva temporada. De todos, sus preferidos eran los conjuntos de chaqueta y falda de punto de lana recién adquiridos en París y que había popularizado Gabrielle Chanel. Eran el máximo exponente de la modernidad. Las líneas sencillas, la falda plisada por debajo de la rodilla, de un solo color, sobrio, combinada con prendas más deportivas, le resultaban cómodas en aquel obligado retiro campestre, tanto si iba a dar un paseo por Camprodon como si se quedaba en casa leyendo o cosiendo, sus aficiones preferidas.

Antes de bajar a desayunar buscaba entre los numerosos complementos que llenaban su tocador algo con que romper tanta sencillez: acaso un collar de perlas, un broche bonito o alguno de los extravagantes brazaletes que había traído del último viaje a París. Cuando por fin daba el visto bueno a la imagen que le devolvía el espejo, Roser se dirigía al despacho donde Ferran dibujaba hacía horas, dispuesta a arañar un poco, solo un poco, de su tiempo. Intentando no hacer ningún ruido, con pasos sosegados abría la puerta, se colaba en el santuario y lanzaba un suave «buenos días» que quedaba flotando en el aire, indeciso. En cuanto la oía, Ferran se pasaba una mano por el pelo, se volvía para mirarla, con el cigarrillo colgando de los labios, y sonreía entre una nube de humo. De sus labios salía también un «buenos días» que para Roser era como una ola cálida, como un beso que contenía toda la dulzura del mundo.

Le habría gustado alargar aquellos instantes siempre breves, pero temía interrumpir a Ferran; se conformaba con apoyarse en silencio en el sillón y mirarle dibujar. Sin mediar palabra, le retiraba el pelo de la frente, lo peinaba con los dedos y luego le presionaba los hombros en señal de despedida.

Ferran, sin volverse, le decía:

—Hasta luego, querida.

—Hasta luego —respondía ella, tan bajito que le era difícil reconocer su propia voz, y con el corazón de plomo salía del despacho.

La charla de Agustina la entretenía mientras desayunaba. La mujer le ponía al corriente de cuanto ocurría en el pueblo, le hablaba de gentes que Roser no conocía o que hacía tiempo que se le habían perdido entre los pliegues de la memoria. Agustina siempre la hacía reír, aun cuando no tuviera ganas.

—Pues sí, señorita, dicen que el paseo del señor Maristany será tan despampanante que hará caer de espaldas. ¿Quién se va a creer eso? Aquí en Camprodon ya tenemos un paseo despampanante. El paseo de la Font. ¿Para qué queremos otro?

—Mujer, todo sea por la prosperidad del pueblo.

—Nada, ¿dónde se ha visto? ¡Otro paseo! No dejarán títere con cabeza. Pero deberán echar mano de la suerte si quieren salirse con la suya, porque tal como están las cosas, ya pueden ir pidiendo peras al olmo.

Entretanto, la joven Teresa iba de la cocina al comedor y del comedor a la cocina procurando que no le faltara nada a Roser mientras intentaba no perderse detalle de la conversación. La chica, más bien callada y con una carita que parecía sacada de una novela romántica, se había encariñado con la señorita de Barcelona, a la que encontraba deslumbrante. La seguía a todas partes con los ojos muy abiertos, como dos estanques de aguas oscuras que quisieran absorber cada detalle de la figura de Roser: los vestidos que le llegaban por debajo de la rodilla y dejaban ver las piernas torneadas y brillantes bajo las medias transparentes; las sedas lustrosas de los pañuelos que se anudaba al cuello, los hermosos bolsos que llevaba al salir, los zapatos de tacón bajo y cuadrado con lazos y tiras sujetos al empeine. Los sombreros que le ocultaban el pelo cortado a lo garçon, tan infantiles, tan primaverales. Su olor…

Teresa tenía todo el santo día el perfume de Roser pegado a la nariz. La señorita olía a violetas. Era el olor de un mundo desconocido para ella. Porque en su mundo la gente no olía a flores, sino a sudor y a trabajo. Las mujeres de su entorno, su madre, las escasas amigas, ella misma, se vestían con prisas cada mañana, sin ceremonias. Bastaba ponerse las enaguas encima de la camisa con la que dormían, de lana en invierno o de algodón en verano. Y encima una falda y una blusa. La ropa interior se mudaba una vez por semana. Así era su mundo.

No había momento más emocionante en el día de Teresa que cuando entraba en el dormitorio de los señoritos para limpiar y hacer la cama. Los primeros días no se atrevía a tocar las cosas de Roser ni para quitarles el polvo. Sentía un extraño miedo de contaminarlas con sus manos poco acostumbradas a tocar cosas hermosas. Sin embargo, poco a poco, el deseo y la curiosidad vencieron al miedo. Un día, mientras arreglaba el tocador, Teresa cogió un brazalete que Roser usaba a menudo. Era grande, de marfil blanco y brillante con una gran piedra roja incrustada en el centro, de la que salían rayos dorados terminados en brillantitos. Se la probó. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Cómo pesaba! Cerró los ojos y se dejó llevar por los deseos enloquecidos y desconocidos que aquel objeto despertaba en ella.

El atrevimiento fue en aumento y Teresa se permitió explorar el armario de Roser, repleto de ropa maravillosa. Primero se conformó con acariciarla. Hasta que llegó el día en que, con manos trémulas de emoción, cogió un chal de seda, suave, muy suave, y se lo puso sobre los hombros. De este modo, y por unos minutos, entraba en el mundo de la señorita Roser y se impregnaba de sus perfumes, de aquel lujo desconocido y deseado. ¡Qué bonito para Teresa sentirse en el centro de un sueño teniendo la seguridad de estar despierta!

La chica ponía mucha atención en dejarlo todo bien doblado y ordenado. No porque pensara que hacía algo malo ni porque temiera ser descubierta, eso no le daba ningún miedo, sino porque sentía por la ropa de Roser y sus objetos un respeto profundo y reverencial. Jamás pudo imaginar que ella estuviese enterada de aquellas pequeñas intromisiones en su mundo.

Primero fueron detalles. Prendas que cambiaban de lugar en el armario. Algún collar que sobresalía del estuche, o sombreros intercambiados en las sombrereras. Nimiedades sin importancia que habrían pasado desapercibidas a cualquier otra persona menos ordenada y metódica con sus cosas que Roser.

La intriga, acaso también el tedio, la llevó a estar atenta a lo que ocurría en su dormitorio, a descubrir qué fantasma se paseaba por allí, aunque estaba bastante segura de poder ponerle cara: su fantasma era Teresa. En cuanto confirmó sus sospechas, se sintió extrañamente conmovida. Roser se preguntó, con dolorosa emoción, si algún día llegaría a ver la admiración que brillaba en los ojos de la joven Teresa en los de una hija suya. Una hija que imaginaba rubia como ella y con la mirada vital de su padre. El nombre le afloraba en los labios: se llamaría Carlota, y Ferran y ella misma la modelarían hasta convertirla en una buena persona, una mujer de provecho.

Los sueños de Roser y de Teresa se cruzaban, jugando al escondite sin encontrarse; mientras Teresa, en la habitación, simulaba ser una dama de sociedad, Roser, escondida en el pasillo, soñaba en convertirse en madre.

Quizá porque su corazón estaba ablandado por esta maternidad frustrada, Roser empezó a mirar a Teresa con ternura. Quizá también por eso se le ocurrió aquella idea.

***

Roser comía a pequeños mordiscos el delicioso bizcocho que Agustina le había preparado porque sabía que le encantaba. Se limpió con la servilleta las migajas de los labios, dio un largo sorbo de café con leche y dijo:

—Agustina, me ha parecido ver que mi habitación de soltera está como siempre, ¿verdad?

—Sí, señorita. Nadie la utiliza. Cuando vienen sus sobrinos, los hijos del señorito Andreu, duermen en la pequeña, la que tiene dos camas.

Roser hizo un leve signo afirmativo con la cabeza.

—Entonces, mi ropa de jovencita ¿sigue en el armario?

Teresa entró en el comedor con la bandeja del desayuno que iba a servir a Ferran en su despacho.

—¡Pues claro! —respondió Agustina—. Su señora madre no se cansa de decir que ya arreglará usted la habitación con la ropa y todos los objetos en cuanto venga. —La mujer hizo una pausa teatral aderezada con un hondo suspiro—. Pero como la señorita no viene nunca… Quiero decir hasta ahora.

Roser tomó otro sorbo del líquido caliente y dulce de café y siguió hablando con un brillo malicioso en los ojos.

—¿Sabes qué he pensado? El armario está lleno de vestidos pasados de moda pero son bonitos y de buena calidad. Me gustaría echarles un vistazo. Si Teresa quisiera ayudarme, podríamos escoger algunos y yo se los arreglaría. Ya sabes que me encanta coser …

No pudo terminar. Un estrépito procedente del corredor se tragó sus últimas palabras.

—Pero Teresita, mujer, ¿qué haces? ¿Te has vuelto loca? —rugió Agustina, con los ojos en blanco y un gesto exagerado de desesperación, mientras Roser sonreía con disimulo y se terminaba hasta la última gota de café con leche.

***

—¿Y este, te gusta?

Los ojos de Teresa se iluminaron ante el vestido a rayas blancas y azules que Roser acababa de sacar del armario. Ambas sonrieron al unísono, Teresa ilusionada. Roser, como pidiendo disculpas.

—Ahora se ve muy pasado de moda. ¡Imagínate, si es que debía de tener tu edad cuando lo llevaba! Pero fíjate en la tela. Qué caída tiene, ¿verdad? Es crepé de algodón. Buenísimo. ¡Cómo brillan aún los colores!

Teresa alargó la mano pero no llegó a rozar la tela deslumbrante. No se atrevió.

—Lo pasaré bien reformando estos vestidos. ¡Me encanta hacerlo! He pasado un montón de horas en los talleres de los almacenes, ¿sabes? Cuando no levantaba un palmo del suelo ya asomaba la nariz. Te aseguro que llevaba a las modistas por la calle de la amargura: les robaba retales, jugaba con los patrones… Casi sin darme cuenta empecé a distinguir las distintas clases de tejido: que si muselina de seda, que si chantillí… —Roser guardó silencio mirando a la chiquilla. Rompió a reír con una risa alegre, infantil—: No sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad?

—Sí, señorita Roser. Mi madre me ha dicho que la tienda de ustedes es…, es…

—¡Mira! —la interrumpió Roser, mientras le mostraba de nuevo el vestido que sostenía en alto—. Si le saco el volante del cuello y abro el escote y lo redondeo, acorto la falda justo bajo la rodilla… ¡quedará perfecto! Solo tenemos que encontrar un cinturón adecuado y… voilà! ¿Te lo imaginas, Teresita? —Claro está que Teresa no lo podía imaginar, pero hizo un gesto de asentimiento—. Ya hemos escogido este. Ahora vamos a por el cinturón. Debo de tener alguno en el armario. Ve y alcánzame la caja redonda de arriba. La que parece una sombrerera.

Teresa se apresuró a obedecer. Se subió a una silla y señaló una gran caja que sobresalía de las otras.

—¿Esta, señorita?

—Sí, cógela, pero con cuidado, no vayas a hacerte daño.

La caja era demasiado grande y Teresa no podía abarcarla con las dos manos. Cuando lo intentó, perdió el equilibrio, la silla se tambaleó y ella, para poder agarrarse a la silla y no caer, soltó la caja, que cayó al suelo con gran estrépito.

—Lo siento —dijo una Teresa compungida desde lo alto de la silla.

—¡Vaya susto! ¿Estás bien?

—Sí, señorita. Yo…

Roser se agachó para mirar el contenido de la caja diseminado por el suelo. De repente, se llevó las manos a la boca y ahogó un grito de sorpresa:

—¡Dios mío! No me lo puedo creer.

—Lo siento mucho… Yo… pensé que me caía.

Roser parecía no oírla, tan ensimismada estaba hojeando un pequeño cuaderno de cubiertas algo descoloridas por el tiempo. Los ojos se le habían humedecido de emoción.

—El diario… Mi diario. Ya no me acordaba de él. —Alzó la mirada hacia Teresa que, sin moverse, la observaba con inquietud—. Ahora déjame sola, por favor —le dijo, deseosa de unos momentos de privacidad.

La muchacha salió a escape de la habitación con un nudo en la garganta, pensando que Roser se había molestado con ella por ser tan torpe. Pero no era así.

Le habían regalado aquel diario el día de su decimotercer cumpleaños. Fue su madrina. ¡Sí! Lo recordaba bien. Había ido llenando sus hojas año tras año, escondiéndolo de miradas ajenas, como un tesoro secreto. Hasta que sin saber cómo, el diario desapareció de su vida. Lo extravió. Ahora comprendía que se lo había dejado allí, en Camprodon, bien escondido, como siempre. Y había quedado olvidado en su escondite. Quizá durante un tiempo lo echó en falta. Después, su padre murió y ella se hizo mayor de golpe. Y olvidó por completo el diario que la había estado esperando todo aquel tiempo, como un amigo paciente que nunca nos reprocha nada.

Roser lo abrió y escogió una página al azar:

4 de julio de 1916

Hoy mamá me ha regañado muchísimo. Estoy cansada de tanto llorar.

La cosa es que yo he ido al pueblo con María Camprubí; cuando volvíamos por el Camí de la Font, nos hemos encontrado con su hermano Víctor y unos amigos que iban en bicicleta. No los conocía a todos. Hemos estado charlando y riendo. El tiempo ha pasado volando y cuando he querido darme cuenta, ya era la hora de comer. Víctor, amablemente, se ha ofrecido a acompañarme hasta casa en su bicicleta. He subido detrás con las piernas encogidas para no tocar el suelo. Mamá ya estaba molesta por la hora que era, pero cuando me ha visto llegar con Víctor en la bicicleta se ha puesto como una fiera, y tan pronto como he entrado en el comedor ha empezado a gritarme y me ha mandado a mi habitación sin comer.

¿Se puede saber en qué piensa mamá? ¿Cree que aún soy una niña? ¿Cuándo llegará el día en que pueda ir y venir sin pedirle permiso a nadie? Sueño con aquel que me saque de aquí para siempre; porque en esta familia siempre está todo mal visto. ¡Hasta las cosas más inocentes!

Cuando encuentre con quien compartir mi vida, entonces volaré feliz. Libre y feliz. Estoy deseando conocer a esa persona que llegue para librarme de tantas cadenas.

En fin, suerte he tenido que Agus ...