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TARDE O TEMPRANO NOS ABRAZAREMOS

Antonio Dikele Distefano

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Fragmento

Luego ya no hablamos más

Voy en tren hacia Milán.

Llegaré dentro de un par de horas.

El regional es el transporte más barato para ir a verte a esta hora.

Hace un año que no te dejas ver. Cuando vuelves a provincias, evitas las plazas donde puedas encontrarte conmigo.

He pasado un año estancado en el mismo error.

De besos en la frente y amistades descoloridas con las que hablaba de ti.

Me he sentido mal y supongo que tú nunca te lo has preguntado.

La última vez que nos vimos, apartaste la mirada y fingiste no verme.

Yo también la aparté.

Por un instante, temí lo que pudiera suceder.

Me miraste lo suficiente. Igual que las otras veces desde que te dejé.

El problema no fue dejarlo, sino dejarse llevar después.

No fue salir, sino salir de aquello.

El problema es quién está dentro de ti, quién te echa en cara que respires en cuanto te asomas fuera. Quién te recuerda que la felicidad está sobrevalorada, porque en realidad solo dura un instante.

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Yo lo entendí mientras tú ibas diciendo por ahí que no sentías nada por nosotros, cuando en el fondo sentías rencor hacia mí.

Hacías una lista de las cosas que no querías soportar e incluías mi nombre.

«Me vale todo, siempre que no sea como Enrico.»

Aquella noche creí que mentías.

Que por pura prevención contestaste «Sí, yo también» a mi mensaje «Tengo que hablar contigo», porque no querías parecer incómoda.

«Diez minutos y estoy ahí. Baja, así no llamo.»

Y con tu política de «Lo leo y ya contestaré más tarde», me dejaste con la incógnita una vez más.

Estabas debajo de tu casa.

Yo volvía del trabajo y decidí ir a buscarte sin pasar por casa. Me esperabas sentada en el capó de un coche. Mirabas la ventana de tu habitación, fumabas.

En cuanto me veías, apagabas los cigarrillos, los tirabas al suelo y venías hacia mí.

Aquel día no, te lo fumaste hasta el filtro, en señal de desafío.

Me mirabas a los ojos mientras yo repetía mentalmente las frases que me había preparado la noche anterior.

Y pensar que mientras estuvimos juntos sin fallarnos, ciertas cosas no nos asustaban en absoluto.

Desde aquel día, no hemos vuelto a hablar, solo nos hemos dicho cosas, sin contarnos nada.

No ha habido un después.

Lo nuestro era una batalla perdida, como el usted en vez del tú.

—Hemos terminado, no podemos seguir así —te dije—. Por mucho que lo creas, no eres mejor que yo.

—Iba a decirte lo mismo —replicaste sin vacilar cruzándote de brazos—. Últimamente no eres tú. Y ahórrate tus frases de mierda, porque ya no me creo nada.

Parecías sincera y te fuiste porque no tenías nada más que decirme. Me dejaste en la entrada, como las primeras veces que te acompañaba a casa.

Luego ya no hablamos más, luego empezaste a fumarte los cigarrillos hasta el filtro cuando me veías.

Tú para mí ya no eres nadie

La última vez que te vi fue el 15 de agosto.

Estábamos en la playa. Con distintas compañías y a una distancia prudencial.

Con bastante ropa, porque aquí todos los años llueve ese día.

No sé qué hora era, pero era de noche.

Entre ruidos de sonrisas espontáneas de los que llevaban tiempo sin verse, hogueras, el aliento del mar, el olor a quemado y los silencios contrarios entre tiendas mal montadas, yo esperaba encontrarte allí, en medio de esas caras que en septiembre cogerían la autopista y se irían.

Cuando empieza el frío, todos huyen de aquí.

Vuelven a casa desde el mar y el mar no es la casa de nadie.

Septiembre es como una porra: dispersa multitudes.

En invierno, el mar se come la arena y los veraneantes van a pasear a otros sitios.

Regresan a sus ciudades, a sus vidas, a sus uniformes y roles, donde es posible imaginar las playas en invierno.

Donde pueden decir que es bonito y les gustaría estar allí.

Aquí no es posible.

Porque el viento te recuerda la presencia del mar, aunque no vayas a verlo.

Te recuerda lo triste que es sin gente.

Rodeado de arena y desesperación.

Esa fue la última vez que te vi. Luego te fuiste sin decir nada.

Me enteré por Facebook de que te habías trasladado a Milán porque aquí te ahogabas.

Tú, que solías decir «Lo malo de las redes sociales es que nos pasamos la vida demostrando que tenemos una vida. Pero la vida no es Facebook, tenemos que aspirar a ser para unos pocos».

—¿Irene no te ha dicho nada? —me preguntó tu hermana cuando me la encontré—. Ahora vive en Milán con Manuel. Lleva dos semanas allí.

Al leer en mi mirada que no me habías hablado del tema, me puso una mano en el hombro, como si quisiera disculparse.

Era como si el centro del mundo se hubiera desplazado contigo.

Es como si el centro del mundo se hubiera desplazado contigo.

Milán extirpa los afectos importantes, te escribí comentando en Instagram una foto de hace unos años de forma que solo lo leyeras tú.

Pero no me contestaste.

Cuando subía una foto, después de escribir un comentario, debajo del botón COMPARTIR siempre buscaba la opción CONTIGO, pero no estaba. Entonces clicaba en Facebook, como hace todo el mundo, y pensaba «Igual lo ve», pero olvidaba que no estabas entre mis amigos y que a lo mejor nunca lo habíamos sido.

Los amigos te escuchan, por mucho que te griten.

Tú me gritabas «¡Te estoy escuchando!».

No es que te eche de menos, es que soy yo quien no está. Soy tan raro que sonreí cuando un día me escribiste «Tú para mí ya no eres nadie».

Porque cuando me escribías «No estoy para nadie» era como si «Nadie» fuera el nombre que me dabas en los momentos más duros.

Somos consecuencias

Estabas allí y te distinguías perfectamente.

Aquel 15 de agosto te sorprendiste al verme, porque creías que me había quedado encerrado en casa.

Creías que estaba en mi habitación viendo una película, o en la cocina hablando con mi padre de lo distinto que soy a los otros chicos.

Él a mi edad era lo contrario de mí.

Rodeado de apretones de mano enérgicos, partidos de fútbol y bares donde se hacía cola para entrar.

Se enamoraba y olvidaba con la luz del sol.

El Sampdoria era su única pasión.

Cuando papá me contaba sus experiencias para compararse conmigo en la mesa, tú le dabas la razón y eso me molestaba.

No me gustaban esas bromas.

Delante de él, hablabas de mí como se habla de los chicos que no disfrutan de la vida.

Mi padre no te caía bien, pero le seguías el juego.

Yo hacía como que me reía cuando me regañabais. Papá siempre ha sido un hombre serio y severo conmigo, de pocas palabras, nunca un «Muy bien», nunca un «Te quiero», nunca un «El domingo no quedes con nadie, que saldremos tú y yo», siempre y solo «Puedes hacerlo mejor».

Papá me debe infinidad de miradas, muchos «Me he equivocado yo», muchos «Por favor».

Nuestra convivencia siempre ha sido silenciosa, hecha de equilibrios precarios, de llegar a casa y acabar un tema igual que empezó.

No sé cómo debo comportarme con él, sus respuestas breves y su mirada, que no se aparta de la televisión mientras hablo, nunca me han ayudado a acercarme.

Es raro que le cueste tanto entenderte a quien te ha traído al mundo.

Los días de fiesta cambiaba un poco.

Con la complicidad del alcohol.

Insinuaba alguna sonrisa, alguna frase de afecto, alguna palmada en el hombro. Y yo me sentía incómodo, porque nuestra relación era incierta como las sonrisas en las fotos de clase.

No conozco el calor de su cuerpo.

Los hombres no se tocan.

Me ha educado así.

Con miradas de desaprobación y silencios que significaban «Vete a tu cuarto».

A pesar de todo, nunca he sentido rencor, solo afecto. Incluso cuando me pedía indirectamente que fuera mejor que él delante de los demás.

Incluso cuando creía que para hacer de padre bastaba con cortarme una manzana.

Hay que escuchar a las personas cuando están en silencio, hay que mirarlas cuando duermen, ayudarlas cuando se sienten invencibles.

En mi adolescencia nunca lo comprendí, nunca lo aprendí de ese hombre que me buscaba sin saber que yo fingía dormir.

Luego dejó de hacerlo.

Había crecido y, según sus esquemas, ya no necesitaba atenciones.

«Construir muros en tiempo de lluvia no ayuda al sol», decía mi tía.

Hay personas que son así a causa de otras, porque las montañas cambian de forma al perder trozos, el agua excava la roca en las estaciones, durante los inviernos lejos del mar.

La materia se convierte en más materia.

Somos consecuencias.

Hay personas que lloran por ti delante de nadie y que por nadie han llorado delante de ti, que te cambian la vida para siempre y ahora están.

Hay parques, balcones, edificios que solo vemos después de mirar alrededor y de pasar por allí durante mucho tiempo. Y mientras releo nuestros mensajes me doy cuenta de que nunca te he escuchado.

Creía que era tan arisco contigo porque me parecía a mi padre.

De tal palo...

Pero él quiso a mamá sin piedad mientras pudo.

Después llegué yo y no sé qué cambió, nunca me lo dijeron.

Nunca lo pregunté.

Como esa frase que dice «Para llegar a un corazón que ha sufrido, se necesita el doble del amor que has perdido». Yo creo que es mentira. Porque he encontrado muchas estaciones de autobús, provincias, manos y personas después de ti, y te juro que habría tenido suficiente con la mitad de lo que me diste y me quitaste. En cambio, desafío a cualquiera a amarte dos veces más que yo.

Ya no recuerdas cómo te observaba mientras te mirabas al espejo, mientras intentaba mear en el lavabo del tren, con lo difícil que era mantener el equilibrio.

Y pensaba que ese lugar se parecía muchísimo a nuestras vidas.

Porque era para uno, pero lo ocupábamos dos.

—¿Por qué me miras? —le preguntaste a mi imagen reflejada en el espejo.

—Sería una lástima no verte —contesté.

Tenías grandes proyectos y las manos pequeñas

Aquella noche no esperabas encontrarme en la playa, porque detesto el mar, y siempre te lo repetía cuando me pedías que te acompañara para no quedarte sola.

Los novios de tus amigas las esperaban allí.

Me lo decías como si yo nunca te hubiera esperado.

Cuando no había hecho otra cosa antes de que aparecieras en mi vida.

Yo quería una historia diferente, nada más.

Donde nadie se espera.

Donde «¿Quedamos?» es «Quedamos».

Aquella noche me miraste un instante y luego seguiste hablando.

Volviéndote despacio.

Querías demostrar que vuestra conversación era más importante que yo.

Estabas distinta, pero las mentiras seguían siendo las mismas.

Yo enseguida sabía cuándo mentías e intentabas evitar a alguien.

Mi madre siempre decía q ...