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TARTA DE ALMENDRAS CON AMOR

Ángela Vallvey

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Fragmento

 

 

 

 

 

DIETARIO DE FIONA

Temas pendientes:

 

CÓMO HACER PARA LLEGAR AL CORAZÓN

DEL CHICO QUE TE GUSTA

A TRAVÉS DE SU ESTÓMAGO

 

¿Cómo saber que te has enamorado si nunca antes te habías enamorado?, ¿cómo reconocer el amor si jamás lo habías visto, ni oído, ni sabido imaginar…? El amor no es como un viejo amigo del que recuerdes su cara. ¿Cómo distinguirlo, pues?

Aunque, en ocasiones, un amigo se puede convertir en tu amor.

Me emociono al pensar en todas las cosas importantes que, después de mucho esfuerzo, aprendí mientras conocí el amor. Y reconocí a mi amor.

 

#SomosLoQueComemos

Recibe antes que nadie historias como ésta

#ComemosLoQuePodemos

#YoPodríaComérmeloTodo

 

¿Cuáles son los síntomas que te hacen pensar que hay una emoción nueva que se oprime contra tu cuerpo, que invade tus sentidos en silencio, de forma tan perfecta que parece que es verano y primavera en pleno invierno, que suena mejor que la música de un videojuego extraterrestre…?

Piensa. Piensa.

 

#BuscandoElAmorEncontréUnMóvilViejoPerdido

#SoyLaAmanteAmateur

 

Si no sabemos amar, es porque en realidad nadie nos ha enseñado. Se necesita un poco de experiencia para reconocer ese sentimiento tan extraño, tan normal, tan nuevo, tan viejo, tan dulce, tan salado, tan picante…

 

Un recuerdo importante.

Los recuerdos buenos son como los sabores agradables: inolvidables. Se aferran a la memoria y allí viven, jóvenes para siempre, desprendiendo su eterno aroma a felicidad plena, absoluta.

Y los malos recuerdos son como una indigestión: dolorosos, incómodos, persistentes…

Tanto los buenos como los malos recuerdos pueden ser trascendentales. Yo tengo unos cuantos, de ambas categorías. Ellos son mi sustento cuando me siento perdida.

 

#SoyLaQueTeFaltaba

#VengaYaTíoQueTeEstoyAmandoLocamente

 

Recuerdo que yo era tan pequeña que no sabía pronunciar bien su nombre. Le llamaba Alberto Escalón (se llama Scanlon). Él, lejos de molestarse, perdonaba mi incapacidad para pronunciar bien. Yo era una niña pequeñita y él todo un hombretón (dos años mayor que yo) de sonrisa atractiva y seductora…

No sé si alguien puede enamorarse siendo niño, probablemente no. Pero desde luego sí puede sentir adoración. Eso es lo que yo sentía por Alberto Scanlon Maeso.

Había llegado del extranjero y hablaba mal nuestro idioma. A veces decía cosas que nadie entendía. Pero estaba acostumbrado a no ser comprendido. Un día me dijo que en su casa hablaban dos idiomas, el de su padre y el de su madre. Pero que fingía no entender ninguno de los dos, sobre todo cuando le reñían.

El chico de la sección de congelados, el amor de mi vida, no fue el producto de un impulso o una ilusión pasajera, tal y como descubrí más tarde. Mi deslumbramiento por él en el súper no era algo casual. Alberto no es nada de eso que ocurre a primera vista. Sino un recuerdo de los buenos, guardado en mi interior desde los primeros años de mi vida.

Un día estábamos en el patio del colegio cuando la malvada Lylla, que me persigue desde los remotos inicios de mi infancia, se enfadó porque yo había completado un juego con un mecano, mientras que a ella se le habían desmoronado todas las piezas.

De repente le entró una rabieta, y de un manotazo rompió la construcción maravillosa que yo había hecho: un palacio abstracto lleno de cubos y de rectángulos que parecían torres surrealistas, almenas mágicas en las que solamente faltaba ver aparecer a un príncipe diminuto pero de carne y hueso.

Mi construcción era alta, y por eso tenía un equilibrio delicado. Lylla no necesitó mucho para destruirlo. Me sentí tan desgraciada que me eché a llorar, y Lylla inmediatamente se hizo la distraída y se apartó de la escena. Se fue con sus amigas, una de las cuales todavía continúa siendo su lugarteniente dentro de su cruzada en favor del Mal.

Me senté a llorar desconsolada, rodeada de las piezas que habían dado forma a la construcción de mis sueños.

Nadie me prestaba atención. Estábamos en una zona de juegos al aire libre, en la que el colegio ponía a nuestra disposición distintos juguetes, casi todos para construir.

Estaba acostumbrada a que Lylla me persiguiera y torturase de las formas más refinadas posibles, pero no acababa de aceptarlo.

Todavía no lo he hecho.

Llevo muchos años soportando a esa bestia parda. Ni siquiera sé cómo no le he respondido más de una vez. A veces, siento la rabia creciendo en mi interior, y miedo también. Noto que si liberase esa energía, esa fuerza y esa ira que Lylla ha alimentado durante todos estos años dentro de mí, sería como abrirle la puerta a una alimaña que lleva largo tiempo encerrada.

Tengo la impresión de que esa fiera se parecería mucho a Lylla. Que hay algo en mí que Lylla ha creado y alimentado a lo largo de este tiempo que se parece a ella. Lo ha formado Lylla con su acoso y humillaciones, sus desprecios, su violencia verbal. Creo que toda esa dureza se ha introducido en mi corazón y ha formado su propia basura, que va creciendo con el tiempo.

 

 

Durante un buen rato estuve sentada en el suelo, rodeada de piezas de brillantes colores, sintiéndome desgraciada y sola en el mundo.

Echaba de menos a mis padres, y tener un hermano o una hermana mayor en el mismo colegio que acudiese a defenderme cada vez que aquella tonta me molestaba. A mi hermana me la imaginaba gigante y forzuda, y a mi hermano, alto, del tamaño de uno de los profesores, un muchachote sano y fuerte que me rescataba cada vez que alguien quería hacerme daño. No necesitaba nada más que mirar a mis acosadoras para hacerles sentir un miedo terrible. Para ponerlas en fuga.

Mi hermano llegaría y solo con la mirada intimidaría a Lylla y sus compinches, y ellas saldrían corriendo como ratas escaldadas, pensé por enésima vez.

Sonreí con el placer de imaginar la escena.

Pero lo cierto es que no tenía una hermana, ni un hermano, ni siquiera un amigo invisible. Bueno, sí, amigos invisibles sí que tenía. De hecho, tenía varios. Pero ninguno de ellos era lo suficientemente imponente como para intimidar a Lylla.

Me miré el uniforme, manchado de barro, o de chocolate, o de cualquier otro elemento comestible (lo que yo solía comer por entonces era, sobre todo, barro y chocolate). El caso es que me sentía débil, insignificante y desprotegida. Tenía una extraña sensación de peligro también, que me hacía estar un poco paranoica. Y por entonces ni siquiera existía Yahoo Respuestas para acudir a él con mis dudas filosóficas.

 

#TúEresLaMejorRespuesta

#LaMásDulceSolución

#YSabesMejorQueElBarroConChocolate

 

Así estaba cuando un chico se acercó a mí.

Era mayor. Por lo menos dos años más que yo. Ni siquiera podía imaginar que un niño de los grandes reparase en mi desamparo. Pero él lo hizo. Se llamaba Alberto. Me miró y me preguntó con ojos tan tiernos como un donuts recién hecho:

—¿Te ocurre algo?

Yo estaba dispuesta a morir antes que a confesar que me acababan de someter a una nueva burla, dentro de las interminables ignominias a las que Lylla era aficionada.

—No, no es nada.

Eso le dije, pero él no me creyó. Con razón. Se dio cuenta de que intentaba ocultar mi desesperación.

—He visto cómo esa niña te empujaba y luego tiraba tu construcción. ¿Lloras por eso?

Yo asentí y me tragué un montón de lágrimas junto con el rastro de otras secreciones insondables procedentes de algún lugar de mi cara.

Recuerdo que Alberto hablaba un poco raro, tenía acento extranjero. Pero yo lo habría entendido aunque no hablara ningún lenguaje humano.

Me dio la mano y me ayudó a levantarme.

Aquel gesto me hizo recobrar una dignidad que no habría imaginado que tenía.

—Gracias —hipé.

En mi memoria, aquel episodio, y otros como ese, se han visto engrandecidos con el tiempo, se han convertido en algo propio de un cuento de hadas.

El momento en que el príncipe extiende la mano y hace que la princesa se ponga en pie, que recobre su honor, que recupere su orgullo. Mi profesora de Lengua y Literatura dice que esa visión de las cosas es profundamente machista. Ya lo sé. Pero resulta muy agradecida cuando se trata de soñar un poco.

 

#MeDescargoTuAmorEnMiAlma

#MásRápidoQueUnVideojuegoEnMiOrdenador

 

Durante aquel curso escolar, Alberto se convirtió en mi protector. Cada vez que salíamos al patio, no me quitaba ojo. Así que Lylla tuvo que encontrar un nuevo objetivo para sus burlas crueles. Cada vez que intentaba empujarme o reírse de mí, Alberto acudía a mi lado como por arte de magia y se interponía entre ella y yo. Ella lo miraba fascinada y me dejaba en paz. Llegué a pensar que buscaba la aprobación de Alberto y que por eso no se metía conmigo cuando él andaba cerca.

Alberto era un caballero andante. Trotante. Galopante. Corriente (porque corría que se las pelaba). Tan fuerte y guapo que podía competir con cualquier hermano o amigo imaginario que yo hubiera tenido jamás.

Habíamos establecido entre los dos una conexión extraña, un hilo que enlazaba su corazón con el mío. Un cordón invisible del que yo podía tirar para atraerlo cuando tenía problemas.

Recuerdo con regodeo cómo Lylla se encontró de repente sin su juguete favorito: yo. Su crueldad se quedó ociosa, completamente aburrida.

Necesitaba a otra personita débil sobre la que disparar su malestar, su manera de estar en el mundo. Nunca he entendido por qué esto es así. Por qué las personas furiosas y violentas, como Lylla, buscan a otras más débiles, como yo, para convertirlas en el blanco de su ferocidad.

Me apenó mucho comprobar que Lylla había encontrado pronto a alguien que me remplazara.

Era una niña rubia con unas ojeras enormes, como si no hubiese dormido desde que nació. Tenía un aspecto frágil y quebradizo y era un año más joven que yo. A veces se orinaba, y siempre tenía los leotardos húmedos.

Lylla tenía un detector bastante eficaz para localizar a los niños más endebles y asustadizos. Aquella pobrecilla se convirtió en mi sustituta durante el curso escolar en que Alberto se transformó en mi protector. Lo sentía mucho por ella, a veces la miraba desde la distancia, y la impotencia lograba que mi corazón se acelerase. Pero, por otro lado, no podía hacer nada por ella. Yo era tan pequeña y tan blandengue como la niñita. Y me encontraba a salvo teniendo a Alberto, estaba tan contenta de librarme de la crueldad de Lylla que era incapaz de pensar en otra cosa.

Hasta que un día sorprendí a Lylla y a una de sus amigas pegando a la niña. Le estaban tirando del pelo, y le habían bajado los leotardos. Estaba semidesnuda y lloraba con una curiosa y conmovedora tranquilidad. Como si se hubiese resignado a su suerte. Como un corderito que sabe que va al matadero pero no lo puede evitar.

Entonces salí corriendo y llamé a Alberto. Que no tardó en llegar al rincón donde estaban ocurriendo los hechos. No lo dudó ni un momento. Agarró de un brazo a Lylla y la empujó contra el suelo.

—Déjala en paz. —Su voz era tan firme que parecía la de un adulto.

Yo sentí un orgullo creciendo dentro de mí que me llenó hasta el estómago. Me noté saciada, como si acabase de comerme un mamut frito.

Lylla se encogió como una serpiente. Sus ojos miraron hacia el suelo, reconociendo la superioridad de Alberto. Le temía, y algo me dijo que también lo admiraba, que habría dado cualquier cosa por ser su amiga, por ser como él, buena y generosa…

—No le estaba haciendo nada —mintió con descaro.

—Sí se lo estabas haciendo —dijo Alberto con una voz tan serena que no se correspondía con la de un niño—. Como vuelvas a molestar a esta niña, tendrás que vértelas conmigo. No me importa que seas la hija del jefe de Estudios —por entonces, el padre de Lylla era el jefe de Estudios del colegio—; si los profesores no ...