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TE DEJé IR

Clare Mackintosh

5


Fragmento

PRÓLOGO

El viento le fustiga la cara con los mechones de pelo húmedo y ella cierra los ojos con fuerza para protegerlos de la lluvia. Cuando el tiempo está así, todo el mundo va corriendo a todas partes, caminando deprisa por las aceras resbaladizas y con la barbilla hundida en las solapas de los abrigos. Los coches les salpican los zapatos al pasar y el ruido del tráfico no le deja oír más que unas pocas palabras de la animada charla de su hijo sobre las novedades del día, que empezó en cuanto se abrieron las puertas de la escuela. Las palabras brotan atropelladamente de la garganta del niño sin parar, todas revueltas e inconexas por el entusiasmo de ese nuevo mundo en el que está creciendo. Ella acaba desentrañando algo sobre un mejor amigo, un proyecto sobre el espacio, una nueva maestra, y baja la vista y sonríe ante su excitación, haciendo caso omiso del frío que sube enroscándose por su bufanda. El niño le devuelve la sonrisa y echa la cabeza hacia atrás para saborear la lluvia, y las pestañas húmedas se le apelmazan formando una masa compacta y oscura alrededor de los ojos.

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—¡Y ya sé escribir mi nombre, mami!

—¡Qué chico más listo eres, cariño! —dice, deteniéndose a darle un beso en la frente mojada—. ¿Me lo enseñarás cuando lleguemos a casa?

Caminan todo lo rápido que pueden para las piernecitas de niño de cinco años, y con la mano que le queda libre, ella sujeta la mochila de él, que le golpea las rodillas al moverse.

Ya casi están en casa.

Los faros de los coches se reflejan en el asfalto húmedo, una luz que los deslumbra cada varios segundos. Esperan hasta que se abre un hueco en el tráfico, se lanzan a cruzar la transitada calle y ella agarra con más fuerza la manita enguantada de suave lana, de manera que él tiene que correr para no quedarse atrás. Las hojas empapadas de los árboles se aferran a los guardarraíles, con sus colores brillantes oscurecidos en un marrón insulso.

Llegan a la tranquila calle donde residen, en la casa que está justo a la vuelta de la esquina; su acogedora calidez le proporciona un agradable estímulo. Sintiéndose segura en el entorno de su propio vecindario, suelta la mano del niño para apartarse las hebras de pelo húmedo de los ojos y se ríe al ver la cascada de gotas que desprende a su alrededor.

—Ya estamos —dice cuando doblan la esquina—. He dejado la luz de fuera encendida a propósito.

Al otro lado de la calle ven la casa de ladrillo. Dos dormitorios, una cocina minúscula y un jardín abarrotado de macetas que ella siempre tiene la intención de llenar con flores. Son únicamente ellos dos.

—Te echo una carrera, mami…

Se mueve a todas horas, está lleno de energía desde el instante en que se despierta hasta el momento en que apoya la cabeza en la almohada. Siempre saltando, siempre corriendo.

—¡Vamos!

Todo ocurre en cuestión de segundos, la sensación de percibir el espacio vacío a su lado cuando él sale corriendo hacia la casa, en busca del calor de la entrada, con el resplandor de la luz del porche. Leche, galletas, veinte minutos de tele, palitos de pescado para cenar. La rutina a la que se han acostumbrado tan pronto; apenas están a mediados del primer trimestre.

 

 

El coche sale de la nada. El chirrido de los frenos húmedos, el ruido sordo del cuerpo de un crío de cinco años al estrellarse contra el parabrisas y las vueltas en el aire antes de caer sobre el asfalto. Echar a correr tras él, plantarse delante del coche, que aún se mueve. Resbalar y caer aparatosamente con las manos extendidas y el impacto que le corta la respiración.

Todo acaba en cuestión de segundos.

Se agacha a su lado, buscándole el pulso desesperadamente. Ve cómo su aliento forma una nube blanca y solitaria en el aire. Ve la sombra oscura esparcirse debajo de su cabecita y oye su propio alarido como si no procediera de su garganta, sino de la de otra persona. Levanta la vista y mira al cristal delantero empañado, los limpiaparabrisas que lanzan arcos de agua a la creciente oscuridad nocturna, y grita al conductor invisible que la ayude.

Inclinándose hacia delante para calentar al niño con su cuerpo, despliega el abrigo para abarcarlo, y el bajo se empapa con el agua de la carretera. Y mientras lo cubre de besos y le suplica que se despierte, la luz amarilla que los envuelve se achica hasta encogerse en un delgado haz de luz: el coche da marcha atrás en la calle. Con el motor rugiendo a modo de reprimenda, el vehículo hace dos, tres maniobras para dar media vuelta en la calle estrecha, y con las prisas, rasca la corteza de uno de los corpulentos plátanos de sombra que montan guardia a ambos lados de la calle.

Y luego, todo se vuelve oscuro.

PRIMERA PARTE

1

El detective inspector Ray Stevens estaba apoyado junto a la ventana observando su silla de oficina, uno de cuyos brazos llevaba roto al menos un año. Hasta entonces había optado, sencillamente, por la solución más pragmática y no había utilizado el reposabrazos izquierdo, pero mientras estaba fuera almorzando alguien había garabateado las palabras «inspector defectivo» con un rotulador negro en el respaldo del asiento. Ray se preguntó si el reciente entusiasmo por auditar el material por parte del Departamento de Apoyo a los Servicios Policiales también se extendía a la sustitución del mobiliario o si, por el contrario, estaba condenado a dirigir el Departamento de Investigación Criminal de Bristol desde una silla que arrojaba serias dudas sobre su credibilidad.

Tras inclinarse hacia delante para buscar un rotulador en su caótico primer cajón, Ray se agachó detrás de la silla y modificó la etiqueta para que se volviese a leer «inspector detective». De pronto, vio que alguien abría la puerta de su despacho y se incorporó apresuradamente antes de volver a colocar la capucha al rotulador.

—Ah, Kate, estaba... —Se calló, pues reconoció la expresión de su rostro antes incluso de ver el papel impreso de la Dirección General—. ¿Qué tienes?

—Atropello con conductor a la fuga en Fishponds, jefe. La víctima es un niño de cinco años.

Ray extendió la mano para que le diera el papel y lo examinó, mientras Kate permanecía con aire incómodo en la entrada. Acababa de empezar su turno, solo llevaba en el CID un par de meses y todavía estaba familiarizándose con el funcionamiento del departamento. Pero era buena, mejor de lo que ella misma sospechaba.

—¿No sabemos nada de la matrícula?

—No, no hay nada. La patrulla tiene acordonada la zona y el responsable está tomando declaración a la madre del niño en estos momentos. Está en estado de shock, como se puede imaginar.

—¿Te va bien quedarte a trabajar hasta tarde? —preguntó Ray, pero Kate ya estaba asintiendo antes incluso de que hubiese terminado de formular la pregunta. Se intercambiaron una sonrisa cómplice y al mismo tiempo culpable, pues ambos reconocían la estimulante inyección de adrenalina que experimentaban siempre que ocurría un suceso tan horrible—. Muy bien, pues vamos entonces.

Saludaron al nutrido grupo de fumadores que estaban a cubierto junto a la puerta de atrás.

—¿Qué hay, Stumpy? —dijo Ray—. Oye, me llevo a Kate al atropello con fuga de Fishponds. ¿Llamas a los de Información a ver si han averiguado algo?

—Vale.

El hombre mayor dio una última calada a su cigarrillo de liar. Llevaban tantos años llamando al sargento Jake Owen con aquel mote (Retaco), que siempre causaba sorpresa oír su nombre completo en un tribunal. Hombre de pocas palabras, Stumpy llevaba muchas batallitas a sus espaldas, más de las que se decidía a compartir con los demás, y era, sin lugar a dudas, el mejor sargento de Ray. Los dos hombres llevaban trabajando juntos varios años y, con una fuerza que contrastaba con su es casa estatura, resultaba muy útil y ventajoso tener a Stumpy como compañero.

Además de a Kate, el equipo de Stumpy incluía al formal Malcolm Johnson y al joven Dave Hillsdon, un agente entusiasta pero un tanto inconformista, cuyos intentos decididos por asegurar una condena se acercaban demasiado a la frontera de la ilegalidad, para el gusto de Ray. Juntos formaban un buen equipo, y Kate aprendía rápido de ellos. La joven exhibía una inmensa pasión por el oficio que hacía que Ray sintiera nostalgia de los viejos tiempos, cuando era un joven oficial de policía con ganas de comerse el mundo, antes del desgaste producido por diecisiete años de burocracia.

Kate iba al volante del Corsa camuflado entre el creciente tráfico de hora punta en dirección a Fishponds. Era una conductora impaciente, que chasqueaba la lengua cada vez que un semáforo en rojo los retenía y estiraba el cuello para asomarse a ver qué había más allá de una retención. No dejaba de moverse ni un solo instante: tamborileando con los dedos sobre el volante, arrugando la nariz y removiéndose en el asiento. Cuando el tráfico empezó a avanzar de nuevo, inclinó el cuerpo hacia delante como si aquel movimiento pudiera propulsarlos y hacer que se moviesen más deprisa.

—¿Echas de menos el uniforme azul y patrullar en pareja? —dijo Ray.

Kate sonrió.

—Un poco, tal vez.

El lápiz de ojos le emborronaba los párpados pero, por lo demás, no llevaba una gota de maquillaje en la cara. Unos rizos de color castaño oscuro le caían por delante, pese al clip de carey que, supuestamente, debía sujetarlos en su sitio.

Ray sacó su móvil para hacer las llamadas pertinentes y confirmó que la Unidad de Investigación de Accidentes de Tráfico iba ya de camino, que el comisario de guardia había sido informado y que alguien había llamado a la furgoneta de Operaciones, un vehículo pesado cargado hasta los topes de lonas para los dispositivos de protección, luces de emergencia y bebidas calientes. Todo eso ya estaba hecho. En calidad de inspector de guardia él era el responsable último, aunque, a decir verdad, siempre lo había sido, pensó. Normalmente siempre había malas caras entre la patrulla de calle cuando aparecían los del CID y empezaban a comprobar lo que ya estaba hecho, pero así eran las cosas, no había otra. Todos habían pasado por eso; incluso Ray, que estuvo el menor tiempo posible de uniforme antes de ascender y cambiar de departamento.

Habló con la sala de operaciones para hacerles saber que estaban a cinco minutos del lugar del suceso, pero no llamó a su casa. Ray había adoptado la costumbre de llamar a Mags solo en las raras ocasiones en que iba a volver a casa a la hora prevista, una solución que se le antojaba mucho más práctica teniendo en cuenta las largas horas que le exigía el cargo.

Cuando doblaron la esquina, Kate fue aminorando la velocidad. Media docena de coches patrulla estaban aparcados de cualquier manera al cabo de la calle, con las luces giratorias que proyectaban un resplandor azul sobre la escena de forma intermitente. Había unos reflectores montados sobre trípodes metálicos, captando con sus potentes haces de luz una finísima llovizna, que por suerte había amainado durante la hora anterior.

Antes de salir de la comisaría, Kate se había parado para coger un abrigo y cambiar sus tacones por unas botas de agua. «Vale más andar cómoda que con estilo», había dicho con una sonrisa mientras metía los zapatos en su taquilla y se ponía las botas. Ray rara vez se paraba a pensar en alguno de los dos conceptos, pero sí lamentó no haberse llevado al menos un abrigo.

Aparcaron el coche a un centenar de metros de una carpa de lona de color blanco, erigida en un intento de proteger de la lluvia cualquier prueba o indicio que pudiese haber quedado en el lugar del suceso. Un lateral de la carpa estaba abierto y en el interior vieron a una agente de la policía científica de rodillas retirando una muestra del suelo, aunque era imposible ver qué clase de muestra era. Un poco más arriba, una segunda figura ataviada con un mono blanco examinaba uno de los enormes árboles que flanqueaban la calle.

Cuando Ray y Kate se aproximaron a la escena, los detuvo un agente joven con la cremallera de la chaqueta fluorescente tan subida que Ray casi no podía distinguir su cara entre la punta de la gorra y el cuello.

—Buenas tardes, señor. ¿Necesita acceder a la escena? Tendrá que firmar, entonces.

—No, gracias —dijo Ray—. ¿Me indica dónde está su sargento?

—Está en la casa de la madre —contestó el agente, señalando al final de la calle, a una hilera de pequeñas casas pareadas, antes de volver a esconder la cabeza en el cuello de la chaqueta—. Es el número 4 —añadió después, con voz amortiguada.

—Dios, qué trabajo más ingrato —exclamó Ray mientras él y Kate se alejaban—. Recuerdo una guardia de doce horas bajo una lluvia torrencial y la bronca que me cayó luego por no sonreír cuando el inspector jefe apareció a las ocho de la mañana del día siguiente.

Kate se rió.

—¿Por eso decidió especializarse en investigación?

—No exactamente —contestó Ray—. Pero, desde luego, eso también tuvo algo que ver. No, fue sobre todo porque me harté de pasarles los casos más importantes a los de Investigación sin poder seguir nunca ninguno hasta el final. ¿Y tú?

—Algo así también.

Llegaron a la hilera de casas que les había señalado el agente. Kate siguió hablando mientras localizaban el número 4.

—Me gusta encargarme de casos más serios, pero sobre todo es porque me aburro con facilidad. Me gustan las investigaciones complicadas que hacen que me duela la cabeza de tanto darle vueltas al asunto. Los crucigramas y los enigmas más crípticos en lugar de los simples. ¿Tiene sentido lo que digo?

—Completamente —dijo Ray—. Aunque yo siempre he sido un negado para los crucigramas.

—Tienen truco —dijo Kate—. Ya se lo enseñaré algún día. Aquí está, el número 4.

La puerta principal tenía un aspecto inmaculado y estaba ligeramente entreabierta. Ray la abrió del todo y anunció en voz alta:

—Somos agentes del CID. ¿Podemos pasar?

—En la sala de estar —respondió alguien.

Se limpiaron los zapatos y echaron a andar por el estrecho pasillo, abriéndose paso por detrás de un voluminoso perchero cargado de prendas de abrigo bajo el que descansaban unas botas de agua rojas de niño, colocadas ordenadamente junto a otras botas de adulto.

La madre del niño estaba sentada en un sofá pequeño, con la mirada fija en la mochila azul que sostenía en el regazo.

—Soy el inspector detective Ray Stevens. Lamento mucho lo que le ha ocurrido a su hijo.

Ella levantó la vista para mirarlo, retorciendo el cordón de la mochila de tela entre las manos con tanta fuerza que le dejó varias marcas rojas en la piel.

—Jacob —dijo, con los ojos secos—. Se llama Jacob.

Inclinado sobre una silla de comedor junto al sofá, un sargento de uniforme sostenía en el regazo varios formularios y papeles impresos. Ray lo había visto por comisaría pero no recordaba su nombre. Lo descubrió mirando su placa.

—Brian, ¿te importaría llevarte a Kate a la cocina e informarla de lo que habéis averiguado hasta el momento? Me gustaría hacerle unas preguntas a la testigo, si le parece bien. Seré breve. ¿Querrás prepararle una taza de té también?

Por la cara que puso Brian, saltaba a la vista que eso era lo último que le apetecía hacer, pero se levantó y acompañó a Kate a la cocina, sin duda para quejarse de que el inspector hubiese hecho valer su rango. Ray no le dio más vueltas.

—Lamento tener que hacerle aún más preguntas, pero es esencial que obtengamos toda la información necesaria lo antes posible.

La madre de Jacob asintió, pero no levantó la vista.

—Tengo entendido que no pudo ver el número de la matrícula, ¿es así?

—Sucedió tan rápido… —dijo, y las palabras desataron una ola de emoción—. Estaba hablando de lo que había hecho en la escuela y entonces… solo le solté la mano un segundo… —Se enroscó el cordón de la mochila alrededor de la mano con más fuerza y Ray vio cómo se le iba poniendo cada vez más pálida—. Todo pasó muy rápido. El coche se echó encima tan rápido…

Respondió a sus preguntas con serenidad, sin dar la menor señal de la frustración y la rabia que sin duda debía de estar sintiendo. Ray odiaba tener que hurgar en su dolor, pero no tenía elección.

—¿Qué aspecto tenía el conductor?

—No vi el interior del coche —contestó.

—¿Vio si había algún otro pasajero?

—No vi el interior del coche —repitió con voz monótona e inexpresiva.

—De acuerdo —dijo Ray. ¿Por dónde diablos iban a empezar?

La mujer lo miró.

—¿Lo encontrarán? Al hombre que mató a Jacob. ¿Lo encontrarán?

Se le quebró la voz y las palabras, deshechas, se transformaron en un prolongado lamento. Inclinó el cuerpo hacia delante, apretándose la mochila escolar contra el estómago, y Ray sintió un nudo en el pecho. Respiró hondo para hacer desaparecer la sensación.

—Haremos todo cuanto esté en nuestra mano —respondió, y se maldijo por utilizar aquel cliché.

Kate regresó de la cocina, seguida de Brian, con una taza de té en la mano.

—¿Le parece bien si doy ya por terminada la declaración, jefe? —preguntó el sargento.

«Deja de molestar a mi testigo», querrás decir, pensó Ray.

—Sí, gracias… Siento la intromisión. ¿Tenemos lo que necesitamos, Kate?

Kate asintió. Estaba pálida, y Ray se preguntó si Brian habría dicho algo que la hubiese disgustado. Al cabo de un año o así la conocería tan bien como al resto de los miembros de su equipo, pero de momento no la tenía calada. Era una mujer directa, eso ya lo había visto, y no se cortaba a la hora de expresar su opinión en las reuniones de la brigada, y aprendía rápido.

Salieron de la casa y caminaron en silencio de vuelta hacia el coche.

—¿Estás bien? —le preguntó él, aunque era evidente que no lo estaba. Tenía la mandíbula rígida y la cara blanca como el papel.

—Sí, estoy bien —contestó Kate, pero por su tono de voz Ray se dio cuenta de que estaba conteniendo las ganas de llorar.

—Oye —dijo alargando el brazo y rodeándole el hombro con torpeza—, este trabajo es así. Lo sabes, ¿verdad?

Con los años, Ray había desarrollado un mecanismo defensivo contra los efectos emocionales que causaban casos como aquel. La mayoría de los policías lo tenían, por eso había que hacer la vista gorda con algunas de las bromas que circulaban por la cafetería, pero tal vez Kate era diferente.

La joven asintió y respiró profundamente, con un leve temblor.

—Lo siento, normalmente no me pongo así, de verdad. He visto montones de muertes, pero… Dios… ¡solo tenía cinco añitos! Al parecer, el padre de Jacob nunca quiso saber nada del niño, así que siempre han estado solos ella y él. No puedo ni imaginarme por lo que debe de estar pasando esa mujer.

Se le quebró la voz, y Ray sintió el mismo nudo de antes en el pecho. Su mecanismo de defensa consistía básicamente en centrarse en la investigación —en las pruebas que tuviesen delante— y no profundizar demasiado en las emociones de los implicados. Si pensaba demasiado tiempo en lo que podía sentirse al ver morir a un hijo en tus propios brazos, no le sería útil a nadie, y mucho menos a Jacob y a su madre. Ray se puso a pensar entonces, de forma involuntaria, en sus propios hijos y sintió un ansia irracional de llamar a casa y comprobar que ambos estaban bien.

—Lo siento. —Kate tragó saliva y esbozó una sonrisa avergonzada—. Le prometo que no me pondré siempre así.

—Tranquila, no pasa nada —dijo Ray—. A todos nos ha pasado alguna vez.

Kate arqueó una ceja.

—¿Incluso a usted? No le hacía yo del tipo de poli sensible, jefe.

—Tengo mis momentos. —Ray le apretó el hombro antes de apartar el brazo. No creía haber llegado nunca al extremo de derramar lágrimas en un caso, pero había estado al borde muchas veces—. ¿Estarás bien?

—Sí, ya se me pasará. Gracias.

Cuando se alejaban, Kate volvió a mirar al lugar de los hechos, donde los técnicos forenses seguían trabajando con ahínco.

—¿Qué clase de cabrón atropella a un crío de cinco años y luego se da a la fuga?

Ray no vaciló al contestar.

—Eso es justo lo que vamos a averiguar.

2

No me apetece una taza de té, pero la acepto de todos modos. La sujeto con ambas manos y acerco la cara al vaho hasta que me quema. El dolor me irrita la piel, me entumece las mejillas y me pica en los ojos. Combato el impulso de apartarme; necesito que el entumecimiento desdibuje las imágenes que no consigo quitarme de la cabeza.

—¿Traigo algo de comer para acompañar el té?

Se sitúa de pie a mi lado y sé que debería levantar la vista y mirarlo, pero no puedo. ¿Por qué me ofrece comida y bebida como si no hubiese pasado nada? Siento una oleada de náuseas que me sube por la garganta y me trago el regusto amargo para contenerlo. Me echa a mí la culpa. No lo ha dicho, pero no hace falta, lo dicen sus ojos. Y tiene razón: fue culpa mía. Deberíamos haber vuelto a casa por otro camino, no debería haber hablado, debería haberlo parado cuando...

—No, gracias —respondo en voz baja—. No tengo hambre.

El accidente se repite en bucle en mi cabeza. Quiero apretar el botón de pausa, pero la película sigue su avance implacable: su cuerpecito estrellándose contra el capó del coche una y otra vez. Vuelvo a acercarme la taza a la cara, pero el té ya se ha enfriado y el calor del vaho sobre mi piel ya no me hace daño. No noto las lágrimas cuando se forman, pero unos gruesos lagrimones estallan al chocar contra mis mejillas. Veo que me empapan los vaqueros y me rasco con la uña una mancha de arcilla sobre el muslo.

Miro a mi alrededor en el salón de la casa que tantos años he pasado decorando y acomodando a mi gusto: las cortinas, a juego con los cojines; los cuadros, algunos propios, otros que encontré en galerías y que me gustaron demasiado para dejarlos allí. Creía estar creando un hogar, cuando solo estaba construyendo una casa.

Me duele la mano. Noto el pulso, que me palpita rápida y débilmente en la muñeca. Me alegro de sentir el dolor. Ojalá me doliese aún más. Ojalá hubiese sido a mí a quien hubiese arrollado el coche.

Está hablándome otra vez. «El cuerpo de policía al completo está buscando el coche… los periódicos solicitarán la colaboración ciudadana... saldrá en todas las noticias...»

La habitación me da vueltas y fijo la mirada en la mesita de café, asintiendo cuando me parece adecuado. Se acerca a la ventana en dos zancadas y luego vuelve de nuevo. A ver si se sienta…, me está poniendo nerviosa. Me tiemblan las manos y dejo en la mesita la taza de té intacta antes de que se me caiga, pero la porcelana entrechoca con la superficie de cristal por mi movimiento brusco. Me mira con gesto de frustración.

—Lo siento —digo. Noto un regusto metálico en la boca y me doy cuenta de que me he mordido la parte interior del labio. Succiono la sangre, sin querer llamar la atención sobre mí misma pidiendo un pañuelo de papel.

Todo ha cambiado. Desde el preciso instante en que el coche se deslizó por el asfalto húmedo, mi vida entera cambió. Lo veo todo con una claridad meridiana, como si fuese una espectadora en los márgenes de mi vida. Así no puedo seguir adelante.

Cuando me despierto, tardo unos segundos en reconocer el sentimiento. Todo está igual y, a la vez, todo ha cambiado. Entonces, antes de abrir los ojos siquiera, siento como un ruido en mi cabeza, como una especie de tren subterráneo. Y ahí está: desfilando ante mis ojos en escenas en tecnicolor que no puedo poner en pausa ni en silencio. Me presiono las sienes con las palmas de las manos como si pudiera hacer desaparecer las imágenes únicamente a base de fuerza bruta, pero siguen sucediéndose, densas y rápidas, como si fuera a olvidar lo sucedido sin ellas.

En la mesilla de noche tengo el reloj despertador metálico que me regaló Eve cuando fui a la universidad —«Porque sin él, nunca conseguirás levantarte para ir a las clases»—, y me sorprendo al ver que son ya las diez y media. El dolor de la mano ha quedado eclipsado por una jaqueca que me hace ver las estrellas si muevo la cabeza demasiado rápido, y cuando consigo arrancar mi cuerpo de la cama me duelen todos los músculos.

Me pongo la ropa del día anterior y salgo al jardín sin detenerme a hacer un café, a pesar de que tengo la boca tan seca que me cuesta esfuerzo tragar. No encuentro los zapatos, y la escarcha me aguijonea los pies mientras me abro paso por la hierba. El jardín no es muy grande, pero se acerca el invierno y para cuando alcanzo el otro lado ya no me noto los dedos de los pies.

El estudio del jardín ha sido mi santuario durante los últimos cinco años. Poco más que un cobertizo para un mero observador, pero es donde me refugio cuando quiero pensar, trabajar y escapar. El suelo de tablones de madera está salpicado con las manchas de arcilla que caen de mi torno, firmemente colocado en el centro de la habitación, donde puedo rodearlo por completo y retroceder unos pasos para observar mi obra con ojo crítico. Tres laterales del cobertizo están forrados de estanterías en las que deposito mis esculturas, en un caos ordenado que solo yo podría entender. Las obras en proceso de elaboración, aquí; las figuras cocidas pero no pintadas, allí; a la espera de enviarlas a los clientes, allá. Centenares de piezas de cerámica distintas, y aun así, si cierro los ojos, aún noto la forma de cada una de ellas bajo los dedos, la humedad de la arcilla en las palmas de las manos.

Saco la llave de su escondite bajo la repisa de la ventana y abro la puerta. Es peor de lo que imaginaba. El suelo invisible bajo una alfombra de trozos rotos de cerámica, las mitades redondas de bordes irregulares partidas abruptamente y con furia. Las estanterías de madera están vacías, la mesa despejada de piezas de trabajo y las diminutas figurillas de la repisa de la ventana están irreconocibles, hechas trizas en fragmentos que brillan con la luz del sol.

Junto a la puerta hay una pequeña estatuilla de una mujer. La hice el año pasado, como parte de una serie de figuras que produje para una tienda de Clifton. Yo había querido hacer algo real, algo que estuviese lo más alejado posible de la perfección y que, aun así, siguiese siendo hermoso. Hice diez mujeres, cada una con sus curvas distintivas, con sus propias protuberancias, sus cicatrices e imperfecciones. Estaban inspiradas en mi madre, en mi hermana; en mis alumnas de la clase de cerámica; en las mujeres que veía pasear por el parque. Esta de aquí soy yo. Una versión libre de mí en la que, desde luego, nadie me reconocería, pero sigo siendo yo. El pecho demasiado plano, las caderas demasiado estrechas, los pies demasiado grandes. Una maraña de pelo hecha un nudo en la base de la nuca. Me agacho un poco y la recojo. Creía que estaba intacta, pero en cuanto la toco, el barro se mueve y me quedo con dos piezas rotas en las manos. Me las quedo mirando y luego las lanzo con todas mis fuerzas contra la pared, donde se hacen añicos y caen en forma de lluvia sobre mi mesa.

Tomo aire profundamente y lo suelto despacio.

No sé muy bien cuántos días han pasado desde el accidente ni cómo he conseguido sobrevivir al paso del tiempo cuando me siento como si estuviera arrastrando las piernas por un pantano lleno de melaza. No sé qué es lo que me hace decidir que hoy es el día. Pero lo es. Cojo únicamente lo que me cabe en la bolsa de viaje, consciente de que si no me voy ahora mismo, tal vez no pueda irme nunca. Recorro la casa sin rumbo fijo, intentando imaginar que no voy a volver a estar aquí nunca más. La idea es aterradora y liberadora a la vez. ¿Puedo hacer eso? ¿Es posible abandonar sin más una vida y empezar otra? Tengo que intentarlo: es mi única oportunidad de superar esto y salir indemne.

Mi portátil está en la cocina. Dentro hay fotos, direcciones, información importante que puedo necesitar algún día y que no se me había ocurrido guardar en ningún otro sitio. No tengo tiempo para pensar en hacer eso ahora, y aunque pesa mucho y es muy aparatoso, lo meto en la bolsa. No me queda mucho espacio, pero no puedo irme sin una última pieza de mi pasado. Descarto un jersey y un puñado de camisetas y hago sitio para una caja de madera donde escondo mis recuerdos, apretujados unos encima de otros bajo la tapa de cedro. No miro dentro: no me hace falta. El surtido de diarios de adolescente, escritos con irregularidad errática y con varias páginas arrancadas en un ataque de remordimiento; un fajo de entradas de conciertos sujetas con una goma elástica; mi diploma de graduación; recortes de mi primera exposición. Y las fotos del hijo al que quería con una intensidad que parecía imposible. Fotografías preciosas para mí. Muy pocas para alguien tan querido. Una huella tan pequeña en el mundo y, sin embargo, el centro absoluto del mío.

Incapaz de resistirme, abro la caja y saco la foto de encima de todo: una polaroid que le sacó una comadrona de voz amable el día que nació. Es una cosita pequeña y rosada, apenas visible debajo de la manta blanca del hospital. En la foto tengo los brazos fijos en la postura de la madre que acaba de dar a luz, exhausta de amor y de cansancio. Todo había sido tan precipitado, había pasado tanto miedo…, todo tan diferente a los libros que había devorado durante el embarazo, pero el amor que tenía que ofrecerle se mantuvo intacto. Sintiéndome de pronto incapaz de respirar, devuelvo la foto a su sitio y meto la caja en la bolsa de viaje.

La muerte de Jacob ocupa las portadas de los periódicos. Me grita desde la explanada delantera del garaje por la que paso, desde la tienda de la esquina, y desde la cola de la parada de autobús donde espero como si no fuera distinta de quienes me rodean. Como si no estuviera huyendo.

Todos hablan del accidente. ¿Cómo pudo suceder? ¿Quién puede haber sido el autor del atropello? Cada nueva parada del autobús trae consigo noticias frescas, y los retazos de las conversaciones sobrevuelan por encima de nuestras cabezas, haciéndome imposible no oírlas.

«El coche era negro.»

«El coche era rojo.»

«La policía está a punto de detener a alguien.»

«La policía no tiene ninguna pista.»

Una mujer se sienta a mi lado. Abre el periódico y, de repente, es como si alguien estuviese presionándome el pecho. La cara de Jacob me mira fijamente; unos ojos magullados que me reprochan no haberlo atendido, haberlo dejado morir. Me obligo a mirarlo y siento un nudo atenazador en la garganta. Se me nubla la vista y no puedo leer lo que dice, pero no me hace falta: he visto una versión de este artículo en los periódicos de todos los quioscos por los que he pasado. Las declaraciones de los maestros destrozados, las notas de pésame en las flores junto a la calle, la investigación… abierta y luego aplazada. Una segunda foto muestra una corona de crisantemos amarillos en un ataúd ridículamente pequeño. Una mujer chasquea la lengua y empieza a hablar, como si hablase consigo misma, creo, pero luego tal vez piensa que tengo algo que decir.

—Es terrible, ¿verdad? Y justo antes de Navidad, encima.

No digo nada.

—Darse a la fuga así, sin pararse. —Vuelve a chasquear la lengua—. Aunque… —continúa diciendo—. Un crío de cinco años. ¿Qué clase de madre deja que un niño de esa edad cruce la calle solo?

No puedo evitarlo, dejo escapar un hipido. Sin darme cuenta, unas lágrimas ardientes me resbalan por las mejillas y caen en el pañuelo de papel que llevo apretado en la mano.

—Pobre alma de Dios… —dice la mujer, como consolando a un chiquillo. No está claro si se refiere a mí o a Jacob—. No puede una ni imaginarlo, ¿verdad?

Pero yo sí puedo, y me dan ganas de decírselo, que es mil veces peor que cualquier cosa que pueda estar imaginando. Me da otro pañuelo de papel, estrujado pero limpio, y pasa la hoja del periódico para leer una noticia sobre el encendido de las luces navideñas en Clifton.

Nunca pensé que saldría huyendo. Nunca pensé que llegaría a tener que hacerlo.

3

Ray subió a la tercera planta, donde el ritmo frenético de los turnos policiales de veinticuatro horas, siete días a la semana, cedía el paso a la tranquilidad de horario de oficina de los despachos enmoquetados donde trabajaba el personal con capacidad de reacción del CID. Él prefería estar allí a última hora de la tarde, cuando podía ponerse a trabajar sin interrupciones en la pila interminable de expedientes que tenía sobre su mesa. Atravesó el espacio abierto para dirigirse hasta la zona reservada donde estaba su despacho, el de inspector, en una esquina de la sala separada por tabiques.

—¿Cómo ha ido la reunión? —La voz le sobresaltó. Se volvió y vio a Kate sentada a su mesa—. Los del Grupo Cuatro son mis antiguos compañeros, ¿sabe? Espero que al menos fingieran sentir interés —añadió, bostezando.

—Ha ido bien —respondió Ray—. Son buena gente, y al menos así consigo que lo sigan teniendo presente. —Ray había logrado mantener la información sobre el atropello con fuga entre los temas de las sesiones diarias durante una semana pero, inevitablemente, había ido bajando puestos en el orden de prioridad a medida que llegaban nuevos casos. Estaba haciendo todo lo posible por ir a ver a todos los grupos y recordarles que aún necesitaba su ayuda. Se dio unos golpecitos en el reloj de pulsera—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

—Estoy revisando las respuestas a los llamamientos en prensa y radio —dijo ella, deslizando el pulgar por el pliego de papeles impresos—. Aunque no sirve de gran cosa.

—¿No hay nada que merezca la pena investigar?

—Nada de nada —dijo Kate—. Declaraciones de gente denunciando conducción temeraria por la zona, algún que otro comentario mojigato poniendo el grito en el cielo por la irresponsabilidad de algunos padres, y la típica panda de lunáticos y pirados de turno, uno incluso anunciando la Segunda Venida. —Lanzó un suspiro—. Necesitamos desesperadamente hacer algún avance… algo que pueda ponernos sobre una pista.

—Entiendo tu frustración —comentó Ray—, pero ten paciencia, que algo saldrá. Siempre acaba apareciendo algo.

Kate lanzó un gemido y empujó la silla lejos de la pila de papeles.

—Me parece que la paciencia no es una de mis virtudes.

—Conozco esa sensación. —Ray se sentó en el borde de la mesa de ella—. Esta es la parte aburrida del trabajo policial, la que no enseñan en las series de televisión. —Sonrió al ver la expresión triste de ella—. Pero la verdad es que compensa. Piensa lo siguiente: podría ser que entre todos esos papeles esté la clave para resolver este caso.

Kate miró a su mesa con aire escéptico y Ray se rió.

—Vamos, prepararé una taza de té y te echaré una mano.

Revisaron todas y cada una de las hojas, pero no encontraron la reveladora información que Ray esperaba.

—Bueno, al menos es otra cosa menos en la lista de asuntos pendientes —dijo—. Gracias por quedarte hasta tarde para revisarlos todos.

—¿Cree que encontraremos al conductor?

Ray asintió enérgicamente.

—Tenemos que creerlo. De lo contrario, ¿cómo iba a tener alguien confianza en nosotros? He trabajado en centenares de casos: no los he resuelto todos, ni muchísimo menos, pero siempre he estado convencido de que la respuesta está justo a la vuelta de la esquina.

—Stumpy dice que ha solicitado que el caso se divulgue por televisión, en el programa Crimewatch.

—Sí, es el procedimiento habitual en los casos de atropello con fuga, sobre todo teniendo en cuenta que la víctima es un niño. Me temo que eso implicará que nos lleguen muchos más como estos. —Señaló la pila de papeles, cuyo destino inmediato iba a ser la trituradora.

—No importa —dijo Kate—. No me viene mal hacer horas extra. El año pasado me compré un piso y me está costando lo mío llegar a fin de mes, sinceramente.

—¿Vives sola?

Se preguntó si era oportuno hacer esa clase de preguntas en los tiempos que corrían. A lo largo de los años que llevaba como policía, la corrección política había llegado a un punto en el que se hacía necesario rehuir a toda costa cualquier cuestión de índole personal, por remotamente personal que fuera. Pronto la gente se quedaría sin temas de conversación.

—Casi siempre —contestó Kate—. Compré el piso yo sola, pero mi novio se queda muchas veces. Lo mejor de ambos mundos, supongo.

Ray recogió las tazas vacías.

—Bien, pues será mejor que te vayas a casa —dijo—. Tu chico se estará preguntando dónde estás.

—No pasa nada; trabaja de chef en un restaurante —dijo Kate, pero se levantó también—. Sus horarios son peores que los míos. ¿Y usted? ¿Su mujer no se desespera con la cantidad de horas que trabaja?

—Está acostumbrada —dijo Ray, subiendo la voz mientras iba a su despacho en busca de su chaqueta—. Ella también era policía. Ingresamos juntos en el cuerpo.

La academia de policía de Ryton-on-Dunsmore tenía pocas cosas memorables pero, sin duda, el bar había sido una de ellas. Una noche, durante una patética sesión de karaoke, Ray había visto a Mags sentada con sus compañeras de clase. Se estaba riendo, con la cabeza echada hacia atrás para oír algo que le decía una amiga. Cuando vio que se levantaba para pedir otra ronda, él apuró su pinta de cerveza, prácticamente llena, para poder abordarla en la barra, solo que se quedó allí plantado como un pasmarote sin decir nada. Por suerte, Mags era más desinhibida y fueron inseparables durante el resto de las dieciséis semanas del curso. Ray contuvo la sonrisa al recordar cuando salía a hurtadillas del alojamiento de las chicas a las seis de la mañana para volver a su habitación.

—¿Cuánto tiempo lleva casado? —preguntó Kate.

—Quince años. Nos casamos en cuanto acabamos las prácticas.

—Pero ¿ella ya no trabaja en el cuerpo?

—Mags se tomó una excedencia cuando nació Tom y ya no volvió a trabajar cuando llegó la pequeña —explicó Ray—. Ahora Lucy tiene nueve años y Tom ha empezado su primer año de secundaria, así que Mags se está planteando volver a trabajar. Quiere reciclarse como profesora.

—¿Por qué dejó de trabajar durante tanto tiempo?

Había una curiosidad genuina en los ojos de Kate, y Ray recordó cuando Mags mostraba una incredulidad similar en los tiempos en los que ambos eran dos jóvenes que trabajaban en el cuerpo. La sargento de Mags había dejado la policía para tener hijos y Mags le había dicho a Ray que no entendía qué sentido tenía hacer carrera si, al final, ibas a abandonarla y dejarlo todo.

—Quería quedarse en casa para ocuparse de los niños —dijo Ray, y sintió una punzada de culpa. ¿Era lo que Mags había querido? ¿O simplemente le había parecido lo correcto, lo que creía que debía hacer? Las guarderías eran tan caras que la opción de que Mags dejara de trabajar les había parecido obvia, y é ...