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TE ESTOY VIENDO

Clare Mackintosh

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Fragmento

«Clare Mackintosh lo ha vuelto a hacer. Un thriller que te deja sin aliento y con un planteamiento brillante. Una carrera a contrarreloj que querrás acabar como sea.»

Daily Mail

«Maravillosamente siniestra. Tras leerla, ya no puedo dejar de mirar detrás de mí…»

FIONA BARTON

«Sorprendente, original… y terriblemente cercano a una posible realidad.»

The Times

«Clare Mackintosh sabe como aumentar la tensión para dar el golpe de gracia al final.»

The Irish Independent

«Con Te estoy viendo, Clare Mackintosh ha conseguido superarse a sí misma. Escalofriante.»

JENNY BLACKHURST

«Espeluznante. Un thriller profundamente perturbador.»

Heat

«Un thriller inteligente y único.»

Sunday Times

«Brillante segunda novela de una de las más prometedoras voces del género.»

JEFFREY ARCHER

Recibe antes que nadie historias como ésta

«Absorbente y rebosante de acción.»

Sunday Mirror

«Increíblemente taquicárdica.»

C. L. TAYLOR

«Mackintosh se adentra en los grandes miedos de nuestro tiempo en esta novela de ritmo frenético.»

Metro

«Un punto de partida fascinante y una atención al detalle que cautivará al lector. ¡Me encantó!»

RENEE KNIGHT

«Inteligente, adictiva, provocativa. Ya nunca podrás ir en metro del mismo modo…»

B. A. PARIS

«Me enganchó desde la primera página. Sobrecogedora y persuasiva.»

CLAIRE DOUGLAS

«Un thriller que te mantiene en vilo constante… Un argumento inquietantemente plausible y un final de infarto.»

Good Housekeeping

«Una vez más, Mackintosh ha hecho una novela febril, diabólicamente buena, con un giro inesperado.»

MARK EDWARDS

«Un thriller psicológico que impacta desde el primer momento.»

Best

«Te estoy viendo es tanto un emocionante retrato de la familia moderna como un thriller sublime que te mantiene pegado hasta la última página.»

KATE HAMER

«¡Genial!»

TAMMY COHEN

«Te estoy viendo me ha tenido intrigada desde la primera hasta la última línea. Magníficamente construida, absolutamente verosímil y totalmente adictiva.»

JANET ELLIS

«Una idea brillante brillantemente desarrollada.

Un thriller que parece real.»

ALEX LAKE

«Fantásticamente terrorífica.»

Fabulous

A mis padres, que me enseñaron tanto

Agradecimientos

No cabe duda de que el segundo libro puede ser una experiencia delicada, y la presente obra no habría sido posible sin el apoyo, orientación y colaboración práctica de muchas personas generosas. Mi más sincero agradecimiento a Guy Mayhew, David Shipperlee, Sam Blackburn, Gary Ferguson, Darren Woods y Joanna Harvey por su ayuda en la investigación necesaria para este libro. Todos los errores son míos, y la licencia poética se aplica de forma deliberada. Siento una especial gratitud hacia Andrew Robinson, quien invirtió tanto tiempo personal en ayudarme que lo he incluido en el libro.

Gracias a Charlotte Beresford, Merilyn Davies y Shane Kirk, por sus opiniones sobre el argumento y por haber sido mis lectores beta, y a Sally Boorman, Rachel Lovelock y Paul Powell por haber pujado de forma tan generosa en las subastas organizadas para recaudar fondos y así tener el derecho a que un personaje llevara su nombre.

La vida de una escritora es a menudo solitaria. La mía es de una riqueza maravillosa gracias a las comunidades de Twitter, Instagram y Facebook, cuyos miembros siempre están dispuestos a alentarme con sus palabras, sus copas virtuales de champán y sus sugerencias para nombres de cobayas. Tanto en mi vida virtual como en la real sigue sorprendiéndome la generosidad de los escritores y lectores de thriller que acabo de describir: no podrían haberme apoyado más. Los creadores son un grupo de gente asombrosa.

Tengo la suerte de contar con la representación de la mejor agente de este mundo, Sheila Crowley, y me siento profundamente orgullosa de ser autora de la agencia literaria Curtis Brown. Deseo expresar mi especial agradecimiento a Rebecca Ritchie y Abbie Greaves por su apoyo.

No sería ni la mitad de buena escritora que soy sin el talento ni la visión de mi correctora, Lucy Malagoni, con la que siempre es un placer trabajar. El equipo de Little, Brown es excepcional, y deseo expresar mi agradecimiento a Kirsteen Astor, Rachel Wilkie, Emma Williams, Thalia Proctor, Anne O’Brien, Andy Hine, Kate Hibbert y Helena Doree por su entusiasmo y dedicación.

Debería existir un premio para las familias de las escritoras, quienes soportan los cambios de humor, los plazos de entrega, las cenas quemadas y el llegar tarde al colegio. En ausencia de medallas, deseo expresar mi amor y mi agradecimiento a Rob, Josh, Evie y George, quienes iluminan mi vida y hacen posible que existan mis libros.

Por último, mi más profundo agradecimiento a los libreros, bibliotecas y lectores a los que tanto les gustó Te dejé ir; gracias a ellos se convirtió en un éxito. Me siento muy agradecida y espero que también disfrutéis con Te estoy viendo.

Haces lo mismo cada día.

Sabes exactamente adónde irás.

No estás sola.

1

El hombre que tengo detrás está tan pegado a mí que podría humedecerme la piel del cogote con su aliento. Desplazo los pies hacia delante unos centímetros y me pego más a un abrigo gris que huele a perro mojado. Tengo la sensación de que no ha parado de llover desde principios de noviembre; una fina capa de vapor emana de los cuerpos calientes apiñados unos junto a otros. Un maletín se me clava en el muslo. Cuando el tren toma una curva con brusquedad, no me tambaleo gracias al peso de las personas agolpadas a mi alrededor y porque apoyo una mano accidentalmente sobre el abrigo gris en busca de cierto equilibrio. Ya en Tower Hill, el vagón escupe una docena de viajeros llegados a la ciudad desde las afueras y se traga otra docena, todos apresurados, ansiosos por llegar a casa para pasar el fin de semana.

—¡Ocupen la totalidad del vagón! —se oye por el altavoz.

Nadie se mueve.

El abrigo gris se ha marchado, y yo avanzo como puedo para ocupar su lugar, sobre todo porque ahora logro sujetarme a la barra y ya no tengo el ADN de un desconocido en el cogote. El bolso se me ha desplazado hasta la espalda y tiro de él para colocármelo por delante. Dos turistas japoneses llevan sendas mochilas enormes apoyadas sobre el pecho, por lo que ocupan el lugar de otras dos personas. En el otro extremo del vagón, una mujer se da cuenta de que estoy mirándolos y me expresa su solidaridad con un mohín. Acepto el contacto visual fugazmente y luego agacho la cabeza para mirarme los pies. Los zapatos que me rodean son de diversos tipos: los masculinos son grandes y lustrosos, bajo dobladillos de perneras de raya diplomática; los femeninos son coloridos y de tacón, con los dedos apiñados en puntas de estrechez imposible. Entre la maraña de piernas veo un par de elegantes medias; son de nailon negro y tupidas, y contrastan enormemente con las zapatillas de deporte blancas como la nieve. No veo a la propietaria, pero imagino a una veinteañera con un par de tacones altísimos guardados en un bolso espacioso o en un cajón de su despacho.

Jamás he llevado tacones durante el día. Casi no me quitaba los botines Clarks cuando me quedé embarazada de Justin, y no tenía sentido usar tacones en la caja del Tesco ni para ir tirando de un niño pequeño por la concurrida calle principal. Con los años me he vuelto más práctica. Tengo una hora de tren hasta el trabajo y otra hora de regreso a casa. Debo subir por escaleras mecánicas estropeadas, adelantar corriendo carritos de bebé y bicicletas… ¿Y para qué? Para pasar ocho horas detrás de una mesa. Reservo los tacones para los días señalados o las vacaciones. Llevo un uniforme autoimpuesto de pantalón negro y una variedad de camisetas elásticas que no necesitan plancharse y que son lo bastante elegantes para pasar por ropa de trabajo. Lo complemento con una chaqueta de punto que tengo en el último cajón para los días de mucho ajetreo, cuando las puertas están siempre abiertas y el calor se esfuma con la entrada de cada cliente potencial.

El tren se detiene y me abro paso por el andén. Desde aquí cojo el metro que circula por la superficie, y, aunque a menudo va muy lleno, lo prefiero. Estar bajo tierra me hace sentir incómoda; me cuesta respirar aunque sepa que el malestar es psicológico. Sueño con trabajar en un lugar que se encuentre lo bastante cerca de casa para ir caminando, pero eso no va a ocurrir jamás: los únicos trabajos atractivos están en la zona uno. Las únicas hipotecas asequibles son para casas de la zona cuatro.

Debo esperar el tren y, del expositor junto a la máquina expendedora de billetes, cojo un ejemplar de The London Gazette. Sus titulares reflejan la cruda realidad apropiada a la fecha de hoy: viernes 13 de noviembre. La policía ha frustrado una nueva trama terrorista. Las tres primeras páginas están repletas de imágenes de explosivos que han requisado en un piso del norte de Londres. Voy pasando las hojas con fotografías de hombres barbudos, al tiempo que avanzo hacia la hendidura del suelo situada justo debajo del cartel con el número de andén. Es el punto exacto donde se abrirá la puerta del vagón. Mi estratégica posición me permitirá, antes de que el tren se llene, colocarme en mi sitio favorito: al fondo del todo, donde puedo apoyarme, semisentada, contra la mampara de cristal. El resto del vagón queda ocupado en un santiamén, y observo a los pasajeros que siguen de pie. Me siento aliviada, aunque un poco culpable, al no ver ningún anciano ni ninguna embarazada con barriga pronunciada.

A pesar del zapato plano, los pies me duelen, pues me paso casi todo el día ordenando los archivadores. Se supone que no debería encargarme de eso. Hay una chica cuya ocupación consiste en fotocopiar los detalles de las propiedades y mantener el orden de la documentación, pero está pasando quince días en Mallorca y, según he comprobado, lleva semanas sin ordenarlas. He encontrado propiedades residenciales mezcladas con locales comerciales, y alquileres perdidos entre las ventas. Y he cometido el error de comentarlo.

—Será mejor que te encargues de ordenarlo, Zoe —dijo Graham.

Así que, en lugar de programar las visitas para los clientes, tengo que pasar horas de pie en el pasillo donde se encuentra el despacho de Graham, sufriendo las corrientes y deseando no haber dicho nada. Hallow & Reed no está mal como lugar de trabajo. Antes venía una vez a la semana para llevar la contabilidad, luego la gestora de la empresa cogió la baja por maternidad y Graham me pidió que la sustituyera. Yo era contable, no agente de la propiedad, pero el sueldo estaba bien y había perdido un par de clientes, así que aproveché la oportunidad sin pensarlo. Tres años después, todavía sigo aquí.

Cuando llegamos a Canada Water, el vagón se ha vaciado bastante y los únicos pasajeros que siguen de pie lo están porque quieren. El hombre sentado junto a mí tiene las piernas tan separadas que debo apartar las mías, y, cuando miro la hilera de pasajeros de enfrente, veo a otros dos viajeros en la misma postura. ¿Será algo consciente? ¿O se debe a un instinto innato de intentar parecer más corpulento que nadie? La mujer que tengo justo delante mueve la bolsa de la compra y oigo el tintineo inconfundible de una botella de vino. Espero que Simon se haya acordado de meter una en la nevera: ha sido una semana larga, y lo único que me apetece en este momento es acurrucarme en el sofá y ver la tele.

En las páginas casi centrales de The London Gazette, un antiguo finalista de X Factor se queja por «la presión de la fama», y hay un artículo sobre las leyes de privacidad que ocupa la parte central de otra página. Leo sin asimilar las palabras: miro las fotos y echo un vistazo a los titulares para no sentirme del todo desconectada. No recuerdo la última vez que leí el periódico de cabo a rabo, o que me senté a ver las noticias de principio a fin.

Siempre veo fragmentos del telediario de Sky mientras desayuno o leo de reojo los titulares en el periódico de otra persona de camino al trabajo.

El tren se detiene entre Sydenham y Crystal Palace. Oigo un suspiro de impaciencia procedente del fondo del vagón, pero no me molesto en averiguar quién ha sido. Ya es de noche y al mirar por las ventanas solo veo mi rostro devolviéndome la mirada. Se refleja incluso más pálido de lo que realmente es y está desfigurado por la lluvia. Me quito las gafas y me froto los surcos que la montura me ha dejado a ambos lados de la nariz. Se oye el crujido de los altavoces, pero el sonido llega tan amortiguado y quien habla tiene un acento extranjero tan fuerte que resulta imposible entenderlo. Para el caso, podría tratarse de un problema con la señalización o incluso la presencia de un cadáver en las vías.

Espero que no sea un cadáver. Pienso en mi copa de vino y en Simon dándome un masaje en los pies mientras estamos en el sofá, luego me siento culpable por estar pensando en mi comodidad y no en la desesperación del hipotético suicida. Estoy segura de que no se trata de un cadáver. Los cadáveres son muy de lunes por la mañana, no de viernes por la noche, cuando el trabajo queda felizmente a tres días de distancia.

Se oye un nuevo crujido por los altavoces y se hace el silencio. Sea cual sea el motivo del retraso, va a llevarnos un rato.

—Eso no es una buena señal —dice el hombre sentado a mi lado.

—Mmm… —Es un comentario que no me compromete.

Sigo pasando las páginas del periódico, pero no me interesan los deportes y ahora solo me quedan los anuncios y las críticas de cine. Si esto sigue así, no llegaré a casa hasta las siete y pico: tendremos que cenar algo rápido, en lugar del pollo asado que había planeado. Simon cocina durante la semana, y yo me encargo de ello los viernes por la noche y los fines de semana. Él también lo haría, si yo quisiera, pero sería incapaz de pedírselo. No podría exigirle que cocinara todas las noches para nosotros, para mis hijos. Quizá compre comida para llevar.

Me salto la sección de economía y echo un vistazo al crucigrama, pero no llevo ningún boli encima. Así que leo los anuncios, porque se me ha ocurrido que podría buscar un trabajo para Katie, o para mí, ya que estoy, aunque sé que nunca dejaré Hallow & Reed. El sueldo está bien y soy buena en lo que hago. De no ser por mi jefe, sería el trabajo perfecto. La mayoría de clientes es agradable. En su mayoría son start-ups en busca de local o empresas prósperas que quieren ampliar sus instalaciones. No gestionamos muchas casas, sino más bien los pisos situados sobre tiendas para compradores primerizos y clientes sin mucho dinero. Conozco a muchas personas que acaban de separarse. A veces, si me apetece, les digo que sé por lo que están pasando.

—¿Al final te ha ido bien? —me preguntan siempre las mujeres.

—Es lo mejor que he hecho en mi vida —les digo en tono de confidencia. Es lo que quieren oír.

No encuentro ninguna oferta de trabajo para una aspirante a actriz de diecinueve años, pero doblo la esquina de una página donde hay un anuncio en el que buscan una jefa de recursos humanos. Mirar las ofertas no hace daño. Durante un segundo me imagino que entro en el despacho de Graham Hallow y le entrego mi carta de dimisión, diciéndole que no pienso seguir aguantando que me hable como si fuera una mierda. Luego leo el sueldo de la oferta de jefa de recursos humanos y recuerdo cuánto me ha costado ascender, con uñas y dientes, hasta el puesto que ocupo, gracias al cual puedo mantenerme. Como dice el refrán: mejor malo conocido…

Las últimas páginas del Gazette están dedicadas a resoluciones de sentencias sobre compensaciones económicas y otros asuntos financieros. Evito escrupulosamente los anuncios de préstamos —esos que ofrecen dinero con unas tasas de interés que solo aceptaría alguien desquiciado o muy desesperado—, y leo el final de la página, donde se anuncian las líneas de contacto.

Mujer casada busca acción discreta y sin compromiso. Para fotos envía sms a Angel al 69998.

Arrugo la nariz más por el altísimo precio de la llamada que no por el servicio en sí. ¿Quién soy yo para juzgar lo que hacen los demás? Estoy a punto de volver la página, resignada a leer algo sobre el partido de fútbol de anoche, cuando veo el anuncio de debajo del de Angel. Durante un segundo supongo que tengo la vista cansada. Luego parpadeo con fuerza, pero nada cambia.

Estoy tan absorta en la lectura que no me doy cuenta de que el tren ha retomado la marcha. Arranca de pronto, y mi cuerpo da un bandazo hacia un lado, alargo una mano de forma automática y esta acaba aterrizando en el muslo de mi vecino.

—¡Perdón!

—Tranquila, no pasa nada. —Él sonríe, y yo me obligo a devolverle el gesto.

No obstante, me palpita el corazón y tengo la mirada clavada en el anuncio. Incluye la misma advertencia que los demás sobre el precio de la llamada, y un número que empieza con el prefijo 083 en la parte superior del recuadro. Hay una dirección de internet, www.encuentrala.com, pero lo que estoy mirando es la fotografía. Es un primer plano del rostro, aunque se ve claramente el pelo rubio y se intuye una camiseta negra de tirantes. Es una mujer mayor que el resto de las que mercadean con su compañía, aunque con una foto tan granulada resulta difícil precisar la edad.

Sin embargo, yo sé cuántos años tiene. Tiene cuarenta. Porque la mujer de ese anuncio soy yo.

2

De pie en el vagón de metro de la línea de Central, Kelly Swift trataba de mantener el equilibrio trasladando el peso de su cuerpo de un pie al otro mientras el tren tomaba una curva. En la parada de Bond Street, un par de chavales —no tendrían más de catorce o quince años— se subieron al vagón, abriéndose paso a empujones y soltando un taco tras otro, a cual más fuerte, palabrotas que desentonaban con la pronunciación de clase media de sus voces. Era demasiado tarde para actividades extraescolares y en la calle ya había anochecido; Kelly esperaba que fuesen camino de sus casas y no a salir de fiesta por ahí. No a su edad.

—¡Como una puta cabra!

El chico levantó la vista y su actitud chulesca se transformó en una expresión avergonzada al ver a Kelly allí mirándolo. Kelly adoptó el gesto que recordaba haber visto en el rostro de su madre tantas veces y los adolescentes enmudecieron de inmediato, se pusieron rojos como tomates y se volvieron para examinar con atención el interior de las puertas automáticas al cerrarse. Seguramente era lo bastante mayor para ser su madre, pensó con amargura, contando hacia atrás desde treinta e imaginándose con un hijo de catorce años. Varias de sus compañeras del colegio habían tenido hijos casi a esa edad: la página de Facebook de Kelly se llenaba con regularidad de orgullosas fotos de familia, y hasta había recibido un par de solicitudes de amistad de los propios hijos de sus amigas.

Eso sí era hacerle a una sentirse mayor…

Kelly sorprendió a una mujer con un abrigo rojo mirándola desde el otro lado del vagón, y esta le dedicó una mueca de aprobación por el efecto que había tenido sobre los chicos.

Kelly le devolvió la mueca acompañada de una sonrisa.

—¿Un buen día?

—Mejor ahora que se ha terminado —respondió la mujer—. No hay nada como el fin de semana, ¿eh?

—Yo trabajo. No libro hasta el martes.

«Y, aun así, solo un día libre antes de seis días seguidos de trabajo luego», pensó, suspirando para sus adentros. La mujer parecía horrorizada. Kelly se encogió de hombros.

—Alguien tiene que hacerlo, ¿verdad?

—Supongo… —Cuando el tren empezó a reducir la velocidad al aproximarse a Oxford Circus, la mujer se dirigió hacia la puerta—. Pues que le sea leve.

«Seguro que no lo será», pensó Kelly. Consultó su reloj. Le quedaban nueve paradas hasta Stratford; después dejar sus cosas y luego volver. En casa a las ocho, a las ocho y media tal vez. Al día siguiente, vuelta a empezar a las siete de la mañana. Soltó un enorme bostezo, sin molestarse en disimularlo con la mano, y se preguntó si tendría algo de comida en la nevera. Compartía casa cerca de Elephant and Castle con otras tres personas, aunque solo conocía sus nombres completos gracias a los cheques del alquiler clavados en el tablón de la entrada, listos para el cobro mensual. En su afán por aumentar sus ingresos, el casero había convertido el salón en un dormitorio adicional, dejando la pequeña cocina como la única zona común. Solo había espacio para dos sillas, pero los turnos de sus compañeras de piso y sus erráticos horarios hacían que a veces Kelly pasase días enteros sin ver a nadie. La mujer del dormitorio de mayor tamaño, Dawn, era enfermera. Más joven que Kelly pero mucho más abnegada que ella, en ocasiones Dawn dejaba al lado del microondas un plato para Kelly con una nota que decía: ¡BUEN PROVECHO! Le rugió el estómago solo de pensar en comida y miró su reloj. La tarde había sido más movidita de lo que esperaba; iba a tener que trabajar unas cuantas horas extras la semana siguiente, o de lo contrario nunca acabaría todas las tareas pendientes.

Un grupo de ejecutivos se subió al metro en la parada de Holborn y Kelly los examinó con ojo experto. A primera vista, todos parecían idénticos, con el pelo corto, los trajes oscuros y los maletines iguales. «La clave está en los detalles», pensó Kelly. Inspeccionó el traje de raya fina, el ejemplar de un libro metido despreocupadamente en una bolsa, las gafas de montura metálica con una patilla torcida y el reloj de pulsera con correa de cuero marrón debajo de una camisa de algodón blanca: las peculiaridades y los detalles en el aspecto físico que distinguían a cada uno de ellos de entre una fila de hombres prácticamente idénticos. Kelly los observaba sin ningún disimulo, con mirada objetiva. Solo estaba practicando, se dijo, y no se inmutó cuando uno de ellos levantó la vista y descubrió los ojos indiferentes de ella sobre él. Kelly pensó que apartaría la mirada, pero en vez de hacer eso le guiñó un ojo, transformando sus labios en una sonrisa que rezumaba seguridad. Kelly desvió la vista hacia su mano izquierda: estaba casado. Blanco, robusto, metro ochenta de estatura, con una sombra alrededor de la mandíbula que seguramente no estaba allí unas horas antes. El destello amarillo de una etiqueta olvidada de la tintorería en el interior de su abrigo. La espalda recta, tan erguida que Kelly apostaría a que se trataba de un exmilitar. Aparentemente del montón, pero Kelly lo reconocería si volvieran a encontrarse algún día.

Satisfecha, desplazó su atención hacia la última avalancha de pasajeros que se habían subido en Bank y que estaban peinando el vagón en busca de los escasos asientos libres. Casi todos iban con el móvil en la mano, jugando a algún juego, escuchando música o simplemente sujetándolo como si fuese un injerto. Al fondo del vagón, alguien levantó el móvil en el aire y Kelly se volvió de espaldas de forma instintiva. Turistas, sacándose una foto icónica en el famoso metro de Londres para enseñarla en casa, pero a Kelly la idea de aparecer como telón de fondo en las fotos de las vacaciones de unos extraños se le antojaba demasiado grotesca.

Le dolía el hombro por el golpe que se había dado contra la pared al doblar la esquina con demasiado ímpetu mientras corría por las escaleras mecánicas y se dirigía al andén en Marble Arch. Había perdido ese metro por los pelos, y le fastidiaba que el morado incipiente del brazo hubiese sido en vano. La próxima vez sería más rápida.

El tren se detuvo en Liverpool Street; una muchedumbre de gente esperaba en el andén, impaciente por que se abriesen las puertas.

A Kelly se le aceleró el pulso.

Ahí delante, en medio de la multitud, semiescondido detrás de unos vaqueros exageradamente grandes, una sudadera con capucha y una gorra de béisbol, estaba Carl. Lo reconoció al instante y, pese a las ganas que tenía de llegar a su casa, Kelly no iba a poder alejarse de allí sin más. Estaba claro por la forma en que se confundió entre la multitud que Carl la había visto una fracción de segundo antes, y estaba tan poco entusiasmado como ella ante la perspectiva del encuentro. Kelly iba a tener que actuar con rapidez.

Kelly se bajó del tren de un salto justo cuando las puertas se cerraban tras ella. Al principio creyó que lo había perdido, pero luego advirtió una gorra de béisbol unos diez metros delante de ella; no iba corriendo, sino zigzagueando con rapidez entre la multitud de pasajeros que abandonaban el andén.

Si algo le habían enseñado a Kelly los últimos diez años en el metro de Londres era que con cortesía y buena educación no se llegaba a ninguna parte.

—¡Abran paso! —gritó, echando a correr y abriéndose paso a empujones entre dos turistas de avanzada edad que arrastraban unas maletas—. ¡Cuidado, dejen paso!

Sí, esa misma mañana se le había escapado por los pelos, y se había llevado un moretón en el hombro como consecuencia, pero no pensaba dejarlo escapar de nuevo. Pensó un instante en la cena que imaginaba aguardándola en casa y calculó que aquello iba a añadir al menos dos horas extras a su jornada laboral. Pero qué se le iba a hacer… Siempre podía comprarse un kebab por el camino de vuelta a casa.

Carl subía corriendo por las escaleras mecánicas. El clásico error de novato, pensó Kelly, subiendo por las escaleras normales en su lugar: allí había menos turistas y era más fácil para las piernas en vez del movimiento irregular y las sacudidas de una escalera automática. Aun así, a Kelly le ardían los cuádriceps para cuando llegó a la altura de Carl. Este miró rápidamente por encima del hombro izquierdo cuando llegaron arriba y luego giró a la derecha. «Joder, Carl… —pensó ella—. Debería estar ya en mi casa…»

Lanzándose en un sprint final, Kelly le dio alcance cuando él estaba a punto de saltar por encima del torniquete de salida y lo agarró de la chaqueta con la mano izquierda mientras le retorcía el brazo por detrás de la espalda con la derecha. Tras un torpe intento de zafarse de ella, Carl le hizo perder el equilibrio y le tiró su gorra al suelo. Con el rabillo del ojo, Kelly creyó ver a alguien recogiéndola y esperó que no fuesen a largarse corriendo con ella. Ya había tenido problemas con Stores por haber perdido su porra en una refriega la semana anterior… no tenía ningunas ganas de recibir otro rapapolvo.

—Hay un montón de órdenes de búsqueda a tu nombre por incomparecencia, colega —dijo Kelly, salpicando sus palabras con exhalaciones entrecortadas y comprimidas por el ajustado chaleco antibalas. Se palpó el cinturón y sacó las esposas para colocárselas hábilmente a Carl en las muñecas y comprobar luego su firmeza—. Estás detenido.

Te veo. Pero tú no me ves a mí. Estás absorta en la lectura de tu libro, una edición de bolsillo con una chica con un vestido rojo en la cubierta. No veo el título, pero da igual: todos los libros son iguales. Cuando no van de chico que encuentra a chica, son de chico que acosa a chica. O de chico que mata a chica.

Y soy perfectamente consciente de la ironía que encierran mis palabras.

En la siguiente parada aprovecho la avalancha de pasajeros que se suben como excusa para acercarme a ti. Sujetas la tira del centro del vagón para no perder el equilibrio, leyendo con una sola mano, pasando de página con un pulgar bien entrenado. Estamos tan cerca que nuestros abrigos se rozan, y percibo el aroma avainillado de tu perfume, un olor que se habrá desvanecido mucho antes de que salgas del trabajo. Hay mujeres que se escabullen hacia el baño a la hora del almuerzo, a retocarse el maquillaje, a echarse otro toque de perfume. Pero tú no. Cuando te vea después del trabajo, la sombra de ojos gris oscuro de tus párpados se te habrá corrido para acentuar tus ojeras de cansancio, y la marca de carmín de tus labios se habrá transferido a innumerables tazas de café.

Pero estás muy guapa, incluso al final de una larga jornada laboral. Eso cuenta mucho. No es que siempre se trate de belleza pura y dura: a veces es un aspecto exótico, o uno pechos grandes o unas piernas largas. A veces tiene que ver con la elegancia y la clase —pantalones azul marino a medida y zapatos de tacón en color nude— y otras veces, en cambio, con la estridencia y la ordinariez. Con parecer un poco puta incluso. La variedad es importante. Hasta el bistec más exquisito se vuelve soso y aburrido cuando lo comes todos los días.

Llevas un bolso más grande que la mayoría. Sueles llevarlo cruzado por delante, pero cuando el vagón va lleno —como en esta parte del trayecto— lo dejas en el suelo, entre tus piernas. Ahora mismo está entreabierto, lo que me permite asomarme y ver lo que hay dentro. Un monedero de piel de cabritilla marrón claro con el cierre dorado. Un cepillo, con cabellos rubios prendidos de sus cerdas. Una bolsa de la compra reutilizable, enrollada hasta formar una bola. Un par de guantes de piel. Dos o tres sobres marrones, abiertos y metidos de cualquier manera en el interior del bolso con su contenido. Es el correo que has recogido del felpudo de la puerta después del desayuno, que has abierto en el andén mientras esperabas el primer tren. Alargo el cuello para ver lo que hay escrito en el sobre de arriba de todo.

Así que ahora sé cómo te llamas.

Aunque no es que importe mucho: tú y yo no vamos a mantener la clase de relación que precisa de nombres.

Saco mi móvil y deslizo el dedo para activar la cámara. Me vuelvo hacia ti y uso el pulgar y el índice para hacer zoom hasta que solo se ve tu cara en la pantalla. Si alguien se fija en lo que hago en este instante, pensará que estoy subiendo alguna foto en Instagram, o Twitter. Algún selfie.

Un clic silencioso y eres mía.

Cuando el vagón enfila una curva, sueltas la tira del techo y te agachas para sujetar tu bolso, sin apartar la vista del libro. Si no te conociera pensaría que me has pillado observándote y que estás moviendo tus cosas para esconderlas de la vista, pero no es eso. La curva en el trayecto simplemente indica que casi hemos llegado a tu estación.

Te gusta este libro. Normalmente dejas de leer mucho antes, cuando llegas al final de un capítulo, y deslizas entre las páginas la postal que utilizas como punto de libro. Hoy sigues leyendo incluso cuando el tren entra en la estación. Incluso mientras te abres paso entre la gente para alcanzar la puerta diciendo «Perdón» y «Disculpe» una docena de veces. Sigues leyendo incluso mientras te diriges andando a la salida, echando un rápido vistazo hacia delante para asegurarte de no chocar con nadie.

Sigues leyendo.

Y yo sigo observándote.

3

Crystal Palace es la última estación del recorrido. De no haber sido así, podría haberme quedado en mi asiento, mirando fijamente el anuncio con la esperanza de encontrarle algún sentido. La realidad es que soy la última en bajarme del tren.

La lluvia ha ido amainando hasta convertirse en chispeo, pero, apenas salgo de la estación de metro, el periódico que llevo en las manos queda empapado y me deja los dedos manchados de tinta. Ya es de noche, las farolas están encendidas, y los letreros de neón de los miles de puestos de comida para llevar y de tiendas de telefonía móvil de Anerley Road me permiten ver con claridad. Luces estridentes cuelgan de cada farola: son para el encendido de este fin de semana protagonizado por los famosos de poca monta, aunque hace un tiempo demasiado templado y es demasiado pronto para que yo empiece a pensar en Navidad.

No paro de mirar el anuncio de camino a casa, sin importarme que la lluvia esté pegándome el flequillo a la frente. A lo mejor no soy yo. Tal vez sea mi doble. No soy en absoluto el tipo de mujer ideal para anunciar una línea de contactos de las más caras: sería más razonable que usaran a alguien más joven, más atractiva. No a una señora de mediana edad, con dos hijos ya mayores y un poco de barriga. Estoy a punto de romper a reír. Ya sé que para gustos hay colores, pero… ¡Menudo nicho de mercado!

Entre el supermercado polaco y la cerrajería está la cafetería de Melissa. «Una de las cafeterías de Melissa», me recuerdo a mí misma. La otra está en una calle paralela a Covent Garden, donde sus clientes habituales del almuerzo llaman de antemano para pedir los bocadillos y así evitar hacer cola, y los turistas titubean delante de la puerta mientras deciden si valdrá la pena esperar tanto por un panini. La gente cree que tener una tienda en Covent Garden es como una máquina de hacer dinero, pero los alquileres comerciales son carísimos y en los cinco años que lleva abierto el negocio han tenido que luchar para obtener algún beneficio. Por otro lado, esta otra cafetería, con su pintura desconchada y la escasa competencia es una mina de oro. Lleva años en este lugar, haciendo caja sin parar, mucho antes de que Melissa se pusiera al frente y colgara su nombre sobre la puerta. Es uno de esos secretos ocultos que aparecen de vez en cuando en algunas guías de la ciudad. «El mejor desayuno de South London», afirma el artículo fotocopiado que está pegado con celo en la puerta.

Permanezco en la calle de enfrente durante un rato, para poder mirar sin ser vista. Por dentro, las vitrinas están ligeramente empañadas en los bordes, como una fotografía difuminada de los ochenta. En el centro, detrás del mostrador, un hombre está limpiando el interior del expositor de metacrilato. Lleva un delantal doblado por la mitad y atado a la cintura —como un camarero parisino—, en lugar de llevarlo puesto sobre el pecho y metido por el cuello. Con su camiseta negra y su pelo del mismo color, peinado como si acabara de levantarse, tiene demasiado estilo para estar trabajando en una cafetería. ¿Que si es guapo? Sé que no puedo ser objetiva, pero es guapo a rabiar.

Cruzo la calle atenta a los ciclistas cuando un conductor de autobús me indica con la mano que cruce por delante de él. La campanilla de la puerta de la cafetería suena y Justin levanta la vista.

—¿Qué hay, mamá?

—Hola, cielo. —Echo un vistazo en busca de Melissa—. ¿Estás solo?

—Melissa ha ido al local de Covent Garden. El jefe está de baja y ella me ha dejado al cargo. —Habla con tono de despreocupación, así que hago un esfuerzo por responder con la misma tranquilidad, aunque en realidad me siento henchida de orgullo. Siempre he sabido que Justin era un buen chico; solo necesitaba que alguien le diera una oportunidad—. Dame cinco minutos —dice mientras limpia el trapo en el fregadero de acero inoxidable que tiene detrás— y te atiendo.

—Quería comprar algo de comida para la cena. Supongo que ahora tendrás la freidora apagada.

—Acabo de apagarla. Si quieres unas patatas, no tardaré mucho en freírlas. Y también tengo unas salchichas que habrá que tirar si no se comen hoy. A Melissa no le importará que nos las llevemos a casa.

—Las pagaré —digo, porque no quiero que Justin pierda la perspectiva por su cargo pasajero de responsabilidad.

—A ella no le importará.

—Las pagaré de todas formas —insisto con firmeza y saco la cartera. Levanto la vista para consultar el precio de cuatro salchichas con patatas fritas en la pizarra. Mi hijo está en lo cierto al decir que Melissa nos las habría regalado de estar ella aquí, pero no está, y en nuestra familia siempre pagamos lo que comemos.

Las tiendas y otros negocios van disminuyendo en número a medida que nos alejamos de la estación y van dejando paso a las casas adosadas en hileras, dispuestas de doce en doce. Hay varias tapiadas con persianas metálicas de color gris, lo que significa que han sido expropiadas. El grafiti añade explosivos toques rojos y naranjas a las puertas de entrada. La hilera donde se encuentra nuestro hogar, no es distinta —a la casa que está tres puertas más allá le faltan azulejos y tiene un grueso marco de madera de contrachapado en las ventanas—; además, se sabe perfectamente cuáles son las casas de alquiler por las alcantarillas embozadas y los ladrillos manchados de la fachada. Al final de la hilera hay dos casas de propiedad: la de Melissa y Neil, en la tan codiciada esquina donde se encuentra la última de las viviendas adosadas, y la mía, justo al lado.

Justin rebusca sus llaves en la mochila, y yo me quedo esperando un rato en la acera, junto a la cancela que rodea lo que, siendo muy generoso, podría llamarse el jardín principal. Las malas hierbas asoman entre la gravilla húmeda y el único elemento decorativo es una lámpara de energía solar con forma de faro antiguo, que proyecta un apagado fulgor amarillo. El jardín de Melissa también está cubierto de grava, pero no se ven malas hierbas, y a ambos lados de la entrada hay dos bojes podados con forma de espiral. Bajo la ventana del salón hay una franja de ladrillos con un tono ligeramente más claro que los demás; es el lugar del que Neil borró el grafiti que algún vecino de South London, de esos con mentalidad cerrada todavía, pintó para criticar el matrimonio interracial.

Nadie se ha molestado en correr las cortinas de nuestro salón, y veo a Katie pintándose las uñas sobre la mesa del comedor. Antes insistía en que nos sentáramos a cenar juntos a la mesa; me encantaba tener la oportunidad de saber cómo les había ido en el colegio. Al principio, cuando acabábamos de mudarnos a esta casa, era el momento del día en que sentía que nos iba bien sin Matt. Allí estábamos, nuestra pequeña unidad familiar de tres personas, sentados a la mesa para cenar a las seis de la tarde.

A través de la ventana —cubierta por la sempiterna capa de hollín consecuencia de vivir en una calle con mucho tráfico—, veo que Katie ha hecho sitio para su kit de manicura entre las revistas, la pila de recibos y la cesta de la colada, que, por algún motivo, ha decidido que la mesa del comedor sea su hogar natural. De vez en cuando lo recojo todo para que comamos juntos los domingos, pero no pasa mucho tiempo antes de que una marea reptante de documentos y bolsas de la compra abandonadas nos eche de allí y nos obligue de nuevo a comer con las bandejas sobre el regazo, delante del televisor.

Justin abre la puerta, y recuerdo la sensación que tenía cuando mis dos hijos eran pequeñ ...