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TENGO EN Mí TODOS LOS SUEñOS DEL MUNDO

Jorge Díaz

5


Fragmento

1

LA BUTACA DE PENSAR

Por Gaspar Medina para El Noticiero de Madrid

ESPAÑOLES DEL NORTE Y ESPAÑOLES DEL SUR

Hace sólo tres años celebrábamos el centenario de la primera Constitución española, la que salió de las Cortes de Cádiz y se dio en llamar la Pepa. En aquella feliz ocasión, desperdiciada más tarde por el feroz absolutismo de Fernando VII, un monarca estúpido, se procuró hacer una ley común, un marco de entendimiento para los españoles de ambos hemisferios, del norte y el sur. Desde entonces se han ido perdiendo todas las colonias que un día fueron parte de nuestra patria, desde aquellos países de Sud América hasta Cuba o Filipinas. Aquellos hombres y mujeres, nacidos a miles de kilómetros de la tierra de sus antepasados, dejaron de ser españoles para convertirse en chilenos, en colombianos, en mexicanos… Nuestros representantes en Cádiz quisieron trabajar para unos y otros, pero ya era tarde y la falta de miras de un monarca obtuso nos llevó al final del glorioso imperio que fuera el orgullo de medio mundo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero quedan muchos españoles en todas las latitudes. Cada año parten de España miles de jóvenes, hombres y mujeres, para buscar un futuro mejor. Desde los comercios de La Habana hasta los cafetales del estado brasileño de San Pablo, desde las plantaciones de cacao de Guinea Ecuatorial hasta los vastos campos de la Patagonia, en cada uno de esos lugares se puede escuchar a alguien hablar con uno de nuestros acentos. Todo el continente americano, el asiático y el africano reciben a algunos de los mejores ejemplares de nuestra raza: andaluces, castellanos, vascongados, catalanes, gallegos… Los pueblos y las ciudades españoles quedan así representados hasta los confines más remotos de este planeta que habitamos.

No podemos dejarlos solos, no podemos abandonar de nuevo a nuestros compatriotas a su suerte y permitir que unos ciudadanos españoles, iguales a nosotros, acaben convertidos en cubanos, argentinos o peruanos. España y su rey deben estar junto a ellos, el gobierno español debe aprobar partidas presupuestarias que ayuden a mantener el contacto de nuestros emigrantes con sus familias y sus lugares de origen.

 

—Hacia el norte sólo hay hombres matándose. Mejor ir hacia el sur, como los pájaros cuando llega el frío.

Si Gabriela pudiese, se tiraría al mar y nadaría. Como le enseñó su padre cuando era niña, ayudándose con los brazos y las piernas, imitando el movimiento de las ranas en las charcas y sumergiendo la cabeza en el agua para expulsar el aire tras cada esfuerzo. Así durante horas y horas, días, semanas…, hasta alcanzar un mundo distinto. Uno en el que no tuviera que obedecer las órdenes de su familia, en el que pudiera decidir por sí misma lo que desea hacer con su vida, en el que no tuviera que casarse a las siete de la mañana del día siguiente con un novio al que no ha visto nunca. Quizá un mundo en el que ni siquiera fuese una mujer sino un hombre que no tuviese que someterse a nadie, que pudiera luchar para imponer sus deseos.

—Dicen que en línea recta llegas a Barcelona.

—Me da igual dónde llegar. Lo importante es huir, salir de esta isla.

Pero no es posible huir así: el agua del mar está fría —helada en esta época del año—, y nadando no se puede llegar a ningún sitio. Además, en Europa los hombres se matan unos a otros en una guerra que dura más de un año y que no tiene visos de acabar. Ella ni siquiera es un hombre libre, es una mujer y no le queda más remedio que acatar las decisiones que otros han tomado en su lugar y casarse al día siguiente, la mañana del día de Nochebuena de 1915.

—¿No irás a negarte…? Te echan del pueblo si dices que no.

—¡No estoy tan loca!

Àngels está preocupada por ella, pero no hay nada que temer. Hará lo que tiene que hacer, como de costumbre, lo que su madre le ordene. Será la buena chica que siempre ha sido.

Si al menos Enriq, el hombre del que está enamorada, hubiera hecho algo para frustrar su boda… Pero él, además de despreciarla e ignorarla desde que recibió la noticia de su compromiso, no ha movido un dedo. Aquella noche, cuando se lo dijo, ella le demostró lo mucho que le amaba dándole aquello que tantas veces le había negado —quería esperar a casarse con él—, pero entonces se le entregó para demostrarle hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Ni eso cambió las cosas, ahora hace casi un mes de aquello y Enriq no ha llegado a recogerla a caballo para impedir que se case con otro, tampoco le ha hablado y le ha pedido que se niegue a hacerlo. No le ha propuesto fugarse juntos, montar en un barco rumbo a Barcelona, Francia o a donde sea y empezar una nueva vida, los dos solos. Ella le habría seguido hasta donde él le propusiera. Si por lo menos la hubiera raptado y deshonrado a ojos de todos, para que la familia del que va a ser su marido la repudiara y fuesen ellos los que impidiesen la unión, aunque después él desapareciera y con eso la condenara a la soledad para toda la vida, Gabriela lo daría por bueno, por amor. Pero no, quizá es que para él es una liberación que otro se la lleve, quizá él tenga los mismos sueños de libertad que ella y Gabriela sea la cadena que le atenaza y los impide.

Necesitaba a Enriq para cambiar su destino y parece que él ha decidido no ayudarla a escapar. Debe seguir esperanzada hasta el final, sin rendirse: queda una noche y debe seguir convencida de que él sólo apura el tiempo, no dejar de soñar en que aparecerá cuando llegue el momento

—¿Y si esta noche él viene a por ti…?

—Hasta el último minuto, hasta que yo entre en la iglesia, hasta que tenga el anillo en el dedo, Enriq está a tiempo.

—¿Y después?

—Si no lo hace antes, no lo hará después.

—Mejor, Enriq es un cobarde y no te merece.

Si no llega, Gabriela hará lo más lógico, poner rumbo al sur, como los pájaros. Tomar el camino de Buenos Aires; ¿llegan los pájaros tan lejos? Quién sabe si podrá volver al norte cuando aquí empiece el calor.

—Gabriela, ¿dónde estabas?

—En el Cap de Sa Paret, con Àngels.

Unas horas antes de casarse tiene que seguir obedeciendo a su madre. A partir de mañana, a quien deberá obedecer es a su marido.

—¿Lo tienes todo preparado?

—Creo que sí.

—Duerme, mañana será un día muy largo, y hay que madrugar.

Se va a la cama sin ganas de dormir. La boda es, según la costumbre local de los pueblos mallorquines, entre semana y a las siete de la mañana, para que los invitados puedan acudir a sus labores en el campo, el mar o las fábricas tras asistir a la ceremonia y al desayuno que ofrecerán las familias de los novios. Los domingos nadie se casa, exceptuando a los muy ricos: la iglesia se destina a las misas y a los demás servicios, no hay matrimonios; un casorio no es una gran celebración sino un trámite más, una de las cosas habituales que suceden en la vida, como la enfermedad, el nacimiento de los hijos o la muerte.

Gabriela tendrá que estar despierta antes de las cinco de la mañana para vestirse y salir, acompañada por su familia y los vecinos, hacia la iglesia de Sant Bartomeu. En apenas siete horas estará casada con Nicolau si nada lo remedia.

Ella nunca había oído hablar de Nicolau Esteve hasta hace dos meses. Su futuro marido es uno de tantos vecinos de Sóller que han emigrado de la isla. Gabriela conoce a algunos que están en Barcelona, Francia o Cuba, pero no sabía de ninguno que se hubiese marchado a Argentina. Ahora ha descubierto que sí, que hay algunos sollerenses en ese país y que Nicolau es el más importante, el más rico de todos. Se marchó hace casi treinta años, mucho antes de que ella naciera.

En el pueblo todos están muy orgullosos del buen trabajo que hace mosén Josep Pastor, al que todos conocen como el Vicari Fiquet; es él quien ha organizado el matrimonio. Son muchas las parejas de las estribaciones de la sierra de la Tramuntana que han contado con su intermediación. Dicen que lleva cerca de mil bodas combinadas y que nunca falla, que si él escoge a los contrayentes las parejas son un éxito y todos resultan agraciados con el premio de la felicidad. Cuentan que el Vicari Fiquet tiene un archivo con una ficha para cada una de las mozas casaderas de Sóller y de los pueblos de alrededor, de Deiá, de Valldemosa, de Buñola y hasta de Calviá. En la ficha consigna sus características más importantes: bonita, magnífica cocinera, buen carácter, aficionada a la lectura…, pero también nerviosa, irascible o descarada. Si las virtudes que el Vicari ha observado en la joven son positivas, la moza tiene posibilidades de hacer una buena boda con alguno de los emigrantes exitosos que se ponen en contacto con él para encontrar esposa en la vieja tierra. A Gabriela no le parece muy distinto de lo que hacen los chuetas con sus casamenteras; no entiende por qué en ellos lo critican mientras al cura se le abren todas las puertas.

El mosén ni siquiera habló con ella antes de cerrar el compromiso. Fue a su casa en un momento en que ella no estaba y se lo planteó a sus padres. Después su madre se lo anunció.

—Ha venido el Vicari Fiquet; hay un hombre del pueblo, un sollerense, que partió hace años a la Argentina y que busca esposa. El mosén cree que tú serías perfecta para él.

—Pero yo no quiero casarme con alguien a quien no conozco.

—Ya está la pavisosa ésta con los pájaros en la cabeza y la llantina del amor, como si de eso se comiese. Tú harás lo que tu padre y yo decidamos. Nosotros sabemos lo que te conviene.

Cuando le contaron quién era su pretendiente, Gabriela se sintió halagada: un indiano rico, el dueño del Hotel Mallorquín y del Café Palmesano en Buenos Aires, un hombre que ha comprado para su familia una gran casa en el centro del pueblo y para su padre tierras en la zona de los mejores frutales. Junto a la petición de matrimonio llegó una caja con las naranjas más dulces que habían probado en casa de Gabriela Roselló. Incluso Àngels sintió envidia y deseó haber sido la escogida por el Vicari para ese hombre. Pero Gabriela, como todas sus amigas, soñaba con un amor como el de los folletines que leen a hurtadillas. Ella esperaba el amor y una vida distinta.

Distinta va a ser, eso seguro. Le quedan pocas semanas para dejar de estar acompañada por ese mar que lleva ahí desde siempre, por esas montañas que a ratos parecen aislar el pueblo y a ratos protegerlo, y cruzar el mundo entero hacia el sur, rumbo a un destino incierto. Ha soñado muchas veces con vivir en una de las mansiones que se levantan en el centro de Sóller, en la Gran Vía, casada con uno de sus ricos herederos; quizá vaya a vivir en una casona similar, situada en una avenida igual a ésa en otra ciudad, en otro país. Dicen que Buenos Aires es como París; da lo mismo, Gabriela no sabe cómo es París, aunque las dos ciudades le llenan de miedo.

A Nicolau le ha ido bien en la Argentina, no todos los que abandonan su tierra logran cumplir sus sueños. Su posición desahogada le permite pedir una esposa al pueblo: una joven bella, dulce y sana que se convierta en madre de sus hijos, que los eduque y sea capaz de hablar con ellos en mallorquín, de enseñarles la lengua de sus antepasados. Eso no se lo dará ninguna de las mujeres que pueda haber conocido allí, por muy grande, muy elegante y muy cosmopolita que sea Buenos Aires. Por eso ha recurrido al Vicari Fiquet y ha confiado en su habilidad como casamentero.

Algunos emigrantes vuelven a la isla en cuanto han ganado dinero suficiente para establecerse y vivir una vida de lujo: construyen bellas casas señoriales —como Can Prunera, levantada por un vecino que se hizo rico con los negocios de fruta en Francia; Can Massana, por uno que regresó de Puerto Rico, o Ca s’Amèrica, otra de las erigidas por los indianos regresados de las antiguas colonias españolas—; otros montan negocios relacionados con la agricultura o los tejidos, ahora que el tren a Palma ha facilitado los transportes y el puerto de Sóller es capaz de recibir barcos de buen tamaño; o lujosos cafés y comercios. Sóller es una ciudad muy próspera desde que muchos de ellos volvieron con sus fortunas. No es el caso de Nicolau Esteve; él nunca ha visitado el pueblo o ha demostrado intención de regresar para retirarse en él. Aunque Sóller sea un buen lugar para vivir, con una economía pujante y cierto bienestar, al menos en comparación con otros municipios de la misma isla de Mallorca, Gabriela cree que, cuando embarque al encuentro de su marido, nunca volverá a su pueblo. Su madre se pone furiosa cuando le dice que quizá no vuelvan a verse ni conozca a sus nietos.

—¿Y para qué quieres volver? Mejor ser la esposa de un hombre rico en una gran ciudad que la de un pescador miserable en un pueblo pequeño.

Pero su madre, nacida en Castilla, se casó con un simple pescador, pobre aunque no miserable, y Gabriela no recuerda que en su casa haya faltado nunca nada importante.

Cierra los ojos y piensa en cómo será el señor Esteve, Nicolau. Nadie le ha mandado un retrato. Cuando se lo pidió a su madre, ésta se lo tomó como una impertinencia, así que su única referencia para imaginarlo es su suegro. Espera que el hijo del señor Quimet no tenga las mismas manchas en las manos, las mismas arrugas en el rostro, la misma expresión de desconfianza que su padre. Tampoco entiende la impertinencia, ya que ella tuvo que ir con su madre a Palma para que Nicolau pudiera verla antes de dar su aprobación al compromiso. Al principio le resultó divertido, cogieron el ferrocarril a Palma y fueron al estudio de un fotógrafo en la plaça del Mercat. Le sacaron varias fotografías, con sombrero y sin él, vestida de blanco y de negro, sentada y de pie. Pronto empezó a fatigarse y a sentirse como una mercancía mientras su madre daba órdenes a todos.

—Sonríe, niña, que parece que te haces las placas obligada. De estas fotografías depende que tengas marido, te vayas a Argentina y puedas tirar de tus hermanos pequeños y llevártelos algún día. Y usted, afine con la cámara, que la niña tiene que estar guapa.

Gabriela fantaseaba con la idea de que al destinatario de los retratos no le gustaran y que Nicolau la repudiara por cualquier motivo, por fea, por antipática, por morena, el que fuera. Que el indiano le dijera a su madre lo que ella no se atrevía: que no, que no habría boda. Pero, a vuelta de correo, el casamiento quedó cerrado y marcado para este día navideño, el día de Nochebuena. El tiempo ha pasado tan deprisa…

Cada ruido azuza sus sentidos; cada momento, en medio de esa noche fría de diciembre, espera ver aparecer a Enriq —que habría esperado hasta el último momento pero llegaría—, dispuesto a convertirla en su mujer y hacer que el indiano se buscara a otra. Nicolau se quedaría con su dinero y ellos con su pobreza y su amor, con sus ganas de vivir unidos. Pero su amiga Àngels tiene razón y se atreve a decirlo en voz alta con más libertad que la propia Gabriela a pensarlo: Enriq es un cobarde que nunca se atreverá a tomar el mando de su vida, ¿cómo iba a hacerlo también con el de ella?

Quiere mantenerse despierta toda la noche, aprovechar sus últimas horas de soltería, estar preparada por si tiene que ayudar a Enriq a consumar su secuestro, pero de madrugada le vence el sueño. En el sueño comienza a nadar en mar abierto. Recorre una gran distancia; tanta, que apenas ya distingue la isla como una mancha verdosa en el horizonte, pero no está fatigada en absoluto. Quiere seguir nadando y alejándose de esa vida que no le corresponde. De pronto, avista tierra. El corazón le da un vuelco y hace un último esfuerzo por llegar. Cuando pone un pie en el suelo firme y echa la vista atrás para ver el camino que ha recorrido, repara en que hay cuerpos flotando en el mar. Decenas de cadáveres, de aquellos que no han aprendido a nadar. Grita muy alto y entonces ve a su madre frente a ella, zarandeándola.

Así comienza el día de su boda.

* * *

—Mañana a mediodía estaremos en Cádiz, capitán.

Don José Lotina Abrisqueta está orgulloso de lograrlo una vez más, tiene a gala ser uno de los capitanes más puntuales de toda la marina mercante, no sólo española, sino del mundo entero. Ni italianos, ni ingleses, ni franceses o americanos, el capitán Lotina es el que ha logrado llegar más veces a puerto cumpliendo con los horarios previstos. Y, aunque haya quienes le acusen de poner en riesgo las embarcaciones por alimentar sus estadísticas, lo hace con la mayor seguridad. En todos sus años de navegación sólo ha sufrido un incidente serio, en 1901, cuando al mando del vapor Pilar un temporal en el Cantábrico hizo que la carga se desplazara y el barco estuviera a punto de naufragar. Con gran habilidad y sangre fría consiguió vararlo en un banco de arena y salvar la vida de todos sus pasajeros. Un par de días después, se logró rescatar también toda la carga. Gracias a acciones como ésta se ha convertido en el capitán más apreciado de la compañía naviera Pinillos y por eso le han confiado el mejor barco de la flota, el magnífico Príncipe de Asturias.

—¿Alguna embarcación de guerra a la vista?

—No hemos divisado ninguna, de momento. Pero los barcos ingleses suelen patrullar por la zona del Estrecho. Todavía están a tiempo de darnos el alto.

La guerra ha convertido en un riesgo atravesar el Atlántico, los alemanes han cambiado las reglas del juego hundiendo el Lusitania, un buque inglés que había izado la bandera norteamericana para burlar el bloqueo. El mensaje quedó claro: nadie está a salvo, lleve la bandera que lleve.

Su barco tampoco está al margen de este mercadeo. En las bodegas del Príncipe de Asturias hay varias toneladas de trigo argentino cargadas en el puerto de Buenos Aires. El capitán Lotina ignora por completo su destino final, si se quedarán en España, donde su esposa le ha dicho que los precios de los alimentos suben cada día y que las tiendas están mal surtidas pese a los beneficios económicos que trae la neutralidad, o si se venderán a los países en guerra que han dejado de producir cereales y necesitan importar casi todo lo que consumen.

—Si nos paran, podemos tener problemas con el trigo, capitán.

—Si nos paran, que lo arrojen al mar. Mi trabajo es llevar el barco a puerto con sus pasajeros y la correspondencia en perfecto estado. El trigo y la guerra no son asunto mío.

A otros la correspondencia les da igual, pero para el capitán Lotina es primordial. Muchas de las cartas que lleva son comerciales, pero muchas otras son personales: hijos que se fueron a Argentina y escriben a sus padres; otros que reclaman a sus hermanos para reunirse con ellos en su nueva vida; cartas de amor entre parejas a los que la vida ha separado, quizá por un tiempo o quizá para siempre… Prefiere perder una tonelada de trigo que una sola carta de amor.

Aunque vizcaíno, de Plencia, Lotina vive en la Barceloneta desde hace años. Tantos que, además de vasco, se considera un barcelonés más. No llegará a tiempo de pasar la Nochebuena y la Navidad con su familia, pero después disfrutará de casi un mes de vacaciones mientras se hacen algunos trabajos de acondicionamiento en el Príncipe de Asturias, el vapor que con tanto orgullo capitanea. No son trabajos importantes que él tenga que supervisar, nada relacionado con la navegación; se trata de mejoras en los camarotes de lujo, las cocinas y las bodegas de carga. Otros oficiales a su servicio, residentes en Cádiz, se encargarán de que todo se haga según las instrucciones del capitán. En la ciudad andaluza sólo le retendrá algún día su obligada visita a don Antonio Martínez de Pinillos, el armador del barco. Sabe que está haciendo gestiones para que no se vean nunca interceptados por las naves alemanas o inglesas, y confía en que éstas tengan éxito, por el bien de todos.

Está deseando avistar la ciudad de Cádiz, de todas las que visita, una de sus preferidas junto con La Habana. Ambas son muy parecidas. Le gusta ver los miradores que se levantan en los edificios principales desde los que se observan los barcos que llegan, siente que le dan, de nuevo, la bienvenida a Europa. La demostración de que, una vez más, ha surcado el océano con éxito.

—¿Cuándo viajará usted a Barcelona, capitán?

—En cuanto zarpe un barco de nuestra compañía hacia allá. Uno que vaya lo más directo posible, sin parar en todos los puertos de la costa.

Félix Rondel, su hombre de confianza, será quien dirija las reformas del barco. Es gaditano y agradecerá quedarse todo el mes en su ciudad con la familia. Le relevará al mando del Príncipe de Asturias; Lotina sabe que no debe temer nada.

Además de la alegría y excitación propias de llegar a casa, los momentos previos a arribar a puerto se viven con cierta inquietud. ¿Estará todo bien? ¿Habrá pasado algo grave en estas semanas? Todos los marinos experimentan ese desasosiego a pesar de que la telegrafía haya simplificado las cosas. Lo único cierto es que cada viaje lleva implícita la renuncia a momentos importantes de la vida familiar. Él, por ejemplo, no ha estado presente en el nacimiento de su hija. El momento más emocionante de su vida tuvo lugar en el muelle del puerto, el día que su esposa se presentó a recibirlo con un pequeño bulto entre los brazos, su pequeña hija Amaya. Nunca se le borrará el recuerdo de ese instante. Pero no siempre son historias felices, muchas de ellas son tristes, como cuando las familias acuden a recibir a sus seres queridos vestidas de luto. Cada marinero tiene su historia que contar.

A Lotina le queda todavía cumplir con uno de los protocolos obligados para un capitán en la última noche de travesía: cenar en el comedor de gala con los pasajeros de la primera clase. A lo largo del trayecto lo evita con dedicación, pretextando toda clase de maniobras de seguridad del buque, pero la última noche no tiene más remedio que ponerse el mejor de sus uniformes y sentarse a la mesa con los viajeros más distinguidos. La primera clase regresa repleta de Buenos Aires, a diferencia de los viajes de ida, en los que la mayor parte del pasaje es de tercera. Son muchos los desfavorecidos que buscan llegar a la pujante América; pocos los que quieren volver a la decadente y sanguinaria Europa, por lo menos antes de haberse hecho ricos y regresar en una clase distinta a la que les vio partir. Los viajeros de tercera que emprenden el camino de vuelta más que pobres regresan desencantados, han fracasado en la carrera de la emigración y ya no les quedan esperanzas para empezar de cero en otro sitio.

—¿A quién pretenden sentar a mi mesa esta vez?

—Todavía no nos han traído el listado, pero cuente con don Mariano Cordel y su esposa.

—Ni hablar, no soporto a ese matrimonio. Ella es insufrible.

—Viajan en un camarote de lujo y se creen con derecho a cenar con el capitán, pondrán una queja.

—Que la pongan. Con un poco de suerte me degradan y debo dedicarme a líneas menos importantes. Empiezo a estar algo harto de viajar a América.

—No diga eso, capitán. Le quedan a usted muchos mares por surcar. Además, ¿qué sería del Príncipe de Asturias sin usted?

—Este barco es tan bueno que incluso podría llevarlo un niño… Haga el favor de sentar a mi mesa a los pelotaris que vienen de Montevideo, me lo paso mucho mejor con ellos que con unos aristócratas de pacotilla… Seguro que Paula me entiende. Por cierto, ¿alguna novedad en su estado? Me gustaría verla antes de la cena.

—Hablé hace un rato con el doctor. Está bien y pronto podrá tener el alta.

Hace tiempo que la gallega Paula Amaral trabaja como camarera en la primera clase y atiende las famosas mesas que tanto detesta el capitán. Durante el viaje, al inicio de la travesía, sufrió un ataque de apendicitis que se ha resuelto felizmente. Por suerte para ella, el barco de la Naviera Pinillos tiene un completo hospital a bordo, con quirófano incluido, y un profesional equipo médico que pudo hacer frente a su enfermedad sin problemas. Si esto mismo le hubiera sucedido en otra nave, lo más probable es que Paula estuviera muerta.

Tendida en la camilla de la enfermería, se recupera lentamente del susto. Los días se le han hecho muy largos y monótonos, salvo por las atentas visitas de sus compañeros. Lo cierto es que Paula hubiera preferido estar trabajando que dándole vueltas a la cabeza, encerrada entre cuatro paredes. Antes de partir de Buenos Aires tomó una decisión y no le gustaría volverse atrás por muchas dudas que le surjan ahora. Ella no quiere ser camarera, nunca lo ha querido, y por fin ha llegado el momento de intentar ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Su sueño es confeccionar vestidos: diseñarlos, coserlos, probárselos a las mujeres que los vestirán… Al regresar a Buenos Aires se bajará del Príncipe de Asturias y ya no volverá a subir más en él.

Después de tantos años visitando algunas de las ciudades más ricas del mundo, se ha hartado de soñar frente a los escaparates de sus calles principales, admirando a las mujeres elegantes y deseando formar parte de ese mundo. Sí, ser diseñadora no es lo mismo que llevar uno de esos impresionantes vestidos al Teatro Colón o a la Confitería Las Violetas, en Belgrano, o a La Perfección, en la calle Corrientes, pero al menos quiere dar un paso importante y empezar a ver la vida desde el lado del cristal que ella prefiere, desde el interior de la tienda.

Hasta el quinto viaje a Buenos Aires no tuvo el arrojo de franquear la puerta de ninguna de ellas. No se consideraba digna de acceder a un ambiente tan distinguido. Dio el primer paso con miedo, contando mentalmente los segundos que tendría para explicar su propósito antes de que la invitasen cortésmente a marcharse. Muerta de la vergüenza, entró en el mejor establecimiento de la calle Florida, el punto de encuentro de la alta sociedad, donde la recibió una mujer con fuerte acento francés. En lugar de rechazarla, la invitó a pasar y Paula pudo explicarse. Le contó que en su aldea gallega las madres enseñaban a las hijas a coserse la ropa que pudieran necesitar. Ella siempre fue mañosa y tanto su madre como las vecinas alababan sus labores. No fue hasta su primera visita a la capital cuando comprendió la cantidad de posibilidades que se escondían detrás de un trabajo tan humilde como la costura: telas lisas, brillantes, bordadas… Desde aquel momento, comenzó a fantasear con vestidos imposibles para ella y sus amigas; los dibujaba, imaginaba las telas y después se conformaba con remendar la ropa vieja con la que vestían todas a diario. A bordo del Príncipe de Asturias, como camarera de primera clase, ha tenido ocasión de ver a las mujeres más elegantes a ambos lados del océano vistiendo sus mejores galas, y cada noche, en su camarote, ha registrado con todo lujo de detalles los diseños más atrevidos, los tejidos de moda, los modelos que más favorecen a cada una de ellas… Está segura de que puede hacerlo bien y sólo pide una oportunidad.

—Creo que te la mereces y yo te la voy a dar. No te voy a pagar mucho, pero te prometo que vas a aprender lo que te falta por saber. La guerra ha hecho que las mujeres argentinas no puedan seguir comprando sus vestidos en París ni en Londres, por eso ahora tengo mucho trabajo. Además, con la cantidad de españoles que están emigrando, me vendrá bien tenerte aquí.

Quedó con ella en empezar en unas semanas, cuando regresara a Buenos Aires en su siguiente viaje. Confía en recuperarse pronto del ataque de apendicitis para poder embarcar.

—Me dicen que se encuentra usted mejor, Paula.

—Sí; lo siento, capitán, no he podido cumplir con mi trabajo.

—No se preocupe, estamos orgullosos de haber podido darle la mejor atención posible.

Sentirá abandonar el barco y a sus compañeros de travesía del último año, pero el próximo viaje comenzará una nueva vida para ella. Atrás quedará España; aquí ya no hay nada que la retenga y en Argentina podrá cumplir su sueño.

* * *

—¡Ay qué fino, ay qué fino, el pelito que tiene el minino! ¡Ay morrongo, ay morrongo, qué contento si aquí me lo pongo!

Raquel está completamente desnuda en el escenario mientras dos bailarines mueven sendos gatos de peluche, dos morrongos, de su pecho a su pubis, de su pubis a su pecho. Rápido, pero no lo bastante como para impedir que los espectadores sentados en la platea se priven de ver hasta el centímetro más escondido de su piel. Cuanto más cerca de la tarima, mejor visión, entrada más cara. Y Raquel, por si acaso, se mueve a uno y otro lado, para que los intentos de los bailarines por cuidar su decencia sean baldíos e incluso el más humilde asistente con la peor entrada se lleve la perspectiva que ha venido buscando: el minino de pelo muy fino. Un cliente satisfecho vuelve y el teatro hay que llenarlo entero, asientos caros y baratos.

Para que nadie se pierda nada, ni siquiera por culpa de un parpadeo involuntario, durante los aplausos finales Raquel se da la vuelta para abandonar el escenario, dejando la espalda —la grupa, como le llama su amante, don Amando— a merced de las miradas, como si hubiera olvidado su desnudez. Sólo al escuchar los silbidos se gira de nuevo de cara al público y ofrece una óptima visión de su cuerpo: frontal y magnífica, completa y absoluta. Después vuelve a taparse, mal, claro, y simula ser una moza vergonzosa que se enfada con los espectadores por haberse aprovechado de su descuido para verle la retaguardia —la arrière garde, como dice en un francés que no habla— y que así a ellos les resulte mucho más pecaminoso que ver un simple culo.

—¡Cómo os ponéis! Si cada uno tenemos el nuestro… ¿Es que el mío es distinto del de vuestras mujeres?

Siempre sale un rugido de la platea, un «¡sí, muy distinto!», un «¡como el tuyo ninguno!». Normalmente, los aplausos son vigorosos; los más osados, los que se jactan de ser madrileños, se atreven a gritarle piropos: «¡guapa!», «¡déjame que te cuide el morrongo!», «¡yo te doy sardina para tu minino!».

También viene gente de pueblo que visita Madrid, excitados porque van a ver uno de esos espectáculos que hay en la capital en los que las mujeres más bellas del mundo —nada que ver con las que los llevaron a ellos al altar y envejecen cada día— salen al escenario en cueros, como Dios las trajo al mundo, como algunos no han visto nunca a sus legítimas esposas. Les han dicho que deben acudir al Salón Japonés, el más famoso de los lugares de perdición, en la calle de Alcalá, muy cerca de la Puerta del Sol. Ésos, los de pueblo, son más tímidos y rara vez gritan, aunque Raquel recuerda a uno que pegó un silbido estruendoso mientras su compañero se desgañitaba: «¡Corderaaa!». Desde entonces, Juan y Roberto, sus compañeros de número; don Amando, su amante; los trabajadores de la parte técnica y los más íntimos de sus admiradores la llaman así: cordera.

—Tápate, cordera, que ya no estás en el escenario.

Su número es el que cierra el espectáculo, el más esperado, puesto que ella es la más descocada, el ejemplo mismo de perversión que pone Madrid a la altura de las capitales más pecaminosas de Europa. Raquel recibirá a alguno de los espectadores en el camerino antes de que entre don Amando, que afortunadamente entiende que ésa es parte de su trabajo y espera a que los admiradores se esfumen antes de aparecer para ejercer sus derechos; los más atrevidos del público le llevarán ramos de flores, le ofrecerán botellas de champán, y si tiene suerte, no más de dos o tres veces cada temporada, le regalarán una pequeña joya. Ella viste una ligera bata que deja casi abierta, para que las visitas tengan la misma visión, aunque mucho más cercana, de lo que vieron en el escenario: su morrongo, como dicen los más procaces.

—No sé cómo no te resfrías, cordera.

Mentiría si dijera que no le gusta que la vean así y que no tiene estudiada la forma de acomodar la bata para que ninguno de sus visitantes se vaya sin disfrutar de las vistas. Su admiración le da la vida.

Hoy es un día especial, hay más ambiente del habitual; es 23 de diciembre de 1915, la víspera de uno de los dos únicos días que no hay espectáculo —el otro es el Viernes Santo—, y se han abierto botellas de champán para todo el personal, incluidos los tramoyistas. Mañana es Nochebuena y, en un lugar donde nadie le presta mucha importancia a las tradiciones y a la familia, algunos hablan de la cena que disfrutarán —pavos, besugos, coles de Bruselas, sopas de almendras, dulces; un exceso en cada casa—, dónde la celebrarán, con quién, qué parientes les quedan vivos y hace cuánto tiempo no los visitan. Hasta Raquel, que no vuelve a casa hace años, ha pensado en madrugar para coger un tren que la deje en Chinchón y allí contratar un coche de alquiler que la lleve hasta Belmonte del Tajo, el pueblo en el que nació, donde viven todavía sus padres con tres de sus hermanos.

Esta tarde, antes de entrar a trabajar en el Salón Japonés, se acercó a Casa Mira, en la Carrera de San Jerónimo, y esperó la cola habitual para comprar turrón, mazapán y polvorones. Los compró más por sí misma que por sus padres o hermanos. Mientras pedía una libra de turrón del blando y otra del duro al dependiente, fantaseaba con una Navidad feliz, con todos los suyos orgullosos de ella y de su trabajo. Imaginó que era una diva que acababa de cantar en el Teatro Real, que recibía la visita de Su Majestad —quién sabe si hasta lograría seducirlo, como cuentan que han hecho tantas otras—, y que en lugar de una cupletista picante había llegado a ser una gran cantante, famosa en el mundo entero.

—¿Me acompañarías a brindar con una copa de champán en el Fornos, para celebrar el nacimiento de nuestro salvador, cordera?

—No blasfeme, don Felipe. Que usted lo que quiere es llevarme a su habitación del Hotel París. Y nada bueno me querrá hacer allí.

—Cuidarte, niña, que te veo desmejorada. A ver, déjame palparte esos pechos, que sabes que soy doctor.

—Doctor en procacidades y asuntos cochinos es usted, truhán.

Don Felipe sería un buen candidato a ser su amante si no existiera don Amando, piensa Raquel mientras su admirador, igual que siempre que la visita en el camerino, palpa su pecho.

—No te veo mal del derecho; a ver, deja que te palpe el izquierdo. Después te voy a dejar cinco duros, para que te compres algo por Navidad.

—Gracias, don Felipe. Déselos a mi compañero Roberto, que ya ve que no tengo bolsillos.

Raquel, Raquel Castro, como la anuncian en los carteles aunque se apellide de verdad Chinchilla, nunca coge el dinero; ella es una artista, no una fulana. Su trabajo es cantar, no lo otro, aunque con lo que gana actuando no podría ni comprarse los vestidos que le gustan; necesita su sobresueldo. Su problema es que gasta a manos llenas y no consigue hacerse con una hucha suficiente para el futuro, por mucho que se lo proponga.

Raquel no se marchó de Belmonte con la idea de desnudarse todas las noches en un escenario, ella quería ser cantante y tenía dotes; lo hacía —y lo sigue haciendo— muy bien, con ritmo, oído, tino y buena voz. Tan bien como la otra media docena de chicas que llega a Madrid o a Barcelona todas las semanas desde pueblos de toda España, tras haber escapado de sus casas, queriendo triunfar como artistas. No hay sitio para todas y ella tuvo que encontrar el suyo: ahorrar todo lo que pudiera en vestuario en sus números. Raquel, que era tan pudorosa de joven, es la mujer a la que más hombres han visto desnuda de todo Madrid, contando la Maja de Goya.

—¿Estás lista?

—Me tengo que vestir, Amando, cariñín, no querrás que salga así y nos detengan los urbanos por escándalo público. ¿Dónde me vas a llevar a cenar?

—Hoy tengo que volver temprano a casa, que tengo familia de mi esposa en Madrid por las fiestas, no me puedo quedar contigo. Sólo he venido a verte porque me gusta escuchar cómo te aplauden.

—Y ver que todos me desean pero saber que soy tuya, resalao. ¿No me vas a hacer un regalo por Navidad?

—Mañana, mañana a las cuatro me paso por el apartamento y tendré algún detallito contigo. Espérame como tú sabes, cordera.

El apartamento, no tu apartamento o nuestro apartamento. Es su manera de decirle que no es de ella, que es él quien lo ha pagado y que no debe hacerse demasiadas ilusiones, que no lo pondrá a su nombre. Don Amando no le exige mucho —fuera de la actuación particular que debe hacer para él en cada visita—, pero Raquel ya se ha dado cuenta de que tampoco la dejará situada. No es hombre que pierda la cabeza por una mantenida, por mucho que sea una mujer tan deseada por el respetable público del Salón Japonés.

Su amante irá a verla a las cuatro y ella le esperará como sabe, como otras veces —quién iba a sospechar que don Amando tuviera esos peculiares, aunque inofensivos, gustos—; eso quiere decir que no tendrá tiempo para ir a su pueblo y celebrar con los suyos la cena de Nochebuena. Lejos de molestarle, Raquel se siente aliviada. Es la excusa perfecta para no ver a su familia y dejar de pensar en ellos, al menos durante un año, hasta las próximas fiestas.

—Don Amando se ha ido, cordera. ¿Vienes a tomar algo con nosotros?

—Sí, ¿por qué no?

Le divierte salir con Juan y con Roberto, sobre todo con éste, su mejor amigo. Gracias a ellos conoce los lugares más divertidos de Madrid, los sitios a los que van los bailarines y las chicas como ella, las que actúan en teatros parecidos al Salón Japonés: el Trianón, el Salón París, el Ideal Room, el Club Parisina, el Chantecler… También ha visitado los clubes a los que muy pocas mujeres tienen acceso, como el cabaré sin nombre de la calle de la Flor, donde hay que decir el santo del día para que se abra la puerta, o la parte de atrás del bar de la calle de Fúcar, donde le contaron que hace unos meses actuó un par de días un hombre con una versión tan lasciva como la suya del mismo «Ay morrongo» que ella canta en el Japonés.

—¿Con gatos?

—Vivos, y con un minino que crece y que crece cuando lo acarician.

—Me encantaría ver eso. ¿Es tan procaz como parece?

—A lo mejor no lo hace con mujeres delante. Si nos enteramos de que vuelve, te llevamos. Hoy vamos al Café del Vapor.

El Café del Vapor pilla un poco a desmano, en la plaza del Progreso esquina con la calle Mesón de Paredes, pero es de los favoritos de la gente de la noche. Se puede cenar hasta muy tarde, hay un pianista amenizando las veladas y nadie se mete con nadie, se vea lo que se vea allí dentro. Y se ven cosas que en el resto de Madrid serían un escándalo. Madrid es como un pueblo hipócrita, muy liberal en privado y muy pacato de cara afuera: los mismos que practican los desmanes, protestan de ellos en los papeles y salen en procesión con sus esposas de peineta y mantilla.

Florencio, el pianista del Vapor, conoce a Raquel y le suele pedir que cante algo mientras la acompaña al piano. La gente lo pasa muy bien cuando ella hace una versión desinhibida, aunque no tanto como la del teatro, del «Vals de la Regadera».

—Tengo un jardín en mi casa, que es la mar de rebonito; pero no hay quien me lo riegue y lo tengo muy sequito…

La Bella Otero se hizo de oro con esa cancioncilla de Antonio Paso y Vicente Lleó. ¿Hasta dónde habría podido llegar Raquel Castro si en su momento hubiera tenido compositores como ellos que le escribieran canciones así? Ahora no se hace ilusiones, en primavera cumplirá treinta años. Todavía está lozana y bella, pero el día en que los hombres dejarán de pagar para ver su cuerpo se acerca. Piensa en ello las noches de insomnio, sabe que debe hacer algo para mantener su nivel de vida, pero no qué puede ser. Después lo olvida, lo deja para más adelante o hace caso a lo que le dice su amigo Roberto:

—Viejas se quedan las ropas, nosotros no, nosotros seremos jóvenes y bellos para siempre.

Copas de champán que alguien se presta a abonar a cambio de muy poca atención, risas con los bailarines, que le hablan de hombres atractivos con más libertad que ninguna amiga que haya tenido nunca, bailes, canciones y piropos. Un caballero se acerca a ella y le deja su tarjeta.

—Llámeme si decide hacer las Américas, tengo un teatro en Buenos Aires y me encantaría contratarla.

Antes de acabar la noche ya ha perdido la tarjeta. ¿Quién sabe si en Argentina su suerte iba a cambiar? Dicen que las más grandes hacen temporada allí. Que los argentinos aprecian el teatro y los espectáculos y tratan a las artistas como a verdaderas estrellas, que el Teatro Colón, que tiene cerca de diez años, es uno de los mejores del mundo y que allí actúan los más famosos. Se imagina su morrongo en el Colón, con una audiencia de señores encopetados, y le entra la risa.

Falta poco para que amanezca cuando llega al apartamento de la calle del Arenal, propiedad de don Amando, en el que ella vive a cambio de concederle lo que mañana por la tarde llegará buscando, su peculiar forma de placer, tan extraña, católica e inofensiva.

* * *

—Nicolau, ¿quieres como esposa a esta mujer para vivir juntos, en la ley de Dios, en santo matrimonio? ¿La amarás? ¿La consolarás? ¿La cuidarás tanto en la enfermedad como en la salud?

—Sí, lo haré.

—Gabriela, ¿quieres a este hombre como esposo, para vivir juntos, según lo ordena Dios, en el santo estado de matrimonio?

—Sí, quiero…

Se acabó el tiempo de Enriq, la vida de Gabriela sigue sin él. Ella abandonará Sóller y su isla e irá, como las aves, hacia el sur. Enriq no llegó por la noche, ni por la mañana, ni apareció en medio de la misa para interrumpir el acto. Gabriela está decepcionada, pero los demás sonríen y celebran el casamiento ajenos a su tristeza. Sólo ella podría albergar esperanzas de que viniera a buscarla e irrumpiera en la iglesia para salvarla; los demás conocen a Enriq y saben que eso no ocurrirá.

La boda se desarrolla de forma convencional excepto por un detalle, que Nicolau, el novio, está en Buenos Aires, a algo más de diez mil kilómetros de la novia, y en su lugar, contestando a las preguntas del sacerdote, está su padre, el señor Quimet, un hombre de más de setenta años.

Mientras ese anciano que es su suegro le tomaba la mano, y quizá la retenía en exceso para ponerle el anillo, ella no podía dejar de pensar que se habían liquidado los sueños que tenía para su vida, que se acababa de casar con un hombre al que no conocía y que era unos diez años mayor que su padre.

—Ite, missa est. Podéis ir en paz. Bon Nadal.

El cura, el Vicari Fiquet, salta del latín al castellano, y de éste al mallorquín, para dar por finalizada la celebración. No hay niños esperando a la novia a la salida de la iglesia, más allá de sus somnolientos hermanos; no hay invitados con ropas elegantes, e incluso la novia viste de negro, con un vestido nuevo que meterá en la maleta para que viaje a Buenos Aires con ella y que usará una y otra vez, como hacen todas las novias de la zona con sus vestidos. Cuentan que en otros sitios, incluso en Palma de Mallorca, las novias se mandan hacer vestidos blancos especialmente para el día de la boda y que no los volverán a usar nunca, que el blanco representa la pureza y la virginidad. Aunque nadie lo sepa, Gabriela ya no podría usarlo, hace unas semanas dejó de ser virgen. De todos modos, incluso aunque fuera pura, virgen y pobre, la hija de un humilde pescador y una estricta madre castellana no tiene dinero para mandarse hacer un traje que sólo usará un día. Y tampoco cree que su nuevo marido estuviera dispuesto a malgastarlo así, no habría conseguido ser propietario de un café y un hotel si fuera un manirroto.

—Me agradaría invitarle a desayunar, mosén Josep. Comeremos una ensaimada en el puerto.

Gabriela no siente tanto dolor en el pecho como esperaba, no nota que la tierra se vaya a abrir a sus pies para tragársela, ni que un huracán se levantará para llevársela a un lugar del que no podrá volver; está como flotando, aturdida. Ni siquiera se fija en los que se acercan a felicitarla, en los besos forzados de sus hermanos pequeños, en el abrazo de su padre, en la sonrisa de Àngels, en las constantes instrucciones de su madre. Es una mujer casada y apenas percibe ninguna diferencia; quizá no le llegue el dolor insoportable que espera hasta que se quede sola y piense en Enriq.

—Gabriela, tú siéntate con el señor Quimet.

En lugar de ir charlando en el camino hacia el puerto con su amiga Àngels, como tantas y tantas veces, su madre le ordena viajar al lado de ese anciano, del padre de su marido.

Se suben en el tranvía, el gran orgullo de los vecinos de Sóller desde que se inauguró hace tres años. En él recorren los tres o cuatro kilómetros que separan el pueblo del puerto, atravesando los campos de naranjas, los huertos y el puente de hierro del Torrent Major. Después, a partir de Sa Torre —donde su suegro sufre un ataque de tos que a Gabriela le asusta y le hace pensar en que su marido es hijo de ese hombre y toserá igual que él, quizá en la cama, a su lado—, viajan junto al mar, el territorio familiar para Gabriela y los suyos, el lugar al que temen porque conocen sus peligros, pero que les da la tranquilidad de lo que les lleva alimentando desde hace generaciones.

Gabriela disfruta siempre del paseo en tranvía. Cuando va hacia el pueblo tiene la sensación de partir hacia un gran viaje que puede estar lleno de descubrimientos y sorpresas, que para sumergirse en el mundo sólo tendría que atravesar las majestuosas montañas que ve enfrente; cuando vuelve hacia el puerto espera encontrar las bellísimas vistas de la bahía, un lugar tan maravilloso que nunca se cansará de verlo. Hoy no, toda la vida queriendo viajar y ahora, que está casi a punto de embarcar para ir al otro extremo de la Tierra, se siente casi paralizada por el miedo. Hoy no disfruta, hoy atiende, asustada, a las palabras de ese hombre que se ha convertido en su familia, en su suegro.

—Estoy esperando carta del Nicolau. Él dirá cuándo viajas a Buenos Aires.

—¿Le va a escribir a usted?

—Yo no sé leer. Escribirá al Vicari, él nos dirá qué ha decidido mi hijo. Has tenido suerte de casarte con él.

Así será siempre a partir de ahora, esperar a que su marido le comunique lo que ha decidido que ella haga y obedecer. Aunque ella sí haya aprendido a leer y sea capaz, no sólo de cocinar y coser, sino de llevar las cuentas de una casa mejor que cualquier hombre. No es una sorpresa, esa sumisión es la que ve en los demás matrimonios que conoce. Quizá donde menos lo note sea en su propia casa, allí es su madre la que toma las decisiones.

La cantina donde celebran el desayuno con el que se agasajará a los invitados a la boda está junto a la estación del tranvía del puerto de Sóller. No se ha dispuesto sólo la ensaimada que el señor Quimet ofreció a mosén Josep, también hay pan de payés con tomate, all-i-oli, aceite, sobrasada, camaiot y butifarrón. En las mesas hay porrones con vinos jóvenes de Mallorca, de los pocos que se producen tras la filoxera que hace unos años devastó las vides de toda la isla y envió a muchos mallorquines a la emigración, a abandonar su querida tierra. Es un banquete, del que ella casi no prueba bocado, que demuestra que su marido es un hombre con posibles y que reafirma a su madre en que ha tomado la decisión correcta respecto al compromiso de su hija.

—Llénale el vaso a tu suegro y tenle contento, que le hable bien a tu esposo de ti. Y no te metas la comida en la boca como si te hubiéramos criado con hambre y sin modales.

Hay mucha comida para los pocos invitados presentes. Gabriela espera que los compañeros de su padre, que han salido a pescar como todas las mañanas, no lleguen a tiempo de unirse a ellos en el desayuno. No porque no les tenga aprecio, son como su familia y a casi todos los conoce desde niña, sino porque no sabe cómo reaccionaría en presencia de Enriq, su hombre, el hombre al que ella, en palabras susurradas al oído, había prometido unirse antes de que el Vicari apareciese por su casa para hablarle a su madre del interés de un indiano en conseguir una esposa. Enriq era el único hombre que podía haber impedido la boda y no lo ha hecho; ha demostrado lo que todos piensan de él, que no la merece. Hasta Gabriela empieza a estar segura.

* * *

—La shadjente ha llegado a mi casa. Tengo que pedirle que me consiga un marido.

Sara no puede hacer caso a su amiga Judith y quedarse con ella en esta tarde de Janucá: la casamentera ha ido a visitarla y debe atenderla antes de que se canse de esperar. Es la segunda vez en su vida que la recibe y debe sentirse orgullosa, siendo como es una judía pobre. Y ahora, además, viuda. Lejos quedan los tiempos en que era la vieja Batsheva quien le rogaba que la atendiera, cuando era soltera y tantos hombres la pretendían.

—Ve, corre, no la hagas esperar o se irá.

Sara sigue siendo joven y bella y todavía tiene esa melena roja —del color de las llamas, le decía siempre su marido, Eliahu— que hacía a los hombres volverse a su paso, pero ya no es una mujer por la que suspiren los vecinos del pequeño shtetl, la aldea judía, de Nickolev, en el sur de Ucrania, a no demasiados kilómetros de Odesa.

Entonces, hace sólo unos meses, cuando los jóvenes casaderos del pueblo se disputaban sus atenciones, Sara eligió a Eliahu. ¿Quién iba a decirle que empezaría una guerra? ¿Quién que Eliahu, sólo tres meses después de la boda, sería reclutado para combatir en ella? ¿Quién que caería a los pocos días de llegar al frente y la dejaría viuda?

—No va a ser fácil encontrarte otro marido. Muchos creen que les darás mala suerte.

—Lo sé, Batsheva.

—Y menos mal que no tuviste hijos, entonces sería imposible.

Eliahu no le dejó hijos, no le dejó dinero, no le dejó tierras o una manera de mantenerse. Ni siquiera una familia: su marido no tenía hermanos y sus padres eran unos ancianos que murieron de pena pocas semanas después de que falleciera su hijo. Sara necesita un marido para no estar sola, para que los largos inviernos ucranianos no sean tan duros, para tener alguien en quien apoyarse.

—Quizá te encuentre un marido en Argentina. No esperes nada más.

Sara no amaba a Eliahu, aunque haya sentido su muerte, como la de cualquiera de los hombres de la aldea que han tenido que ir a luchar por el zar. Quizá el amor habría llegado, como le decía su madre, con el tiempo. Sabe que lo olvidará en pocos años, tal vez en meses. Se siente estafada, ha desperdiciado parte de su vida y no ha podido vivir, a ver qué le trae el destino ahora.

Si pudiera, esperaría tranquila y se enamoraría de algún joven judío, tal vez de algún forastero que visitara el pequeño shtetl de Nickolev. Quizá un judío de Odesa que estudiara en la universidad, que vistiera como los goyim y se afeitara la cara, que la sacara de la miseria y el miedo de su pequeña aldea. Pero no puede. ¿De qué iba a vivir una mujer como ella? Sus padres no pueden seguir dándole de comer, ya no es responsabilidad de ellos, cada plato de comida que le sirven a Sara se lo quitan a sus hermanas pequeñas. Por eso aceptará lo que la shadjente le ofrezca.

—¿Has hablado ya con la casamentera?

—Me ha dicho que me buscará un marido y que no puedo escoger, que tendré que aceptar lo que encuentre para mí. Cree que puede conseguirme uno en Argentina.

—¿No sabes lo que se cuenta de las mujeres a las que envían a Buenos Aires?

Todas las jóvenes saben lo que se cuenta. Se dice que las ofertas de boda que llegan de Argentina, de Chile y de Uruguay, incluso de Brasil, son falsas. Que allí las jóvenes son vendidas y tienen que trabajar como prostitutas hasta que se mueren o hasta que son tan viejas que nadie querría acostarse con ellas.

—Yo no creo que sea verdad. La hermana de Zimran viajó a Argentina para casarse y después volvió a visitar a su familia, hasta se llevó a sus hermanas pequeñas, no creo que se las llevara para venderlas allí. ¿Te acuerdas del vestido verde que traía?

—¿Quién puede olvidarlo? Era un vestido maravilloso. Yo tampoco creo que se venda allí a las judías. Ir a Buenos Aires y abandonar esta aldea miserable me encantaría.

Sara no está segura de que Argentina no suponga un futuro mejor que el frío, la soledad, el hambre cuando hay una mala cosecha, la falta de futuro o quedarse escondidas cuando los cristianos deciden hostigar a los judíos.

—Ven, corre, mi hermano Eitan me ha dicho que nos metamos en casa y que no salgamos de allí. Tú no tienes en la tuya ...