Loading...

TEUTOBURGO

Valerio Massimo Manfredi

0


Fragmento

I

Dos muchachos corrían por el bosque.

La luz brillaba en sus cabellos cada vez que pasaban de una sombra a otra; cada vez que se reencontraban con el sol, fulgores de oro. Volaban ligeros como el viento que movía las copas de los árboles y como el perfume de la resina entre los abetos gigantes. No tenían dudas, no aflojaban a la vista de los obstáculos ni ante la imprevista aparición de las grandes criaturas del bosque. Cada uno de sus movimientos era pura alegría de vivir.

Sus nombres eran Wulf y Armin, noble la estirpe.

Llegaron a lo alto de la colina del eco en el mismo momento en que el sol iluminaba el gran calvero.

Armin se detuvo.

—Escucha.

También Wulf se detuvo.

—¿El qué?

—¡El martillo, el martillo de Thor!

Wulf aguzó el oído: se oía el profundo retumbar del trueno, y cada golpe iba acompañado del rumor del agua que caía fragorosa y de su eco interminable.

—¿Quieres meterme miedo?

Recibe antes que nadie historias como ésta

—No. Todavía no.

—¿De dónde viene?

—De la derecha, detrás del robledal.

—¿Vamos para allí?

—Sí, pero con prudencia. No es el martillo de Thor.

—¿Qué es, pues?

—Ya te dije que te enseñaría el camino que no se termina nunca.

Le hizo señas de que le siguiera y echó a andar, cauto, entre los robles jóvenes y los fresnos del bosque. Era fácil seguirlo: su traje de lana roja y de plata se veía de lejos, y también los reflejos cobrizos de su cabello.

Finalmente Armin se detuvo. Era más alto que cualquier muchacho de su edad. Wulf se le acercó y lo que vio lo dejó estupefacto. Delante de ellos había un camino pavimentado de piedras pulidas, de por lo menos treinta pies de ancho, perfecto en cada detalle, seco y recto, uniforme en sus dimensiones y completo en su estructura. Era hermoso como si lo hubiesen construido los mismos dioses. Lo siguió con la mirada y con la mente, paso a paso, hasta que lo vio desaparecer detrás del robledal.

—Has dicho «el camino que no se termina nunca».

—Eso he dicho. Sígueme.

Descendieron por la ladera de la colina del eco y volvieron a dar con el camino, recto y perfecto.

—¿Lo ves? —dijo Armin.

El camino llegaba al borde de la Gran Ciénaga, que reflejaba como un espejo el disco solar, pero no se detenía delante de la enorme extensión lacustre: proseguía sobre el agua, rozando la superficie líquida e inmóvil, hasta detenerse a tres millas de la orilla, en medio de la ciénaga.

—¿Cómo es posible? —murmuró Wulf.

—Mira allí, cerca de ese islote —respondió Armin—. ¿Ves esas torres de madera? Cada una de ellas es maniobrada desde el interior por al menos cincuenta hombres que accionan un mecanismo capaz de levantar un mazo de doscientas libras a treinta pies de altura y luego dejarlo caer sobre el palo que está hincado en el fondo de la ciénaga y hundirlo así cada vez más. Si te fijas, verás una doble fila de esos palos emerger unos pocos palmos de la superficie del agua. Sobre los palos se encajarán unas vigas; sobre las vigas, unas tablas de roble; sobre las tablas se echará arena y se colocarán las losas de cobertura. Cada pedazo de madera… palo, viga, tabla, travesaño… ha sido cocido en una mezcla de aceite y bitumen y puede durar siglos sumergido en el agua. Un camino que no termina nunca ante ningún obstáculo; atraviesa bosques, lagos y pantanos, perfora las montañas. ¡Un camino romano!

—¿Cómo sabes todas estas cosas?

—Las sé y punto —cortó por lo sano Armin—. Y ahora volvamos a casa. Nuestro padre nos echará un buen rapapolvo por haber desobedecido.

—Es imposible que lleguemos antes del anochecer —dijo Wulf.

—Eso ya lo veremos. Somos excelentes corredores y tenemos muchas buenas razones para llegar a casa a tiempo.

—La primera de todas, no dejarnos despellejar vivos por nuestro padre.

—En efecto. Así que muévete.

—Espera —dijo Wulf—. ¿No oyes ese ruido?

Armin aguzó el oído y la mirada.

—Es una legión romana en marcha. ¡Abajo, a tierra!

Wulf se pegó contra el suelo.

—Pero ¿qué hacen aquí?

—¡Psss! —dijo Armin—. Ni el más mínimo ruido, ni una palabra. Y haz como yo.

Armin se cubrió de hojas, mimetizándose perfectamente con el sotobosque, y Wulf hizo otro tanto. El ruido cadencioso del calzado herrado se acercaba cada vez más, hasta que estuvo muy cerca de los dos chicos. Debajo de las hojas, Armin sintió la mano temblorosa de Wulf y la apretó con fuerza. El temblor cesó y el ruido fue atenuándose poquito a poco hasta desaparecer a lo lejos. Armin se disponía a levantarse cuando la vista de dos sandalias romanas claveteadas a dos palmos de su rostro lo dejó helado.

—¡Mira qué he encontrado! —exclamó una voz ronca en latín.

Una vara de vid hurgó entre las hojas secas. Armin se puso en pie gritando: «¡Vamos, vamos!». Y los dos muchachos echaron a correr como locos sin mirar siquiera alrededor. Solo ellos conocían el bosque en cada uno de sus rincones, en cada grieta; conocían cada luz y cada sombra. No tardarían en encontrar refugio en escondrijos invisibles.

El centurión Marco Celio Tauro no se molestó demasiado en volver a llamarlos o en maldecir; se limitó a hacer una seña que decía «¡Perseguidlos!», y cinco jinetes —tres romanos y dos germanos— se lanzaron al galope, les cortaron el paso, bloquearon las vías de escape, saltaron a tierra al mismo tiempo y los rodearon. Los dos muchachos se pusieron espalda contra espalda y aferraron los puñales cortos que llevaban al cinto, con la empuñadura contra el pecho.

—Esos dos —dijo Wulf refiriéndose a los soldados germanos— son como nosotros. ¿Por qué quieren capturarnos?

—Esos son los peores —respondió Armin sin dejar de girar en redondo para hacer frente a la amenaza de los soldados—. Están vendidos a los romanos y luchan en sus filas.

El asalto estalló simultáneamente por cada parte, pero los dos muchachos se defendieron como fieras: a cuchilladas, a patadas, a puñetazos y mordiscos. Cinco hombres recios se impusieron con gran esfuerzo a dos muchachos apenas adolescentes: al final los sujetaron contra el suelo, les ataron los brazos tras la espalda y los arrastraron con dos cuerdas atadas a los caballos.

El jefe de la patrulla se acercó al centurión.

—Menudas furias son estos dos; han hecho falta cinco hombres para reducirlos.

—¿Te has enterado de quiénes son? —preguntó el centurión.

El soldado germano asintió.

—Son los hijos de Sigmer, el jefe de los queruscos.

—¿Estás seguro?

—Como de que estoy aquí.

—Entonces has hecho buena caza y recibirás buena recompensa. No los dejes escapar o tendrás que rendirme cuentas. Al menos hasta mañana.

Armin y Wulf fueron encerrados en una tienda rodeada de centinelas armados. Sobre el mismo suelo extendieron dos colchones para el descanso. Un esclavo les llevó carne asada, pan, una jarra de cerveza y dos vasos. Y al caer la noche, una lámpara.

—Nos tratan bien —dijo Wulf.

—Mala señal —respondió Armin—. Eso significa que saben quiénes somos.

—¿Qué quieres decir?

—Nos tratan a todos igual; si con nosotros tienen miramientos es porque quieren obtener algo de nuestro padre.

—¿Como qué?

—Roma solo quiere una cosa: sumisión. Lo llaman «alianza», pero es eso, y como los aliados no se fían nunca el uno del otro, el más fuerte, o sea, Roma, exige garantías.

—¿Cuáles? —preguntó Wulf.

—En este caso, nosotros; tú y yo como rehenes.

—Eso lo hacen también nuestros jefes de tribu.

—Es cierto. Pero no es lo mismo. Los romanos no hablan de rehenes, naturalmente. Dicen que se trata de instrucción, de adiestramiento al mando, de estudios y aprendizaje de la lengua latina y quizá también del griego. Pero de hecho nosotros estaríamos, y quizá estaremos, en calidad de rehenes.

Wulf inclinó la cabeza y durante un instante hubo un silencio total en la pequeña tienda. Traídas por el viento llegaron del exterior las llamadas de los centinelas para el cambio de guardia.

—Poderosos dioses —murmuró.

Sigmer, jefe supremo de los queruscos, había pasado toda la noche en vela. Al ver que sus muchachos no volvían, con el ocaso había enviado partidas de exploradores a caballo y provistos de antorchas para batir todos los senderos de la llanura, de la montaña y de la ciénaga; sin resultado. La búsqueda duró todo el día siguiente, hombres frescos relevaban a los jinetes exhaustos. Al final, uno de los exploradores llegó al galope hasta delante de la residencia de Sigmer, saltó a tierra y pidió que lo condujeran a su presencia.

—Han sido los romanos —dijo de corrido.

Sigmer no maldijo ni tronó.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

—Me lo ha dicho uno de sus auxiliares oriundo de mi mismo pueblo. Los dos príncipes se acercaron por curiosidad hasta el camino que atraviesa la ciénaga y fueron sorprendidos por una patrulla de caballería romana que estaba inspeccionando los alrededores y las vías de servicio para el desplazamiento de los materiales en las canteras. El centurión Marco Celio Tauro de la Decimoctava Legión Augusta, un viejo zorro, los descubrió y los tiene bajo su custodia.

»Sé de cierto que los tratan muy bien, pero los vigilan día y noche, es imposible acercarse a ellos. Y desaconsejaría un ataque repentino, podría ser muy peligroso.

»Sin embargo, parece que el centurión Tauro te pedirá audiencia para traerte un mensaje de Terencio Nigro, el legado de la legión.

—Está bien —dijo Sigmer—, estoy dispuesto a todo, pero quiero una prueba de que mis muchachos están vivos.

—La tendrás —confirmó el explorador—. Lo más pronto posible. Pero ahora permítete un poco de descanso.

Descanso… ¿Acaso era posible? Sus chicos, luz de sus ojos, estaban en poder de los romanos y nadie podía prever cuál sería su destino. ¿Se los llevarían? ¿A uno solo? ¿A los dos? ¿Aceptarían un rescate? ¿Y qué podía ofrecer él? ¿Ganado y rebaños? ¿Caballos? Se sentía impotente y destrozado. Los queruscos eran la más poderosa de las tribus germánicas, la más numerosa, pero no podían desafiar al Imperio de Roma que se decía se extendía de un extremo al otro del mundo y del mar meridional al Océano. Recordaba bien cómo había tratado de dar muerte al comandante Druso, que a la edad de veinticuatro años conducía una flota de cien naves de guerra por el Rin, y recordaba perfectamente el canal que este había hecho abrir, a lo largo de ochenta leguas, desde la curva del Rin hasta la laguna septentrional. No había empresa que los romanos no pudiesen cumplir: llevaban tierra donde había agua y agua donde había tierra. Roma reinaba sobre setenta millones de personas. También esto se decía.

El centurión Tauro se presentó dos días después, escoltado por un pelotón de jinetes y con un intérprete germano, y pidió ser recibido por el soberano de los queruscos. Sigmer lo acogió sentado en un trono de madera con canaladuras doradas, rodeado por sus guerreros más imponentes y con las armaduras más bellas. Todos llevaban el cabello largo hasta los hombros, rubio como el oro. Se hallaba presente también Ingmar, el hermano menor de Sigmer.

—¿Cuál es el motivo de tu venida? —preguntó el soberano.

—Debo acordar contigo un encuentro con Terencio Nigro, el legado de nuestra legión. Tendrá que ser en terreno neutral, en el calvero de los cuatro robles. Cada uno de vosotros llevará como máximo una escolta de treinta hombres. Tú y el legado estaréis desarmados.

—¿Mis chicos estarán presentes?

—Por supuesto. Así verás que han sido tratados con el respeto debido a su rango. ¿Qué debo decirle al legado?

—Que acepto —respondió Sigmer con voz apagada.

Tauro montó a caballo y se alejó con su escolta.

Sigmer inclinó la cabeza con un suspiro y permaneció largo rato inmóvil.

El encuentro se produjo según lo acordado: en el calvero de los cuatro robles, que recibía su nombre de cuatro árboles colosales, probablemente seculares, dos días después hacia media tarde. A Sigmer le ofendió ver a sus hijos con las muñecas atadas con cuerdas de cáñamo para que no intentasen escapar. El intérprete estaba ya en su sitio, de pie.

—¿Así es como tratáis a mis hijos? —exclamó Sigmer.

Ingmar le puso una mano en el hombro para refrenarlo de expresiones inoportunas.

El legado avanzó hasta el centro del claro a caballo y Sigmer hizo lo propio.

—Estoy sinceramente disgustado —respondió el legado—, pero tus príncipes son demasiado valiosos para nosotros, no podemos permitirnos dejarlos libres en esta circunstancia.

—Estoy dispuesto a pagar el precio que sea con tal de recuperarlos —dijo Sigmer—, incluso todo cuanto poseo.

—Te comprendo, noble Sigmer, y yo en tu lugar haría lo mismo, pero no tengo el poder de negociar un rescate. César está muy interesado en estos muchachos, quiere que conozcan Roma, su grandeza, sus leyes y sus ejércitos, y quiere asimismo conocerlos personalmente. Roma necesita una nueva generación de soldados que aprendan nuestros sistemas y defiendan nuestro mundo, necesita una nueva generación de mandos militares y de magistrados para que gobiernen la Germania romana cuando sea el momento.

»Dentro de algún tiempo te serán devueltos y estarás orgulloso de ellos. Verás hasta qué punto ha sido para ti una ventaja respetar los términos de nuestra alianza. Tus hijos no serán rehenes sino huéspedes. Créeme, Sigmer.

No había mucho más que decir; en todo caso era evidente que, si el hombre llamado César tenía sus planes para Wulf y Armin, los muchachos seguían siendo rehenes, y si el padre hubiera cambiado su alianza de alguna manera, su culpa habría recaído sobre ellos. No había escapatoria, y aceptó los términos del trato repitiendo las promesas de fidelidad.

Llegó el momento del adiós.

—¿Puedo despedirme de ellos? —preguntó Sigmer al legado de la XVIII Augusta.

Terencio Nigro asintió.

—Por supuesto.

Sigmer se acercó con paso lento a sus muchachos, que lo esperaban inmóviles, sin mostrar ninguna emoción. Tampoco el rostro de Sigmer revelaba señales de conmoción; solamente su mirada azul se oscurecía por momentos como un cielo tempestuoso.

Cuando estuvo delante de sus hijos, tan cerca que habría podido tocarlos, por un instante pareció destrozado en lo profundo de su ánimo. Luego, de repente, los abofeteó con violencia, primero a uno y luego al otro. Fue como abofetear a dos árboles. Ninguno de los dos se movió, ni cambió de expresión, ni reaccionó de manera alguna.

—Ahora sabéis por qué cuando doy una orden debéis obedecer.

Los dos muchachos inclinaron la cabeza ante él. Sigmer le tocó la cabeza a Armin y luego a Wulf.

—Adiós, hijos —dijo—. No olvidéis nunca quiénes sois ni quién es vuestro padre.

Permaneció inmóvil mirándolos hasta que desaparecieron más allá de la colina.

Solo entrada la noche y en la más completa soledad lloró.

II

Sigmer e Ingmar se dirigieron hacia el septentrión sin volver nunca la vista atrás, sin mencionar nunca a los muchachos, perdidos, desaparecidos. Avanzaban en silencio, solamente sus caballos resoplaban de cuando en cuando. No tenían nada que decirse, no había ninguna alternativa que discutir, sabían lo que había que saber. En casa retomarían sus ocupaciones, afrontarían los problemas, sufrirían sus pesares y sus secretas aflicciones.

Las pocas veces que sus miradas se cruzaron eran inexpresivas y frías. No transmitían mensajes ni sentimientos. Desde siempre sus antepasados y ahora sus pueblos estaban habituados a afrontar la muerte como la vida, a no revelar nada de lo que había en su ánimo, a no llorar y a no reír porque desde siempre, cada día y cada noche, debían sobrevivir al frío y al calor, a los insectos y a las fieras salvajes, a los aguaceros, al barro, a la humedad, a la nieve y al frío intenso que cala hasta el tuétano.

Sigmer no estaba orgulloso de su poder, más bien lo sufría como una carga, a veces como una maldición. Las mujeres habían llenado su vida durante bastante tiempo, pero su vida había cambiado al unirse en matrimonio con Siglinde, hija de un caudillo de los sicambrios. Muy rubia, con ojos del color del cielo, era como un espíritu del bosque: ligera, etérea, sensible hasta el punto de que a veces no conseguía esconder sus emociones más secretas.

Él la amaba a su manera, como se puede amar a la esposa en un matrimonio de estado. Le había dado dos hijos y él ahora se veía privado de ellos. Pero Siglinde sabía que los hijos pertenecen a la madre mientras son pequeños e incapaces como cachorros. Cuando llegan al umbral de la adolescencia y aprenden a razonar y a hablar, pasan al padre. Es él quien decide su destino, él quien los prepara para vivir y para morir. De los dos, era Armin el que más a menudo iba a ver a Siglinde, el más próximo a su carácter y a su sensibilidad. Ella le echaría terriblemente de menos.

Su saludo matinal, la costumbre que tenía de llevarle flores al principio de la primavera, y el regalo que le había hecho en una mañana de mayo: una jaulita de finos barrotes de estaño con un pajarillo que había cogido del nido y criado. Su canto era intenso y sobrecogedor como el de un poeta, pero era mera apariencia: en realidad era un canto de desafío.

Sigmer sabía que Siglinde no reaccionaría, que no lloraría ni gritaría, pero a veces sus largos silencios eran cortantes como una hoja.

Le habría gustado una mujer pasional, ardiente y sensual. Una en particular le había penetrado en el corazón como la espada de un enemigo.

Había sucedido muchos años antes, la noche en que había dejado la orilla oriental del Rin y había intentado cruzar el gran río a nado. Su finalidad era alcanzar la nave capitana de la flota romana en la que se encontraba el comandante Druso. Era a él a quien quería matar, y ganar así la guerra en un solo instante.

Un gigantesco siluro lo había raspado con su áspera piel, haciéndolo sangrar, y él se había visto perdido. Aquellas bestias repugnantes acudirían de cualquier lugar atraídas por el olor de la sangre y lo devorarían, haciéndolo pedazos. Ya lo embargaba el frío intenso de la muerte y le parecía inútil el esfuerzo por alcanzar la otra orilla y la nave de los romanos… Pero justo cuando percibió el hedor de otra de aquellas enormes bestias fangosas, un dardo rasgó el aire denso de niebla y se hundió en el cuerpo del monstruo, que se convirtió al mismo tiempo en cebo y presa. Él fue izado a bordo de la gran nave de guerra, reluciente, maciza, perfumada de pino y roble, y atado al palo mayor, el tronco de un alerce enorme.

Quienquiera que hubiese lanzado el dardo no había matado al siluro para salvarle la vida a él, sino para abrir paso a la barcaza que, a fuerza de remos, se acercaba por un costado portando un lecho cubierto y velado. Lo alzaron con un aparejo y lo depositaron en la proa. De él salió la más bella mujer que hubiera visto nunca, más bella que cualquier sueño y que cualquier fantasía, más deseable que Freya, la diosa del amor: Antonia, la joven esposa del comandante Druso.

Se habían casado hacía un par de años y se amaban tan intensamente que no podían estar el uno sin la otra más que poco tiempo. Bastaba un mensaje y ella se reunía con él dondequiera que fuese, dejando su suntuosa villa, arrostrando incomodidades, peligros y fatigas.

Salió con la cabeza cubierta por un velo, pero su cuerpo divino se entreveía bajo el vestido ligero, tallado por el viento de la tarde. Y cuando pasó, Sigmer respiró su perfume: nunca había olido nada semejante. Ninguna flor del bosque, ninguna brisa de primavera era tan intensa, mágica; encanto y maravilla. Las mujeres que él había conocido sabían a establo. Solo durante una breve estación su piel emanaba una leve fragancia como la de los recién nacidos y las hacía deseables. Luego cambiaban y engordaban.

Muchas veces se había preguntado qué era ese perfume que flotaba en el aire cuando la sublime criatura iba a reunirse con su esposo al caer la noche: olor a valles remotos, a orillas salobres, a miel y a tulipán flor de lis.

Una vez vio sus siluetas proyectadas en la tela del pabellón de popa por la luz del farol: cuerpos abrazados en pleno delirio amoroso, bocas que respiraban una en la otra, labios encendidos. Se sintió irremisiblemente desgraciado. Comprendió que sería imposible cubrir jamás la distancia entre la vida de ellos y la propia, aunque fuera un príncipe. Pero los sueños eran libres, nadie podía impedirlos. A veces Sigmer soñaba con conquistar a la bellísima Antonia como botín de guerra. Al amanecer, sin embargo, el sueño se desvanecía y el despertar era aún más amargo.

Él ni siquiera tenía palabras para expresar aquel vacío, aquella desolación. En cambio el comandante Druso y su esposa tenían un poeta, algo similar a los bardos de los pueblos germanos pero más sutil la voz, más intensa la inspiración, más fascinantes el tono y la música de las palabras. Al cabo de algunos meses, Sigmer comenzó a comprender y a recordar el sonido y el significado de aquella lengua que ya no olvidaría.

Había nadado en la gélida corriente del Rin para dar muerte al comandante Druso y ganar la guerra con un solo golpe de puñal, y en cambio, tras meses en aquella nave, comenzó a sentir algo semejante a la amistad por aquel joven de casi su misma edad, y admiración por su inteligencia, por su valor, por su capacidad para hacerse obedecer por millares con una sola palabra, para ser para sus hombres similar a un dios.

Varias veces estuvo a punto de huir, pero no lo hizo para no perder la visión de la bellísima Antonia. Al final consiguió deshacerse del hechizo y recobrar la libertad para continuar luchando por su pueblo contra los romanos y contra el comandante Druso. Y sin embargo, en secreto, los dos continuaron encontrándose de vez en cuando. Se sentaban uno frente al otro, charlaban. Más aún, Sigmer hacía continuas preguntas y Druso le hablaba de su mundo, de su casa de campo con un jardín de plantas argénteas, de sus perros de caza, de un pequeño lago con una barca en la que llevaba a su esposa a hacer un viaje mágico bajo la luna de verano.

Le gustaba de vez en cuando revivir aquellos momentos, los coloquios secretos con el general del ejército septentrional de Roma, la sensación de equipararse a él en la intimidad que da la amistad, de ser uno de los hombres más importantes del mundo.

Ahora muchas cosas habían cambiado, pero él continuaba reviviendo los tiempos de su juventud cuando se sentía triste o fatigado o incapaz de tomar una decisión.

La primera vez que tomó conciencia de la enorme distancia que separaba Roma de su nación fue cuando, aún prisionero, la flota romana del Rin recorrió el canal de Druso que unía la ensenada del gran río con la laguna septentrional. Finalmente cayó en la cuenta de que sabía cosas que el general romano ignoraba por completo o, mejor dicho, que no había visto nunca, solo las había leído en los libros: la gran marea. Una noche el mar Océano se retiró por espacio de doscientas leguas o más y todas las naves encallaron en el cieno. Eran blancos inmóviles, y el ejército germano, al acecho en los bosques costeros, estaba a punto de desencadenar el ataque y destruirlas todas mediante el fuego de las flechas incendiarias.

Pero ¿cómo era que Druso no estaba preocupado? ¿Cómo no se daba cuenta del peligro enorme que estaba corriendo? Miles de guerreros germanos habían salido del bosque empuñando arcos armados de fuego.

Y, en cambio, tenía razón él. Por tres motivos. El primero fue muy pronto evidente: una horda de jinetes con una antorcha encendida en la mano izquierda y una espada de acero en la derecha. ¡Frisios! Druso, antes de zarpar, había estrechado una alianza con ellos: un pueblo que habitaba aquellas tierras y que ahora patrullaba la costa interponiéndose entre las naves encalladas como cetáceos moribundos y el ejército germano al acecho en los bosques. Desde la proa de la nave capitana, Sigmer veía una serpiente de fuego extenderse rápido por la playa desde el occidente hasta el oriente.

Pero los guerreros germanos habían comprendido lo que sucedía y se lanzaron al galope a lomos de sus caballos veloces para tomar el control de la playa frente a las naves romanas antes de que los frisios la ocupasen y anulasen su ataque.

El segundo motivo era que en las sentinas de cada nave había una máquina accionada por cuatro hombres capaz de aspirar agua y lanzarla a través de una manguera de tela en cualquier dirección.

Cuando las primeras flechas incendiarias se clavaron en la madera resinosa, los hombres de la tripulación apuntaron la manguera a la base del fuego apagándolo inmediatamente. Sigmer nunca en toda su vida había visto nada como aquello.

El tercer motivo lo comprendió cuando, a una señal del comandante Druso, los tripulantes de la nave capitana quitaron las protecciones de tela encerada de seis grandes máquinas que estaban en la proa, tres a la derecha y tres a la izquierda, insertaron pesados dardos de hierro en sus guías, tensaron los arcos de láminas de acero, apuntaron a los blancos y dispararon a las órdenes del centurión.

—Prima, iacta! Secunda, iacta! Tertia, iacta!…

Eran dardos mortíferos, como la que le había salvado la vida cuando el siluro del Rin se disponía a devorarlo; allí donde alcanzaban, descuartizaban, desgarraban, destrozaban hombres y caballos; eran invisibles desde tierra, al contrario que los jinetes germanos, que, montados en caballos blancos, con antorchas en las manos y flechas incendiarias en los arcos, eran perfectamente visibles. Muy pronto, aterrorizados, retrocedieron hacia el bosque.

Los frisios fueron adelante y atrás durante toda la noche con antorchas que iluminaban la playa. Cuando la marea comenzó a subir de nuevo, las naves desencallaron y retomaron la navegación hacia la desembocadura del Elba, que marcaría el nuevo confín del Imperio romano.

En una ocasión Sigmer había preguntado a Druso por qué afrontaba tales peligros, se arriesgaba a que lo matasen, pasaba noches al raso, combatía en primera línea recibiendo heridas cuando habría podido estar en su gran ciudad de mármol, en su palacio o en su casa de campo con su esposa.

—Para servir al Estado —había respondido Druso.

—¿Y qué es el Estado? —había replicado Sigmer.

—Para nosotros el Estado lo es todo. Forma una misma cosa con nuestra vida, nuestras familias, nuestro pueblo. Si os combato en las riberas del Rin, defiendo a mi mujer que está en Roma y a mis hijos, aunque no me hayáis hecho nada. Porque, si no lo hago ahora, un día los cascos de vuestros caballos pisotearán las cenizas de nuestra ciudad de mármol. Lo ha escrito uno de nuestros más grandes poetas.

»Servir al Estado es para nosotros el máximo honor, dar la vida por el Estado es para nosotros la suerte más gloriosa. El emperador representa el Estado y cada indicación suya es ley para nosotros.

Sigmer recordaba bien aquella conversación y recordaba asimismo haber comprendido por qué su relación había continuado durante años: porque aquella extraña amistad superaba las diferencias de origen, de tradiciones, de lengua y de sangre. Era la persona del comandante Druso lo que le fascinaba, las historias que contaba de su país, del milagro por el que un pueblo de cabañas muy parecido a aquellos en los que habitaban los germanos se había convertido en el centro de casi todo el mundo conocido; un imperio que contenía en su interior dos mares y los dos ríos más grandes del mundo eran sus fronteras, y un tercer río, en el mediodía, a lo largo de decenas de miles de leguas y poblado de monstruos, era tan poderoso como para llenar el mar meridional. Y sin embargo en aquella tierra no llovía nunca y menos aún nevaba; el territorio estaba en su mayor parte recubierto de arena candente y nadie sabía de dónde provenía tanta agua. Este era el mayor misterio de aquella tierra misteriosa, hasta el punto de que sus habitantes consideraban aquel río un dios.

Luego se había acometido la empresa de ensanchar la frontera del Rin más al oriente, más allá, donde nadie de su pueblo había llegado nunca. Al Elba. Así lo había querido el emperador, el hombre más poderoso del mundo, cuya voluntad era ley.

—¿Por qué? —le había preguntado Sigmer.

—Porque sois el único pueblo que queda sobre la faz de la tierra digno de formar parte de nuestro mundo. Primero seríais nuestros amigos y aliados, luego pasaríais a ser como nosotros, viviríais como nosotros, lucharíais en nuestro ejército, os convertiríais en notables, comandantes, magistrados. Levantaríais grandes ciudades, con nosotros construiríais los caminos que no terminan nunca. El mundo no podrá ser romano para siempre si vosotros no sois parte de él.

—¿Y si no quisiéramos? —había preguntado Sigmer.

El comandante Druso lo había mirado fijamente con expresión casi de incredulidad, luego había respondido gélido:

—Entonces habría un enfrentamiento a vida o muerte, como sucedió entre nosotros y los celtas hace dos siglos. Cada primavera dos cónsules y cuatro legiones subían al valle del Pado y se batían contra las tribus de los boyos y de los senones. Se parecían mucho a vosotros: rubios con los ojos azules, gigantescos. Los hicimos pedazos, los exterminamos. Al final, de rodillas, imploraron piedad. Expulsamos a los supervivientes allende los Alpes, hasta sus tierras ancestrales.

»¿Es eso lo que quieres para tu gente, Sigmer? Ten cuidado: nosotros vivíamos en cabañas como las vuestras hace ocho siglos. Y para convertiros en lo que somos nosotros necesitaréis el doble de tiempo, y quizá no baste. En cambio, si estáis con nosotros, las guerras terminarán, quizá durante siglos o, quién sabe, para siempre.

»Cultivaremos el arte, el derecho, la civilización, practicaremos la agricultura, los caminos que no terminan nunca llegarán a todos los lugares, hasta el más remoto, construiremos naves capaces de cruzar el Océano. Los ejércitos solo servirán para proteger las fronteras de nuestro inmenso Estado o para mantener el orden en el interior. La Urbe será el Estado y el Estado será el mundo. Y el mundo será rubio y moreno. ¿Me comprendes, Sigmer? ¿Me comprendes?

La voz del comandante Druso primero había enronquecido para luego subir de tono, como si declamase poesía. Sigmer se había quedado profundamente impresionado.

—Bastaría que vieras Roma para que comprendieras lo que trato de decir.

Sigmer no había hecho más preguntas ni se había preocupado por afrontar el problema. En cualquier caso, turbado y fascinado a un tiempo por sus palabras, había elegido apoyar por el momento su proyecto.

Eso se había traducido en muchas ventajas para su pueblo y para su familia y mucho respeto por parte de los otros jefes que en diversas ocasiones le habían sido hostiles.

Un día, tras uno de aquellos encuentros en el bosque de los bisontes, el comandante Druso le confió que había tenido un sueño que le había sacudido en lo más profundo del ánimo. Quería, pues, consultar el oráculo de los germanos, que en su opinión tenía que ser veraz.

Lo que los romanos llamaban el «oráculo de los germanos» se encontraba en una caverna de la Selva Negra, una cueva en la que no le estaba permitida la entrada a nadie.

Sigmer había enseñado a Druso las palabras en antigua lengua germánica que tenían el poder de hacerlo comparecer, de conjurarlo en aquel averno de musgo y troncos putrefactos.

Druso gritó tres veces la fórmula ancestral y luego permaneció en silencio, solo ante la entrada de la cueva circundada de huesos humanos. Sigmer había retrocedido una decena de pies.

Se oyó el ruido de un paso pesado que pisoteaba un manto de hojas pútridas y ramas marchitas.

—Dioses inmortales… —murmuró Druso—. Es un gigante.

—Todavía estás a tiempo —susurró Sigmer—. Podemos marcharnos.

—No —respondió Druso—. No he llegado hasta aquí afrontando tantos peligros para nada.

Una figura enorme cubierta con un largo ropaje de pieles de cabra entretejidas se recortó en la entrada de la cueva. Cuando vio a Druso, emitió un estertor profundo y luego un grito poderoso, terrorífico como el chillido de un halcón. ¡Era una mujer! Era gigantesca y empuñaba un hacha de combate que hacía girar ante sí con un zumbido sordo.

—Solo si consigues derrotarla pronunciará el oráculo. Si vence ella, te matará. Los huesos que ves alrededor de la entrada de la caverna son de los que vinieron a interrogar al oráculo y fueron derrotados.

El comandante Druso desenvainó la espada, un arma que había hecho forjar expresamente para él, más larga que cualquier acero porque los brazos de los guerreros del septentrión eran más largos. Miró el hacha y vio que estaba hecha de una aleación tosca, impura. Su única fuerza era el peso. Podría vencerla.

Fue ella quien golpeó primero. Druso evitó el golpe, el hacha se abatió sobre un pedrusco y lo hizo volar en mil pedazos incandescentes.

Druso se agachó y la amenazó con la afilada punta, pero ella le arrojó encima su manto negro para envolverlo, dejando así a la vista sus brazos cubiertos de pelos. La hoja del romano destelló veloz y cortó el manto en dos pedazos. Ella asestó entonces un hachazo contra el adversario, pero Druso pegó un salto fuera de su trayectoria y, mientras tocaba el suelo de nuevo, lanzó un formidable mandoble hacia atrás que cortó limpiamente el mango del hacha. Terminó su rotación y se irguió, espada en mano, frente a la horrenda virago.

Tal vez por primera vez la mujer se sintió amenazada y en su rostro casi bestial se pintó el miedo. Estiró las manos y las movió de arriba abajo como si quisiera que Druso dejara el arma en el suelo. El temor se trocó en pánico. El comandante aferraba cada vez más fuerte la empuñadura y avanzaba imperceptiblemente. De pronto ella habló con una voz ronca y profunda, en latín:

—¿Hasta dónde quieres llegar, Druso? ¿Hasta los confines del mundo?

También Sigmer se quedó asombrado, pero Druso, sin mostrar emoción alguna, respondió:

—Hasta las corrientes del Elba, para fijar la última frontera del imperio.

Sigmer no comprendió todas las palabras, pero entendió el sentido de la frase entera.

Faltaba poco para que cayera la noche y hacía frío, sin embargo el rostro del oráculo germano chorreaba sudor. Solo dos palabras le salieron profundas y sonoras:

—Morirás antes.

Se separaron y sus ejércitos retomaron durante cierto tiempo sus enfrentamientos, pero Sigmer no tardó en darse cuenta de que el coste de la guerra contra Roma era insoportable. La sentencia del oráculo germano continuaba resonando en su cabeza y secretamente, en su corazón, la rechazaba. No soportaba la idea de que Druso estuviera condenado a una muerte prematura. Estipularon una tregua y un pacto de no agresión mutua. Más tranquilo en el centro, donde se extendía el territorio de los queruscos, Druso se desplazó hacia el septentrión, pero un día, durante una escaramuza, se cayó del caballo y se hizo mucho daño.

Dado que no había sufrido ninguna herida, descuidó las consecuencias de la caída, que, en cambio, era tan grave como para haberle hecho trizas el fémur. Estaba tan convencido de hallarse cerca de la victoria definitiva que no estaba dispuesto a interrumpir la a ...