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THE CRUELTY

Scott Bergstrom

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Fragmento

1

Los chicos están esperando la decapitación. Están sentados, cautivados, como chacales impacientes, a la espera de que caiga la cuchilla. Aunque si se hubieran molestado en leer el libro, sabrían que eso no va a suceder. El libro está a punto de terminar. Como una película con la bobina quemada justo antes de la última escena. O como la vida misma, a decir verdad. Casi nunca ves la cuchilla caer, esa que acaba contigo.

Nuestro profesor, el señor Lawrence, lee con parsimonia, mientras se mesa esa horrible barba de tres pelos que le nace en el labio inferior, al tiempo que camina de un lado para otro. El tenue taconeo de sus pisadas sobre el suelo de linóleo —talón-punta, talón-punta— produce la sensación de que estuviera persiguiendo las palabras para atacarlas por la espalda.

—Como si esa furia cegadora me hubiera dejado limpio, me hubiera despojado de esperanza; por primera vez, en esa noche vívida de señales y estrellas, estaba tumbado con el corazón abierto a la benigna indiferencia del mundo.

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Las pisadas se detienen cuando el señor Lawrence llega al pupitre de Luke Bontemp y estampa el lomo del libro sobre la cabeza del chaval. Luke está enviando un mensaje con el móvil e intentando ocultar el teléfono bajo la chaqueta.

—Guárdelo o se lo quito —dice el señor Lawrence.

El móvil desaparece en el bolsillo de Luke.

—¿De qué cree que habla Camus en este fragmento?

Luke esboza esa sonrisa que lo ha sacado de todos los líos en la vida. «Pobre Luke —pienso—. Guapo, inútil, estúpido Luke.» Me enteré de que su tatarabuelo había hecho una fortuna vendiendo petróleo a los alemanes y acero a los ingleses durante la Primera Guerra Mundial, y ningún miembro de su familia había tenido que trabajar desde entonces. Él tampoco tendrá que hacerlo, así que ¿de qué le va a servir leer a Camus?

—«La benigna indiferencia del mundo» —repite el señor Lawrence—. ¿Qué cree que es?

Luke toma una buena bocanada de aire. Casi puedo oír el giro de la rueda de hámster que tiene por cerebro, por debajo de su perfecta cabellera.

—Benigno... —contesta Luke—. Un tumor puede ser benigno. A lo mejor Camus está diciendo, bueno, ya sabe, que el mundo es un tumor.

Veintiocho de los veintinueve alumnos de la clase ríen, incluido Luke. Yo soy la única que no ríe. Leí ese libro, El extranjero, cuando tenía catorce años. Pero lo leí en su versión original en francés, y cuando el señor Lawrence escogió una traducción al inglés para nuestra clase de literaturas del mundo no me apeteció volver a leerlo. Trata de un tipo llamado Meursault cuya madre muere. Luego mata a un árabe y lo condenan a pena de muerte, a ser decapitado en público. Y fin. Camus no llega a describir la decapitación.

Me vuelvo hacia la ventana, donde todavía repiquetea la lluvia, y su cadencia nos sume a todos los presentes en el aula en una especie de trance somnoliento. Del otro lado de la ventana distingo la silueta de los edificios de la calle Sesenta y tres, con los contornos borrosos y ondulantes por el agua que va cayendo por el cristal, y los veo más como el recuerdo de esos edificios que como las auténticas construcciones.

Aunque estamos comentando la última parte de El extranjero, siempre han sido las frases iniciales del libro las que me han impactado. Aujourd’hui, maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas. Quiere decir: «Mi madre ha muerto hoy. O a lo mejor fue ayer, no lo sé».

Pero yo sí lo sé. Sé perfectamente cuándo murió mi madre. Hoy hará diez años. Yo solo tenía siete, y estaba presente cuando ocurrió. Evoco ese recuerdo y luego únicamente veo esbozos y fragmentos, momentos por separado. Pocas veces repaso todo el recuerdo de principio a fin. El psicólogo al que iba me decía que eso era normal, que sería más fácil con el tiempo. Pero no ha sido así.

—¿Qué opina usted, Gwendolyn? —pregunta el señor Lawrence.

Oigo su voz. Incluso entiendo la pregunta. Pero mi mente está demasiado lejos para responder. Estoy en la parte trasera del viejo Honda, con los ojos casi cerrados, con la cabeza apoyada sobre el frío cristal de la ventanilla. El ritmo del coche que avanza dando botes por la pista de tierra de las afueras de Argel hace que me duerma. Entonces oigo el sonido de las ruedas al frenar en seco sobre el camino y a mi madre soltar un suspiro ahogado. Abro los ojos y veo fuego al mirar por el parabrisas delantero.

—¡Gwendolyn Bloom! ¡Llamando a Gwendolyn Bloom!

Regreso de golpe al presente y me vuelvo hacia el señor Lawrence. Veo que tiene las manos haciendo bocina a ambos lados de la boca, como si tuviera un megáfono.

—¡Llamando a Gwendolyn Bloom! —repite—. ¿Puede decirnos qué quiere decir Camus con «benigna indiferencia del mundo»?

Aunque una parte de mi mente todavía sigue en los asientos traseros del Honda, empiezo a hablar. Es una respuesta larga y creo que adecuada. Sin embargo, el señor Lawrence se queda mirándome con una leve sonrisa socarrona. Cuando ya llevo unos veinte segundos hablando, oigo que todos los demás están riéndose.

—En inglés, por favor —dice el señor Lawrence, y enarca una ceja al mirar al resto de mis compañeros.

—Lo siento —me disculpo en voz baja, jugueteando con la falda de mi uniforme y colocándome un mechón de mi pelo rojo, rojo camión de bomberos, por detrás de la oreja—. ¿Qué?

—Estaba usted hablando en francés, Gwendolyn —señala el señor Lawrence.

—Lo siento. Debía de estar... Pensando en otras cosas.

—Se supone que debería estar pensando en la benigna indiferencia del mundo —replica él.

Una de las chicas que tengo detrás exclama:

—Por el amor de Dios, ¡qué esnob tan pretenciosa! —suelta esas palabras y las subraya poniendo los ojos en blanco.

Me vuelvo y veo que se trata de Astrid Foogle. Ella también tiene diecisiete años, pero aparenta al menos veintiuno. Su padre es dueño de una compañía aérea.

—Ya está bien, Astrid —le advierte el señor Lawrence.

Pero yo estoy mirándola, fulminándola con la mirada. ¿Astrid Foogle —cuyos pendientes cuestan más que todo lo que hay en mi piso— está llamándome «esnob pretenciosa»?

Astrid prosigue:

—O sea, aparece aquí no se sabe muy bien de dónde y se cree superior a todos, y ahora, ¡oh, sorpresa!, se pone a hablar en francés, no como nosotros, los tontos estadounidenses. Mirad qué sofisticada es. La reina del aparcamiento de caravanas...

El señor Lawrence la interrumpe de golpe.

—Pare ya, Astrid. Ahora mismo.

Unos cuantos chavales asienten en silencio dando la razón a Astrid; otros tantos están riendo. Noto que estoy temblando y siento la cara muy caliente. Todas las sinapsis de mi cerebro están intentando paralizar esa reacción, pero no lo consigo. ¿Por qué tiene que parecerse tanto la rabia a la humillación?

El chico sentado junto a Astrid, Connor Monroe, se echa hacia atrás en la silla y sonríe de oreja a oreja.

—Mirad. Está llorando.

Lo que no es cierto, pero ahora que lo ha dicho, es una verdad como un templo en la mente de los demás. «LOL, gwenny bloom ha perdido los nervios y se ha puesto a llorar como loca #esnobpretenciosa #justiciaYA.»

El timbre del colegio suena en el pasillo y, como una campana de Pavlov, hace que todo el mundo salga disparado hacia la puerta. El señor Lawrence levanta su libro en el aire con un patético intento de mantener el orden y grita:

—¡Volveremos a empezar mañana por la misma parte! —Luego se vuelve hacia mí—. Y usted será la primera, Bloom. Tiene toda la noche para meditar sobre la benigna indiferencia del mundo; más vale que piense algo bueno. Y, en inglés, por favor.

Asiento en silencio y recojo todas mis cosas. Ya fuera de clase, Astrid Foogle está delante de su taquilla, rodeada, como siempre, por sus discípulas. Está imitándome, recitando un monólogo en su falso francés, con los hombros caídos y la nariz respingona, levantándosela con el dedo índice apoyado en la punta.

Yo bajo la vista como suelen hacer los sujetos beta por deferencia. Paso junto a ella y sus amigas de camino a mi propia taquilla. Pero Astrid me ve; lo sé porque ella y sus amigas se quedan calladas, y oigo los tacones de sus zapatos —«Son sandalias de tacón de Prada, paleta de pueblo»— acercándose hacia mí, y a sus amigas caminando un paso por detrás de ella.

—Oye, Gwenny —empieza a decir—. Una pregunta de traducción para ti. ¿Cómo se dice en francés «El suicidio nunca es la solución»?

La ignoro y sigo caminando con la esperanza de que alguna de las dos sufra un ataque de algo mortal, o ella o yo, me da igual. El calor irradia de mi cara, el enfado se convierte en rabia y la rabia en lo que sea más fuerte que ella. Cruzo los brazos temblorosos sobre el pecho.

—De verdad —sigue Astrid—. Porque alguien como tú tiene que pensar en el suicidio de vez en cuando. O sea, es lo lógico, ¿no? Así que, s’il vous plaît, ¿cómo se dice, Gwenny? En français?

Me vuelvo de golpe, y las palabras me salen sin pensar:

—Va te faire foutre.

Astrid se detiene y, durante medio segundo —no, menos tiempo—, el miedo le cruza la cara de un bofetón. Pero entonces cae en la cuenta de dónde está, en su reino, rodeada de acólitas, y la auténtica Astrid regresa. Enarca sus cejas perfectamente depiladas.

Una de sus amigas, Chelsea Bunchman, sonríe.

—Astrid, acaba de decirte que te vayas a tomar por culo.

Astrid abre mucho la boca en forma de O y oigo que se le escapa un gritito.

—Eres una mierdecilla —dice, y se acerca un paso más a mí.

Veo el bofetón cuando todavía está en el aire. Lo veo, pero, aun así, no hago nada para detenerlo. En lugar de eso, me encojo, agacho la cabeza y meto el cuello entre los hombros. Es un bofetón fuerte —Astrid me da con ganas—, y se me vuelve la cabeza hacia un lado por la fuerza del impacto. Me ha arañado con una uña y me ha hecho un corte en la mejilla.

Empieza a acercarse la gente. Veo las caras sonrientes de Luke Bontemp y de Connor Monroe y quizá de una docena de estudiantes más que están mirando con los ojos como platos, más entretenidos que impactados por lo que han visto. Se encuentran alrededor de Astrid y de mí, en semicírculo, como si estuviéramos en la pista de un estadio. Esto es un entretenimiento, ahora lo entiendo, uno de los preferidos de todos los tiempos. Quiero dejar claro que Astrid no me ha dado un puñetazo, no me ha pateado ni me ha tirado del pelo. Ella, con mucha tranquilidad, de forma totalmente deliberada, me ha cruzado la cara con una bofetada. Ha sido la señorita de alta cuna abofeteando a la criada de clase baja.

En lugar de devolverle la bofetada —porque, a quién pretendo engañar, Gwendolyn Bloom jamás devolvería una bofetada—, cierro los ojos, la humillación, como los vientos que recuerdo del Sáhara, me quema y me dolerá durante días. Se oye la voz de un adulto que ordena a todos seguir caminando. Al abrir los ojos, veo un profesor de mediana edad cuyo nombre no conozco delante de mí, con las manos en los bolsillos de sus pantalones chinos. Nos mira alternativamente a Astrid y a mí.

—¿Qué ha pasado? —pregunta a Astrid.

—Ella me ha dicho... No puedo repetirlo. Ha sido un insulto, me ha dicho que me vaya a tomar por... —habla de forma apocada y con tono ofendido.

—¿Es eso cierto? —pregunta él, mirándome.

Yo abro la boca y estoy a punto de acusarla por haberme abofeteado.

—Sí que lo es —digo en cambio.

 

L’Étranger, el título del libro que estamos estudiando en literaturas del mundo, suele traducirse al inglés como The Stranger, «El extraño». Pero también podría querer decir «El extranjero, el foráneo». Esa soy yo, en todas las acepciones: extraña, foránea, extranjera. Soy técnicamente estadounidense. Eso dice mi pasaporte. Pero no nací aquí y, hasta que entré en primero este pasado mes de septiembre, había vivido en Estados Unidos durante solo dieciocho meses, justo después de que mataran a mi madre. Nosotros —mi padre y yo— vinimos a Nueva York para que él pudiera ocupar un puesto en las Naciones Unidas, cuya sede no se encuentra muy lejos de mi colegio, la Academia Danton.

De ninguna de las maneras mi padre podría haberse permitido una plaza en Danton si hubiera tenido que pagarla él. Pero es diplomático del Departamento de Estado, y los colegios privados para los hijos de esos cargos son uno de los beneficios ocasionales de su trabajo. Dependiendo del país en que te encuentres, ese centro privado podría ser el único buen colegio en varios kilómetros a la redonda. Por lo cual acabas sentada en clase con el hijo o la hija del presidente o rey u horrible dictador del país. Eso me ocurrió una vez. El retoño gilipollas de un presidente gilipollas se sentaba a mi lado en clase de mates. Llevaba unos zapatos fabricados especialmente para él y que costaban cinco mil dólares, mientras los niños morían de hambre en las calles del otro lado de los muros de estuco del colegio.

No es que sea muy distinto en Danton. Los chavales de esta academia también son hijos de presidentes, reyes y dictadores, solo que de empresas en lugar de países. La mayoría de mis compañeros de clase siempre han sido ricos. Por lo general, la única persona pobre que han conocido es el chaval extranjero que les lleva la compra a casa o que les entrega la ropa de la tintorería. Mi padre se gana la vida bastante bien aquí o en cualquier parte del mundo, pero para los chicos de Danton somos pobres como ratas.

Sentada en el banco de la entrada del despacho de la subdirectora, jugueteo con la falda del uniforme —Dios, odio las faldas—: tiro de ella para bajármela y tapar mis medias negras y aliso las finas tablillas. Los uniformes son un intento de igualarnos, supongo, aunque no existen restricciones sobre el calzado. Por ello, la riqueza y las lealtades tribales se reflejan en los pies: las sandalias de tacón de Prada y los mocasines de ante de Gucci para demostrar que eres de familia rica de toda la vida frente a las sandalias planas de Louboutin y las zapatillas de tenis de Miu Miu para los nuevos ricos. Yo soy una de los irrelevantes miembros de la tribu de las Doc Martens, de solo dos componentes. Mis botas son rojas y están hechas polvo, pero, el otro miembro, el tímido hijo de un artista del centro de la ciudad que ha sido tolerado por los demás hasta ahora como si fuera una dosis de anfetaminas siempre disponible, las lleva negras y lustrosas.

Si de pronto me presentara con unos Prada tampoco cambiaría nada. En realidad no me parezco ni a Astrid Foogle ni a ninguna de las demás. Soy demasiado alta, tengo la cintura demasiado ancha. La nariz demasiado recta, la boca demasiado grande. Todo lo mío es demasiado. Mi padre y mi médico dicen que estoy bien así, que son las hormonas o la musculatura desarrollada después de tantos años de gimnasia. Cada uno se desarrolla de un modo distinto, no hay una única forma de ser bella, y todo ese rollo sobre la belleza interior. Aunque su misión consiste en decir cosas como esas. Por eso me tiño el pelo en casa con el tinte antialérgico de mejor calidad, me ato los cordones de mis Doc Martens y finjo que me da igual.

Cuando la subdirectora por fin sale de su despacho no para de sonreír en plan maternal y finge preocupación. Es la señora Wasserman y va siempre envuelta en una nube de perfume y alegría edulcorada, como si estuviera esperando que un pajarillo azul de dibujos animados bajara volando del cielo y se posara en su dedo.

—¿Cómo estamos hoy? —me pregunta cuando entramos en su despacho.

Me encojo de hombros y me dejo caer en una silla con tapicería de cuero color rojo sangre.

La señora Wasserman alarga los dedos hacia delante sobre la mesa; es la señal de que vamos a entrar en materia.

—Me han contado que estás experimentando ciertos desafíos relacionales con una de tus compañeras de clase.

Me cuesta mucho no poner cara de circunstancias ante tanto eufemismo y su asqueroso tonillo. La cuestión es la siguiente: el noventa y cinco por ciento de este centro está compuesto por chavales que son muy ricos y muy blancos. El cinco por ciento que no lo es está aquí, o bien porque tiene una beca, o bien porque sus padres trabajan en la ONU. A los demás no les gustamos los del cinco por ciento, como nos llaman, pero ayudamos a personas como la señora Wasserman a aparentar que la Academia Danton no es una fábrica de cerdos elitistas.

Consulta su fichero.

—¿Estás inscrita como Gwen o como Gwendolyn, cielo?

—Gwendolyn —respondo—. Mi padre es el único que me llama Gwen.

—Bien, entonces, Gwendolyn —dice la subdirectora con su sonrisa edulcorada—. Verás, eres buena estudiante. Y, ¿esto es correcto, Gwendolyn? ¿Realizaste la prueba de aptitud académica en, ¡oh, Dios mío!, cinco idiomas?

Me encojo de hombros.

—Nos mudamos mucho.

—Ya lo veo. Moscú. Dubái. Aun así, tienes mucha facilidad para los idiomas. —Pasa un dedo sobre una línea de la ficha—. Aunque debe de resultar difícil tener un padrastro en el Departamento de Estado. Vivir en una nueva ciudad cada pocos años. En un nuevo país.

—Puede decir «padre».

—¿Perdona?

—No es mi padrastro. Me adoptó al casarse con mi madre. Yo tenía dos años.

—Tu padre, sí. Si lo prefieres así. —La señora Wasserman niega con la cabeza y escribe algo en la hoja que tiene delante—. Ahora hablemos de por qué estás aquí: Danton es un espacio seguro, Gwendolyn, y tenemos una política de tolerancia cero hacia el comportamiento abusivo desde un punto de vista emocional.

—Correcto. Eso es lo que dice exactamente su manual.

—Lo cual incluye los insultos al profesorado o a los estudiantes. Eso significa que, cuando insultas a una compañera en francés, estás violando las normas.

—Astrid no habría entendido ni una palabra de no ser porque Chelsea Bunchman se lo tradujo.

—Lo que importa es que dijiste algo ofensivo, Gwendolyn. Da igual que lo dijeras en francés o en suajili.

—No da igual si ella no lo entendió.

—Eso no es más que una cuestión semántica —replica ella—. ¿Conoces la palabra «semántica»?

—El estudio del significado de las palabras. Parece apropiado para este caso.

Percibo que se le tensan los músculos faciales. Agarra un bolígrafo con tanta fuerza que creo que va a romperlo.

—Entiendo que hoy se cumple el aniversario del fallecimiento de tu madre. Siento que así sea —dice la señora Wasserman con amabilidad. Me doy cuenta de que pensar en ello la incomoda porque no sabe qué hacer conmigo. ¿Castigar a la chica por sus problemas relacionales justo en el aniversario del fallecimiento de su madre?

La señora Wasserman tose tapándose la boca con una mano y prosigue:

—La consecuencia normal por insultar a otro estudiante es un día de expulsión. Pero, considerando las circunstancias, estoy dispuesta a pasarlo por alto si le envías una disculpa por escrito a la señorita Foogle.

—¿Quiere que yo me disculpe con Astrid?

—Sí, querida.

Se trata de una salida fácil y la alternativa lógica. Me reclino contra el respaldo e intento sonreír.

—No, gracias —afirmo—. Prefiero que me expulsen.

Todavía está lloviendo, esa lluvia helada que podría convertirse en nieve dentro de unas horas. Este marzo está siendo muy duro, no se ha visto el sol y no hay rastro de la primavera. Lo único que se ve es el cielo color plomo y lo que se huele, el hedor de la basura licuada de Nueva York, que corre por sus alcantarillas. Hay toda una serie de todoterrenos negros aparcados en fila junto al bordillo; son la versión de los autobuses escolares en la Academia Danton. Los chavales más ricos los usan: son minilimusinas privadas que los recogen al final del día para que no tengan que rebajarse a ir caminando a casa ni coger el metro.

Me dirijo a la estación que está a solo un par de manzanas. No tengo paraguas, así que me pongo la capucha de mi vieja casaca militar. Era de mi madre, de su época de teniente, mucho antes de que yo naciera. Cuando mi padre y yo nos mudamos hace unos años —de Dubái a Moscú, quizá, nuestros dos destinos más recientes—, la encontré dentro de una caja. A mi padre se le anegaron los ojos en lágrimas cuando me la puse, y yo empecé a quitármela. Pero entonces dijo que me sentaba bien y que podía quedármela si quería.

Mi madre. Había estado evitando el tema todo el día y casi lo había conseguido hasta lo ocurrido en clase de literaturas del mundo. Resulta difícil no pensar en ello cuando te pasas una hora hablando sobre justicia argelina.

La lluvia me golpea en la cara y me relaja. Hay un tío con un pañuelo palestino negro y verde enrollado al cuello que se protege bajo el toldo de su carrito de kebabs. Se encuentra en Lexington, justo a la salida de la boca del metro. Le pido la comida en árabe: «Un kebab con todo —le digo—, y no seas rata con el cordero».

Me mira con los ojos entornados y una sonrisa sorprendida, y me pregunto si me habrá entendido. Mi árabe está muy oxidado, y hablo esa variante formal que nadie habla en realidad y que solo se usa en televisión.

—¿Eres egipcia? —me pregunta al tiempo que saca un par de pinzas y empieza a disponer los pedazos de cordero en un pan de pita.

—No —respondo—. Soy de aquí.

A menudo me preguntan si soy de aquí o de allá, de muchos lugares diferentes. Tengo los ojos color ámbar, aunque mi tono de piel es muy pálido, como una hoja transparente colocada sobre otro material: bronce debajo de papel cebolla, como me dijo una vez un chaval drogado en el metro de Moscú, mientras me agarraba un brazo y lo levantaba para verlo a la luz de los fluorescentes parpadeantes. ¿Dónde es «aquí o allá»? No tengo ni la más remota idea. Mi madre no está aquí para responder, y el padre al que llamo así —porque es mi padre legalmente en todos los sentidos menos en uno— dice que no lo sabe. El primer apellido de mi padre biológico ni siquiera está en mi certificado original de nacimiento de Landstuhl, el hospital militar estadounidense de Alemania donde nací.

—Uno especial para Cleopatra —me dice el hombre, lo corona con cebolla y lo cubre con esa salsa blanca y amarga que me gusta tanto que me la bebería a sorbos si pudiera.

Ya en el andén del metro, devoro el kebab. No me había dado cuenta del hambre que tenía. A lo mejor ese es el resultado de que te abofeteen como a una campesina. Estoy esperando algún tren de la línea N o Q con destino a Queens. Me gustaría que pasara uno ahora mismo. Me gustaría poner ya cierta distancia física entre mi persona y esta isla y los recuerdos que Camus ha desenterrado de mi memoria.

Justo en este preciso instante, como si se hiciera realidad mi deseo, el tren de la línea Q frena chirriando con sus ruedas delante de mí. Lanzo el empapado envoltorio de aluminio y papel a una papelera y subo a bordo.

La mayoría de las personas odian el metro, pero yo no. Es algo maravilloso y extraño estar sola entre los aproximadamente cien pasajeros de un vagón. Saco un libro de la mochila y me apoyo contra la puerta en cuanto el tren sale disparado hacia el túnel y pasa por debajo del río en dirección a Queens. Es una novela con heroína adolescente ambientada en un futuro distópico. El título no importa, porque son todas iguales. La pobre heroína adolescente debe partir a la guerra cuando lo que realmente quiere es fugarse con el chico guapo y vivir a base de bayas del bosque y amor. Mundos de papel donde los héroes son reales.

Pero mientras el tren chirría y va rozando las paredes del túnel en la oscuridad, meciéndose hacia atrás y hacia delante, como si en cualquier momento pudiera despegar de las vías, de pronto me resulta imposible seguir el hilo de la historia o identificar como palabras los símbolos escritos en la página. Los recuerdos no van a dejarme escapar esta vez. Exigen ser reconocidos, con la misma violencia que el bofetón de Astrid.

Hoy es el cumpleaños de mi padre. El peor día de todos para un cumpleaños. O, mejor dicho, el peor día posible porque es su cumpleaños. Así es como ocurrió, hoy hace diez años. Al volver de la cena de cumpleaños que le habían organizado sus amigos del trabajo en un restaurante de Argelia.

Tengo que pensar en ello, ¿verdad? Si uno intenta guardárselo dentro acaba poniéndose enfermo, ¿no? Vale. Se acabó el resistirse. Me digo que debo volver a ese día. Me digo que debo revivirlo. «Sé valiente por una vez.» Hoy hace diez años.

Mi madre lanza un suspiro ahogado cuando doblamos la esquina; ese sonido me despierta con siete años del sueño profundo. Miro por el parabrisas delantero del coche y veo fuego. Distingo unas caras iluminadas por la luz de un furgón policial en llamas. Hay hombres, una docena, una veintena. La mayoría barbudos, la mayoría jóvenes, con la piel anaranjada por el fulgor de las llamas. Hemos topado con algo que no nos concierne. Una trifulca con la policía militar que se ha decantado a favor de la turba. Pero los hombres muestran curiosidad por las recién llegadas y echan un vistazo por las ventanillas de nuestro coche en un intento de averiguar la nacionalidad de los rostros que se encuentran en su interior.

Mi madre grita a mi padre que retroceda. Él pone la marcha atrás, se vuelve a mirar y el motor arranca. Durante un segundo, el Honda sale disparado hacia atrás, pero frena de golpe.

—¡Ahí hay gente! —grita mi padre.

—¡Atropéllalos! —responde también a gritos mi madre.

Pero mi padre no lo hará. O a lo mejor sí lo habría hecho, pero no tiene tiempo. No tiene tiempo porque una botella de cristal se hace añicos al impactar contra el techo y un líquido prende llamas, y estas caen en cascada y descienden por la ventanilla del conductor. Ha sido un cóctel molotov: una botella de gasolina con un trapo ardiendo embutido en el cuello. Es la granada de los pobres.

La norma que enseñan a los diplomáticos sobre qué hacer cuando te lanzan uno de esos cócteles con el coche en marcha es que sigas conduciendo, lo más rápido y lo más lejos posible, hasta que estés fuera de peligro. Un coche no se incendia enseguida como ocurre en las películas. Hace falta más tiempo. Y tiempo es lo que uno necesita si quiere seguir respirando.

Sin embargo, la multitud se acerca y por alguna razón el coche se cala. Mi padre intenta poner el motor en marcha, pero no lo consigue. Se cala una y otra vez, y no logra arrancarlo. La puerta de mi madre se abre, y ella chilla al hombre que la ha abierto por fuera. No solo grita. Le está recriminando que el haber prendido fuego a su coche y abrir su puerta de golpe ha sido una auténtica grosería y que, por el amor de Dios, quiere hablar con quienquiera que sea el responsable.

No veo qué ocurre a continuación porque mi padre está alargando un brazo para llegar a mi asiento y desabrocharme el cinturón. Tira de mí como si fuera una muñeca de trapo y me coloca delante, con él. Recuerdo lo brusco que fue y el daño que me hizo cuando tiró de mí para colocarme en los asientos delanteros. Me sujeta contra el pecho como si estuviera dándome un abrazo de oso y sale por la misma puerta que mi madre, la que no está en llamas.

Golpes de palos y varas le llueven desde arriba. Siento la fuerza de los impactos por todo su cuerpo. Está recibiéndolos por mí, o la mayoría de ellos al menos. Tres de esos golpes me dan en las piernas, que asoman desnudas por debajo del brazo de mi padre. Intento gritar de dolor, pero no puedo porque mi padre me sujeta con mucha fuerza contra el pecho.

Él no deja de correr hasta alejarse de la turba, y yo voy dando tumbos sobre su hombro, y él se vuelve por algún motivo, da la vuelta y empieza a retroceder corriendo. Luego me quedo sorda porque la pistola que dispara emite un estruendo demasiado alto. Es como si el fin del mundo estuviera produciéndose a menos de un palmo de mi cabeza. Dispara una y otra y otra vez. Me quedo casi sin visibilidad, y entonces ya no veo nada y todo se queda en negro.

Catorce puñaladas en el pecho y el cuello. Esa es la causa oficial de muerte de mi madre. Eso es lo que dice en el informe de la autopsia y eso es lo que me dijo mi padre cuando tuve la edad suficiente para preguntárselo. Cuando lo hice tenía nueve años o quizá diez. Pero hubo algo más, claro. Algo que le ocurrió después de que la sacaran del coche a rastras y antes de que la apuñalaran. Algo que mi padre me dijo que me contaría cuando fuera mayor. Aunque jamás se lo he preguntado y él jamás lo ha sacado a relucir. Seguramente es más fácil para él si nunca tiene que decirlo, y seguramente también es más fácil para mí si nunca tengo que escucharlo.

Ya estamos en Queens, y el metro sale disparado del túnel a cielo abierto. Toma una curva cerrada, las ruedas chirrían frenéticamente, tan alto que apenas puedo oír mis pensamientos. Me sujeto con más fuerza a la barra que tengo sobre la cabeza para no caerme. Inclino el cuerpo al mismo ritmo que el vagón. Entonces reduce la marcha y las ruedas frenan ruidosamente sobre las vías húmedas cuando entramos en Queensboro Plaza, con sus edificios industriales de color gris y los altos pisos nuevos, y las iluminadas vitrinas de las tiendas, donde se anuncian boletos de lotería, cigarrillos y cerveza.

Me coloco la mochila en el hombro cuando el tren se detiene y bajo de un salto al andén dejando que los recuerdos salgan cansinos pisándome los pies. Subo los escalones de dos en dos, de tres en tres, y corro hasta la calle. Una vez allí, me abro paso a codazos y girando con brusquedad entre los viejos que se lo toman con pacífica calma hasta que llego al torno de salida. Los tíos que están en la acera delante de las tiendas me silban y me dicen cosas. Eso les encanta: lo del uniforme y el atractivo de unas piernas de diecisiete años.

Empiezo a correr y sigo corriendo. Cruzo disparada la calle, y un taxi amarillo vira con brusquedad y toca el claxon. Corro hasta que me arden los pulmones y estoy empapada en lluvia y sudor. Corro hasta que la rabia cegadora me limpia del todo y me deja sin esperanza. Y, por primera vez, en esta tarde encendida por las luces de neón de los carteles y las estrellas, abro mi corazón a la benigna indiferencia del mundo.

2

Durante una fracción de segundo, me desplazo trazando un arco sobre el suelo, separada de él, como una flecha que ya ha sido disparada pero no ha llegado a la diana. Ojalá pudiera quedarme así, libre de la tierra, flotando.

Pero a la gravedad le da igual. La gravedad tira de mí cogiéndome con brusquedad de la mano, de golpe, sin delicadeza, como el imán gigantesco que es. Sin embargo, yo soy demasiado rápida para ella y no me dejaré vencer. Mis manos aterrizan sobre la barra de equilibrio. Es una fina capa de terciopelo sobre madera y podría partirte el cuello si no vas con cuidado. Entonces mis piernas se arquean hacia arriba, sobre el cuerpo, primero una y luego la otra.

Cuando estás haciendo el pino, el centro de gravedad es lo importante. La barra de equilibrio tiene diez centímetros de ancho, así que no hay mucho sitio para jugar. Si te pasas uno o dos centímetros puede ser demasiado. Un centímetro o dos es la diferencia entre una medalla de oro en las Olimpiadas o acabar con la columna vertebral en el suelo como una jabalina impulsada por la fuerza de todo tu peso corporal. A la gravedad no le importa nada. La gravedad es benignamente indiferente.

Realizo una pirueta lateral, vuelvo a ponerme de pie y luego hago una pausa lo bastante larga para recuperar el aliento. Coloco las manos en preparación sobre la barra de terciopelo y madera, tomo impulso y me sitúo haciendo el pino. Me tambaleo un instante, se me inclina demasiado la pierna izquierda cuando noto que comienzo a caer. Me enderezo, recupero el equilibrio; no hay problema.

Pero una oleada de inseguridad que me nace en los brazos asciende hasta el pecho y me inclina ligeramente hacia delante. Muevo las caderas para corregir la postura, pero me paso al reajustar el equilibrio, y las piernas se me ladean demasiado en dirección contraria. Empieza a temblarme muchísimo el brazo izquierdo, y veo que el mundo que me rodea se doblega y se inclina. Intento corregir la posición de las piernas para frenar la caída, pero es demasiado tarde. Caigo en plancha sobre la colchoneta y la caja torácica se me clava en los pulmones, lo que hace que todo el aire que tengo dentro me salga disparado por la boca.

Un chico que estaba practicando en las anillas —un chico ucraniano de Brooklyn que ya he visto un par de veces— salta al suelo y se acerca a toda prisa a mí.

—¿Te has hecho daño? El pino puede ser muy difícil. —Me ayuda a levantarme y me pasa una toalla. Cierro los ojos e inspiro con fuerza con ella pegada a la nariz—. No pasa nada —dice, y me pone una mano sobre el hombro tembloroso.

Se lo agradezco y me tambaleo como una borracha. Tengo el cuerpo hecho polvo y la sensación de que me han inyectado desatascador de tuberías en los músculos. Cuando llego al vestuario, me echo una toalla a la cabeza y caigo desplomada sobre un banco, con los codos apoyados sobre las rodillas, resollando de tal manera que el aire entra y sale emitiendo pitidos y me deja un ligero regusto a sangre en la lengua. Puede sonar raro, pero eso me gusta: el dolor, los resuellos, el ligero sabor a sangre... Me recuerda que tengo un cuerpo, que soy un cuerpo. Que soy algo real y no solo los pensamientos de mi mente.

Tiro la toalla al suelo y me quito las mallas. Cuando llego a las duchas, el agua caliente tarda un minuto en empezar a salir, pero de todos modos me quedo bajo la lluvia fría. Es agua que se desploma con fuerza y olor a cloro y óxido, que cae a chorro. Me arponea la piel, con miles de millones de diminutas agujas punzantes.

Empecé a practicar gimnasia deportiva cuando mataron a mi madre. Tenía siete años y durante un mes o dos después de aquello, lo único que hacía era estar hecha un ovillo en la cama, ensimismada, gritando tan alto como podía contra una almohada empapada de lágrimas y mocos. Mi padre me sostenía, por supuesto, pero luego él también lloraba. Estuvimos retroalimentándonos así hasta que ambos nos secamos. Eso fue justo después de mudarnos de Argelia a Washington.

Un sábado fuimos en coche hasta una tienda de electrónica porque a mi padre se le había caído el móvil al lavamanos mientras se afeitaba y necesitaba uno nuevo. Junto a la tienda había un centro de gimnasia deportiva. Nos quedamos ahí de pie mirando a un chico que hacía sus ejercicios sobre el potro, daba vueltas y más vueltas como si la gravedad no le afectara, como si estuviera exento de la ley que dice que al final todo acaba estampándose contra el suelo. Salió una entrenadora, una mujer asiática. Creí que iba a decirnos que nos marcháramos, pero en cambio nos invitó a entrar y echar un vistazo.

Entonces nació mi adicción, y al mudarnos al siguiente destino descubrí que la mayoría de los países cuentan con centros olímpicos en sus capitales, donde mi padre era destinado para trabajar en la embajada. Los mejores entrenadores siempre estaban deseando acoger a una nueva alumna estadounidense, sobre todo, si la nueva pagaba en dólares de su país de origen.

Nadie me hizo creer jamás que tuviera madera de gimnasta olímpica. Todos decían que era demasiado alta, demasiado corpulenta o que no tenía agilidad. Era pura fuerza bruta y desgarbada, como una gruesa cadena en lugar de un látigo. No obstante, llegar a las Olimpiadas o competir no era la razón por la que había empezado ni tampoco por la que continué. Ansiaba esos breves instantes que pasaba en el aire, esos instantes en los que burlaba la gravedad, esa droga llamada «libertad». ¿Y qué si el colocón de no tener que pensar en nada duraba solo una décima de segundo? ¿Y qué si los acosadores escolares, la soledad y los recuerdos estaban esperándome en el suelo? Siempre podía regresar a la barra de equilibrios.

De vuelta en la ciudad, ya ha dejado de llover, y en la oscuridad de primera hora de la noche, las calles se ven limpias. Las superficies b ...