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TIENES HASTA LAS 10

Francisco Castro

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Fragmento

 

«Y el tesoro de la isla yace bajo algunas rimas en la cumbre prohibida de Vaea, en Vailima».

LUIS EDUARDO AUTE, Vailima

«I’m in love for the first time».

JOHN LENNON. «Don’t Let Me Down», en Let it be, de The Beatles

«De noche, en la cama, pensé que era un material espléndido para un libro infantil: una biblioteca poblada por benévolos fantasmas de bibliotecarias viejas, que al revolotear por las estanterías dejan pistas entre el polvo de los libros para ayudar a tres niños intrépidos a encontrar el tesoro enterrado bajo el suelo. ¿Y qué mejor escondrijo para algo misterioso que una biblioteca? Miles de libros cerrados, cientos de anaqueles...».

REBECCA MAKKAI. El devorador de libros.

1

Es normal que en aquel momento no fuese consciente de lo que pasaba. Estaba cansado, mucho, presa de un agotamiento que se concentraba, hasta la contractura, en mis cervicales después de tantas horas de tensión, de pie tanto tiempo, acelerado y con taquicardias, esforzándome por controlar la ansiedad y no gritar y pedirles a todos que se fueran y que me dejasen en paz. Había oído decir a alguien horas antes que lo que tenía que hacer era tomar una pastilla e intentar dormir un poco. De hecho, esto es lo que se dice siempre en este tipo de situaciones, o lo que se les recomienda a los familiares más directos del muerto para que lleven mejor el asunto del tanatorio, recibir los pésames, ocuparse del papeleo de los curas: que alguien le dé un tranquilizante y que duerma un poco, que así por lo menos no sufre. No sé quién fue el que dijo eso. Está claro que fue un consejo nacido de la buena fe, eso de que me tomase un calmante y me echase a dormir, pero dije que no, claro que no. No quería ninguna pastilla que me tranquilizase en aquel instante que sabía duro y espantoso. Quería estar lúcido y entero, como sé que mi padre habría querido que me mostrase en una situación así. Él siempre decía que en cualquier lugar y circunstancia había que saber estar, y que para eso hay que esforzarse, aunque cueste, en mantener siempre las formas y no dar el espectáculo. Mi madre, más seca, diría que lo que hay que hacer es comportarse «como gente de nuestra clase y posición». Esa expresión, básicamente, quiere decir que nunca se deben mostrar los sentimientos en público, porque los ricos, ya se sabe, ni lloramos ni reímos ni sufrimos ni nos alegramos.

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Mamá es una experta en eso de no mostrar emociones en público y en eso de demostrar que somos ricos.

En fin, mamá es experta en no mostrar emociones. Ni en público ni en privado.

En el entierro de mi padre, desde luego, tenía claro que iba a mantener las formas y guardarme las emociones bien dentro, donde nadie pudiese verlas. Aunque lo que en realidad me pedía el cuerpo era sentarme en aquel sofá de la sala 8 del tanatorio municipal, delante del cristal y de su cadáver trajeado, y llorar su muerte inesperada, liberar un llanto grande y desgarrado que dejase clara la dimensión exacta del drama que suponía que se hubiese muerto mi padre de esa manera sorprendente y cuando aún teníamos tantas cosas de las que hablar, tantos asuntos de los que reírnos, tantas conversaciones pendientes, a pesar de tanto como hablamos, conversamos y reímos en los años que estuvimos juntos. Pese a que eso era lo que quería, y probablemente lo que necesitaba, no iba a salir ni un solo sollozo de mi boca.

A esas alturas ya llevaba muchas horas sin parar de atender gente, de hablar con este y con aquel, ofreciendo mi mejor cara a todos los que quisieron acercarse a darle el último adiós.

Y fueron muchos.

Cuánta gente quería a mi padre.

Cuánto lo querían y cuánto lo sigo queriendo yo.

Cuánto me va a costar borrarlo de mi vida, dejarlo ir, como dicen que se debe hacer con los que se mueren. Que se marchen del todo para que no nos atormente el dolor de su ausencia.

A pesar de mis esfuerzos, estaba claro que en cualquier momento iba a colapsar. Llevaba muchas horas enfrentándome a la sorpresa de aquella muerte que nadie esperaba que sucediese. Si hubiésemos sabido que este momento llegaría... Si, por ejemplo, hubiésemos sabido que tenía una enfermedad que iba a acabar con él, rápida o lentamente, todo el proceso habría sido, o así lo siento yo, mucho más fácil. Si hubiese padecido algo grave y se hubiese pasado varios meses postrado, esperando un fin inevitable y previsible, como le pasa a tanta gente, todo sería mucho más sencillo de asumir. Pero no. Nadie se esperaba que aquel día de enero, nada más levantarse de la cama, se cayese, como dice el tópico, redondo en el suelo. «Infarto de miocardio fulminante», escribió el médico forense, muy gráficamente y sin muchos más detalles, quizá de una forma muy poco clínica, en aquella hoja amarilla que me dieron a modo de informe aséptico de lo que había sucedido, como si la vida y la muerte de un hombre excepcional como mi padre pudiese resumirse en una hoja arrugada e infectada de burocracia administrativa e insensible.

Tenía sesenta y cinco años y toda la intención de jubilarse en unos meses, en cuanto hubiese dejado todo preparado en el periódico para quien fuese su sucesor en la dirección. Decía que ahora tocaba pasarle el mando a otro para dirigir el periódico, que él lo que quería era sentarse a leer libros, que le había dedicado demasiados años al periodismo y que ahora tocaba viajar, salir, acostarse a una hora normal... Descansar... En sus últimos años insistía mucho en eso y nos lo dijo a todos: que en cuanto se jubilase no se despegaría de los libros, de sus enormes bibliotecas, porque eran tantos los volúmenes que había atesorado durante su vida que los tenía repartidos entre la casa y el despacho. Eso era lo que quería para su jubilación: sumergirse en aquellos volúmenes que, gracias a él, alimentaron mi infancia de fantasía.

Alguien preguntó por mi madre.

Di una respuesta neutra que me evitase explicaciones.

—Mamá está en casa.

—Claro, es normal.

Por supuesto. Mi madre se había quedado en casa, fiel a sí misma y a sus hábitos, coherente con la manera de tratar a papá desde siempre.

Ella no estaba allí.

Y yo me alegraba de todo corazón de que no estuviese.

2

Mi padre, Antonio Correa, había sido hasta aquel día el director del Eco de Vigo. No un director cualquiera de entre los muchos que dirigieron la rotativa durante tantísimos años de historia —es el periódico decano del país—, sino que él era El Director, así, en mayúsculas. De hecho, en la Redacción, lo normal era dirigirse a él por ese nombre. «Mira, Director...», «Ayúdame, Director...». Existía la leyenda, que a él encantaba, de que él ya había nacido allí, en aquel despacho lleno hasta arriba de papeles, libros, estuches de todas las formas, colores y tamaños y objetos de toda clase que habían colonizado con el paso de los años, como moluscos de alguna especie vegetal desconocida o hongos tóxicos en una planta confiada, su mesa de trabajo; miles y miles de documentos que se mezclaban unos con otros, sin orden aparente, en columnas de formas y equilibrios arbitrarios que, de vez en cuando, por supuesto, se caían sin remedio. Cuando eso pasaba, mi padre los recogía sin muchos miramientos y, desde luego, sin ninguna preocupación ni sensación de desastre, para volverlos a esparcir por la mesa, de cualquier forma y un poco como cayesen, o incluso por las sillas del despacho, que vaciaba con naturalidad en caso de que alguien se tuviese que sentar, formándose así, en cualquier esquina, otra nueva columna caótica de papel. Para él lo importante era que no estuviesen en el suelo. Vi papeles en el mismo sitio de la mesa o de las estanterías durante años —incluso algunos estuches ennegrecidos por el paso del tiempo y cubiertos de polvo que tenían escrito con rotulador rojo un absurdo «Urgente», pues nunca se habían llegado a abrir—. Si alguna vez alguien decía algo sobre aquel enorme caos, o incluso sobre la suciedad que lo cubría todo —la señora de la limpieza tenía prohibidísimo mover los papeles y solo limpiaba un poco por encima y como podía—, él respondía aclarando que el desorden era solo aparente y que sabía a la perfección dónde estaba cada papel, cada documento y cada libro.

Y, por increíble que parezca, así era.

Antonio Correa fue, durante décadas, en su condición de Director, el alma, el pulmón y el motor del periódico. Quien lo haya visto trabajar sabe que estaba hecho para pilotar aquella nave gigantesca que conocía al milímetro después de dedicarle tantísimos años de su vida y, sobre todo, tantísimas horas al día, cada día de cada semana. Eso explicaba en parte que hubiese tanta gente en su entierro.

Había llegado al puesto con solo treinta años, convirtiéndose así en el director más joven del país. Cuando accedió al cargo ya era un periodista veterano y respetado dentro de la Redacción, pues llevaba dándole a la tecla desde los quince años; a esa edad entró en el periódico e hizo de todo desde el primer día, desde cargar furgonetas con los ejemplares de madrugada hasta redactar los anuncios por palabras, asumiendo pequeños trabajos para irse curtiendo en la profesión. Antes, las cosas en los periódicos —en el mundo en general— funcionaban de esa forma. Un operador de cine, por ejemplo, no hacía un ciclo formativo de operador cinematográfico para poder trabajar en una sala de proyecciones; si alguien quería ese trabajo, se metía en una cabina —si es que lo aceptaban— como aprendiz (la palabra no puede ser más transparente) y un trabajador veterano le enseñaba la labor poco a poco para que cuando él se retirase su aprendiz heredase el trabajo con la seguridad de saberlo absolutamente todo sobre el oficio. En el periodismo las cosas eran parecidas, por eso hay toda una generación de periodistas —aunque ya quedan muy pocos por razones de edad— que aprendieron el oficio a base de trabajo práctico en las redacciones. Digamos que se hicieron periodistas haciendo periodismo —las facultades de Ciencias de la Información llegaron más tarde y mi padre no creía mucho en ellas. Siempre decía que allí te podían dar un título de periodista, pero que para serlo de verdad, para tener el derecho a emplear ese título, había que aprender en la calle, como había hecho él en sus tiempos, al igual que otros muchos; de hecho, le gustaba repetir aquella frase de Gabriel García Márquez de que en las escuelas de periodismo se aprendía de todo menos el oficio de periodista—.

Así que cuando le ofrecieron con treinta años la dirección del periódico, a nadie le pareció que, a pesar de su juventud, la decisión hubiese sido fruto de un impulso de don Ramiro García de Costas, es decir, el dueño de la cabecera, es decir, mi abuelo y padre de mi madre. Estaba claro que se lo ofrecía porque era muy buen periodista, el mejor de todos, un periodista de raza y de esos, como él decía con aquella voz fuerte y grave que tenía, que si es necesario beben tinta y comen papel para sacar el periódico del día siguiente como sea —qué mal se llevó estos años con esta nueva generación de redactores que tienen en Google su principal fuente de información y que procuran no moverse mucho de delante de la pantalla y pisar la calle lo menos posible; «periodistas de corta y pega», les llamaba—. Él sabía, claro que sí, que el puesto se lo daban también por ser el yerno del propietario, pero eso, a nada que se piense, a nadie le tendría que sorprender: si tenía a su hijo político en la Redacción, y era un tipo más o menos competente, y el periódico era suyo —como sigue siendo de mi madre y como será mío en el futuro—, entonces era normal que le ofreciese el cargo a él antes que a otros. Así que a nadie le pareció mal la decisión del anciano editor.

El abuelo, ahí queda su carrera para confirmarlo, no se equivocó y mi padre demostró, y más que sobradamente, su valía durante los treinta y cinco años que se ocupó de dirigir el periódico, modernizándolo y acompañándolo a través del paso del tiempo.

Mi padre trabajaba en aquellas rotativas más que nadie.

3

Mi padre amaba el periodismo. Le encantaba su profesión y por eso pasaba horas y horas en la Redacción. Entraba a las doce del mediodía y no llegaba a casa hasta las tantas de la madrugada. Con él se cumplía ese tópico ideal de que el jefe debe ser el primero en entrar por la puerta y el último en apagar la luz, si es que es un buen jefe y quiere que sus subordinados lo respeten. A pesar de la cantidad de trabajo que recaía sobre sus hombros nunca lo vi cansado, o por lo menos nunca lo oí quejarse. Él era de esos profesionales que cuando hablan del «compromiso con los lectores» se lo toman muy en serio. Sabía que el taxista, la carnicera, la gente que se pasa todo el día en el bar tenían fe en lo que el Eco contaba y también en cómo lo contaba. Era consciente de eso y por ello se sentía obligado a estar siempre a la altura de esa confianza. No dejaba de repetir que eso era algo que solo se podía conseguir y sobre todo mantener trabajando muy duro y dedicándole muchas horas. Estoy seguro de que aunque no se hubiese casado con mi madre, también lo habrían nombrado director del Eco o de cualquier otro periódico, pues era para lo que había nacido.

Sobre la ceremonia y el entierro recuerdo con absoluta nitidez el alivio que sentí cuando me di cuenta de que aquello se acababa. El cura pronunció un responso al tiempo que un operario sellaba con cemento los bordes de la lápida. El sonido de la paleta sobre la piedra, áspero y brutal, me hizo ser muy consciente de que en ese momento, definitivamente, sí que se acababa. La gente aguantaba firme y seria bajo los paraguas y yo me subí un poco el cuello de la gabardina —tan gris como yo mismo en aquella tarde triste— para resguardarme del frío en la medida de lo posible. Aunque no sé si lo que quería era cubrirme del frío o taparme y desaparecer sin más. Volverme invisible. Porque yo no quería estar allí. No quería enterrar a mi padre. Aún no era capaz de aceptar su muerte. Quería tenerlo conmigo muchos años más, precisamente ese tiempo que yo imaginaba más feliz para él, por fin liberado del agobio del trabajo.

Aún teníamos mucho por lo que reírnos juntos.

Pero se fue.

No quise ver cómo cerraban la lápida y quizá por eso mis ojos se concentraron en toda aquella gente, sobre todo en los que estaban más cerca de mí, o sea, más cerca de papá en aquel último instante. Pude reconocer a muchos de sus compañeros de toda la vida y quise aliviar un poco mi dolor pensando que papá querría tener a su lado en un día así a aquellos viejos amigos. La mayor parte de ellos ya estaban jubilados, justo como estaría papá en poco tiempo si la muerte no lo hubiese sorprendido como lo hizo. No me costó reconocerlos. Fue más difícil con los últimos que entraron en el periódico, sobre todo los que fueron contratados después de que yo me hubiese ido a vivir a Coruña hace veintidós años. Reconocí a todos los históricos, más envejecidos, más calvos y más gordos. Pero eran ellos. Los compañeros y amigos de papá. Los colegas, en el sentido amplio de la palabra. Reconocí a Guillermo, con la misma barba de siempre pero ahora totalmente blanca; a Roma, al que vi discutir un montón de veces con mi padre, sobre todo los lunes, y siempre sobre el juego del Celta el día anterior; a Juan, a quien recuerdo así de anciano cuando yo era un niño muy pequeño y mi padre me llevaba a la Redacción después del colegio, cuando salía de la escuela de la señorita Mari y me recogía en el MG —esa es la memoria del primer coche que recuerdo— para tenerme con él toda la tarde. Esto no era todos los días, por supuesto, solo de vez en cuando. Pero no había una sola semana en la que yo no pasara un día o dos en el periódico con papá. Cuando eso sucedía —cuando mamá no estaba por cualquier cosa— todo era diversión, pues me dejaba a mi bola en su despacho. Me encantaba ocupar su silla. Fui un niño muy feliz en medio de aquel océano divertidísimo de papeles y libros. Me recuerdo a mí mismo en aquel caos que siempre olía a tinta haciendo los deberes, leyendo o, simplemente atento a todo el barullo que iba creciendo a mi alrededor, en especial cuando se acercaba el momento de cerrar la edición y, día sí, día también, todo estaba sin terminar y todo eran gritos y prisas. La gente corría de un lado a otro. Recuerdo con nitidez el ruido de las máquinas de escribir echando humo, los timbres agudos de varios teléfonos sonando al mismo tiempo y, sobre todo, los gritos enloquecidos de aquellos hombres, aumentando el volumen de las voces cuanto más se acercaba la hora de cerrar.

En la Redacción del periódico, acurrucado debajo de la montaña de papeles de mi padre, pasé las tardes más felices de mi infancia.

Estoy viéndolo ahora entrando y saliendo del despacho ajeno por completo a mí, centrado en su traba ...