Loading...

TIMANTTI

Rebeca Stones

5


Fragmento

Día -1

imagen

Me llamo Timantti, soy finlandesa. Mis padres me pusieron ese nombre por la piedra preciosa. Una gema de apariencia brillante y luminosa, que sin embargo posee una extraordinaria dureza. Una piedra invencible. Desde pequeña me entrenaron para ser fuerte, tenaz y poderosa, como lo es el diamante. Ellos saben que, dada su situación, yo estoy en constante peligro, así que digamos que me han entrenado hasta convertirme en alguien más cercano a la dureza del diamante que a su resplandor.

—¡Timantti, baja a desayunar por favor! —vocifera mi madre desde la cocina. Son las seis de la mañana y, como de costumbre, llevo despierta alrededor de una hora. Los malos presentimientos me rodean y me impiden dormir...

Mi madre debe de haberlo notado: por mucho que me esfuerce en no hacer ruido siempre nota cada uno de mis movimientos. Supongo que es deformación profesional.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Me levanto y bajo a ver lo que me espera en la cocina.

—Mgmgfff —susurro mientras me siento; la verdad es que no tengo el mejor despertar del mundo.

—Nos han encargado un nuevo caso en Argentina, tendremos que trasladarnos allí —anuncia mi padre. La noticia no me sorprende: mis padres y yo estamos siempre en movimiento. Al principio siempre tenía que quedarme en casa esperando su llegada, pero desde los dieciséis permiten que los ayude, lo que me enorgullece. Ahora tengo casi diecisiete—. Pero esta vez no podrás acompañarnos.

O tal vez no.

—¡¿Perdón?! —grito mientras me levanto.

—Ya me has oído, Timantti.

Asiento y respiro. Todo me da vueltas. ¿Creen que aún no estoy lo suficientemente preparada?

—Cariño, ya has oído a tu padre... Creemos que en esta ocasión no es adecuado que vengas.

—No quiero quedarme. ¡Odio sentirme inútil y hacéis que me sienta así constantemente!

—Es que no vas a quedarte...

Los miro sin entender. Esto es nuevo.

—Mañana debes estar a las diez en el aeropuerto. Te hemos internado en un centro.

Miro a mi padre. Lo que está diciendo no puede ser verdad. ¿Me van a mandar a un orfanato? ¿No solo no soy lo suficientemente buena como para acompañarlos, sino que, encima, necesito custodia? La llama de la ira se propaga por mi interior, aprieto los dientes para impedir que salga. Me pongo en pie, dispuesta a abandonar la mesa hecha una furia.

—¿Quieres seguir comportándote como una adolescente caprichosa o quieres que te informemos? —pregunta mi madre, con un tono que deja claro que es un momento para comportarse como una profesional.

No soy una adolescente caprichosa; de hecho, podría decirse que apenas soy una adolescente. Soy una profesional. Me siento a la mesa, con la postura erguida y en actitud de escucha.

Sé cómo hacer esto, sé que es importante retener todos los detalles de una operación, sé que la información es algo que solo se repite una vez y sé cómo almacenarla toda, analizarla y compartimentarla en la cabeza, dejarla lista para cuando tenga que usarla. Una parte de mí, la parte adolescente, quiere irse a la cama, pero otra, la parte más adulta, quiere descubrir esos nuevos datos.

—Adelante.

—Te vas a Australia, te llamarás Daniela Niemi, tu nacionalidad seguirá siendo finlandesa y tus padres han muerto en un accidente de tráfico. Aquí tienes tus nuevos documentos.

Extiende delante de mí un pasaporte con una fotografía mía reciente. Ya no sé cuántos nombres he poseído a lo largo de mi vida, no sé cuántos me pusieron mis padres antes de que pudiera darme cuenta de lo que pasaba, ni sé cuántos he usado ya sabiendo quiénes éramos, a qué nos dedicábamos. Perdí la cuenta hace mucho tiempo. Supongo que no es muy importante lo que dice un papel sobre tu identidad, sino quién eres en realidad. Cojo la documentación y vuelvo a mi habitación. Pego un portazo para que sepan que, aunque acato su decisión, no he cambiado de opinión.

Día 0

imagen

15, 16, 17, 18...

La última vez aguanté 5 minutos y 20 segundos. Dejo la mente en blanco y me concentro en aguantar más, en la idea de que puedo superarme.

En la idea de que puedo ser mejor, mucho mejor.

Noto un fuerte calor en mis pulmones; quieren respirar, pero yo se lo impido. Aprieto los ojos con fuerza.

19, 20, 21, 22, 23... No debería, pero quiero seguir aquí abajo.

48, 49, 50, 51, 52...

Estoy a punto de llegar a 6 minutos.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8...

6 minutos y 8 segundos. La cabeza me da vueltas cuando la saco del agua.

Abro los ojos, el reloj marca las 8.25.

Justo a tiempo. La hora en punto es para el resto de la gente. Yo tengo que ir un minuto antes, tengo que estar precavida. Siempre alerta.

Para ser buenos en lo que hacemos, mis padres me han enseñado numerosas habilidades relacionadas con el tiempo. Siempre me han comparado con un cronómetro: tengo que ser igual de exacta.

Me seco y escojo una maleta. Tenemos muchísimas: más grandes, más pequeñas, pero todas igual de preparadas. Me decanto por una pequeña con doble fondo. Muy útil para guardar una pistola y su munición (también todo el dinero), sé que voy a un orfanato pacífico lleno de adolescentes estúpidos, pero también sé que es mejor prevenir que curar, mejor disparar que preguntar. Añado ropa veraniega y alguna prenda de abrigo, todo lo necesario para el aseo y dos libros de Edgar Allan Poe para entretenerme cuando esté allí. Paso por la cocina y añado dos barritas de chocolate que no solo me vuelven loca, sino que me proporcionan un subidón de energía cuando lo necesito. La gente odia el azúcar, y tiene razón, pero no hay que desestimar la potencia que tiene en tu metabolismo si sabes administrarlo. Podría decirse que es mejor que muchos esteroides. En realidad, es un esteroide natural.

En la mochila que voy a llevar en el avión añado una novela, Drácula, de Bram Stoker, mi teléfono móvil, el portátil y más barritas. Ya he dicho que me vuelven loca.

Me quito el pijama y me pongo unos tejanos, una camiseta negra básica y unas deportivas. Para los viajes largos, lo mejor es ir lo más cómoda posible.

Me gusta este momento de preparar la maleta. Siempre me ha gustado. Prepararse para lo desconocido. Me gustan los cambios, pero esta vez este se ha tomado sin mi consentimiento.

Son las 8.30 cuando salgo de mi habitación totalmente preparada. La hora en punto. Ahora es cuando el resto de la gente se despertaría. Yo ya voy a salir por la puerta.

—¡Adiós, Timantti! Recuerda que lo hacemos por tu bien.

Es mi madre, que me ha oído prepararme y ahora me despide desde su cama, ni siquiera se ha levantado. Es un gesto feo, así que decido no contestar. Me miro en el espejo del recibidor y repaso mentalmente que llevo todo antes de salir definitivamente de la que ha sido mi casa hasta hoy. Supongo que no la volveré a ver en un tiempo. Pero, por suerte, he aprendido a no cogerle cariño a las cosas. Ni a los lugares. Ni a las personas. Ni a nada.

El aeropuerto queda a 20 minutos andando. Muy útil. Cuando llego al lugar de embarque son las 9.25, así que aún puedo descansar media hora. Lo suficiente para que me pregunten diez veces si no soy muy pequeña para volar y para recibir dos o tres miradas de tíos raros preguntándose si viajo sola. ¿En serio? Me entretengo pensando en maneras de romperles los brazos mientras espero a que empiece el maldito embarque. Me espera un vuelo de ocho horas, de Finlandia a Singapur, y luego todavía tengo que coger otro avión. Es un peñazo, pero si realmente quieres pasar desapercibido, no hay nada como viajar en turista.

Antes de pasar el control de embarque, la azafata se para un momento e inspecciona mi pasaporte con detenimiento. No me pongo nerviosa, no hay nada en mi documentación falsa que pueda llamarle la atención. Sé lo que está mirando, son mis ojos. Después de comprobar dos o tres veces que soy la persona de la fotografía, me lo devuelve y, por fin, puedo pasar al interior del avión y acomodarme en la butaca a esperar que pase el vuelo.

—¡Hola! Me llamo Elisa, parece que voy a ser tu vecina de avión. —A mi lado se ha sentado una anciana, aunque por la energía con la que habla parece mucho más joven.

—Encantada. —No le digo mi nombre. Espero que no pregunte. Aunque tiene más bien pinta de abuela inquisidora.

—¿Y para qué vas a Australia? —Ahí lo tienes, otra pregunta.

¿Cómo sabe que voy a Australia? Este vuelo solo nos lleva hasta Singapur. ¿Habrá visto mi tarjeta de embarque? Es una vieja cotilla, está claro.

—Mis padres han muerto —anuncio de forma clara.

—Vaya, lo siento muchísimo.

Por un momento me siento mal por haber hecho mi falsa confesión. La pena inunda los ojos de la anciana, pero me despojo de la culpa pensando que jamás volveré a verla. Y que se lo merece, por chafardera.

—No se preocupe, lo tengo más que superado. —Decido aflojar el drama.

—Ojalá yo tuviera algún nieto... Por desgracia, la vida no ha querido premiarme con ello. ¡Me encantaría tener una nieta tan bonita como tú!

—No será para tanto, señora...

La verdad es que el cumplido me ha sorprendido. No es que no reciba cumplidos, pero casi siempre elogian mis ojos, muy pocas veces recibo piropos tan generales. Siento como se forma una sonrisa en mi boca.

—¡Tienes una sonrisa preciosa! Deberías usarla más. —¡Vaya!, ahí va otro. Y en este tengo que darle la razón, normalmente no saco mucho a pasear mi sonrisa.

—Me anoto la sugerencia —contesto mientras me pongo los cascos. A ver si así se da cuenta de que no quiero seguir hablando.

—También tienes unos ojos muy bonitos. —¡Oh!, pensaba que ya no lo iba a decir.

—Gracias de nuevo, es usted muy amable —digo mientras le doy al play. Espero que ahora le haya quedado claro a la señora que no estoy interesada en seguir con la conversación.

Escojo una canción de mi repertorio (Silencio, de Beethoven) y desconecto del mundo. Me encanta la música clásica, me permite pensar profundamente, aclarar mis ideas y analizar situaciones: es como un patrón que te permite descomponer problemas más grandes. Encima de las notas musicales puedo visualizar todos los datos que me han dado mis padres sobre mi nuevo destino, aunque en esta ocasión no hay mucho que analizar. Esta vez me han aparcado en un parking para niños pijos, poco puedo hacer. Así que, después de una hora de música, decido ver una de las películas que ofrece el avión y me pongo a trastear con la pantalla del asiento. Están clasificadas por géneros: acción, amor, misterio, thriller, terror y documentales. Entro en la categoría de terror con la ceja levantada, seguro que bajo ese nombre están las típicas pelis de sustos de sobremesa que en realidad no asustan a nadie. Pero me llevo una grata sorpresa. Algún genio de la programación aérea ha conseguido meter en esta lista algunos de los clásicos gore: Las colinas tienen ojos, Viernes 13 y Battle Royale. Me decanto por esta categoría, qué se le va a hacer, tengo predilección por este tipo de películas y no sé decirle que no a un clásico.

—¡Cariño ya hemos aterrizado! —oigo la voz de la anciana y reacciono rápidamente, antes de que su mano llegue siquiera a tocar mi hombro. Me había quedado dormida. Ya hemos aterrizado, ya estoy en Singapur.

—Gracias por avisarme, ha sido un placer conocerla. ¡Que tenga suerte!

—¡Adiós! —Me da un fuerte abrazo y se esfuma por el pasillo. Ese abrazo no lo he visto venir, y eso que estoy entrenada para adivinar los movimientos de la gente, pero no para las muestras de cariño, así que me quedo un segundo en estado de shock.

Me estiro, cojo mi mochila y voy a por la conexión de mi vuelo de Singapur a Sidney. Todavía me quedan varias horas hasta llegar a Australia y espero que en este viaje no me toque un compañero de asiento con ganas de comunicarse.

Y, por suerte, no me toca, y puedo pasarme todo el vuelo enfrascada en la lectura de Drácula. Cuando aterrizamos, me dirijo a la cinta de equipajes. Tengo cierto nerviosismo por saber si mi maleta estará en la cinta o no; siempre me ocurre lo mismo. Puede que sea porque suelo llevar una pistola oculta en mi equipaje o puede que sea algo que sencillamente le pasa a todo el mundo. Cuando la veo salir, me relajo, suspiro hondo mientras la cojo y emprendo mi camino hacia la parada de taxis.

—Al orfanato Marlinn Dawn. ¿Sabe dónde está?

—Claro, todo el mundo conoce a los chicos del polo rojo.

—¿Qué quiere decir? —le pregunto al taxista; la verdad es que no he tenido tiempo de buscar información sobre el centro y no me gusta no saber ni a dónde voy.

—Es un sitio muy lujoso. —Se para y me mira por el espejo retrovisor. Puedo ver cómo evalúa si yo encajo o no en ese ambiente—. El uniforme que llevan sus estudiantes, el polo rojo, es lo que los distingue.

Así que, confirmado, eso es lo que me espera: un parking para niños ricos.

El resto del trayecto transcurre en silencio. Yo me encuentro absorta mirando por la ventana. Este nuevo paisaje me fascina.

—Ya hemos llegado.

Cuando bajo del taxi, tengo la sensación de haber aterrizado en la película Los chicos del coro, solo que mucho más nueva y perfeccionada. Empujo la puerta con delicadeza y veo que, para mi sorpresa, está abierta, como si supieran que iba a llegar. Seguramente habrá cámaras de vigilancia y ahora mismo estén viéndome por un monitor. Entro con precaución, observando todo lo que me rodea, detectando posibles salidas. Todo son jardines, jardines y más jardines, los estudiantes se cobijan del sol bajo la sombra de los árboles, hablando animadamente; yo estoy justo en el camino de arena que los atraviesa. De repente, una gran sonrisa blanca se cruza en mi camino.

—¡HOLA! Te veo un poco perdida, ¿eres nueva? —me grita la chica mientras se acerca.

—Sí, estoy buscando la secretaría.

—¡ESTO ES GENIAL! Hacía tanto tiempo que no venía nadie nuevo... ¡Tengo muchísimas ganas de conocerte! —Cuando se para a mi lado, me inspecciona con atención—. Oye, ¡me encantan tus ojos! ¿Ves igual por los dos?

—Cla... claaa... claro que veo igual, solo cambia el color.

—¡ES FLIPANTE! Podría pasar horas y horas mirándote los ojos. Uno verde, uno azul, uno verde, uno azul. Mmm... ¡Creo que me gusta más el verde! —dice mientras se acerca cada vez más hacia mí. La verdad es que mi ojo preferido también ha sido siempre el verde.

—Bueno, supongo que... ¿gracias? Quiero decir, tus ojos también son muy bonitos. —Genial, se me da fatal esto de dar conversación. Estar en este lugar va a ser peor que la peor de las misiones secretas.

—Ya, pero son los dos iguales, no compares... ¡Me encanta lo diferente! ¡POR CIERTO! Me llamo Akva, ¿y tú? —me pregunta. Habla tan rápido y seguido que me cuesta descifrar lo que dice. No es una cuestión de idioma. A pesar de ser finlandesa hablo cuatro idiomas a la perfección, sin acento en ninguno de ellos. Es una cuestión de intensidad. Esta chica parece poner el corazón a mil por hora en todo lo que hace, me cuesta seguirla.

—Daniela, me llamo Daniela. —Es la primera vez que digo mi nombre falso y me siento cómoda con él.

—¡Me encanta! Creo que si tengo una hija la llamaré así. ¿Y cuántos años tienes? Yo acabo de cumplir los dieciocho.

—Yo pronto cumpliré diecisiete.

—¡Ojalá te toque en mi habitación! Las habitaciones son dobles y mi compañera... ya no está. —Al decir esto último se queda un poco abatida.

—¿Dónde está la entrada? Tengo que dejar la maleta e instalarme... —La corto un poco bruscamente, pero es que esto empieza a aturdirme: demasiada información y demasiados sentimientos en una conversación tan breve. No estoy acostumbrada.

—¡Oh, es verdad, perdona! Cuando empiezo a hablar ya no puedo parar... Ven, está justo por aquí —dice mientras me agarra la mano. El contacto tan directo hace que me sienta incómoda.

Día 1

imagen

Akva me guía hasta el recibidor del orfanato, todo es de un increíble color blanco.

—¡Bienvenida! Tú debes de ser Daniela —me saluda una señora de mediana edad. La inspecciono: es muy alta y se puede apreciar que está en forma, lleva el pelo recogido, una falda larga y una camisa blanca. Sobre ella, una placa con su nombre: DIANA. Su sonrisa es muy amplia y no tiene ni una sola arruga—. Espero que te adaptes bien a este maravilloso sitio. En primer lugar, voy a necesitar tu talla para el uniforme. Por tu constitución, pareces una S.

—Llevo una S. —La verdad es que siempre he sido muy delgada, el deporte y el entrenamiento constante ayudan mucho a mi metabolismo.

—Bien, lo siguiente será asignarte una habitación.

—¡EN LA MÍA! Así se adaptará mucho mejor, ¡ya somos amigas! —El entusiasmo de mi nueva «amiga» podría parecerme patético, pero en realidad es muy cómico.

—Me parece bien, déjame revisar primero.

—¡No hay nada que revisar! Mi antigua compañera ya no está. —La secretaria mira a Akva como si hubiera dicho algo incorrecto, pero vuelve a su listado enseguida.

—Está bien. La asigno a tu habitación.

Tan pronto como me dan las llaves y el uniforme, Akva tira de mí con una fuerza increíble.

—¡VAMOS, VAMOS, Marlinn Dawn TE VA A ENCANTAR!

Su velocidad recorriendo los pasillos y las escaleras hasta nuestra habitación me impresiona. Apenas me da tiempo a hacerme una composición del lugar, tendré que volver luego sobre nuestros pasos para crearme un mapa mental en la cabeza. Estos pasillos tienen una estructura particular, no encajan del todo con el mapa de incendios que hay colgado en cada puerta.

—Y... ¡HEMOS LLEGADO! ¡Bienvenida a mi hogar dulce hogar! —exclama Akva mientras abre la puerta con una sonrisa que le ocupa toda la cara. La habitación es enorme. Está claro que esta institución recibe dinero a espuertas.

Lo primero que hago es dejar mi equipaje y hacer una ronda de reconocimiento:

1. Tenemos baño propio, lo que está genial, eso evita colas enormes y proporciona privacidad cuando la necesitas.

2. Lo que se denominaría «dormitorio» está dividido en dos partes. La suya es todo colorido, fotos por todas las paredes y mucho accesorio de color pastel.

3. Sin embargo, la que entiendo que es mi parte está totalmente vacía (supongo que al irse la chica han quitado todo lo que tenía), y creo que se quedará así una temporada.

4. Cada parte (además de con una cama grande) cuenta con un armario doble de dos puertas —supongo que una estará ocupada con la ropa de Akva y la otra estará a mi disposición— y un escritorio con varias estanterías.

5. Y, por último, entre su parte y la mía hay una gran ventana que da a un pequeño balcón.

—¿Qué? ¿Te gusta?

—Me imaginaba que en un sitio así las habitaciones serían individuales.

—¡Vaya! ¿Te molesto? ¿Quieres que me vaya? —me pregunta convirtiendo su sonrisa en una mueca de tristeza.

—¡Claro que no! Seguro que eres una compañera estupenda, solo tenía curiosidad. —Tengo que dejar de ser tan directa.

—¡ME ALEGRO DE QUE TE GUSTE! Solo hay que decorar un poco tu parte... ¿Quieres que te deje pegatinas, algún póster?

—Gracias, pero no creo que haga falta...

—Que no te siente mal, pero eres un poco extraña. Eres como... Amigable, pero seca a la vez. ¿Me entiendes? —me suelta Akva a bocajarro.

Y es cierto, tampoco hay que ser muy listo para ver que mis habilidades sociales son... regulares.

—No me sienta mal. Extraño no tiene por qué ser algo malo.

—¡Estoy de acuerdo! ¿Ves? Ya tenemos un montón de cosas en común.

—Sí, ya veo. —Con cuidado abro la maleta y voy colgando la ropa en mi armario.

—Has traído mucha ropa... ¿No sabías que había uniforme, verdad?

—No, no lo sabía —digo a regañadientes. No me importa no usar mi ropa, lo que me da rabia es no estar preparada para la situación. Me da aún más rabia que alguien aparentemente tan inocente se haya dado cuenta de mi fallo.

—Yo odio el uniforme, me parece una medida que intenta silenciar nuestra personalidad, nuestra forma de ser. No nos dejan expresarnos.

Vaya, pues no es tan inocente. Parece que hay vida en el planeta pastel de las sonrisas.

—Me gusta tu forma de verlo —le comento con una sonrisa sincera.

—¡Gracias! ¿Quieres que te ayude a guardar las cosas? —me pregunta acercándose. Pienso en la pistola y el dinero que llevo escondido en la maleta y automáticamente me arrepiento de haber aceptado vivir con ella. Parece buena chica, pero no me puedo fiar. La conozco desde hace unos minutos y ya quiere cotillear y tocarlo todo.

—No te preocupes, lo haré luego. Voy a darme una ducha.

—En diez minutos deberíamos estar en el comedor. Se come siempre a la una y media.

Cierro la maleta con combinación. No me hace falta mirar el reloj para saber que son las 13.02. Tengo veinte minutos para ducharme: si lo he calculado bien por los planos desde aquí al comedor hay ocho minutos escasos.

—OK.

Me meto en el baño y veo que la puerta no tiene cerrojo. Curioso. Se ve que aquí la intimidad de los alumnos no es una prioridad. Abro el grifo mientras empiezo a desnudarme. Necesito sentir el agua resbalar por mi cuerpo. Tras quitarme toda la ropa, me meto en la ducha y dejo que el agua helada fluya; me encanta sentir ese cosquilleo en las venas, notar cómo el vello se eriza y ver cómo mi cuerpo reacciona ante la gélida temperatura.

—¡Akva, ¿puedo usar tu champú y tu gel por favor?! —grito desde el baño.

—CLARO QUE SÍ, USA LO QUE QUIERAS —me responde también gritando, aunque ella lo hace con mucho más entusiasmo.

Rápidamente me enjabono con su gel de melocotón (que huele muchísimo a melocotón) y me lavo el pelo con su champú, también de melocotón.

Me aclaro por completo, intentando arrastrar todo ese olor tan dulce fuera de mi cuerpo, y paso los tres minutos que me quedan pensando en Akva y en quién habrá durante la comida. Hacer amigos no está entre mis habilidades, aunque tengo la impresión de que estar al lado de Akva me ayudará a socializar. Me interesa encajar aquí, todo será más fácil.

Me seco y me pongo el nuevo uniforme. Consta de una falda negra, el famoso polo rojo con el escudo del orfanato y una corbata a juego con la falda. Miro el reloj: las 13.22. Perfecto. Una cosa es intentar pasar por una adolescente normal y otra perder mis buenas costumbres.

—Dani, ¿te puedo llamar Dani? —me pregunta mi compañera en cuanto abro la puerta del baño

—Ya me lo has llamado.

Ahí están otra vez esos ojos de perrito.

—Puedes llamarme Dani, claro. ¿Vamos a comer? Debe de ser la hora.

Nuestra conversación es interrumpida por el timbre.

—VAMOS A COMER, VAMOS A COMER —anuncia Akva tirando de mí hacia el pasillo.

—Oye, ¿tenemos clase por la tarde? —pregunto mientras corremos por los pasillos. ¿Por qué corremos? Vamos bien de tiempo.

—Mmm... ¿Cómo te lo explico...? Digamos que no tenemos clase, pero nos obligan a practicar un deporte. Puedes elegir entre: baloncesto, fútbol, natación, baile, patinaje, esgrima y kárate.

—¿No se pueden elegir varios? —me gusta mucho la natación, pero no me vendría nada mal practicar con la espada. Quizá pueda sacarle rendimiento a este lugar a pesar de todo.

—Sí, ahora mismo yo estoy inscrita en todos. Por eso mismo tengo todas las tardes ocupadas de cinco a siete.

Se para frente a dos grandes puertas cerradas.

—Bien, Dani, tras estas puertas se encuentra el comedor. ¿Estás preparada?

Al otro lado se puede oír un fuerte estruendo de bandejas y voces. Me hace gracia su solemnidad, no puedo evitar sonreír.

—Siempre.

Cuando abre las puertas y vamos hacia el lugar donde se encuentra la comida, cientos de ojos se posan en mí. La verdad es que no me ponen nerviosa: estoy segura de mí misma, si me quieren mirar, bien, y, si no, también. Akva y yo cogemos una bandeja, hay tres opciones de menú para escoger, una de ellas completamente vegana, pero cuando intento cambiar la combinación de los platos, me dicen que no es posible. Cada menú tiene que escogerse tal cual está, no puedes hacer cambios. Qué rigidez. La única libertad que hay es a la hora de elegir el pan, hay un montón de variedades y ningún límite para coger lo que quieras. Pero a mí me da lo mismo, porque soy celíaca. Todo tiene una pinta deliciosa, supongo que es una de las ventajas de una escuela de estas características. Yo opto por el menú 1 y ella por el menú 3. Nos desplazamos hacia una mesa llena de desconocidos para mí, pero que parecen apreciar mucho a Akva. Lo veo en cómo se relajan las comisuras de sus labios al verla llegar. No sabré mucho de sentimientos, pero sé reconocer a la perfección cómo se manifiestan externamente en las caras de las personas.

—Chicos, os presento a Dani, es mi nueva compañera de habitación.

—Akva, estamos hartos de que nos presentes a tus nuevos amiguitos. ¿No te das cuenta de que todos se acaban marchando? —La que habla es una morena voluptuosa de ojo ...