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TODAS MIS HERIDAS

Kathleen Glasgow

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Fragmento

 

Hasta el último momento está planificado. Nos levantamos a las seis. A las siete menos cuarto ya estamos bebiendo café templado o zumo aguado. Tenemos treinta minutos para untar queso en unos bollos acartonados, o meternos unos huevos paliduchos en la boca, o engullir gachas de avena grumosas. A las siete y cuarto podemos ducharnos en la habitación. No hay puertas en las duchas y no sé de qué están hechos los espejos del cuarto de baño, pero no son de cristal; cuando te lavas los dientes o te peinas el pelo, la cara se te ve borrosa y perdida. Si quieres afeitarte las piernas, tiene que estar presente una enfermera o un celador, pero como a nadie le apetece hacer eso, nuestras piernas parecen las de unos chicos peludos. A las ocho y media ya estamos en la sesión de grupo y ahí es donde vomitamos historias, derramamos lágrimas y unas chicas gritan y otras gruñen, pero yo me limito a quedarme sentada, y esa horrible chica mayor, Blue, la que tiene los dientes fatal, me dice todos los días: «¿Vas a hablar hoy, Sue la Muda? Hoy me gustaría oír hablar a Sue la Muda. ¿A ti no, Casper?».

Recibe antes que nadie historias como ésta

Casper le dice que se calle. Casper nos dice que respiremos, que formemos un acordeón estirando los brazos hacia atrás, muy hacia atrás, y luego volvamos a juntarlos, más, más, más, y luego los abramos, más, más, más. ¿Acaso no nos sentimos mejor cuando respiramos de verdad? Después de la sesión de grupo nos dan las medicinas, luego llega el descanso, luego la comida, luego el taller de manualidades, luego la sesión individual, que es cuando te sientas con tu médico y lloras un poco más, y luego, a las cinco, está la cena, que nunca es caliente, y Blue otra vez: «¿Te gustan los macarrones con queso, Sue la Muda? ¿Cuándo vas a quitarte esas vendas, Sue?». Luego llega el rato de ocio. Y después, la llamada de teléfono, y vuelta a llorar. A las nueve de la noche, más medicinas y a la cama. Las chicas hacen pis y critican entre susurros el horario, la comida, la sesión de grupo, las medicinas... todo, pero a mí me da igual. Hay comida, una cama, hace calor y yo estoy dentro y a salvo.

No me llamo Sue.

 

Jen S. se hace muescas: unas cicatrices cortas, como ramitas, le recorren los brazos y las piernas. Lleva unos lustrosos pantalones cortos deportivos; aparte del doctor Dooley, aquí no hay nadie más alto que ella. Va por el pasillo beis botando una pelota de baloncesto invisible y la lanza a una canasta también invisible. Francie es un alfiletero humano. Se clava en la piel agujas de hacer punto, palillos, alfileres, cualquier cosa que se encuentre. Mira con cara de enfado y escupe en el suelo. Sasha es una chica gorda que no para de llorar: llora en la sesión de grupo, llora en las comidas, llora en su habitación. Nunca se le agota el surtidor. Se limita a hacerse cortes: tiene los brazos llenos de unas líneas rojas apenas visibles. No se hace cortes profundos. Isis se hace quemaduras. Tiene los brazos salpicados de unos bultitos circulares con costra. En la sesión de grupo dijo algo sobre una cuerda y unos primos en un sótano, pero desconecté y subí el volumen de mi música interior. Blue es una tipa extravagante con sus traumas; tiene un poco de todo: un padre maltratador, los dientes fatal por culpa de la metanfetamina, quemaduras de cigarrillo, cortes de cuchilla. Linda/Katie/Cuddles lleva vestidos de abuela. Sus zapatillas apestan. Es demasiadas personas al mismo tiempo para seguirles la pista a todas; sus cicatrices las tiene todas por dentro, junto a las otras personas que hay en su cabeza. No sé por qué está aquí, pero el caso es que está. En la cena se embadurna la cara con puré de patata. A veces vomita sin motivo aparente. Aunque esté totalmente quieta, se nota que por dentro del cuerpo le están pasando muchas cosas, y eso no es bueno.

Fuera de aquí conocí a gente así; intento no acercarme a ella.

 

A veces me cuesta respirar en este dichoso lugar; tengo el pecho que parece arena. No entiendo lo que me pasa. Estuve demasiado tiempo fuera y pasé demasiado frío. No entiendo las sábanas limpias, el olor agradable de la colcha ni la comida, mágica y caliente, que me ponen delante en la cafetería. Empiezo a asustarme, tiemblo, me ahogo, y Louisa se me acerca mucho en nuestra habitación mientras yo me acurruco contra un rincón. Me echa el aliento a la cara y huele a menta. Ahueca la mano contra mi mejilla y hasta eso me hace estremecerme.

—Pequeña, estás con gente que te entiende —me dice.

 

En la habitación hay demasiado silencio, así que por las noches doy vueltas por los pasillos. Me duelen los pulmones. Me muevo muy despacio.

Hay demasiado silencio por todas partes. Paso un dedo por las paredes. Lo hago durante horas. Sé que están pensando darme pastillas para dormir cuando se me curen las heridas y puedan quitarme el antibiótico, pero yo no quiero. Necesito estar despierta y alerta.

Él podría estar en cualquier parte. Podría estar aquí.

 

Louisa es como la reina. Esta vez lleva aquí desde no se sabe cuándo.

—Pero ¡si yo fui la primera chica que entró aquí cuando abrieron, joder! —me dice.

Siempre está escribiendo en un cuaderno con la tapa blanca y negra; nunca acude a la sesión de grupo. Casi todas las chicas llevan mallas deportivas y camiseta, en plan descuidado, pero Louisa se arregla todos los días: se pone leotardos negros, zapatos relucientes de tacón bajo y vestidos glamurosos de los años cuarenta comprados de segunda mano; además, siempre se hace algún peinado espectacular. Tiene maletas llenas de pañuelos, camisones vaporosos, base de maquillaje y pintalabios rojo sangre. Louisa es como una visita que no tiene previsto marcharse.

Me cuenta que canta en un grupo de música.

—Pero los nervios... —dice en voz baja—. Mi problema no me deja.

En la barriga, Louisa tiene quemaduras que forman círculos concéntricos. En la parte de dentro de los brazos tiene como unos hilos en forma de raíces. En las piernas tiene quemaduras y cicatrices que forman dibujos muy bien hechos. Tiene la espalda llena de tatuajes.

Louisa se está quedando sin sitio.

 

Casper empieza todas las sesiones de grupo del mismo modo. El ejercicio del acordeón, respirar, estirar el cuello, intentar tocarte los dedos de los pies. Casper es menuda y blanda. Lleva zuecos con unos tacones como de elfo que no hacen ruido. Los otros médicos llevan zapatos acabados en punta que hacen mucho ruido hasta sobre la moqueta. Es muy blanca de piel. Tiene unos ojos enormes, redondos y muy azules. Casper es una persona de trato fácil.

Nos mira a todas y en su cara se dibuja una sonrisa afable.

—Tenéis que cuidaros —dice—. Aquí estamos todas para ponernos bien, ¿verdad?

O dicho de otro modo: ahora mismo todas estamos hechas una mierda.

Pero eso ya lo sabíamos.

 

En realidad no se llama Casper. La llaman así por sus ojazos azules y por el poco ruido que hace. Igual que un fantasma, algunas mañanas aparece junto a nuestra cama para hacernos el seguimiento médico y desliza sus dedos calientes unos centímetros por debajo de las vendas para tomarme el pulso. Se le forma una papada adorable cuando mira hacia abajo para verme en la cama. Igual que un fantasma, se me aparece por la espalda en el pasillo y sonríe cuando me vuelvo sorprendida.

—¿Cómo te encuentras?

En su despacho tiene un acuario enorme con una tortuga gorda y lenta que mueve las aletas sin parar y apenas logra avanzar. Me paso el rato viendo a esa pobre desgraciada; podría pasarme horas, días enteros mirándola. Me parece que tiene una paciencia increíble para una tarea que, a fin de cuentas, no tiene ningún sentido, porque tampoco es que vaya a conseguir salir del puto acuario, ¿no?

Casper se limita a mirarme mientras yo miro a la tortuga.

 

Casper huele bien. Siempre va limpia y su ropa susurra suavemente. Nunca levanta la voz. Cuando Sasha se pone a sollozar con tanta fuerza que le dan hipidos, Casper le frota la espalda. Rodea a Linda/Katie/Cuddles con los brazos como un portero, o qué sé yo, cuando se escapa una de sus personas malas. La he visto incluso en la habitación de Blue, esos días que Blue recibe una caja enorme de libros de su madre, manoseándolos y sonriéndole. He visto a Blue derretirse un poco, solo un poco, con la sonrisa de Casper.

Casper debería ser la madre de alguien. Debería ser mi madre.

 

Nunca estamos a oscuras. Todas las habitaciones tienen luces en las paredes que se encienden con un pitido a las cuatro de la tarde y se apagan con otro pitido a las seis de la mañana. Son pequeñas, pero dan mucha luz. A Louisa no le gusta la luz. Las ventanas están cubiertas por unas cortinas de una tela que pica; todas las noches, antes de acostarnos, Louisa se asegura de cerrarlas para que no se vean los recuadros amarillos del edificio de oficinas que hay enfrente. También se tapa la cabeza con la sábana, por si acaso.

Esta noche, en cuanto se duerme, aparto las sábanas de una patada y descorro las cortinas. Puede que esté buscando las estrellas de sal. No sé.

Hago pipí en el váter metálico mientras contemplo el bulto silencioso de Louisa bajo las mantas. En este espejo tan raro parece que tengo serpientes en el pelo. Me paso los dedos por la maraña de pelo, que aún huele a tierra y a cemento, a desván y a polvo, y se me revuelven las tripas.

¿Cuánto tiempo llevo aquí? Estoy despertando de algo. De alguna parte. De un lugar oscuro.

Las bombillas del techo del pasillo parecen largos ríos brillantes. Miro dentro de las habitaciones al pasar. Blue es la única que está despierta, sosteniendo un libro a la altura de la luz que pita para poder leerlo.

Ni puertas, ni lámparas, ni cristal, ni cuchillas; solo comida blanda que se puede comer con cuchara y café apenas templado. Aquí no hay manera de autolesionarse.

Me siento hueca y disonante por dentro. Espero en el puesto de enfermería y tamborileo con los dedos en el mostrador. Llamo a la campanilla. Tiene un sonido horrible que retumba en el pasillo, sumido en el silencio.

Barbero dobla la esquina; lleva la boca llena de algo crujiente. Frunce el ceño al verme. Barbero es un antiguo luchador, tiene el cuello muy gordo y es de Menominee. Aún desprende un tufillo a ungüento y esparadrapo. Solo le gustan las chicas guapas. Lo sé porque Jen S. es muy guapa, tiene las piernas largas y la nariz pecosa y él siempre le está sonriendo. Solo le sonríe a ella.

Pone los pies sobre la mesa y se mete unas cuantas patatas fritas en la boca.

—Tú —dice mientras unos trocitos con sal le caen revoloteando de los labios hasta aterrizar sobre el uniforme azul—. ¿Qué coño quieres a estas horas de la noche?

Cojo el bloc de notas adhesivas y un bolígrafo del mostrador y escribo rápidamente. Levanto la nota para que la vea.

«¿CUÁNTO TIEMPO LLEVO AQUÍ?»

Mira la nota adhesiva y niega con la cabeza.

—No. Pregúntamelo.

«NO. DÍMELO», escribo.

—Ni hablar, Sue la Muda. —Barbero arruga la bolsa de patatas y la tira a la papelera—. Vas a tener que abrir esa boquita de mierda y hablarme con tu voz de chica grande.

Barbero piensa que le tengo miedo, pero no es verdad. Solo hay una persona a la que le tengo miedo, y está muy lejos, al otro lado del río, y aquí no puede hacerme nada.

Bueno, creo que no puede hacerme nada.

Otra nota adhesiva.

«DÍMELO, IDIOTA.»

Mientras la levanto, las manos me tiemblan un poco.

Barbero se ríe. Tiene restos de patatas entre los dientes.

De mis ojos saltan chispas. Subo a tope el volumen de mi música interior. Al alejarme del puesto de enfermería noto la piel entumecida. Me gustaría respirar, como dice Casper, pero no puedo, eso no funciona, al menos a mí, y menos cuando me enfado y empieza a sonar la música. Ya no tengo la piel entumecida, ahora me pica mientras camino y sigo caminando y busco y sigo buscando con la mirada, hasta que la encuentro y me doy media vuelta. Barbero ya no se ríe.

—Mierda —dice, y se agacha.

La silla de plástico rebota en el mostrador del puesto de enfermería. El portalápices lleno de bolígrafos con flores de plástico cae al suelo y los bolígrafos se esparcen por la interminable moqueta beis. La interminable moqueta beis que todo lo cubre. Aunque no sea una buena idea, porque voy descalza, me pongo a darle patadas al mostrador, pero el dolor me sienta bien, así que sigo haciéndolo. Barbero ya se ha levantado, pero vuelvo a agarrar la silla y él pone las manos al frente.

—Cálmate, zorra loca —dice.

Pero lo dice muy bajito. Como si ahora mismo yo le diese un poco de miedo. No sé por qué, pero eso hace que me enfade aún más.

Justo cuando vuelvo a levantar la silla, aparece el doctor Dooley.

 

Si Casper se siente decepcionada conmigo, no lo demuestra. Se limita a observar cómo miro a la tortuga y la tortuga sigue a su rollo. Me gustaría ser esa tortuga, sumergida, en silencio, sin nadie alrededor. Qué vida más tranquilla lleva esa tortuga, joder.

—En respuesta a lo que le preguntaste anoche a Bruce: llevas seis días en el Centro Creeley —dice Casper—. Te atendieron en el hospital, estuviste siete días en observación y luego te trasladaron aquí. ¿Sabes que tienes neumonía atípica? De hecho, la sigues teniendo, pero te curarás con antibióticos.

Agarra un objeto compacto de su escritorio y lo desliza hacia mí. Es uno de esos calendarios de mesa. No sé lo que busco, pero no tardo en encontrarlo, en lo alto de la página.

Abril. Estamos a mediados de abril.

—Te has perdido la Pascua en Creeley. Estabas un poco grogui, pero no te perdiste gran cosa. Como comprenderás, no podemos traer a un conejo gigante para que vaya dando saltos por un pabellón psiquiátrico —añade, y sonríe—. Perdona, son bromas de terapeuta. Pero sí que organizamos una búsqueda de huevos de Pascua. Lo pasamos mucho mejor en Acción de Gracias: pavo seco, salsa grumosa. Diversión de la buena.

 

Sé que intenta animarme y hacerme hablar. Vuelvo ligeramente la cabeza hacia ella, pero en cuanto encuentro su mirada, noto que las putas lágrimas me escuecen en los ojos, así que vuelvo a mirar a la tortuga. Es como si estuviera despertándome al tiempo que me sumerjo de nuevo en mi oscuridad.

Casper se inclina hacia delante.

—¿Recuerdas haber estado en el Hospital Regions?

Me acuerdo del guardia de seguridad y del bosque de pelo en sus orificios nasales. Recuerdo las luces que tenía encima, brillantes como soles, el sonido de unos pitidos que no parecían parar nunca. Recuerdo haber querido liarme a patadas cuando me pusieron la mano encima y me quitaron la ropa y las botas. Recuerdo lo que me pesaban los pulmones, como si estuviesen llenos de barro.

Recuerdo haber tenido mucho miedo de que el puto Frank apareciese de pronto y me llevase de vuelta a la casa de los horrores, a la habitación donde lloraban las chicas.

Me recuerdo llorando. Recuerdo cómo rocié de vómito los zapatos de la enfermera y que ella ni siquiera torció el gesto, ni una sola vez, como si aquello le pasase continuamente, y cómo deseé que mi mirada se disculpase, porque no tenía palabras, y cómo, aun así, su rostro siguió inmutable.

Luego nada. Nada. Hasta Louisa.

—No pasa nada si no te acuerdas. Nuestro subconsciente posee una agilidad espectacular. A veces sabe cuándo desconectarse, es una especie de protección. No sé si me entiendes —dice Casper.

Me gustaría saber cómo decirle que mi subconsciente no funciona, porque nunca se desconectó cuando el puto Frank me amenazaba o cuando aquel hombre intentó hacerme daño en el paso subterráneo.

El dedo gordo del pie me late bajo la férula y la extraña bota ortopédica que me puso el doctor Dooley. Ahora, cuando camino con el pelo revuelto, los brazos agarrotados, las piernas liadas y cojeando, parezco una flipada.

¿Qué va a ser de mí?

—Creo que necesitas un proyecto —dice Casper.

 

No es verdad que quiera ser como la tortuga y estar sola. La verdad es que quiero que vuelva Ellis, pero ella ya no podrá volver jamás, jamás. Al menos no como era antes. Es cierto que echo de menos a Mikey y a DannyBoy y que incluso echo de menos a Evan y a Dump, y a veces echo de menos a mi madre, aunque eso me produzca más rabia que tristeza, igual que cuando pienso en Ellis; incluso eso, en realidad, no es cierto, porque cuando digo «tristeza» lo que realmente quiero decir es «agujero negro en mi interior lleno de clavos y piedras y cristales rotos y palabras que ya no tengo».

Ellis, Ellis.

 

Y aunque es cierto que mi ropa procede de la caja de objetos perdidos, no es del todo cierto que no tenga nada, porque sí que tengo algo, solo que no me lo dan. Lo vi una vez, cuando en el rato de ocio el doctor Dooley me dijo que dejase de ver la película y fuese al puesto de enfermería. Al llegar, sacó una mochila, mi mochila, de debajo del escritorio. El doctor Dooley es superalto y guapo, de esos guapos que sabes que saben lo guapos que son y que la vida para ellos es mucho más fácil y por eso son de trato fácil con el resto, con los que no somos guapos. Por eso, cuando dijo: «Dos chicos trajeron esto. ¿Te suena?», me cegó por un momento la blancura de sus dientes y me quedé embelesada con el aspecto aterciopelado de su barba incipiente.

Agarré la mochila y caí de rodillas. Abrí la cremallera y metí rápidamente las manos. Allí estaba. La sostuve contra el pecho, suspirando aliviada pero el doctor Dooley dijo: «No te emociones. La hemos vaciado».

Saqué mi adorado botiquín, el botiquín del ejército que encontré cuando tenía catorce años y andaba merodeando con Ellis por el mercadillo benéfico de St. Vincent de Paul en la Séptima Oeste. La caja metálica estaba abollada y la cruz roja grande que tenía en la parte delantera estaba rayada y despintada.

Mi adorado botiquín lo tenía todo: la pomada, la gasa, los fragmentos de un frasco roto en una bolsa de terciopelo azul, los cigarrillos, las cerillas y el encendedor, botones, pulseras, dinero, mis fotos envueltas en tela de lino.

La caja no sonó cuando la agité. Rebusqué en la mochila verde, pero también estaba oscura y vacía. No estaban los calcetines ni la ropa interior que llevaba de muda, ni los rollos de papel higiénico, ni el bote de carrete de fotos lleno de dinero mendigado, ni las pastillas en una bolsa de plástico, ni la manta de lana bien enrollada. No estaba mi cuaderno de dibujo. La bolsa de lápices y carboncillos había desaparecido. Mi cámara Land se había esfumado. Miré al doctor Dooley.

—Hemos tenido que vaciarla por tu seguridad. —Me tendió la mano y hasta la mano la tenía bonita, con sus dedos finos y sus uñas lustrosas. Sin mirarla, me levanté sola, aferrada a mi mochila y a mi adorado botiquín—. Tienes que devolverme la mochila y la caja. Te las guardaremos hasta que te demos el alta.

Extendió el brazo, tiró de la mochila y me quitó de las manos el adorado botiquín. Lo dejó todo detrás del escritorio.

—Pero puedes quedarte con esto.

El doctor Dooley me puso el cuadrado de lino sobre las manos. Dentro, protegidas por la suave tela, están nuestras fotos: Ellis, Mikey, DannyBoy y yo, juntos y perfectos, antes de que todo se fuese a la mierda.

Mientras me alejaba apretando las fotografías contra el pecho, el doctor Dooley gritó:

—Los chicos dijeron que lo sentían.

Seguí caminando, pero en mi interior sentí que me detenía por un segundo.

 

Cuando Jen S. viene a buscarme la noche después del incidente con el dedo, estoy mirando las fotos: mirándolas ansiosa, que es como me pongo siempre que pienso en Ellis, estudiando atentamente las imágenes en blanco y negro de nosotros cuatro en el cementerio adoptando poses ridículas, como si fuésemos estrellas de rock, con el cigarrillo en la comisura de los labios, el labio leporino de DannyBoy casi invisible, el acné de Ellis apenas perceptible. DannyBoy siempre decía que la gente se ve mejor en blanco y negro, y tenía razón. Las fotos son pequeñas y cuadradas; la cámara Land era antigua, de los años sesenta o así, el primer tipo de Polaroid. Me la regaló mi abuela. Tenía fuelles y hacía que me sintiese especial. Encontramos película en la tienda de fotos que hay junto al Macalester College. Era un cartucho que se metía en la cámara y luego tomabas la foto, extraías la tira de película por el lateral y se ponía en marcha un pequeño temporizador circular. Cuando emitía un zumbido, despegabas una lámina de la película y ahí estábamos, antiguos y chulos en blanco y negro, y Ellis guapísima con su melena negra. Y ahí estaba yo, tonta de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, el jersey lleno de agujeros y el pelo sucio, teñido de rojo y azul en el mundo real, a color, pero de un color poco definido en blanco y negro. ¿Qué otra cosa aparte de repugnante podría parecer alguien al lado de Ellis?

—Qué guay —dice Jen S. estirando el brazo para cogerlas, pero vuelvo a envolver las fotos en la tela de lino y las meto bajo la almohada—. Tía —añade entre dientes—. Vale, como quieras. Vamos, Barbero nos espera en la zona de recreo. Tenemos una sorpresa para ti.

La zona de recreo todavía huele a las palomitas que comimos durante la película que estuvimos viendo: el cuenco vacío descansa sobre una mesa circular. Jen se chupa el dedo y lo pasa por el cuenco para rebañar la sal y los restos de mantequilla. Emite unos gruñiditos de cerdo. Los labios caídos de Barbero se curvan formando una sonrisa.

—Schumacher —dice—, me parto de risa contigo.

Ella se encoge de hombros y se seca el dedo húmedo con el borde de la holgada camiseta verde.

En uno de los cajones «para todo» se pone a buscar su baraja de cartas favorita. Los cajones de colores están apilados uno encima de otro contra las paredes de color marfil de la sala de recreo. Contienen barajas de cartas, cajas desgastadas de ceras, rotuladores, juegos.

Pegada a una de las paredes hay una hilera de tres ordenadores. Barbero enciende uno y me hace un gesto con los dedos para que me aparte mientras introduce la contraseña.

—Este es el trato, flipada. —Barbero me lanza un folleto. Tengo que agacharme a recogerlo. Empieza a teclear y en la página aparece ALTERNA-APRENDIZAJE. EL SITIO A TU MEDIDA—. La doctora buena cree que necesitas hacer algo para solucionar tus problemas de autocontrol, que por lo visto no son pocos, así como ese extraño hábito tuyo de no dormir. Parece que ha llegado el momento de que vuelvas a estudiar, tarada.

Miro a Jen S., que sonríe efusivamente mientras baraja las cartas.

—Voy a ser tu profesora —anuncia con una risilla.

Barbero chasquea los dedos delante de mi cara.

—CÉNTRATE. ¡Estoy aquí! Aquí.

Lo fulmino con la mirada.

Barbero cuenta con los dedos.

—Este es el trato: no mires nada que no sea la página del instituto. No consultes Facebook, ni Twitter, ni tu correo, nada excepto las páginas del instituto. Tu amiga Schumacher se ha ofrecido voluntaria como profesora y corregirá las pruebas y toda esa mierda cuando termines cada lección.

Me mira y le devuelvo la mirada.

—No quieres hacerlo —afirma—. La doctora buena dice que tienes que empezar a medicarte por la noche para conciliar el sueño y creo que no lo quieres hacer. Mejor tenerte aquí que arrastrándote por los pasillos, porque eso sí que es raro de la hostia.

No quiero medicarme, y menos por la noche, porque es cuando más asustada estoy y necesito estar alerta. Los médicos me atiborraron de pastillas desde los ocho a los trece años. El Ritalín no me iba bien. Me daba contra las paredes y le clavé un lápiz a Alison Jablonsky en un michelín que tenía en la barriga y que parecía una nube. El Adderall hacía que me cagase encima cuando estaba en octavo y mi madre hizo que me quedase en casa el resto del curso. Me dejaba comida en la nevera envuelta en film transparente: esponjosos sándwiches de pastel de carne, apestosas ensaladas de huevo sobre pan mojado. El Zoloft era como tragar aire denso y no poder exhalarlo durante días. Aquí, la mayoría de las chicas van dopadas hasta las cejas y aceptan sus dosis con irritada resignación.

Me siento en la silla y escribo mi nombre en el casillero donde pone ESCRIBA SU NOMBRE AQUÍ.

—Bien hecho, tarada.

—Por Dios, Bruce —exclama Jen, exasperada—. ¿Faltaste a la escuela de enfermería el día que explicaron cómo había que tratar a los pacientes?

—Sé tratarlos, nena. Cuando quieras probarlo, me lo dices. —Se deja caer en el destartalado sofá marrón y se saca el iPod del bolsillo.

Una de las paredes de la zona de recreo está ocupada por una larga ventana. Han abierto las cortinas. Fuera está oscuro, son más de las diez. Nuestra ala está en la tercera planta; oigo el zumbido de los coches al pasar bajo la lluvia por la avenida Riverside. Si estudio, Casper estará contenta conmigo. La última vez que estuve en el instituto, me echaron en el penúltimo año. Parece que fue hace siglos.

Miro la pantalla de cerca e intento leer un párrafo, pero lo único que veo son las palabras «cabrona» y «pedazo de puta» garabateadas en la puerta de mi taquilla. Noto el fuerte sabor del agua del váter en la boca, luchando por liberarme, con unas manos que me sujetan el cuello, y oigo risas. Me hormiguean los dedos y noto una presión en el pecho. Cuando me echaron del instituto, todo fue un caos. Más que antes, si cabe.

Contemplo la sala de recreo. Como un ratoncito nervioso, pienso en quién estará pagando este mordisquito a mi cerebro, pero desecho la idea. Durante años, mi madre trabajó en una cafetería preparando pastel de carne con cebolla y kétchup acompañado de unos montoncitos de puré de patata, pero luego incluso eso acabó. No somos gente de dinero, somos de los que rebuscan monedas en el fondo de las carteras y las mochilas y se alimentan de tallarines con mantequilla cuatro noches por semana. Solo de pensar en cómo puedo seguir aquí me provoca miedo y ansiedad.

Pienso: «Estoy dentro, calentita, y si puedo hacer esto significa que me puedo quedar». Eso es lo que importa ahora. Debo cumplir las normas para poder quedarme.

Los dedos de Jen agitan y barajan las cartas. El sonido es como el de una desbandada de pájaros que deja un árbol vacío.

 

—¿Cómo te encuentras? —pregunta Casper.

Todos los días me hace la misma pregunta. Un día a la semana, alguien más me la hace: el doctor Dooley quizá, si está de turno de día, o la doctora de voz áspera y pelo tieso que lleva una espesa capa de rímel. Helen, creo que se llama. No me cae bien; me deja fría por dentro. Un día a la semana, el domingo, nadie nos pregunta cómo nos sentimos y algunas nos encontramos perdidas. Entonces, Jen S. dice en tono de burla: «¡Siento un montón de cosas! ¡Necesito que alguien escuche cómo me siento!».

Casper espera. Noto que está esperando. Tomo una decisión.

Escribo cómo me siento y empujo el papel por encima de la mesa de Casper. «Mi cuerpo arde continuamente, me quema noche y día. Tengo que cortar el calor negro. Cuando me aseo, me lavo y me arreglo, me siento mejor. Más fresca y tranquila por dentro. Igual que el musgo en lo más profundo del bosque.»

Lo que no escribo es: me siento tan sola en este mundo que lo único que quiero es arrancarme la carne y, solo con los huesos y los cartílagos, ir directa hacia el río para que se me trague, igual que a mi padre.

Antes de que empeorase, mi padre y yo hacíamos largos trayectos en coche hacia al norte. Aparcábamos y nos adentrábamos por veredas entre fragantes abetos y frondosas píceas, tanto que a veces parecía que era de noche porque había tal cantidad de árboles que no se veía el cielo. Por entonces yo era pequeña, tropezaba mucho con las piedras y aterrizaba en montículos de musgo. El recuerdo de mis dedos sobre el musgo frío y reconfortante siempre me ha acompañado. Mi padre podía caminar durante horas. «Solo quiero que no haya ruido», decía. Y caminábamos y caminábamos, buscando ese lugar silencioso. El bosque no es tan silencioso como se piensa la gente.

Cuando murió él, mi madre empezó a comportarse como un cangrejo: se lo guardó todo dentro y solo dejó la concha.

Casper acaba de leer y dobla cuidadosamente el papel antes de introducirlo en una carpeta del escritorio.

—Musgo fresco. —Sonríe—. No es una mala sensación. Ojalá pudiésemos llevarte allí sin que te haga daño. ¿Cómo podríamos hacerlo?

Casper siempre tiene folios blancos para mí en el escritorio. Escribo algo y se lo paso. Frunce el ceño. Saca una carpeta del cajón y recorre una página con los dedos.

—No, no veo ningún cuaderno de dibujo en la lista de objetos que había en tu mochila —dice, y me mira.

Emito un sonido apenas audible. Mi cuaderno lo tenía todo, mi pequeño mundo. Dibujos de Ellis, de Mikey, los pequeños cómics que hacía sobre la vida en la calle, sobre mí misma, Evan y Dump.

Noto un hormigueo en los dedos. Necesito dibujar. Necesito enfrascarme en el dibujo con todas mis fuerzas. Emito otro pequeño sonido.

Casper cierra la carpeta.

—Deja que hable con la señorita Joni. A ver si ella puede hacer algo.

 

Mi padre era cigarrillos y latas rojas y blancas de cerveza. Era camisetas blancas sucias, una mecedora marrón, ojos azules y mejillas rasposas por la barba y «Ay, Misty» cuando mi madre se enfadaba con él. Era días de no levantarse de esa mecedora, de estar en el suelo a sus pies, llenando papeles de soles, casas, caras de gatos con cera y lápiz y bolígrafo. Era días de no cambiarse esas camisetas, de silencio a veces y otras veces demasiadas risas, una risa extraña que parecía agrietarlo por dentro hasta que ya no había risa sino llanto, y lágrimas que me caían por la cara mientras trepaba para mecerme con él, adelante y atrás, adelante y atrás, latido, latido, latido mientras la luz cambiaba fuera, mientras el mundo se oscurecía a nuestro alrededor.

 

—Eres muy callada. Me alegro de que me hayan puesto con una persona callada. Ni te imaginas lo pesado que resulta a veces tener que escuchar a alguien hablando en voz alta todo el día —dice Louisa.

Llevaba tanto rato callada que pensaba que se había dormido.

—A ver... yo te hablo, ¿sabes? En mi cabeza, digo. Te cuento todo tipo de cosas en mi cabeza porque parece que sabes escuchar. Pero no quiero ocupar tu espacio para pensar. No sé si me entiendes —añade.

Emite un sonido que delata que tiene sueño:

—Mmm. Te contaré mi historia. Eres buena gente, un tesoro.

Buena gente, un tesoro, buena gente, un tesoro: la canción infantil de alguien que se hace cortes.

 

En las sesiones de grupo, a Casper no le gusta que digamos «corte», ni «cortar», ni «quemar», ni «clavar». Dice que no importa lo que hagas ni cómo lo hagas: da lo mismo. Podrías beber, hacerte tajos, consumir meta, esnifar coca, quemarte, cortarte, clavarte cosas, rajarte, arrancarte las pestañas o follar hasta sangrar, que todo se reduce a lo mismo: autolesionarse. Dice que si alguien nos hace daño o nos hace sentir mal, o indignas, o sucias, en lugar de actuar racionalmente y ver que esa persona es un gilipollas o un anormal y habría que pegarle un tiro o colgarlo, en lugar de salir cagando leches para apartarnos de ella, interiorizamos el maltrato y empezamos a culparnos y a castigarnos y, cosa rara, una vez que empezamos a cortarnos, o a quemarnos, o a follar porque nos sentimos una basura que no vale nada, nuestro cuerpo empieza a liberar esa mierda que nos hace sentir bien llamada «endorfinas» y experimentamos una euforia de la hostia que hace que el mundo parezca algodón de azúcar de la feria más maravillosa y animada del mundo, solo que con sangre e infección. Pero lo jodido es que una vez que empiezas a autolesionarte, ya no puedes dejar de ser una tarada, porque tienes todo el cuerpo marcado y chamuscado como un campo de batalla y a nadie le gusta ver eso en una chica, nadie puede amar eso, así que todas nosotras, todas y cada una de nosotras, estamos jodidas por dentro y por fuera. Lavar, enjuagar, repetir la puta operación.

 

Intento cumplir las normas. Intento ir a donde se supone que debo ir cuando se supone que debo ir y sentarme como una niña buena aunque no diga nada porque tengo la garganta llena de clavos. Intento cumplir las normas, porque si no las cumplo me arriesgo a que me echen FUERA.

 

He estado pensando en que el doctor Dooley me dijo que dos chicos habían traído mi mochila. Esos chicos me salvaron una vez, supongo que dos. También pienso en que me dijo que lo sentían.

Evan y Dump. ¿Sentían haberme salvado del hombre que se había metido conmigo en el paso subterráneo? ¿Sentían que este invierno hubiese hecho tanto frío en Minnesota y que no hubiesen podido EVITAR que nos mudásemos los tres a casa del puto Frank? Yo estaba enferma. No podíamos seguir viviendo en la furgoneta. Evan necesitaba drogarse. Dump iba a donde iba Evan. ¿Sentían que yo no quisiera hacer lo que el puto Frank me pedía? (Lo que quería que hiciesen todas las chicas de la casa de los horrores, si es que querían quedarse.) ¿Sentían no haberme dejado morir en el desván de la casa de los horrores?

Sentirsentirsentirsentirsentirsentir.

Corto también esa palabra, pero cada vez vuelve con más fuerza, con más insistencia, con mayor crueldad.

 

Louisa no asiste a las sesiones de grupo. Louisa se reúne con Casper por las tardes. Louisa recibe llamadas de teléfono por la noche; se acurruca contra la pared en la sala de recreo, se enrolla el cable en los dedos, acariciando delicadamente la moqueta con la punta de sus relucientes zapatos de tacón bajo. Louisa puede moverse a su antojo, no necesita un pase de día. Louisa susurra en la oscuridad:

—Tengo que decirte que no eres como nosotras, ¿sabes? Mira a tu alrededor. Estas sábanas, esta cama, las medicinas, los médicos. Todo lo que hay aquí cuesta dinero. ¿Me escuchas?

La cama cruje cuando se incorpora y se apoya en el codo para mirarme de frente. En la penumbra parece que tiene los ojos hinchados y ojerosos.

—Lo único que te digo es que tienes que prepararte.

Dejo que sus palabras se deslicen sobre mí, suaves y cálidas. Se da media vuelta. Dinero, dinero. No quiero pensar de dónde sale o de dónde no sale.

Solo quiero que vuelva a dormirse para comerme el sándwich de pavo que tengo escondido bajo la cama.

 

La puerta se abre con un silbido. Casper entra sigilosamente y se sienta al lado de Sasha, que se revuelve y le sonríe como un perrito. Casper lleva unos pantalones marrones y sus zuecos de elfo. Se sujeta el pelo castaño claro con un pañuelo rojo. Pendientes de luna, mejillas rosadas, es un puto arcoíris.

Me pregunto cómo sería en el instituto. Debió de ser una buena chica, de las que se tapan las tetas con los libros, van siempre bien peinadas y se muerden los labios durante los exámenes. Seguramente aparecía en el anuario, o participaba en un equipo de matemáticas o en un grupo de debate.

Pero debe de haber algo más, algo bajo esa apariencia lavada que no logramos ver, como una herida oculta, un secreto espinoso o algo así. Si no, ¿por qué coño iba a dedicarse a estar con nosotras?

Reparte folios y rotuladores y nos ponemos tensas. Cuando nos hace escribir, sabemos que la sesión de grupo va a ser dura. Hace que dejemos los bolígrafos y los folios en el suelo para el ejercicio de respiración del acordeón. No consigo concentrarme. Estoy pendiente del reloj que hay en la pared porque tengo que irme antes de tiempo. Hoy me quitan las vendas y solo de pensarlo noto un cosquilleo en el estómago.

—Me gustaría que escribierais lo que os decís antes de autolesionaros —dice Casper.

Blue suelta un gruñido, se pasa la lengua por la boca y flexiona los pies desnudos. Nunca lleva zapatos. En tres de sus dedos brillan anillos de plata. Desde el otro extremo del círculo parece tan joven como cualquiera de nosotras, pero de cerca, en el comedor o en la sala de recreo, se le marcan unos surcos en el rabillo del ojo. Llevo mucho tiempo sin dibujar, apenas voy al taller de manualidades, y me cuesta mirar a Blue porque me hace suspirar por mis lápices y carboncillos. Tiene un no sé qué que me gustaría plasmar sobre el papel.

No escribo nada ...