Loading...

TRABAJO, PISO, PAREJA

Zahara

4


Fragmento

1. ELLA

El mensaje es claramente una declaración de intenciones y otra cosa no, pero intención tengo de sobra.

Quedamos a las cinco y media en una cafetería del centro y la música está tan alta que para entender lo que me dice tiene que acercar su boca a mi oreja. Sus palabras estallan contra mi cerebro y ríos de hormonas piden como lava cayendo por nuestra piel que se acabe el teatrillo y nos vayamos directamente a mi casa.

Remuevo innecesariamente la cuchara en la taza y me oigo decir:

—No busco a nadie... Acabo de salir de una relación de seis años, imagínate. ¿Quién querría otra relación? Pero quede con quien quede nadie me sorprende, ¿entiendes? Y estaría bien alguna sorpresa.

Y confío en haber dejado claro que esa sorpresa tiene que ver con un arrebato, un beso inesperado, ahí, en mitad de la cafetería, un levantarse y llevarme a algún lugar..., qué sé yo. Una sorpresa.

No sucede nada, así que bebo despacio y me paso la lengua sutilmente por la comisura de los labios. Noto un cambio en su mirada. No el cambio que esperaba. Me fijo bien y me doy cuenta de que ya no es cazador, quiere algo más, quiere ser el salvador que cree que busco. Al ser tan clara, mi mensaje ha llegado completamente a la inversa de lo que pienso. El lenguaje es una trampa. Deberíamos no estar hablando. Debería estar pasando su lengua también por mi comisura de los labios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Lo invito a ir a casa pero él tiene una nueva estrategia. Sabe que acostarse conmigo ahora lo colocará en la estantería de «Nadie me sorprende» y él quiere ser algo más. Y ha decidido eso sobre la marcha, a pesar de haberme escrito en varias ocasiones expresando cuánto y cómo quiere estar conmigo, a pesar de haber definido muy bien en qué posición exacta. Ahora tiene un nuevo objetivo. Pone por excusa a mi ex, que es pronto. Yo le digo «No hay problema» y le cojo la mano para que entienda que, joder, lo que quiero es echar un polvo, que no es para tanto. No busco al amor de mi vida, solo un rato de diversión. Pero veo cómo mi objetivo se desvanece.

Dos roiboos él y, dos cafés solos yo más tarde, acabamos en mi casa.

Mira las paredes medio vacías de mi salón y se sienta a mi lado en el sofá. Yo solo quiero que se ponga sobre mí, que me bese rápido y acabe todo pronto. Él pretende saborear cada segundo.

—¿Estás bien?

—Muy bien. —Y mi sonrisa es una puerta abierta a lo que quiera.

Pero él parece más interesado en mirar mi salón que a mí. Y habla, y habla y hablablabla sobre la casa, sobre vivir con «él» aquí, la incomodidad de estar ahora con otra persona...

No sé cómo hacerle ver que no, que no estoy incómoda; que estoy, de hecho, muy bien; que vamos ya, joder; que solo necesito un satélite, que no tiene que ser mi sol ni mis estrellas; que lo único que quiero es ahogar este dolor con fluidos corporales; que encienda del córtex sensorial al sistema límbico todos los interruptores que encuentre; que ilumine el cerebelo y el córtex frontal. Quiero ríos de oxcitocina, joder, eso es lo que quiero.

Lo llevo a mi estudio.

—Este era mi santuario. —Y abro los ojos mientras sonrío—. Él nunca venía aquí. Era mi lugar, mi espacio.

Separo las sílabas, acentúo todas las vocales y dejo la boca en forma de «o» más tiempo del habitual. En mi cabeza parecía sexi. No lo es.

Me acerco más a él, clavo mi mirada en la suya de colores ocres y respiro muy lento pensando que por fin va a pasar algo.

—Qué pena —me dice—, no me quiero imaginar lo triste que ha tenido que ser tu relación.

Su mano me acaricia como a un cachorrillo abandonado.

Pues una relación fallida, como tantas otras... ¿Qué más tengo que hacer? Tal vez he perdido facultades. Tanto tiempo con novio que he olvidado cómo se liga. Tiene que ser eso.

—Entonces..., este espacio era solo tuyo...

—Exacto.

Y sucede el milagro.

Se acerca lo suficiente para besarme. Pero no es un beso. Su boca abierta busca la mía pero, como si hubiera una capa de film transparente entre nosotros, no llega a rozarme del todo. Besos en el aire en una coreografía descoordinada. El ritual de apareamiento con menos futuro del mundo.

Lo intento de nuevo, pero cada milímetro que gano él lo recupera. Lo mismo pasa con su cuerpo. Me coloca contra la pared y se apoya levemente sobre mí, en un intento de petting que no es más que un simulacro, como si no fuera suficiente simulacro ya el petting en sí mismo. Choco mi cadera contra la suya y me para.

—Hey... Ese movimiento está mal.

—¿Cómo?

—Eso es un movimiento de...

—Sexo —interrumpo.

—Exacto.

—Y ¿no quieres tener sexo? —A ver si es que de verdad me estoy confundiendo.

—Sí.

Tomo su sí como un sí y acerco su cara a la mía, esta vez cogiéndola con las manos tratando de que el roce de labios sea algo más que eso. Él me separa.

—Hey, hey... Pero no aquí. No en la casa donde vivías con tu ex.

Lo miro fijamente tratando de entender cuál es el paso siguiente. Me debato entre echarlo o fingir que tiene razón y que no es lugar. Las dos anteriores son la respuesta correcta.

Respiro hondo antes de mentir.

—Tienes razón. Tienes toda la razón.

Le digo que he interpretado mal nuestros mensajes, esos en los que nos decíamos las ganas que teníamos de follarnos. Él me dice que claro que tiene ganas pero que es obvio que no busco lo de siempre y que siente que puede pasar algo más interesante entre nosotros si lo dejamos aquí. Que él tiene más ganas que yo. Ahogo un «ja». Pero no estaría bien. Continúa.

Lo consuelo. Yo a él. Estoy siendo tan amable que no sé cuánto tiempo tengo antes de volver a ser yo misma. Él parece conmovido y me da un abrazo que no necesito.

Lo acompaño a la salida. Él sonríe. Yo no entiendo por qué. En el marco de la puerta acerca su cara a la mía y me da uno de sus no besos. No veo el momento de que se marche. Cuando por fin lo hace recibo un mensaje: «Ha sido una tarde increíble. Eres muy especial».

Contesto con una flamenca.

2. ÉL

Nochevieja de 2014.

Madrid se atiborra de luces navideñas y castañas asadas, el centro huele a sobrepoblación y ahora mismo mataría por una caña y un pincho de tortilla sin tener que verme empujado por carros, gorros de Papá Noel y bolsas de regalos.

Miguel y Luis defienden nuestra esquina del bar a capa y espada. Una cerveza en alto me marca el camino a seguir. La felicidad está tan solo a cuarenta guiris de distancia. Siento que Walking Dead es más realidad que ficción cuando intento alargar la mano para llegar a la barra y un borracho me escupe en el brazo mientras habla; una mezcla de asco e hipocondría me hacen estremecer. Calculo mis posibilidades de supervivencia si todos estos zombies ansiosos por tragar cerveza barata cambiaran de apetencias y decidieran devorar cerebros vivos ahora mismo: cero por ciento. Examino el local con la mirada como si nunca antes hubiese estado ahí, como si no me hubiese pasado años anclado a esa esquina, como si con la cantidad de cervezas que he tomado no me perteneciera más de la mitad del local, y descubro que en lo alto de la barra hay una especie de catana que poco o nada tiene que ver con el resto de la decoración de bar tradicional madrileño. Para llegar a alcanzar la catana tendría que saltar sobre cuatro zombies, impulsarme desde la barra, cogerla, desenvainarla y empezar a cortar cabezas. Duraría aproximadamente tres minutos. Los mejores tres minutos del día.

Miguel y Luis me reciben entre vítores y gritos y no es euforia, hay tanta contaminación acústica que la única posibilidad de tener una conversación inteligible es desgañitándose.

—¡He llegado hasta aquí imaginando que los mataba a todos! —Declamo.

—Vamos, joder, que no es para tanto. —Sonríe Miguel levantando la copa.

El bar, nuestro bar, está a un minuto y medio de su casa y es capaz de quedar todos los días a tomar algo siempre y cuando no tenga que moverse más de doscientos metros. Por lo general me da igual, me parece fenomenal tener que desplazarme para ir a beber cerveza, es el único deporte que hago, pero es Navidad y todos odiamos la Navidad, todos odiamos la gente, todos odiamos esas caras felices… Todos odiamos.

—Creo que no voy a volver a veros hasta dentro de siete días, cuando todo esto termine —les comento.

—Mira, los aquí reunidos no vamos a hacer apología de la celebración y la Pascua, pero mi casa está llena de familiares que están esperando a que suba con el hielo, así que era esto o nada —se justifica Miguel.

—Me da que no hemos sopesado bien lo que podría suceder y, joder, somos guionistas, nos dedicamos a saber qué va a pasar. Estamos perdiendo facultades.

Podría decir que son inmunes a mi pesimismo habitual, pero más que eso siento que los he contagiado y ya no reaccionan ni intentan cambiarlo.

—Te entiendo —dice Luis—, cada día me cuesta más salir a la calle y aguantar esas caras rojas, brillantes como churros.

—Pero vamos, Luis, si a ti la calle te encanta. Aquí los que tenemos problema para relacionarnos con las multitudes somos Miguel y yo.

—¿Vosotros? —Se sorprende como si fuese la primera vez que tenemos esta conversación.— Las dos personas con más temas de conversación que conozco. ¿Cómo le vais a tener miedo a la gente?

—A ver —aclara Miguel—, que no te estamos diciendo que seamos tímidos, te estamos diciendo que somos antisociales.

—Entonces, ¡yo también soy antisocial!

—¡Tú no! —gritamos al unísono Miguel y yo.

—Luis —pregunto—, ¿qué vas a hacer ahora cuando nos vayamos de aquí? Cuando Miguel suba a su casa y yo me vaya solo a la mía a seguir escribiendo. Dime, ¿qué vas a hacer, eh?

Duda un momento.

—Yo he quedado con Laura y Griñán.

—Laura y Griñán. Tú no piensas volver a casa hasta las siete de la mañana.

—Puede ser —y se ríe.

—Pues eso no es ser antisocial. Si fueras antisocial no querrías ver a nadie —le acuso.

—Si fueras antisocial odiarías tener que estar ahora mismo con tu familia y la familia de tu familia en tu piso de sesenta metros cuadrados abriendo regalos que no has pedido —añade Miguel.

—Pues si yo no soy antisocial, vosotros tampoco.

—Joder, tío. Pero ¿cómo tenemos que decírtelo? Eres tú el que va a acabar bailando en Corazón hasta que alguno de tus colegas actores te invite a la fiesta del director de turno en su casa. Ninguno de los dos vamos a hacer eso.

—De hecho no puedo esperar a que sean las doce y media y mi abuela se haya terminado de tomar la última uva para que así puedan marcharse —dice Miguel.

—Reconozco que estoy bastante sorprendido con la elección de tu piso de soltero para celebrar el fin de año con toda tu familia, Miguel —le digo.

—Era eso o irme a Soria.

—Entiendo. —Yo siempre entiendo a Miguel—. ¿Ves? —miro fijamente a Luis—, esto es lo que pasa cuando eres antisocial.

—¿No querer irte a Soria en Nochevieja? Entonces, yo también lo soy.

Salgo del bar en pleno Sol, decido coger un taxi. La aplicación de Mytaxi está colgadísima por las miles de personas que están intentando hacer lo mismo que yo en este mismo instante, así que camino otra vez hasta casa. La pasta de ayer, que calentaré en el microondas, y un ordenador portátil serán mis compañeros toda la noche.

Llegar al Paseo del Prado está siendo más difícil que hacerlo hasta la mesa de mis amigos, y cuando me planteo atravesarla me doy cuenta de que en la última noche del año miles de personas salen a correr la San Silvestre. Justo delante de mí.

Cada vez que pongo un pie en mitad de la calle un runner gruñón me grita que qué hago. Desisto. Me dejo aturdir por la gente, el ruido de las pisadas contra el asfalto, las respiraciones acompasadas de los corredores. Los gritos de los animadores a ambos lados de la calzada casi consiguen conmoverme.

Que les den. Voy a cruzar aunque tenga que hacerlo corriendo. Miro a la izquierda, la marea baja desde la Puerta de Alcalá. Parece que hay un poco de espacio. Es mi momento. Veo a una chica disfrazada de corredora que viene directamente hacia mí. Tiene margen para desviarse pero no parece haberme visto. Unas orejas de conejo es lo último que recuerdo antes del impacto.

—¡Joder, tío, mira por dónde coño vas! —grita.

Black out.

3. ELLA

Las mallas no son de mi talla, y, por si alguna vez había tenido alguna duda al respecto, definitivamente el amarillo flúor no es mi color. Pero ¿quién se puede resistir a celebrar el fin de año y la despedida de soltera de tu mejor amiga a la vez y hacerlo corriendo la San Silvestre Vallecana? Diez kilómetros disfrazadas de runners con una mezcla de colores que ni Ágatha Ruiz de la Prada elegiría para su próxima colección y con unas orejitas de coneja que esconden, todo lo sutilmente que pueden, una minipolla en medio. ¿Quién, eh, quién? Yo lo intenté, pero no pude. Porque Claudia es la única persona que conozco que va a casarse y eso la convierte en una especie en peligro de extinción, tan exótica y extraña que merece la pena estudiarla sociológicamente, porque es la primera cosa que me pide en doce años de amistad y porque no hizo ni una pregunta el día que aparecí en su casa con dos maletas y un muñeco de E.T. bajo el brazo.

Así que me embuto en las mallas, me aprisiono en dos sujetadores deportivos (he leído aberraciones sobre cómo se dan de sí los pechos en las carreras y no quiero convertirme en una de esas señoras con las tetas por el ombligo) y dos camisetas de manga larga, además de la oficial de la carrera. He dejado la sudadera para ponérmela antes de salir. Claudia me aconsejó comer a las dos de la tarde pollo a la plancha y arroz hervido y mastico la desilusión mientras pienso en atragantarme como la solución a todos mis problemas de hoy. Su llamada interrumpe mis pensamientos suicidas y queda en recogerme en cuarenta y cinco minutos.

Es la primera vez en mi vida que voy a una despedida de soltera. Es la primera vez en mi vida que voy a salir a correr. No tengo muy claro cuál de las dos opciones lidera, qué tiene relevancia sobre qué, si debo maquillarme para una fiesta o no maquillarme para una carrera. Como si de una tostada de mantequilla atada a la espalda de un gato que cae desde un primer piso se tratase, no sé si el poder de la tostada de caer por el lado de la mantequilla es superior al de gato cayendo de pie. Tomo la decisión que más salomónica me parece y me esparzo una bb cream por la cara que me queda arrodalada. Marco la raya del ojo con un eyeliner permanente water proof y trato de transmitirle algo de respeto al espejo.

Dos horas antes de la carrera ya estamos en la línea de salida. Las otras tres amigas de Claudia parecen haber nacido para eso. Fibradas. Altas. Delgadas. Una sola camiseta que no las hace parecer el muñeco de Michelín. Deben de estar muriéndose de frío pero por lo visto cuando corres entras en calor y no necesitas tanta ropa. «Pero ¿adónde vas así?, te vas a cocer». «Claro, claro, ahora me quito cosas». ¿¿Dónde me he metido??

Los grititos histéricos se repiten exactamente cada seis minutos durante la primera media hora, pero a medida que se aproxima la hora de salida se intensifican y aumentan su frecuencia. Me siento una primeriza que se ha saltado todas las clases de preparación al parto y empiezo a ser consciente del grave error que he cometido al unir dos cosas que me dan pánico a la vez. Cuánta razón tenías Fran Perea con eso de «Uno más uno son siete». Dos temores juntos no son dos temores, son siete plagas. Me saco un cigarrillo de la riñonera rosa fucsia y me lo coloco entre los labios mientras busco el mechero. La hostia verbal que recibo lanza mi cigarro contra el suelo. Ignoro los improperios de los miles de runners pro que tengo rodeándome y me fijo en la cara congelada de Claudia.

—¿Tienes frío, Claudia? porque tienes la cara así... como torcida...

Y sus gélidos ojos me suplican que sea un poco menos yo, y los míos, desencajados, no por el frío sino por los caprichos de la genética, tratan de explicarle que es mi puto deseo de año nuevo. Si consigo llegar a la meta, si sobrevivo a esta noche, seré más los demás y menos yo. Lo prometo.

Unas chicas sobreestimuladas se suben a lo alto de una estructura dando saltos. Estamos tan lejos que no podemos verlas, pero por suerte las pantallas que hay encima de la línea de salida muestran todo lo sucedido. Hay tanta gente emocionada por lo que va a ocurrir en unos minutos que puedo sentir la energía presionándome. Claudia me agarra fuerte la mano, me da besos por toda la cara, está tan contenta de que esté allí y de que esté haciendo esto por ella que casi creo que merece la pena. Oigo la cuenta atrás, los corredores se apretujan, saltan y estiran por última vez. Algunos se quitan las sudaderas y las tiran a los lados de la carretera. Me planteo hacer lo mismo, pero es demasiado tarde. Da igual. Me coceré corriendo, pero merecerá la pena. Amiga, moriré por ti y eso me redimirá de todos los males que he causado en la vida. Seré una mártir. Moriré por amistad.

Pego saltitos intentando imitar a las amigas aventajadas de Claudia y cuando suena el disparo de salida la gente no corre. La gente camina. Veo esperanza. Veo que puedo hacer esto. No voy a morir. No va a pasar. Vamos a ir así, juntitos, andando rápido y va a ser posible. Y entonces cruzamos la línea de salida, Claudia me suelta la mano, sonríe, se coloca bien los auriculares y empieza a correr. A correr de verdad. Noto que la gente me va pegando pequeños empujones por lo que no me queda más remedio que trotar. Oigo más insultos que cuando me saqué el carnet de conducir y decido unirme a la masa, ser una más. Lo intento con todas mis fuerzas, pero mis piernas de pollo no me escuchan, no me hacen caso, mis piernas no me pertenecen. Primera cuesta hacia abajo, tomo aliento, sonrío, creo que puedo hacerlo, me esfuerzo al máximo y aun así todos los corredores me adelantan, por suerte ya han dejado de gritarme. Me pego al carril de la derecha y confío en que esto funcione igual que con los coches y entiendan que soy el rival más débil. Hace minutos, horas, siglos que no veo a mi grupo y constato que correr sube la temperatura, y que el cabreo y toda la ropa que llevo puesta, también. Eso no me desanima. Voy a hacer esto, Claudia, aunque llegue para las campanadas. ¿Habrá gente corriendo a esa hora? ¿Seré la última de verdad? ¿Habrá un premio por llegar la última a la meta?

Sigo intentando correr, pero cada vez se me hace más cuesta arriba aunque no sea verdad literalmente. Siento que ya he perdido el hígado y el bazo y decido que cuando sobreviva a esta experiencia cercana a la muerte iré a Cuarto milenio a explicarlo.

Hay tanta gente a mi alrededor que noto cómo se están llevando parte del oxígeno que me corresponde. Me duele el brazo izquierdo. ¿Será un ataque al corazón? ¿Era el derecho? Analizo todos mis síntomas y, según lo aprendido con House, puede ser cualquier cosa excepto lupus. Empiezo a ver luz al final del túnel. Soy yo rezando. Esta experiencia dolorosa me ha hecho creer en Dios. Dios existe. Dios está delante de mí, abre sus brazos. Dios es un chico en mitad de mi carril contra el que voy a estamparme. Oh, Dios, voy a por ti.

4. ÉL

—Igual debería verte un médico. ¿Llamo a alguien? ¿Vas con alguien?

Busco en su cara algún tipo de expresión que me haga entender qué pasa por su mente y sus ojos me recuerdan a un puesto de la pescadería del mercado, concretamente a los de los peces muertos expuestos en entre hielo y perejil. La aparto de la calzada llena de personas que jamás han perdido un autobús y nos pongo a salvo en el Paseo del Prado. El único banco en el que no hay nadie de pie mirando la carrera parece una buena isla en la que descansar. Camina apoyada en mí, cojeando y emite el típico lamento que te hace dudar de si es una risa o un lloro. Intento mirarle la cara, pero la lleva escondida en mi sobaco. Dudo que cualquier olor que haya ahí enterrado pueda ser bueno y tengo la tentación de rescatar su cabeza de semejante tortura, pero en lugar de eso la aprieto un poco más contra mí y, sorprendentemente, el calor de una desconocida que casi me atropella a siete kilómetros por hora se convierte en lo más estimulante del fin de año.

Me parece escuchar que dice que no es nada y mira el banco sin soltarse. Tengo que ser yo quien la libere de los olores del invierno que emana mi abrigo, infusión navideña de fritanga de bar del centro y tabaco de liar de Luis.

Se sienta en el banco y se fija en mí. Abre la boca como para decir algo y se atraganta con sus propias carcajadas. Me rio empáticamente sin saber si es la típica risa previa a un cabreo monumental. Me siento fatal por haberle estropeado la carrera, pero cuanto más la miro menos pinta tiene de corredora. Ríe tan fuerte que siento que todo el paseo nos está observando. No sé qué hacer para calmarla. Llora y ríe, roja, mientras repite «Joder, joder». No tengo ni la más remota idea de qué hacer. Por suerte me pide que le ayude a quitarse una de las sudaderas que lleva y el hecho de sentirme útil hace que me relaje levemente.

—Me estoy asfixiando, joder.

Tiro de la sudadera hacia arriba, pero se le queda atascada en una diadema de orejas de coneja. Me fijo y descubro que entre las dos orejas hay una minipolla.

—Creo que debería quitarte primero las orejas.

—¿Qué?

—Las orejas de conejo. Si las quitamos podré sacar la sudadera.

—Joder, las orejas.

Y rebusca con una mano dentro de las capas de tela, se arranca con fuerza la diadema y la lanza en mitad del paseo. Giro la cabeza. Nadie la ha visto. Tiro ahora de la sudadera hacia arriba. Consigue liberarse, despeinada, mirando al suelo. El volumen de sus «Joder» ha disminuido, empieza a recuperar un tono de piel que podría ser humano y tengo la tentación de oler la sudadera empapada que ha dejado en mis manos.

—Te vas a enfriar. Quizá deberíamos ir a algún sitio. —Aprovecho para mirar a mi alrededor como si estuviéramos cerca de un garito al que suelo ir—. Te invito a un café —sonrío— por arruinarte la carrera. Es lo mínimo.

Me mira desde abajo, indecisa.

—Mejor una cerveza.

5. ELLA

Caminamos a la búsqueda de un bar que no esté petado y que esté abierto en estas horas cercanas al fin de año, y dejamos pasar cinco que cumplen nuestros requisitos. Dudo si los está ignorando o sabe perfectamente lo que hace. Yo continúo abrazada a él y por momentos se me olvida que finjo una cojera. Si me ha descubierto no parece que vaya a dejarme en evidencia. Entorno los ojos y observo la noche. Podríamos ser un matrimonio que sale a pasar el rato con sus amigos.

Su abrazo es tan ergonómico que me sumerjo en él como si fuera un edredón. Me recuerda lo fácil que es a veces sentirse protegido en los brazos ajenos. Unos brazos que aún no han tenido la oportunidad de saber que eres torpe y egoísta, que te acarician como si fueses importante, unos brazos ignorantes de lo que hay bajo la carne. Brazos vírgenes de reproches, de pérdidas de razón y de lamentos. No me extraña que varias profesiones se hayan erigido sobre esta máxima.

Ha mirado el móvil dos veces y aprovecho la luz de la pantalla sobre su cara para decidir si me gusta. El flequillo le cae por el lado desde el que lo miro. Imposible saberlo desde este ángulo con certeza. Hace un rato que no me apoyo en él para caminar y la sincronía de nuestros pasos me da una idea de lo bien que se nos daría bailar juntos. Y quizá follar.

Pierdo la cuenta de cuántos bares y cafeterías potencialmente capacitados para suministrar un par de cervezas hemos pasado, así que seguimos caminando sin hablar. No seré yo quien empiece una conversación vacía sobre nada en particular. Nos estamos manejando bien en este largo silencio cómodo, así que decido cumplir mi primer propósito de año nuevo antes de que acabe el viejo. No voy a cagarla con un «Oye, ya hemos pasado veinte bares». No voy a soltar la típica charla intrascendente de «Bueno, ¿y tú qué, qué hacías a estas horas por aquí? Vaya hostia nos hemos pegado, ja, ja, ja...».

—Pues hemos llegado.

No parece un bar.

—¿Es tu casa?

—¿Quieres tomar algo aquí? He pensado que así podrías lavarte la herida..., creo que tengo algodón y alcohol. ¿Crees que la ginebra servirá?

—Para olvidarme de la herida, seguro.

Risas, risas, silencio.

—Si quieres ve al baño. Puedes cambiarte de ropa..., seguro que puedo dejarte algo.

—¿De tu novia?

—De mi ex.

Per-fec-to.

6. ÉL

No sé en qué momento hemos adquirido este grado de intimidad, pero he dejado a una perfecta desconocida en mi salón mientras rebusco en el cajón de ropa que dejó Adela, la bella Adela, la mujer a la que olvidé cómo querer. Ojalá no fuera tan importante... y sostengo entre las palmas de las manos el cadáver de su recuerdo. Siento que palpita un órgano fantasma entre el estampado de flores rojas, y el camisón con el que solía dormir se hace tan pesado que tengo que sentarme sobre la cama unos segundos.

Puede que sea un buen momento para pasar página, pero no me siento preparado para ver a otra mujer vestida con su ropa y la sola idea de perder los vestigios de su olor en él me provoca náuseas. Cojo un par de camisetas mías, una sudadera y el pantalón de chándal que nunca he usado. Cuando entro en el salón está tiritando frente a la estantería de libros.

Ha dejado sus zapatillas junto al sofá y apoya un pie encima del otro.

Estoy completamente desarmado, así que improviso.

—Sé que esto es raro y te prometo que es la primera vez que me pasa algo así, por lo que no tengo muy claro qué debo hacer, pero me parece que tal vez deberías darte una ducha, entrar en calor... —Las palabras salen de mí como la carne de una máquina trituradora—. Te preparo algo de beber mientras. Si quieres, claro, y llamamos a un taxi cuando termines.

Ella tiene la misma cara indescifrable de toda la noche. Una mueca mezcla de incomodidad e indecisión.

—¿Eres un sicópata y tienes trozos de cuerpos escondidos en la cocina?

—No.

—Entonces me parece bien. ¿Esa ropa es para mí? —Y co­ge el montón que tengo sobre mis brazos.

Señalo la puerta del baño que queda en el pasillo detrás de ella.

—El agua caliente sale dándole a la caliente.

—Gracias por la aclaración. —Sonríe. Busco algún rasgo en su rostro que me de una pista de qué piensa—. Por cierto, tengo que confesarte algo.

—¿Que eres una sicópata y vas a descuartizarme mientras creo que te duchas y espero en el salón?

—Exacto.

—No me cabe ninguna duda.

—Y además, que..., en realidad no soy corredora. No de las de verdad, de esas que corren... Solo estaba haciéndolo por una amiga. Y, bueno, me tiré sobre ti. Ya sabes, para poner fin a mi sufrimiento. Te utilicé. Prefiero que lo sepas ahora y no cuando llevemos juntos tres años y luego te enteres por alguien que no soy yo y veas q ...