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TRAUMA (LOS ROSTROS DE VICTORIA BERGMAN 2)

Erik Axl Sund

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Fragmento



Caída libre

La pesadilla viste un abrigo azul cobalto, un poco más oscuro que el cielo del anochecer sobre Djurgården y la bahía de Ladugårdsviken. Es rubia, de ojos azules, y lleva un bolso al hombro. Los zapatos rojos demasiado pequeños le hieren los talones, pero está acostumbrada a ello. Las llagas ya forman parte de su personalidad y el dolor la mantiene despierta.

Sabe que el perdón bastaría para liberarlos, a ella y a los perdonados. Durante años ha tratado de olvidar, siempre en vano.

No alcanza a verlo, pero su venganza es una reacción en cadena.

Una bola de nieve se puso en movimiento hace ya un cuarto de una vida en un cobertizo para guardar las herramientas del internado de Sigtuna y la arrastró con ella rodando hacia lo inevitable.

Cabe preguntarse qué saben hoy acerca del rodar de esa bola de nieve quienes en su día la tuvieron en sus manos. Probablemente nada. Sin duda han pasado página, simplemente. Han olvidado el acontecimiento como si se hubiera tratado solo de un juego inocente que empezó y acabó allí, en aquel cobertizo de las herramientas.

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Pero la bola está en movimiento. Para ella el tiempo no cuenta, pues no cura las heridas.

El odio no se derrite. Al contrario, se endurece en cristales de hielo cortantes que rodean toda su persona.

La noche es un poco fresca y el aire se ha vuelto más húmedo tras los chubascos dispersos que se han sucedido a lo largo de la tarde. Llegan gritos de las montañas rusas, se pone en pie, se sacude el polvo y mira en derredor. Se queda un momento inmóvil, inspira profundamente y recuerda qué está haciendo allí.

Sabe qué tiene que hacer.

Al pie de la alta torre de observación en obras, ve la escena, un poco más lejos. Dos vigilantes se llevan a un hombre. A su lado corre una chiquilla llorando. Sin duda su hija.

Las bombillas de colores del parque de atracciones lanzan vivos reflejos sobre el asfalto mojado.

Comprende que se avecina el momento de actuar, aunque no sea lo que había previsto. El azar le ha facilitado las cosas. Es tan sencillo que nadie comprenderá qué ha ocurrido.

Ve al chico un poco más lejos, solo delante de la reja de la Caída Libre.

Perdonar lo perdonable no es perdonar, piensa. El auténtico perdón consiste en perdonar lo imperdonable. Algo de lo que solo Dios es capaz.

El muchacho parece perdido y ella se le acerca lentamente mientras él mira a otro lado.

Con ese gesto, el chico le ha hecho casi ridículamente fácil aproximarse a él sigilosamente, y ahora se encuentra a solo unos metros detrás de él. Sigue dándole la espalda, como si buscara a alguien con la mirada.

El verdadero perdón es imposible, loco e inconsciente, piensa. Y dado que espera que los culpables muestren arrepentimiento, nunca se podrá consumar. La memoria es y será una herida que se niega a sanar.

Agarra con firmeza al muchacho del brazo.

Él se sobresalta y se vuelve mientras ella le clava la jeringuilla en el antebrazo izquierdo.

Durante unos segundos la mira, atónito, y acto seguido le flaquean las piernas. Ella lo sostiene y lo sienta en un banco vecino.

Nadie la ha visto hacerlo.

Todo es perfectamente normal.

Saca algo del bolso y se lo coloca cuidadosamente sobre la cara.

La máscara de plástico rosa representa el hocico de un cerdo.

Gröna Lund

La comisaria Jeanette Kihlberg sabe precisamente dónde estaba cuando se enteró del asesinato del primer ministro Olof Palme: en un taxi de camino a Farsta, al lado de un hombre que fumaba cigarrillos mentolados. Caía una fina llovizna y sentía náuseas por haber bebido demasiada cerveza.

Vio a Thomas Ravelli clasificar por los pelos en la tanda de penaltis a Suecia contra Rumanía para el mundial de 1994 en el televisor en blanco y negro de un bar de Kornhamnstorg, y el dueño invitó a una ronda.

Cuando se hundió el Estonia, estaba en cama debido a una gripe, viendo El Padrino.

Sus recuerdos más precisos son también el concierto de los Clash en el estadio de Johanneshov, un beso pegajoso por el pintalabios en una fiesta en primaria y la primera vez que abrió la puerta de la villa de Gamla Enskede diciéndose que estaba en su casa.

Pero el instante de la desaparición de Johan será para siempre un agujero negro. Cinco minutos desaparecidos. Robados por un borracho en el parque de atracciones de Gröna Lund. Por un fontanero de Flen que había ido a empinar el codo a la capital.

Un paso al lado, la mirada al cielo. Johan y Sofia suben a la góndola, y siente vértigo aunque está segura en tierra firme. Un vértigo invertido. La torre parece muy frágil, los asientos muy rudimentarios y los riesgos de un fallo técnico muy catastróficos.

Luego, de repente, se oye un ruido de cristales rotos.

Gritos.

Alguien llora. Jeanette ve la góndola que sigue elevándose. Unos hombres se empujan y Jeanette se dispone a intervenir. Echa un vistazo hacia lo alto. Las piernas de Johan y de Sofia vistas desde abajo. Colgando. Algo hace reír a Johan.

Pronto llegan arriba.

—¡Te voy a matar, cabrón!

Jeanette ve que uno de los hombres ha perdido el control. El alcohol ha hecho que sus piernas sean demasiado largas, sus miembros demasiado tensos y su sistema nervioso demasiado lento.

Tropieza y se desploma en el suelo.

La góndola se inmoviliza.

El hombre se levanta, con rasguños en la cara producidos por la gravilla y el asfalto.

Unos niños lloran.

—¡Papá!

Una chiquilla, que no tendrá más de seis años, con un algodón de azúcar rosa en la mano.

—¿Nos vamos ya? ¡Quiero volver a casa!

El hombre no contesta, mira en derredor en busca de su adversario, de alguien en quien descargar su frustración.

Por reflejo policial, Jeanette actúa sin vacilar. Agarra al hombre del brazo.

—¡Alto! —dice tranquilamente—. ¡Calma!

Quiere hacerle entrar en razón y trata de evitar parecer que se dispone a echarle una bronca.

El hombre se vuelve y Jeanette le ve los ojos turbios e inyectados en sangre. Una mirada triste y decepcionada, casi avergonzada.

—Papá… —repite la niña, pero el hombre no reacciona, con la mirada extraviada.

—¿Y tú quién eres, joder? —Se suelta—. ¡Vete a la mierda!

Su aliento apesta a alcohol y tiene los labios cubiertos de una espuma blanquecina.

—Solo quería…

En el mismo momento, allá arriba, oye desprenderse la góndola y los gritos de alegría teñida de miedo distraen un instante su atención.

Ve a Johan, con los cabellos de punta y gritando con la boca abierta.

Y ve a Sofia.

Oye a la niña.

—¡No, papá, no!

Pero no ve al hombre levantar el brazo.

La botella alcanza a Jeanette en la sien. Se tambalea. Le corre sangre por la mejilla. Pero no pierde el conocimiento, al contrario.

Con el pulso firme, le hace una llave a su adversario y lo inmoviliza en el suelo. Un vigilante del parque de atracciones acude enseguida a echarle una mano.

Es en ese momento, cinco minutos más tarde, cuando lo descubre: Johan y Sofia han desaparecido.

Trescientos segundos.

Waldemarsudde

Como esas personas a las que se ha privado de felicidad a lo largo de toda su vida y aun así son capaces de mantener siempre la esperanza, Jeanette Kihlberg alienta en su vida profesional una hostilidad sin parangón ante la menor expresión de pesimismo.

Por eso no abandona nunca y por eso reacciona así cuando el inspector Schwarz la provoca quejándose ostensiblemente del mal tiempo, del cansancio y de la falta de progresos en la búsqueda de Johan.

Jeanette Kihlberg está furiosa.

—¡Mierda! Lárgate, vete a tu casa, ¡aquí no sirves de nada!

Efecto seguro. Schwarz retrocede, con la cola entre las piernas, y Åhlund a su lado no las tiene todas consigo. El ataque de cólera hace que le duela la herida bajo el vendaje.

Jeanette se calma un poco, suspira y con un gesto despide a Schwarz.

—¿Lo has entendido? Estás dispensado de servicio hasta nueva orden.

—Venga, vamos…

Åhlund se lleva a Schwarz del brazo.

Tras unos pasos, se vuelve hacia Jeanette y hace un esfuerzo para adoptar un aspecto positivo.

—Iremos con los demás a Beckholmen, quizá allí podremos echar una mano.

—Ve tú, pero él no. Schwarz se va a casa. ¿Entendido?

Åhlund asiente con la cabeza en silencio y acto seguido Jeanette se encuentra sola.

Con profundas ojeras, muerta de frío, espera en la esquina del museo Vasa la llegada de Jens Hurtig, quien, al tener noticia de la desaparición de Johan, ha interrumpido de inmediato sus vacaciones para sumarse a la investigación.

Al ver aproximarse lentamente un poco más tarde el vehículo de policía sin distintivos, sabe que es él, acompañado por otra persona: un testigo que afirma haber visto a un chiquillo solo junto al agua la víspera al anochecer. Por la radio, Hurtig no le ha dado muchas esperanzas, pero aun así se aferra a ellas, pase lo que pase.

Trata de serenarse y de reconstruir la cronología de esas últimas horas.

Johan y Sofia desaparecieron, de golpe. Al cabo de media hora y con todas las de la ley hizo llamar a Johan por los altavoces del parque de atracciones y esperó en la entrada, muy nerviosa. Al menor indicio que le recordaba a Johan se precipitaba y siempre volvía con las manos vacías. Unos vigilantes llegaron justo antes de que los últimos estremecimientos de esperanza acabaran con ella y emprendieron juntos una búsqueda al azar. Encontraron entonces a Sofia tendida en el suelo en una de las calles, en medio de una aglomeración a través de la cual Jeanette se abrió paso a codazos. Aquel rostro del que unos instantes antes aguardaba la salvación reforzó, por el contrario, su inquietud y su incertidumbre. Sofia estaba trastornada y Jeanette dudaba incluso de que pudiera reconocerla, así que de ningún modo podría indicarle dónde se encontraba Johan. Jeanette no permaneció a su lado, tenía que seguir buscando.

Transcurrió media hora más hasta que contactó con sus colegas de la policía. Pero ni ella, ni la veintena de agentes que dragaron la bahía junto al parque de atracciones y organizaron una batida por Djurgården encontraron a Johan. Tampoco los vehículos que patrullaron por el centro de la ciudad con su descripción.

Y la llamada a la colaboración ciudadana a través de las radios locales no había dado resultado alguno hasta tres cuartos de hora antes.

Jeanette sabe que ha actuado correctamente. Pero como un robot. Un robot paralizado por sus sentimientos. La contradicción personificada. Dura, fría y racional por fuera pero guiada por impulsos caóticos. La cólera, el mosqueo, el miedo, la angustia, la confusión y la resignación experimentados a lo largo de la noche se funden en una masa indistinta.

El único sentimiento consistente es el de su insuficiencia.

Y no solo respecto a Johan.

Jeanette piensa en Sofia.

¿Cómo estará?

Jeanette la ha llamado varias veces, sin éxito. Si supiera algo de Johan habría llamado. ¿O bien necesita hacer acopio de fuerzas para decir lo que sabe?

Mierda, no le des más vueltas a eso, piensa tratando de dejar de lado lo impensable. Concéntrate.

El coche se detiene y sale Hurtig.

—Joder, eso no tiene buena pinta —dice él señalando su cabeza vendada.

Ella sabe que parece más grave de lo que es realmente. La herida causada por la botella se la han cosido allí mismo y la venda está manchada de sangre, al igual que su chaqueta y la camiseta.

—No te preocupes, no es nada —dice—. No tenías que anular tus vacaciones en Kvikkjokk por culpa mía.

Él se encoge de hombros.

—Déjate de bobadas. ¿Qué iba a hacer allí arriba? ¿Muñecos de nieve?

Por primera vez desde hace doce horas, Jeanette sonríe.

—¿Adónde habías llegado?

—Långsele. Solo he tenido que bajar al andén y pillar un autobús hacia el sur.

Un abrazo rápido. No hay nada que añadir, ella sabe que ha comprendido su profunda gratitud.

Abre la puerta y ayuda a la anciana a salir del coche. Hurtig le ha enseñado una foto de Johan: su testimonio es vago. Ni siquiera ha sido capaz de indicar el color de la ropa de Johan.

—¿Allí es donde le ha visto?

Jeanette señala la orilla pedregosa junto al embarcadero donde está amarrado el barco-faro Finngrund.

La anciana asiente con la cabeza temblando de frío.

—Estaba tumbado sobre las piedras, dormía y le he sacudido. ¡Mira qué bonito!, le he dicho. Borracho, tan joven y ya…

—Sí, sí —se impacienta Jeanette—. ¿Y ha dicho algo?

—No, solo ha gruñido. Si ha hablado, no le he entendido.

Hurtig saca dos fotos de Johan y se las muestra de nuevo.

—¿Y no está segura de que se trate de este chiquillo?

—Pues no, como le he dicho tiene el cabello del mismo color pero el rostro… Es difícil decirlo. Es que estaba borracho.

Jeanette suspira y luego los precede por el sendero que bordea el arenal. ¿Borracho? ¿Johan? ¡Menuda sandez!

Divisa Skeppsholmen, al otro lado, entre la bruma gris.

Joder, ¿cómo puede hacer tanto frío?

Desciende hasta la orilla y trepa por las rocas.

—¿Estaba aquí? ¿Está segura?

—Sí —afirma la anciana—. Más o menos ahí.

¿Más o menos?, piensa Jeanette, desanimada, al verla limpiar sus gruesas gafas con la manga del abrigo.

Siente que la desesperación se adueña de ella. Todo cuanto tienen es a una viejita que ni siquiera ve bien. Jeanette tiene que aceptar que es un testigo lamentable.

Se agacha, en busca de un rastro que pruebe la presencia de Johan. Una prenda, su bolsa, las llaves de casa. Cualquier cosa.

Pero solo ve rocas lisas, pulidas por las olas y la lluvia.

Hurtig se vuelve hacia la anciana.

—¿Y luego se ha marchado? ¿Hacia Junibacken?

—No… —La mujer saca un pañuelo del bolso y se suena ruidosamente—. Se ha marchado tambaleándose. Estaba tan borracho que apenas se tenía en pie…

Jeanette pierde los estribos.

—Pero ¿se ha marchado en esa dirección? ¿Hacia Junibacken?

La anciana menea la cabeza y se suena de nuevo.

En ese momento pasa un vehículo de emergencias de camino hacia el interior de la isla, a juzgar por la sirena.

—¿Otra falsa alarma? —pregunta Hurtig mirando el rostro tenso de Jeanette, que menea la cabeza, desanimada.

Es la tercera vez que oye la sirena de una ambulancia, y ninguna de las precedentes concernía a Johan.

—Voy a llamar a Mikkelsen —dice Jeanette.

—¿A la criminal? —exclama Hurtig, sorprendido.

—Sí. Para mí es el más apto para ocuparse de este tipo de casos.

Se pone en pie y regresa a grandes zancadas a la carretera.

—¿Un crimen de un menor, quieres decir? —Hurtig parece lamentar sus palabras—. Vamos, quiero decir, aún no sabemos de qué se trata…

—Tal vez no, pero sería un error no contemplar esa hipótesis. Mikkelsen ha coordinado la búsqueda en Beckholmen, Gröna Lund y Waldemarsudde.

Hurtig asiente y la mira, compadeciéndose.

Déjalo, piensa ella apartando la mirada. No quiero que te apiades de mí. O me voy a hundir.

—Voy a llamarle.

Al coger su móvil, Jeanette se da cuenta de que está muerto y, en el mismo instante, la radio comienza a chisporrotear en el coche de Hurtig, a una decena de metros.

Siente una opresión en el pecho, sabe qué significa.

Como si toda la sangre de su cuerpo le bajara a los tobillos y quisiera inmovilizarla en el suelo.

Han encontrado a Johan.

Hospital Karolinska

Los enfermeros creyeron que el chiquillo estaba muerto.

Lo encontraron cerca del viejo molino de Waldemarsudde, con la respiración y el pulso casi imperceptibles.

Sufría una hipotermia severa y saltaba a la vista que había vomitado varias veces durante esa noche de finales de verano inusualmente fría.

Temían que los jugos gástricos hubieran afectado a los pulmones.

Justo después de las diez, Jeanette Kihlberg subió a la ambulancia que conduciría a su hijo a los servicios de reanimación del hospital Karolinska de Solna.

La habitación está sumida en la oscuridad, pero el resplandor del débil sol de la tarde se abre paso entre las persianas y dibuja rayas naranjas sobre el torso desnudo de Johan. Con las pulsaciones de los pilotos del respirador artificial, Jeanette Kihlberg tiene la impresión de estar en un sueño.

Acaricia el dorso de la mano de su hijo y echa un vistazo a los instrumentos de medición que se hallan junto a la cama.

Su temperatura corporal se aproxima a la normal, un poco por debajo de treinta y seis grados.

Sabe que tenía mucho alcohol en la sangre: casi tres gramos al llegar al hospital.

No ha pegado ojo y siente que su cuerpo está embotado, y es incapaz de decir si el corazón que se desboca en su pecho late al mismo ritmo que en su sien. Le dan vueltas en la cabeza unos pensamientos que no reconoce, una mezcla de frustración, cólera, miedo, confusión y desánimo.

Ella era un ser racional. Hasta ese día.

Lo contempla allí tendido. Es la primera vez que su hijo está en el hospital. No, la segunda. La primera vez fue trece años atrás, al nacer. Entonces todo estaba en calma. Ella estaba tan bien preparada que anticipó la cesárea incluso antes de que los médicos tomaran la decisión.

Pero esta vez la han pillado completamente por sorpresa.

Aprieta su mano con más fuerza. Sigue estando fría, pero parece más relajado y respira apaciblemente. Y la habitación está en silencio. Solo se oye el ronroneo de las máquinas.

—Oye… —susurra, a sabiendas de que incluso inconsciente quizá pueda oírle—, creen que todo va a salir bien.

Interrumpe su intento de darle ánimos a Johan.

¿Lo «creen»? ¡Si no saben nada!

La llegada al hospital ha sido caótica. Lo primero que han hecho ha sido tumbar a Johan cabeza abajo para aspirarle las vías respiratorias.

Aspiración. Los jugos gástricos podían haber atacado las mucosas pulmonares.

En el peor de los casos.

Sus preguntas confusas, las explicaciones factuales pero vacías de los médicos.

Su cólera y su frustración siempre conducían a la misma pregunta: Joder, pero ¿cómo no saben nada?

Podían hablarle de monitorización cardíaca, de gas carbónico y de perfusión y explicarle cómo una sonda en el esófago controlaba la temperatura interna mientras la máquina corazón-pulmón trabajaba para estabilizarlo.

Podían hablar de hipotermia crítica, de los efectos en el cuerpo de una larga permanencia en el agua fría seguida de una noche de lluvia y fuerte viento.

Podían explicarle que, al dilatar las venas, el alcohol aceleraba la bajada de la temperatura y que al caer la glucemia aumentaba el riesgo de sufrir lesiones cerebrales.

Hablar, explicar.

Que creían que el peligro seguramente había pasado, que a primera vista la gasometría arterial y la radiografía pulmonar eran positivas.

¿Qué quería decir eso?

¿Gasometría arterial? ¿A primera vista? ¿El peligro seguramente había pasado?

Creen. Pero no saben nada.

Si Johan puede oír, ha oído todo lo que se ha dicho en esa habitación. No puede mentirle. Le acaricia la mejilla. Eso no es una mentira.

La llegada de Hurtig interrumpe sus pensamientos.

—¿Cómo está?

—Está vivo y saldrá de esta. Todo en orden, Jens. Vete a casa.

Bandhagen

Los rayos alcanzan la tierra alrededor de cien veces por segundo, lo que arroja un total de ocho millones de veces al día. La tormenta más violenta del año se abate esa noche sobre Estocolmo, y a las diez y veintidós cae un rayo en dos lugares a la vez: en Bandhagen, al sur de la ciudad, y cerca del hospital Karolinska, en Sona.

El inspector Jens Hurtig se encuentra en el aparcamiento y se dispone a regresar a su domicilio cuando le suena el teléfono. Antes de contestar, se instala al volante de su coche. Ve que es el comisario principal Dennis Billing y supone que quiere tener noticias.

Se coloca el auricular y responde.

—Hurtig al habla.

—Parece que habéis encontrado al chaval de Jeanette. ¿Cómo está?

El jefe parece inquieto.

—Duerme, y ella está a su lado. —Hurtig le da al contacto—. Gracias a Dios, parece que su vida no corre peligro.

—Muy bien, en ese caso seguramente volverá al trabajo dentro de unos días. —El comisario chasquea la lengua—. ¿Y tú cómo estás?

—¿A qué te refieres?

—¿Estás cansado o tienes fuerzas para ir a echar un vistazo a algo en Bandhagen?

—¿De qué se trata?

—Quiero decir que, puesto que Kihlberg no está disponible, tienes la oportunidad de estar en primera línea. Eso será bueno para tu expediente, ¿me explico?

—Te explicas perfectamente. —Jens Hurtig toma el acceso norte—. ¿Qué ha pasado?

—Han encontrado a una mujer muerta, quizá violada.

—Vale, voy para allá inmediatamente.

—Ese es el tempo que me gusta. Eres un gran tipo, Jens. Hasta mañana.

—De acuerdo.

—Y otra cosa… —El comisario principal Dennis Billing traga saliva—. Dile a Nenette que me parece muy normal que se quede unos días en casa cuidando de su hijo. Entre tú y yo, creo que tendría que ocuparse más de su familia. He oído decir que Åke la ha dejado.

—¿Qué quieres decir? —Las insinuaciones de su jefe comienzan a exasperar a Hurtig—. ¿Pretendes que le diga que se quede en casa porque consideras que una mujer no tendría que trabajar, que debería ocuparse de su marido y de sus hijos?

—Joder, Jens, olvídalo. Pensaba que tú y yo nos entendíamos y…

—Que los dos seamos tíos no significa que opinemos lo mismo.

—No, por supuesto. —El comisario principal suspira—. Solo pensaba que…

—Vale. Hasta luego.

Hurtig cuelga sin darle tiempo a Dennis Billing para embrollarse aún más.

En la salida hacia Solna, divisa el puerto deportivo de Pampas Marina y sus veleros atracados.

Un barco, se dice. Voy a comprarme un barco.

Llueve a mares sobre el campo de fútbol del instituto de Bandhagen. El inspector Jens Hurtig se cubre con la capucha de su chaquetón y cierra la puerta del coche. Reconoce el lugar.

Varias veces ha asistido allí a partidos en los que Jeanette jugaba en el equipo mixto de la policía. Recuerda su sorpresa al verla jugar tan bien, mejor incluso que la mayoría de los jugadores masculinos, la más creativa de todos en su papel de centrocampista. Era ella quien iniciaba los ataques cuando veía una ocasión de jugada.

Pudo constatar el impresionante reflejo de sus características de jefe en el terreno de juego. Con autoridad, pero sin machacar a los demás.

Cuando sus camaradas protestaron violentamente una decisión del árbitro, ella intervino para calmar la situación. E incluso el árbitro la escuchó.

Se pregunta cómo está. Por mucho que él no tenga hijos, ni intención de tenerlos, comprende lo duro que debe de ser para ella. ¿Quién la cuida ahora que Åke se ha ido?

Sabe que esos casos de los muchachos asesinados la han castigado mucho.

Y lo que le ha ocurrido a su hijo le hace desear ser para ella más que un simple ayudante. Un amigo, también.

Detesta las jerarquías, aunque a lo largo de toda su vida ha obedecido órdenes. Las personas no son ni mejores ni peores y, a fin de cuentas, todo depende solo de una cosa. Del dinero. Valemos lo que vale nuestra nómina.

Piensa en los muchachos sin identificar. Carecen de valor en la sociedad sueca. Están fuera del sistema. Pero un desaparecido siempre ha desaparecido para alguien.

La sociedad de clases no ha sido abolida, las clases solo han cambiado de nombre. Nobles, curas, burgueses y campesinos o clase alta y clase baja. Obreros y capitalistas.

Hombres y mujeres. Es lo mismo.

Hoy los moderados se proclaman el nuevo partido de los trabajadores, cuando en primer lugar defienden el bolsillo de los pudientes. En lo más bajo de la sociedad se encuentran los que ni siquiera tienen cartera. Los sin papeles.

Al aproximarse a los edificios que rodean el terreno de juego, Hurtig se deprime.

Allí le esperan Schwarz y Åhlund, a cobijo en el vestuario, y le indican que se reúna con ellos.

—¡Joder, menudo tiempo de mierda!

Hurtig se enjuga los ojos.

Un rayo ilumina el cielo y se sobresalta.

—¿Tienes miedo de la tormenta, jefecillo?

Schwarz le da un puñetazo amistoso en el brazo, sonriendo.

—¿Qué ha pasado?

Åhlund se encoge de hombros.

—Tenemos una mujer muerta, sin duda violada antes de ser asesinada. De momento no se puede ver gran cosa, pero los chicos están instalando una carpa. Tenemos que esperar.

Hurtig asiente con la cabeza y se ajusta la chaqueta. Ve los grandes proyectores que rodean el campo de fútbol y piensa en enviar a alguien a buscar al conserje para que los encienda. Pero no, eso solo traería problemas. Los periodistas a buen seguro han oído el mensaje de alerta en la frecuencia de la policía y no tardarán en llegar. Y no es el mejor momento para organizar un alboroto. Lo mejor será resolver la situación con la mayor discreción posible.

—¿Quién va a venir? No será Rydén, ¿verdad?

Åhlund menea la cabeza.

—No, Billing ha dicho que vendría Ivo Andrić, puesto que ya hemos trabajado con él.

—¿No estaba de vacaciones?

La última vez que Hurtig habló con el forense bosnio, le dijo que después del caso de los muchachos asesinados iba a tomarse unas merecidas vacaciones.

Ivo Andrić se había tomado como un fracaso personal el hecho de que se archivara el caso.

—No, no lo creo. —Åhlund saca un paquete de chicles—. En cambio, he oído que presentó su dimisión cuando nos obligaron a abandonar el caso. Joder, a veces pienso que tendríamos que haber hecho lo mismo. ¿Queréis?

Ofrece los chicles.

Hurtig experimentó el mismo desánimo y la misma resignación.

La orden había llegado de arriba y comprendió que tenían que abandonar la investigación porque eran refugiados ilegales. Chiquillos sin identidad, a los que nadie reclamaba, y por esa razón menos importantes que si se hubiera tratado de rubitos de ojos azules de Mörby o Bromma. Menudos cabrones, se dijo. Una pandilla de tarados emocionales.

Aunque no se lograra dar con el asesino, por lo menos podían devolverles sus nombres. Pero todo eso costaba dinero, y esos niños no significaban nada para nadie.

Persona non grata.

La dignidad de la persona humana es un concepto de geometría variable.

Hurtig va a la pequeña carpa blanca de la policía científica para saber si hay noticias y regresa con un gesto de impotencia en el momento en que un violento rayo baña el campo de fútbol con un resplandor blanco.

Se pone el abrigo y frunce el ceño: no está tranquilo.

—Andrić está al caer y, según los técnicos, todo está claro. Tienen la situación controlada. Tendremos las primeras conclusiones dentro de unas horas.

—¿Qué significa que todo está claro? —pregunta Schwarz, desconcertado.

—Ya han identificado a la mujer. Tenía a su lado el bolso con su documentación. Según su permiso de conducir, se llama Elisabeth Karlsson. Todo parece indicar que fue violada antes de que la mataran. Pero Andrić podrá confirmarnos eso. —Hurtig se frota las manos heladas—. Los técnicos están haciendo su trabajo, dos patrullas caninas están rastreando toda la zona y en comisaría ya están buscando a algún familiar al que contactar. ¿Qué queda por hacer?

—¿Vamos a tomar un café?

Schwarz se dirige sin titubear hacia el coche.

El agua de la lluvia vomitada por los desagües forma grandes charcos en el suelo.

¿Cómo demonios lo hace?, se pregunta Hurtig siguiendo sus pasos.

Bandhagen

Al entrar en el aparcamiento del instituto de Bandhagen, Ivo Andrić ve a Hurtig, Schwarz y Åhlund. Se disponen a marcharse en un coche de policía. Responde a Hurtig, que le saluda con la mano, y acto seguido aparca junto al gran edificio de ladrillo.

Antes de salir del coche, Andrić contempla el amplio campo de fútbol oscuro y encharcado. A un lado, la pequeña carpa de la policía científica, al otro una triste portería de fútbol abandonada, con la red rota. Llueve a cántaros y no parece que vaya a amainar: tiene intención de permanecer resguardado tanto tiempo como sea posible. Se siente cansado y en el fondo se pregunta qué está haciendo allí. Sabe que muchos le consideran uno de los mejores forenses del país, pero con su experiencia adquirida en el extranjero podrían confiarle otras misiones.

En el extranjero, se dice. En Bosnia. Antaño fue su país.

Y allí está, derrotado por la fatiga y con legañas en los ojos. Piensa en los últimos acontecimientos, en esos casos de muchachos asesinados.

Encontraron al primero entre unos matorrales junto a la boca del metro de Thorildsplan, casi momificado.

Luego el bielorruso de la isla de Svartsjö, al que siguió el chiquillo embalsamado junto a la pista de petanca de Danvikstull. Los tres habían sido golpeados con enorme violencia.

Y finalmente Samuel Bai, el niño soldado al que encontraron ahorcado en un desván de la zona del Monumento, cerca de Skanstull.

Durante varias semanas del verano esos cuatro casos le habían ocupado todo su tiempo e Ivo Andrić sigue convencido de que se trata de un solo y único asesino.

La investigación estuvo en manos de Jeanette Kihlberg. Nada tenía que decir acerca de ella: había hecho un buen trabajo, pero la investigación estuvo plagada de errores y negligencias y se saldó al cabo de unas semanas con un resultado nulo.

El comisario principal y el fiscal no hicieron su trabajo y los peces gordos sospechosos mintieron sobre su coartada. La ausencia de energía que había detectado y la negativa a poner en marcha los medios disponibles acabó con sus últimas ilusiones y destruyó por completo su confianza ya vacilante en el Estado de derecho.

Cuando el fiscal archivó el caso, se quedó atónito.

Ivo Andrić se cierra la chaqueta y se cubre con su gorra de béisbol. Abre la puerta, sale bajo la lluvia torrencial y corre hacia el escenario del crimen.

Elisabeth Karlsson está tumbada de lado, sobre la gravilla húmeda junto al campo de fútbol, con el brazo izquierdo formando un ángulo tan poco natural que sin duda está roto. No hay otras heridas aparentes.

Ivo Andrić lleva a cabo las constataciones habituales en el lugar del crimen. La mujer ha sido víctima de una agresión sexual, pero habrá que aguardar a estar al abrigo en el Instituto de Medicina Legal de Solna para determinar la causa de la muerte. Da la orden de transportar el cadáver y unos enfermeros lo embalan en una bolsa de plástico gris.

Ivo Andrić regresa a su coche a paso rápido.

Se le ha ocurrido una idea que quiere verificar lo antes posible.

Vita Bergen

Sofia Zetterlund tiene grandes lagunas en su memoria. Unos agujeros en sus sueños o durante sus interminables paseos. A veces, el agujero se amplía cuando huele un perfume o cuando alguien la mira de determinada forma. Hay unas imágenes que se reconstituyen cuando oye unos zuecos sobre la grava o ve una silueta de espaldas en la calle. Entonces es como si un tornado se adentrara irremediablemente a través de ese punto que ella denomina «yo». Sabe que ha vivido algo innombrable.

Había una vez una chiquilla que se llamaba Victoria. Cuando cumplió tres años, su padre construyó dentro de ella una habitación. Una habitación desierta y helada donde solo había dolor. Con los años, la habitación se rodeó de sólidas paredes de pena, se pavimentó con deseo de venganza y se cubrió con un grueso techo de odio.

La habitación era tan hermética que Victoria nunca pudo huir de ella.

Allí se encuentra hoy.

No he sido yo, piensa Sofia. No ha sido culpa mía. Al despertar, su primer sentimiento es de culpabilidad. Todo su cuerpo está dispuesto a huir, a defenderse.

Se incorpora, tiende la mano hacia la caja de paroxetina y se traga dos comprimidos con saliva. Se deja caer de nuevo sobre la almohada y espera a que la voz de Victoria se calle. No completamente, eso no lo hace nunca, pero sí lo suficiente como para que pueda oírse a sí misma.

Oír la voluntad de Sofia.

Pero ¿qué ha pasado?

Recuerdos de olores. Palomitas de maíz, gravilla mojada. Tierra.

Quisieron llevarla al hospital, pero ella se negó.

Luego ya nada más. La oscuridad absoluta. No recuerda haber regresado al apartamento y menos aún cómo volvió de Gröna Lund.

¿Qué hora debe de ser?

El móvil está sobre la mesilla de noche. Un Nokia, un viejo modelo, el teléfono de Victoria Bergman. Se va a deshacer de él. Es el último vínculo con su antigua vi ...