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TRECE MONOS

César Mallorquí

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Fragmento

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He aquí el esperadísimo retorno de un autor que en realidad no se había ido. O el sorprendente cambio de registro de un escritor de cabecera. O una recopilación de relatos de alguien que lleva la creación literaria en la sangre.

Para los lectores ultraespecializados en literatura fantástica, el tan cacareado fandom, César Mallorquí fue ese señor que consagró la primera mitad de la década de 1990 a ganar todos los premios habidos y por haber, dejó constancia de ello en una recopilación modélica, El círculo de Jericó, y desapareció de la escena de una manera gradual: primero, con algún relato esporádico; después, con alguno de sus ensayos, nunca suficientemente valorados; y más tarde, atrincherado en su brillante blog La fraternidad de Babel. Fin de la historia, al menos para los lectores frikis… hasta ahora, claro está.

Sin embargo, para los lectores curtidos de novela juvenil (que, por lo general, son los hijos de los lectores ultraespecializados en literatura fantástica), César Mallorquí es ese señor que surgió de la nada durante la segunda mitad de la década de 1990, momento a partir del cual se dedicó a ganar todos los premios habidos y por haber, dejó a su paso un reguero de magníficas novelas como La catedral, La cruz de El Dorado, La mansión Dax o La isla de Bowen, y ahora, vaya usted a saber por qué, se descuelga con una recopilación de cuentos frikis.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Llegados a este punto, seguro que tercian los lectores de literatura general, que suelen ser completamente ajenos tanto a la literatura fantástica (de cuyos lectores suelen ser los padres) como a la juvenil (que son esas cosas que leen sus nietos). Ya saben, gente que creció leyendo las novelas del Coyote, de José Mallorquí, o la mítica revista La Codorniz, o que conoce a nuestro autor por novelas como El juego de Caín o El juego de los herejes, y no deja de recordárselo a los dos grupos de lectores descritos en los párrafos precedentes.

Retengamos este concepto. Hay tres generaciones de lectores que, por motivos diferentes, conocen a César Mallorquí: los padres, por lo que escribía su padre o por sus novelas adultas; los hijos, por esos gloriosos cinco o seis años que le regaló a la ciencia ficción española; y los nietos, por una docena larga de novelas juveniles.

Pero las cosas como son: Fantascy está especializado en literatura fantástica, y vamos a ceñirnos al Mallorquí que escribe ciencia ficción, fantasía y terror. Damos por supuesto que el lector tipo de este sello pertenece al segundo grupo, si bien es cierto que el mundillo de los aficionados, el fandom, ha crecido de manera notable en los últimos diecinueve años, la mayoría de sus integrantes no estaban allí durante el boom de la década de 1990, y es harto probable que no estén familiarizados con las obras adultas de ciencia ficción y fantasía de César Mallorquí. De hecho, lo más probable es que la división por generaciones que acabo de establecer sea una tontería monumental, una falacia forzada por el intento de contextualizar y periodizar la obra de Mallorquí, y justificar cuán oportuno es el libro que nos ocupa. A estas alturas de la introducción, y después de tres referencias a la manera en que el autor revolucionó la ciencia ficción española de la década de 1990, lo mejor será que hagamos un poco de historia, porque de otro modo no podríamos entender esta recopilación en su justa medida. Retrocedamos algo más de veinte años.

Estamos en la segunda mitad de 1991. Es un año importante en el mundo real, no sólo porque Nirvana, Massive Attack, My Bloody Valentine, Primal Scream y U2 inventaron el sonido del siglo XXI en sus álbumes Nevermind, Blue Lines, Loveless, Screamadelica y Achtung Baby, sino porque significa el fin de la Unión Soviética y, con él, el cerrojazo definitivo a la Guerra Fría, la política de bloques y la ilusión de que podía existir algún tipo de contrapeso al capital y el neoliberalismo. Amparado en el nuevo orden mundial que se barruntaba en el horizonte, Estados Unidos lleva la guerra del Golfo a una curiosa fusión de conflicto bélico y videojuego llamada Operación Tormenta del Desierto.

Mientras sucede todo esto, César Mallorquí está cada vez más hastiado de su trabajo de creativo publicitario. Ha crecido leyendo todo lo que hoy llamaríamos «literatura popular», cuyo máximo exponente en España es su padre, José Mallorquí. En concreto, le gustan la novela de aventuras y la ciencia ficción, aunque sus años en la facultad de Periodismo y como guionista radiofónico y televisivo han ensanchado de manera notable sus referentes culturales. Lo mismo devora a Cordwainer Smith que a James George Frazer, a Julio Verne que a Robert Graves, a Clifford D. Simak que a Jorge Luis Borges. Pero echa de menos la escritura de ficción, que lleva casi veinte años sin cultivar. Cierto, había publicado algún relato cuando apenas contaba quince años, pero aquello queda muy lejos. Escribe entonces un cuento de título llamativo, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)», que está narrado casi casi en clave transrealista. Es una obra de ciencia ficción protagonizada por un gitano del Sacromonte, Gedeón Montoya, que adquiere el don de la omnisciencia después de que su cerebro de recién nacido se interponga en la trayectoria de un rayo de luz cargado de información que una inteligencia superior ha lanzado al espacio. Cuando crece, se embarca en una búsqueda que lo lleva hasta un Stonehenge de ensueño y a su amada reina Ginebra. Mallorquí lee la convocatoria de la primera edición de un certamen literario cuyo nombre le llama la atención: Aznar. Es un homenaje a la saga de los Aznar, la serie de bolsilibros que Pascual Enguídanos había escrito bajo el seudónimo de George H. White durante las décadas de 1950 y 1970, la culminación de la llamada «novela de a duro». Convoca la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF), y se entregará en el transcurso de la HispaCon (convención española del género) del mes de diciembre, lo cual le llama asimismo la atención. Mallorquí ha mamado la ciencia ficción desde pequeñito gracias a su padre (autor de la serie Futuro, protagonizada por el capitán Pablo Rido) y a su hermano mayor, José Carlos (lector compulsivo del género). También había asistido a algunas de las HispaCon de la década de 1970, aquellas en las que lo mismo tocaban en directo unos primerizos Radio Futura que daba una conferencia Fernando Savater. Los primeros años de la década de 1980 habían sido perniciosos para un fandom que en ningún momento dejó de estar bajo mínimos. Pero lo que percibe Mallorquí en 1991 es poco menos que un cambio de ciclo y la señal de que las cosas se están reactivando. Vuelve a haber convenciones nacionales, resurge el fenómeno asociativo y, lo que más le importa en aquel momento, se convoca un premio de relatos y él acaba de escribir uno. Lo envía al concurso…

… y gana por unanimidad del jurado. «El mensaje perdido» se publica en el combozine de la HispaCon, que tiene una tirada reducidísima pero suficiente como para poner a Mallorquí en boca de todos los que estábamos en el ajo. Su aproximación al género, a medio camino entre el mito artúrico y la antropología, entre el delirio nuevaolero y el casticismo más cañí, entre la New Age y el estructuralismo, entre Enya y Los Chunguitos, conectó con las inquietudes temáticas y estilísticas de aquel fandom renaciente. La puesta en escena era espectacular, el personaje de Gedeón Montoya se hacía querer y, en definitiva, el cuento se convirtió en un clásico instantáneo entre los connoisseurs.

Y lo mejor estaba por venir.

El ambiente que se respiraba en el fandom a finales de 1991 era de franco optimismo. Internet estaba en pañales, pero había puesto en contacto a varios aficionados gracias a la BBS El libro de arena; fue el germen del fanzine BEM, que habría de marcar el paso durante la primera mitad de la década. Además, la librería Gigamesh de Alejo Cuervo había organizado una expedición a La Haya, donde se celebraba la convención mundial de ciencia ficción (WorldCon) de 1990, y estaba a punto de reconvertir el fanzine homónimo en revista profesional. Miquel Barceló había convencido a la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) para que patrocinase un premio de novela corta de ciencia ficción, el mejor dotado del mundo en esta extensión, con un millón de pesetas. El palmarés de la primera edición simbolizaba el pasado, el presente y el futuro del género: Ángel Torres Quesada, Rafael Marín y Javier Negrete. BEM había comenzado a publicar relatos de autores españoles, y se estrenaba con una historia que se estaba granjeando la consideración de clásico instantáneo: «La estrella», de Elia Barceló. Ganó el primer premio Ignotus de la AEFCF.

Dado que Mallorquí no pudo asistir a la HispaCon de Barcelona, se le entregó el premio Aznar en un acto celebrado en los sótanos de la librería madrileña El Aventurero en marzo de 1992. Fue la carta de presentación oficiosa y oficial de la AEFCF, pero también de la tertulia de literatura fantástica de Madrid, la TerMa. Mallorquí se abonó a ella, y se pasó media década frecuentando, jueves sí y jueves también (cuando la escritura se lo permitía), la cafetería Alameda, el restaurante chino Kindu y los más diversos bares de la calle Barquillo, donde, todo hay que decirlo, nos machacaba al futbolín siempre que tenía ocasión. Su imponente presencia física (más de metro noventa, barba profética, vozarrón atemorizante) contrastaba con el estereotipo de los frikis gorditos con gafas al que nos ajustábamos casi todos los contertulios. Nos pasábamos las horas oyéndolo hablar de guiones de anuncios de detergente que nunca llegaron a hacerse (por irreverentes), de historias que tenía escritas y no le apetecía dar a conocer (llegó a circular, prácticamente de extranjis, cierto pastiche de fantasía heroica protagonizado por un tal Canon el Animal y una tal princesa Minolta), de los relatos que sí estaba escribiendo o de los libros que estaba leyendo.

(Un inciso personal, y les juro que será el único. Hay una anécdota que define el choque generacional que he descrito más arriba. Todos los jueves, cuando me disponía a salir de casa con rumbo a la tertulia, mi madre insistía en que le recordase a César que ella era lectora empedernida de las novelas de Dos hombres buenos que había escrito su padre. Mi tía aprovechaba también para hacer comentarios del tipo «Pues el muchacho estará muy crecido». No podía evitar reírme y recordarle que sí, que «el muchacho» medía casi dos metros y tenía dos hijos. Fin del inciso.)

La tertulia sirvió para poner en contacto físico a los aficionados y escritores madrileños. Allí confluyeron autores, editores y lectores, se intercambiaron ideas, surgieron proyectos y, sobre todo, se comentaron los relatos y ensayos que los contertulios íbamos escribiendo.

Comenzaron a proliferar los fanzines, las tertulias y los premios. A medida que avanzaba el emblemático año 1992, se confirmó que habían vuelto las vacas gordas. Todavía no se hablaba abiertamente de un «boom de la ciencia ficción española», aunque, veinte años después, parece bastante claro que existió. A pesar de la bonanza, Mallorquí expuso los claroscuros del género en una serie de artículos muy heterodoxos que llevaban títulos tan ilustrativos como «¿Existe la ciencia ficción?, o qué hacer cuando tu novia del alma se mete a puta», y que se apartaban del discurso autocomplaciente que imperaba en aquellos momentos.

Tras ganar el premio Aznar, Mallorquí probó suerte en el segundo certamen más importante del escalafón español de la ciencia ficción de la época, por dotación y extensión: el Alberto Magno, convocado por la Universidad del País Vasco (UPV). Se llevó el primer premio con uno de sus mejores relatos, «La pared de hielo», una historia de ciencia ficción dura en la que se mezclan mesianismo, manipulación genética, cereales para el desayuno y el fin del mundo tal y como lo conocemos. Apareció unos meses después, ya en 1993, en el número 3 de Cyber Fantasy, la revista que editaba Alberto Santos y que canalizaba de manera extraoficial todo el talento narrativo surgido en torno a la TerMa.

Por lógica, el siguiente paso de la carrera de Mallorquí debía ser el premio más importante del grand slam, el UPC. Recuperó a Gedeón Montoya, el protagonista de «El mensaje perdido», y lo embarcó en una aventura mucho más delirante: La vara de hierro. Sin embargo, tuvo que conformarse con una mención del jurado. Miquel Barceló, factótum del premio UPC, lo resarció editándolo como número 1 de la efímera colección Quaderns UPCF.

En 1993, César Mallorquí fue más allá y presentó originales a los cuatro premios que conformaban el ya mencionado grand slam.

Venció en el Domingo Santos (el premio que convocan las HispaCon) con «Materia oscura», una divertida historia sobre un antropólogo encallado en la selva amazónica y desquiciado por la aparente pasividad de los nativos, que literalmente no hacen otra cosa que mirar las estrellas, embobados. Se publicó en el fanzine BEM, al igual que el que tal vez sea su mejor relato y, de paso, uno de los cuatro o cinco mejores de toda la historia de la ciencia ficción española; en opinión de quien escribe estas páginas, el mejor.

«El rebaño» es una emocionante historia de ciencia ficción pastoral (en todos los sentidos del término) protagonizada por un perro pastor alsaciano y un satélite espía, que constituyen los herederos de una humanidad extinguida por una pandemia. No ha hecho sino ganar con el tiempo.

Pero Mallorquí también podía perder concursos. «El hombre dormido» obtuvo el segundo premio en esa edición del Alberto Magno, y «El escritor, la muerte y el demonio» quedó finalista en la última edición del premio Aznar que gestionaba la AEFCF.

En cuanto al UPC, Mallorquí repitió mención del jurado, en esta ocasión con la preciosa «La casa del doctor Pétalo», una historia ambientada en su Barcelona natal y que podríamos considerar su mejor novela corta y, de paso (y discúlpenme por el déjà vu que van a tener cuando lean el resto de este inciso), una de las cuatro o cinco mejores novelas cortas de toda la historia de la ciencia ficción española; en opinión de quien esto escribe, la mejor.

Visto en perspectiva, no cabe duda de que 1993 fue el año de César Mallorquí en el fandom: tres de los textos ya mencionados (La vara de hierro, «La pared de hielo» y «Materia oscura») fueron finalistas de la edición de 1994 de los premios Ignotus. Aunque el galardón se lo llevó Estado crepuscular, de Javier Negrete, sigue siendo el único autor que ha colocado tres finalistas de cinco posibles en cualquiera de las categorías de ficción de los premios Ignotus.

A continuación, Mallorquí echó el freno. En 1994 se publicaron sus relatos finalistas del Aznar y el Domingo Santos (ambos en la revista Cyber Fantasy) y comenzó a publicar reseñas en el fanzine Núcleo Ubik y en Gigamesh. Hay que esperar hasta 1995 para ver plasmada, por partida doble, la recompensa a quien ha marcado el paso de la ciencia ficción española durante la primera mitad de la década de 1990.

Por un lado, apareció un recopilatorio con todos los relatos ya mencionados: El círculo de Jericó. «La casa del doctor Pétalo» se llevó el premio Gigamesh al año siguiente, y El círculo de Jericó abrió la veda de las recopilaciones de relatos de los autores del boom de la década de 1990, esos León Arsenal, Armando Boix, Daniel Mares, Rafael Marín, Rodolfo Martínez, Ramón Muñoz o Félix J. Palma.

Por otro lado, Mallorquí completó el grand slam (y es el único autor que lo ha conseguido) al ganar por fin el premio UPC con «El coleccionista de sellos», que también se llevaría el premio Gigamesh. Se trata de una ucronía ambientada en un Madrid paralelo en el que la República está a punto de ganar la Guerra Civil debido a la muerte de Franco en un atentado y a la derrota de los nacionales en la batalla del Ebro.

Llegados a este punto, César Mallorquí dejó de publicar relatos, con la única excepción de un cuento de repertorio, «Las cebollas de Lezama», que apareció en 1996. ¿El motivo? La novela juvenil, terreno en el que apenas tenía experiencia previa y al que, por lo tanto, llegó sin prejuicios, con dos únicas premisas por bandera: escribir para entretener y no bajar el listón literario por el hecho de estar escribiendo para jóvenes. Envió El último trabajo del señor Luna al premio Edebé de 1997. Lo ganó. Al año siguiente publicó La fraternidad de Eihwaz, una novela juvenil con elemento fantástico, nazis malos y protagonista un tanto descocada. (Les aseguro que en 1998 no era habitual leer que una adolescente enseñaba el sujetador para despistar a los villanos.) En este sentido, Mallorquí le preparó el terreno a la generación del boom de la década de 1990, que no tardó en descubrir otro fandom paralelo, mucho más agradecido que el friki. Así, a lo largo de los siguientes años, Elia Barceló, Armando Boix, José Antonio Cotrina, Javier Negrete o Susana Vallejo se hicieron fijos en los palmareses de los grandes premios del género.

Sin llegar a ser una desbandada, el camino de salida que señaló César Mallorquí tenía una lectura inequívoca: los escritores de la generación del boom eran demasiado valiosos como para encasillarse, y autores como Juan Miguel Aguilera, León Arsenal, Elia Barceló, Rafael Marín, Javier Negrete o Félix J. Palma dieron el salto a otros géneros y otros mercados, con suerte desigual.

Aun así, Mallorquí se permitió un fugaz regreso al fandom. Fugaz, pero muy fructífero.

Ya hemos visto que el relato de César Mallorquí que ganó el premio Aznar en 1991 fue uno de los detonantes del boom de la década de 1990. En aquel momento era un concurso de relatos inéditos que convocaba la AEFCF. No obstante, la segunda junta de la asociación decidió desvincularse de él y pasó a gestionarlo la tertulia de literatura fantástica de Madrid, la TerMa. Por motivos legales hubo que cambiarle el nombre, y se rebautizó como Pablo Rido, en homenaje al protagonista de la serie Futuro, que, como ya hemos visto, había escrito José Mallorquí, el padre de César.

El premio era demasiado apetitoso como para dejarlo pasar, de modo que la participación se duplicó y el nivel acabó siendo el más elevado de las dieciséis ediciones del certamen. Comenzó a hacer fortuna el sobrenombre de «Rido de las Estrellas», un guiño a la «Liga de las Estrellas» en que se había convertido el campeonato nacional de fútbol.

Una vez que se hubieron dado a conocer los finalistas, hubo que añadir un nuevo motivo para el morbo: cuatro de los cinco relatos habían sido escritos por autores ya galardonados con el Aznar o el Rido, por lo que existía un ochenta por ciento de probabilidades de que se produjera el primer doblete de la historia del certamen…

… que, por supuesto, se llevó César Mallorquí con «El decimoquinto movimiento», el relato que abre esta recopilación. No es difícil imaginarse cuánto debió de disfrutar el autor en la cena de entrega. No sólo ganaba por segunda vez, sino que se llevaba un premio llamado como una creación de su padre.

«El decimoquinto movimiento» se publicó en la revista Gigamesh y ganó el premio Ignotus, concedido por los socios de la AEFCF y los asistentes a las HispaCon. Aquél fue el primer (y, hasta el momento, único) Ignotus de la carrera del autor. Y, no menos importante, fue el último relato de género fantástico que César Mallorquí publicó en revistas o colecciones especializadas. En cierto modo, se trató del apéndice inédito de El círculo de Jericó, un magnífico cuento que corría el riesgo de no reeditarse… hasta la publicación del recopilatorio que el lector tiene en sus manos. Después de «El decimoquinto movimiento», Mallorquí sólo se dejó leer en las páginas de Gigamesh para publicar ensayos o reseñas puntuales.

El hecho de que César Mallorquí abandonara el fandom y las colecciones especializadas no significó que dejase el género fantástico. Es cierto que consagró la primera década del nuevo milenio a la literatura juvenil, hasta el punto de convertirse en uno de sus puntales, pero algunas de esas novelas juveniles (como La catedral, La puerta de Agartha o La caligrafía secreta) eran declaradamente de género fantástico. Los lectores que lo seguíamos desde la década de 1990 nos acercábamos a su obra de manera ocasional, sobre todo cuando recibía algún premio (La catedral se llevó el Gran Angular, y La cruz de El Dorado y Las lágrimas de Shiva, el Edebé) o nos encargaban reseñar alguna de sus novelas. Si queríamos leer algún relato suyo de ciencia ficción, sólo nos quedaba encomendarnos al boca a boca, la suerte o la prensa escrita.

En efecto, no debimos de ser pocos los frikis que abrimos las páginas de El País el 4 de septiembre de 2002 y nos encontramos, boquiabiertos, con un relato breve de César: «Virus». Se celebraba el Año Gaudí, es decir, el centésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento del genial arquitecto reusense. La inclusión de un relato de Mallorquí en el sumario de aquella edición de El País no parecía casual. El autor nació en Barcelona, y el que tal vez sea su mejor trabajo, la novela corta «La casa del doctor Pétalo», tiene como trasfondo (y razón de ser argumental y narrativa) la arquitectura modernista barcelonesa. La premisa es ocurrente. Después de que un tranvía atropelle a Antoni Gaudí en 1926, éste despierta y oye la voz de Dios, que lo conmina a realizar un templo para mayor gloria suya, capaz de albergar a cien mil personas. Pero sus modificaciones son caprichosas. Le exige que quite torres y techo, y que elimine los símbolos cristianos. Lo que parecía una versión mejorada de la Sagrada Familia acaba convirtiéndose en algo irreconocible, para desesperación de Gaudí.

Los nuevos relatos de ciencia ficción de César Mallorquí aparecían fuera del circuito especializado español, como si nos quisiera despistar a los aficionados completistas. De hecho, en ocasiones no se publicaban en España, sino en Alemania. En efecto, el autor alemán Andreas Eschbach recopiló en 2004 una antología, Eine Trillion Euro, centrada en el impacto del euro sobre la cultura y la mentalidad de los habitantes de la Unión Europea. El reparto era de campanillas, ya que aparecían prácticamente todos los autores europeos de primera fila. César aportó un cuento, «El muro de un trillón de euros», que ahora pueden leer por primera vez en papel en español. El tono es más lúgubre que de costumbre, y marca algunas tendencias que veremos en esta recopilación: la omnipresencia de la muerte y la enfermedad, la pérdida definitiva de la fe en el futuro de la humanidad, y la serena asunción de que el mundo pertenece a los egoístas. En un futuro no muy lejano, la gente puede vivir hasta doscientos años. Europa es un gueto elitista cuya existencia se basa en la Línea Charleroy, un muro de contención que la aísla del Tercer Mundo. En una colonia residencial situada entre Marbella y Estepona, Costa Dorada, viven muchos alemanes centenarios cuyos cuerpos permanecen jóvenes gracias a una terapia carísima, el tratamiento Bartov. Consagran la vida a recrear sus momentos favoritos en salas de realidad virtual. El punto de inflexión lo marca la llegada del nuevo médico, Daniel Mombé, una persona de raza negra que despierta recelos entre los clientes alemanes y, sobre todo, el único español, Pepe Carmona, un energúmeno con modales fascistas.

A medida que avanzaba el nuevo milenio, Mallorquí se mostraba más preocupado por experimentar con nuevas temáticas. En 2008 publicó la primera de las novelas policíacas protagonizadas por la detective y ama de casa Carmen Hidalgo, El juego de Caín, a la que siguió, dos años después, El juego de los herejes. Pero también se embarcó en la búsqueda de nuevos formatos narrativos. A finales de 2005 irrumpió con fuerza en internet gracias a su impagable blog La fraternidad de Babel (<http://fraternidadbabel.blogspot.com.es>), uno de los más intensos y personales que se pueden leer en la blogosfera. Desde el mismo comienzo de su andadura bloguera, Mallorquí instauró la sana costumbre de regalarles a los lectores un cuento navideño todos los años: «El jardín prohibido» (2005), «El regalo» (2006), «Piel de carbón» (2007), «Ensayo general» (2008), «El secreto de madame Ishtar» (2009), «El ángel y la señora Monroy» (2010), «Todos los pequeños pecados» (2011), «Supernavidad» (2012), «Embajada de buena voluntad» (2013) y «Nochebuena en Kaluvalula» (2014). No todos son fantásticos. No todos aparecen en esta recopilación. Todos ellos son recomendables, y nos hablan de un César Mallorquí dispuesto a compartir su universo personal y narrativo con los fieles lectores del blog, una tradición navideña tan arraigada ya como la lotería o los anuncios de bebidas espumosas.

Pero ¡un momento!, llegó la nueva década y comenzó a dar la impresión de que César Mallorquí estaba recuperando el interés por la ciencia ficción y se esforzaba por reincorporarse al circuito de publicaciones, que ya no tenía nada que ver con aquel fandom que había conocido veinte años antes. Apenas existían los fanzines y revistas en papel, pero sobrevivían casi todos los premios literarios que había ganado en la década de 1990, excepto el Pablo Rido. Se presentó al UPC de 2012 y quedó en segundo lugar con una obra muy potente, «Naturaleza humana», que cierra el presente volumen y que nos remite al César Mallorquí escritor de ciencia ficción pura de la época del boom, aunque con una salvedad. El Mallorquí de la década de 1990 siempre ambientaba sus relatos de ciencia ficción en el presente, y la acción de «Naturaleza humana» transcurre en el siglo XXIII. Se aprecia el mismo gusto por los clásicos, por las tramas bien contadas y escritas con un estilo agradable de leer, y se acentúa el pesimismo existencial. Pocos relatos de Mallorquí dejan traslucir tanto desencanto con respecto a la especie humana como éste. También son pocos los relatos de Mallorquí (o de la ciencia ficción española, en general) que contienen tal densidad de referencias a los clásicos de la ciencia ficción bélica y distópica, de la que parece un auténtico compendio. Hay una influencia insoslayable del 1984 de George Orwell y de La guerra interminable de Joe Haldeman, de El juego de Ender de Orson Scott Card o de La penúltima verdad de Philip K. Dick. También hay un homenaje evidente a Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester, una de las novelas fetiche del autor (las naves Vorga). Incluso se pueden detectar homenajes a la película Blade Runner, de Ridley Scott, y una vena temática que podría recordar a la película Prometheus (también de Ridley Scott), pero con un enfoque mucho más inteligente. La búsqueda que llevan a cabo Cecilia y el capitán Sumaye exuda sentido de la maravilla y desesperación a partes iguales. Pero también simboliza el regreso de César Mallorquí a la primera línea de los escritores españoles de ciencia ficción publicados en colecciones especializadas. Su mezcla de ciencia ficción bélica y de retrato de un futuro distópico, así como su indudable buena factura literaria, la convierten en una de las novelas cortas más importantes del año 2014.

Desaparecidas las revistas y los fanzines, las antologías temáticas parecían el mejor escaparate para publicar relatos inéditos. Mallorquí se dejó tentar en un homenaje a Charles Dickens, aprovechando el bicentenario de su nacimiento. De este modo pudo experimentar con la ficción humorística. El sentido del humor desbordante y la socarronería de César Mallorquí son casi proverbiales, como puede acreditar cualquiera que haya tratado con él en persona o por correo electrónico, pero hasta ese momento no se había adentrado en la literatura humorística pura y dura; además, con una premisa obligatoria: debía estar ambientado en la pensión de Casa desolada, una de las obras clave de Dickens. De este modo, «Cuento de verano», su aportación a Bleak House Inn. Diez huéspedes en casa de Dickens, desborda humor y mala leche. Edward Scrooge Jr. es un representante de la firma Pickwick & Collins Ltd. y vende objetos sexuales, entre ellos un enorme consolador. Se queda sin hotel en Londres debido a los Juegos Olímpicos y tiene que alojarse en la pensión Bleak House, regentada por la chismosa señora Lirriper. Pero a Scrooge comienzan a aparecérsele los fantasmas de las Navidades pasada, presente y futura. Scrooge comprende que los fantasmas (en realidad, el mismo fantasma) se han equivocado de Scrooge, pues buscan a Ebenezer, el protagonista de Cuento de Navidad. Los equívocos finales y la resolución hacen que las risas se conviertan en carcajadas. «Cuento de verano» es un buen homenaje literario (maneja con acierto las claves de Cuento de Navidad, pero también de otras obras de Dickens), así como un relato tremendamente divertido a la manera británica de unos P. G. Wodehouse o Tom Sharpe, y sirve a la perfección para ponerle el contrapunto humorístico al tono pesimista habitual de otros cuentos suyos.

El colofón de este retorno es, evidentemente, la presente recopilación de relatos, pero antes resulta obligado referirse a una novela que reconcilió a parte del fandom con César Mallorquí: La isla de Bowen. Concebida como una novela de aventuras, a la par que un homenaje a Julio Verne, Mallorquí resultaba tremendamente actual, ya que el fenómeno estético y literario del retrofuturismo habían puesto de moda lo vintage. Lo que antes habría quedado como un curioso homenaje anacrónico, ahora bordeaba la fiebre steampunk que Félix J. Palma estaba llevando al paroxismo con las novelas El mapa del tiempo y El mapa del cielo. Mallorquí realiza con Julio Verne la misma tarea de deconstrucción y reinvención que Palma ha estado haciendo con H. G. Wells durante los últimos años, con resultados espectaculares. La isla de Bowen se llevó el premio Edebé (el cuarto de la carrera de Mallorquí), fue finalista del Celsius (lo más parecido a un «premio de la crítica» que hay ahora mismo en el género fantástico español) y, como guinda, se llevó el Premio Nacional de Literatura Juvenil de 2013. Es, en muchos aspectos, la culminación de la carrera literaria de César Mallorquí, y no sólo en el terreno juvenil, sino también en el fantástico.

El retorno de César Mallorquí al género fantástico adulto quedó corroborado por la publicación de Leonís (2011), una novela exquisitamente editada con ilustraciones de Miguel de Unamuno. Era asimismo un regreso al universo narrativo de Umbría, en el que también se desarrolla la acción de uno de los cuentos presentes en este libro: «El jardín prohibido». Formaba parte de una antología que no llegó a cuajar, y que estaba ambientada en la imaginaria región de Umbría, una especie de Cantabria o Asturias en clave de realismo mágico; de hecho, Umbría tiene mucho de Comala o de Macondo (la imagen con que se abre el relato, esa abuela Julia que se vuelve traslúcida, parece sacada de Cien años de soledad). En el proyecto original, esbozado a principios de siglo gracias a un nutrido cruce de mensajes de correo electrónico, se presentaban las características e idiosincrasia de esta región imaginaria. De los cuatro autores participantes, dos no llegaron a escribir sus relatos (Armando Boix y Julián Díez), y sólo César Mallorquí y Elia Barceló cumplieron con su parte; esta última, con una de las obras maestras del género fantástico español: El secreto del orfebre. De hecho, Barceló profundizó en la Umbría inventada por Mallorquí y entregó otra novela ambientada en sus parajes: El vuelo del hipogrifo. No obstante, el relato de Mallorquí quedó inédito hasta que se convirtió en el primer cuento navideño que aparecía en La fraternidad de Babel. Nos narra el retrato de un 23 de diciembre cualquiera de comienzos del siglo XX. Llegan noticias sobre la guerra de Marruecos. Las hijas del médico del pueblo visitan a la abuela, quien les advierte de que no se acerquen a un jardín situado a las afueras del pueblo. El día transcurre con relativa normalidad, pero la hermana de la narradora, Anita, sufre una crisis de ansiedad que se agrava en días sucesivos. El resto del relato, como se puede suponer, es angustioso y opresivo.

Como ya hemos visto, Mallorquí amplía su abanico temático en los cuentos de la nueva década. Por eso no debería extrañarnos que se atreva con la ciencia ficción religiosa pura y dura. «Ensayo general» y «Fiat tenebrae» parten de ideas similares, si bien el primero es un ultracorto con sorpresa y el segundo es un estudio mucho más elaborado de los resortes que hacen funcionar la fe (con guiño a su adorado Cordwainer Smith incluido). Para entendernos, se diferencia en la misma medida en que lo hacen dos clásicos de la temática: «La estrella», de Arthur C. Clarke, y Un caso de conciencia, de James Blish.

Con esto llegamos a la presente antología. Podemos leerla como la segunda parte de los cuentos fantásticos completos de César Mallorquí, aparecida casi veinte años después de El círculo de Jericó y compuesta por las historias que fue publicando (o dejando in ...