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UN CABALLERO SIEMPRE ES DISCRETO (ROMANCES A LA LUZ DE LA LUNA 2)

Juliana Gray

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Fragmento

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Londres, febrero de 1890

En seis años de servicio clandestino a su reina y su patria, lord Roland Penhallow nunca antes había sido llamado a la biblioteca privada del mismísimo director.

Aquello solo podía significar una cosa: había matado a alguien sin darse cuenta.

Roland no alcanzaba a imaginar cómo. La última hazaña había quedado bien atada, sin apenas alboroto y poca sangre. «Incluso el villano más pérfido puede servir a algún propósito —diría sir Edward, golpeando con el dedo la pulida caoba de su escritorio Whitehall—, pero un cadáver es inútil.» Roland se había tomado en serio aquel consejo cuando era un nuevo recluta y lo había seguido desde entonces.

En esos momentos, de pie en el destartalado vestíbulo de sir Edward, con las punteras de los zapatos perfectamente cuadradas sobre las desportilladas baldosas de mármol y recorriendo con los ojos una serie de deprimentes retratos de familia, Roland sentía el mismo pavor que había experimentado en Eton cada vez que el profesor a cargo de la residencia le llamaba para que reparara alguna travesura reciente. Entrelazó los fríos dedos a la espalda y alzó la vista hacia el negruzco techo. «No hay de qué preocuparse —se dijo—. Puedes superar cualquier cosa con tu labia, Penhallow.» ¿Qué era aquella mancha de agua que se extendía en el rincón? Sir Edward tendría que ocuparse de que le echaran un vistazo; las goteras eran algo espantoso…

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—Su señoría.

Roland se sobresaltó. El mayordomo de sir Edward se encontraba ante él como un pingüino vengador. Su embadurnado cabello oscuro brillaba bajo el amarillento resplandor de la lámpara incandescente situada en la mesa del vestíbulo, y la hermética pechera de la camisa retenía el avance de las solapas con heroica blancura.

—Su señoría —repitió, como si dijera «maldito chucho flatulento»—. Sir Edward le recibirá en la biblioteca.

El mayordomo no esperó una respuesta. Le volvió la inmaculada espalda negra en las narices y emprendió el camino en dirección, como cabía suponer, a la biblioteca.

—Muchísimas gracias —masculló Roland, que con cada paso que daba se sentía cada vez menos el hermano del duque de Wallingford y más un basurero.

—¡Ah! ¡Penhallow! —exclamó sir Edward cuando Roland atravesó la puerta de la biblioteca con todo el aplomo que pudo reunir. Una cantidad considerable, en su modesta opinión: no por nada era el hermano del duque de Wallingford.

—Sir Edward.

La robusta mano del baronet señaló el antiguo sillón de orejas situado ante el escritorio.

—Siéntese, siéntese. Eso es todo, Pankhurst. Oh, espere. Maldición, Penhallow. ¿Ha cenado?

—Sí, en mi club.

—Excelente. Muy bien. Ya puede marcharse, Pankhurst. Que no nos molesten. Siéntese, Penhallow. Nada de ceremonias aquí, por Dios santo.

Roland se repanchingó en el sillón con su habitual y descuidada elegancia, si bien los nervios de la nuca se le tensaron a modo de advertencia. Sir Edward Pennington, director de la Oficina de Comercio e Información Marítima de Su Majestad, no acostumbraba a comenzar una reunión con una retahíla de comentarios jocosos.

La puerta se cerró tras él con un golpe desafiante.

Sir Edward puso los ojos en blanco.

—Este Pankhurst. Tendría que despedirle, aunque por otra parte es muy discreto. ¿Quiere tomar algo, tal vez? —Se levantó y se acercó a la mesa en forma de media luna situada contra la pared del fondo y sobre la que había una bandeja con licoreras de cristal que brillaban de modo seductor—. ¿Un jerez? ¿Whisky? Tengo un oporto de buena crianza en estos momentos, el último de 1809 que mi padre almacenó para mí con motivo de mi nacimiento.

—No quisiera privarle de ello —repuso Roland, que hubiera lamentado profundamente perderse el oporto de buena crianza teniendo en cuenta su actual estado de agitación.

—Tonterías. Si uno esperara la ocasión adecuada, nadie bebería una gota. —Sir Edward cogió una licorera y quitó el tapón—. ¡Ah! Aquí estás, preciosidad.

—Es usted muchísimo más generoso que mi hermano —repuso Roland. Observó con los ojos entrecerrados mientras sir Edward servía una copa y luego otra, llenando cada una casi hasta el borde con el denso oporto de color rubí. En la quietud de la habitación repleta de libros, el líquido borboteaba contra el cristal como si de una catarata amazónica se tratara—. Él jamás me deja acercarme a su reserva.

—Ah, bueno. Ya sabe cómo son los duques. —Sir Edward le entregó la copa—. Por la reina.

—Por la reina.

El tintineo de las copas al chocar se alzó de modo afable en el aire, y sir Edward, en vez de regresar a su escritorio, se desplazó hasta la ventana que daba al jardín de atrás. Apartó la pesada cortina color burdeos y echó un vistazo a la brumosa oscuridad. A continuación tomó un trago de oporto.

—Supongo que se pregunta por qué le he llamado esta noche.

—Ha sido una sorpresa.

—¡Ah! Qué circunspecto. —Sir Edward hizo girar el oporto en su copa—. Ha progresado muy bien estos últimos años, Penhallow. Muy bien. Cuando me lo endilgaron pensé que no sería más que una aristocrática carga para mí, con su llamativo aspecto y su incomparable pedigrí. Pero estaba muy equivocado en eso, para mi considerable satisfacción. Muy equivocado.

Se volvió hacia Roland y su forzada jovialidad había desaparecido de su expresión; sus delgados rasgos resultaban más severos de lo habitual.

—Agradezco haber sido de ayuda, señor —dijo Roland—. A la reina y a mi patria. Ha sido muy entretenido. —Aferró el estrecho cáliz de su copa hasta que las facetas del cristal se le clavaron en las yemas de los dedos.

—Desde luego que sí. No lo dudo ni un solo instante —añadió sir Edward mientras bajaba la vista a las escarlatas profundidades de su oporto.

—¿Señor? —dijo Roland, pues su seca boca no le permitía ser más locuaz. Luego se acordó del oporto, de modo que se lo llevó a los labios para tomar un buen trago, como un marinero.

Sir Edward se aclaró la garganta.

—El problema es el siguiente. Tal y como sospecho que ya sabe, no somos la única organización del gobierno de Su Majestad encargada de recabar información.

—Desde luego que no. Siempre nos tropezamos unos con otros. —Roland le brindó una sonrisa encantadora, su mayor logro de carismático hermano menor—. Vaya, justo el pasado mes estuve a punto de acabar mal. Me topé directamente con la trampa de algunos individuos del Departamento de Marina. El peor embrollo que haya visto jamás.

—Sí, leí su informe. —Sir Edward regresó a su escritorio y se sentó en su sillón. En la comisura de su boca asomaba el atisbo de lo que podría llamarse una sonrisa—. Sus informes están muy bien redactados, salvo tal vez por un exceso de descripción.

Roland se encogió de hombros con modestia.

—De otro modo, los informes resultarían tediosos.

—En cualquier caso, parece que aquellos… hum… individuos del Departamento de Marina, como usted dice, no se están tomando las cosas con el mismo espíritu fraternal.

—¿No? Muy poco deportivo por su parte. Todos pudieron volver a ponerse en pie al cabo de una o dos semanas.

Roland retiró una mota de polvo de la manga de su chaqueta.

—Ah. De todas formas, a pesar de sus tiernos cuidados, que sin duda cumplen con los más altos criterios del servicio…

—Naturalmente.

—… se dice… —Sir Edward dejó su copa y toqueteó con los dedos el ordenado rectángulo de papeles que ocupaban el centro del vade de escritorio de piel— que nuestra implicación representó un deliberado intento de menoscabar los esfuerzos de una larga y prestigiosa investigación.

Roland enarcó las cejas. A pesar de los numerosos intentos, nunca había logrado enarcar una sola.

—No puede hablar en serio. ¿De verdad el Departamento de Marina piensa que no tengo nada mejor que hacer con mi tiempo que tramar su ruina? Por Dios bendito, mi fuente me dio todos los motivos para pensar que…

—Su fuente. —Sir Edward levantó el papel que se encontraba arriba del fajo y lo revisó—. Johnson, para ser precisos.

—Sí, señor. Usted le conoce. Es de absoluta confianza, bien situado en la misión rusa.

—Y, desde esta mañana, a bordo de un barco de vapor rumbo a Argentina, con unos cuantos pequeños y pesados baúles, alojado en un camarote de primera clase. —Sir Edward levantó la vista—. Sorprendido, ¿no es así?

Roland se hundió en el sillón.

—¡Vaya, estoy anonadado!

—Anonadado. Sí.

—¡Argentina!

—Eso parece. Viaja con su nombre real, nada menos.

—¡Qué desfachatez!

—Mi homólogo en la Marina no da crédito, por supuesto. Está convencido de que usted pagó a Johnson para que se marchara, que forma parte de un plan nuestro para dejarlos en ridículo, en el mejor de los casos. En el peor…

Roland se levantó de golpe del sillón y sujetó el documento sobre el vade con el dedo.

—No lo diga, por Dios.

—Tranquilo, jovenzuelo. No le estaba acusando de nada.

—Pero alguien lo está haciendo. —La voz de Roland era grave, letal, muy diferente de lo habitual.

Sir Edward ladeó su delgado rostro y contempló a Roland durante largo rato.

—Alguien lo está haciendo.

—¿Quién?

—Lo ignoro. —Sir Edward frunció el ceño—. Mire, Penhallow. Le hablaré con tanta libertad como me sea posible porque considero que sé juzgar bien a las personas y sé que no hay hombre más desinteresado y entregado al bienestar de la nación británica que usted.

El cuerpo tenso de Roland se relajó un poco.

—Algo está pasando, Penhallow. No sé qué es. Rumores, habladurías. Siempre ha existido rivalidad, desde luego; implacable en ocasiones. Uno ya se lo espera en este tipo de trabajo, sin grandes beneficios económicos, ni recepciones heroicas en St. Paul y todo eso. El poder es la única moneda. Pero las cosas que escucho ahora, lo que percibo, extraños casos de esto y aquello… no puedo expresarlo con palabras. Pero algo ocurre.

Roland se sentó de nuevo, con todos los sentidos alerta.

—¿Qué tipo de cosas?

Sir Edward posó los codos sobre el delgado papel, juntando las yemas de los dedos con aire pensativo.

—Si lo supiera ya habría actuado, Penhallow.

—Entonces ¿cómo puedo ayudar?

—Verá, ese es el problema. —Tamborileó de nuevo con los dedos; eran fuertes y recios como los de un campesino, acordes con su robusto y vigoroso cuerpo. El refinado corte de su elegante chaqueta le hacía parecer un caballo de guerra vestido de seda—. Dígame, Penhallow —añadió con voz firme—, ¿tiene enemigos? Aparte, claro está, de aquellos individuos a los que dejó fuera de combate hace unas semanas.

—Bueno, algunos. Uno no se forja una reputación como la mía sin romper algunas narices.

—¿Alguien que pudiera desear arruinarle?

—A un hombre que te gana a las cartas o te roba la amante se le desea todo tipo de males.

—Me refiero a la ruina absoluta. Moral y física. Un hombre, tal vez, que pudiera desear que le condenasen por traición.

«Traición.»

La palabra resonó en toda la habitación, rebotó en los libros y los objetos y se instaló al fin entre ellos con un desagradable sonido.

—Nadie que me venga a la cabeza —respondió Roland con voz queda.

—Y sin embargo —adujo sir Edward con el mismo tono de voz suave— puedo afirmar casi con toda seguridad que ese hombre existe.

—Dígame su nombre y habrá muerto en una hora.

—Desconozco su nombre. Ese es el misterio. —Sir Edward se levantó y se aproximó al centro de una hilera de estantes cercanos a la ventana, donde un pequeño globo terráqueo interrumpía el fluido curso de los volúmenes encuadernados en piel. Ahuecó una mano sobre el océano Atlántico—. ¿Hay algún lugar al que pueda retirarse uno o dos meses? ¿Tal vez más? ¿Algún sitio discreto?

—¿Qué? ¿Ocultarme? Oh, eso…

—Ocultarse no. En absoluto. Tan solo un retiro, así lo llamaría yo, de la vida pública durante una temporada.

—Maldita sea, señor, no voy a salir por piernas y a escabullirme.

—En este caso la prudencia es la clave del éxito. —Sir Edward se dio la vuelta y lo miró fríamente con sus oscuros ojos—. La idea es provocar al tipo para que salga a la luz. Averiguar qué es lo que busca. Dejar que piense que ha ganado. Una victoria fácil genera un exceso de confianza.

—Y entretanto debo sentarme de brazos cruzados en alguna residencia rural…

—Preferiblemente fuera de Inglaterra.

—Oh, maldición. ¿Fuera de Inglaterra? No soporto París y no tengo amigos en otro lugar que… —Se detuvo. Una idea comenzó a abrirse paso en su cerebro como una anguila venenosa.

—¿Qué sucede?

—No… no es nada en realidad. Solo una puñetera idea de un amigo nuestro.

—¿Qué clase de idea? ¿Qué tipo de amigo?

—Un científico. Se llama Burke y es un íntimo y leal amigo de mi hermano y mío. Tiene un descabellado plan en marcha; propone pasar un año en un castillo en las montañas de la Toscana jugueteando con automóviles y esas cosas… de lo más impropio…

—¡Santo Dios! ¡Es perfecto!

—¿Qué? Oh, señor, no. En absoluto. Los castillos son húmedos y espantosos. Y también propone renegar de las mujeres y la bebida y…, bueno, todo lo que hace que la vida sea llevadera.

—Es perfecto para usted, Penhallow. Maravilloso. Escribiré las cartas necesarias de inmediato, abriré una línea de comunicación…

—¿Qué?

Pero sir Edward ya estaba escribiendo una nota.

—Creo que con Beadle, en la oficina de Florencia. Él le proporcionará cuanto necesite. La Toscana, ¿hum? La tierra del sol eterno, creo que la llaman. ¡Ja! Lo va a pasar espléndidamente. Estoy en deuda con su amigo el señor Burke.

Roland observó el movimiento de la pluma de sir Edward sobre el papel y comenzó a sentirse mareado.

—Me niego a…

—¿Qué? Oh, sandeces, Penhallow. Me ocuparé de todo aquí y se lo notificaré cuando sea seguro regresar. Piense en ello como en un período sabático. Volverá con nosotros fresco y como nuevo. Con ansias renovadas de vivir.

Roland, al que jamás le habían faltado las palabras ni la compostura, se sorprendió desprovisto de ambas cosas. Se había quedado boquiabierto sin remedio.

Sir Edward dobló el papel y levantó la vista.

—¿Qué? Ah, vamos, Penhallow. Cualquiera diría que acaban de sentenciarlo a muerte. Piense en todas las ventajas: sol, vino, comida decente. Jovencitas que no saben hablar inglés.

Se levantó de su sillón, le tendió el papel y sonrió como un diablillo.

—¿Qué podría salir mal?

1

A unos cincuenta kilómetros al sudeste

de Florencia, marzo de 1890

El niño no podía tener más de cinco años. Estaba plantado ante la puerta de la posada y miraba a lord Penhallow con una peculiar y hostil intensidad, el ceño fruncido sobre sus ojos azules y el pulgar entre los dientes.

—Pequeño —dijo Roland con un suave carraspeo y un pie en la escalera—, ¿puedo pasar?

El niño se sacó el dedo de la boca.

—Mi padre podría darte una paliza.

Roland sentía la fría lluvia que caía del alero a la copa de su sombrero. De ahí descendía a lo largo de la angosta ala hacia el cuello de su abrigo, empapándole la camisa hasta que esta se le pegaba a la piel.

—Seguro que podría, muchacho —aventuró, juntando los extremos del cuello del abrigo con una mano—. Pero entretanto me gustaría secarme junto a ese fuego que hay justo detrás de ti. Si no te molesta, desde luego.

—Mi padre —continuó el niño levantando el dedo y apuntándolo a la nariz de Roland— podría romperte la cara y los brazos y las piernas y llorarías mucho.

Pronunció la última palabra con deleite.

Roland parpadeó. Tras la pequeña figura del niño atisbaba el comedor de la posada; sus largas mesas llenas de gente, con platos de humeante comida y botellas de vino de la zona. Un enorme fuego, increíblemente tentador, espantaba el frío y húmedo aire de marzo con su crepitar.

—Desde luego que lloraría —reconoció Roland—. Con amargura, de hecho. No hay duda, no hay ninguna duda. Pero sobre ese fuego…

—¡Philip! ¡Aquí estás!

Una exhausta voz femenina surgió detrás de Roland, en algún lugar en medio de aquel apestoso y enfangado patio interior que acababa de cruzar. Una voz exhausta, sí; tirante y seca, con indicios de una incipiente afonía, pero también una voz muy familiar.

La espalda de Roland se puso rígida a causa de la sorpresa. Allí no, era imposible. Debía de estar equivocado. No en el patio de una rústica posada italiana escondida en una remota ladera, a kilómetros de la civilizada comodidad de Florencia y a un mundo del conservatorio londinense donde había oído aquella dulce voz por última vez.

No, debía de estar imaginándose cosas.

—Philip, no estarás importunando a este pobre caballero, ¿verdad? —La mujer hablaba con tono agónico mientras se aproximaba con celeridad por la derecha de Roland.

¡Santo Dios! No podía estar imaginándosela. ¿O sí?

—Señor, le ruego le perdone. El chico está muy cansado y…

Roland se dio la vuelta.

—Oh.

La dama se detuvo de inmediato a dos o tres pasos de él. El ala del sombrero le ocultaba el rostro casi por completo, pero los labios y la barbilla se arqueaban justo como hacían en sus sueños. Un sencillo pañuelo envolvía aquel cuello que él sabía que sería largo y sinuoso, que se fundiría con la delicada carne de su pecho y sus hombros, cubiertos en esos momentos de manera prudente por un abrigo negro de lana.

—Roland —susurró.

Por supuesto que estaba soñando. Ella no podía ser real. Solo un mero producto de su imaginación; el agotamiento del viaje, que pasaba factura a sus facultades mentales.

—Lady Somerton —dijo haciendo una pequeña reverencia, de modo que la lluvia cayó de su sombrero en una cortina de agua. Puesto que era un sueño, bien podía representar su papel—. Qué maravillosa sorpresa. Acabo de conocer a su hijo.

«Hijo.» La palabra resonó dentro de su cabeza.

—Lord Roland —dijo ella con una reverencia. Cruzó sus manos enguantadas al frente—. En efecto, es una gran sorpresa. No debería… ¡Oh, Philip, por Dios!

Roland se volvió a tiempo de ver la punta de la lengua del niño desaparecer dentro de su boquita de querubín.

—Lo siento muchísimo. —Ella pasó por su lado para coger a Philip de la mano—. Suele ser un niño muy bueno. Es el viaje, y que su nana se puso enferma en Milán y…, oh, Philip, sé bueno y pídele disculpas a su señoría.

—Me has dicho que esperara donde estuviera seco —repuso Philip levantando con seriedad la vista hacia el rostro de su madre.

—Así es —reconoció, agachándose junto a él—, pero no te he dicho que abordaras a caballeros desprevenidos en la entrada. Di que lo lamentas, Philip, y deja pasar a su señoría. Está calado.

—Lo siento —se disculpó Philip.

—Philip, por Dios.

El niño suspiró y volvió la cara hacia Roland.

—Lo siento mucho, su señoría. No lo haré nunca más.

Roland le brindó una reverencia solemne.

—Muy bien, hombrecito. Muy bien. En caliente yo habría hecho algo mucho peor.

—Eso está muy bien, Philip —le dijo lady Somerton—. Ahora deja que pase su señoría.

Philip se apartó a regañadientes.

—Gracias, jovencito —repuso Roland, aún con aire solemne, y subió la escalera. Se dio la vuelta ante la entrada y se quitó el sombrero—. ¿Acaba de llegar, madam? Tengo entendido que esta noche está lleno.

—Sí, ahora mismo —respondió, mirando hacia arriba, de modo que la fuerza de sus ojos azules le golpeó como un puñetazo muy real—. Pero estoy segura de que encontraremos una habitación. Lady Morley está hablando con el posadero en este instante y…, bueno, ya conoce a lady Morley.

—¡Lady Morley, Dios bendito! —Esbozó una sonrisa—. ¿Van a realizar una visita turística? Hace un tiempo verdaderamente espantoso para tal fin.

Ella se enderezó, agarrando aún la mano de Philip. No le devolvió la sonrisa.

—Supongo que puede decirse así. ¿Y usted, lord Roland? ¿Va de camino a Florencia, quizá?

—No, no. Acabamos de abandonar la ciudad, de hecho. Estoy aquí con mi hermano y… y con otro amigo. Vamos…

«Vamos a pasar un año en un castillo italiano lleno de corrientes de aire, dedicándonos como monjes al estudio del álgebra, de Platón y Dios sabe qué más. Pura diversión.»

Ella enarcó las cejas con aire expectante.

Roland se recompuso.

—Bueno, es igual. Espero que…, bueno, si puedo serle de ayuda…

—No, no. —Ella bajó la mirada—. Estamos muy bien.

—¿Entra usted?

—No, estoy… estoy esperando a alguien.

Roland escudriñó la oscuridad detrás de ella.

—¿No puede esperar dentro? Está lloviendo mucho.

—Solo tardará un minuto. —Su voz era serena y resuelta, tal y como él la recordaba.

Resultaba muy irritante; si él se estaba tomando la molestia de soñar con ella, ¿no podía hacer ella algo más dramático? ¿Más fantástico? ¿Arrancarse el vestido, quizá, y lanzarse a sus brazos y enzarzarse con él en un acto sexual contra la pared de la posada, con la lluvia chorreándole por el cuerpo?

Oh, sí. Ese sí que sería un sueño que valdría la pena.

—Muy bien, pues. —Le dedicó una pequeña reverencia—. Espero verla pronto.

—Sí, yo también lo espero —dijo, como si la posibilidad fuera tan atractiva como una cita con el sacamuelas. Dio media vuelta, ignorándole, y sujetó al niño con la otra mano.

—¡Lilibet, jamás adivinarás lo que he encontrado en los establos! —chilló una voz desde el patio interior.

—¡Prima Abigail, ven a ver qué hombre tan raro! —gritó Philip a modo de respuesta.

El sueño estaba dando un giro de lo más indeseado.

Roland se apresuró a entrar al bullicioso y agradable calor del comedor, dejando a lady Elizabeth Somerton y a su hijo bajo el porche.

—Por el amor de Dios, Penhallow. Llevamos horas esperándote —declaró con voz lánguida el duque de Wallingford, dejando su copa. Enarcó las cejas al ver la cara de Roland—. ¿Qué sucede? ¿Has visto un fantasma?

—Creo que sí —repuso Roland. Dejó el sombrero en la mesa y se quitó el abrigo desprendiendo una lluvia de gotas—. Jamás adivinarías la aparición que he tenido fuera, nada menos que en este bendito patio. ¿Es vino eso de ahí?

—La bazofia del lugar —contestó el duque, sirviendo una copa—. Por lo general no juego a las adivinanzas, pero aventuraré que tu fantasma tiene algo que ver con lady Alexandra Morley. ¿Me equivoco?

Roland se dejó caer en la silla de enfrente, su espalda se hundió con agradecimiento en el resistente bastidor.

—La has visto, ¿no?

—La he oído. Estábamos intentando pasar desapercibidos. —Wallingford acercó la copa a su hermano—. Dale un trago, hombre. La comida no tardará en llegar, si Dios quiere.

Phineas Burke se inclinó hacia delante en su asiento, situado junto al de Wallingford.

—Ha estado discutiendo con el posadero durante el último cuarto de hora —dijo—. Menudo alboroto. Ha subido a ver la habitación.

—Recordad lo que os digo —apuntó Wallingford—. Nos sacarán de las orejas y nos obligarán a dormir en el comedor.

—Desde luego que no —aseveró Roland, tomando un buen trago—. Eres el puñetero duque de Wallingford. ¿De qué sirve ser duque si no puedes conservar una habitación en una posada?

—Recordad lo que os digo —repitió con aire sombrío.

Burke clavó el índice en la gastada madera de la mesa.

—Para empezar, son mujeres —explicó—, y además es lady Morley. Ese viejo dragón se lleva a todo el mundo por delante.

—De viejo, nada —replicó Roland de manera caritativa—. Me atrevería a decir que aún no ha cumplido los treinta. Vaya, ¿es esa nuestra cena?

Una muchacha cargada con una gran bandeja de peltre repleta de pollo y una hogaza de pan de pueblo se aproximó tambaleándose hacia ellos; sus sencillas faldas se le arremolinaban alrededor de las piernas. Era una muchacha bonita, pensó Roland distraídamente, evaluándola con la vista. Ella captó su mirada y dejó la bandeja con un torpe estrépito justo cuando la voz de lady Alexandra Morley surgió de las escaleras atravesando el bullicio de los demás viajeros.

—Es del todo inaceptable, non possiblo, ¿me entiende? Somos inglesas, anglese. No podemos… ¡Oh! ¡Su Gracia!

—Recordad mis palabras —farfulló Wallingford, dejando la servilleta y poniéndose en pie—. Lady Morley. Buenas noches. Confío en que esté bien.

Su señoría estaba de pie en las escaleras, alta e imperiosa, con su cabello castaño recogido con antinatural pulcritud en un elegante moño bajo. Había sido una chica hermosa hacía varios años, antes de casarse con el marqués de Morley, y se había convertido en una mujer aún más hermosa, con sus marcados pómulos y sus chispeantes ojos castaños. No era el tipo de Roland, con su rostro de rasgos audaces, pero sabía apreciarla, como alguien apreciaba una estatua clásica en un jardín y no por ello deseaba abrazarla.

—Querido Wallingford —dijo ella mientras continuaba bajando las escaleras en dirección a ellos. Su voz pasó sin esfuerzo de imperiosa a lisonjera—. Justo el hombre al que esperaba. Por lo visto soy incapaz de hacer entender a estos italianos que las damas inglesas, por recias y liberales que sean, no pueden dormir en una habitación con desconocidos. Varones desconocidos. Varones extranjeros desconocidos. ¿No está de acuerdo, Su Gracia? —Se detuvo ante ellos.

—¿No hay habitaciones disponibles arriba, madam?

Ella se encogió de hombros de forma atractiva. Sus hombros cubiertos por la entallada chaqueta describieron un pequeño arco en el aire.

—Una habitación pequeña, muy, muy pequeña. Apenas es lo bastante grande para que duerma en ella el hijo de lady Somerton. Y mucho menos nosotras tres. —Desvió la mirada hacia Roland y se sobresaltó de forma visible, echando hacia atrás su cuerpo—. ¡Lord Roland! —exclamó—. ¡No tenía ni idea! ¿Ha visto a… mi prima… lady Somerton…? ¡Santo Dios!

Roland hizo una afable reverencia. ¿Por qué no, si parecía lo apropiado?

—He tenido el gran honor de encontrarme con milady fuera, en el… porche, hace un momento. Y con su encantador hijo, naturalmente.

Un sonido estrangulado brotó de la esbelta garganta de lady Morley, como si contuviera la risa.

—¡Maravilloso! Sí, mucho. —Abrió la boca y la cerró de nuevo. A continuación se aclaró la garganta.

Roland la observó, sintiendo que su propia conmoción empezaba a esfumarse, mientras la insensibilidad era sustituida por una sensación de alerta. Uno no podía negar la realidad de lady Alexandra Morley. Ella rebosaba realidad. Y si lady Morley era real, entonces…

Comenzó a sentir un extraño y poco halagüeño hormigueo en las terminaciones nerviosas.

«Basta», les dijo a sus nervios, pero solo consiguió empeorar las cosas. Solo hizo que las cosas fueran más verdaderas, que la presencia de Lilibet —la existencia de su cuerpo vivo a poco más de nueve metros— fuera más real.

Lady Morley se retorció las manos y miró de nuevo al duque con expresión suplicante.

—Mire, Wallingford. He de encomendarme a su compasión. Sin duda comprende nuestro dilema. ¡Sus habitaciones son mucho más amplias, casi palaciegas, y son dos! Sin duda no puede… —Su voz se fue apagando. Entonces se volvió hacia Roland—. Mi querido Penhallow. Piense en la pobre Lilibet, durmiendo en una… una silla, con toda probabilidad. Con todos esos desconocidos…

Burke, que estaba de pie al lado de Roland, con la alegría de un león al que despiertan de la siesta, se aclaró la garganta con un ominoso carraspeo.

—¿No se le ocurrió… quizá… reservar alojamiento con antelación, lady Morley?

Roland se estremeció. Maldito Burke. El científico no era la clase de hombre que soportara con paciencia a jóvenes y arrogantes marquesas, y en esos momentos la paciencia era necesaria; paciencia, tacto y la sensibilidad más exquisita.

Porque Lilibet estaba allí. Allí, a su alcance.

Los ojos rasgados de lady Morley se clavaron en él con su famosa mirada Morley.

—Por supuesto que sí, señor. —Enarcó las cejas de manera expresiva—. Lo lamento muchísimo, señor. Creo que no he oído bien su nombre.

—Le ruego me disculpe, lady Morley —intervino el duque—. Qué torpeza por mi parte. Tengo el gran honor de presentarle… tal vez se haya tropezado con su nombre en sus estudios filosóficos… al señor Phineas Fitzwilliam Burke, de la Royal Society.

—A su disposición, madam —dijo Burke con una leve inclinación de cabeza.

—Burke —dijo ella, y luego sus ojos se abrieron como platos—: Phineas Burke. Pues claro. La Royal Society. Sí, desde luego. Todo el mundo conoce al señor Burke. Encontré en… el Times, el mes pasado…, sus afirmaciones sobre… ese nuevo tipo de… —Inspiró para darse ánimo y a continuación esbozó una sonrisa casi cálida—. Es decir, claro que reservamos habitaciones. Envié un telegrama hace días, si no me falla la memoria. Pero tuvimos que demorarnos en Milán. Verá, la nana del niño se puso enferma, e imagino que el posadero no recibió nuestro mensaje a tiempo. —Dirigió una mirada hacia el posadero.

—Mire. —Roland escuchó su propia voz con horror. Ahí estaba. La imprudencia, imparable como una de las obscenas anécdotas de la tía abuela Julia durante la cena—. Basta de bobadas. No se nos ocurriría causarles la más mínima molestia a sus amigas y a usted, lady Morley. Ni por un solo instante. ¿No es así, Wallingford?

—No, maldita sea —gruñó el duque cruzando los brazos.

—¿Burke?

—Maldita sea —farfulló Burke entre dientes.

—¿Lo ve, lady Morley? Todos estamos más que dispuestos. Supongo que Burke puede quedarse en el pequeño cuarto de arriba, ya que es un carcamal aburrido y misántropo, y mi hermano y yo estaremos encantados de instalarnos… —hizo un gesto con el brazo para abarcar las oscuras entrañas del comedor— abajo. ¿Le parece bien?

Lady Morley dio una palmada con sus elegantes manos enguantadas.

—Querido Penhallow. Sabía que estaría dispuesto a hacernos este favor. Muchísimas gracias, querido; no sabe cuánto aprecio su generosidad. —Se volvió hacia el posadero—. ¿Entiende? Comprendo? Debe sacar el equipaje de Su Gracia de las habitaciones de arriba y subir nuestros baúles de inmediato. ¡Ah! ¡Prima Lilibet! Por fin estás aquí. ¿Has solucionado el problema con los baúles?

Roland no pudo contenerse. Se giró hacia la puerta, desesperado por verla una vez que había recobrado la compostura; desesperado incluso por vislumbrarla sin el estorbo de la lluvia, la oscuridad y el maldito sombrero. Deseaba saberlo todo. ¿Había cambiado? ¿Se había vuelto cínica y hastiada? ¿Se habría marchitado su lozana belleza bajo la desgracia de haberse casado con el legendariamente disoluto conde de Somerton?

¿Deseaba él que así fuera?

Lilibet estaba junto a la puerta, desabotonando el abrigo de su hijo. Típico de ella, la pequeña mártir, ocuparse primero de que el niño estuviera cómodo. Entonces volvió la cabeza para responder a su prima, con la voz tan firme y bien modulada de siempre, a pesar de la leve ronquera que Roland había notado antes.

—Sí, lo han descargado todo. El mozo viene por la parte de atrás. —Se enderezó, le entregó el abrigo al niño y comenzó a desabrocharse el suyo.

Roland contuvo el aliento. Sus dedos enguantados encontraron los botones y los deslizó por los ojales con destreza, revelando centímetro a centímetro el práctico traje de viaje azul marino, con un alto cuello blanco, prístino y elegante; su pecho —más generoso que antes, ¿o acaso era su imaginación?— se elevaba de manera impecable bajo el diestro corte de su chaqueta.

Sintió un fuerte codazo en las costillas.

—Mantén la lengua dentro de la boca, condenado chucho —le dijo entre dientes su hermano.

El posadero se apresuró escalera abajo para ayudarla. Ella causaba ese efecto, pensó Roland, enojado.

—Me llevaré el abrigo, milady —dijo, haciendo una reverencia en exceso servil, doblando la empapada prenda de lana sobre su brazo como si fuera un paño de oro—. Y el sombrero. El sombrero. Oh, mia donna, está calado. Acérquese al fuego y séquese. Mia povera donna.

—Gracias —repuso—. Grazie.

Dejó que la condujera hasta la chimenea, alisándose el negro cabello con una mano al tiempo que tiraba de Philip con la otra. La luz arrojaba un resplandor dorado sobre su pálida piel provocando sombras bajo sus pómulos. Parecía cansada, pensó Roland, dando un paso de manera involuntaria en su dirección antes de darse cuenta de lo que hacía. ¡Preocupación! ¡Por lady Somerton! Como si ella no pudiera cuidarse a la perfección sin él. Lo había demostrado de sobra.

Roland miró a su alrededor y vio que Burke y Wallingford habían vuelto a ocupar sus asientos y que él seguía de pie como un tonto, mirando embobado el trasero decorosamente cubierto de su señoría.

2

A pesar de ser una pequeña nota doblada, le quemaba con una intensidad antinatural, traspasando la tela azul marino del mejor traje de viaje de Lilibet y dejando una marca en su piel.

Tendría que haberla tirado de inmediato, desde luego. Roland se la había puesto en la mano en medio del bullicio de saludos previos a la cena, y ella se había sentido demasiado aturdida como para arrojarla al fuego acompañada de un altivo movimiento de barbilla o lo que fuera que su madre hubiera esperado de ella.

En esos momentos no podía sacarla, no con la aguda mirada de Abigail y Philip sobre ella.

Sobre todo de Philip. Su hijo, su inocente ángel, su obstinada némesis, la única cosa buena que había salvado de seis años de desgracia.

No quería irse a dormir. Lo cual no era nada extraño en un niño de cinco años, pero Lilibet, que había dado lo que fuera por dejarse caer en la cama, se sentía casi insultada por su reticencia.

—Cariño, estás exhausto —le rogó—. Anda, túmbate y cierra los ojos.

—No estoy cansado —replicó haciendo una mueca respetuosa—. No lo estoy. —Apartó las mantas de una patada.

Lilibet le arropó de nuevo, pero Philip se destapó otra vez.

Sintió que estaba perdiendo la paciencia hasta el punto que tuvo que recurrir a una fuerza sobrehumana para calmarse. «Tranquilízate», se dijo, como siempre hacía. Dignidad. Lucidez. Luego contó hasta diez con los ojos cerrados, deteniéndose en cada número.

Ya estaba. Abrió los ojos.

Philip no estaba en la cama.

Se giró y vio que Abigail enganchaba al pequeño entre risas y lo cogía en brazos justo antes de que llegara a la puerta.

—Pero qué niño tan travieso —dijo, y frotó la tripita con la nariz—. Pero qué niño tan travieso, pícaro y tunante. —Hizo algunas pedorretas contra su piel hasta que Philip rió sin poder contenerse y se retorció de contento.

—Abigail, le vas a sobreexcitar —susurró Lilibet llevándose las manos a la cabeza.

¿Cuánto podía pesar un trozo de papel? Aquel pesaba en su bolsillo como una piedra; una piedra enorme y afilada por los lados, de las que recogían en las culturas más primitivas para lanzárselas a las adúlteras.

—No te mereces que te cuente un cuento, pedazo de granujilla, pero te contaré uno —le dijo Abigail dejándole caer sobre la cama—. Aunque tienes que comerte este panecillo mientras te lo cuento. Es un panecillo mágico, ¿sabes? —Lo sacó de su bolsillo y se lo mostró al chico—. Un panecillo increíblemente mágico. Hará que me entiendas aunque te cuente el cuento… en… italiano.

—¡Italiano! No, no vas a hacerlo. No sabes italiano.

—Sí que sabe —replicó Lilibet cubriéndole con las mantas—. Habla italiano a la perfección.

—Pero este panecillo —continuó Abigail haciéndolo girar de manera solemne— hará que entiendas mis palabras sin problemas.

—¡Ja! —exclamó Philip, aunque entrecerró los ojos.

Abigail se encogió de hombros.

—Si no me crees, entonces… c’era una volta, viveva un re e sua figlia… —comenzó. Philip le arrebató el panecillo de los dedos y se lo llevó a la boca— in un castello antico solitario in cima a una collina. —Philip mordió el panecillo—. Hacía mucho tiempo que había muerto la reina, así que el rey estaba tan triste que ordenó a todas las damas del castillo que se marcharan para así no tener que ver jamás a otra mujer —siguió Abigail sin perder el ritmo.

Philip clavó la mirada en los labios de Abigail, absorto, mientras se comía el panecillo. Lilibet vio que su cuerpecito se relajaba sobre el colchón al tiempo que su energía se desvanecía. Se le cerraron los párpados, y su mano cayó sobre la almohada, con el panecillo aún sujeto entre los dedos. Abigail continuó uno o dos minutos más, hasta que la respiración del pequeño se tornó profunda, regular y sosegada; la luz de las velas contorneaba con suavidad su regordeta mejilla.

—Parecen tan inocentes cuando están dormidos —declaró Lilibet retirándole el cabello de la frente—. Hace que me sienta culpable por haberme enfurecido antes.

—¿Estabas furiosa? —preguntó Abigail.

Lilibet se volvió hacia ella y vio que estaba sorprendida de verdad.

—Sí, desde luego.

Abigail se levantó de la cama y le brindó una amplia sonrisa.

—La serena Lilibet. No creo haberte visto jamás furiosa.

Lilibet miró de nuevo el rostro dormido de su hijo.

—Todo el tiempo —adujo—. Estoy furiosa todo el tiempo. Lo que sucede es que he aprendido a ocultarlo.

—No tienes por qué ocultarlo —repuso Abigail—. Lo comprendemos.

No, no lo comprenderían, pensó Lilibet. Toda aquella ira, todas aquellas emociones perversas e inmorales, contenidas por una red de finas hebras entrelazadas que la acosaban y cortaban con saña y que sin embargo resistían la presión. Abigail, pura y sin malicia, no lo comprendería en absoluto.

—¿Estás furiosa con él? —aventuró Abigail—. ¿Con lord Somerton?

—Desde luego que no —mintió Lilibet—. No sé por qué lo preguntas.

—No soy tonta, Lilibet. Que no esté casada no significa que no oiga cosas. Y si estamos cruzando Europa solo para escapar de él…

—Eres una fisgona.

—Pues claro que escucho a hurtadillas. No hay mejor modo de averiguar lo que se supone que una no debe escuchar. —Abigail titubeó, pero alargó el brazo para asir la mano de Lilibet—. Para empezar, sé que es un bestia.

—Es un hombre.

Abigail le apretó la mano.

—Te sentirás mejor mañana, cuando lleguemos al castillo. Estarás a salvo y entre amigas. Nadie podrá pasar por encima de Alexandra. Todo se arreglará.

—Sí, por supuesto. —Lilibet apartó la mano. Se acercó con inquietud al sillón de orejas del rincón, que resultaba extrañamente fuera de lugar en la rústica pared de yeso, como si lo hubiera dejado algún viajero inglés que no podía pagar la cuenta y por casualidad transportaba sillones de orejas tapizados en un espantoso estampado de cachemir de color verde claro. Se sentó en él y posó la mirada en la figura dormida de su hijo—. Vuelve abajo, Abigail. Yo me quedo con él.

—¿Y dejarte sola? —protestó.

Lilibet sonrió.

—Abigail, cielo, sé muy bien que estás desesperada por volver al comedor. No creas que no he visto cómo observabas al pobre Wallingford.

—No lo hacía —dijo Abigail cruzando los brazos—. Es un duque normal y corriente. En Italia hay príncipes, Lilibet. Príncipes. Y son mucho más interesantes que los aburridos duques ingleses.

—Vete. Yo estoy agotada. —Agitó la mano—. Vete, por el amor de Dios.

Abigail se marchó, y Lilibet apoyó la cabeza en el sillón, dejando escapar un suspiro de alivio, libre al fin para dejar que el apremiante pensamiento explotara en su cerebro: Roland.

Al principio, la conmoción había sido tal que casi ni la había notado. Fue como si él fuera un fantasma conjurado por su agotada mente. ¿Lord Roland Penhallow, allí, en la ladera de una montaña de la Toscana empapada por la lluvia, en el portal de la misma posada en que ella estaba a punto de entrar, enzarzado en una negociación con su hijo? La coincidencia era demasiado catastrófica para ser verdad.

Solo más tarde, cuando ya se había ocupado de que les subieran los baúles, tuvo a Philip a su lado y cruzó la puerta de la posada, la verdad la golpeó de lleno. Nunca antes se había sentido tan cohibida como en aquel momento, mientras le quitaba el abrigo a Philip y hacía lo propio con el suyo, y sentía los ojos de Roland pendientes de cada uno de sus gestos. Las manos le temblaban. ¿Acaso él lo había notado? Y de haberlo hecho, ¿le había importado?

Cinco años; cinco años y medio en realidad. Desde luego que el ardor de Roland se había apagado. Y si los informes eran ciertos se había extinguido con celeridad. Las hazañas de lord Roland en Londres eran leyenda: amantes absurdamente inconvenientes, fines de semana en el campo que se habían dilatado meses; bromas y diabluras de desalmada ingenuidad y frivolidad. Caballos de carreras en el dormitorio del príncipe… lo sabía a ciencia cierta.

Reconocía la ingenuidad, pero la frivolidad no. Aquel Roland dado a los escándalos e insinuaciones no podía ser el mismo joven que había conocido en una fiesta junto al río en Richmond hacía casi siete años. El apuesto hermano del duque de Wallingford, risueño, desenfadado y elocuente, con un don para la poesía que podía resultar dolorosamente estúpido o arrebatadoramente romántico. Ella acababa de llegar a Londres, recién salida de la academia de señoritas, y se enamoró de él en el acto.

—Cariño, este es lord Roland Penhallow, hermano del duque de Wallingford, que lleva media hora rogándome que os presentase —le había dicho su anfitriona.

Los ojos color avellana de Roland brillaban cuando se inclinó sobre su mano y ella fue suya.

No habían tardado en perderse de manera conveniente entre los arbustos mientras los demás se reunían junto a las mesas de té dispuestas cerca del agua. Él quiso saberlo todo sobre ella, y ella le había explicado lo poco que había por contar. Él escuchaba cada una de sus palabras con aparente fascinación.

—Pero ¡eso es maravilloso! —Aún podía oírle exclamar en el calmado aire de mayo cargado de polen; sus pómulos algo ruborizados y el brazo firme y cálido bajo el de ella—. He sido un devoto discípulo de Browning durante años. No tenía ni idea de que existiera una muchacha en el mundo que estuviera de acuerdo conmigo.

—Es indispensable, por supuesto. —Lilibet recordaba haberle dicho—. Pero su obra adoleció mucho tras su matrimonio.

—¿Está usted en contra del matrimonio ...