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UN HOMBRE LLAMADO OVE

Fredrik Backman

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Fragmento

1

Un hombre llamado Ove compra un ordenador que no es un ordenador

Ove tiene cincuenta y nueve años. Conduce un Saab. Es el tipo de hombre que señala con el dedo a la gente que no le gusta más o menos como si ellos fueran ladrones y el dedo, una linterna de bolsillo de las que usa la policía. Ahora está delante del mostrador de ese tipo de tienda al que acude la gente que conduce coches japoneses para comprar cables de color blanco. Ove observa al dependiente mientras agita una caja mediana de cartón de color claro.

—A ver, ¿esto es uno de esos Aipad? —pregunta Ove con tono exigente.

El dependiente, un joven con un índice de masa corporal de una sola cifra, parece incómodo. Es obvio que está luchando por contener el impulso de arrancarle a Ove la caja de las manos.

—Sí, eso es. Un iPad. Pero la verdad, estaría bien que dejaras de moverlo así en el aire…

Ove observa la caja como si no fuera nada de fiar; como si la caja fuera en una Vespa, llevase zapatillas de deporte y lo acabase de llamar «amigo» antes de intentar venderle un reloj.

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—¡Ah, bueno! Pero entonces es un ordenador, ¿no?

El dependiente dice que sí, pero luego duda y se apresura a negar con un gesto.

—Sí… o… bueno, sí, o sea, es un iPad. Hay quienes lo llaman «tableta», y otros lo llaman «tabla de surfear». Hay varias formas de verlo…

Ove mira al dependiente como si acabara de pronunciar su nombre al revés.

—¡Ah, ya!

El dependiente lo observa desconcertado.

—Sí…

Ove vuelve a agitar la caja.

—Y entonces, ¿es bueno?

El dependiente se rasca la cabeza.

—Sí. O, bueno… ¿a qué te refieres?

Ove resopla y empieza a hablar despacio, articulando cada palabra como si el único origen de aquella discusión radicase en los problemas de oído del dependiente.

—Es. Bueeeeeeno. ¿Es un buen ordenador?

El dependiente se rasca la barbilla.

—O sea… sí, es estupendo… pero depende de qué clase de ordenador quieras.

Ove lo mira echando chispas.

—¡Quiero un ordenador! ¡Un ordenador normal y corriente!

Entre los dos hombres se hace un breve silencio. El dependiente carraspea.

—Ya, bueno, en realidad, esto no es un ordenador normal. Seguramente, tú lo que quieres es más bien…

El dependiente se calla, es obvio que está buscando una palabra que el hombre que tiene delante pueda entender siquiera remotamente. Vuelve a carraspear y dice al fin:

—… un laptop, ¿no?

Ove sacude la cabeza frenético y se inclina sobre el mostrador con gesto amenazante.

—No, jodeeer, no es eso lo que quiero. ¡Quiero un ordenador!

El dependiente lo mira comprensivo.

—Un laptop es un ordenador.

Ove reacciona ofendido y pone el dedo linterna en el mostrador.

—¡Eso ya lo sé!

El dependiente asiente con la cabeza.

—Vale…

Nuevo silencio. No del todo diferente al que podría haberse producido entre dos pistoleros que, de repente, caen en la cuenta de que se han olvidado las pistolas. Ove se queda un buen rato observando la caja, como si esperase que hiciera una confesión.

—¿Cómo se saca el teclado? —masculla al fin.

El dependiente se rasca las palmas de las manos en el borde del mostrador y se balancea sobre los pies un tanto nervioso, tal y como suelen hacer los dependientes jóvenes cuando empiezan a darse cuenta de que aquello les llevará mucho más tiempo del que esperaban.

—Bueno, verás, es que no tiene teclado.

Ove enarca las cejas.

—Ya, claro. Porque seguro que hay que comprarlo aparte, ¿no? Y que cuesta una fortuna.

El dependiente vuelve a rascarse las palmas de las manos.

—No… bueno, o sea: este ordenador no tiene teclado. Se controla todo directamente con la pantalla.

Ove menea la cabeza con gesto cansado, como si acabara de presenciar una escena en la que el dependiente lamiera el cristal de un mostrador de helados.

—Pues, como comprenderás, yo necesito un teclado.

El dependiente lanza un suspiro de los que se lanzan después de haber contado hasta diez, por lo menos.

—Vale. Comprendo. Pero en ese caso, me parece que no deberías comprarte este ordenador, sino que deberías comprarte un MacBook, por ejemplo.

La expresión de Ove revela cierta resistencia a dejarse convencer.

—¿Un libro Mack?

El dependiente le responde que sí, asintiendo esperanzado con la cabeza, como si la negociación acabara de dar un giro copernicano.

—Sí.

Ove frunce el ceño con expresión suspicaz.

—¿Es una de esas dichosas «pantallas para leer» de las que habla todo el mundo?

El dependiente lanza un suspiro de una profundidad épica.

—No. Un MacBook es un… es un… laptop. Con teclado.

—¡Ah, bueno! —suelta Ove enseguida.

El empleado asiente. Se rasca las palmas de las manos.

—Eso es.

Ove mira a su alrededor. Agita otra vez la caja que tiene en la mano.

—Pero, entonces, ¿es bueno?

El dependiente baja la cabeza y fija la vista en el mostrador, esforzándose por contener el impulso de empezar a arañarse la cara. Luego se le ilumina el semblante con una energía súbita en la sonrisa.

—¿Sabes qué? Voy a ver si mi compañero ha terminado con su cliente y puede venir a enseñártelo.

Ove mira el reloj. Menea la cabeza.

—Algunos tenemos cosas mejores que hacer que pasarnos el día aquí esperando, ¿sabes?

El empleado hace un breve gesto de asentimiento. Luego se aleja del mostrador. Al cabo de unos instantes, vuelve con un compañero. El compañero parece realmente encantado. Como todo aquel que no lleva en ventas el tiempo suficiente.

—¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?

Ove planta el dedo linterna en el mostrador con gesto exigente.

—¡Quiero un ordenador!

El compañero ya no parece tan encantado y mira al primer dependiente como insinuándole que se las pagará por aquello.

—Valeee… Un ordenador, ya. Bueno, entonces, para empezar, vamos a la sección de portátiles —dice el compañero dirigiéndose a Ove con un entusiasmo relativo.

Ove lo mira iracundo.

—Oye, ¡que sé muy bien lo que es un laptop, joder! ¡No tienes por qué llamarlo «portátil»!

El compañero asiente solícito. A su espalda oye murmurar al otro dependiente: «No aguanto más, me voy a comer».

—Irse a comer, claro, es lo único en lo que piensa la gente hoy por hoy —murmura Ove entre dientes.

—¿Cómo? —pregunta el compañero, dándose la vuelta.

—Irse. A. Comer —especifica Ove.

2

(Tres semanas antes)

Un hombre llamado Ove hace una ronda de inspección por el barrio

Eran las seis menos cinco de la mañana cuando Ove y el gato se vieron por primera vez. Al gato, Ove le cayó fatal enseguida. El sentimiento fue perfectamente mutuo.

Ove se había levantado diez minutos antes, como de costumbre. No comprendía a la gente que se quedaba dormida y le echaba la culpa al reloj porque «no había sonado». Ove nunca había tenido despertador. Él se despertaba a las seis menos cuarto, y a esa hora se levantaba.

Puso la cafetera con la misma medida de café que él y su mujer llevaban tomando las casi cuatro décadas que hacía que se fueron a vivir a aquel barrio de casas adosadas. Una cucharita por cada uno, y una extra por la cafetera. Ni más ni menos. La gente ya no sabía hacer esas cosas, preparar un buen café. Igual que ya nadie sabía escribir a mano, porque ahora todo eran ordenadores y aparatos para hacer café expreso. ¿Y qué será de una sociedad cuyos miembros ni siquiera saben ya escribir ni hacer café, eh?, se preguntaba Ove.

Mientras se preparaba aquel café bien hecho, se puso los pantalones azules y la cazadora azul, se calzó los zuecos, se metió las manos en los bolsillos —como hace un hombre en edad madura que siempre se espera que el entorno, fundamentalmente inútil, lo decepcione— y acto seguido se puso en marcha para iniciar la ronda de inspección por el barrio. Como todas las mañanas.

Cuando salió por la puerta, las demás casas adosadas estaban en silencio y a oscuras. Era de esperar. En aquel barrio nadie se tomaba la molestia de levantarse antes de lo necesario, eso ya lo sabía Ove. En la actualidad solo vivían allí empresarios y otros desarraigados.

El gato estaba sentado con actitud indolente en medio de la calle peatonal que discurría entre las casas. Aunque gato es mucho decir. Tenía solo media cola y una oreja. Y calvas en el pelaje aquí y allá, como si alguien le hubiese arrancado los mechones a puñados. O sea que, según Ove, uno podía referirse a él como a una birria felina con todas las de la ley.

Ove se dirigió con paso decidido hacia el animal. El gato se levantó. Ove se detuvo. Así se quedaron, calibrándose el uno al otro unos instantes, como dos combatientes potenciales en un bar de pueblo a altas horas de la madrugada. Ove estaba planteándose lanzarle uno de los zuecos. El gato parecía maldecir el hecho de no tener un zueco con que responderle.

—¡Zape! —gritó Ove tan de repente que el gato se sobresaltó.

Retrocedió un paso. Midió con la mirada al hombre de cincuenta y nueve años; y sus zuecos. Luego se dio media vuelta de golpe y se marchó de allí dando saltitos. Y de no haber sabido que era imposible, Ove habría jurado que antes el gato hizo una mueca de resignación.

«Bestias», pensó, y echó una ojeada al reloj. Las seis menos dos minutos. Era hora de ponerse en marcha, si no quería que la birria felina retrasara la ronda de inspección. Vamos, solo faltaba.

Así que empezó a andar entre las casas hacia el aparcamiento, tal y como hacía todas las mañanas. Se detuvo ante el letrero de PROHIBIDA LA CIRCULACIÓN DE VEHÍCULOS EN LA ZONA. Le dio una patada intimidatoria al poste al que estaba fijado. No porque estuviera torcido ni nada de eso, sino porque lo mejor es comprobar siempre. Y Ove es de esa clase de hombres que comprueba el estado de las cosas dando patadas.

Luego entró en el aparcamiento y se paseó por todos los garajes para asegurarse de que no se hubiese producido un robo durante la noche, o que una pandilla de vándalos hubiera prendido fuego. Y no es que en el barrio hubiesen ocurrido nunca ese tipo de cosas. Claro, porque Ove no se había saltado la ronda ni un solo día. Dio un tirón de diagnóstico al picaporte de su propio garaje, donde tenía aparcado el Saab. Tiró tres veces, como todas las mañanas.

Después se dio una vuelta por el aparcamiento de las visitas, donde solo se podía permanecer un máximo de veinticuatro horas, y anotó cuidadosamente todas las matrículas en un cuadernito que llevaba en el bolsillo de la cazadora. Las comparó con las matrículas que había anotado en las mismas plazas el día anterior. Cuando se daba la circunstancia de que la misma matrícula aparecía en el cuaderno dos días consecutivos, él iba a casa, llamaba a la Agencia Sueca de Transporte y solicitaba los datos del propietario del vehículo, y luego llamaba al interesado y lo informaba de que era un bruto y un perfecto inútil, incapaz de leer los letreros suecos. No es que a Ove le importara en realidad quién aparcaba en las plazas de las visitas. Desde luego que no. Pero era una cuestión de principios. Si en el letrero decía VEINTICUATRO HORAS, no quedaba otra que aceptarlo. Porque ¿cómo serían las cosas si todo el mundo aparcara todos los días donde le viniera en gana? Sería el caos, Ove lo tenía clarísimo. Habría coches por todas partes.

Pero hoy no había vehículos no autorizados en el aparcamiento de las visitas, así que Ove continuó con sus anotaciones por el cuarto de los contenedores de la basura. No porque fuera cosa suya, en realidad, porque él se manifestó alto y claro desde el principio en contra de aquella pamplina, que impusieron esos fulanos recién llegados a la comunidad, de que había que clasificar la basura hasta la náusea. Pero ya que habían decidido que se clasificaba, era preciso que alguien se encargara de controlar que de hecho se hacía. Y no es que le hubieran asignado a Ove esa tarea, pero si los hombres como él no tomaban la iniciativa en ese tipo de tareas, aquello sería una absoluta anarquía. Ove lo sabía. Habría basura por todas partes.

Fue dando pataditas a los contenedores. Soltó un taco y pescó un tarro de vidrio del contenedor del reciclado de vidrio, masculló un «inútiles» y desenroscó la tapa metálica. Dejó otra vez el tarro en el contenedor del vidrio y arrojó la tapa de metal en el del reciclado del metal.

Cuando él era presidente de la comunidad de propietarios, defendió vehementemente la propuesta de que se vigilara por cámara el cuarto de los contenedores de la basura para que nadie arrojase en ellos «residuos no autorizados». Para indignación de Ove, la propuesta fue rechazada, ya que los demás vecinos opinaban que era «un tanto desagradable» y, además, sería complicado archivar todas las cintas. Y eso a pesar de que Ove insistió una y otra vez en que el que era «trigo limpio» no tenía nada que temer.

Dos años después, cuando sustituyeron a Ove como presidente de la comunidad (en una operación a la que Ove se refería como «el golpe de Estado»), la cuestión salió a relucir de nuevo. Al parecer, se había puesto de moda una cámara novedosa que se activaba por sensores de movimiento y enviaba lo registrado directamente a internet, según explicaba la nueva junta en una circular de lo más desenfadada dirigida a todos los vecinos del barrio. Y con dicha cámara podía vigilarse no solo el cuarto de los contenedores de la basura, sino también el aparcamiento, y evitar el vandalismo y los robos. Y además, el material grabado se borraba automáticamente al cabo de veinticuatro horas, para no «violar la intimidad de los residentes». Pero para poder instalar una de esas cámaras se exigía la aprobación unánime de la comunidad. Solo uno de los propietarios votó en contra.

Y es que Ove no se fiaba de internet. Escribía la palabra con mayúscula y ponía el acento donde no debía, pese a las correcciones de su mujer. Y la junta se enteró enseguida de que el tal «Ínternet» solo vigilaría a Ove mientras tiraba la basura por encima de su cadáver. De modo que no instalaron las cámaras. Mejor así, pensaba Ove. De todos modos, las rondas de inspección eran más eficaces. Así sabían quién hacía qué y lo tenían todo controlado. Eso lo podía entender cualquiera.

El caso es que, cuando terminó la inspección del cuarto de los contenedores, cerró la puerta con llave y, como todas las mañanas, tiró tres veces, para comprobar. Luego, al darse la vuelta, vio una bicicleta apoyada en la fachada del cuarto de las bicicletas. Y eso a pesar de que justo encima había un letrero en el que se leía claramente PROHIBIDO APARCAR BICICLETAS. Al lado de la bicicleta, alguno de los vecinos había colgado una nota con el siguiente texto airado escrito a mano: «¡Aquí no se pueden aparcar bicicletas! ¡A ver si leemos los letreros!». Ove soltó «¡Idiotas!» abrió la puerta del cuarto de las bicicletas y la colocó cuidadosamente en su sitio. Luego cerró con llave y tiró tres veces, para comprobar.

Y acto seguido, retiró la nota de la pared. Le entraron ganas de presentar a la junta una propuesta y exigir que se pusiera en aquella pared un letrero de PROHIBIDO FIJAR CARTELES. A la gente le había dado por creer que podía andar por ahí poniendo notas coléricas en cualquier parte, pero aquella pared no era un tablón de anuncios, joder.

Ove recorrió la calle peatonal que discurría entre las casas. Se detuvo delante de la suya, se agachó y olfateó a conciencia las juntas del pavimento. Pis. Allí olía a pis. Y, hecha esta observación, entró en su casa, cerró con llave y se tomó el café.

Cuando terminó, llamó y dio de baja la línea telefónica y la suscripción al periódico de la mañana. Arregló el grifo monomando del baño pequeño. Le puso tornillos nuevos al picaporte de la puerta de la terraza de la cocina. Le dio una capa de aceite a la encimera. Reorganizó las cajas del desván. Clasificó las herramientas en la caseta y cambió de sitio las ruedas de invierno del Saab. Y allí estaba ahora, sin saber qué hacer.

Y desde luego, no esperaba que la vida fuera esto. Eso es lo único que sabe Ove.

Es martes, una tarde de noviembre, son las cuatro y Ove ha apagado todas las luces. También los radiadores y la cafetera. Y le ha dado una capa de aceite a la encimera de la cocina, pese a que las acémilas de Ikea aseguran que a esas encimeras no hay que darles aceite. En esa casa se da aceite a la encimera una vez cada seis meses, sea o no necesario. Con independencia de lo que digan las muchachas de polo amarillo maquilladas como payasas que trabajan en el almacén de «lléveselo usted mismo».

Se encuentra en el salón de la casa adosada de dos plantas con desván abuhardillado y está mirando por la ventana. El pijo cuarentón con barba de dos días que vive en la casa de enfrente aparece haciendo footing. Anders se llama, sí. Llegó al barrio no hace mucho, eso lo sabe Ove, no llevará en él más de cuatro o cinco años. Y ya ha conseguido colarse de rondón en la junta de la comunidad de propietarios. El muy víbora. Ahora cree que es el dueño de la calle. Al parecer, se mudó aquí después de separarse y pagó la casa a un precio escandalosamente caro. Muy propio de cerdos como él, venir aquí a subir el precio de tasación para la gente de bien. Como si esto fuera un barrio de clase alta. Además, va por ahí con un Audi, Ove lo ha visto. Y era de esperar. Empresarios e idiotas por el estilo, todos van en Audi. La cabeza no les da para más.

Ove se mete las manos en los bolsillos de los pantalones azul marino. Le da una patada intimidatoria al rodapié. En realidad, la casa es demasiado grande para Ove y su mujer, tiene que reconocerlo. Pero está pagada. Ni una corona de préstamo le queda. Eso, desde luego, es más de lo que puede decirse del pijo ese. Ahora todo el mundo tiene préstamos, ya se sabe cómo funciona la gente. Pero Ove lo tiene amortizado. Él ha cumplido. Ha hecho su trabajo. Nunca se ha puesto enfermo, ni un solo día en toda su vida. Él ha aportado su granito de arena. Ha asumido su parte de responsabilidad. Y eso ya no lo hace nadie, asumir la responsabilidad. Ahora todo son ordenadores y asesores y los peces gordos del ayuntamiento van a clubes porno y venden contratos de vivienda en negro. Paraísos fiscales y carteras de acciones. Nadie quiere trabajar. Todo un país lleno de gente que solo piensa en que llegue la hora de comer.

«No te quejarás, ¿no?, ahora estarás tan tranquilo.» Eso le dijeron ayer a Ove en el trabajo cuando le explicaron que había «falta de actividad» y que pensaban «espantar a la generación de más edad». Un tercio de siglo en el mismo lugar de trabajo, y así lo consideran. Una «generación» de mierda. Porque ahora todos tienen treinta y un años, llevan los pantalones demasiado estrechos y han dejado de tomar café normal. Y nadie quiere asumir responsabilidades. Por todas partes un montón de hombres de barba recortada que cambian de trabajo, de mujer y de marca de coche. Así, sin más. En cuanto se les presenta la ocasión.

Ove mira airado por la ventana. El pijo hace footing. Y no es el footing lo que lo irrita, qué va. A Ove le da lo mismo que la gente haga footing. Es solo que no comprende por qué tienen que darse tanta importancia por ello. Por qué van con esa sonrisa de autocomplacencia, como si fueran por la vida curando el enfisema pulmonar. Caminan rápido, o corren despacio, en eso consiste hacer footing. Es la forma en que los hombres de cuarenta años le dicen al mundo que no pueden hacer nada a derechas, vaya mierda. Y que tengan que hacerlo disfrazados de niño rumano de doce años… ¿de verdad que es necesario? ¿Hay que ir vestido como si pertenecieras al equipo olímpico de luge para salir a arrastrarse por las calles durante tres cuartos de hora sin un plan concreto?

Además, el pijo tiene novia. Diez años más joven. La pazguata de la rubia, la llama Ove. Se pasea por el barrio haciendo equilibrios como un panda borracho sobre unos tacones altos como una llave de pipa, con toda la cara pintada como una payasa y unas gafas de sol tan grandes que no se sabe si son gafas o si es un casco. Encima tiene un animal enano que lleva en un bolso y que corretea suelto por todas partes y se mea en el camino adoquinado delante de la casa de Ove. Ella cree que Ove no se ha dado cuenta, pero vaya si se da.

Y es que no se esperaba que la vida fuera esto. Simplemente.

«No te quejarás, ¿no?, ahora estarás tan tranquilo», le dijeron ayer en el trabajo. Y allí está Ove, con la encimera impregnada de aceite. Aunque lo ideal no es que uno tenga tiempo para esas cosas un martes.

Contempla por la ventana la casa de enfrente, idéntica a la suya. Al parecer, acaba de mudarse a ella una familia con niños pequeños. Extranjeros, según ha visto Ove. Todavía no sabe qué coche tienen, pero espera que no sea un Audi, por lo menos. O peor aún: un coche japonés.

Ove asiente como si acabara de decir algo con lo que está totalmente de acuerdo. Mira al techo del salón. Hoy piensa colgar un gancho. Y no un gancho cualquiera. Un simple asesor informático diagnosticado de una enfermedad cuya denominación es una sigla, y con una chaqueta de punto ambivalente en cuanto al género como las que llevan todos hoy en día, es capaz de poner un gancho de esos. Pero el gancho de Ove tiene que ser firme como una roca. Piensa clavarlo tan bien que, cuando derriben la casa, el gancho será lo último en caer.

Al cabo de unos días, aparecerá un agente inmobiliario pijo con un nudo de corbata tan grande como la cabeza de un recién nacido y empezará a hablar de «potencial de reforma» y de «superficie efectiva» y podrá decir lo que quiera de Ove, el muy cerdo, pero no podrá meterse con su gancho. Eso que lo sepa.

En el suelo del salón está la caja con todo «lo que hay que tener». Así es como está dividida la casa. Todo lo que ha comprado la mujer de Ove es «bonito» o «agradable». Todo lo que ha comprado Ove es práctico. Cosas que tienen una función. Las guarda en dos cajas, la grande y la pequeña. Esta es la pequeña. Llena de tornillos y clavos y llaves de pipa y cosas así. La gente ya no tiene lo que hay que tener. Hoy en día, la gente solo tiene chorradas. Veinte pares de zapatos, por ejemplo, pero nunca saben dónde está el calzador. Y la casa llena de microondas y de televisores de plasma, pero serían incapaces de encontrar un taco para colgar un cuadro ni aunque los amenazaran con un cúter.

En la caja de Ove hay una sección solo para los tacos. Se queda allí mirándolos como si fueran piezas de ajedrez. No le gusta precipitarse en las decisiones en que se ven implicados los tacos. Son cosas que requieren su tiempo. Cada taco es un proceso, cada uno tiene un ámbito de uso. La gente no tiene ya ningún respeto por lo funcional de toda la vida, ahora todo tiene que ser elegante y estar en el ordenador, pero Ove hace las cosas como hay que hacerlas.

«Ahora estarás tan tranquilo», eso le dijeron en el trabajo. Entraron en su despacho un lunes y le dijeron que no habían querido decírselo el viernes «para no arruinarle el fin de semana». «No te quejarás, ahora estarás tan tranquilo», le dijeron. ¿Qué sabrán ellos lo que es levantarse un martes y no tener ya ninguna función que cumplir? Con su internet y sus expresos, ¿qué sabrán ellos lo que significa asumir la responsabilidad de las cosas?

Ove mira al techo. Entorna los ojos. Es importante que el gancho quede centrado.

Y allí estaba, sumido en aquella reflexión existencial, cuando lo interrumpe un ruido despiadado. Un ruido que se parece bastante al que produciría un grandullón que estuviera dando marcha atrás con un coche japonés con remolque, rozando con él toda la fachada de la casa de Ove.

3

Un hombre llamado Ove da marcha atrás con un remolque

Ove aparta las cortinas con estampado de flores verdes que su mujer llevaba años queriendo cambiar. Ve a una mujer de baja estatura y pelo negro, obviamente extranjera. Está fuera de sí y le hace gestos airados a un gigantón de la misma edad, un tío grandote encajado en un coche japonés enano con un remolque con el que va arañando la fachada de Ove.

El grandullón hace gestos y señales de lo más sutiles con los que parece querer transmitirle a la mujer que no es tan fácil como ella cree. La mujer a su vez parece querer responderle, con gestos para nada sutiles, que lo más probable es que se deba al hecho de que el grandullón es un cabeza hueca.

—Pero qué puñetas… —grita Ove por la ventana al ver que una de las ruedas del remolque está aplastando los setos.

Deja en el suelo la caja de lo que hay que tener. Cierra los puños. Unos segundos después, la puerta se abre de golpe, como si se hubiera abierto sola por miedo a que Ove la atravesara.

—¿Qué puñetas estáis haciendo? —le vocifera Ove a la mujer morena.

—Ya, eso mismo me pregunto yo —responde la mujer también a gritos.

Ove se queda desconcertado unos instantes. La mira furibundo. Ella lo mira con furia no menor.

—¡Por aquí no se puede circular en coche! ¿Es que no sabes leer los carteles suecos?

La mujer extranjera da un paso hacia él, y entonces Ove se da cuenta de que o está muy embarazada o tiene lo que él llamaría obesidad mórbida selectiva.

—¡Pero si no soy yo la que conduce!

Ove se la queda mirando en silencio unos segundos. Luego se vuelve hacia el grandullón rubio, que acaba de salir con dificultad del vehículo japonés y se disculpa haciendo un gesto con ambas manos. Lleva una chaqueta de punto y tiene el porte de una persona con falta de calcio.

—¿Y tú quién eres? —pregunta Ove.

—Yo soy el que conduce —responde el grandullón alegremente.

Debe de medir cerca de dos metros. Ove abriga una reserva instintiva hacia todo aquel que mide más de un metro ochenta y cinco. La experiencia le dice que, en esos casos, la sangre no recibe el impulso suficiente para llegar al cerebro.

—Ya. No me digas. Pues cualquiera lo diría —le suelta la mujer morena, que es aproximadamente medio metro más baja, al tiempo que le atiza al grandullón en el brazo con las dos manos.

—¿Y quién es esta? —pregunta Ove mirándola.

—Es mi mujer —responde amable el grandullón.

—No estés tan seguro de que siga siéndolo por mucho tiempo —ataja la mujer con tal ímpetu que la barriga sube y baja por sí sola.

—Es que no es tan fácil como pare… —trata de excusarse el grandullón, pero la mujer lo interrumpe enseguida.

—¡Te he dicho que A LA DERECHA! ¡Pero tú has seguido retrocediendo hacia LA IZQUIERDA! ¡Es que no me escuchas! ¡Nunca me escuchas!

Luego se deja caer con una buena andanada de lo que Ove adivina que debe de ser una exhibición del repertorio léxico ampliado de improperios en lengua árabe.

El grandullón rubio asiente sin decir nada con una sonrisa de una placidez indescriptible. Exactamente el tipo de sonrisa que hace que la gente decente sienta deseos de partirle la cara a un monje budista, piensa Ove.

—Bueno, mira, perdona. Ha sido un accidente, pero ya lo arreglaremos —le dice satisfecho a Ove cuando la mujer calla por fin.

Luego saca impertérrito una tabaquera redonda del bolsillo y se mete bajo el labio una pulgarada de tabaco como una pelota de balonm ...