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UN INDIO ZAPOTECO LLAMADO BENITO JUáREZ

Fernando Benítez

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Fragmento

Prefacio

Nuestra historia en el siglo XIX es trágica y gloriosa por Benito Juárez, un indio zapoteco que nació en Guelatao, una aldea que no tenía iglesia ni escuela; un hombre que, no obstante haber nacido en las postrimerías del virreinato y sufrido en carne propia el infamante sistema de castas, concluyó estudios de jurisprudencia y llegó a ser presidente de México.

Benito Juárez fue el creador de un nuevo país regido por leyes. Máximo líder de una generación de jóvenes liberales empeñados en sanar las heridas nacionales, contribuyó a liquidar las supervivencias de la colonia, a arrebatarles el poder a los militares, el clero y los hacendados. Bustamante, Santa Anna, Miramón, representaron los papeles que un siglo después encarnarían los dictadores africanos. Vivían en el palacio de los virreyes, andaban en carruajes rodeados de guardias lujosamente ataviados, daban recepciones, publicaban proclamas altisonantes.

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Parece un hecho extraño, casi milagroso, que Benito Juárez, un indio zapoteco, hubiera llegado a ser, más que el presidente de la república, el centro y el motor de la liberación. En la medida en que Benito Juárez, un hombre de leyes, se identificaba con su profesión, con las doctrinas y los métodos occidentales del partido liberal, en esa medida perdía los rasgos de su cultura original. Su eterno frac, su cuello y su sombrero altos, de los cuales no se separó ni en el desierto, correspondían a su nueva mentalidad, a sus nuevas costumbres. El mundo de su infancia era un mundo fatalista, conservador, vuelto hacia el pasado, impregnado de magia, encerrado en sí mismo y por ello enemigo de innovaciones; el mundo del hombre público, del estadista, era revolucionario, vuelto hacia el porvenir, abierto, esencialmente lógico y racional.

Su cara, como la de una urna zapoteca del periodo clásico, debe haberle ayudado mucho. Los miembros de su gabinete, los liberales, eran sentimentales, exaltados, amantes de discursos, románticos. Él permanecía impasible en medio de ellos. Despreciaba lo mismo la llorona sensiblería de Guillermo Prieto —a esa sensiblería le debió la vida— que las traiciones o la aparente adhesión de sus generales o gobernadores. No parecía importarle que lo amaran o lo detestaran. Luchó casi solo contra la iglesia, el partido conservador, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano, y te ...