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UNA CONEXIóN ILóGICA

John Corey Whaleys

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Fragmento

UNO
SOLOMON REED

Solomon nunca había sentido la necesidad de salir de casa. Tenía comida. Tenía agua. Podía ver las montañas desde la ventana de su habitación y sus padres estaban siempre tan ocupados que era prácticamente el único dueño de la casa. Jason y Valerie Reed se lo permitían porque, al final, ceder ante la condición de su hijo era el único modo de que mejorara. Así pues, cuando cumplió dieciséis años, llevaba sin salir de casa tres años, dos meses y un día. Estaba pálido e iba siempre descalzo, y funcionaba. Era lo único que funcionaba.

Hacía los deberes por internet; normalmente los terminaba cada tarde con el pelo revuelto y el pijama puesto antes de que sus padres llegaran a casa. Si sonaba el teléfono, dejaba que saltara el contestador y, si en alguna extraña ocasión alguien llamaba a la puerta, ojeaba por la mirilla hasta que quien fuera —un scout, un político o, quizá, un vecino— se cansaba y se iba. Solomon vivía en el único mundo que podía comprenderlo y, aunque era un mundo silencioso, terrenal y a veces solitario, dentro de él nunca perdía el control.

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No había tomado la decisión a la ligera y hay que decir que al menos había intentado estar fuera el mayor tiempo posible, todo lo que podía alguien como él. Pero entonces llegó el día en el que intentarlo no fue suficiente, así que se quedó en calzoncillos y se sentó en la fuente que había enfrente de su instituto. Y justo allí, mientras sus compañeros y los profesores lo miraban y el sol de la mañana lo deslumbraba, se inclinó hacia atrás poco a poco hasta que todo su cuerpo estuvo bajo el agua.

Esa fue la última vez que Solomon Reed fue al instituto de secundaria Upland y, en cuestión de días, se negó por completo a salir fuera. Era mejor así.

—Es mejor así —le dijo a su madre, que le suplicaba cada mañana que lo intentara con más ahínco.

Y, en realidad, lo era. Los ataques de pánico llevaban ocurriendo desde que tenía once años, pero en los últimos dos años había pasado de sufrir uno cada pocos meses a uno al mes, a dos, etcétera. En el momento en el que se metió en la fuente como un lunático, había pasado de tener ataques de pánico leves a ataques severos tres veces al día.

Era un infierno.

Después de lo de la fuente, se dio cuenta de lo que debía hacer: si te alejas de las cosas que te asustan, no te asustarás, y entonces pasó tres años preguntándose por qué le costaba tanto a todo el mundo comprender aquello. Todo lo que hacía era vivir en vez de morirse. Algunos tienen cáncer y otros se vuelven locos, pero nadie intenta quitarse la quimio de encima.

Solomon nació y, con toda probabilidad, morirá en Upland, California. Upland es un barrio residencial de Los Ángeles a tan solo una hora del centro. Está en una parte del estado que llaman Inland Empire, un nombre que le entusiasma a Solomon porque suena como algo de Star Trek, que es una serie de televisión que conoce demasiado bien.

Sus padres, Jason y Valerie, no saben mucho sobre Star Trek, a pesar de que su hijo insiste en que es una exploración brillante de la humanidad. Sin embargo, le hace feliz, así que ven un capítulo con él de vez en cuando e incluso le preguntan sobre los personajes cada cierto tiempo solo para ver lo contento que se pone.

Valerie Reed es dentista y tiene su propia clínica en Upland, y Jason prepara los sets de rodaje en un estudio en Burbank. Podría pensarse que esta profesión conlleva grandes historias, pero Jason es de ese tipo de personas que cree que es posible confundir a Dermot Mulroney con Dylan McDermott, por lo que no puedes creerte la mayoría de famosos que ve.

Una semana después de cumplir dieciséis años, mientras su padre intentaba contarle algo sobre un actor que había conocido en el set aquella mañana, Solomon empezó a impacientarse.

—Ya sabes…, ese tipo con bigote. De esa serie…, la serie con la canción de cabecera…

—En todos los programas hay una canción de cabecera, papá.

—Ay, sabes quién es. ¡El tipo de la pistola!

—¿El tipo de la pistola? Pero ¿qué significa eso?

—El tipo. Tiene una pistola en la cabecera. Sé que sabes quién es.

—No lo sé. ¿Hawaii 5.0?

—Eso es una película, no un actor —le dijo su padre.

—Es una serie de televisión. ¿Cómo puedes trabajar en Hollywood?

—¿Has hecho los deberes hoy? —preguntó la madre de Solomon al entrar en el salón.

—Esta mañana. ¿Cómo ha ido el trabajo?

—Ha venido una nueva paciente.

—¡Vivan los dientes de oro! —bromeó su padre.

Ninguno se rio.

—Dice que fue al instituto Upland. ¿Lisa Praytor? ¿Te suena?

—No —contestó Solomon.

—Es una buena chica. Tiene unos molares preciosos, pero va a tener que quitarse las muelas del juicio en un año o dos o tendrá que llevar aparato otra vez.

—¿Tú llevaste aparato? —preguntó Solomon.

—Un arnés de ortodoncia. Fue horrible.

—Ah, ahora todo tiene sentido. Quieres hacer pasar a otros por la tortura de tu infancia.

—No me analices.

—Solomon, deja de analizar a tu madre —le dijo su padre desde detrás de un libro, una de esas novelas de misterio y terror que siempre leía.

—Bueno, es una buena chica. Guapa, también. Solo tenía una caries.

Solomon sabía bien lo que estaba pasando. Su madre estaba haciendo eso que hacía cuando pensaba que hablar sobre una chica guapa conseguiría de repente curar a su hijo y llevarlo al instituto. Era muy inocente, pero esperaba que su madre no estuviera tan desesperada porque, si lo estaba, ¿no ocurriría un desastre poco a poco con todos esos pequeños momentos que iban surgiendo? Les había escuchado hablar sobre él unas cuantas veces. Cuando cumplió diez años, aprendió que si colocaba un vaso de plástico sobre la pared de su habitación podía escuchar lo que hablaban sus padres en el cuarto. Lo último que oyó fue a su madre preguntándole a su padre si se iban a quedar «atrapados con él para siempre». Después de decirlo, no oyó nada durante un rato, y entonces se dio cuenta de que se había echado a llorar nada más decir esas palabras. Horas más tarde, Solomon seguía despierto pensando cómo contestar la pregunta de su madre. Al final, se decidió por un difícil «sí».

DOS
LISA PRAYTOR

A veces, la vida te pone en las manos una limonada directamente servida en un vaso frío con una rodaja de limón. Para Lisa Praytor, alumna sobresaliente de secundaria del Upland, conocer a la madre de Solomon Reed fue ese vaso de limonada, y eso iba a cambiarle la vida.

Seguramente hayas conocido a Lisa Praytor en algún momento de tu vida. Es la chica que se sienta en la primera fila de clase, levanta la mano para contestar todas las preguntas del profesor, se queda después de las clases para trabajar en el anuario escolar y en cuanto llega a casa se sumerge de cabeza en los deberes.

Siempre ha sido una chica con la agenda ocupada. A los once años decidió hacer caso a las palabras de su tía abuela Dolores, que dijo: «No debería haber ni un día libre en tu calendario, da mala suerte; veinticuatro horas de oportunidades perdidas».

Ni siquiera la propuesta de su novio de conducir hasta la costa y ver la puesta de sol podía hacerle olvidar sus quehaceres, y Clark Robbins era de esos chicos que proponen cosas como esas todo el rato. Era guapo sin resultar intimidante, y su pelo castaño del color de la corteza de los árboles estaba peinado de tal modo que Lisa lo encontraba especialmente atractivo. El día que Lisa conoció a la madre de Solomon, llevaba saliendo con Clark un año y diecisiete días. Lo había apuntado en el calendario como prueba.

En segundo de secundaria, después de que un alumno de primero tuviera un incidente enfrente de la escuela, Lisa escribió un artículo de opinión para el Registro del Upland en el que defendía al chico: una redacción irónica sobre la importancia de la empatía. No les sentó bien a sus compañeros y hasta final de curso corrió el rumor de que Lisa estaba saliendo en secreto con el niño loco que había saltado a la fuente.

Si no hubiera sido porque el Upland contaba con casi mil estudiantes, Lisa no habría sido capaz de ocultar aquel intento frustrado de heroísmo cuando llegó al bachillerato, pero lo consiguió, y la mayoría de sus amigos y compañeros de clase, con el tiempo, lo olvidaron por completo.

Pero Lisa no. Lo había visto aquel día: ese chico pequeño y delgado de pelo revuelto quitándose la camisa, bajándose los pantalones y caminando despacio hacia el agua. En realidad, no lo conocía, pero siempre había pensado que parecía simpático, como esos chicos que sujetan sin pensar la puerta para que pase otra persona. Deseaba volver a verlo algún día o, al menos, saber que estaba bien.

Entonces, un día Lisa vio un anuncio de la clínica dental de Valerie Reed en el periódico local. Le llevó una sola búsqueda en internet confirmar que era la madre de Solomon. No se había puesto nunca a buscar al chico de la fuente a pesar de pensar en él de vez en cuando y preguntarse cómo habría acabado. Sin embargo, en el momento en el que se dio cuenta de que lo había encontrado supo que tenía que conocerlo lo antes posible, y la única manera de hacerlo era concertando una cita con su madre. Si no salía bien, Lisa disfrutaría de una limpieza y un cepillo de dientes gratuito. Si todo salía bien, sus sueños se harían realidad.

—Bueno, ¿y a qué instituto vas? —preguntó la doctora Valerie Reed mientras se sentaba para examinar los dientes de Lisa. Era veinticuatro de marzo, martes, y a Lisa le estaba costando aguantarse para no preguntar un millón de cosas sobre Solomon.

—Al Upland. ¿Es usted la madre de Solomon?

—Sí —contestó, sorprendida.

—Fui al colegio con él. Su foto está en la pared —sonrió, señalando la fotografía de Valerie, Jason y Solomon que colgaba en la ventana.

—¿Lo conociste? —preguntó Valerie.

—¿Conocí? —exclamó Lisa—. ¡Ay! ¿Se ha…?

—No, por Dios, no. Perdona —dijo Valerie—, es que no sale mucho.

—¿Va a una escuela privada? ¿Al Instituto Western Christian?

—Aprende en casa.

—¿Hace usted eso y esto? —preguntó Lisa.

—Es todo por internet. Bueno, recuéstate. Abre bien la boca.

—Yo estuve allí, ¿sabe? —dijo Lisa, poniéndose recta.

—¿Dónde? —preguntó la doctora Reed. Empezaba a perder la paciencia.

—Aquella mañana. Vi a su hijo… Vi su accidente.

—Fue un ataque de pánico —dijo ella —. ¿Puedo echar un vistazo a esos dientes ahora?

—Solo una cosa más —dijo Lisa.

—Adelante.

—¿Por qué no sale mucho?

La doctora Reed la miró en silencio. Tenía la boca cubierta por una máscara de papel azul, pero sus ojos buscaban la respuesta correcta. Justo cuando iba a hablar, Lisa la interrumpió.

—Es que…, nadie lo ha visto en mucho tiempo. Estaba allí y de repente desapareció. Es todo muy raro. Creía que a lo mejor se había ido a un internado o algo.

—Pasó un día en el Western Christian. ¿Qué harías tú si tu hijo no saliera de casa?

—¿Enseñarle en casa?

—Era nuestra única opción. Abre bien la boca.

Tan pronto como la doctora Reed terminó, Lisa volvió directamente a donde lo había dejado, sin esperar siquiera que la silla se volviera a poner derecha.

—¿Cuándo fue la última vez que salió de casa?

—Eres muy curiosa, ¿no?

—Lo siento. Dios, lo siento mucho. No quería molestar. Es que he pensado mucho en él estos últimos años y me entraron los nervios cuando me enteré de que usted era su madre.

—No pasa nada —dijo ella—. Me alegro de que alguien se acuerde de él. Han pasado tres años. Un poco más, de hecho.

—¿Está bien?

—Casi siempre, sí. Conseguimos que funcione.

—Debe de sentirse solo —dijo Lisa.

—Sí, eso pienso.

—¿Tiene amigos?

—Ya no, aunque antes sí que tenía. Crecéis todos demasiado rápido. No podía seguiros.

—¿Puede saludarle de mi parte? No creo que sepa quién soy, pero bueno, ya sabe, si no es algo raro.

—Se lo diré, Lisa. Te veo el próximo martes para arreglarte esa caries.

Para Lisa, era más fácil mentir a los adultos que a sus compañeros. Igual que ella, ninguno de sus amigos o compañeros de clase confiaba en nadie de verdad, así que era más complicado salirse con la suya. Sin embargo, con alguien como Valerie Reed, odontóloga, nacida seguramente a finales de los setenta con los liberales de California del Sur, iba a ser mucho más fácil: alguien que tiene tantas ganas de confiar en los demás no es capaz de ver la mentira aunque le den una bofetada en la cara.

En esas circunstancias, Lisa sabía que aquello era algo inofensivo, un paso necesario para que su plan maestro pasara de ser un concepto a algo real. Y menudo plan.

Iba a curar a Solomon Reed.

Su vida dependía de ello.

TRES
SOLOMON REED

La terapia no funcionaba muy bien con Solomon porque él no quería. Intentaron llevarlo con alguien cuando tenía doce años después de darse cuenta de que los berrinches y los lloros no eran los típicos de un niño mimado de barrio residencial, pero no quiso hablar con el terapeuta. Ni una sola palabra. ¿Y qué iban a hacer Jason y Valerie? ¿Cómo educas a alguien que quiere pasar todo el día en su habitación? Si lo castigaban sin ordenador o sin televisión se ponía a leer todo el día, y ninguno de ellos quería quitarle los libros.

En el colegio, había sido un niño tranquilo y tímido. Se dejaba caer en el pupitre al final del aula y aun así conseguía sacar sobresalientes y notables. Allí, perfeccionó el arte de la invisibilidad. Sin embargo, en casa se reía y bromeaba con sus padres; incluso escuchaba música a todo volumen y se inventaba la letra de las canciones mientras ayudaba a lavar los platos o a poner la mesa.

Cuando tuvo el ataque en el colegio seguía yendo a terapia, por lo que Jason y Valerie decidieron cambiar el terapeuta por uno que les costaba el doble. Solomon fue y, como siempre, no dijo nada, pero escuchó. Prestó mucha atención y, nada más terminar la primera sesión, encontró la manera de dejar de ver también a este terapeuta sin tener que mentir al respecto.

—Cree que estáis abusando de mí o algo.

—¿Ha dicho eso? —preguntó su padre.

—No ha hecho falta —contestó—. Me ha preguntado sobre vuestros horarios de trabajo y si discutís o gritáis. Está buscando sangre. No voy a volver.

Y no lo hizo. ¿Quiénes eran ellos para negarse? Cuando estaba en casa, estaba mejor: tranquilo, feliz y más simpático. Los ataques de pánico eran escasos, sucedían de vez en cuando, y aunque nunca lo admitirían, sus vidas eran mucho más fáciles así: sin tener que ir a reuniones con el profesor, llevarle al instituto por las mañanas ni recogerlo por las tardes. Con solo trece años, necesitaba muy poco de sus padres y menos del mundo. No estaba aburrido ni se sentía solo o triste; estaba a salvo, podía respirar, podía relajarse.

Solomon nunca había tenido muchos amigos en el colegio, solo niños a los que saludaba o con los que intercambiaba alguna vez las respuestas de los deberes. Sin embargo, de algún modo siempre terminaba comiendo con un niño que se llamaba Grant Larsen. Grant estaba todo el tiempo hablando de tías buenas, de películas de acción y de los profesores que más odiaba. Eso siempre que no presumía del «trabajo tan guay» de su padre en una compañía de coches eléctricos.

—Y entonces ¿por qué no tenéis uno? —le preguntaba Solomon.

—No tenemos cómo recargarlo en casa aún, pero pronto, tío, lo tendremos muy pronto.

A Grant no le importaba mucho que Solomon no hablara nunca de chicas ni que no presumiera del trabajo tan guay de su padre. A él lo que le gustaba era que le escucharan, y resulta que ese era uno de los puntos fuertes de Solomon, que asentía y respondía con una o dos palabras. Era la única manera de no perder los nervios ante cientos de niños ruidosos. Se fijaba en Grant y se quedaba callado. Cualquier otra cosa entrañaba el riesgo de tener un ataque de pánico delante de todo el mundo, como aquel que selló su destino como el niño loco.

Grant sí que fue a ver a Solomon después de lo de la fuente, y eso decía mucho de él. Sin embargo, en casa, Solomon no era ese niño que en el colegio escuchaba en silencio: era él mismo. Y él mismo era alguien que no le caía del todo bien a Grant.

—¿Quieres jugar a algo? —le preguntó Solomon un día, unas semanas después de terminar las clases.

—¿A qué? ¿Tienes PlayStation?

—Ah, no. Se me dan fatal los videojuegos, me refería a las cartas o algo. ¿Te gustan los juegos de estrategia?

—¿Me estás pidiendo que juguemos a Dragones y Mazmorras? Porque ni de coña. No me quiero morir virgen.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Dile eso a mi tío Eric. Está todo el tiempo jugando a esos juegos frikis con sus amigos frikis y mi madre dice que seguramente acabe solo para siempre.

—Parece simpática —dijo por lo bajini Solomon.

—No seas imbécil, solo digo que es un poco coñazo.

No era un coñazo, ni un poco. A Solomon no le llevó mucho darse cuenta de que no necesitaba un amigo, lo que le vino bien porque después de unos meses y unos cuantos intentos fallidos de salir juntos, Grant dejó poco a poco de visitarlo. Sus padres le preguntaron varias veces qué había sido de Grant, por qué había estado tan ocupado, pero Solomon no les hacía caso y les decía que no sabía. Pero lo sabía: estaba matando de aburrimiento a alguien nuevo.

Veis, el mundo de Solomon no era un mundo solitario, como pensabais. No era oscuro y triste: era pequeño y seguro y se sentía a gusto en él. ¿Por qué tendría que ser de otra manera? Sin embargo, sabía que sus padres se preocupaban, y eso era lo único que le molestaba. Lo que quería, más que cualquier otra cosa, era ser capaz de explicarles que era mucho mejor así. Sin embargo, a juzgar por el silencio y la falta de un terapeuta, dio por sentado que lo sabían.

CUATRO
LISA PRAYTOR

Lisa había aprendido de su madre algunas cosas importantes, como por ejemplo a ponerse rímel mientras conducía y a saber cuál es el momento ideal del año para llevar zapatos blancos. Sin embargo, lo más importante que había aprendido Lisa era que si se conformaba con una vida indeseada, acabaría como ella: estresada, algo deprimida y con un tercer matrimonio fracasado.

Lisa aspiraba a algo más que Upland (California). No era el peor sitio del mundo, para nada, pero no era su sitio. Alguien como Clark podría vivir allí toda la vida, feliz de tener una vida tranquila y sin causar muchos problemas. Sin embargo, Lisa necesitaba algo más grande, quería ser importante, y eso no iba a ocurrir en Inland Empire. Por suerte, estaba a punto de terminar el penúltimo año allí y Lisa ya podía vislumbrar el final. Ahora que tenía una nueva cita con la madre de Solomon Reed, estaba totalmente segura de su plan de fuga.

Todavía no sabía qué hacer con Clark. Lo quería. Era difícil no hacerlo, pero cada vez que intentaba llevar las cosas un paso más allá, fracasaba. Clark no quería hablar sobre la universidad, siempre decía que aún no estaba preparado. A pesar de su aspecto y su seguridad en sí mismo, resultaba que tampoco estaba preparado para otras cosas.

Clark quería esperar. Lisa no sabía a qué exactamente, pero cada vez que intentaba empezar algo parecido al sexo, él le recordaba que aún no era el momento oportuno.

Por supuesto, nunca pensó que el problema podría ser ella.

—Es religioso —le dijo a Janis, su mejor amiga, por teléfono—. Eso es lo que pasa, ¿verdad?

Janis Plutko llevaba siendo la mejor amiga de Lisa desde primero, pero desde que se había convertido al cristianismo en su segundo año de universidad, Lisa había notado mucha distancia por su parte. No le suponía ningún problema, pero a veces no estaba segura de que Janis conociera la diferencia entre ser religiosa y comportarse de esa manera.

—Por favor… —dijo Janis—. He salido con tres chicos de la escuela dominical y todos ellos me han intentado meter mano. Dios no es tu problema, Lisa.

—Entonces ¿qué le pasa? Y no me digas que soy yo. No es así.

—Lisa… Está en el equipo de waterpolo y tiene tres hermanos mayores —dijo Janis.

—¿Qué? No empieces otra vez, Janis. No es gay.

—Científica y superficialmente, esos hechos no apoyan su heterosexualidad.

—¿De qué narices hablas?

—Dicen que cuantos más hermanos mayores tienes, más probabilidades hay de que seas homosexual. Para los chicos, al menos. ¿Te tengo que explicar por qué el waterpolo es gay?

—Chicos en bañador jugando en una piscina —dijo Lisa—. Lo pillo. Pero no es gay.

—Piensa lo que quieras, Lisa, pero no lo descartes. Tengo un instinto para estas cosas. Poseo el mejor gaydar de la ciudad.

—La verdad es que eso no me importa mucho ahora mismo.

—Lisa, creo que deberías preocuparte de algo así.

—Quizá todos los demás deberían preocuparse menos. Tengo mucho que hacer, de todos modos. El sexo debería ser lo último que ocupe mi cabeza.

—Ves, serías una gran cristiana. Quizá si empezaras a ir a la iglesia, lo tendrías todo el rato encima de ti.

—Me temo que ardería en llamas nada más entrar.

—Yo también lo creo —añadió Janis.

—Lo quiero. Estoy bastante segura de que él también me quiere. Así que, por ahora, ¿cuál es el problema?

—Esta conversación ha empezado por tu frustración sexual.

—Aun así. Como dije, el sexo es una distracción. Necesito centrarme en la escuela y en salir de aquí.

—¿Me cuentas lo de la dentista ahora? —preguntó Janis.

—Era simpática. Y yo tenía razón: él no ha salido de casa en años.

—Interesante —dijo Janis—. Yo tampoco saldría de casa si hubiera hecho lo que él hizo.

—No pudo evitarlo —le defendió Lisa.

—Sinceramente, no sé por qué te importa tanto un chico que no conoces.

El plan de Lisa llevaba tomando forma desde un tiempo antes de conocer a la madre de Solomon, pero nunca se lo había contado a Janis. A veces, cuando haces algo que no deberías, lo último que necesitas es a alguien como Janis diciéndote por qué no deberías hacerlo. Lisa era lo bastante lista como para conocer los riesgos, y ya había tomado una decisión.

Más tarde en casa de Clark, Lisa intentó sacar el tema de la universidad para ver si podía hacerse alguna idea de lo que pasaba por su cabeza.

—¿Has pensado algo más sobre las universidades de la costa este? —preguntó.

—Estuve investigando el otro día —contestó Clark—. Después me sentí demasiado mayor y me puse a jugar a los videojuegos.

—Bueno, yo ya me he decidido, así que quizá puedas buscar algo cerca de donde yo vaya.

—Vale. ¿Dónde?

—La Universidad Woodlawn. Su programa de Psicología es el segundo mejor de ...