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UNA HERENCIA MISTERIOSA

Danielle Steel

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Fragmento

1

Era uno de esos días de enero en los que parece que el invierno neoyorquino no se acaba nunca. Las nevadas habían batido récords desde noviembre. Y el viento cortante había convertido la de esa mañana, la segunda de la semana, en aguanieve. La gente resbalaba por el hielo y hacía muecas cuando el viento le azotaba el rostro. Era el día perfecto para quedarse dentro, como Hal Baker, sentado a su mesa del Metropolitan Bank, en una sucursal de la parte baja de Park Avenue.

Poco más de tres años antes, el banco se había salvado por muy poco de caer al otro lado de la línea divisoria que delimitaba la parte de Nueva York que había sufrido un apagón durante el épico huracán que asoló la ciudad. Unas manzanas al norte de los cortes de luz y las inundaciones, el banco continuó funcionando y proporcionando servicio a sus clientes, e incluso se ofrecieron bandejas con café y bocadillos a las víctimas en un gesto de compasión y civismo.

Hal se hallaba a cargo de las cajas de seguridad, una tarea que otros consideraban tediosa, pero que a él siempre le había gustado. Disfrutaba del contacto con los clientes de más edad, que acudían a echar un vistazo a sus pertenencias, consultar sus certificados de acciones o depositar testamentos nuevos en las cajas que tenían alquiladas. Charlaba con ellos si querían, lo cual era frecuente, o los dejaba a solas si lo preferían. Conocía a la mayoría de los clientes de las cajas de vista, y a muchos, por su nombre. Y era sensible a sus necesidades. También le gustaba conocer a los clientes nuevos, sobre todo a los que nunca habían tenido caja de seguridad, y explicarles los beneficios de guardar sus documentos y objetos de valor, ya que no siempre vivían en apartamentos seguros.

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Se tomaba muy en serio su trabajo, y ya con sesenta años —le faltaban cinco para jubilarse—, no tenía una ambición insaciable. Estaba casado, tenía dos hijos de edad adulta, y dirigir el departamento de cajas de seguridad encajaba a la perfección con su carácter. Era un hombre sociable que llevaba veintiocho años en ese banco y que antes había estado diez más en otra sucursal del Metropolitan Bank. Tenía la esperanza de terminar su carrera allí. Siempre había considerado las cajas de seguridad una gran responsabilidad. Los clientes les confiaban sus posesiones más valiosas, y a veces sus más oscuros secretos, para que los guardasen donde nadie salvo ellos mismos pudieran entrar o curiosear, verlas o tocarlas.

El banco estaba situado en los East Thirties de Park Avenue, un barrio totalmente residencial, antaño elegante, que hacía tiempo se había visto salpicado de edificios de oficinas. La clientela del banco era una mezcla de gente que trabajaba en la zona y antiguos clientes refinados que vivían en los edificios residenciales que quedaban. Ese día, los de edad más avanzada no se atrevían a salir. Las calles estaban resbaladizas a causa del aguanieve y, todos los que tenían la posibilidad, se quedaban en casa, lo que hacía que fuera una jornada ideal para ponerse al día con el papeleo atrasado que llevaba acumulándose en su mesa desde las fiestas de Navidad.

Hal tenía varios asuntos de los que ocuparse ese día. Hacía justo trece meses que se habían dejado de pagar dos de las cajas de seguridad más pequeñas, y los clientes que las habían alquilado no habían respondido a las cartas certificadas que les habían enviado para recordárselo. El impago solía significar que los clientes las habían abandonado, aunque no siempre era el caso. Después de un mes sin recibir respuesta a las cartas certificadas que había enviado al cumplirse un año de impago, Hal podía llamar ya a un cerrajero para que las abriera y daba por hecho que las encontraría vacías. Algunas personas no se molestaban en comunicar al banco que ya no las querían, sino que dejaban de pagar la cuota mensual y tiraban las llaves. En esos dos casos, si estaban vacías, Hal podría transferirlas a la lista de espera de gente que necesitaba una. La lista para las más pequeñas solía ser larga. Y resultaba frustrante esperar trece meses para reclamarlas, pero era el procedimiento legal empleado en cualquier banco de Nueva York una vez que los clientes dejaban de pagar. Con lo fácil que hubiera sido avisar al banco, renunciar a la caja y entregar las llaves. Pero había quienes no se tomaban la molestia. O se olvidaban o les traía sin cuidado.

La situación de la tercera caja de la que pensaba encargarse ese día era muy diferente. Había visto a la clienta varias veces en todo el tiempo que llevaba allí y la recordaba bien. Se trataba de una mujer mayor muy distinguida, que se mostraba educada aunque nunca charlaba con él. Hacía casi cinco años que no la veía. Y el pago de la caja había cesado hacía tres y un mes. Había enviado la carta certificada de rigor un año después de que se interrumpieran los pagos y luego había esperado el mes exigido por la ley antes de que pudiera abrirse la caja en presencia de un notario. Era una de las cinco de mayor tamaño de que disponía el banco. Y Hal había llevado a cabo un minucioso inventario del contenido ante el notario, tal y como era su deber. Había varias carpetas con la nítida letra de la propietaria; una con fotografías y otra con papeles y documentos, entre ellos varios pasaportes caducados, estadounidenses e italianos, expedidos en Roma. Había encontrado dos gruesos fardos de cartas. En uno estaban escritas en italiano con anticuada letra europea y atadas de manera ordenada con un descolorido lazo azul. Las otras, sujetas con un lazo rosa, estaban en inglés y la letra era femenina. Había, además, veintidós estuches de piel para joyas, la mayoría de los cuales contenían una única pieza, que había anotado aunque no examinado con detenimiento. Las piezas, sin embargo, parecían valiosas incluso para su ojo inexperto. Se había limitado a registrarlas como «anillo de diamantes», «pulsera», «collar», «broche», sin más detalles, pues escapaban a sus conocimientos en la materia y tampoco era necesario. También había buscado un testamento, por si la titular resultaba haber fallecido, pero no había encontrado nada entre los documentos. La clienta había tenido la caja alquilada durante veintidós años, y Hal no tenía ni idea de lo que le había ocurrido. Además, tal y como dictaba la ley, había esperado hasta exactamente dos años después de que abrieran la caja y no había habido respuesta. A continuación debía notificar al Tribunal Testamentario de Nueva York su existencia y la ausencia de testamento, y entregarles el contenido.

Ellos tendrían la obligación de juzgar y establecer si la arrendataria había fallecido y, en ausencia de testamento o pariente asignado, publicarían un anuncio en los periódicos, invitando a parientes o herederos a que acudieran a reclamar sus pertenencias. Si al cabo de un mes no aparecía nadie, el Tribunal Testamentario procedería a vender sus posesiones como bienes abandonados y los ingresos de la venta irían destinados al estado de Nueva York. Habrían de conservar cualquier papel o documento durante siete años más por si aparecía algún pariente. Si no había testamento, las leyes que regulaban las sucesiones intestadas eran muy estrictas. Y Hal siempre las acataba de manera escrupulosa.

Ese día iniciaría la segunda fase de medidas y notificaría el abandono de la caja al Tribunal Testamentario. Y, dado que la mujer que la había alquilado debía de tener casi noventa y dos años, había muchas probabilidades de que no siguiera con vida. El tribunal tendría que determinarlo antes de intervenir para disponer de sus posesiones. Se llamaba Marguerite Wallace Pearson di San Pignelli. Hal llevaba dos años albergando la sospecha de que las joyas de las que había hecho inventario podían considerarse valiosas. A partir de ahí sería responsabilidad del Tribunal Testamentario buscar a alguien que las tasase, en caso de que la propietaria realmente hubiera fallecido sin dejar testamento y no apareciera ningún pariente. Tendrían que calcular su valor antes de que salieran a subasta a beneficio del estado.

Como parte de la rutina, Hal llamó en primer lugar al cerrajero para que se encargase de las dos cajas pequeñas y luego al Tribunal Testamentario para pedir que enviaran a alguien que examinara el contenido de la más grande. Imaginó que se tomarían su tiempo. Andaban cortos de personal y siempre estaban ocupados e iban con retraso al encargarse de las propiedades y los asuntos de la gente que había fallecido sin hacer testamento.

Eran las once en punto cuando Hal llamó al tribunal. Atendió la llamada Jane Willoughby, una estudiante de Derecho en prácticas en el Tribunal Testamentario durante un trimestre antes de graduarse en la Universidad de Columbia en junio y presentarse en verano al examen para ejercer la abogacía. Trabajar como secretaria para el Tribunal Testamentario no era su sueño, pero había sido lo único a lo que había podido acceder. Su primera opción había sido el Juzgado de Familia, pues era la especialidad a la que quería dedicarse, en particular la defensa del menor. Y su segunda opción había sido el Juzgado de lo Penal, ya que parecía interesante, aunque no había habido nada disponible en ninguno de los dos. Solo le habían ofrecido puestos de secretaria del juzgado en el Tribunal de Sucesiones y en el Testamentario. Le resultaban muy deprimentes, pues no se ocupaban más que de los asuntos de gente muerta y de un papeleo interminable, sin apenas contacto humano. Aceptó el puesto en el Tribunal Testamentario, aunque se sentía atrapada allí y le desagradaba la mujer para la que trabajaba. La jefa de Jane, Harriet Fine, era una mujer de aspecto cansado y marchito, y se veía a la legua que no le gustaba lo que hacía, pero necesitaba el dinero y nunca había tenido agallas para dejarlo. Los constantes comentarios negativos y la actitud amargada de Harriet hacían más duro el día a día de Jane, que estaba deseando que terminase. Casi había acabado la carrera, solo le quedaban dos meses de clase y un trabajo final que aún tenía que entregar. Las prácticas eran el paso final para graduarse y necesitaba un buen informe de Harriet que añadir a su currículo. Había estado presentándolo en bufetes de Nueva York los últimos dos meses.

Jane descolgó el teléfono de su mesa al segundo tono y Hal le explicó la situación con voz agradable y formal. Ella apuntó la información que le dio sobre la caja de seguridad de la señora Di San Pignelli y supo que lo primero que tenía que hacer era averiguar si la depositaria había fallecido. Después podrían proceder y alguien del juzgado se reuniría con Hal en el banco, revisaría con él los objetos inventariados y los reclamaría en nombre del estado, a la espera de una respuesta al anuncio que publicarían para localizar a los herederos. Siempre resultaba interesante ver quién contestaba al anuncio, en caso de que alguien lo hiciera. El Tribunal Testamentario había llevado hacía poco un caso sin herederos, que había dado lugar a una subasta en Christie’s y una generosa suma para el estado, aunque Jane no había participado. Harriet, su jefa, actuaba como si fuera una victoria personal cuando no aparecían herederos y podía entregar los ingresos al estado. Jane prefería el aspecto más humano que entrañaba que la gente fuera a reclamar objetos que no esperaban heredar de parientes de los que apenas tenían conocimiento, casi ni recordaban o, en algunos casos, nunca habían visto. Para ellos era dinero caído del cielo y siempre suponía una agradable sorpresa.

—¿Cuándo cree que pueden venir? —le preguntó Hal con educación.

Jane echó una ojeada a su agenda, pese a que sabía perfectamente que no podía tomar la decisión por su cuenta. Tendrían que asignarle el caso y lo más probable era que Harriet se lo encomendara a otra persona, ya que ella no era más que una empleada temporal. Hal mencionó de manera discreta que creía que algunos de los objetos de la caja podían considerarse de valor y que habría que tasarlos como correspondía, sin duda por expertos en joyería.

—No sé cuándo podrá ir alguien —respondió Jane con sinceridad—. Yo me encargaré de hacer la investigación sobre la señora Di San Pignelli y de averiguar si ha fallecido, y le pasaré la información a mi jefa. De ella depende a quién se envía y cuándo.

Hal miró por la ventana mientras la joven hablaba. La nieve caía con fuerza, extendiendo un fino manto blanco sobre la resbaladiza aguanieve. Las calles se estaban volviendo más peligrosas a cada minuto que pasaba, algo frecuente en esa época del año.

—Entiendo —dijo Hal, de manera escueta.

Sabía que el tribunal estaba desbordado. Pero había hecho lo que tenía que hacer, siguiendo el procedimiento al pie de la letra, como siempre. A partir de entonces, era asunto de ellos.

—Le avisaremos —le aseguró Jane, pensando en lo que le había dicho sobre el posible valor del contenido.

Colgaron un momento después, y ella se quedó contemplando la gélida lluvia desde su despacho. Odiaba los días como ese; estaba deseando volver a la facultad y terminar. Y las vacaciones también habían sido deprimentes.

No había podido pasar las Navidades con su familia en Michigan, y tanto John, el hombre con el que vivía, como ella se habían pasado meses atrapados en el apartamento, estudiando. Él se estaba sacando el máster en Administración de Empresas de la Escuela de Negocios de Columbia y también iba a graduarse en junio, y con la presión de los trabajos y los exámenes, había habido tensión entre ellos. Llevaban tres años viviendo juntos y todo había ido bien hasta los últimos seis meses, a causa del creciente nerviosismo previo a la graduación. Además, ambos estaban empezando a buscar trabajo, lo que también generaba ansiedad.

Él era de Los Ángeles y se habían conocido en la facultad. Compartían un pequeño y feo apartamento amueblado cerca de Columbia, en un edificio de renta controlada en el Upper West Side, y su guerra con las cucarachas que lo infestaban no hacía de él un lugar agradable para vivir precisamente. Tenían la esperanza de alquilar un apartamento más bonito cuando encontraran trabajo, después de graduarse, y pudieran permitírselo, aunque los padres de Jane estaban empeñados en que volviera a Grosse Pointe, algo que no entraba en sus planes. Pensaba quedarse en Nueva York y ejercer allí la abogacía. Su padre era consejero delegado de una compañía de seguros, y su madre, psicóloga, si bien no había ejercido desde que naciera Jane. Y les entristecía que no quisiera volver a casa, ya que era hija única. Jane odiaba decepcionarlos, pero le emocionaba la idea de labrarse una carrera en Nueva York y así se lo había hecho saber en todo momento.

Sabía que, independientemente de a quién le asignaran el caso Pignelli, Harriet esperaría que antes comprobara los certificados de defunción y estableciera si la señora Di San Pignelli seguía con vida, de modo que tecleó con rapidez su nombre y fecha de nacimiento en el ordenador. La respuesta que obtuvo fue inmediata. Marguerite Wallace Pearson di San Pignelli había muerto hacía seis meses. Su última dirección conocida era en Queens, donde había fallecido. No era la dirección que tenía Hal Baker en sus archivos; esa era de Manhattan, cerca del banco. Y, teniendo en cuenta la edad de la señora Di San Pignelli, Jane se preguntó si tal vez había olvidado que poseía una caja de seguridad o había estado demasiado enferma para retirar sus pertenencias antes de morir y ocuparse de ellas en persona. En cualquier caso, ya no estaba viva y alguien del Tribunal Testamentario tendría que examinar el contenido de la caja de forma más minuciosa para buscar un testamento entre los documentos.

Jane rellenó un formulario con los detalles y lo llevó al despacho de Harriet justo cuando esta se marchaba a almorzar, envuelta en un plumas, con gorro y bufanda de punto, y unas pesadas botas. A menudo aprovechaba la pausa de la comida para ir a casa a ver cómo estaba su madre. Cuando entró la joven, parecía estar a punto de marcharse al Polo Norte. Harriet tenía fama de ser dura con los empleados y los estudiantes de Derecho, y con Jane parecía serlo todavía más. Esta era una joven guapa, de largo cabello rubio, ojos azules y una figura impresionante; tenía el aspecto de haberse criado con dinero, por muy discreta que vistiera, y disfrutaba de todas las ventajas que Harriet jamás había tenido. A los veintinueve años, Jane tenía toda la vida y una interesante carrera por delante.

Harriet, en cambio, había vivido y cuidado de su madre enferma, tenía cincuenta y pocos años, hacía siglos que no mantenía una relación y no se había casado ni había tenido hijos. Su vida y su trabajo parecían hallarse en un punto muerto.

—Déjalo encima de mi mesa —dijo esta cuando vio el formulario en manos de la joven.

—Tendrá que ir alguien al banco —indicó Jane con serenidad, pues no deseaba irritarla—. El sujeto falleció hace seis meses. Han mantenido la caja durante tres años, de acuerdo con el procedimiento, y quieren que la vaciemos enseguida.

—Lo asignaré después de comer —prometió Harriet mientras salía a toda prisa.

Jane regresó a su despacho y se pidió un bocadillo en un deli cercano para comérselo a su mesa. Parecía mejor que salir con tan mal tiempo. Se encargó de algunos trámites de menor importancia mientras esperaba a que llegara la comida.

Había avanzado mucho con las tareas rutinarias que tenía pendientes cuando Harriet regresó de comer, con cara de preocupación, y dijo que su madre no estaba bien. Jane había dejado dos expedientes terminados encima de su mesa. Era un trabajo tedioso, pero Jane era meticulosa y había cometido pocos errores mientras estaba allí, y nunca el mismo dos veces. Había sido asistente legal antes de ir a la facultad de Derecho, y Harriet admiraba su ética laboral y su atención al detalle. Incluso había comentado a varios compañeros de la oficina que Jane era la mejor becaria que habían tenido, pero era parca con los elogios cara a cara. La llamó a su despacho una hora después de volver de comer.

—¿Por qué no vas tú al banco y revisas el contenido y el inventario? —dijo, en referencia al caso Pignelli—. Ahora mismo no tengo a nadie más a quien asignárselo.

Le devolvió la hoja del caso y Jane asintió. Solo había participado en un inventario desde que estaba allí, pero no le parecía complicado. Lo único que tenía que hacer era confirmar el del banco y llevarse el contenido de la caja de seguridad para depositarlo en la caja fuerte del Tribunal Testamentario, hasta que pudieran vender los objetos de valor y archivar los documentos durante los siguientes siete años.

Jane llamó al banco para fijar la cita aquella tarde, antes de lo que había previsto Hal Baker, que le explicó con tono de disculpa que se iba de vacaciones las dos semanas siguientes y que tenía un cursillo de formación de una semana al volver. Quedaron en encontrarse al cabo de cuatro semanas, el día después de San Valentín, algo sobre lo que Jane no le llamó la atención, ya que a ella le parecía bien. No había prisa, y así tendrían tiempo de publicar el anuncio que exigía la ley en los periódicos. Apuntó la cita y colgaron mientras ella sacaba el formulario estándar para la notificación. El proceso para intentar localizar a los herederos de Marguerite di San Pignelli había comenzado. Solo se trataba de un día más en el Tribunal Testamentario, tratando de localizar herederos y ocupándose de los bienes cuando estos no existían.

2

Cuatro semanas después de su conversación inicial con Hal Baker, Jane tomó el metro hasta la parada más cercana al Metropolitan Bank. Era el día después de San Valentín, y tanto esa mañana como el día anterior habían sido complicados. John y ella habían discutido mientras preparaba tostadas a toda prisa, echaba cereales en un cuenco para ella y hacía café para los dos. Quemó la tostada que había metido en la tostadora sin molestarse en comprobar la temperatura y derramó los cereales justo cuando John entraba en la cocina en camiseta y calzoncillos y con aspecto aturdido. El día anterior, había estado estudiando con sus amigos, en el apartamento de alguno de ellos. Le había oído volver a casa a las tres de la madrugada, pero se había quedado dormida antes de que se metiera en la cama. Y se había olvidado por completo de San Valentín, aunque ella sí le había comprado una caja de bombones y algunas tarjetas, y se lo había dejado en la cocina por la mañana. John se había llevado la caja de bombones para compartirla con su grupo de estudio y no tenía ni regalo ni flores ni tarjeta para ella. En lo que se refería a John, ese año San Valentín se había cancelado.

—¿A qué viene tanta prisa? —preguntó, sirviéndose el café que había preparado Jane mientras ella acababa de recoger los cereales y untaba mantequilla en la tostada quemada.

Parecía agotado y, desde luego, no estaba de buen humor cuando se sentó a la mesa de la cocina y tomó un trago de café. Aún no se había percatado de que había sido San Valentín, ni el día anterior ni entonces. No solía acordarse de las fiestas o fechas señaladas y, con dos trabajos pendientes, ese año San Valentín no significaba nada para él. Estaba concentrado por completo en la facultad. Había sido un compañero agradable y divertido hasta que le sobrevino el agobio durante los meses finales antes de graduarse. Había pasado de ser independiente, aunque alegre, a pensar solo en sí mismo y en lo que tenía que hacer para graduarse y conseguir su máster en Administración de Empresas. Algunos días, Jane tenía la sensación de que ni siquiera existía para él.

—Hoy tengo que hacer inventario de una caja de seguridad abandonada —dijo, con mirada satisfecha. Al menos era más interesante que su labor habitual, sepultada bajo el papeleo de su mesa.

—¿Tan importante es? —No parecía impresionado. Consideraba aquello aburrido.

—No lo creo, pero me obliga a salir de la oficina y me da la oportunidad de hacer un poco de detective. Hemos publicado un aviso en los periódicos para alertar a los posibles herederos y no hemos obtenido respuesta en cuatro semanas.

—¿Qué pasa si no aparece nadie?

—Entonces venderemos cualquier cosa de valor que encontremos en la caja, pero guardaremos los documentos siete años más. El dinero irá a parar al estado.

—¿Hay algo importante en esa caja?

—Supuestamente contiene algunas joyas que, según el banco, podrían ser valiosas. Hoy lo verificaré. Es un poco triste, pero también interesante. Cuesta imaginar que la gente se olvide sin más de sus cosas, aunque la mujer era muy mayor. A lo mejor falleció de repente o sufrió demencia en los últimos años. ¿Alguna posibilidad de que cenemos juntos esta noche? —preguntó, tratando de sonar despreocupada y sin intención de presionarle.

Él, sin embargo, gruñó en cuanto lo dijo.

—Oh, mierda. Es San Valentín, ¿verdad? O fue ayer. Por cierto, gracias por los bombones —añadió, mirando la fecha en el periódico de la mesa—. Lo siento, Jane. Se me olvidó. Tengo dos trabajos pendientes; es imposible que venga a cenar. ¿Aceptas un vale para dentro de dos semanas? —Parecía arrepentido de verdad.

—Claro —aseveró sin problemas. Ya se lo había imaginado; estaba obsesionado con la universidad y lo entendía. El horario de la facultad de Derecho y sus exigencias también habían sido extenuantes, pero siempre había tenido mejores notas que él—. Ya me lo imaginaba. Solo se me ha ocurrido preguntar.

John se acercó, la besó y sonrió al fijarse en el jersey rojo que llevaba. Las fiestas eran muy importantes para ella, algo con lo que siempre le tomaba el pelo. Consideraba ese lado sentimental de Jane tierno y lo achacaba a que se había criado en el Medio Oeste. Sus padres trabajaban en la industria del cine de Los Ángeles y por eso eran oficialmente más sofisticados que los de ella.

Jane estaba muy guapa, con una falda corta negra y zapatos de tacón alto; llevaba el largo cabello rubio recogido para la reunión con el banco. Le encantaba su aspecto y, cuando no tenía que entregar dos trabajos y que dedicarse al proyecto final, disfrutaba estando con ella. No habían hecho planes de futuro y vivían su relación día a día, lo que les parecía bien a los dos. Estaban centrados en sus carreras. Ella no tenía tiempo ni ganas de casarse, pues antes deseaba establecerse, igual que él. Ambos estaban de acuerdo en eso.

—Voy a estar fuera toda la noche con el grupo de estudio —dijo cuando Jane se levantó y se puso el abrigo. También era rojo, para destacar la fiesta, cosa que John consideraba un poco tonta, aunque a ella le quedaba bien. Y los zapatos hacían que destacasen sus piernas, que para John eran su mejor atributo—. Vamos a juntarnos en casa de Cara —agregó con aire distraído, ojeando el periódico que ella había dejado encima de la mesa.

Sabía que a Jane no le caía bien. Cara parecía una modelo de ropa interior, no una aspirante a sacarse un máster en Administración de Empresas. John siempre decía que era lista como un demonio y que admiraba sus dotes emprendedoras. Había dirigido y vendido un negocio por una cuantiosa suma de dinero antes de volver a la universidad para sacarse el título, y tenía treinta y un años, dos más que Jane. Era la mujer soltera más atractiva del grupo y a Jane siempre la inquietaba que John estudiara con ella. Por lo que sabía, él le era fiel, y esperaba que así fuera. Pero veía a Cara como una amenaza. Su generoso pecho estaba siempre demasiado expuesto y tenía un aspecto muy sexy con camiseta y vaqueros ajustados.

—¿Irán los demás? —inquirió Jane; parecía nerviosa.

John se enfadó de inmediato.

—Por supuesto. ¿Qué más da? No se trata de un grupo de terapia sexual. Estamos dedicados a nuestros trabajos finales y Cara sabe mucho más que yo sobre dirigir un pequeño negocio.

Esa era siempre su excusa para estar con ella. Habían hecho varios proyectos juntos.

—Solo preguntaba —repuso Jane con voz queda.

—Jane, no necesito que me metas más presión. Y si me ayuda a subir las notas, estoy más que dispuesto a trabajar con ella.

No estaba de humor para una escenita de celos, pero la conversación acabó degenerando y al cabo de cinco minutos discutieron sobre Cara. Ya había ocurrido antes. Jane siempre decía que Cara coqueteaba con él, cosa que John negaba de manera vehemente en tanto que ella le decía que era un ingenuo. La conversación no llevó a nada: John se fue al dormitorio con paso airado y expresión irritada, y Jane se marchó a trabajar, sintiéndose un poco mal.

Últimamente discutían sin parar por todo y por nada. Estaban pasando por un grave bache y Jane sabía que solo era culpa de la presión que soportaban ambos para poder graduarse, por lo que procuraba mostrarse paciente con sus estados de ánimo, el agotamiento perpetuo y la falta de sueño, y no preocuparse por su proximidad con Cara. Confiaba en John, pero Cara y él pasaban mucho tiempo estudiando juntos, a solas y con el grupo de estudio. Era evidente que a Cara le gustaba y Jane no confiaba en ella. Detestaba insistir al respecto, pero ella también estaba con los nervios a flor de piel.

John estaba en la ducha cuando Jane salió del apartamento. Tuvo esa inquietante sensación que le invade a uno tras una pelea en la que nadie «gana», y en ese momento se sentía tonta con su jersey rojo en honor a San Valentín, un día después. Era un día de trabajo normal y corriente para ella, y quería aparentar seriedad en la cita, pues era la segunda vez que iba a hacer un inventario y deseaba comportarse de modo profesional.

Hal Baker la estaba esperando en el banco cuando llegó y le estrechó la mano con una sonrisa amable y una mirada apreciativa al ver su bonito rostro y su agraciada figura. Jane no era en absoluto lo que había esperado del Tribunal Testamentario. Los secretarios judiciales que enviaban eran por lo general mucho mayores y muy ariscos. Jane era una mujer guapa, con una vivaz expresión de interés en los ojos. La condujo abajo, hasta las cajas de seguridad, con la joven notaria a la zaga. Hal fue hasta la sección con las cajas de mayor tamaño, utilizó dos llaves para abrir la caja y acompañó a las dos mujeres a un pequeño cuarto privado, apenas lo bastante espacioso como para que cupieran los tres. La notaria acercó una tercera silla para sentarse y observar el inventario. Hal tenía el expediente de la señora Di San Pignelli en la mano, con el inventario que había llevado a cabo hacía dos años. Entregó a Jane una copia en cuanto entraron en la salita y ella se quitó el abrigo rojo. Jane leyó la lista del contenido de la caja y, cuando Hal la abrió, miró dentro.

Vio los estuches de joyas individuales y los sobres. Sacó los papeles primero y los dejó encima de la mesa, y a continuación abrió los sobres uno por uno. En primer lugar, examinó el que contenía las fotos y vio a una hermosa mujer de ojos meditabundos y sonrisa deslumbrante. Era evidente que se trataba de la señora Di San Pignelli, ya que aparecía en la mayoría de las imágenes. Había algunas fotos antiguas de cuando era joven, que eran más serias, y bastantes con un hombre muy apuesto y mucho mayor. Jane fue dándoles la vuelta, y se fijó en la fecha y en el nombre, Umberto, escrito con esmero y letra elegante al dorso. Algunas se habían hecho en fiestas, otras durante las vacaciones, y había varias en yates. Jane advirtió que algunas estaban tomadas en Venecia; otras, en Roma. También vio fotos de ellos en París y una esquiando en los Alpes, en Cortina d’Ampezzo, unas cuantas montando a caballo y una en una carrera de automóviles, con Umberto ataviado con casco y gafas. El hombre daba la impresión de ser muy protector con la hermosa mujer, y ella parecía feliz a su lado y entre sus brazos. Vio varias fotos tomadas en un palacete de estilo francés y algunas en jardines de fantasía, con el palacete de fondo. Y había ajados recortes de periódicos romanos y napolitanos, en los que aparecían en fiestas y se referían a ellos como el conte y la contessa Di San Pignelli. Entre ellos, Jane reparó en la necrológica del conde en un periódico napolitano de 1965, en la que se indicaba que tenía setenta y nueve años en el momento de su fallecimiento. Entonces fue fácil calcular que era treinta y ocho años mayor que Marguerite, que tenía solo cuarenta y uno cuando él murió, y que estuvieron casados durante veintitrés años.

Parecía que habían llevado una vida desahogada, de lujo, y Jane estaba sorprendida por lo elegantes que eran ambos, por el estilo con el que vestían. Marguerite lucía joyas en las fotos en que vestía de noche. Y Jane reparó en que en varias, sobre todo en las que aparecía sola, había una expresión de profunda tristeza en sus ojos, como si le hubiera ocurrido algo terrible. No obstante, en las fotos tomadas con el hombre, siempre aparecía feliz. Formaban una bonita pareja y parecían muy enamorados.

Y al final del expediente había una serie de fotografías de una niña pequeña, atadas con un lazo rosa descolorido. No había ningún nombre escrito en el dorso, tan solo las fechas de cuando se tomaron, con una letra diferente, menos sofisticada. La niña era guapa, tenía una expresión un tanto pícara y los ojos risueños. Guardaba un ligero parecido con la condesa, pero no el suficiente para asegurar que estuvieran emparentadas. A Jane le sobrevino una repentina oleada de tristeza mientras ojeaba los recuerdos de la vida de una mujer que ya no estaba entre los vivos y que debió de tener un final solitario, si había muerto sin testamento y sin herederos conocidos.

Se preguntó qué le habría ocurrido a la niña, la cual, a juzgar por las fechas del dorso de las fotos, ya sería una anciana. Era un pedazo de historia del pasado lejano y resultaba poco probable que las personas de las imágenes siguieran con vida.

Jane cerró el sobre de las fotos con cuidado mientras Hal le entregaba el siguiente, con varios documentos en su interior. Contenía algunos pasaportes caducados que señalaban que Marguerite era ciudadana estadounidense, nacida en Nueva York en 1924, y los sellos indicaban que había abandonado Estados Unidos y entrado en Portugal, tras llegar en barco a Lisboa en 1942, a la edad de dieciocho años. Portugal era un país neutral y los siguientes sellos de su pasaporte demostraban que había viajado a Inglaterra al día siguiente de su llegada a Portugal. Y solo había regresado a Estados Unidos durante unas semanas en 1949, siete años después. Otros sellos apuntaban que había ido a Roma con un visado especial de seis semanas tras su llegada a Inglaterra en 1942. Jane no pudo evitar pensar que el conde debió de tirar de algunos hilos en las altas esferas o pagar muy bien a alguien para que llevara a su novia a Italia en plena guerra. También había pasaportes italianos en el sobre, el primero de los cuales estaba fechado en diciembre de 1942 a nombre de Di San Pignelli, por lo que estaban casados para entonces, tres meses después de que ella llegara a Europa, y había obtenido la ciudadanía italiana mediante el matrimonio.

Regresó a Estados Unidos en 1960 con un pasaporte estadounidense que había renovado en la embajada de ese país que había en Roma. Era la primera visita a su patria desde aquel viaje de tres semanas de duración en 1949... y en 1960 se quedó solo unos días, no semanas. El pasaporte no señalaba ningún viaje más a Estados Unidos después de ese, hasta que se mudó a Nueva York en 1994, a los setenta años. Todos los pasaportes estadounidenses se habían renovado en la embajada de Estados Unidos de Roma. Y parecía utilizar su pasaporte italiano cuando viajaba por Europa. Era evidente que tenía la doble ciudadanía; quizá mantuviera la estadounidense por una cuestión sentimental, ya que al fin y al cabo había vivido en Italia durante cincuenta y dos años, la mayor parte de su vida, de hecho toda su vida adulta hasta entonces. Y llevaba treinta y cuatro años sin poner un pie en Estados Unidos cuando se mudó de forma definitiva.

Jane vio también extractos bancarios en el sobre, un registro de su número de la seguridad social, los documentos de alquiler de la caja de seguridad y el recibo de dos anillos que había vendido en 1995 por cien mil dólares. Pero entre los papeles no encontró un testamento por ninguna parte. No había nada que hiciera referencia a ningún heredero ni pariente; a nadie, en realidad. Encontraron muy poca información en el sobre. Y aparte de eso, solo había dos gruesos fajos de cartas, escritos con tinta descolorida, atados con un lazo azul claro uno y con uno rosa el otro. Las cartas de uno estaban escritas en italiano, en un papel que había amarilleado mucho con el tiempo, con tinta marrón y una letra elegante que parecía de hombre, por lo que Jane imaginó que las habría escrito su marido. El segundo fajo de cartas parecía escrito por una mujer y estaba en inglés. Sin desatar el lazo, Jane echó un vistazo y comprobó que muchas comenzaban con un «Mi querido ángel». Parecían sencillos y directos derroches de amor y estaban firmadas con la inicial «M». Ahí no había ningún testamento. La notaria tomó debida nota de los dos fajos de cartas en su inventario, igual que Jane.

A continuación, Jane sacó con cuidado las veintidós cajas de piel, que parecían joyeros, las abrió una tras otra y los ojos se le salieron de las órbitas al descubrir lo que contenían.

En el primer estuche halló un gran anillo con una esmeralda de talla rectangular. Jane no sabía suficiente sobre joyas para calcular los quilates, pero era grande y en el interior del estuche rojo aparecía la palabra «Cartier» grabada en letras doradas. Se habría sentido tentada de probárselo, pero no quería que Hal la tachara de poco profesional. De modo que anotó la descripción, cerró el estuche y lo colocó en el otro extremo de la mesa, para no confundirlo con los demás.

El siguiente contenía un anillo con un gran rubí ovalado, con sendos diamantes blancos triangulares a cada lado, también de Cartier. El rubí era de un color intenso, casi rojo sangre. Era una pieza magnífica. Y en el tercer estuche había un anillo de diamantes enorme, de nuevo con talla esmeralda, como el primero. Era absolutamente deslumbrante y esa vez Jane se quedó boquiabierta. Jamás había visto un diamante tan grande y miró atónita a Hal Baker.

—No sabía que hubiera diamantes de este tamaño —dijo, sobrecogida, y él esbozó una sonrisa.

—Tampoco yo, hasta que vi este. —Vaciló y luego su sonrisa se ensanchó—. No diré nada si quiere probárselo. Puede que no vuelva a tener la oportunidad.

Jane hizo lo que le sugería, sintiéndose como una niña traviesa. Le cubría el dedo hasta la falange y era espectacular. Se qued ...