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UNA LLAMA ENTRE CENIZAS (UNA LLAMA ENTRE CENIZAS 1)

Sabaa Tahir

5


Fragmento

I

Laia

Mi hermano mayor llega a casa en las oscuras horas previas al alba, cuando hasta los fantasmas descansan. Huele a acero, carbón y forja. Huele al enemigo.

Repliega su cuerpo de espantapájaros para colarse por la ventana y camina descalzo, en silencio, sobre los juncos. Tras él entra un viento caliente del desierto que agita las lánguidas cortinas. Se le cae el cuaderno de bocetos al suelo y le da una rápida patada con el pie, como si fuera una serpiente, para meterlo debajo de su catre.

«¿Dónde has estado, Darin?»

Dentro de mi cabeza soy lo bastante valiente para hacer la pregunta y Darin confía lo suficiente en mí para responderla.

«¿Por qué desapareces así? ¿Por qué, si los abuelos te necesitan? ¿Si yo te necesito?»

He querido preguntárselo todas las noches desde hace casi dos años, pero todas las noches me ha faltado valor. Solo me queda un hermano. No quiero que me aparte de él, como ha apartado a todos los demás.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero esta noche es distinta. Sé lo que contiene ese cuaderno. Sé lo que significa.

—No deberías estar despierta.

El susurro de Darin me sobresalta y me devuelve a la realidad. Tiene un sexto sentido para percibir las trampas, como los gatos; lo heredó de mi madre. Me incorporo en mi catre mientras él enciende la lámpara; no tiene sentido fingir que estoy dormida.

—Te has saltado el toque de queda y ya han pasado tres patrullas. Estaba preocupada.

—Sé cómo esquivar a los soldados, Laia, tengo mucha práctica.

Apoya la barbilla en mi catre y sonríe; es la sonrisa dulce y torcida de nuestra madre. Una expresión familiar: la que utiliza cuando me despierto de una pesadilla o nos quedamos sin grano; la que me asegura que todo va a salir bien.

Recoge el libro de mi cama y lee el título:

—Congregación nocturna. Espeluznante. ¿De qué va?

—Acabo de empezarlo. Trata de un genio… —Me detengo. Listo, muy listo: a él le gusta escuchar historias tanto como a mí contarlas—. Olvida el libro, ¿dónde estabas? Tata ha tenido doce pacientes esta mañana.

«Y yo me he visto obligada a sustituirte porque no podía encargarse él solo. De modo que nana se ha quedado sola envasando las mermeladas para el mercader y no le ha dado tiempo a terminar. Así que ahora el mercader no nos pagará y nos moriremos de hambre este invierno. Dime, ¿por qué no te importa?»

Me guardo las palabras para mí. Darin ya ha perdido la sonrisa.

—No estoy hecho para sanar —responde—. Tata lo sabe.

Mi instinto me ordena que recule, pero entonces pienso en los hombros hundidos de tata y en el cuaderno de bocetos.

—Los abuelos dependen de ti. Por lo menos, habla con ellos. Llevas meses sin dirigirles la palabra.

Espero a que responda que yo no lo entiendo, que lo deje en paz. Sin embargo, sacude la cabeza, se deja caer en su catre y cierra los ojos como si ni siquiera mereciera la pena responderme.

—He visto tus dibujos —digo de golpe, y Darin se levanta al instante, con el rostro pétreo—. No estaba espiando. Una de las hojas estaba suelta y la he encontrado cuando cambiaba los juncos esta mañana.

—¿Se lo has contado a los abuelos? ¿Lo han visto?

—No, pero…

—Escucha, Laia. —Por los diez infiernos, no quiero escucharlo, no quiero conocer sus excusas—. Lo que has visto es peligroso —añade—. No se lo puedes contar a nadie. Nunca. No solo está en peligro mi vida, sino la de muchos más…

—¿Estás trabajando para el Imperio, Darin? ¿Estás trabajando para los marciales?

Guarda silencio. Creo ver la respuesta en sus ojos y me pongo mala. ¿Mi hermano traiciona a los suyos? ¿Mi hermano se ha puesto de parte del Imperio?

Si se dedicara a almacenar grano, a vender libros o a enseñar a los niños a leer, lo entendería. Estaría orgullosa de él por hacer las cosas que yo no tengo el valor de hacer. El Imperio saquea, encierra y mata por tales «delitos», pero enseñar el abecedario a un niño de seis años no es un acto malvado…, no para mi gente, para los académicos.

Sin embargo, lo que ha hecho Darin es asqueroso; es una traición.

—El Imperio mató a nuestros padres —susurro—. A nuestra hermana.

Quiero gritarle, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Los marciales conquistaron las tierras académicas hace quinientos años y, desde entonces, lo único que han hecho ha sido oprimirnos y esclavizarnos. Antes, el Imperio Académico albergaba las mejores universidades y bibliotecas del mundo. Ahora, la mayoría de los nuestros no son capaces de distinguir una escuela de una armería.

—¿Cómo has podido ponerte del lado de los marciales? ¿Cómo, Darin?

—No es lo que piensas, Laia. Te lo explicaré todo, pero…

De repente, se calla, y levanta la mano para silenciarme cuando le pido la explicación prometida. Gira la cabeza hacia la ventana.

A través de las finas paredes, tata ronca, nana se agita en sueños y una paloma torcaz canturrea. Sonidos familiares. Sonidos del hogar.

Darin oye algo más. Se queda lívido y leo el miedo en sus ojos.

—Laia —dice—. Redada.

—Pero si trabajas para el Imperio…

«¿Por qué nos asaltan los soldados?»

—No trabajo para ellos —contesta, tranquilo, más tranquilo que yo—. Esconde el cuaderno. Eso es lo que quieren, por eso han venido.

Entonces sale por la puerta y me deja sola. Muevo las piernas desnudas como si fueran de melaza fría y las manos como si se hubieran convertido en bloques de madera.

«¡Deprisa, Laia!»

Lo más normal es que el Imperio haga sus redadas al calor del día. Los soldados quieren que las madres y los niños académicos lo vean todo, quieren que los padres y los hermanos presencien cómo esclavizan a la familia de otro hombre. Aunque esas redadas son horribles, las nocturnas son peores. Las nocturnas se llevan a cabo cuando el Imperio no quiere testigos.

Me pregunto si esto es real o si es una pesadilla.

«Es real, Laia, muévete.»

Tiro el cuaderno por la ventana para que aterrice en un seto. Es un escondite lamentable, pero no tengo tiempo de más. Nana entra cojeando en mi cuarto. Sus manos, tan firmes cuando remueve las tinas de mermelada o me trenza el pelo, revolotean como pájaros frenéticos, desesperadas por hacerme salir de allí lo más rápido posible.

Me empuja al pasillo. Darin está con tata en la puerta de atrás. Mi abuelo lleva el pelo, ya blanco, más alborotado que un pajar y la ropa arrugada, aunque no queda ni rastro de sueño en los profundos surcos de su cara. Le murmura algo a mi hermano antes de entregarle el cuchillo más grande de la cocina de la abuela. No sé por qué se molesta: el cuchillo se hará pedazos contra el acero sérrico de las hojas marciales.

—Darin y tú tenéis que salir por el patio de atrás —me indica nana, que no aparta la vista de las ventanas—. Todavía no han rodeado la casa.

«No, no, no.»

—Nana —digo en un susurro.

Tropiezo cuando ella me empuja hacia el abuelo.

—Escondeos en el extremo oriental del barrio…

La frase se le desvanece en los labios al mirar por la ventana principal: a través de las cortinas vislumbro un rostro de plata líquida y se me forma un nudo en el estómago.

—Un máscara —dice la abuela—. Han traído a un máscara. Vete antes de que entre, Laia.

—¿Qué pasa contigo? ¿Y con tata?

—Los entretendremos —responde el abuelo, empujándome con cariño hacia la puerta—. Guarda bien tus secretos, cariño. Haz caso a Darin, que él cuidará de ti. Marchaos.

La esbelta sombra de Darin cae sobre mí cuando me coge de la mano y la puerta se cierra detrás de nosotros. Se encorva para camuflarse en la cálida oscuridad y se mueve en silencio sobre la arena suelta del patio de atrás con la confianza que a mí me gustaría sentir. Aunque tengo diecisiete años y soy lo bastante mayor para controlar el miedo, me aferro a su mano como si no existiera nada más en este mundo.

«No trabajo para ellos», me ha dicho. Entonces ¿para quién trabaja? De algún modo ha conseguido acercarse a las forjas de Serra lo suficiente para dibujar en detalle el proceso de creación del bien más preciado del Imperio: las irrompibles cimitarras de hoja curva capaces de atravesar a tres hombres a la vez.

Hace medio milenio, la invasión marcial aplastó a los académicos porque nuestras hojas se rompían ante su acero, de calidad superior. Desde entonces no hemos aprendido nada sobre el arte del acero, porque los marciales protegen sus secretos como un avaro su oro. Si encuentran a alguien cerca de las forjas de la ciudad sin una buena razón para ello, ya sea académico o marcial, pueden acabar ejecutándolo.

Si Darin no está con el Imperio, ¿cómo se ha acercado a las forjas de Serra? ¿Cómo han descubierto los marciales la existencia de su cuaderno?

Al otro lado de la casa, un puño golpea la puerta principal. Ruido de botas que se arrastran, de acero que tintinea. Miro a mi alrededor como loca, esperando ver las armaduras plateadas y las capas azules de los legionarios del Imperio, pero el patio de atrás está en silencio. El fresco aire nocturno no evita que me resbalen las gotas de sudor por el cuello. A lo lejos oigo los tambores de Risco Negro, la escuela de entrenamiento de los máscaras. El sonido agudiza mi miedo hasta convertirlo en una daga punzante que me atraviesa el corazón: el Imperio no envía a esos monstruos de rostro de plata a una redada cualquiera.

De nuevo, oigo los golpes en la puerta.

—En nombre del Imperio —dice una voz irascible—, abran la puerta ahora mismo.

Darin y yo nos quedamos paralizados a la vez.

—No suena a máscara —susurra Darin.

Los máscaras hablan en voz baja, con palabras que cortan como cimitarras. En lo que un legionario tarda en llamar y dar una orden, un máscara ya habría entrado en la casa y rebanado con sus armas a cualquiera que se hubiera interpuesto en su camino.

Darin me mira a los ojos, y sé que ambos estamos pensando lo mismo: si el máscara no se encuentra con el resto de los soldados de la puerta principal, ¿dónde está?

—No tengas miedo, Laia —me tranquiliza Darin—, no permitiré que te pase nada.

Quiero creerlo, pero el miedo es como una marea que me tira de los tobillos y me arrastra consigo. Pienso en la pareja que vivía al lado: detenidos en una redada, encarcelados y vendidos como esclavos hace tres semanas. «Contrabandistas de libros», dijeron los marciales. Cinco días después ejecutaron en su casa a uno de los pacientes más viejos del abuelo, un hombre de noventa y tres años que apenas era capaz de caminar; le rajaron el cuello de oreja a oreja. Por colaborar con la resistencia.

¿Qué les harán los soldados a los abuelos? ¿Encerrarlos? ¿Esclavizarlos?

¿Matarlos?

Llegamos a la cancela de atrás. Darin se pone de puntillas para abrir el pestillo, pero oímos un crujido en el callejón y se para en seco. El suspiro de una brisa ligera pasa junto a nosotros y lanza una nube de polvo al aire.

Darin me empuja para colocarme detrás de él. Tiene los nudillos blancos de la fuerza con la que sujeta el cuchillo cuando la puerta se abre con un chirrido. El terror me recorre la espalda como un dedo helado. Me asomo por encima del hombro de mi hermano para examinar el callejón.

No hay nada que ver, salvo el silencioso movimiento de la arena. Nada, salvo la esporádica racha de viento y las ventanas cerradas de nuestros vecinos dormidos.

Suspiro de alivio y rodeo a Darin.

Entonces es cuando el máscara surge de la oscuridad y cruza la cancela.

II

Elias

El desertor morirá antes del alba.

Su rastro zigzaguea por el polvo de las catacumbas de Serra como si fuera el de un ciervo herido. Los túneles han podido con él. El aire caliente es demasiado opresivo; el olor a muerte y putrefacción, demasiado intenso.

El rastro tiene más de una hora cuando lo veo. Los guardias ya lo han olfateado, pobre cabrón. Con suerte, morirá en la persecución. Si no…

«No pienses en eso. Esconde la mochila. Sal de aquí.»

Los cráneos crujen bajo mis pies mientras meto una mochila llena de comida y agua en una de las criptas de la pared. Helene me mataría si viera cómo estoy tratando a los muertos. Por otro lado, si Helene descubriera lo que estoy haciendo aquí, lo que menos le importaría del asunto sería la profanación.

«No lo descubrirá. No hasta que ya sea demasiado tarde.»

La culpa me desquicia, pero intento hacerla a un lado. Helene es la persona más fuerte que conozco. Estará bien sin mí.

Vuelvo la vista atrás por enésima vez. El túnel está en silencio. El desertor ha conducido a los soldados en la dirección opuesta, aunque la seguridad es una ilusión en la que sé que no debo confiar. Trabajo deprisa, apilo de nuevo los huesos frente a la cripta para cubrir mi rastro mientras aguzo los sentidos, pendiente de cualquier detalle que se salga de lo normal.

Un día más. Un día más de paranoia, ocultación y mentiras. Un día para la graduación. Y después seré libre.

Mientras recoloco las calaveras de la cripta, el aire caliente se mueve como un oso que despierta de su hibernación. El olor a hierba y nieve atraviesa el aliento fétido del túnel. Solo dispongo de dos segundos para apartarme de la cripta y arrodillarme como si examinara el suelo en busca de huellas. Después, ella aparece detrás de mí.

—¿Elias? ¿Qué haces aquí?

—¿No lo has oído? Hay un desertor suelto.

Me concentro en el suelo polvoriento. Bajo la máscara de plata que me cubre de la frente a la mandíbula, debería resultarle imposible descifrar mi expresión. Sin embargo, Helene Aquilla y yo hemos pasado juntos casi todos los días de los catorce años que llevamos entrenándonos en la Academia Militar de Risco Negro; seguramente es capaz de oír lo que pienso.

Me rodea en silencio y la miro a los ojos, que son tan azules y claros como las cálidas aguas de las islas del sur. Yo llevo la máscara sobre la cara, como algo independiente y ajeno a mí que oculta tanto mis rasgos como mis emociones. Pero la máscara de Hel se aferra a ella como una segunda piel plateada, así que advierto el ligero fruncir del ceño cuando me mira.

«Relájate, Elias —me digo—. Solo estás buscando a un desertor.»

—No ha huido por aquí —responde Hel. Se pasa una mano por el pelo, que lleva trenzado, como siempre, formando una prieta corona rubia plateada—. Dex se ha llevado a una compañía auxiliar a la atalaya del norte y se han adentrado en los túneles de la rama este. ¿Crees que lo atraparán?

Los soldados auxiliares, aunque no tan bien entrenados como los legionarios y sin punto de comparación con los máscaras, no dejan de ser cazadores despiadados.

—Claro que lo atraparán —respondo, sin conseguir ocultar la amargura del tono; Helene me mira con reproche—. Miserable cobarde —añado—. De todos modos, ¿por qué estás despierta? Esta mañana no te tocaba guardia.

«Me he asegurado.»

—Por los malditos tambores —responde Helene, que examina el túnel—. Han despertado a todo el mundo.

Los tambores, claro. «Desertor —anunciaban en medio de la guardia de noche—. Todas las unidades en activo a los muros.»

Helene habrá decidido unirse a la cacería. Dex, mi lugarteniente, le habrá dicho por dónde me había marchado sin darle mayor importancia.

—Se me ha ocurrido que quizá el desertor huyera por aquí —señalo mientras le doy la espalda a mi mochila escondida para mirar hacia otro túnel—. Supongo que me he equivocado. Debería alcanzar a Dex.

—Por mucho que odie reconocerlo, normalmente no te equivocas.

Helene ladea la cabeza y me sonríe. Vuelve a reconcomerme la culpa, que me forma un nudo en el estómago hasta comprimirme las tripas. Se enfurecerá cuando sepa lo que he hecho. No me lo perdonará nunca.

«Da igual, ya has tomado una decisión. No puedes echarte atrás.»

Una gota de sudor me resbala por el cuello. No le hago caso.

—Hace calor y apesta —digo—. Como todo aquí abajo.

«Venga, vámonos», quiero añadir, pero hacerlo sería como tatuarme en la frente: «Estoy tramando algo». Me callo y me apoyo en la pared de la catacumba, con los brazos cruzados.

«El campo de batalla es mi templo», recito mentalmente. Es el dicho que me enseñó mi abuelo el día que me conoció, cuando yo tenía seis años. Insistió en que aguzara la mente igual que una piedra de afilar lo hace con una hoja. «La punta de la espada es mi sacerdote. El baile de la muerte es mi plegaria. El golpe de gracia es mi liberación.»

Helene examina mis huellas, borrosas, y las sigue hasta la cripta en la que he ocultado mi mochila, hasta las calaveras que he apilado allí. Sospecha, y, de repente, la tensión se palpa en el aire.

«Maldita sea.»

Tengo que distraerla. Mientras ella divide su atención entre la cripta y yo, me dedico a recorrerle el cuerpo con la mirada. Ella mide metro setenta y algo, unos quince centímetros menos que yo. Es la única chica que estudia en Risco Negro; con el uniforme negro ceñido que llevamos todos los estudiantes, su figura fuerte y esbelta siempre despierta miradas de admiración. No la mía. Somos amigos desde hace demasiado tiempo.

«Venga, fíjate. Fíjate en la forma en que te miro y enfádate conmigo.»

Cuando nuestros ojos se encuentran, los míos tan descarados como si fueran los de un marinero recién arribado a puerto, abre la boca como si fuera a insultarme, pero después se vuelve de nuevo hacia la cripta.

Si ve la mochila y adivina lo que pretendo, estoy acabado. Puede que odie hacerlo, sin embargo, la ley imperial la obligaría a informar sobre mí, y Helene no ha infringido la ley en toda su vida.

—Elias…

Preparo mi mentira: «Solo quería perderme un par de días, Hel. Necesitaba tiempo para pensar. No quería preocuparte».

Bum, bum, bum.

Los tambores.

Sin pensarlo, traduzco el mensaje que pretende comunicar el dispar redoble: «Desertor atrapado. Todos los alumnos deben presentarse de inmediato en el patio central».

Se me cae el alma a los pies. Una parte de mí, todavía ingenua, esperaba que el desertor al menos lograra salir de la ciudad.

—No ha durado mucho —comento—. Deberíamos ir.

Llego al túnel principal. Helene me sigue, como sabía que haría. Preferiría apuñalarse un ojo antes que desobedecer una orden directa; es una verdadera marcial, más leal al Imperio que a su propia madre. Como cualquier buen máscara en formación, sigue el lema de Risco Negro al pie de la letra: «El deber es lo primero, hasta la muerte».

Me pregunto qué diría si supiera lo que estaba haciendo en los túneles, en realidad.

Me pregunto qué pensaría del odio que siento por el Imperio.

Me pregunto qué haría si descubriera que su mejor amigo planea desertar.

III

Laia

El máscara entra a paso tranquilo, con las enormes manos relajadas a ambos lados del cuerpo. El extraño metal que le da nombre se pega a su piel desde la frente hasta la mandíbula como si fuera pintura plateada, marcando todos y cada uno de sus rasgos: desde las finas cejas hasta los ángulos cerrados de los pómulos. La armadura chapada en cobre le recorre el contorno de los músculos y enfatiza la fuerza de su cuerpo.

Una ráfaga de viento le levanta la capa negra, y el máscara mira a su alrededor, al patio trasero, como si acabara de llegar a una fiesta al aire libre. Sus ojos claros me encuentran, me recorren por completo y se detienen en mi rostro con la fría mirada de un reptil.

—Vaya, qué cosa más bonita —dice.

Me tiro hacia abajo del dobladillo del camisón, desesperada; desearía llevar puesta la falda amorfa hasta los tobillos que visto durante el día. El máscara ni se inmuta. En su rostro nada me ofrece una pista sobre lo que piensa, aunque me lo imagino.

Darin se coloca delante de mí y mira hacia la valla, como si calculara el tiempo que tardaríamos en alcanzarla.

—Estoy solo, chico —añade el máscara, dirigiéndose a Darin con tanta emoción como un cadáver—. El resto de los hombres están dentro de tu casa. Puedes huir, si quieres —añade, al tiempo que se aparta de la puerta—. Pero insisto en que dejes aquí a la chica.

Darin levanta el cuchillo.

—Muy caballeroso —comenta el máscara.

Entonces, ataca: un relámpago de cobre y plata que brota de un cielo vacío. En lo que yo tardo en ahogar un grito, el máscara ha empotrado el rostro de mi hermano en el suelo arenoso y le ha sujetado el cuerpo con una rodilla. El cuchillo de la abuela cae en la tierra.

Dejo escapar un grito solitario que flota en la calma noche de verano. Unos segundos después, noto el pinchazo de la punta de una cimitarra en el cuello. Ni siquiera le he visto sacar el arma.

—Calla —me ordena—. Manos arriba. Entrad.

El máscara utiliza una mano para coger a Darin por el cuello, y la otra, para empujarme con la cimitarra. Mi hermano cojea, y tiene la cara ensangrentada y expresión aturdida. Cuando forcejea como un pez en el anzuelo, el máscara lo sujeta con más fuerza.

Entonces se abre la puerta de atrás de la casa y sale un legionario de capa azul.

—La casa está bajo control, comandante.

El máscara empuja a Darin hacia el soldado.

—Átalo. Es fuerte.

Después me agarra por el pelo y me lo retuerce hasta que grito.

—Hummm —dice, y se inclina para acercárseme a la oreja mientras yo me encojo, con un nudo de terror en la garganta—. Siempre me han gustado las chicas de pelo oscuro.

Me pregunto si tendrá una hermana, una esposa, una mujer. Pero daría igual que la tuviera: para él, no soy familia de nadie, sino un objeto que someter, utilizar y desechar. El máscara me arrastra por el pasillo hasta la habitación principal como si fuera un cazador arrastrando a su presa muerta. «Lucha —me digo—. Lucha.» Pero, como si percibiera mis lamentables intentos por recuperar el valor, su mano me aprieta y el dolor me atraviesa el cráneo. Me dejo caer y él sigue arrastrándome.

Los legionarios están hombro con hombro en el cuarto, entre los muebles volcados y los tarros de mermelada rotos. «Al final, el mercader no se va a llevar nada.» Tantos días perdidos sobre hervidores humeantes, con el pelo y la piel oliendo a albaricoques y canela. Tantos tarros hervidos y secados, llenados y sellados. Para nada. Todo para nada.

Las lámparas están encendidas, y los abuelos, arrodillados en el centro de la habitación, con las manos atadas a la espalda. El soldado que sujeta a Darin lo empuja al suelo, junto a ellos.

—¿Ato también a la chica, señor?

Otro soldado toca la cuerda que lleva en el cinturón, pero el máscara me deja entre dos legionarios corpulentos.

—No va a causar problemas —dice, fulminándome con la mirada—. ¿Verdad?

Sacudo la cabeza y me encojo; me odio por ser tan cobarde. Busco con los dedos el brazalete deslustrado de mi madre, el que llevo en torno al bíceps, y toco el familiar grabado para que me dé fuerzas. No las encuentro. Mi madre habría luchado, habría muerto antes que soportar esta humillación. Pero yo no consigo moverme: el miedo me ha atrapado como si no fuera más que un animal medio tonto.

Un legionario entra en el cuarto; parece bastante nervioso.

—No está aquí, comandante.

El máscara mira a mi hermano.

—¿Dónde está el cuaderno?

Darin mantiene la mirada fija al frente, en silencio. Su respiración es tranquila y firme, y ya no parece aturdido. De hecho, se le ve casi sereno.

El máscara hace un gesto, un movimiento insignificante. Uno de los legionarios coge a la abuela por el cuello y estrella su frágil cuerpo contra una pared. Ella se muerde el labio y le veo chispas azules en los ojos. Darin intenta levantarse, pero otro soldado lo obliga a quedarse en el suelo.

El máscara recoge un trozo de cristal de uno de los tarros rotos y saca la lengua como una serpiente para lamer la mermelada.

—Qué pena que se desperdicie —comenta. Después acaricia la cara de la abuela con el borde del cristal—. Debías de ser muy guapa, con esos ojos… —Se vuelve hacia Darin—. ¿Quieres que se los arranque?

—Está al otro lado de la ventana del dormitorio pequeño. En el seto.

Lo digo en voz baja, es poco más que un susurro, pero los soldados lo oyen. El máscara asiente con la cabeza y uno de los legionarios desaparece por el pasillo. Darin no me mira, pero percibo su consternación.

«¿Por qué me has pedido que lo escondiera? —quiero gritarle—. ¿Por qué has traído a casa ese maldito cuaderno?»

El legionario regresa con el libro. Durante unos segundos insufribles, el único ruido que se oye en la habitación es el susurro de las hojas mientras el máscara ojea los bocetos. Si el resto del cuaderno se parece a la página que he encontrado yo, sé lo que verá: cuchillos, espadas y vainas marciales, forjas, fórmulas, instrucciones… Cosas que ningún académico debería saber, y mucho menos recrear en papel.

—¿Cómo entraste en el barrio de las Armas, chico? —pregunta el máscara al levantar la mirada del cuaderno—. ¿Ha sobornado la resistencia a algún esclavo plebeyo para que te colara dentro?

Ahogo un sollozo. Parte de mí siente alivio al constatar que Darin no es un traidor. La otra parte quiere gritarle por ser tan tonto: colaborar con la resistencia académica se castiga con la muerte.

—Entré yo solo —responde mi hermano—. La resistencia no ha tenido nada que ver.

—Te vieron entrar en las catacumbas anoche, después del toque de queda —dice el máscara, que casi parece aburrido—, en compañía de conocidos rebeldes académicos.

—Anoche llegó a casa mucho antes del toque de queda —interviene el abuelo.

Me resulta extraño oír mentir a mi abuelo, pero no sirve de nada: el máscara solo tiene ojos para mi hermano. El hombre ni parpadea mientras lee el rostro de Darin como yo leo un libro.

—A esos rebeldes los han detenido hoy —explica el máscara—. Uno de ellos ha dado tu nombre antes de morir. ¿Qué hacías con ellos?

—Me siguieron —respondió Darin, muy tranquilo. Como si ya lo hubiera hecho antes. Como si no temiera nada—. No los conocía.

—Y, sin embargo, ellos sí conocían tu cuaderno. Me han hablado de él. ¿Cómo lo sabían? ¿Qué querían de ti?

—No lo sé.

El máscara aprieta el cristal contra la suave piel de debajo del ojo de la abuela, y a ella se le abren mucho las fosas nasales. Un reguero de sangre le recorre una arruga del rostro.

Darin toma aire; es lo único que traiciona la presión a la que está sometido.

—Querían que les diera mi cuaderno —dice—, pero no quise. Lo juro.

—¿Y su escondite?

—No lo vi. Me vendaron los ojos. Estábamos en las catacumbas.

—¿En qué parte de las catacumbas?

—No lo vi. Me vendaron los ojos.

El máscara observa a mi hermano un buen rato. No sé cómo Darin puede permanecer impasible frente a esa mirada.

—Te has preparado para esto —comenta el máscara, cuya voz deja entrever una ligera sorpresa—. Erguido, respiración profunda, las mismas respuestas a diferentes preguntas. ¿Quién te ha entrenado, chico?

Como Darin no contesta, el máscara se encoge de hombros.

—Unas cuantas semanas en prisión te soltarán la lengua.

La abuela y yo nos miramos, asustadas: si Darin acaba en una cárcel marcial, no volveremos a verlo. Se pasarán semanas interrogándolo y, después, o lo venderán como esclavo o lo matarán.

—No es más que un crío —repone el abuelo despacio, como si tratara con un paciente enfadado—. Por favor…

Vemos un relámpago de acero y, acto seguido, el abuelo se desploma como una piedra. El máscara se mueve tan deprisa que no entiendo lo que ha hecho, no hasta que mi nana corre hacia el abuelo. No hasta que deja escapar un chillido agudo, un rayo de dolor puro que me hace caer de rodillas.

«Tata. Por los cielos, tata, no. —Una docena de promesas se me graban a fuego en la cabeza—. No volveré a desobedecer, no volveré a hacer nada malo, no me quejaré del trabajo…, con tal de que el abuelo viva.»

Pero la abuela se tira del pelo y grita, y si el abuelo estuviera vivo no permitiría que siguiera haciéndolo. No lo habría soportado. La calma de Darin se desmorona como cortada de cuajo por una guadaña y el rostro se le desencaja de horror, el mismo que me cala hasta los huesos.

La abuela consigue ponerse en pie y dar un paso tambaleante hacia el máscara. Él alarga un brazo, como si fuera a ponerle la mano en el hombro. Lo último que veo en los ojos de mi abuela es terror. Después, el guantelete del máscara se mueve una sola vez y le dibuja una delgada línea roja a lo largo del cuello, una línea que se hace más ancha y más roja hasta que la abuela cae.

Su cuerpo golpea el suelo con un ruido sordo, con los ojos todavía abiertos y relucientes de lágrimas, mientras la sangre le brota del cuello y se derrama sobre la alfombra que tejimos juntas el invierno pasado.

—Señor —interviene uno de los legionarios—, queda una hora para el alba.

—Sacad de aquí al chico —ordena el máscara, que no vuelve a mirar a la abuela—. Y quemad este sitio.

Entonces se vuelve hacia mí y deseo poder convertirme en una sombra de la pared que tengo detrás. Lo deseo más que nada en el mundo, aunque sé lo estúpido que es. Los soldados que me flanquean se sonríen el uno al otro mientras el máscara da un lento paso hacia mí. Me sostiene la mirada como si oliera el miedo, como una cobra hechizando a su presa.

«No, por favor, no. Desaparecer, quiero desaparecer.»

El máscara parpadea, y una emoción extraña le asoma a los ojos: sorpresa o conmoción, no sé decirlo. Da igual, porque, en ese momento, Darin se levanta del suelo de un salto. Mientras yo me encogía, él se soltaba las ataduras. Extiende las manos como garras y se lanza a por el cuello del máscara; la rabia le proporciona la fuerza de un león y, por un segundo, es idéntico a mi madre, con el radiante cabello color miel y la boca contraída en un gruñido salvaje.

El máscara retrocede hasta pisar el charco de sangre junto a la cabeza de la abuela, y Darin cae sobre él, lo derriba y empieza a golpearlo una y otra vez. Los legionarios se quedan petrificados, sin poder creérselo, hasta que recobran el sentido y se lanzan a por él, entre gritos y maldiciones. Darin saca una daga del cinturón del máscara antes de que los legionarios lo derriben.

—¡Laia! —me grita mi hermano—. ¡Huye!

«No huyas, Laia. Ayúdalo. Lucha.»

Pero pienso en la fría mirada del máscara, en la violencia que prometen sus ojos. «Siempre me han gustado las chicas de pelo oscuro.» Me violará y después me matará.

Me estremezco y corro de vuelta al callejón. Nadie me detiene. Nadie se da cuenta.

—¡Laia! —grita Darin con un tono que nunca antes le había oído emplear.

Está frenético, atrapado. Me ha pedido que huyera, pero si yo gritara así, él acudiría. No me abandonaría jamás. Me detengo.

«Ayúdalo, Laia —me ordena una voz dentro de mi cabeza—. Muévete.»

Y otra voz, más insistente y fuerte: «No puedes salvarlo. Haz lo que te pide y huye».

Con el rabillo del ojo veo llamas; huele a humo. Uno de los legionarios ha empezado a quemar la casa y el fuego la consumirá en cuestión de minutos.

—Esta vez átalo bien y llévalo a una celda de interrogatorios —ordena el máscara mientras se aparta de la pelea y se restriega la mandíbula.

Cuando me ve, curiosamente, se queda quieto. Lo miro a los ojos de mala gana y él ladea la cabeza.

—Huye, niñita —dice.

Mi hermano sigue forcejeando y sus gritos me atraviesan como un puñal. Entonces sé que los oiré una y otra vez, que su eco retumbará en todas las horas de todos mis días hasta que muera o hasta que lo arregle. Lo sé.

Y, aun así, huyo.

Las calles estrechas y los mercados polvorientos del barrio Académico pasan junto a mí como un paisaje de pesadilla desdibujado. A cada paso que doy, una parte de mi cerebro me grita que dé media vuelta, que regrese, que ayude a Darin. A cada paso que doy, se hace menos probable, hasta que deja de ser una posibilidad, hasta que la única palabra que oigo es «huye».

Los soldados salen a por mí, pero he crecido entre las achaparradas casas de barro cocido del barrio, así que los pierdo rápidamente.

Llega el alba y mi alocada huida se convierte en un deambular tambaleante de callejón en callejón. ¿Adónde voy? ¿Qué hago? Necesito un plan, pero no sé por dónde empezar. ¿Quién puede ofrecerme ayuda o consuelo? Mis vecinos me rechazarán por temor a perder la vida. Mi familia está muerta o en prisión. Mi mejor amiga, Zara, desapareció en una redada hace un año y mis otros amigos tienen sus propios problemas.

Estoy sola.

Cuando sale el sol, me encuentro en un edificio vacío en la zona más vieja del barrio. La estructura derruida se agazapa como un animal herido en un laberinto de viviendas cochambrosas. El hedor a basura impregna el aire.

Me acurruco en la esquina de una habitación. Se me ha soltado la trenza y el pelo me cae hecho un verdadero lío. Las puntadas rojas que recorren el dobladillo del camisón están desgarradas; el brillante hilo cuelga lacio. La abuela cosió esos dobladillos para mi decimoséptimo cumpleaños, para iluminar una ropa que, sin ellos, es muy gris. Era uno de los pocos regalos que podía permitirse.

Ahora ha muerto, como el abuelo. Como mis padres y mi hermana, hace tiempo.

Y Darin. Secuestrado. Arrastrado a una celda de interrogatorios en la que los marciales le harán quién sabe qué.

La vida se compone de un millón de momentos que no significan nada, pero el momento en que Darin ha gritado mi nombre… Ese momento lo ha significado todo. Ha sido una prueba de valor. Y no la superé.

«¡Laia! ¡Huye!»

¿Por qué le he hecho caso? Debería haberme quedado. Debería haber hecho algo. Gimo y me sujeto la cabeza. No dejo de oírlo. ¿Dónde estará ahora? ¿Habrán comenzado ya el interrogatorio? Se estará preguntando qué me ha pasado. Se estará preguntando cómo su hermana ha sido capaz de abandonarlo.

Vislumbro un movimiento furtivo con el rabillo del ojo y se me eriza el vello de la nuca. ¿Una rata? ¿Un cuervo? Las sombras se mueven y, dentro de ellas, brillan dos ojos malévolos. Otros pares de ojos se unen a los primeros, siniestros y entornados.

«Alucinaciones —oigo mentalmente afirmar al abuelo, ofreciendo su diagnóstico—. Síntoma de conmoción.»

Alucinaciones o no, las sombras parecen reales. Sus ojos relucen con el fuego de soles en miniatura y me rodean como hienas, más audaces con cada vuelta que dan.

—Lo hemos visto —sisean—. Sabemos que eres débil. Morirá por tu culpa.

—No —susurro.

Pero las sombras tienen razón. Me he ido sin Darin, lo he abandonado. Que me haya empujado a marcharme no importa. ¿Cómo he podido ser tan cobarde?

Me aferro al brazalete de mi madre, pero tocarlo solo sirve para acabar sintiéndome peor. Mi madre habría sido mucho más lista que el máscara. Habría conseguido salvar a Darin y a los abuelos de algún modo.

Incluso la abuela era más valiente que yo. Mi nana, con su frágil cuerpo y sus ojos ardientes. Con su espalda de acero. Mi madre heredó el fuego de la abuela y, después de ella, lo heredó Darin.

Pero yo no.

«Huye, niñita.»

Las sombras se acercan, centímetro a centímetro, y cierro los ojos para espantarlas con la esperanza de que desaparezcan. Intento poner orden en los pensamientos que me rebotan por la cabeza, reunirlos.

Oigo gritos y botas a lo lejos: si los soldados siguen buscándome, aquí no estoy a salvo.

Quizá debería permitir que me encontraran y me hicieran lo que quisieran. He abandonado a alguien de mi propia sangre. Merezco un castigo.

Sin embargo, el mismo instinto que me ha urgido a huir del máscara hace que me ponga en pie. Me dirijo a las calles y me pierdo entre los viandantes de la mañana, que empiezan a salir. Unos cuantos académicos me miran más de la cuenta, algunos con desconfianza, otros con compasión. Pero la mayoría ni me ve. Hace que me pregunte cuántas veces habré pasado junto a alguien que huía, alguien a quien acababan de arrebatar todo lo que tenía en el mundo.

Me detengo a descansar en un callejón que resbala por culpa de las aguas residuales. Un denso humo negro surge del otro extremo del barrio y palidece al subir al cálido cielo. Es mi casa, que arde. Las mermeladas de la abuela, las medicinas del abuelo, los dibujos de Darin, mis libros; todo perdido. Todo lo que soy. Perdido.

«No todo, Laia. No Darin.»

Justo en el centro del callejón hay una rejilla, a pocos metros de mí. Como todas las del barrio, conduce a las catacumbas de Serra, hogar de esqueletos, fantasmas, ratas, ladrones… y, seguramente, de la resistencia académica.

¿Espiaba Darin para ellos? ¿Lo metió la resistencia en el barrio de las Armas? A pesar de lo que le ha contado mi hermano al máscara, es la única respuesta que tiene sentido. Se rumorea que los combatientes de la resistencia se vuelven cada vez más osados y no solo reclutan a académicos, sino también a marinos, del país libre de Marinn, al norte, y a tribales, cuyo territorio del desierto es protectorado del Imperio.

Los abuelos nunca hablaban de la resistencia delante de mí, pero, a última hora de la noche, los oía murmurar que los rebeldes han liberado a prisioneros académicos en sus ataques a los marciales. Que los combatientes han asaltado las caravanas de la clase mercante marcial, los mercatores, y que han asesinado a miembros de la clase alta, los perilustres. Solo los rebeldes se enfrentan a los marciales. Son escurridizos, la única arma con la que cuentan los académicos. Si alguien es capaz de acercarse a las forjas, son ellos.

Me doy cuenta de que puede que la resistencia me ayude. Han asaltado mi hogar, lo han quemado hasta los cimientos y han asesinado a mi familia porque dos de los rebeldes dieron el nombre de Darin al Imperio. Si logro encontrar a la resistencia y explicar lo sucedido, a lo mejor me ayudan a liberar a Darin de la cárcel… No solo porque me lo deban, sino porque viven según el Izzat, un código de honor tan antiguo como los académicos. Los líderes rebeldes son los mejores académicos, los más valientes. Mis padres me lo enseñaron antes de que el Imperio los matara. Si pido ayuda, la resistencia no me la negará.

Doy un paso hacia la rejilla.

Nunca he estado en las catacumbas de Serra. Son cientos de miles de túneles y cuevas que serpentean bajo la ciudad, algunos repletos de huesos acumulados durante varios siglos. Nadie utiliza ya las criptas para los entierros, y ni siquiera el Imperio ha logrado cartografiar todas las catacumbas. Si el Imperio, con todo su poder, no es capaz de encontrar a los rebeldes, ¿cómo voy a hacerlo yo?

«No te detendrás hasta que lo hagas.»

Levanto la rejilla y me quedo mirando el agujero negro que tapaba. Tengo que bajar ahí. Tengo que encontrar a la resistencia. Porque, si no lo hago, mi hermano no tiene ninguna posibilidad. Si no encuentro a los rebeldes y consigo que me ayuden, no volveré a ver a Darin.

IV

Elias

Cuando Helene y yo llegamos al campanario de Risco Negro, ya están en formación casi todos los estudiantes de la escuela, mil en total. Falta una hora para el alba, pero no veo ni un ojo adormilado. Todo lo contrario: parecen nerviosos y agitados. La última vez que desertó alguien, el patio estaba cubierto de escarcha.

Todos saben lo que se avecina. Aprieto los puños una y otra vez. No quiero verlo. Como todos los alumnos de Risco Negro, llegué a la escuela a los seis años, y en los catorce que han transcurrido desde entonces he sido testigo de miles de castigos. Mi propia espalda es un mapa de la brutalidad de la escuela. Pero los desertores son los que se llevan la peor parte.

Tengo el cuerpo tenso como un resorte, pero procuro mantener una expresión neutra y fría. Los centuriones, los maestros de los alumnos de Risco Negro, nos estarán observando. Despertar su ira cuando me queda tan poco para escapar sería una estupidez imperdonable.

Helene y yo pasamos junto a los alumnos más jóvenes, cuatro clases de máscaras novatos, que son los que tendrán una vista más clara de la carnicería. Los más pequeños apenas han cumplido los siete años. Los mayores tienen casi once.

Los novatos bajan la vista cuando pasamos por su lado; somos de último año, y tienen prohibido hasta dirigirse a nosotros. Permanecen derechos como atizadores, con las cimitarras inclinadas en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados a sus espaldas, las botas relucientes de saliva, los rostros con la expresividad de una piedra. Incluso los más jóvenes han aprendido las lecciones más importantes que imparte Risco Negro: obedecer, amoldarse y mantener la boca cerrada.

Detrás de los novatos hay un espacio vacío en honor a la segunda tanda de estudiantes de la escuela, a los que llaman los cincos, porque son muchos los que mueren en el quinto año. A los once años, los centuriones nos echan de Risco Negro y nos dejan en las tierras salvajes del Imperio sin ropa, comida ni armas para que sobrevivamos como podamos durante cuatro años. Los cincos que sobreviven regresan a Risco Negro, reciben sus máscaras y se pasan otros cuatro años como cadetes y, después, dos años más como calaveras. Helene y yo somos calaveras de último año, a punto de terminar.

Los centuriones nos vigilan desde los arcos que recorren el patio, con las manos en los látigos mientras esperan la llegada de la comandante de Risco Negro. Permanecen inmóviles como estatuas; hace ya tiempo que las máscaras se fundieron con sus rostros, así que cualquier indicio de emoción no es más que un recuerdo lejano.

Me llevo una mano a mi máscara y reprimo el deseo de arrancármela de la cara, aunque solo sea por un minuto. Como el resto de mis compañeros, recibí la máscara el primer día como cadete, cuando tenía catorce años. A diferencia de mis compañeros (y para mayor preocupación de Helene), la suave plata líquida no se me ha disuelto en la piel, como se supone que debe. Seguramente porque me quito la maldita careta en cuanto me quedo a solas.

He odiado esta máscara desde el día en que un augur (un hombre santo del Imperio) me la entregó en una caja forrada de terciopelo. Odio la forma en que se me pega como un parásito. Odio la forma en que me aprieta la cara, en que se amolda a mi piel.

Soy el único estudiante al que la máscara todavía no se le ha fundido con la piel, algo que a mis enemigos les encanta recalcar. Sin embargo, últimamente, la máscara ha empezado a contraatacar, a forzar el proceso de unión introduciéndome diminutos filamentos en la nuca. Hace que se me ponga la piel de gallina, que sienta que dejo de ser yo mismo. Que no volveré a ser yo mismo.

—Veturius. —El lugarteniente del pelotón de Hel, Demetrius, un tipo desgarbado de pelo rubio arena, me llama cuando nos sentamos con los demás calaveras de último año—. ¿Quién es? ¿Quién es el desertor?

—No lo sé, lo han traído Dex y los auxis.

Miro alrededor en buscar de mi lugarteniente, pero todavía no ha llegado.

—He oído que es un novato.

Demetrius se queda mirando el bloque de madera que sobresale de los adoquines de color marrón sangre en la base del campanario: el poste de los azotes.

—Uno de los mayores, de cuarto año —añade.

Helene y yo nos miramos. El hermano pequeño de Demetrius también intentó desertar de Risco Negro cuando estaba en cuarto y solo tenía diez años. Duró tres horas al otro lado de las puertas antes de que los legionarios lo a ...