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VALERIA EN EL ESPEJO (SAGA VALERIA 2)

Elísabet Benavent

5


Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

1. Vacaciones

2. Vuelta a la realidad

3. Las consecuencias de escribir sobre una misma…

4. Sushi, vino y ese top tan descarado

5. Las preguntas pendientes

6. Las demás

7. Valeria tiene quince años

8. Huy, huy, huy…

9. La respuesta a todas las preguntas pendientes

10. Cuidado con lo que deseas

11. ¿Y si…?

12. La fiesta de cumpleaños

13. La vida anterior de Víctor

14. La respuesta esperada

15. Tic tac…

16. Aprendiendo…

17. ¡Una y no más, santo Tomás!

18. Valeria, la vida en pareja y la realidad

19. Solita conmigo misma

20. Darse cuenta duele

21. ¿Dónde están las llaves, matarile rile rile?

Recibe antes que nadie historias como ésta

22. Así lavaba, así, así, así lavaba que yo la vi

23. Tú ya me quieres, pero aún no te has dado cuenta

24. Sentir miedo no tiene sentido

25. La escapada

26. Imposible

27. Las complicaciones

28. Las consecuencias de ser una cobarde

29. Ordenar la basura

30. Nos hacemos mayores

31. Hacer cola en tu restaurante preferido, Lolita

32. A mi manera

33. Nerea y qué envidia me da todo sin querer admitirlo

34. Quiero verte

35. Magia

36. Mi mamá me mima… ¿O me mima mi mujer?

37. La solución final

38. El siguiente y último paso hacia ti

39. Yo digo que no

40. El mundo al revés

Epílogo. Email. Recibido a las 16.47 h

Agradecimientos

Engánchate al fenómeno Valeria

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

A mis Valerias, Cármenes, Lolas y Nereas.

Gracias por inspirarme.

1

VACACIONES

Salí al balcón del pequeño hotel de Gandía y me encendí un cigarrillo. Acababa de darme una ducha y me sentía relajada y tranquila. Miré el humo ondulante y pensé que debía dejarlo y de paso ahorrar, pero le di una calada que me llegó hasta los pies. Empezaba a ser una costumbre eso de decirme cosas y no hacerme ni puñetero caso.

Me apoyé en la barandilla y deseé no tener que volver a la realidad de nuevo cuando amaneciera. El mar ondeaba a lo lejos y sobre él la luna iba dejando esquirlas en el agua. Allí todo era así, sencillamente bonito. Sin preocupaciones, sin dobles sentidos. Solo agradable. Ojalá aquella noche durara días. No me veía preparada para volver y asumir lo que me esperaba.

En un principio, aquellas vacaciones parecían una mala idea. Todo el mundo opinó que pasar diez días sola después de lo que había ocurrido solo serviría para darle vueltas a la cabeza sin parar. Y ya se sabe: con las cosas tan hechas no suele tener demasiado sentido eso de pensar. Había dado por perdido mi matrimonio, me había colgado de uno de esos hombres que nunca nos convienen y había acordado separarme. Bueno…, habría sido mejor pensar antes de hacer.

Sin embargo, contra todo pronóstico, estar sola había sido una delicia desde el trayecto en tren hasta aquella noche, quizá porque seguía sin arrepentirme de las decisiones que había tomado, aunque las maneras hubieran sido poco «elegantes». Si tuviera que cambiar algo de lo que hice…, solo cambiaría el orden.

Inevitablemente, me había llevado en el equipaje el recuerdo de ciertas cosas que sí quería meditar. Víctor. Cómo no. Un Víctor que lo ocupaba todo y que apenas me dejaba pensar en otra cosa.

«Esperaré a que me llames, Valeria, pero no lo haré eternamente».

Hasta soñaba con ello, y en mis sueños nunca llamaba en el momento indicado.

No había sabido nada de él desde que nos besamos en la puerta de su estudio y, aunque estaba satisfecha con mantenerme firme con aquel distanciamiento, me inquietaba plantearme si sería algo puntual o si lo nuestro quedaría en lo que había sido hasta el momento.

Víctor. Madre de Dios santísimo. Qué portento. Aún me daba vueltas la cabeza cuando lo recordaba desnudo entre mis piernas, haciéndome gruñir de placer, llevándome hasta el coma. Víctor tenía aquel poder; me atontaba. Y no solo en la cama. Pero estaba tan reciente la decisión de separarme de Adrián…, no podía dejar de tener remordimientos por desearle tanto.

Adrián sí me había llamado en un par de ocasiones para saber cómo andaba y cuándo saldría publicado mi libro.

Buf…, mi libro. Sí, ese libro que escribí sobre los últimos meses de mi vida y la de mis chicas. Aquello iba a traer cola. Sabía que muchas personas no estaban preparadas para verse tan reflejadas en algo que acabaría a la venta en las estanterías de las librerías. Y más me valía que se vendiera mucho, porque ahora que Adrián no estaba en casa, la economía dependía de mí solita. Pero ¿comprendería él que lo expusiera de esa manera? Sí, me había encargado de no utilizar su nombre real, pero para la gente que nos conocía sería tan evidente…

Mi editor, agente o quienquiera que sea Jose me había telefoneado el mismo día que salí de vacaciones para decirme que habían decidido publicar el libro lo antes posible. Ya lo habían maquetado y estaba en proceso de corrección. Y todo esto en… ¿qué? En semanas. No dejaba de sorprenderme.

Yo lo dejé en manos de mis editores e intenté desentenderme hasta donde pude de un asunto así. Contar mi vida en un libro…, ¿en qué momento había empezado a perder la cabeza?

Volví de pronto a pensar en Víctor. Ni siquiera estaba segura de que fuera a esperarme un tiempo prudencial. Quizá en aquel mismo momento se despedía de alguna niña guapa con un beso en la boca en cualquier portal. O peor. A lo mejor había echado mano de esas «amigas recurrentes» a las que había dejado de ver por mí y estaba entregado al fornicio con la espalda perlada de sudor y la respiración irregular, jadeante. ¡Ay, por Dios, con ellas no! ¡Conmigo, conmigo!

Víctor era un pecado con patas. Sin embargo…, tenía que esperar; no podía precipitarme.

Cerré los ojos y lo recordé recorriéndome entera con la lengua.

Barajé la posibilidad de mandarle un mensaje durante aquellas vacaciones, puramente de cortesía, claro, pero sabía que se me iba a ver el plumero. Ahora que volvía a estar (entre comillas) soltera, tenía miedo de no interesarle. Ya se sabe, ahora que podía a lo mejor no quería. Su reacción al confesarle que había dejado a Adrián no fue lo que se dice de cuento de hadas. En las novelas románticas esas cosas no pasaban. En las novelas románticas ellos, a pecho descubierto, lo dejaban todo por estrechar a las heroínas entre sus brazos, mientras el viento les mecía los cabellos. Nada más lejos de la realidad. En la vida real las cosas nunca eran tan idílicas.

Si quería saber algo de él sin tener que dar un paso al frente, lo más sencillo hubiera sido preguntarle a Lola, que lo veía más o menos con asiduidad, pero no quería que ella se enterara aún de que Víctor me había marcado tanto. A decir verdad, llegaba el momento de tener que confesarlo todo y no estaba preparada. Mejor esperaba a que saliera publicado el libro y ella pudiera leerlo. Me sentía ruin, pero es lo que tiene ir de valiente por la vida y airear las aventuras sexuales de una.

Me tapé la cara en un acto reflejo en cuanto me acordé de las sorpresas que iban a encontrar mis conocidos cuando empezaran a leerlo. En casa de mis padres iba a estar completamente vetado. ¿Y si lo publicaba bajo pseudónimo? Bah, lo pensaba demasiado tarde. Aquello me pasaba por hacerme la chulita.

El móvil sonó sobre la mesita de noche. Un mensaje. Me pregunté de quién sería mientras me terminaba el cigarrillo. Hacía dos días que había hablado con Lola; una semana que había llamado a Nerea y a Carmen. Esa misma mañana había hablado con mi madre y con mi hermana para preguntarle cómo iba con su embarazo. Más tarde en el tren había recibido una llamada de Adrián y su despedida sonó a «dejo la pelota en tu tejado para que me devuelvas la llamada»; ni siquiera me salió decirle que me marchaba unos días de la ciudad.

Quise que aquel mensaje fuera de Víctor…, eso me animaría la noche. ¿A quién quiero engañar? Me alegraría la semana o hasta el mes, según en qué tono lo hubiera escrito. Apagué el cigarrillo en el cenicero que había en la mesa de la terraza y entré en la habitación mientras me convencía de que no debía desilusionarme si al final eran los de la compañía telefónica con el último recibo. Cogí el móvil y respiré hondo, como los atletas que se preparan para batir un récord, y…

Allí estaba: «Sé que no debería mandarte este mensaje, que quedamos en que esperaría tu llamada y todas esas cosas, pero… solo quería decirte que sigo alerta por si un día apareces sin avisar. Algo me dice que lo harás. Mis sábanas te echan de menos. Víctor».

Lo leí por lo menos cinco veces seguidas. Como era nueva en esto de los ligues, me obsesioné con desentrañar el sentido de cada palabra, de cada frase. Suspiré frustrada al darme cuenta de que seguía siendo tan críptico como siempre. Vale, me echaba de menos, pero… ¿y si lo único que me añoraba eran sus sábanas? ¿Cuándo narices estaba estipulado que era buen momento para volver? Además, ¿quería decir con ese mensaje que empezaba a desesperarse o simplemente que…?

Qué fatiga esto de ser soltera…

Ligué pensamientos. Víctor y mi libro. Ay, Dios…, el libro. ¿Qué narices me había empujado a vender mi «diario» a la editorial? Ale, allí, con todos mis sentimientos bien descritos… ¡Por si no era lo suficientemente absurda por mí misma! Toma, Víctor, léeme bien a fondo.

Me volví a tapar la cara con las manos.

2

VUELTA A LA REALIDAD

Entré en mi piso con reticencia. Tenía la sensación de que al abrir encontraría a Adrián tirado en la cama, revisando unas fotografías en su portátil. Suspiré. La realidad era otra y debía ir acostumbrándome. Al fin y al cabo, los dos nos lo habíamos buscado, ¿no? Teníamos lo que merecíamos.

Había que pensar en positivo. Como decía Lola al menos ahora tenía todos los armarios de la casa para mí. Para celebrar mi soltería, me había regalado un conejito a pilas, un pijamita de pilingui y una botella de ginebra que seguían esperándome sobre la mesa baja de mi «sala de estar». ¿Esa iba a ser mi vida ahora? Orgasmos mecánicos proporcionados por un pedazo de látex que no te abrazaba después del sexo y un copazo en soledad.

No. Prefería a Víctor.

Y hablando de Víctor…

Aún no había tenido fuerzas ni inspiración para contestarle el mensaje. Quería hacerlo, pero quería hacerlo bien. Ya se sabe, sonar natural y ocurrente a la vez, con un toque enigmático y sexi. Y despreocupado, sobre todo despreocupado. Nada que le diera a entender que me acostaba todas las noches con unas ganas aberrantes de que me atara a su cama y me convirtiera en su esclava.

Claro, como si resultara tan sencillo ser de repente la chica ideal. Y es que en el fondo me sentía como quien sostiene a alguien por el hilo que escapa de una de sus mangas. ¿Quién me decía a mí que Víctor no huiría en cuanto viera que mis intenciones iban más allá de la simple aventura? Una cosa es lo que uno dice, en el fragor y calor de la batalla, y otra muy distinta lo que uno hace cuando todo se calma. Y él ya no había reaccionado demasiado bien a mi separación…

Me senté en el suelo, encendí el aire acondicionado y cogí el móvil. No sabía si es que hacía mucho calor o es que pensar en Víctor encendía mi hornillo interior, pero la cuestión es que me sudaba hasta el alma. Qué poco sexi. ¿Qué habría visto ese chico en mí?

Hice tres intentonas, pero acabé borrando el texto. Me tumbé en la cama y medité acerca de la cantidad de mujeres que se habrían visto en aquella situación con Víctor. Y él habría recibido mensajes de todas las índoles posibles: calientes, divertidos, sofisticados, ocurrentes, buenrolleros… ¿Cuál era definitivamente mi estilo?

Al final opté por contestarle con sinceridad; necesitaba expresar lo que sentía. Total dentro de nada iba a poder leer con total honestidad cómo me había ido colgando de él poco a poco de espaldas a mi marido, hasta no poder quitármelo de la cabeza. Vaya plan.

Al meollo: «Me gustó mucho recibir tu mensaje. Apareceré cuando menos te lo esperes, pero dile a tus sábanas que… Bueno, mejor pensado ya se lo diré yo, ¿no?».

Lo releí y, con los ojos cerrados, pulsé enviar. No me di tiempo de pensar en ello.

Dejé el móvil sepultado por un montón de cojines sobre la cama y cogí el teléfono fijo. Llamé a mi hermana enseguida para mantenerme ocupada y mientras tanto preparé café. Cuando volví a revisar el móvil, cual yonqui, la respuesta estaba anunciada en el display exterior, lo que me dibujó en la cara una estupenda sonrisa de idiota.

«Tengo ganas de verte. Mi casa me recuerda a ti. Mi despacho me recuerda a ti… Todas y cada una de las cosas que tengo ganas de hacer quiero hacértelas a ti. Necesito verte (besarte, tocarte, abrazarte, desnudarte…) pronto. ¿Me estoy portando muy mal? Tendrás que volver para meterme en vereda».

Levanté la cara, miré al infinito y después enarqué las cejas.

Vamos a ver. ¿Qué significaba exactamente eso? Porque, la verdad, sonaba a pistoletazo de salida. ¿Era una señal para que le llamara ya? ¿Había pasado el tiempo suficiente? ¿Se había dado cuenta de que quería estar conmigo? ¿O es que le picaba y tenía ganas de mojar? ¿No tenía para eso un montón de mujeres dispuestas?

Ay, Dios…

Tenía tantas ganas de verle…, quizá demasiadas. Me había pasado ya muchos ratos muertos tratando de desentrañar si Víctor era solo un capricho de mi apetito sexual o algo más y ya tenía bastante claro que estaba colgada de él. Pero aún estaba a tiempo de pararlo, alejarlo para siempre y olvidarlo. Tenía que recordar qué clase de chico era Víctor; hacía ya mucho tiempo que yo había dejado de creer en cuentos en los que el chico cambia. ¿Estaba dispuesta a tragar con lo que significaba encorsetar a Víctor en la monogamia?

Aquello no había por dónde cogerlo. Lo mejor era la callada por respuesta y meditar.

El teléfono de casa interrumpió la meditación apenas unos minutos después. Era Lola, que me llamaba desde su trabajo:

—¿Ya estás en casa? —Ni hola ni qué tal… Lola en vivo y en directo.

—Sí. —Sonreí.

—¿Hogar dulce hogar?

—Bueno, no sabría decirte. De repente es como otra casa.

—Claro. Un pisito de soltera muy guay que te sirva de picadero, muchacha. Pero si te aburres, nos vamos de compras —y respondió de forma automática como si esa fuera a ser la respuesta con independencia de lo que sucediera.

—Estás trabajando, Lola.

—Pero me duele un diente… —contestó con aire grave.

—Estás a punto de coger vacaciones; reserva todos esos planes para cuando estés libre. Seré toda tuya.

Lola lanzó un ronroneo sugerente y después siguió hablando:

—Suena muy lésbico. ¿Cuándo sale el libro?

—Mañana.

—¿Habrá presentación?

—No, han hecho campaña en medios escritos. Te enseñaré los recortes.

—Anoche hablé con Víctor. Nos encontramos en una cervecería.

A bocajarro. Pero ¡qué cabrona! Esas cosas deben ir precedidas de una suave conversación introductoria del tipo: «¿A que no sabes a quién me encontré ayer?».

—Sí…, esto…, me envió un mensaje —contesté tratando de hacerme la interesante.

—Lo sé. Me dijo que llevaba tiempo queriendo llamarte pero que quería darte espacio. Algo de que quedasteis en que tú dejarías la situación respirar y un montón de bla bla bla sentimental. No sabes lo raro que suena escuchar a Víctor en esos términos. Por más que me extrañe, está loco por ti. A decir verdad, creo que fue escuchar tu nombre y empalmarse. —Víctor empalmado. Menuda visión más tórrida me vino a la cabeza. Tórrida y sobre la barra de su cocina, para más señas—. ¿Val? —preguntó para cerciorarse de que seguía al teléfono.

—Sí, sí, estoy aquí. Pero dime…, ¿qué ha pasado con el «no te fíes de él»?

—A todo cerdo le llega su San Quintín.

—Creo que el dicho no es así. —Me reí.

—Bah, qué más da, tú me entiendes. ¿Tienes ganas de verle?

—Sí, pero no quiero precipitarme, que crea que voy a por todas y salga corriendo despavorido. Además…, ¿y Adrián? Es demasiado pronto.

Y a pesar de todo no me creía ni una palabra de lo que estaba diciendo. Tenía unas ganas tremendas de precipitarme. Especialmente hacia su cama y que después me abrazara entre las sábanas.

—Deberías quedar con Víctor y charlar —contestó Lola.

—Con Víctor no puedo charlar. —Me arrepentí del comentario y cambié de tema pronto—. Pero dime, ¿a qué viene esta campaña pro Víctor?

—No es ninguna campaña. Es solo que… Adrián me dio una patada emocional. Me tocó las pelotas. Era el único hombre en el que confiaba. Por su culpa he perdido la fe en la humanidad.

Me revolví el pelo. Joder, aún escocía hablar del tema.

—Yo también me porté mal. —Miré al suelo.

—Creo que Víctor ha sido más valiente.

—¿Que quién?, ¿que Adrián o que yo?

—Que los dos. Al menos hasta ahora.

—Si hubiera tosido cuando le dije que me separaba, se le habrían escapado las gónadas. No suena muy heroico, ¿a que no?

—Démosle tiempo para que trague sus gónadas y vuelvan al sitio. De todas maneras, como carezco de la mitad de la información trascendental de la historia…

Me quedé callada. No quería responder a aquella provocación de Lola. Ponerme a explicarle mis episodios sexuales con Víctor con todo el detalle que ella pediría iba a resultarme agotador y… quería pensar en otra cosa. Las pulsiones que me invadían cuando me acordaba de Víctor no debían de ser sanas.

Gracias a Dios, ella carraspeó y, cambiando el tono de voz, dijo:

—¿Salimos el fin de semana? Carmen y Nerea se apuntan. Solo chicas. Para celebrar que has vuelto, que ha salido tu libro, que estamos en edad de merecer…, esas cosas.

—Estaría bien. —Sonreí.

—Me han hablado muy bien de un garito bastante pijo. Echamos el lazo a un par de niños bien y que nos inviten a copas. Podíamos obligar a Nerea a emborracharse y venderla a alguien.

—Qué mala eres. ¿Cómo anda el «tema Sergio»?

—No hay «tema Sergio».

—No te hagas la dura.

—Es que no me interesa para nada.

—Pero… —repliqué.

—A ver…, que yo sepa no ha vuelto con su novia, pero qué quieres que te diga… Es un gilipollas vestido de tipo duro. Y eso es muy lamentable. Oye, voy a apuntar lo del viernes en la agenda, por tanto queda fijado y ya no te puedes rajar.

Vaya, parecía que para Lola también había temas que escocían.

—¡Uhhhh! ¡El poder de la agenda roja! —dije con tono de voz en off de película de terror.

—Es la biblia, reina, y ella manda.

Colgó sin más, como siempre.

Mi libro…, mierda. Me encendí un cigarrillo y crucé hasta los dedos de los pies con la esperanza de que todos se lo tomaran con humor.

3

LAS CONSECUENCIAS DE ESCRIBIR SOBRE UNA MISMA…

El libro salió un miércoles. Nerea fue la primera en terminarlo. Me escribió un correo electrónico el jueves a las doce de la noche dándome la enhorabuena. Le había gustado mucho, aunque quería aclarar algunas dudas sobre su personaje.

«¿En serio soy tan estirada? Voy a tener que soltarme la melena. Y, vaya, Val, debes de quererme mucho porque no soy ni de lejos tan guapa como cuentas en tu libro».

Sonreí. Al menos ella se lo había tomado con humor y había pasado por alto los comentarios no siempre bienintencionados que yo había vertido sobre la educación que le había dado su familia. Nerea no quería enfadarse conmigo por algo que, no obstante, hacía mucho tiempo que sabía. Nunca he tragado demasiado a su madre y es algo que no consigo disimular.

Y así, en su correo, se despedía dándome las gracias y confesando lo importante que la hacía sentir ser el personaje de una novela publicada: «Lo más emocionante será que nadie sabrá que soy yo, como si fuera una superheroína».

Lola fue la segunda. Lo leyó de un tirón. Había acabado el libro a las seis de la mañana y no había ido a trabajar con la excusa de que no había pegado ojo. En realidad, había pasado la noche muerta de la risa. Por Lola no debía preocuparme, pero en su conversación, antes de acostarse a las ocho de la mañana, me dijo que iba a tener que tratar ciertos temas con más cautela cuando la sucia periodista estuviese delante. Creo que la sucia periodista en este caso era yo. Lo cierto es que le había encantado verse a sí misma en su papel de mujer fatal y que además recordara siempre sus respuestas ingeniosas.

Carmen y Borja hicieron una competición para ver quién acababa antes el libro. Ganó Borja. Estaba muy emocionado con el hecho de que en mi imaginación fuera una suerte de Bogart y no pareció importarle que Nerea le juzgara en un primer momento como lo hizo. Borja era un chico maduro y estaba de vuelta de todas estas cosas.

Carmen, sin embargo, se sintió un poco más molesta, pero no por su papel; le había gustado mucho poder verse a sí misma con los ojos con los que las demás la veíamos. Se sintió fuerte, pero me confesó en un correo electrónico que había ciertas cosas de ella que preferiría que Borja no supiera. Supongo que no lo diría por su «inconfesable» pasión por Facebook, porque de eso Borja seguro que ya se había dado cuenta.

Carmen para sus cosas era muy suya, y no es que me moleste. Al contrario. Me sentí algo culpable. ¿Qué derecho tenía yo de airear sus historias amorosas por ahí? Sin embargo, no se enfadó. Me reprendió, lloriqueó y después me prometió salir aquella noche con nosotras y, de paso, traer el libro para que lo firmara.

Ya había vendido, al menos, cuatro ejemplares. Esperaba que no fuesen los únicos, porque me había pasado por el banco a actualizar mis dos libretas, la de mi cuenta corriente y la de ahorro, y había sentido ganas de tirarme bajo las ruedas del primer coche que pasara por la calle. Alguien se iba a tener que apretar el cinturón muy mucho o… buscar otro trabajo.

Adrián y Víctor me preocupaban incluso más que mi penosa situación financiera. El hecho de que describiera con pelos y señales mis encuentros sexuales con Víctor podía dolerle a Adrián como un disparo en pleno estómago. Sin embargo, incluso barajando la posibilidad de que aquello le sentara fatal y decidiera no volver a verme en su vida, había una parte de mí que se resistía a arrepentirse de ello. No estaba segura de si se trataba de mi venganza personal, pero la Valeria más chulita me daba palmaditas en la espalda y me convencía de que no había ninguna mentira en aquellas páginas. Si Adrián no quería saber la verdad de las cosas, que cerrara los ojos o se pusiera de cara a la pared. Pero… ¿no era un poco cruel por mi parte haber aireado los detalles del final de nuestro matrimonio de aquella manera? ¿No significaba aquello que yo aún estaba demasiado dolida?

Escrito o no, seguiría sin saber si él mentía con el tema de su relación con Álex. Y es que lo que había escrito en mi libro era, solamente, lo que yo imaginé que había pasado entre ellos. La verdad es que el resultado de aquel viaje a Almería pudo ser el primero, el último o uno de tantos polvos en una relación mucho más consolidada de lo que creía. No sabía más y, además, debía resignarme. Adrián no publicaría un libro con todos sus sentimientos para que yo pudiera comprenderlo. Tendría que hacer el esfuerzo por mi cuenta.

Aun así, tranquila al seguir teniendo a Carmen, Nerea y Lola de mi parte, me preparé para salir aquella noche a celebrar que si funcionaba como tocaba, tendría una segunda parte que escribir y vender y… seguir tirando.

4

SUSHI, VINO Y ESE TOP TAN DESCARADO

A las nueve recién salida de la ducha recibí la visita inesperada de Nerea, Carmen y Lola ya engalanadas para aquella noche. Estaban exultantes, guapas y muy emocionadas. Hacía siglos que no salíamos las cuatro de marcha. De pronto era como volver a tener veinte años.

Habían planeado sorprenderme para celebrar la publicación de mi libro y allí estaban, cargadas con bolsas de comida japonesa y botellas de vino. Al verlas entrar grité como una chiquilla y todas me abrazaron. Luego saltamos en círculos mientras nos jaleábamos a nosotras mismas. Y todo eso sin una gota de alcohol. Ole.

Después me metí en el baño para secarme el pelo y cuando salí la cena ya estaba servida en la mesita baja del espacio que hacía las veces de salón. Había cuatro copas de vino llenas y ellas charlaban sobre el último tratamiento para el cabello. No pude más que sonreír. Hay cosas terriblemente simples y frívolas que pueden hacernos profundamente felices.

Nos acomodamos sobre cojines en el suelo y comenzamos con el protocolo de la salsa de soja, el wasabi, los palillos… Ellas hablaban animadamente del libro y se reían de tal o cual anécdota y yo mientras pensaba en cuánto tardarían en llegar al tema que realmente querían tratar. Las conozco demasiado, en el fondo las cuatro son unas morbosas, y aunque Carmen tuviera más información que el resto, también estaba muerta de ganas de escuchar los detalles.

Lola se cansó de monsergas pronto y, cortando a Nerea, que recordaba muy animada el episodio de Maruja Limón, dijo:

—Bueno, Valeria, aunque Nerea opine que estos temas no se tratan en la mesa, creo que es momento de que nos expliques ese capítulo tan tórrido del libro…

—¡Eh! ¡Que estaba hablando! —se quejó Nerea.

—¿Estabas contando algo sobre pollas enormes que hagan disfrutar? —contestó Lola con el ceño fruncido—. ¿Eh? Contesta…

—No.

—Pues deja hablar a las mayores y aprende de lo que escuches. Valeria…, el capítulo tórrido, haz el favor.

—¿Qué capítulo? —Me hice la loca, mientras me acercaba la copa de vino a los labios—. ¿El tuyo con Sergio?

—Venga, Valeria… ¿¡Le echaste tres polvos en una noche y te lo callaste!? —preguntó Carmen ofendida.

—¿Tres polvos? ¡Doce en un fin de semana!, si no me equivoco. Te debió de dejar el… —dijo Lola.

—Licencias literarias —la interrumpí.

—¡Y una mierda! —replicó Lola con una carcajada.

—¿Y cómo puedes estar tan segura de que fue real y no algo imaginado?

Se acercó con una sonrisa en la boca.

—Lo primero, porque tú no tienes tanta imaginación. —Lanzó una carcajada—. Al menos no ese tipo de imaginación. Y segundo, porque tiene su firma, nena.

—Huy, sí, Víctor es el zorro pero en plan sexual —me burlé.

—Hombre, buena polla tiene, desde luego, no necesita espada.

Todas nos echamos a reír y yo, para no faltar a la tradición, me atraganté y empecé a toser como una loca. Carmen alargó su manita y me dio un par de golpes en la espalda. Cuando me recuperé y respiré hondo, a pesar de lo que pensaba, no dejaron de insistir.

—Valeria… —suplicó Nerea.

Y si hasta Nerea insistía es que era completamente necesario.

—Bueno… —suspiré, y dejé la copa sobre la mesa.

—Pero ¡Val!, ¡que somos nosotras! —se quejó Carmen.

—¿Qué queréis que os diga? —Me encogí de hombros—. Pues sí, evidentemente es verdad.

—¿Todo? ¿Lo de su despacho también es cierto?

Me tapé la cara.

—Sí —respondí con la voz amortiguada por las palmas de las manos.

—¿Yyyyyy? —dijeron al unísono.

—¿Y qué? —les pregunté sin terminar de apartar las manos de la cara.

—Si no quieres entrar en detalles con nosotras, podemos…, ya sabes… A lo mejor el que nos pone al día es él después de leerse el libro —contestó Lola con malicia.

Suspiré profundamente de nuevo. Si había sido capaz de escribir todas aquellas cosas tan personales en un libro, podría desahogarme con mis mejores amigas, ¿no?

—Todo lo que escribí es cierto. Las frases, los besos, el sexo y todos los detalles que conté. Todo. Víctor no fue un polvo loco de una noche por despecho.

—No, desde luego, fueron doce en un fin de semana —replicó Carmen con una sonrisita.

—Víctor me gusta y… estoy confusa. Tengo unas ganas enormes de verle porque fue… brutal. Brutal. Ni siquiera os lo podéis imaginar.

Lola aplaudió y me tocó un pecho.

Después de cenar y de recoger la mesa, me metí en el baño a arreglarme. Mientras tanto Lola, Carmen y Nerea se entretuvieron sirviéndose una copa y poniendo música. Las escuchaba reírse a carcajadas, canturrear y jalear a Lola, que debía de estar bailando a lo gogó encima de mi mesita de centro a juzgar por el sarao. Y me costó horrores maquillarme… Entre el vinito de la cena y la risa que me producía oírlas… por poco me convierto en Batman.

Salí con unos vaqueros estrechos tobilleros y un top negro de palabra de honor con escote en corazón y mis amigas se me quedaron mirando sorprendidas. Sí, era un poco descarado, pero… ¿por qué no? ¿No era lo que se esperaba de mí ahora que estaba separada? Aún estaba decidiendo si me gustaba o no esa parte de mí misma.

Apoyada en la cómoda, me abroché las sandalias negras de tacón alto con tachuelas y cogí el bolso de mano.

—¿Vamos? —dije sonriente.

—Qué bien te queda la soltería, so puta. —Se rio Carmen con una mirada de admiración.

Le mandé un beso y les guiñé un ojo maquillado en negro Batman.

Fuimos al local del que Lola había escuchado hablar y a juzgar por la cantidad de gente que había haciendo cola, ella no había sido la única que había recibido referencias. Era la una en punto de la madrugada y aquello parecía la Puerta del Sol en fin de año… Vamos, el infierno.

La gente charlaba y se saludaba frente a la puerta formando un tumulto considerable que nos dificultó la sencilla tarea de entrar. No quería ni imaginarme cómo estaría el local por dentro. Cuando por fin llegamos a la entrada, nos cobraron como un millón y medio de euros por pasar.

—Espero que la consumición incluya final feliz —le dijo con soltura Lola al chico que le cobró el pase.

A pesar de todo, el local no estaba abarrotado. Sí oscuro y con la música muy alta, supongo que lo normal en una discoteca. Me sentí extraña. Hacía demasiado tiempo que había perdido la costumbre de darme un garbeo nocturno y aunque me pasease así, con mis renovadas ganas de ser coqueta y parecer sexi, me sentiría muchísimo mejor en casa, tomándome una copa de vino con Víctor. Pero eso me lo callé. Era una noche de chicas, ¿no?

Nos instalamos junto a la barra del fondo, pedimos unas copas, bailamos, nos reímos y Lola y yo nos fumamos medio paquete de cigarrillos en un rato.

Pronto Lola localizó a un grupito de chicos guapos que tendrían más o menos nuestra edad y se acercó a ellos como embajadora de buenas intenciones. Mientras Nerea, Carmen y yo cotilleábamos sobre el aspecto de estos, Lola se colgó del brazo de uno, se subió a caballito de otro e hizo un pulso con un tercero, mientras el cuarto pedía unas copas para nosotras. Tardaron apenas diez minutos en venir y hacer las presentaciones formales.

Y sí, eran muy simpáticos y también muy monos; quizá hasta me hacía falta que alguien me regalara los oídos como estaba haciendo uno de ellos, preguntándome cómo una chica como yo podía estar sola. Pero… ¿alguien adivina en quién estaba pensando yo?

Yo no quería ligar. Yo quería ligarme a Víctor. Y… ¿qué estaría haciendo él en aquel preciso momento? ¿Ligar con otras, quizá?

Un ratito después, y aunque no dejaban de invitarnos a copas y adularnos, me arrepentía soberanamente de haber dejado que Lola nos trajera a aquellos tíos. Yo no iba a enrollarme con él ni de lejos, pero, aunque traté de dejárselo claro siendo de lo más siesa, era evidente que aquel chico quería mis bragas en su bolsillo. Cuando empezó a ponerse pesado llamé en un gesto a Carmen y le pregunté si me acompañaba al baño. Nerea se nos unió y Lola se quedó allí, guardándonos las cosas…, por decir algo.

—Joder, qué pesados —soltó Carmen en una exhalación—. Nunca pensé que me gustaría tan poco ligar en una discoteca. Me ha dicho tres veces que por Navidad quiere que le deje meter la cabeza entre mis pechos.

Me giré alucinada hacia ella.

—¿Qué dices? —le dije con el ceño fruncido.

—Lo que yo te diga —asintió con expresión asqueada pero divertida—. Y a mí lo que me gustaría sería dejarlo en una habitación a solas con Borja. —Las tres nos echamos a reír—. Va y me dice: «Nena, no dejes que la sociedad te presione. ¿Quién dice que las gorditas no podéis estar buenas?». ¡Venga ya! ¿Estás de coña? ¡Vete con tu madre a comer pepinillos, soplagaitas!

Tanto Nerea como yo le pedimos que no hiciera caso. Si algo es Carmen, es preciosa. A veces los hombres están rematadamente ciegos.

Cuando ya llegábamos al baño abriéndonos paso trabajosamente, atisbé algo por el rabillo del ojo que me hizo pararme en seco. Nerea se estampó contra mi espalda.

—¿Qué pasa? —me preguntaron las dos a coro.

Me giré despacio hacia el otro lado de la barra y miré las caras de la gente en busca del motivo por el cual el corazón estaba a punto de reventarme en el pecho. Dios mío, ¿estaba empezando a ser una de esas chicas obsesionadas? Respiré despacio y cuando ya iba a reanudar el paso… lo vi. Lo vi.

—Joder… —balbuceé, y noté cómo la sangre iba abandonándome la cara.

Carmen cogió aire sorprendida y Nerea me miró de reojo, midiendo mi expresión. Allí estaba Víctor, vestido con una camisa negra arremangada y unos vaqueros, con una copa de balón en la mano y una jovencita menuda y rubita, que se le enroscaba cuanto podía.

—Dios, vámonos —dijo Nerea de pronto.

—¿Cómo nos vamos a ir? Nos quedamos hasta saber si es un gilipollas. Si es un gilipollas iros vosotras, que yo me quedo a explicárselo —contestó Carmen muy resuelta.

La rubia se acercó a cuchichearle al oído. Él se agachó para que ella pudiera llegar y, de paso, dejó que la chica le pasara los brazos alrededor del cuello. Sentí una oleada de rabia que no supe ubicar. ¡Era tan nueva en todas aquellas cosas!

Cuando acabaron con los secretitos, él levantó la cabeza y la miró con las cejas arqueadas y una expresión divertida. Negó con la cabeza y ella siguió parloteando, poniéndose tocona. Tragué saliva y me obligué a conservar la calma.

Solo era un chico. Solo un hombre de todos los que había en el mundo. Lo que yo había hecho, mi aventura, mi separación…, todo, lo había hecho porque quería. No por él.

La rubia abrió el bolsito que llevaba colgado y le colocó una tarjeta sobre el pecho. Víctor puso la mano encima, sosteniéndola, y su acompañante dio media vuelta y se marchó con un golpe de melena. Antes de perderse de vista se volvió para mirarlo de nuevo y Víctor sonrió sensualmente y le guiñó un ojo.

Estuve a punto de pedirles a las chicas que nos fuéramos. Ya avisaríamos a Lola desde fuera del local. Pero entonces Víctor hizo algo que no me esperaba. Tocó el hombro de uno de los chicos que tenía detrás y, con una sonrisa de lo más descarada, le dio la tarjeta de la rubia.

—¡Oh, qué mono! —escuché decir a Nerea.

—Nada de mono… —Se rio Carmen—. ¡Es un cabrón! Pero ¡un cabrón de los que molan! Valeria…, ¿aún llevas bragas?

—Esa pregunta es propia de Lola… —respondió Nerea tras un bufido.

Su amigo miró la tarjeta con extrañeza, Víctor le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la chica que se alejaba y después se dieron la mano entre carcajadas.

—¿No vas a acercarte? —me preguntó Carmen muy emocionada.

—No. —Negué con la cabeza.

—Huy, claro que no —repitió muy repipi Nerea—. A ver si se va a creer que esto ha sido una encerrona.

—Menuda tontería. ¿Es que ella no tiene derecho a salir adonde le plazca?

Puse los ojos en blanco e intenté arrastrar la discusión hasta el baño, pero Carmen y Nerea parecían inmersas, de repente, en una batalla dialéctica sobre la liberación de la mujer.

—Joder, ¡que necesito ir al baño de verdad! —me quejé.

Ellas, ni caso.

—Sí, claro, Carmenchu, y Borja dejará su trabajo para cuidar a los niños cuando os caséis.

—¿Y quién te ha dicho que vaya a casarme, Nerea? Sabes que hay más finales que los de Disney, ¿verdad?

Rebufé y cuando estaba dispuesta a escaparme sola hasta los lavabos, unos dedos fríos se cernieron sobre mi antebrazo con firmeza.

Me aparté el pelo de la cara y me volví en esa dirección. Por poco no vomité el higadillo allí mismo cuando los o ...