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VERNON SUBUTEX 1

Virginie Despentes

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Fragmento

 

En las ventanas del edificio de enfrente ya se han encendido las luces. Las siluetas de las mujeres de la limpieza se mueven en el gran open space de lo que debe de ser una agencia de comunicación. Ellas empiezan a las seis. Vernon suele despertarse un poco antes de que ellas lleguen. Le apetece un café cargado y un cigarro de filtro amarillo, le gustaría prepararse una tostada y desayunar recorriendo los titulares del Parisien en el ordenador.

Hace semanas que no compra café. Los cigarros que se lía por la mañana desmenuzando las colillas del día anterior son tan finos que es como aspirar papel. En los armarios no hay nada de comer. Pero sigue teniendo internet. Lo cobran justo el día en que recibe la ayuda para el alquiler. Desde hace unos meses se la abonan directamente al propietario, pero hasta ahora ha colado. Ojalá dure.

Le han cortado el móvil y ya no se rompe la cabeza comprando tarjetas prepago. Ante el desastre, Vernon mantiene una línea de conducta: finge no enterarse de nada. Vio las cosas desmoronándose a cámara lenta, y luego el hundimiento se aceleró. Pero Vernon no ha cedido ni a la indiferencia, ni a la elegancia.

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Primero le quitaron el subsidio. Recibió por correo una copia de un informe sobre él, redactado por su asistente social. Se llevaba bien con ella. Se vieron regularmente durante casi tres años, en el pequeño despacho en el que la mujer condenaba a muerte a sus plantas. A la señora Bodard, de unos treinta años, muy peripuesta, teñida de pelirrojo, rechoncha y con grandes pechos, le gustaba hablar de sus dos hijos, que no dejaban de darle problemas, los llevaba a menudo al pediatra con la esperanza de que le dijera que eran hiperactivos y que tenía que darles sedantes. Pero el médico consideraba que estaban perfectamente y que el asunto era problema suyo. La señora Bodard le había contado a Vernon que de pequeña había ido a conciertos de AC/DC y Guns N’Roses con sus padres. Ahora prefería a Camille y Benjamin Biolay, y él se guardó mucho de hacer comentarios desagradables. Habían hablado largo y tendido de su caso: de los veinte a los cuarenta y cinco años había sido vendedor de discos. En su campo había menos ofertas de empleo que si hubiera trabajado en una mina de carbón. La señora Bodard le había sugerido que se reciclara. Centros de orientación profesional, de formación continua, habían consultado juntos los cursos a los que podía acceder y se despidieron con buenas palabras, quedando en volver a verse y retomar el tema. Tres años después no aceptaron su solicitud para sacarse el título de formación profesional administrativa. Por su parte, valoraba haber hecho lo que había tenido que hacer, se había convertido en experto en dossieres y los preparaba con gran eficacia. A la larga, le dio la sensación de que su trabajo consistía en navegar por internet en busca de ofertas que se ajustaran a su perfil y enviar un currículum que le permitiera recibir pruebas de que lo habían rechazado. ¿Quién iba a querer formar a un casi cincuentón? Le salió un contrato en prácticas en una sala de conciertos del extrarradio, y otro en una sala de cine independiente —pero, aparte de salir un poco, mantenerse al corriente de los problemas de los trenes de cercanías y conocer a gente, aquello le daba sobre todo la lamentable impresión de ser una pérdida de tiempo total.

En la copia del informe que la señora Bodard había escrito para justificar la retirada del subsidio, mencionaba cosas que Vernon había comentado charlando con ella, como que se había gastado algo de dinero para ir a ver a los Stooges a Le Mans o que había perdido cien euros jugando al póquer. Mientras leía el informe, más que preocuparse por el hecho de que le hubieran quitado el subsidio, lo que sintió fue mucha lástima por ella. La asistente debía de tener unos treinta años. ¿Cuánto ganaba —cuánto ganan estas tías—, dos mil brutos? Como mucho. Pero la gente de esa generación había crecido al ritmo del Súper de Gran Hermano: un mundo en el que en cualquier momento podía sonar el teléfono para darte la orden de echar a la calle a la mitad de tus colegas. Eliminar al prójimo es la regla de oro de los juegos que les metieron en el biberón. ¿Cómo pedirles hoy que les resulte macabro?

Al recibir la cancelación del subsidio, Vernon se dijo que quizá eso lo motivaría para buscar «algo». Como si el hecho de que su situación fuera aún más precaria pudiera influir positivamente en su capacidad de salir del callejón sin salida en el que se había quedado atascado…

Las cosas empeoraron rápidamente no solo para él. Hasta principios de los años 2000, un montón de gente se las arreglaba bastante bien. Todavía se veía a mensajeros que llegaban a ser label managers, a periodistas que se metían a dirigir la sección de televisión de un periódico, incluso los vagos acababan de jefes de una sección de discos del Fnac… A la cola del pelotón, los menos motivados para triunfar pillaban algún contrato temporal en época de festivales, un curro de roadie en alguna gira, pegar carteles por las calles… Y aunque Vernon estaba en el lugar idóneo para entender la importancia del tsunami Napster, jamás había imaginado que el barco se hundiría de golpe.

Algunos aseguraban que era el karma, la industria había ganado muchísimo con la operación CD —volver a vender a todos los clientes su discografía entera en un soporte más barato de fabricar y que costaba el doble en las tiendas… cosa que nunca compensó a ningún aficionado a la música, nunca se había visto a nadie quejarse del formato vinilo. El gran fallo, en toda esta teoría del karma, es que a estas alturas ya se sabría si la historia castiga realmente a los gilipollas de turno.

Su tienda se llamaba Revolver. Vernon había entrado como dependiente a los veinte años y se había quedado con el chiringuito cuando el jefe decidió marcharse a Australia, donde montó un restaurante. Si el primer año le hubieran dicho que iba a pasarse casi toda la vida en aquella tienda, seguramente habría contestado que ni de coña, tengo demasiadas cosas que hacer. Hasta que te haces viejo no entiendes que la expresión «joder, cómo pasa el tiempo» es la que mejor resume de qué va todo esto.

Tuvo que cerrar en 2006. Lo más complicado había sido encontrar a alguien para traspasar el local, renunciar a sus fantasías de que se hubiera revalorizado, pero su primer año de paro, sin indemnización, porque el jefe era él, fue bastante bien: un contrato para escribir unas diez entradas en una enciclopedia sobre el rock, varios días trabajando en negro en la taquilla de un festival de extrarradio, críticas de discos para la prensa especializada… y luego empezó a vender por internet todo lo que le había quedado en el almacén. Había liquidado casi todo el fondo, pero quedaban algunos vinilos, estuches y una importante colección de pósters y de camisetas que se negó a malvender con lo demás. En las subastas de eBay había sacado el triple de lo que esperaba, sin líos de facturas. Bastaba con ser serio, ir a correos durante la semana y ser cuidadoso con el empaquetado. El primer año estaba eufórico. La vida suele jugarse en dos manos: en el primer reparto, te amodorra haciéndote creer que controlas, y en el segundo, cuando te ve relajado e indefenso, te pasa por encima y te destroza.

Vernon apenas había tenido tiempo de volver a cogerle el gusto a levantarse tarde —durante más de veinte años, diluviara o tuviera gripe, había subido la puta persiana de hierro de su tienda, costara lo que costase, seis días por semana. En veinticinco años solo había dado las llaves de la tienda a un colega tres veces: una gripe intestinal, un implante dental y una ciática. Había tardado un año en volver a aprender a quedarse en la cama leyendo por la mañana, si le apetecía. Últimamente le flipaba escuchar la radio mientras buscaba porno en la red. Conocía con todo detalle las carreras de Sasha Grey, Bobbi Starr y Nina Roberts. También le gustaba echarse la siesta, leer una media hora y quedarse frito.

El segundo año se dedicó a recopilar imágenes para un libro sobre Johnny, se apuntó al subsidio, que acababa de cambiar su nombre por el de RSA, y empezó a vender su colección particular de objetos. Se las arreglaba bien con eBay, nunca habría imaginado que en el ciberespacio 2.0 se moviera tanta locura fetichista, todo se vendía: merchandising, cómics, figurillas de plástico, pósters, fanzines, libros de fotos, camisetas… Al principio, cuando empiezas a vender, te contienes, pero en cuanto tomas carrerilla, deshacerte de todo se convierte en un placer. Y progresivamente fue limpiando su casa de todo rastro de su vida anterior.

No olvidaba apreciar en su justo valor la tranquilidad de una mañana en la que nadie viene a tocarte las pelotas. Tenía todo el tiempo del mundo para escuchar música. Y los Kills, White Stripes y otros Strokes podían por fin sacar todos los discos que quisieran, ya no tenía que preocuparse de ellos. No podía más con tantas novedades, no acababan nunca, para seguirlas habría tenido que meterse la red por vía intravenosa e ingerir nuevos sonidos sin descanso.

Por otra parte, no había previsto que al cerrar la tienda tendría que buscarse la vida con las chicas. Siempre se ha dicho que el rock es cosa de hombres, pero se dicen muchas gilipolleces. Tenía sus clientas, que se renovaban. Se entendía muy bien con las chicas. No era fiel, y cuanto más pasaba de ellas, más se colgaban de él. Bastaba con que una pasara una vez con su novio a buscar un disco, y antes de ocho días volvía sola. Y estaban también las que trabajaban en el barrio. Las esteticistas del final de la calle, las chicas de la tienda de enfrente, las chicas de correos, las chicas del restaurante, las chicas del bar, las chicas de la piscina. Un prodigioso vivero cuyo acceso le fue denegado en cuanto entregó las llaves de la tienda.

Había tenido pocas novias estables en la vida. Como muchos colegas suyos, Vernon vivía con el recuerdo de la chica que se marchó. La que importó. La suya se llamaba Séverine. Él tenía veintiocho años. Demasiado apegado a su reputación de serial lover, no quiso entender a tiempo que se trataba de ella y no de otra. Vernon era un bala perdida, salvaje e independiente, todos sus amigos alucinaban con la elegante desenvoltura con la que encadenaba sus historias. Esa era, al menos, la idea que tenía de sí mismo. El rollo de una noche, el seductor, el que no se ata, el que no se deja engatusar por las chicas. No se hacía ilusiones al respecto: como a tantos chicos inseguros, le tranquilizaba comprobar que era capaz de hacer llorar a las mujeres.

Séverine era alta y espitosa, tan espitosa que llegaba a agobiar, tenía unas piernas interminables y pintas de parisina rica, de esas que pueden llevar un chaleco de piel de oveja y les da un aire chic. Agarraba las cosas con fuerza, sabía hacer de todo en casa y ni siquiera le asustaba cambiar una rueda en el arcén de la autopista, era una de esas niñas ricas acostumbradas a buscarse la vida solas y a no quejarse. Pero eso no le impedía saber relajarse en la intimidad. Cuando Vernon piensa en ella, la ve desnuda, en la cama, le encantaba pasarse fines de semana enteros en la cama. Había colocado los platos en el suelo, al lado del colchón, y así no tenía que levantarse para cambiar el disco. Alrededor de la cama amontonaba cigarrillos la botella de agua el teléfono con el cable en espiral siempre enredado. Era su reino. Durante unos meses, le permitió entrar.

Era de ese tipo de chicas a las que su madre ha enseñado a no deshacerse en lágrimas cuando se enteran de que les han puesto los cuernos. Séverine apretaba los dientes. Vernon se dejó pillar como un idiota —y le sorprendió que no lo dejara inmediatamente. Le dijo «me voy» y lo perdonó. Él dedujo que no soportaría perderlo y sintió cierto desprecio por su debilidad de carácter. Así pues, podía repetirlo. Ya se habían enganchado tres o cuatro veces y ella le decía cuidado no te pases, me voy a largar no me das otra opción, pero Vernon estaba convencido de que no lo haría. No lo vio venir. Cuando se enteró de que estaba con otro, Vernon metió sus cosas en una caja y las dejó en la calle. La imagen de transeúntes rebuscando entre su ropa, sus libros y sus frascos, esparcidos delante de su portal, le perseguiría durante años. No había vuelto a saber de ella. Vernon necesitó mucho tiempo para entender que no lo superaría. Tenía un gran talento para pasar por alto sus emociones. A menudo piensa en lo que sería su vida si se hubiera quedado con Séverine. Si hubiera tenido el valor de renunciar a lo que era antes, si hubiera sabido que en cualquier caso siempre se nos quita lo que más queremos, y que es preferible anticipar el tratamiento. Seguro que ha tenido hijos. Era de ese tipo de chicas. Que sientan la cabeza. Sin perder un ápice de su encanto. No un ama de casa. Una tía algo superficial, debe de comer cosas ecológicas y mostrarse vehemente ante el calentamiento climático, pero está convencido de que sigue escuchando a Tricky y a Janis Joplin. Si hubiera seguido con ella, habría encontrado curro justo después de cerrar la tienda, porque tendrían críos y no habría tenido otra opción. Y hoy en día se preguntarían qué hacer con el mayor, que fuma porros, o con la anorexia de la pequeña. Bueno. Le gusta pensar que limitó los estragos.

Ahora Vernon folla menos que un casado. Nunca habría imaginado que era posible aguantar tanto tiempo sin sexo. Facebook y Meetic son herramientas estupendas para ligar desde casa, pero a menos que ligues en Second Live, hay que decidirse a salir para ver a la chica. Buscar ropa que te haga parecer vintage y no un viejo vagabundo, arreglártelas para no tener que entrar en una cafetería, ni en un cine, y menos aún cenar en algún sitio… y no llevártela a casa, para que no vea los armarios de cocina vacíos, el frigorífico desolado y el enfermizo desorden —nada que ver con el simpático caos del soltero empedernido. En su casa reina un olor a calcetines demasiado usados, el típico perfume de tío viejo. Ya puede abrir las ventanas y echarse colonia. Ese olor marca su territorio. Entre una cosa y otra, liga con chicas en internet y cuando queda con ellas las deja plantadas.

Vernon conoce a las mujeres, tiene mucha experiencia. La ciudad está llena de tías desesperadas dispuestas a hacerle la limpieza y a ponerse a cuatro patas para prodigarle largas felaciones, que supuestamente le subirían la moral. Pero ya no tiene edad para imaginar que todo eso llega sin su paquete de exigencias a cambio. No por ser una tía vieja y fea se es menos coñazo y menos exigente que un pibón de veinte años. Lo que caracteriza a las mujeres es que pueden mantener un perfil bajo durante meses antes de mostrar de qué palo van. Vernon desconfía del tipo de tías a las que podría atraer.

Los colegas son otra cosa. Escuchar discos juntos durante años, ir a conciertos y hablar de grupos son vínculos sagrados. No dejas de verlos solo porque haya que cambiar de local. Pero lo que había cambiado era que ahora tenían que llamarse para quedar, mientras que hasta entonces empujaban su puerta cuando pasaban por la zona. No estaba acostumbrado a planificar cenas, sesiones de cine o aperitivos fumetas… Progresivamente, sin que se diera apenas cuenta, muchos colegas se largaron de la capital, o porque tenían mujer e hijos y ya no podían vivir en treinta metros cuadrados, o porque París era demasiado cara y les pareció prudente volver a su ciudad de origen. Pasados los cuarenta, París solo soportaba en su seno a los hijos de propietarios, el resto de la población seguía su camino en otro sitio. Vernon se quedó. Quizá fue un error.

No fue consciente de aquella desintegración hasta mucho después, cuando la soledad lo había emparedado vivo. Luego llegó la serie negra.

Empezó con Bertrand. Recaída del cáncer. Le volvió por la garganta. Ya las había pasado putas con el primero. Creía que se había librado de él. Al menos sus amigos celebraron su curación como una victoria definitiva. Pero fue todo tan rápido que los pilló desprevenidos, no se dieron cuenta hasta después del entierro. En los tres meses que pasaron desde que le dieron el diagnóstico y su marcha definitiva, la enfermedad lo devoró. Bertrand llevaba camisas negras con el cuello subido. Las llevaba así desde 1988. La cerveza le había hinchado tanto la barriga que le costaba abotonárselas. A los cuarenta y tantos, tenía el pelo largo y blanco, llevaba unas Ray-Ban ahumadas sobre la nariz, bonitas botas de serpiente, y tenía careto de golfo. Siempre con rojeces en la piel, pero se conservaba bien, el grandullón.

Fue un shock acostumbrarse a verlo con pijama de viejo. Que perdiera el pelo, pase. Pero a Vernon aquel pijama ridículo le encogía el corazón. Bertrand no conseguía alimentarse, y la mejor hierba del mundo no servía para nada. Había perdido su estatura, lo más característico de él. Los huesos, demasiado expresivos bajo la piel amarillenta, resultaban obscenos. Se empeñaba en seguir llevando sus anillos de calaveras, aunque se le resbalaban de los dedos. Se veía morir día tras día y era consciente de todo.

Luego llegó el dolor continuo, el cuerpo sin fuerza y la cara de esqueleto. No dejaban de bromear sobre la bomba de morfina porque las pullas eran su única manera de comunicarse. A veces Bertrand hablaba de la muerte, que lo esperaba. Decía que por la noche se despertaba asustado, y decía «lo peor es que me entero de todo, que siento que mi cuerpo se va a la mierda, y no puedo hacer nada». Vernon no podía contestarle «venga, todo se arreglará, aguanta, tío». Entonces escuchaban a los Cramps, a Gun Club y a MC5 bebiendo cerveza, mientras Bertrand todavía la aguantaba. La familia se ponía furiosa, pero, sinceramente, ¿qué otra cosa le quedaba?

Y la noticia de su muerte, una mañana, mensaje al móvil. Vernon, como los demás, se limitó a mantener la dignidad en el entierro. Gafas oscuras. Todos tenían gafas oscuras en casa, y un bonito traje negro. El horror se apoderó de él después. El horror, y la ausencia. El gesto reflejo de querer llamarlo, la imposibilidad de borrar sus últimos mensajes de voz, la imposibilidad de creer que había sucedido. A partir de cierta edad ya no nos separamos de los muertos, nos quedamos en su tiempo, con ellos. El día del aniversario de la muerte de Joe Strummer, Vernon hizo lo que hacía cuando Bertrand aún estaba con él: escuchó todos los discos de los Clash bebiendo cerveza. Era un grupo que nunca le había interesado. Pero es lo que tiene la amistad: aprendemos a jugar en el terreno de juego de los otros.

Un día de diciembre de 2002 estaban haciendo cola juntos para comprar salmón, porque Bertrand iba a cenar en Nochevieja con una noruega a la que quería impresionar con su sofisticación culinaria. Estaba convencido de que el salmón ahumado había que comprarlo en aquella tienda del distrito V y no en otra parte. Tras un trayecto en metro bastante largo, esperaban su turno. La cola se extendía por toda la acera, tendrían fácilmente para cuarenta minutos. Vernon fue a comprar tabaco, y en la radio del bar oyó que Strummer había muerto. Volvió con Bertrand. ¡No, estás de coña! ¿Crees que haría coña con algo así? Betrand se quedó pálido, pero aun así compró sus provisiones de salmón y dos botellas de vodka. Se bebieron la segunda escuchando Lost in the Supermarket una y otra vez, recordando la vez en que habían visto juntos a Strummer en solitario. Vernon había ido solo por acompañar a Bertrand, pero, una vez allí, una emoción inesperada le hizo tambalearse, pegó el hombro al de su colega y se le llenaron los ojos de lágrimas. Nunca había dicho nada, pero el día en que murió Joe Strummer se lo contó, y Bertrand le dijo sí ya lo sé lo vi pero no tenía ganas de joderte con eso. Mierda, Strummer. ¿Ha habido algo mejor después de él?

Tres meses después le tocó el turno a Jean-No. Ni mamado, ni por exceso de velocidad. Una nacional, un camión, una curva y niebla. Volviendo de un fin de semana con su mujer, quiso cambiar de emisora. Ella se salvó, aunque se destrozó la nariz. La que le reconstruyeron era mucho mejor que la original. Jean-No no pudo disfrutarla.

Aquel domingo, Vernon estaba en casa de una amiga, tumbado en un colchón doblado por la mitad contra una pared y cubierto con una tela india tan agujereada por los porros que parecían formar parte del estampado. Estaban haciendo una sesión de Alien, el estuche entero, en el proyector de vídeo. La chavala vivía cerca del metro Goncourt, en una habitación abuhardillada. Cerca de su casa había uno de los últimos videoclubs que alquilaban DVD. Ya habían visto Un mañana mejor, Mad Max, El padrino y Una historia china de fantasmas. Era una joya, la chica, colgada de los porros y los mangas. No de esas que quieren salir a todas horas. Lo único que le tocaba las pelotas era por favor gatito baja al colmado a comprarme caramelos. Cinco pisos, a pie. Vernon no estaba dispuesto a ser un gatito servicial. Ella acababa de traer vasos de Coca-Cola con mucho hielo en una bandeja inmensa, la película estaba en pausa y Vernon contestó cuando sonó su teléfono, cosa que raramente hacía los domingos. Pero hacía mucho que Emilie no lo llamaba, supuso que era importante. Acababa de enterarse de la noticia por la hermana pequeña de Jean-No. A Vernon le sorprendió que fuera ella la encargada de avisar a los colegas. Al fin y al cabo, Jean-No tenía mujer. En el hospital, en el momento, vale, pero de ahí a que la amante hiciera circular la información… Había conocido muy bien a Emilie, luego se perdieron de vista, pero la ocasión no era la mejor para ponerse al día.

Vernon insistió en que siguieran viendo la película. Se dijo que no le afectaba tanto. Eso le sorprendió. Pensó que se había endurecido. Sin embargo, veía a Jean-No todas las semanas, y después de la muerte de Bertrand se acercaron más. Comían juntos en el turco de al lado de la gare du Nord y pedían siempre el mismo menú de doce euros, regado con cerveza helada. Jean-No había dejado de fumar, las pasó putas. Si hubiera sabido que era para nada, el pobre, habría puesto el despertador por la noche para fumar más. Jean-No se había casado con una plasta. A muchos tíos les da seguridad que los sometan a un estricto control.

No le afectó hasta después, por la noche. En el momento en que empezaba a quedarse dormido, le traspasó un pinchazo helado. Tuvo que vestirse y salir de casa —pasear entre el frío, estar solo, ver luces atravesando los cuerpos, fundirse en el movimiento y sentir el suelo bajo los pies. Estaba vivo. Le costaba respirar.

Por las noches solía salir a pasear solo. Había cogido la costumbre a finales de los años ochenta, cuando los rockeros se pusieron a escuchar hip hop. Public Enemy y los Beastie Boys estaban en el mismo sello que Slayer, lo cual estableció un puente. En la tienda se había hecho colega de un fan de Funkadelic, un blanco bajito, taciturno y agresivo, ahora que lo piensa seguro que estaba enganchado a la heroína, pero en aquella época no se dio cuenta. El tío hacía tags, firmaba «Zona» por todas partes. Su buena relación no duró mucho, Zona estaba harto de pintar en la calle, «lo auténtico son los metros», quería joder los vagones, hacer destrozos, y a Vernon no le apetecía acompañarlo. No se había contagiado: apenas le interesaban los relatos heroicos de 93MC y de los MKC, el estilo salvaje y el throw up redondeado… Entendía que tenía su gracia, pero no le enganchaba. A ese tío le iba lo de arriesgarse a partirse las cervicales para trepar al tejado de un edificio y pasarse dos horas en el silencio del aerógrafo, hacer sus pausas para fumarse algún cigarro y mirar pasar a la gente, a la que no se le ocurría levantar la vista y descubrir su silueta de centinela silencioso.

La primera noche de su vida sin Jean-No caminó hasta que le ardieron las plantas de los pies, y luego siguió caminando. Pensaba en los hijos de Jean-No y algo no encajaba. Huérfanos de padre. La palabra no cuadraba con lo que sabía de aquellos tres retrasaditos que no dejaban de exigir atención, pasteles o juguetes nuevos.

Jean-No solía comportarse como un auténtico gilipollas. Era arrogante. Siempre había escuchado música rara, de adolescente le gustaban Einstürzende Neubauten y Foetus, luego se metió en el hard tocapelotas, era fan de Rudimentary Peni y le encantaba Minor Threat, y bebía como una esponja. Solía ser tan mordaz que había que tenerle mucho aprecio para quedar con él. A los cuarenta, Jean-No quiso aburguesarse y se pasó a la ópera. Se vestía como un Playmobil endomingado y soltaba chorradas de facha diez años antes de que se pusiera de moda. En aquella época era tan atípico que le daba cierto caché.

Vernon vivía ahora en un mundo en el que Ian MacKaye podría darle al crack, Jean-No ya no estaría allí para decir nada.

Luego le tocó a Pedro. Apenas ocho meses después. Paro cardíaco. Pedro se llamaba Pierre, pero se metía tanta cocaína que se ganó que lo llamaran por su nombre sudamericano.

Vernon estaba esperando delante del Elysée Montmartre, que todavía no se había quemado y donde tocaban los Libertines. Intentaba ligarse a una improbable ayudante en prácticas que curraba en un programa de Ardisson, no dejaba de hablar del presentador, al que decía odiar pero que la fascinaba. Vernon vio a un colega de lejos, delante de la puerta, y lo llamó, contento de enseñarle a la chica con la que estaba, una morena con flequillo vaqueros cigarrillo tacones de aguja, como las que la capital producía en serie a principios del milenio. Y al verlo acercarse, el colega se echó a llorar. Decía Pedro Pedro Pedro, incapaz de explicarse, y un inmenso agobio invadió a Vernon.

Pedro fácilmente se habría metido por la nariz tres casas, dos Ferraris, todas sus historias de amor, sus amistades, toda veleidad de hacer carrera, su look y todos los dientes. No lo hacía avergonzado, fingiendo que no tenía ningún problema, no, lo suyo era vanagloriarse de ello, mostrar una histeria feliz, una pasión totalmente asumida. Se frotaba las encías, se metía encima del abrigo, conocía todos los cagaderos de todos los bares de París, y los seleccionaba exclusivamente en función de la viabilidad de los baños. Llegaba a casa y dejaba rastros de cocaína por todas partes, y se marchaba dos días después dejando a Vernon para el arrastre. A Pedro le gustaban Marvin Gaye, Bohannon, Diana Ross y los Temptations. A Vernon le gustaba ir a su casa, el sonido era excepcional, los sofás eran cómodos y compraba whiskys que te hacían viajar —uno se creía a veces un gángster, un detective privado o un dandy inglés.

Vernon encontró una foto en la que aparecían los cuatro. Los tres muertos y él. Posaban a su alrededor el día que cumplió treinta y cinco años. Una bonita foto, de esas que se toman con una cámara analógica y se hacen copias para los amigos. Cuatro chicos confundidos pero delgados, con todo su pelo, los ojos vivos y la sonrisa sin amargura. Levantaban el vaso, aquella noche Vernon estaba deprimido, cumplir treinta y cinco años le destrozaba la moral. Cuatro tíos guapos, felices de ser unos cretinos que no se enteraban de nada, y que sobre todo no sabían hasta qué punto estaban en la parte buena de lo que les deparaba la vida. Escucharon a Smokey Robinson gran parte de la noche.

Después del entierro de Pedro, Vernon dejó de salir y de devolver las llamadas que le hacían. Creía que era una fase, que se le pasaría. No le parecía fuera de lugar tener la necesidad de encerrarse en sí mismo tras una serie de fallecimientos tan seguidos.

En esa época empezaron las auténticas penurias de pasta, lo que exacerbó su tendencia a aislarse. Ir a cenar a casa de alguien sin poder llevar una botella le disuadía de aceptar invitaciones. Angustiarse por las noches si alguien quería hacer una colecta para comprar un gramo. Angustiarse por no poder colarse en el metro. Angustiarse por llevar zapatillas deportivas con la suela despegada. Angustiarse por detalles a los que nunca había prestado atención y darles vueltas hasta obsesionarse.

Se quedaba en casa. Bendecía su época. Se bajaba música, series y películas. Poco a poco dejó de escuchar la radio. Desde que tenía veinte años, su primer acto reflejo de la mañana siempre había sido encenderla. Pero ahora lo angustiaba sin interesarle. Había perdido la costumbre de escuchar los informativos. En cuanto a la tele, sucedió por sí solo. Tenía demasiado que hacer en internet. Todavía echaba un vistazo a los titulares, pero entraba sobre todo en páginas porno. Ya no quería oír hablar de la crisis, del islam, del cambio climático, del gas de esquisto, de los orangutanes maltratados ni de los gitanos, a los que quieren impedir que suban a los autobuses.

Su burbuja es confortable. Sobrevive en modo apnea. Reduce toda acción al mínimo. Come menos. Empezó aligerando la cena. Una sopa deshidratada de fideos chinos. Ya no compra carne, las proteínas son para los deportistas. Come básicamente arroz. Lo compra por sacos de cinco kilos en Tang Frères. Reduce los cigarrillos: aplaza el primero, espera para el segundo, y después del café de la mañana se pregunta si de verdad le apetece el tercero. Aparta las colillas, que no se pierda nada. Sabe dónde hay oficinas cerca de casa en las que la gente sale a la puerta a fumarse un cigarrillo durante la jornada laboral, y a veces pasa por allí, aminora el paso y recoge las colillas más largas. Se siente como un fuego apagado cuyas brasas se avivan de vez en cuando con un golpe de viento, pero nunca lo bastante como para hacer arder la leña pequeña. Una chimenea agonizante.

A veces le da el speed. Se mete en LinkedIn, hace listas de conocidos que parece que aún tienen trabajo y se promete contactar con ellos. Imagina la historia que les contará, empezará con un rollo de tías. Su talante calentorro coloca a los tíos en un estado propicio para charlas distendidas. Así que dirá: no estaba en París, estaba tirándome a una húngara que me llevó a Budapest, o a una guapa estadounidense que se pasaba la vida viajando, la nacionalidad es lo de menos siempre que dé la impresión de que se lo ha pasado en grande, y resulta que estoy por aquí y busco curro, lo que sea, por casualidad no tendrás algo para mí. Se las daría de trotamundos, un tío tranquilo, para nada estresado. De pasta no puede contar cuentos, es evidente que no le queda un céntimo. De todas formas, nunca ha estado forrado. En sus tiempos eso añadía credibilidad. Era antes de los años 2000, antes de que entre el público de los conciertos, aunque no lo pareciera, todo el mundo llevara zapatos nuevos y caros, de buena marca, un buen reloj en la muñeca, el de la temporada, el vaquero que les sentaba bien y cuyo corte atestiguaba que lo habían comprado ese mismo año. Desde Zadig & Voltaire, la pobreza ha perdido su aura poética —cuando durante décadas había servido para validar al auténtico artista, el que prefería no vender su alma. Hoy en día es muerte a los vencidos, incluso en el rock.

Pero nunca hace una llamada para pedir ayuda. Sería incapaz de definir qué se lo impide. Ha tenido tiempo para reflexionar al respecto. El enigma sigue intacto. Ha consultado en internet los consejos que dan a los procrastinadores patológicos. Ha hecho listas de lo que podría perder, de lo que arriesgaba, al lado de la lista de lo que podría ganar. Da igual. No llama a nadie.

Alexandre Bleach ha muerto. Vernon ve su nombre repetirse en Facebook, pero tarda un poco en entenderlo. Lo han encontrado muerto en la habitación de un hotel.

¿Quién pagará ahora sus alquileres atrasados? Es lo primero que se pregunta. Los mails y mensajes que le envió estas últimas semanas han quedado sin respuesta. Sus peticiones de ayuda. Estaba acostumbrado a que Alex estuviera siempre al pie del cañón. Vernon contaba con él. Como cada vez que la situación era crítica. Alexandre siempre acababa echándole un cable.

Vernon está sentado delante del ordenador —sensaciones contradictorias o extrañas entre sí se mezclan en su pecho, como gatos lanzados dentro del mismo saco por una mano ágil y despiadada. En internet se extiende como la lepra. Hacía mucho tiempo que Alexandre era de dominio público. Vernon creía haberse acostumbrado. Era imposible no enterarse de cuándo sacaba un disco o empezaba una gira. No pasaba una hora sin verlo en algún sitio exhibiéndose, meneándose de aquí para allá, soltando estupideces con su hermosa voz grave de crooner yonqui. A Alexandre le llegó el éxito como si le hubiera pasado por encima un camión. No daba la impresión de haber salido indemne. Su problema no había sido creerse el mejor, sino su violenta desesperación, que agobiaba a los que lo rodeaban. No es fácil ver a alguien consiguiendo lo que todo el mundo desea, y encima tener que consolarlo.

Todavía no hay fotos del fiambre en la habitación del hotel. Ya llegarán. Alex ha muerto ahogado. En una bañera. Una coproducción de champán y pastillas, se quedó dormido. Vete a saber qué cojones hacía en una bañera, solo, en un hotel, en plena tarde. De todas formas, vete a saber por qué era tan desesperadamente infeliz. Alex la habrá cagado hasta para morirse. El hotel es demasiado mediocre para hacer soñar, pero no lo bastante desastroso para que resulte exótico. Era frecuente que cogiera una habitación de hotel en la ciudad para unos días, bastaba con que creyera ver a un fotógrafo enfrente de su casa para que se fuera a dormir a otro sitio. A Alex le gustaba vivir en hoteles. Tenía cuarenta y seis años. ¿Quién espera al umbral de la andropausia para morir por sobredosis? Michael Jackson, Whitney Houston… cosa de negros, quizá.

A Bleach le gustaba ver a sus viejos amigos. Era como si le entraran ganas de mear, aunque le sucedía cada cierto tiempo. No daba señales de vida en un año, incluso dos, y luego empezaba a llamar como un loco, o a bombardear a mails, hasta era capaz de presentarse de improviso en casa de uno u otro. Era imposible tomarse una copa con él en un bar. A los cinco minutos llegaba un fan e interrumpía la conversación, y los fans pueden ser agresivos. O estar totalmente chalados. Por regla general, el fan que se mete en una conversación es un pesado. Cuando a Alexandre le apetecía ver a Vernon, le pegaba una llamada y se invitaba a su casa. Se bebían una cerveza y fingían que nada había cambiado. Menudo chiste. Alexandre ganaba con una canción lo que un tío como Vernon había facturado en la tienda en más de veinte años. ¿Cómo no iba a influir este pequeño detalle en su relación?

Alex había hecho muchos amigos en su entorno VIP. Pero estaba convencido de que su «verdadera vida» se había acabado con el éxito. Vernon había intentado demostrarle muchas veces que era una ilusión de la mente: hacia los treinta años, las cosas empiezan a perder brillo, tanto si eres pobre como si eres una megaestrella, no tiene arreglo para nadie. La diferencia es que para los que no se suben al carro del éxito no hay compensación. Si das la vuelta al mundo en primera clase, te follas a las chicas más guapas, te codeas con camellos cool y te gastas tu dinero en varias Harley Davidson, no es porque la juventud se aleje. Pero Alex no quería entenderlo. Y sí, parecía sentirse tan mal que era difícil convencerlo de que tenía suerte.

La primera vez que Alexandre entró en la tienda aún era un crío. Sus grandes ojos, ribeteados de largas y curvadas pestañas, le daban una expresión infantil. Llegaba con una botella de cerveza, se sentaba en el taburete y pedía que le pusiera discos. Para Alex, Vernon era la persona a través de la cual le llegó la magia: la que le hizo escuchar por primera vez el doble directo de Stiff Little Fingers, a los Redskins, el primer EP de los Bad Brains, la Peel Session de Sham 69 y el Fight or Die de Code of Honor. Alex aún era menor de edad, tenía las mejillas regordetas y no jugaba a hacerse el duro. Sin duda su sonrisa tuvo mucho que ver en su fulgurante ascenso —una sonrisa que causaba el mismo efecto que ver gatitos en YouTube. Habría que tener la coraza de un psycho killer para no sentir nada. Picoteaba de un grupo y de otro, como todo el mundo. Como tantas veces, la gloria llegó donde nadie la esperaba. En la escena de aquella época había héroes, personas por las que todos habrían apostado. Y todas ellas desaparecieron más o menos de la faz de la tierra. La pasión de Alex por la droga se manifestó tardíamente, y se lo llevó todo por delante. Pero el chico siempre había avanzado con un puñal invisible clavado en el pecho. Por más que bromeara a la menor excusa, algo se había roto en su mirada, una grieta que nada impediría que se hiciera más profunda.

Una pregunta de un pragmatismo rastrero taladra a Vernon: ¿quién pagará su alquiler? Empezó poco después de la muerte de Jean-No. Se cruzaron por casualidad cerca de la parada de metro de Bonsergent. Alexandre se lanzó a sus brazos. Hacía mucho que no se veían, desde el concierto de Tricky en el Elysée Montmartre. Pasada la incomodidad de los primeros minutos, teñida por el resentimiento del paripé que tenían que hacer, el de viejos amigos que tienen un montón de cosas que contarse, como si el interés de las historias de ventas en eBay de Vernon pudiera compararse con las historias de noches colocándose en un yate con Iggy Pop, salir con Alexandre siempre acababa siendo bastante guay.

Aquel día Alex estaba supercolocado. Mostraba el confuso entusiasmo y la precipitada fluidez del tipo que hace tiempo que no vuelve a casa y que debería empezar a planteárselo. La nieve cubría las aceras y había que sujetarlo por el codo para impedir que se cayera. Entusiasta, como siempre, insistió en que Vernon subiera con él a casa de su camello, que vivía a dos pasos. Un tipo sumiso, con cara de ser el primero de la clase, que componía música con GarageBand. Fumaba una hierba holandesa tan fuerte que al segundo te dolía la cabeza. Quería a toda costa que escucharan sus «nuevos sonidos». Soportaron una serie de pistas de sintetizador metidas sobre ritmos cuando menos precarios. Alex estaba ya colocado, escuchaba aquella mierda con el mayor interés y explicaba al camello que él trabajaba con los hercios, las ondulaciones por segundo del sonido, que disponiéndolas de determinada manera se podía modificar el cerebro. Se quedó pillado en esa historia de la sincronización de las ondas cerebrales, y el camello no perdía detalle de lo que decía. Todos sabían la verdad: hacía años que Alex no era capaz de componer ni un solo tema. Como no podía encadenar tres acordes ni escribir un estribillo coherente, se conformaba con las «alpha waves».

Había anochecido cuando se encontraron de nuevo en la acera. Circulaban pocos coches, y las calles se veían raras, vacías y en silencio. Vernon se burló del careto de una actriz vestida de negro en un cartel de cuatro por tres metros, sacando el culo encima de una moto. Dijo algo desagradable, como «esta parece tan sosa que prefiero tirarme a una tía de plástico», y Alexandre se rió de mala gana. Estaba claro que la conocía. Vernon se preguntó si se la habría tirado. Alex gustaba a las tías, no tuvo necesidad de vender discos para eso. Muchos de sus amigos eran VIP, gente ...