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VUELO FINAL

Ken Follett

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Fragmento

PRÓLOGO

Un hombre que tenía una pierna de madera iba por el corredor de un hospital.

Bajo y vigoroso, de unos treinta años de edad y con una constitución atlética, vestía un sencillo traje de color gris oscuro y calzaba zapatos de puntera negra. Andaba con paso rápido y decidido, pero se podía saber que estaba lisiado por la ligera irregularidad que había en su caminar: tap-tap, tap-tap. Su rostro permanecía inmóvil en una expresión sombría, como si estuviera reprimiendo alguna profunda emoción.

Llegó al final del corredor y se detuvo delante del escritorio de la enfermera.

—¿El teniente de vuelo Hoare? —preguntó.

La enfermera levantó la vista de un libro de registro. Era guapa y tenía el pelo negro, y cuando habló lo hizo con el suave acento del condado de Cork.

—Estoy pensando que usted será pariente suyo —dijo con una afable sonrisa.

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Su encanto no surtió efecto alguno.

—¿Qué cama, hermana? —preguntó el visitante.

—La última a la izquierda.

El visitante giró sobre sus talones y siguió pasillo adelante hasta llegar al fondo de la sala. En una silla junto a la cama, una figura vestida con una bata marrón estaba sentada con la espalda vuelta hacia la sala, mirando por la ventana mientras fumaba.

El visitante titubeó.

—¿Bart?

El hombre de la silla se levantó y se volvió hacia él. Su cabeza lucía un vendaje y llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, pero estaba sonriendo. Era una versión más joven y un poco más alta del visitante.

—Hola, Digby.

Digby rodeó con los brazos a su hermano y lo abrazó con fuerza.

—Pensaba que estabas muerto —dijo.

Luego empezó a llorar.

—Yo estaba pilotando un Whitley —dijo Bart. El Armstrong Whitworth Whitley era un bombardero de larga cola y bastante difícil de maniobrar que volaba manteniendo el morro extrañamente inclinado hacia abajo. En la primavera de 1941, el Mando de Bombarderos disponía de un centenar de ellos, entre un total de unos quinientos aparatos—. Un Messerschmitt disparó contra nosotros y recibimos varios impactos —siguió diciendo Bart—. Pero debía de estar quedándose sin combustible, porque de pronto viró sin haber llegado a terminar con nosotros. Pensé que era mi día de suerte. Entonces empezamos a perder altitud. El Messerschmitt había tocado ambos motores. Arrojamos todo lo que no estaba atornillado, para reducir nuestro peso, pero no sirvió de nada, y comprendí que tendríamos que amarar en el mar del Norte.

Digby, que ahora tenía los ojos secos, estaba sentado en el borde de la cama de hospital y contemplaba el rostro de su hermano, viendo la mirada de mil metros mientras Bart recordaba.

—Le dije a la tripulación que arrojara la escotilla posterior y que luego adoptara la posición de amaraje forzoso, apoyándose en la mampara. —Digby recordó que el Whitley tenía cinco tripulantes—. Cuando llegamos a altitud cero, tiré de la palanca y abrí las válvulas de estrangulación, pero el avión se negó a nivelarse y nos estrellamos contra el agua con un impacto tremendo. Quedé inconsciente.

Eran medio hermanos, separados por ocho años de diferencia. La madre de Digby había muerto cuando él tenía trece años, y su padre se había casado con una viuda que ya tenía un hijo de otro matrimonio. Digby había cuidado de su hermano pequeño desde el primer momento, protegiéndolo de los matones y ayudándolo con sus deberes en la escuela. Los dos estaban locos por los aeroplanos, y soñaban con ser pilotos. Digby perdió la pierna derecha en un accidente de moto, estudió ingeniería y luego se dedicó al diseño aeronáutico; pero Bart hizo realidad su sueño.

—Cuando volví en mí, olí a humo. El avión flotaba en el mar y el ala de estribor ardía. La noche era oscura como una tumba, pero yo podía ver gracias a la luz de las llamas. Me arrastré a lo largo del fuselaje y encontré el paquete de la balsa de caucho. Lo metí por la escotilla y salté. ¡Dios, qué fría estaba el agua!

Bart hablaba con voz suave y tranquila, pero daba profundas caladas a su cigarrillo, metiéndose el humo dentro de los pulmones para luego expulsarlo en un largo chorro a través de sus labios fruncidos.

—Llevaba un chaleco salvavidas y salí a la superficie igual que un corcho. Había mucho oleaje, y yo subía y bajaba tan deprisa como las bragas de una fulana, pero no conseguí izarme a la balsa. Por suerte, tenía el paquete justo delante de mis narices. Tiré de la cuerda y la balsa se hinchó por sí sola. Pero yo no tenía fuerzas para salir del agua. No podía entenderlo, porque no me había dado cuenta de que tenía un hombro dislocado, una muñeca rota, tres costillas fracturadas y no sé qué más. Así que me quedé allí, agarrándome a la balsa mientras me iba muriendo de frío.

Digby recordó que había habido un tiempo en el que pensaba que Bart era el que tenía más suerte de los dos.

—Al rato aparecieron Jones y Croft. Habían estado agarrados a la cola hasta que esta se hundió. Ninguno de los dos podía nadar, pero sus Mae West los salvaron, y consiguieron subir a la balsa y meterme dentro de ella. —Encendió otro cigarrillo—. Nunca llegué a ver a Pickering. No sé qué le ocurrió, pero supongo que ahora está en el fondo del mar.

Se quedó callado. Digby cayó en la cuenta de que había un miembro de la tripulación del que todavía no se había hablado, y después de una pausa preguntó:

—¿Y qué hay del quinto hombre?

—John Rowley, el que apuntaba las bombas, estaba vivo. Lo oímos gritar. Yo me encontraba un poco aturdido, pero Jones y Croft intentaron remar hacia el sitio del que venía la voz. —Sacudió la cabeza en un gesto de desesperanza—. No te puedes ni imaginar lo difícil que era. Las olas debían de tener un metro de altura, las llamas se estaban apagando y eso hacía que no pudiéramos ver gran cosa, y el viento aullaba como uno de esos malditos espectros irlandeses que anuncian una muerte en la familia. Jones chillaba, y tenía una buena voz. Rowley le respondía gritando, y entonces la balsa subía por un lado de una ola y bajaba por el otro al mismo tiempo que iba dando vueltas, y cuando Rowley volvía a gritar entonces su voz parecía provenir de una dirección completamente distinta. No sé durante cuánto tiempo seguimos así. Rowley continuaba gritando, pero su voz fue volviéndose más débil a medida que iba notando el frío. —El rostro de Bart se envaró—. Empezó a sonar un poco patético, llamando a Dios y a su madre y toda esa mierda. Finalmente se calló.

Digby descubrió que estaba conteniendo el aliento, como si el mero sonido de respirar fuera a suponer una intrusión en un recuerdo tan horrible.

—Un destructor que estaba patrullando en busca de submarinos alemanes nos encontró poco después del amanecer. Bajaron una chalupa y nos subieron a bordo. —Bart miró por la ventana, ciego al verde paisaje del Hertfordshire y viendo una escena diferente, muy lejos de allí—. Sí, la verdad es que tuvimos muchísima suerte —dijo.

Permanecieron sentados en silencio durante un rato, y luego Bart dijo:

—¿La incursión fue un éxito? Nadie va a contarme cuántos volvieron a casa.

—Desastrosa —dijo Digby.

—¿Y mi escuadrón?

—El sargento Jenkins y su tripulación consiguieron regresar enteros. —Digby sacó una tira de papel de su bolsillo—. Al igual que el oficial piloto Arasaratnam. ¿De dónde es?

—De Ceilán.

—Y el aparato del sargento Riley sufrió un impacto, pero consiguió regresar.

—La suerte de los irlandeses —dijo Bart—. ¿Y qué hay de los demás?

Digby se limitó a sacudir la cabeza.

—¡Pero en esa incursión había seis aparatos de mi escuadrón! —protestó Bart.

—Lo sé. Al igual que vosotros, dos más fueron derribados. No parece que hubiera supervivientes.

—Así que Creighton-Smith está muerto. Y Billy Shaw. Y... Oh, Dios —dijo, volviendo la cabeza.

—Lo siento.

El estado de ánimo de Bart pasó de la desesperación a la ira.

—Con sentirlo no basta —dijo—. ¡Nos están enviando ahí para que muramos!

—Lo sé.

—Por el amor de Cristo, Digby, tú formas parte del maldito gobierno.

—Trabajo para el primer ministro, sí.

A Churchill le gustaba incorporar al gobierno a gente de la industria privada, y Digby, que había obtenido muchos éxitos como diseñador de aviones antes de la guerra, era uno de sus especialistas en resolver problemas.

—Entonces tú eres igual de culpable. No deberías estar desperdiciando tu tiempo haciendo visitas a los enfermos. Sal de aquí ahora mismo y haz algo al respecto.

—Ya estoy haciendo algo —dijo Digby sin perder la calma—. Se me ha asignado la labor de descubrir por qué está ocurriendo esto. En esa incursión perdimos el cincuenta por ciento de los aparatos.

—Alguna maldita traición en las alturas, sospecho. O algún mariscal del aire presumiendo como un imbécil de la incursión de mañana en su club, y un camarero nazi tomando notas detrás de los tiradores de la cerveza.

—Es una posibilidad.

Bart suspiró.

—Lo siento, Diggers —dijo, utilizando un apodo de la infancia—. Tú no tienes la culpa. Solo me estaba desahogando.

—Hablando en serio, ¿tienes alguna idea de por qué están derribando a tantos? Has volado en más de una docena de misiones. ¿Cuál es tu corazonada?

Bart se puso pensativo.

—Oye, eso de los espías no lo he dicho solo por hablar. Cuando llegamos a Alemania, ellos ya están preparados para recibirnos. Saben que venimos.

—¿Qué te hace decir eso?

—Sus cazas están esperándonos en el aire. Ya sabes lo difícil que le resulta a una fuerza defensiva acertar en eso. El escuadrón de cazas tiene que ser reunido justo en el momento adecuado. Después los cazas tienen que navegar desde su campo hasta el área en la que piensan que podemos estar nosotros y luego tienen que subir por encima de nuestro techo de vuelo, y una vez que han hecho todo eso, entonces todavía tienen que localizarnos a la luz de la luna. Ese proceso requiere tanto tiempo que nosotros deberíamos poder dejar caer nuestras bombas y alejarnos de allí antes de que nos cojan. Pero no está sucediendo de esa manera.

Digby asintió. La experiencia de Bart se correspondía con la de otros pilotos a los que había interrogado. Se disponía a decirlo cuando Bart levantó la vista y sonrió por encima del hombro de Digby. Digby se volvió para ver a un negro que vestía el uniforme de un jefe de escuadrón. Al igual que Bart, era joven para su rango, y Digby supuso que habría recibido los ascensos automáticos que acompañaban a la experiencia en el combate: teniente de vuelo después de doce salidas, jefe de escuadrón después de quince.

—Hola, Charles —dijo Bart.

—Nos has tenido muy preocupados a todos, Bartlett. ¿Cómo estás?

El recién llegado hablaba con un acento caribeño al que se superponía un deje de Oxbridge.

—Puede que viva, dicen.

Charles rozó con la punta de un dedo el dorso de la mano de Bart allí donde esta asomaba de su cabestrillo, en lo que Digby pensó que era un gesto curiosamente lleno de afecto.

—Me alegro muchísimo de saberlo —dijo Charles.

—Charles, te presento a mi hermano Digby. Digby, este es Charles Ford. Estuvimos juntos en el Trinity College hasta que nos fuimos de allí para ingresar en la fuerza aérea.

—Era la única manera de evitar tener que presentarnos a nuestros exámenes —dijo Charles, estrechando la mano de Digby.

—¿Cómo te están tratando los africanos? —preguntó Bart.

Charles sonrió y pasó a explicárselo a Digby.

—En nuestro campo hay un escuadrón de rodesianos. Todos son unos aviadores de primera, pero les resulta difícil tratar con un oficial de mi color. Los llamamos los africanos, cosa que parece irritarlos ligeramente. No entiendo por qué.

—Y obviamente tú no estás permitiendo que eso te afecte mucho —dijo Digby.

—Creo que con la paciencia y la mejora en la educación podremos terminar civilizando a esa clase de personas, por muy primitivas que parezcan ahora. —Charles desvió la mirada, y Digby percibió un destello de la ira que había debajo de su buen humor.

—Acababa de preguntarle a Bart por qué piensa que estamos perdiendo tantos bombarderos —dijo Digby—. ¿Cuál es tu opinión?

—No tomé parte en esa incursión —dijo Charles—. Y por lo que sé, tuve mucha suerte al perdérmela. Pero otras operaciones recientes han salido igual de mal. Tengo la sensación de que la Luftwaffe puede seguirnos a través de las nubes. ¿Podrían tener a bordo alguna clase de equipo que les permita localizarnos incluso cuando no somos visibles?

Digby sacudió la cabeza.

—Cada aparato enemigo que se estrella es examinado minuciosamente, y nunca hemos visto nada parecido a esa cosa de la que hablas. Estamos trabajando muy duro para inventar esa clase de sistema, y tengo la seguridad de que el enemigo también trabaja en ello, pero todavía nos encontramos muy lejos del éxito, y estamos bastante seguros de que ellos van muy por detrás de nosotros. No creo que se trate de eso.

—Bueno, pues lo parece.

—Sigo pensando que es cosa de espías —dijo Bart.

—Interesante. —Digby se levantó—. He de regresar a Whitehall. Gracias por vuestras opiniones. —Estrechó la mano de Charles y le apretó suavemente el hombro sano a Bart—. Descansa y ponte bien.

—Dicen que dentro de unas semanas volveré a volar.

—No puedo decir que eso me alegre.

Digby se disponía a irse cuando Charles dijo:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto.

—En una incursión como esta, lo que nos cuesta reemplazar los aparatos perdidos tiene que ser bastante más que lo que le cuesta al enemigo reparar los daños causados por nuestras bombas.

—Indudablemente.

—Entonces... —Charles extendió los brazos para indicar que no entendía nada—. ¿Por qué lo hacemos? ¿Qué sentido tiene el bombardear?

—Sí —dijo Bart—. Me gustaría saberlo.

—¿Qué otra cosa podemos hacer? —dijo Digby—. Los nazis controlan Europa: Austria, Checoslovaquia, Holanda, Bélgica, Francia, Dinamarca, Noruega. Italia es una aliada, España simpatiza con ellos, Suecia es neutral, y tienen un pacto con la Unión Soviética. No tenemos fuerzas militares en el continente. No disponemos de ningún otro modo de devolverles los golpes.

Charles asintió.

—Así que nosotros somos todo lo que tenéis.

—Exactamente —dijo Digby—. Si los bombardeos cesan, la guerra ha terminado... y Hitler ha vencido.

El primer ministro estaba viendo El halcón maltés. Recientemente se había construido un cine privado en las antiguas cocinas de la Casa del Almirantazgo. Disponía de cincuenta o sesenta cómodos asientos y un telón de terciopelo rojo, pero normalmente se utilizaba para proyectar las filmaciones de las incursiones de bombardeo y las películas de propaganda antes de que estas fueran exhibidas ante el público.

Ya entrada la noche, después de que todos los memorandos hubieran sido dictados, los cablegramas enviados, los informes anotados y las minutas puestas al día, cuando estaba demasiado preocupado, enfadado y tenso para que le fuera posible conciliar el sueño, Churchill se sentaba en uno de los espaciosos asientos para personalidades de la primera fila con un vaso de coñac y se dejaba absorber por el último hechizo llegado de Hollywood.

Cuando Digby entró en el cine, Humphrey Bogart le estaba explicando a Mary Astor que cuando el socio de un hombre es asesinado se supone que este debe hacer algo al respecto. El aire estaba cargado del humo de los puros. Churchill señaló un asiento. Digby se sentó en él y vio los últimos minutos de la película. Cuando aparecieron los títulos de crédito encima de la estatuilla de un halcón negro, Digby explicó a su jefe que la Luftwaffe siempre parecía saber por anticipado cuándo iba a llegar el Mando de Bombarderos.

Cuando Digby hubo terminado de hablar, Churchill contempló la pantalla durante unos segundos como si estuviera esperando averiguar quién había interpretado a Bryan. Había momentos en los que el primer ministro era encantador, con una sonrisa irresistible y un suave destello en sus ojos azules, pero aquella noche parecía hallarse sumido en la melancolía. Finalmente dijo:

—¿Qué piensa la RAF?

—Le echan la culpa a no haber volado en formación como es debido. En teoría, si los bombarderos vuelan siguiendo una formación cerrada entonces su armamento debería cubrir la totalidad del cielo, de tal manera que cualquier caza enemigo que apareciese por allí debería ser abatido inmediatamente.

—¿Y usted qué dice a eso?

—Que es una estupidez. El vuelo en formación nunca ha funcionado. Algún factor nuevo ha entrado en la ecuación.

—Estoy de acuerdo. Pero ¿en qué consiste exactamente ese factor?

—Mi hermano culpa a los espías.

—Todos los espías a los que hemos capturado eran unos aficionados..., pero esa es la razón por la que fueron capturados, claro está. Puede que los que eran realmente competentes hayan conseguido escurrirse a través de la red.

—Quizá sea que los alemanes han hecho algún gran progreso técnico.

—El Servicio Secreto de Inteligencia me dice que el enemigo va muy por detrás de nosotros en el desarrollo del radar.

—¿Confía en sus dictámenes?

—No. —Las luces del techo se encendieron. Churchill iba de etiqueta. Siempre tenía un aspecto muy elegante, pero su rostro estaba surcado por líneas de cansancio. Sacó del bolsillo de su chaleco una hoja de papel cebolla doblada—. He aquí una pista —dijo, y le tendió la hoja a Digby.

Digby la estudió. Parecía ser el desciframiento de una señal radiada por la Luftwaffe, en alemán y en inglés. Decía que la nueva estrategia de combate nocturno a ciegas de la Luftwaffe —Dunkle Nachtjagd— se había anotado un gran triunfo, gracias a la excelente información proporcionada por Freya. Digby leyó el mensaje en inglés y luego volvió a leerlo en alemán. «Freya» no era una palabra que perteneciese a ninguna de las dos lenguas.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

—Eso es lo que quiero que averigüe. —Churchill se levantó y se embutió en su chaqueta con un encogimiento de hombros—. Regrese andando conmigo —dijo, y mientras se iban gritó—: ¡Gracias!

—El placer ha sido mío, señor —replicó una voz desde la cabina del proyeccionista.

Mientras iban por el edificio, dos hombres echaron a andar detrás de ellos: el inspector Thompson de Scotland Yard, y el guardaespaldas particular de Churchill. Salieron al recinto de los desfiles, pasaron junto a un equipo que estaba operando un globo de barrera contra los bombardeos, y pasaron por una puerta en el cercado de alambre de espino para salir a la calle. Londres se hallaba ennegrecido por el oscurecimiento, pero una luna creciente les proporcionó la luz suficiente para que pudieran encontrar su camino.

Anduvieron unos cuantos metros el uno al lado del otro por Horse Guards Parade hasta llegar al número 1 de Storey’s Gate. Una bomba había dañado la parte de atrás del número 10 de Downing Street, la residencia tradicional del primer ministro, por lo que Churchill estaba viviendo en el anexo cercano encima de las salas del Gabinete de Guerra. La entrada se encontraba protegida por un muro a prueba de bombas. El cañón de una ametralladora asomaba a través de un agujero en el muro.

—Buenas noches, señor —dijo Digby.

—Esto no puede continuar —dijo Churchill—. A este ritmo, el Mando de Bombarderos estará acabado para Navidad. Necesito saber quién o qué es Freya.

—Lo descubriré.

—Hágalo con la máxima rapidez posible.

—Sí, señor.

—Buenas noches —dijo el primer ministro, y entró en el edificio.

PRIMERA PARTE

1

El último día del mes de mayo de 1941, un extraño vehículo fue visto en las calles de Morlunde, una ciudad en la costa oeste de Dinamarca.

Era una motocicleta Nimbus de fabricación danesa provista de un sidecar. En sí mismo eso ya la convertía en una visión insólita, porque no había gasolina para nadie aparte de los médicos y la policía y, naturalmente, las tropas alemanas que ocupaban el país. Pero aquella Nimbus había sido modificada. El motor de cuatro cilindros que funcionaba con gasolina había sido sustituido por uno de vapor tomado de una lancha fluvial convertida en chatarra. Se había quitado el asiento del sidecar para hacer sitio a una caldera, una caja de fuego y un cañón de chimenea. El motor utilizado como reemplazo no tenía mucha potencia y la velocidad máxima de la motocicleta había quedado reducida a unos treinta y cinco kilómetros por hora. En vez del acostumbrado rugido del tubo de escape de una motocicleta, solo se oía el suave siseo del vapor. Su lentitud y el fantasmagórico silencio con que se movía conferían un aire majestuoso al vehículo.

En el sillín se encontraba Harald Olufsen, un joven de dieciocho años, alto, de piel clara y rubios cabellos echados hacia atrás para apartarlos de una despejada frente. Parecía un vikingo ataviado con una americana escolar. Harald había estado ahorrando durante un año para comprar la Nimbus, que le había costado seiscientas coronas; y entonces, justo el día después de que por fin hubiera conseguido hacerse con ella, los alemanes habían impuesto las restricciones de gasolina.

Harald se había enfadado muchísimo. ¿Qué derecho tenían los alemanes a hacer aquello? Pero su educación le había enseñado que actuar era preferible a quejarse.

Había tardado otro año en modificar la motocicleta, trabajando durante las vacaciones escolares y compaginando la labor con la revisión para sus exámenes de entrada en la universidad. Ese día, nuevamente en casa después de haber salido del internado para celebrar la fiesta de Pentecostés, Harald había pasado la mañana aprendiéndose de memoria ecuaciones de física y la tarde uniendo a la rueda trasera el engranaje de rueda que había sacado de una cortadora de césped. Ahora, con la motocicleta funcionando perfectamente, se dirigía hacia un bar donde esperaba poder escuchar un poco de jazz y quizá incluso conocer a algunas chicas.

Harald adoraba el jazz. Después de la física, era la cosa más interesante que le hubiese ocurrido jamás. Los músicos estadounidenses eran los mejores, por supuesto, pero incluso sus imitadores daneses merecían que se los escuchara. A veces se podía oír buen jazz en Morlunde, quizá porque era un puerto internacional, visitado por marineros de todo el mundo.

Pero cuando se detuvo delante del club Hot, en el corazón del distrito de los muelles, Harald vio que la puerta estaba cerrada y los postigos cubrían sus ventanas.

Se quedó perplejo. Eran las ocho de una tarde de sábado, y el club Hot era uno de los locales más populares de la ciudad. Debería haber estado lleno.

Mientras Harald contemplaba el silencioso edificio, un hombre que pasaba por allí se detuvo y le echó una mirada a su vehículo.

—¿Qué es este artefacto?

—Una Nimbus con un motor de vapor. ¿Sabe algo acerca de este club?

—Es de mi propiedad. ¿Qué utiliza la motocicleta como combustible?

—Cualquier cosa que arda. Yo uso turba —dijo Harald, señalando el montón que había en la parte de atrás del sidecar.

—¿Turba? —dijo el hombre, y se rió.

—¿Por qué están cerradas las puertas?

—Los nazis me cerraron el negocio.

Harald puso cara de consternación.

—¿Por qué?

—Por dar empleo a músicos negros.

Harald nunca había visto a un músico de color en carne y hueso, pero sabía por los discos que eran los mejores.

—Los nazis son unos cerdos ignorantes —dijo furiosamente. Le habían arruinado la noche.

El dueño del club recorrió rápidamente la calle con la mirada para asegurarse de que nadie había oído a Harald. El poder ocupante gobernaba Dinamarca con mano bastante suave, pero aun así pocas personas insultaban abiertamente a los nazis. Sin embargo, no había nadie más visible. La mirada del hombre volvió a la motocicleta.

—¿Funciona?

—Pues claro que funciona.

—¿Quién te la convirtió?

—Lo hice yo mismo.

La diversión del hombre estaba transformándose en admiración.

—Eso sí que es tener buena mano.

—Gracias. —Harald abrió la espita que permitía que el vapor entrase en el motor—. Siento lo de su club.

—Espero que me dejen volver a abrir dentro de unas semanas. Pero tendré que prometer que solo emplearé a músicos blancos.

—¿Jazz sin negros? —Harald sacudió la cabeza con disgusto—. Eso es como echar a los cocineros franceses de los restaurantes. —Apartó el pie del freno y la motocicleta empezó a alejarse lentamente.

Pensó ir al centro de la ciudad, para ver si había alguien a quien conociera en los cafés y los bares de alrededor de la plaza, pero lo del club de jazz había sido una decepción tan terrible que decidió que el seguir dando vueltas por ahí resultaría muy deprimente. Harald puso rumbo hacia el puerto.

Su padre era el pastor de la iglesia que había en Sande, una islita situada a unos tres kilómetros enfrente de la costa. El pequeño transbordador que iba y venía entre la isla y el continente se hallaba atracado en el muelle, y Harald fue directamente hacia él. Estaba lleno de gente, a la mayoría de la cual Harald conocía. Había un alegre grupo de pescadores que se habían tomado unas cuantas copas después de haber asistido a un partido de fútbol; dos mujeres acomodadas ataviadas con sombreros y guantes que llevaban consigo un poni, un calesín de dos ruedas y un montón de compras; y una familia de cinco personas que había estado visitando a sus conocidos en la ciudad. Una pareja muy bien vestida, a la que Harald no reconoció, se dirigía probablemente a cenar en el hotel de la isla, el cual disponía de un restaurante de primera clase. La motocicleta de Harald atrajo el interés de todos, y tuvo que volver a explicar lo del motor de vapor.

En el último momento llegó un sedán Ford fabricado en Alemania. Harald conocía aquel coche: pertenecía a Axel Flemming, el dueño del hotel de la isla. Los Flemming mantenían una actitud hostil hacia la familia de Harald. Axel Flemming se tenía por el líder natural de la comunidad isleña, un papel que el pastor Olufsen creía le pertenecía a él, y la fricción entre los patriarcas rivales afectaba a todos los otros miembros de la familia. Harald se preguntó cómo se las habría arreglado Flemming para conseguir gasolina que hiciera funcionar su coche, y supuso que para los ricos cualquier cosa era posible.

El mar estaba picado y había nubes oscuras en el oeste. Se aproximaba una tormenta, pero los pescadores dijeron que estarían en casa antes de que esta llegara, aunque por los pelos. Harald sacó de su bolsillo un periódico que había cogido en la ciudad. Titulado Realidad, era una publicación ilegal impresa en un acto de desafío al poder ocupante que se repartía gratis. La policía danesa no había intentado hacerla desaparecer, y los alemanes parecían considerar que ni siquiera era merecedora de su desprecio. En Copenhague, la gente la leía abiertamente en los trenes y los tranvías. Allí la gente era más discreta, y Harald la dobló para ocultar la cabecera mientras leía un informe sobre la escasez de mantequilla. Dinamarca producía millones de kilos de mantequilla cada año, pero ahora casi toda era enviada a Alemania, y los daneses tenían serios problemas para conseguirla. Era la clase de historia que nunca aparecía en la prensa legal censurada.

La familiar forma plana de la isla iba aproximándose. Sande tenía unos diecinueve kilómetros de largo por uno y medio de ancho, con un pueblo en cada extremo. Las casitas de los pescadores, y la iglesia con su rectoría, formaban el más antiguo de los dos pueblos en el extremo sur. También en el extremo sur, una escuela de navegación, en desuso desde hacía ya mucho tiempo, había sido ocupada por los alemanes y convertida en una base militar. El hotel y las casas de mayores dimensiones se encontraban en el extremo norte. Entre uno y otro extremo, la isla consistía básicamente en dunas de arena y matorrales con unos cuantos árboles y ninguna colina, pero a lo largo de todo el lado que daba al mar había una magnífica playa de dieciséis kilómetros de largo.

Harald sintió unas cuantas gotas de lluvia mientras el transbordador se aproximaba a su atracadero en el extremo norte de la isla. El taxi del hotel tirado por un caballo ya estaba esperando a la pareja elegantemente vestida. Los pescadores fueron recibidos por la esposa de uno de ellos, que conducía una carreta de la cual tiraba un caballo. Harald decidió cruzar la isla e ir a su casa siguiendo la playa, cuya arena estaba tan dura y apretada que de hecho había sido utilizada para llevar a cabo pruebas de velocidad de coches de carreras.

Se encontraba a medio camino entre el muelle y el hotel cuando se le acabó el vapor.

Harald estaba utilizando el depósito de gasolina de la motocicleta como una reserva de agua, y entonces se dio cuenta de que este no era lo bastante grande. Tendría que hacerse con un bidón de gasolina de cinco galones y meterlo en el sidecar. Mientras tanto, necesitaba agua para que el motor de vapor lo llevara hasta su casa.

Solo había una casa a la vista, y por desgracia era la de Axel Flemming. A pesar de su rivalidad, los Olufsen y los Flemming todavía se hablaban: todos los miembros de la familia Flemming acudían a la iglesia cada domingo y se sentaban en el primer banco. De hecho, Axel era diácono. Aun así, a Harald no le hacía ninguna gracia la idea de tener que pedir ayuda a los siempre hostiles Flemming. Estuvo pensando en caminar medio kilómetro hasta llegar a la siguiente casa pero decidió que sería una estupidez. Con un suspiro, echó a andar por el largo camino que subía hacia la casa de los Flemming.

En vez de llamar a la puerta principal, contorneó la casa hasta llegar a los establos. Le complació ver a un sirviente que estaba metiendo el Ford en el garaje.

—Hola, Gunnar —dijo Harald—. ¿Podría darme un poco de agua?

El hombre se mostró muy cordial.

—Sírvete tú mismo —dijo—. Hay un grifo en el patio.

Harald encontró un cubo al lado del grifo y lo llenó. Luego regresó al camino y echó el agua dentro del depósito. Parecía que iba a poder evitar tener que encontrarse con alguien de la familia. Pero cuando devolvió el cubo al patio, Peter Flemming estaba allí.

Alto, arrogante y con treinta años de edad, vestido con un bien confeccionado traje de tweed color avena, Peter era el hijo de Axel. Antes de que las familias se enemistaran, había sido el amigo del alma de Arne, el hermano de Harald, y durante su adolescencia los dos se habían ganado reputación de conquistadores: Arne seducía a las chicas mediante su malévolo encanto y Peter recurría a su impasible sofisticación. Ahora Peter vivía en Copenhague, pero Harald supuso que habría vuelto a casa para pasar allí aquel fin de semana festivo.

Peter estaba leyendo Realidad y levantó los ojos del periódico para mirar a Harald.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó.

—Hola, Peter. He venido a coger un poco de agua.

—Supongo que este periodicucho es tuyo, ¿no?

Harald se llevó la mano al bolsillo, y entonces se dio cuenta con una súbita consternación de que el periódico debía de haberse caído cuando se agachó a coger el cubo.

Peter vio el movimiento y comprendió su significado.

—Obviamente lo es —dijo—. ¿Eres consciente de que podrías ir a la cárcel solo por tenerlo en tu poder?

La mención de la cárcel no era una amenaza hueca, porque Peter era detective de la policía.

—En la ciudad todo el mundo lo lee —dijo Harald. Consiguió que su voz sonara desafiante, pero de hecho estaba un poco asustado. Peter era lo bastante ruin para arrestarlo.

—Esto no es Copenhague —entonó Peter solemnemente.

Harald sabía que a Peter le encantaría tener ocasión de hundir en la ignominia a un Olufsen, y sin embargo vacilaba en hacerlo. Harald creyó saber por qué.

—Si arrestas a un estudiante en Sande por estar haciendo algo que toda la población hace abiertamente, quedarás como un imbécil. Especialmente cuando todos se enteren de que le tienes manía a mi padre.

Peter estaba visiblemente desgarrado entre el deseo de humillar a Harald y el miedo a que se rieran de él.

—Nadie tiene derecho a infringir la ley —dijo.

—¿La ley de quién? ¿De nosotros o de los alemanes?

—La ley es la ley.

Harald empezó a sentirse más seguro de sí mismo. Peter no se habría puesto tan a la defensiva si realmente tuviera intención de hacer un arresto.

—Eso lo dices únicamente porque tu padre gana muchísimo dinero haciendo que los nazis se lo pasen bien en su hotel.

La réplica de Harald dio en el blanco. El hotel era muy popular entre los oficiales alemanes, quienes disponían de más dinero para gastar que los daneses.

—Mientras que tu padre va enardeciendo a la gente con sus sermones —repuso Peter a su vez. Era cierto: el pastor había predicado contra los nazis, escogiendo como tema «Jesús era un judío»—. ¿Ya se da cuenta de cuántos problemas llegará a causar si incita a la gente? —siguió diciendo Peter.

—Estoy seguro de que sí. El fundador de la religión cristiana también causó bastantes problemas.

—No me hables de religión. Yo he de mantener el orden aquí en la tierra.

—¡Al diablo con el orden, hemos sido invadidos! —La frustración que sentía Harald al haber visto arruinada su velada salió a la luz—. ¿Qué derecho tienen los nazis a decirnos lo que hemos de hacer? ¡Deberíamos echar a patadas de nuestro país a toda esa jauría!

—No debes odiar a los alemanes, porque son nuestros amigos —dijo Peter, con un aire de santurronería que hizo enloquecer de ira a Harald.

—Yo no odio a los alemanes, maldito estúpido. Tengo primos alemanes —dijo. La hermana del pastor se había casado con un joven dentista al que le iban muy bien las cosas en Hamburgo y ella y su marido siempre venían a Sande durante las vacaciones, allá por los años veinte. Su hija Monika era la primera chica a la que había besado Harald—. Y los nazis se lo han hecho pasar mucho peor que a nosotros —añadió. El tío Joachim era judío y, aunque era cristiano bautizado y un anciano de su iglesia, los nazis habían decidido que solo podía tratar a judíos, con lo que hundieron su consulta. Hacía un año que lo habían arrestado como sospechoso de esconder oro y le habían enviado a una clase especial de prisión, lo que los nazis llamaban un Konzentrazionslager, en la pequeña población bávara de Dachau.

—Quien tiene problemas es porque se los ha buscado —dijo Peter, dándoselas de hombre de mundo—. Tu padre nunca hubiese debido permitir que su hermana se casara con un judío. —Tiró al suelo el periódico y se fue.

Al principio Harald se quedó demasiado perplejo para replicar. Se agachó y recogió el periódico.

—Estás empezando a hablar como un nazi —le dijo luego a la espalda de Peter mientras este se alejaba de él.

Sin prestarle ninguna atención, Peter entró en la casa por la puerta de la cocina y cerró dando un portazo.

Harald sintió que había salido perdedor de la discusión, lo cual resultaba muy irritante porque sabía que lo que había dicho Peter era una auténtica barbaridad.

Mientras iba hacia el camino empezó a llover intensamente. Cuando llegó a su motocicleta, Harald descubrió que se había apagado el fuego debajo de la caldera.

Trató de volver a encenderlo. Hizo una bola con su ejemplar de Realidad para usarlo como yesca; tenía una caja de fósforos de madera de buena calidad en el bolsillo, pero no se había traído consigo el fuelle que utilizó para encender el fuego unas horas antes. Después de veinte frustrantes minutos inclinado sobre la caja de fuego bajo la lluvia, Harald se dio por vencido. Tendría que ir a su casa andando.

Se subió el cuello de la chaqueta.

Fue empujando la motocicleta hasta llegar al hotel y la dejó en el pequeño aparcamiento; luego echó a andar playa abajo. En aquella época del año, a tres semanas del solsticio de verano, los anocheceres escandinavos duraban hasta las once; pero aquella noche las nubes oscurecían el cielo, y el aguacero restringía todavía más la visibilidad. Harald fue siguiendo el contorno de las dunas. Encontraba el camino por la manera en que iba cambiando el suelo debajo de sus pies y el ruido del mar en su oreja derecha. Antes de que hubiera transcurrido mucho tiempo, sus ropas habían quedado tan empapadas que hubiera podido ir a casa nadando sin mojarse más de lo que ya lo estaba.

Harald era un joven fuerte y estaba tan en forma como un lebrel, pero tras dos horas de caminata se encontraba cansado, frío y deprimido; entonces se topó con la valla que circundaba la nueva base alemana y comprendió que tendría que caminar cinco kilómetros alrededor de ella para poder llegar a su casa, que quedaba a solo unos centenares de metros de distancia.

Si la marea se hubiese retirado, habría seguido andando a lo largo de la playa porque, si bien oficialmente el acceso a aquella extensión de arena estaba prohibido, los guardias no hubiesen podido verlo con aquel tiempo. No obstante, la marea todavía no había bajado y el agua aún llegaba a la valla. A Harald se le pasó por la cabeza recorrer el último trecho nadando, pero enseguida descartó la idea. Como todo el mundo en aquella comunidad pesquera, Harald le tenía un cauteloso respeto al mar, y nadar de noche con aquel tiempo sería peligroso cuando él ya se hallaba exhausto.

Pero podía trepar por la valla.

La lluvia había amainado y un cuarto de luna asomaba de vez en cuando entre las nubes que corrían por el cielo, proyectando intermitentemente una vacilante claridad sobre el paisaje empapado. Harald podía ver el metro ochenta de altura del alambre para gallineros que formaba la valla, con dos tiras de alambre de espino extendidas sobre ella, de aspecto bastante formidable pero no un gran obstáculo para una persona realmente determinada que se encontrase en buena forma física. Cincuenta metros tierra adentro, la valla atravesaba un pequeño macizo de matorrales y arbolillos que la ocultaban a la mirada. Ese sería el sitio por el cual trepar.

Harald sabía qué había más allá de la valla. El verano pasado había estado trabajando en las labores de construcción. Por aquel entonces, no había sabido que el lugar estuviera destinado a ser una base militar. Los constructores, una firma de Copenhague, le habían dicho a todo el mundo que iba a ser una nueva estación del servicio de guardacostas. Si hubieran dicho la verdad quizá habrían tenido problemas para reclutar al personal, porque por ejemplo Harald nunca hubiese trabajado a sabiendas para los nazis. Luego, cuando los edificios hubieron sido levantados y la valla quedó completada, todos los daneses habían sido despedidos y se trajo a alemanes para que instalaran el equipo. Pero Harald conocía la disposición del recinto. La escuela de navegación en desuso se había vuelto a acondicionar, y se construyeron nuevos edificios que la flanqueaban. Todos se encontraban bastante alejados de la playa, por lo que Harald podía cruzar la base sin tener que acercarse a ellos. Además, en aquel extremo del recinto una gran parte del terreno se hallaba cubierto por pequeños matorrales que le ayudarían a ocultarse. Lo único que tendría que hacer sería mantener los ojos bien abiertos por si había guardias patrullando.

Encontró su camino hasta el bosquecillo, escaló la valla, pasó con mucho cuidado por encima del alambre de espino que la coronaba y saltó al otro lado, aterrizando sin hacer ruido sobre las dunas húmedas. Miró en torno a él, atisbando entre la penumbra, y solo vio las vagas siluetas de los árboles. Los edificios no eran visibles, pero pudo oír música lejana y alguna que otra carcajada ocasional. Era noche de sábado, así que los soldados alemanes quizá estuvieran tomándose unas cuantas cervezas mientras sus oficiales cenaban en el hotel de Axel Flemming.

Harald empezó a cruzar la base, moviéndose todo lo deprisa que se atrevía a hacerlo bajo la cambiante claridad lunar, manteniéndose pegado a los arbustos cuando podía hacerlo y orientándose por las olas a su derecha y la tenue música a la izquierda. Pasó por delante de una estructura muy alta y la reconoció, en la penumbra, como la torre de un reflector. Toda el área podía ser iluminada en caso de que hubiera una emergencia, pero habitualmente la base se hallaba sumida en la oscuridad.

Un súbito ruido a su izquierda lo sobresaltó; se agazapó, con el corazón latiéndole alterado. Dirigió la mirada hacia los edificios. Una puerta se hallaba abierta, derramando luz. Un soldado salió por ella mientras Harald la observaba y cruzó corriendo el recinto. Entonces otra puerta se abrió en un edificio distinto, y el soldado entró corriendo por ella.

El pulso de Harald se normalizó.

Atravesó un grupo de coníferas y bajó por una pequeña hondonada. Cuando llegó al fondo del declive, vio una estructura que se elevaba en la penumbra. No podía distinguirla con claridad, pero no recordaba que se hubiera construido nada en aquel lugar. Acercándose un poco más, vio la curva de un muro de cemento que tendría aproximadamente la altura de su cabeza. Algo se movía por encima del muro, y Harald oyó un tenue zumbido, como el de un motor eléctrico.

Aquello tenía que haber sido erigido por los alemanes después de que los trabajadores locales fueran despedidos. Harald se preguntó por qué nunca había visto la estructura a través de la valla, y entonces cayó en la cuenta de que los árboles y la hondonada la ocultarían desde la mayoría de los puntos de observación, excepto quizá desde la playa, donde estaba prohibido entrar en la zona que pasaba ante la base.

Cuando miró hacia arriba e intentó distinguir los detalles, la lluvia le cayó en la cara y golpeó en los ojos. Pero sentía demasiada curiosidad para seguir su camino. La luna brilló por un instante. Entornando los ojos, Harald volvió a mirar. Por encima del muro circular logró distinguir una parrilla de metal o de cable parecida a un enorme colchón, que tendría unos cuatro metros de lado. La totalidad del artefacto estaba dando vueltas como un tiovivo y completaba una revolución cada pocos segundos.

Harald estaba fascinado. Era una máquina de un tipo que nunca había visto antes, y el ingeniero que había en él enseguida quedó hechizado. ¿Qué hacía? ¿Por qué giraba? El sonido le decía muy poco, porque procedía del motor que hacía girar a la cosa. Harald estaba seguro de que no se trataba de una pieza de artillería, al menos no del tipo convencional, ya que no había ningún cañón. Su mejor conjetura fue que tenía algo que ver con la radio.

Alguien tosió cerca de él.

Harald reaccionó instintivamente. Saltando hacia arriba, pasó los brazos por encima del borde del muro y se izó a lo alto de él. Permaneció inmóvil durante un segundo encima de aquel estrecho reborde, sintiéndose peligrosamente visible, y luego bajó al interior del recinto. Le preocupaba que sus pies pudieran encontrarse con alguna maquinaria en movimiento, pero estaba casi seguro de que habría una pasarela alrededor del mecanismo para permitir que este pudiera ser atendido por los ingenieros; después de un momento lleno de tensión tocó un suelo de cemento. El zumbido se había vuelto más intenso, y Harald pudo oler a aceite de motores. Sobre su lengua notaba el peculiar sabor de la electricidad estática.

¿Quién había tosido? Harald supuso que un centinela que pasaba por allí. Los pasos del hombre tenían que haberse perdido entre el viento y la lluvia. Afortunadamente, esos mismos ruidos habían ahogado el sonido que produjo Harald cuando se encaramó sobre el muro. Pero ¿lo había visto el centinela?

Pegándose a la curva interior del muro, Harald respiró entrecortadamente mientras esperaba a que el haz de una poderosa linterna lo delatara. Se preguntó qué ocurriría en el caso de que lo atraparan. Los alemanes se mostraban bastante amables en el campo y la mayoría de ellos no se dedicaban a ir de un lado a otro pavoneándose como conquistadores, sino que casi parecían sentirse un poco avergonzados de su dominio. Probablemente lo entregarían a la policía danesa. Harald no estaba muy seguro de qué actitud adoptarían los policías. Si Peter Flemming hubiera formado parte de la fuerza local, se habría asegurado de que Harald lo pasara lo peor posible; pero afortunadamente, lo habían destinado a Copenhague. Lo que Harald temía, más que cualquier castigo oficial, era la ira de su padre. Ya podía oír la sarcástica interrogación del pastor: «¿Escalaste la valla? ¿Y entraste en el recinto militar secreto? ¿De noche? ¿Y lo usaste como atajo para llegar a casa? ¿Porque estaba lloviendo?».

Pero ninguna luz brilló sobre él. Harald esperó, y contempló la oscura mole del aparato que se alzaba ante él. Le pareció poder ver unos gruesos cables que salían del borde inferior de la parrilla y desaparecían en la oscuridad, al otro lado del pozo. Aquello tenía que ser un medio de enviar señales de radio, o de recibirlas, pensó.

Cuando hubieron transcurrido unos cuantos lentos minutos, estuvo seguro de que el guardia había seguido su camino. Harald se encaramó a lo alto del muro y trató de ver a través de la lluvia. A cada lado de la estructura pudo distinguir dos formas oscuras más pequeñas que estaban inmóviles; Harald decidió que tenían que formar parte de la maquinaria. No había ningún centinela visible. Harald se deslizó por la parte exterior del muro y reanudó su camino a través de las dunas.

En un momento de oscuridad, cuando la luna se encontraba detrás de una gruesa nube, se dio de narices con una pared de madera. Aturdido y momentáneamente asustado, Harald dejó escapar una maldición ahogada. Un segundo después comprendió que había chocado con una vieja caseta para botes de la antigua escuela de navegación. Estaba medio en ruinas, y los alemanes no la habían reparado, aparentemente porque no se les ocurría ningún uso para ella. Harald se quedó inmóvil durante un momento, escuchando, pero lo único que pudo oír fue el palpitar de su corazón. Siguió andando.

Llegó a la valla más alejada sin ningún nuevo incidente. Trepó por ella y se encaminó hacia su casa.

Primero fue a la iglesia. La luz brillaba desde la larga hilera de pequeñas ventanas cuadradas del muro que daba al mar. Sorprendiéndose de que hubiera alguien en el edificio a aquellas horas de una noche de sábado, Harald echó una mirada al interior.

La iglesia era larga y de techo bajo. En ocasiones especiales podía acoger a los cuatrocientos residentes de la isla, llenándose hasta rebosar. Las hileras de bancos estaban encaradas hacia un atril de madera. No había altar. Los muros estaban desnudos salvo por algunos textos enmarcados.

Los daneses no eran nada dogmáticos en lo referente a la religión, y la mayor parte de la nación profesaba el luteranismo evangélico. No obstante, los pescadores de Sande se habían convertido, cien años antes, a un credo bastante más riguroso. Durante los últimos treinta años el padre de Harald había mantenido viva la llama de su fe, dando un ejemplo de puritanismo que no aceptaba los compromisos en su propia vida, fortaleciendo la determinación de su congregación con sermones semanales llenos de fuego y azufre, haciendo frente personalmente a los descarriados con la irresistible santidad de su mirada de ojos azules. Pese al ejemplo de aquella llameante convicción, su hijo no era creyente. Harald acudía a los servicios siempre que se encontraba en casa, por no herir los sentimientos de su padre, pero en su fuero interno no estaba de acuerdo con él. Todavía no tenía una opinión formada sobre la religión en general, pero sabía que no creía en un dios de reglas vacías y castigos vengativos.

Cuando miró por la ventana oyó música. Su hermano Arne estaba sentado al piano, tocando una pieza de jazz con delicadas pulsaciones de las teclas. Harald sonrió con placer. Arne había venido a casa para las fiestas. Su hermano era divertido y sofisticado, y animaría el largo fin de semana en la rectoría.

Harald fue hacia la puerta y entró en la iglesia. Sin volverse a mirar, Arne convirtió la música en la melodía de un himno sin una sola interrupción. Harald sonrió. Arne había oído abrirse la puerta y pensaba que su padre era el que entraba en la iglesia. El pastor desaprobaba el jazz, y ciertamente no permitiría que fuera tocado en su iglesia.

—Solo soy yo —dijo Harald.

Arne se volvió hacia él. Llevaba su uniforme marrón del ejército. Diez años mayor que Harald, era instructor de vuelo de la aviación militar en la escuela aeronáutica de las cercanías de Copenhague. Los alemanes habían puesto fin a toda la actividad militar danesa, y los aviones pasaban la mayor parte del tiempo en tierra, pero a los instructores se les permitía dar lecciones a bordo de planeadores.

—Viéndote con el rabillo del ojo, pensé que eras el viejo. —La mirada de Arne recorrió cariñosamente a Harald de arriba abajo—. Cada día te pareces más a él.

—¿Eso significa que me quedaré calvo?

—Probablemente.

—¿Y tú?

—No lo creo. Yo he salido a nuestra madre.

Era cierto. Arne tenía el abundante cabello oscuro y los ojos color avellana de su madre. Harald era rubio, al igual que su padre, y también había heredado la penetrante mirada de ojos azules con la que el pastor intimidaba a su rebaño. Tanto Harald como su padre eran formidablemente altos, y hacían parecer bajo a Arne a pesar de su casi metro ochenta de estatura.

—Tengo algo que quiero que escuches —dijo Harald. Arne se levantó del taburete y Harald se sentó al piano—. Lo aprendí de un disco que alguien trajo al internado. ¿Conoces a Mads Kirke?

—El primo de mi colega Poul.

—Exacto. Descubrió a este pianista americano llamado Clarence «Pine Top» Smith. —Harald titubeó—. ¿Qué está haciendo el viejo en este momento?

—Escribir el sermón de mañana.

—Perfecto.

El piano no podía oírse desde la rectoría, a cincuenta metros de distancia, y era improbable que el pastor fuera a interrumpir su preparación del sermón para dar un paseo por la iglesia, especialmente con aquel tiempo. Harald empezó a tocar «Pine Top’s Boogie-Woogie», y el interior del edificio se llenó con las sensuales armonías del Sur americano. Era un entusiasta del piano, aunque su madre decía que ponía demasiado ímpetu. Era incapaz de quedarse sentado para tocar, por lo que se levantó, empujando el taburete hacia atrás con el pie hasta hacerlo volcar, y tocó de pie, inclinando su largo cuerpo encima del teclado. De aquella manera cometía más errores, pero estos no importaban mientras pudiera mantener aquel ritmo compulsivo. Tocó vigorosamente el último acorde y luego dijo: «¡De eso es de lo que estoy hablando!», en inglés y exactamente igual que lo decía Pine Top en el disco.

Arne se echó a reír.

—¡No está mal!

—Deberías oír el original.

—Salgamos al porche. Quiero fumar.

Harald se levantó.

—Al viejo no le gustará eso.

—Tengo veintiocho años —dijo Arne—. Soy demasiado mayor para que mi padre me diga lo que he de hacer.

—Estoy de acuerdo. Pero ¿lo está él?

—¿Le tienes miedo?

—Por supuesto. Como nuestra madre, y prácticamente cualquier otra persona de esta isla..., incluso tú.

Arne sonrió.

—De acuerdo, puede que un poquito ...