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WONDER. LA LECCIóN DE AUGUST

R.J. Palacio

4


Fragmento

En el coche

El camino de vuelta a casa era largo. Me quedé dormido en el asiento de atrás, como siempre, con la cabeza sobre el regazo de Via, como si fuese mi almohada, y con el cinturón de seguridad envuelto en una toalla para no llenar a mi hermana de babas. Via también se quedó dormida, y mamá y papá se pusieron a hablar en voz baja de cosas de adultos que para mí no tenían importancia.

No sé cuánto rato estuve dormido, pero al despertarme ya era de noche y por la ventanilla del coche se veía la luna llena. El cielo tenía un color morado e íbamos por una carretera llena de coches. Entonces oí a mis padres hablando de mí.

—No podemos seguir protegiéndolo —le susurró mamá a papá, que era quien conducía—. No podemos hacer como si mañana fuera a despertarse y su realidad fuera otra, porque sí lo es, Nate, y tenemos que ayudarle a aprender a hacerle frente. No podemos seguir evitando situaciones que…

—Y enviarlo al colegio de secundaria como un cordero al matadero… —contestó papá enfadado, pero no llegó a acabar la frase porque vio por el retrovisor que tenía los ojos abiertos.

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—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté medio dormido.

—Vuelve a dormirte, Auggie —dijo papá en voz baja.

—En el colegio todos se quedarán mirándome —repuse, y me eché a llorar.

—Cielo —dijo mamá. Se dio la vuelta en el asiento del copiloto y me puso la mano sobre la mía—. Ya sabes que si no quieres, no irás. Pero le hemos hablado de ti al director y tiene muchas ganas de conocerte.

—¿Qué le habéis contado de mí?

—Que eres muy divertido, bueno e inteligente. Cuando le dije que a los seis años ya habías leído El jinete del dragón, exclamó: «¡Caray, tengo que conocerlo!».

—¿Qué más le contaste? —pregunté.

Mamá me sonrió. Su sonrisa me envolvió como un abrazo.

—Le hablé de tus operaciones y de lo valiente que eres.

—¿Y sabe la pinta que tengo?

—Le llevamos fotos del verano pasado en Montauk —dijo papá—. Le enseñamos fotos de toda la familia. ¡Y esa foto estupenda en la que sostienes un lenguado en la barca!

—¿Tú también estabas? —Tengo que reconocer que me llevé una desilusión al saber que papá también había participado en aquello.

—Pues sí, los dos estuvimos hablando con él —contestó papá—. Es un hombre muy simpático.

—Te caería bien —añadió mamá.

De pronto me pareció que los dos estaban en el mismo bando.

—Un momento. ¿Cuándo os reunisteis con él? —pregunté.

—Nos enseñó el colegio el año pasado —dijo mamá.

—¿El año pasado? —exclamé—. Entonces, ¿lleváis un año pensándolo y no me habíais dicho nada?

—No sabíamos si podrías entrar, Auggie —contestó mamá—. Es muy difícil entrar en ese colegio. La solicitud tiene que pasar por un proceso de admisión. Pensé que no era necesario contártelo y que te preocupases innecesariamente.

—Pero tienes razón, Auggie, deberíamos habértelo dicho el mes pasado, cuando supimos que te habían admitido —añadió papá.

—Visto ahora, supongo que sí —reconoció mamá, y soltó un suspiro.

—¿Y la señora que vino a casa aquella vez tenía algo que ver con esto? —dije—. La que me hizo hacer aquel test.

—Sí —reconoció mamá, con aire de culpabilidad—. La verdad es que sí.

—Me dijiste que era un test de inteligencia —repuse.

—Ya lo sé. Fue una mentira piadosa —contestó—. Necesitabas hacer la prueba para entrar en el colegio. Te salió muy bien, por cierto.

—Entonces, me mentiste —repliqué.

—Fue una mentira piadosa, pero sí. Lo siento —dijo, intentando sonreír, pero, como no le devolví la sonrisa, se dio media vuelta en el asiento y se puso a mirar hacia delante.

—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté.

Mamá suspiró y le lanzó a papá una mirada asesina.

—No debería haberlo dicho —respondió papá, mirándome por el retrovisor—. No es verdad. Verás: mamá y yo te queremos tanto que intentamos protegerte todo lo que podemos. Lo que pasa es que a veces queremos hacerlo cada uno a nuestra manera.

—No quiero ir al colegio —les contesté, cruzándome de brazos.

—Te vendría bien, Auggie —repuso mamá.

—A lo mejor, el año que viene —dije, mirando por la ventana.

—Este año sería mejor, Auggie —replicó mamá—. ¿Sabes por qué? Porque entrarás en quinto, que es el primer curso que imparten en un colegio de secundaria. Y es así para todo el mundo. No serás el único alumno nuevo.

—Seré el único alumno con esta pinta —repuse.

—No voy a decir que no será un gran reto para ti, porque eso ya lo sabes —dijo—. Pero te sentará bien, Auggie. Harás un montón de amigos. Y aprenderás cosas que nunca aprenderías conmigo. —Se dio media vuelta en el asiento y me miró—. Cuando nos enseñaron el colegio, ¿sabes qué tenían en el laboratorio de ciencias? Un pollito que estaba saliendo del cascarón. ¡Era precioso! Auggie, me recordó a ti cuando eras un bebé… con esos ojazos marrones que tienes…

Normalmente me gusta que hablen de cuando era un bebé. A veces me apetece acurrucarme contra ellos y dejar que me abracen y me den besos por todas partes. Echo de menos ser un bebé y no saber ciertas cosas, pero en aquel momento no me apetecía.

—No quiero ir —dije.

—A ver qué te parece esto: ¿puedes al menos ir a hablar con el señor Traseronian antes de tomar una decisión? —preguntó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repuse.

—Es el director —contestó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repetí.

—Ya, ya lo sé —dijo papá, sonriendo y mirándome por el retrovisor—. ¿Qué te parece el apellido que tiene, Auggie? ¿Quién podría querer tener un apellido como Traseronian?

Sonreí, aunque no quería que me viesen sonreír. Papá era la única persona en todo el mundo capaz de hacerme reír aunque yo no quisiese. Papá siempre hacía reír a todo el mundo.

—¡Auggie, deberías ir a ese colegio solo para oír cómo dicen su apellido por megafonía! —exclamó papá emocionado—. ¿A que sería gracioso? Probando, probando. ¡Por favor, señor Traseronian! —dijo imitando una voz aguda de mujer mayor—. ¡Hola, señor Traseronian! ¡Veo que hoy va de culo! ¿Han vuelto a darle un golpe a su coche por detrás? ¡Acuda al patio trasero!

Me eché a reír, pero no porque pensase que fuera tan gracioso, sino porque no me apetecía seguir enfadado.

—¡Aunque podría ser peor! —prosiguió papá con su voz normal—. Nosotros teníamos una profesora en la universidad que se llamaba Pompish.

Mamá también se echó a reír.

—¿De verdad? —pregunté.

—Roberta Pompish —contestó mamá, levantando la mano como si fuese a jurarlo por algo—. Bobbie Pompish.

—Tenía unos cachetes enormes —dijo papá.

—¡Nate! —exclamó mamá.

—¿Qué? Lo único que he dicho es que tenía unos cachetes enormes.

Mamá se reía y negaba con la cabeza al mismo tiempo.

—¡Se me ocurre una cosa! —dijo papá emocionado—. ¡Vamos a organizarles una cita a ciegas! ¿Os lo imagináis? Señorita Pompish, le presento al señor Traseronian. Señor Traseronian, le presento a la señorita Pompish. Podrían casarse y tener unos cuantos culetes.

—Pobre señor Traseronian —contestó mamá, negando con la cabeza—. ¡Auggie ni siquiera lo ha conocido todavía, Nate!

—¿Quién es el señor Traseronian? —preguntó Via medio adormilada. Acababa de despertarse.

—El director de mi nuevo colegio —respondí.

Hola, señor Traseronian

Habría estado más nervioso si hubiese sabido que, además de al señor Traseronian, también iba a conocer a algunos chicos del nuevo colegio. Pero, como no lo sabía, no podía evitar que me entrase la risa tonta al acordarme de todas las bromas que había hecho papá con el apellido del señor Traseronian. Por eso, cuando mamá y yo llegamos al colegio de secundaria Beecher unas cuantas semanas antes del comienzo del curso y vi al señor Traseronian allí plantado, esperándonos en la entrada, me entró la risa tonta. No se parecía en nada a como me lo había imaginado. Pensaba que tendría un culo enorme, pero no. De hecho, era un tipo bastante normal. Alto, delgado, mayor, pero no viejo. Parecía simpático. Primero le dio la mano a mamá.

—Hola, señor Traseronian. Me alegro de volver a verle —dijo mamá—. Le presento a mi hijo August.

El señor Traseronian me miró sonriente y asintió con la cabeza. Me ofreció la mano para que se la estrechase.

—Hola, August —dijo en un tono de lo más normal—. Encantado de conocerte.

—Hola —farfullé, dándole la mano mientras le miraba los pies. Llevaba unas Adidas rojas.

—Bueno… —dijo, arrodillándose delante de mí para que no pudiese mirarle a las zapatillas y tuviese que mirarlo a la cara—. Tus padres me han hablado mucho de ti.

—¿Y qué le han contado? —pregunté.

—¿Cómo dices?

—Cielo, tienes que hablar más alto —dijo mamá.

—¿Qué le han contado? —pregunté, intentando no hablar entre dientes. Reconozco que tengo la mala costumbre de hablar entre dientes.

—Pues que te gusta leer —me contestó el señor Traseronian—. Y que eres un gran artista. —Tenía los ojos azules y las pestañas blancas—. Y que te gustan las ciencias, ¿no?

—Ajá —respondí.

—Tenemos un par de optativas de ciencias en Beecher —dijo—. A lo mejor te apetece coger una.

—Ajá —contesté, aunque no tenía ni idea de qué era una optativa.

—¿Estás listo para visitar el centro?

—¿Ahora? —dije.

—¿Pensabas que íbamos a ir al cine? —preguntó sonriente mientras se levantaba.

—No me habías dicho que íbamos a visitar el colegio —le dije a mamá en tono acusatorio.

—Auggie… —comenzó a decir.

—Todo irá bien, August —dijo el señor Traseronian, tendiéndome la mano—. Te lo prometo.

Creo que quería que le diese la mano, pero preferí dársela a mamá. Él me sonrió y echó a andar hacia la entrada.

Mamá me dio un apretón en la mano, aunque no sé si era un apretón de «Te quiero» o un apretón de «Lo siento». Seguramente una mezcla de las dos cosas.

El único colegio que había visto en mi vida era el de Via, cuando iba con mamá y papá a verle cantar en los conciertos de primavera y cosas así. Aquel colegio era muy diferente. Era más pequeño y olía a hospital.

La amable señora García

Seguimos al señor Traseronian por unos cuantos pasillos. No había mucha gente, y la poca que había no se fijó en mí, aunque a lo mejor fue porque no me vieron. Mientras caminábamos, iba escondido detrás de mamá. Ya sé que puede parecer infantil, pero en esos momentos no me sentía demasiado valiente.

Llegamos a una pequeña habitación. En la puerta había escrito DESPACHO DEL DIRECTOR DE SECUNDARIA. Dentro había una mesa y, sentada detrás, una señora que parecía simpática.

—Le presento a la señora García —dijo el señor Traseronian. La señora le sonrió a mamá, se quitó las gafas y se levantó de la silla.

—Isabel Pullman. Encantada de conocerla —repuso mi madre, dándole la mano.

—Y este es August —dijo el señor Traseronian.

Mamá se hizo a un lado para dejarme pasar. Entonces pasó lo que ya me había pasado un millón de veces antes. Cuando la miré a la cara, la señora García bajó la vista durante un segundo. Fue algo tan rápido que nadie aparte de mí se habría dado cuenta, ya que el resto de su cara se quedó exactamente igual que estaba. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Encantada de conocerte, August —dijo, ofreciéndome la mano para que se la estrechase.

—Hola —contesté en voz baja, dándole la mano, pero, como no quería mirarla a la cara, me concentré en sus gafas, que le colgaban de una cadena al cuello.

—¡Vaya, menudo apretón! —dijo la señora García. Tenía la mano caliente.

—El chico da unos apretones de manos tremendos —concluyó el señor Traseronian, y todos se echaron a reír.

—Puedes llamarme señora G —dijo la señora García. Creo que se dirigía a mí, pero yo estaba mirando todas las cosas que tenía sobre la mesa—. Así me llaman todos. «Señora G, se me ha olvidado la combinación de la taquilla». «Señora G, necesito un justificante». «Señora G, quiero cambiar de optativa».

—La señora G es la que dirige de verdad el colegio —dijo el señor Traseronian, y todos los adultos volvieron a reírse.

—Llego todas las mañanas a las siete y media —prosiguió la señora García, que seguía mirándome mientras yo observaba fijamente sus sandalias marrones con florecitas moradas en las hebillas—. Si alguna vez necesitas algo, August, pídemelo a mí. Y puedes pedirme lo que sea.

—Vale —farfullé.

—Ay, qué bebé tan precioso —dijo mamá, señalando una de las fotografías que había en el tablón de anuncios de la señora García—. ¿Es suyo?

—¡No, válgame Dios! —exclamó la señora García, con una gran sonrisa que era totalmente diferente de su sonrisa de oreja a oreja—. Acaba de alegrarme el día. Es mi nieto.

—¡Qué preciosidad! —dijo mamá, sacudiendo la cabeza—. ¿Cuánto tiempo tiene?

—En esa foto tenía cinco meses, creo. Pero ahora ya es mayor. ¡Tiene casi ocho años!

—¡Vaya! —exclamó mamá, sin dejar de sonreír—. Pues es una monada.

—Gracias —contestó la señora García, con un gesto afirmativo como si estuviera a punto de decir algo más sobre su nieto. Pero de repente dejó de sonreír tanto—. Aquí todos vamos a cuidar muy bien de August —le dijo a mamá, y vi que le daba un ligero apretón en la mano. Miré a mamá a la cara, y entonces me di cuenta de que estaba tan nerviosa como yo. Supongo que la señora García me cayó bien… cuando no sonreía de oreja a oreja.

Jack Will, Julian y Charlotte

Seguimos al señor Traseronian a una pequeña habitación que estaba nada más pasar la mesa de la señora García. Él iba hablando mientras cerraba la puerta de su despacho y se sentaba tras su enorme mesa, aunque, la verdad, yo no prestaba demasiada atención a lo que decía. Estaba mirando las cosas que tenía sobre la mesa. Había cosas chulas, como un globo terráqueo que flotaba en el aire y una especie de cubo de Rubik hecho de espejitos. Me gustó mucho su despacho. Me gustaba que tuviese colgados en las paredes dibujos y pinturas de los alumnos, enmarcados como si fuesen importantes.

Mamá se sentó en una silla frente a la mesa del señor Traseronian y, aunque había otra silla junto a la suya, decidí quedarme de pie a su lado.

—¿Por qué usted tiene habitación propia y la señora G no? —pregunté.

—Supongo que querrás decir que por qué tengo despacho propio —repuso el señor Traseronian.

—Antes ha dicho que es ella la que dirige el colegio.

—Bueno, estaba bromeando. La señora G es mi ayudante.

—El señor Traseronian es el director del colegio —explicó mamá.

—¿Y lo llaman señor T? —pregunté, y eso le hizo sonreír.

—¿Señor T? ¿Como Mr. T? ¿Sabes quién es Mr. T? —contestó—. «¡Pobre desgraciado!» —dijo poniendo una voz de tío duro, como si estuviera imitando a alguien.

No tenía ni idea de qué me estaba hablando.

—En fin, la verdad es que no —dijo el señor Traseronian, negando con la cabeza—. Nadie me llama señor T, aunque algo me dice que se refieren a mí por otros nombres que desconozco. Hay que asumirlo, no es fácil vivir con un apellido como el mío, no sé si me entiendes.

Reconozco que en ese momento me eché a reír, porque sabía exactamente lo que quería decir.

—Pues mis padres tuvieron una profesora que se llamaba Pompish —dije.

—¡Auggie! —exclamó mamá, pero el señor Traseronian se echó a reír.

—Eso sí que es grave —dijo el señor Traseronian, negando con la cabeza—. Supongo que no debería quejarme. Oye, August, he pensado que hoy podríamos…

—¿Es una calabaza? —pregunté, señalando una pintura enmarcada detrás de la mesa del señor Traseronian.

—Auggie, cielo, no interrumpas a la gente —dijo mamá.

—¿Te gusta? —preguntó el señor Traseronian. Se giró y se quedó mirando la pintura—. A mí también. Y yo también pensaba que era una calabaza, hasta que el alumno que me lo regaló me explicó que no es una calabaza, sino… agárrate… ¡un retrato mío! Dime, August: ¿de verdad parezco una calabaza?

—¡No! —contesté, aunque estaba pensando que sí. Cuando sonreía, los cachetes se le hinchaban y eso le hacía parecer una calabaza de Halloween. Mientras lo pensaba, me di cuenta de que tenía gracia: cachetes, el señor Traseronian… y se me escapó una risilla. Negué con la cabeza y me tapé la boca con la mano.

El señor Traseronian sonrió, como si pudiese leerme el pensamiento.

Fui a decir algo, pero de pronto oí voces al otro lado de la puerta del despacho: eran voces de niño. No exagero si digo que casi se me para el corazón, como si acabase de correr en la carrera más larga del mundo. Se me quitaron las ganas de reírme.

El caso es que cuando era pequeño no me importaba conocer a otros niños, porque todos los niños que conocía eran pequeños, como yo. Lo guay de los niños pequeños es que no dicen cosas para intentar hacerte daño, aunque a veces digan cosas que te hacen daño. Pero no saben lo que dicen. Los niños mayores… esos sí que saben lo que dicen. Y eso no me hace ninguna gracia. Uno de los motivos por los que me dejé crecer el pelo el año pasado era porque me gusta que el flequillo me cubra los ojos: eso me ayuda a tapar las cosas que no quiero ver.

La señora García llamó a la puerta y asomó la cabeza.

—Ya están aquí, señor Traseronian —dijo.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Gracias —le dijo el señor Traseronian a la señora García—. August, he pensado que sería buena idea que conocieses a algunos alumnos que estarán en tu clase este curso. Podrían enseñarte el colegio. Lo que se dice reconocer el terreno.

—No quiero conocer a nadie —le dije a mamá.

El señor Traseronian se me puso delante y apoyó las manos en mis hombros. Se agachó y me dijo al oído:

—Tranquilo, August. Son buenos chicos, te lo prometo.

—No te va a pasar nada, Auggie —susurró mamá con todas sus fuerzas.

Antes de que pudiese decir nada más, el señor Traseronian abrió la puerta del despacho.

—Pasad, chicos —dijo, y entraron dos niños y una niña.

Ninguno nos miró ni a mamá ni a mí. Se quedaron junto a la puerta mirando fijamente al señor Traseronian como si sus vidas dependiesen de ello.

—Muchas gracias por venir, chicos. Sobre todo, teniendo en cuenta que el curso no empieza hasta el mes que viene —añadió el señor Traseronian—. ¿Lo habéis pasado bien en verano?

Todos asintieron, pero nadie dijo nada.

—Bien, bien —dijo el señor Traseronian—. Chicos, quería presentaros a August, que va a estudiar aquí este curso. August, estos chicos llevan estudiando en Beecher desde preescolar, aunque antes estaban en el edificio de infantil, pero todos se conocen al dedillo los planes de estudio de secundaria. Y como vais a estar todos en la misma clase, he pensado que estaría bien que os conocieseis un poco antes de que empezase el curso. Bueno, chicos, os presento a August. August, este es Jack Will.

Jack Will me miró y extendió la mano.

—Hola —dijo esbozando una sonrisa cuando se la estreché, y bajó la vista rápidamente.

—Este es Julian —continuó el señor Traseronian.

—Hola —contestó Julian, e hizo exactamente lo mismo que Jack Will: me dio la mano, esbozó una sonrisa forzada y bajó la vista enseguida.

—Y Charlotte —dijo el señor Traseronian.

Charlotte tenía el pelo más rubio que había visto en mi vida. No me dio la mano, pero me saludó tímidamente y sonrió.

—Hola, August. Encantada de conocerte.

—Hola —contesté, mirando al suelo. Llevaba puestas unas Crocs de color verde intenso.

—Bien —dijo el señor Traseronian, juntando las manos como si fuese a aplaudir a cámara lenta—. He pensado que podríais enseñarle el colegio a August. Quizá podríais empezar por la tercera planta. Allí es donde va a estar vuestra aula de tutoría: en el aula 301. Creo. Señora G, ¿cuál…?

—¡Aula 301! —gritó la señora García desde la otra habitación.

—Aula 301 —repitió el señor Traseronian mientras asentía—. Después podéis enseñarle los laboratorios de ciencias y la sala de informática. Y luego podéis bajar a ver la biblioteca y el salón de actos en la segunda planta. Y llevadlo a la cafetería, claro.

—¿Lo llevamos a la sala de música? —preguntó Julian.

—Buena idea, sí —contestó el señor Traseronian—. August, ¿sabes tocar algún instrumento?

—No —respondí. No era mi tema de conversación favorito, sobre todo porque no tengo orejas. Bueno, sí tengo, pero no se parecen a las típicas orejas que tiene todo el mundo.

—Bueno, pero quizá te guste ver la sala de música de todos modos —dijo el señor Traseronian—. Tenemos una magnífica selección de instrumentos de percusión.

—August, tú siempre has querido aprender a tocar la batería —añadió mamá, intentando hacer que la mirase, pero el flequillo me tapaba los ojos mientras miraba fijamente un trozo de chicle pegado en la parte de abajo de la mesa del señor Traseronian.

—¡Estupendo! —dijo el señor Traseronian—. ¿Qué os parece si volvéis dentro de… —Miró a mamá— ¿media hora?

Creo que mamá asintió.

—¿Te parece bien, August? —me preguntó el director.

No contesté.

—¿Te parece bien, August? —repitió mamá.

La miré. Quería que viese lo enfadado que estaba con ella, pero, cuando la miré a la cara, dije que sí con la cabeza. Parecía más asustada que yo.

Los otros chicos ya habían echado a andar hacia la puerta, así que los seguí.

—Hasta luego —dijo mamá en un tono de voz algo más agudo de lo normal.

No le contesté.

La visita

Jack Will, Julian, Charlotte y yo recorrimos un enorme pasillo hasta llegar a unas amplias escaleras. Nadie dijo nada mientras subíamos hasta la tercera planta.

Cuando llegamos a lo alto de las escaleras, recorrimos un pequeño pasillo lleno de puertas. Julian abrió la que tenía un letrero que ponía 301.

—Esta es nuestra aula de tutoría —dijo, plantándose ante la puerta entreabierta—. Tenemos a la señora Petosa. Dicen que no está mal, al menos pone pocos deberes. Dicen que si te toca en mates es muy estricta.

—No es verdad —repuso Charlotte—. Mi hermana la tuvo el año pasado y dice que es buena.

—No es lo que he oído yo —contestó Julian—. Pero qué más da. —Cerró la puerta y siguió andando por el pasillo.

—Este es el laboratorio de ciencias —dijo al llegar a la siguiente puerta. Igual que había hecho dos segundos antes, se quedó plantado frente a la puerta entreabierta y se puso a hablar. Mientras hablaba no me miró ni una vez; no me importó, porque yo tampoco lo estaba mirando—. Hasta el primer día de clase no sabrás a quién te toca en ciencias, pero más te vale que sea el señor Haller. Antes estaba en primaria y a veces tocaba su enorme tuba en clase.

—Era un bombardino barítono —replicó Charlotte.

—¡Era una tuba! —contestó Julian cerrando la puerta.

—Tío, déjale entrar para que pueda verlo —dijo Jack Will, que le dio un empujón a Julian y abrió la puerta.

—Entra si quieres —respondió Julian mirándome por primera vez.

Me encogí de hombros y me acerqué a la puerta. Julian se apartó rápidamente, como si temiera que pudiese tocarlo sin querer al pasar a su lado.

—No hay mucho que ver —dijo Julian, entrando detrás de mí. Se puso a señalar unas cuantas cosas que había en la clase—. Eso de ahí es la incubadora. Eso grande y negro es la pizarra. Esas son las mesas. Y esas son las sillas. Eso de ahí son mecheros Bunsen. Esto es un póster de ciencias asqueroso. Esto es tiza. Y este es el borrador.

—Seguro que ya sabe lo que es un borrador —repuso Charlotte en un tono que me recordó a Via.

—¿Y cómo quieres que sepa lo que sabe y lo que no? —contestó Julian—. El señor Traseronian dice que nunca ha ido a clase.

—Sabes lo que es un borrador, ¿verdad? —me preguntó Charlotte.

Confieso que estaba tan nervioso que no sabía qué decir ni qué hacer aparte de mirar el suelo.

—¿Sabes hablar? —preguntó Jack Will.

—Sí —contesté asintiendo. Seguía sin atreverme a mirarlos a la cara.

—Sabes lo que es un borrador, ¿verdad? —preguntó Jack Will.

—¡Pues claro! —farfullé.

—Ya te he dicho que aquí no había nada que ver —comentó Julian, encogiéndose de hombros.

—Tengo una duda —dije, intentando que no me temblase la voz—. Eh… ¿Qué es exactamente un aula de tutoría? ¿Es una asignatura?

—No, es tu grupo —explicó Charlotte, haciendo como que no había visto la sonrisilla de Julian—. Es el aula a la que acudes cuando vienes al colegio por la mañana y donde tu tutor pasa lista y esas cosas. Es como tu clase principal, aunque no sea una clase de verdad. Bueno, sí es una clase, pero…

—Creo que ya lo ha pillado, Charlotte —dijo Jack Will.

—¿Lo has pillado? —me preguntó Charlotte.

—Sí —contesté asintiendo de nuevo.

—Vámonos de aquí —propuso Jack Will, saliendo del aula.

—Espera, Jack. Se supone que tenemos que resolverle las dudas —dijo Charlotte.

Jack Will puso los ojos en blanco mientras se daba media vuelta.

—¿Tienes alguna duda más? —preguntó.

—Eh… No —respondí—. Bueno, la verdad es que sí. ¿Cómo te llamas, Jack o Jack Will?

—Me llamo Jack. Will es mi apellido.

—Ah. Como el señor Traseronian te ha presentado como Jack Will, he pensado…

—¡Ja! ¿Pensabas que se llamaba Jackwill? —preguntó Julian riéndose.

—Sí, hay gente que me llama por el nombre y el apellido —contestó Jack, encogiéndose de hombros—. No sé por qué. ¿Podemos irnos ya?

—Vamos ahora al salón de actos —intervino Charlotte, saliendo la primera del aula de ciencias—. Es muy chulo. Te va a gustar, August.

El salón de actos

Charlotte no paró de hablar mientras bajábamos hasta la segunda planta. Se puso a describir Oliver, la obra que habían representado el curso anterior. Ella había interpretado a Oliver, aunque era una chica. Mientras lo decía, abrió de un empujón la puerta doble que daba a un enorme auditorio. En la otra punta de la sala había un escenario.

Charlotte se puso a corretear dando saltitos hacia el escenario. Julian echó a correr tras ella por el pasillo y, a mitad de camino, se giró.

—¡Vamos! —gritó, haciéndome una señal para que lo siguiese, le hice caso.

—Aquella noche había cientos de espectadores —dijo Charlotte, y tardé un par de segundos en darme cuenta de que seguía hablando de Oliver—. Estaba supernerviosa. Mi papel tenía mucho diálogo y un montón de canciones para cantar. ¡Era súper, súper, superdifícil! —Aunque me estaba hablando a mí, no me miraba mucho—. La noche del estreno, mis padres estaban al fondo del auditorio, más o menos donde ahora está Jack, pero, cuando se apagan las luces, no se puede ver lo que hay tan atrás. Yo no paraba de pensar: «¿Dónde están mis padres? ¿Dónde están mis padres?». Entonces, el señor Resnick, nuestro profesor de arte dramático del curso pasado, me dijo: «¡Charlotte, deja de comportarte como una diva!». «¡Vale!», contesté. Entonces vi a mis padres y se me pasaron todos los males. No se me olvidó ni una frase de diálogo.

Mientras hablaba, vi que Julian me miraba con el rabillo del ojo. Es algo que la gente hace mucho conmigo. Se piensan que no me doy cuenta de que me están mirando, pero lo sé por la inclinación de sus cabezas. Me di media vuelta para ver adónde había ido Jack. Se había quedado al fondo del auditorio, como si estuviese aburrido. ...