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Y YO A TI MáS (SERIE TESSA LEONI 1)

Lisa Gardner

5


Fragmento

Prólogo

A quién quieres?

Es una pregunta que todo el mundo debería ser capaz de responder. Una pregunta que define una vida, crea un futuro, nos guía a través de la mayoría de los minutos que componen nuestros días. Sencilla, elegante, lo incluye todo.

¿A quién quieres?

Me hizo la pregunta, y sentí la respuesta en el peso de mi cinturón de servicio, en lo mucho que me limitaba mi chaleco antibalas, en cuánto me apretaba la gorra, calada hasta las cejas. Bajé el brazo poco a poco, mis dedos rozando la pistola que llevaba sujeta a la cadera.

—¿A quién quieres? —volvió a gritar, más alto, más insistente.

Mi mano pasó de largo por encima de la Sig Sauer que me había proporcionado mi país, y encontré el cierre que sujetaba mi cinturón. El velcro restalló mientras soltaba la primera cincha; después la segunda, la tercera, la cuarta. Desabroché la hebilla de metal y me liberé de los nueve kilos que pesaba mi cinturón, incluidos la pistola, el táser y la porra extensible de acero, que se quedaron balanceando en el espacio que nos separaba.

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—No hagas esto —susurré, un último intento de razonar.

Se limitó a sonreír.

—Demasiado poco, demasiado tarde.

—¿Dónde está Sophie? ¿Qué le has hecho?

—Cinturón. En la mesa. Vamos.

—No.

—PISTOLA. En la mesa. ¡YA!

Como única respuesta, cambié de postura, poniéndome en guardia en medio de mi cocina, con el cinturón todavía en la mano izquierda. Cuatro años de mi vida patrullando por las carreteras de Massachusetts, que había jurado defender y proteger. Tenía el entrenamiento y la experiencia de mi parte.

Podía coger la pistola. Solo debía decidirme, agarrar la Sig Sauer y empezar a disparar.

Tenía el arma en un ángulo raro, y me iba a costar unos segundos de más. Él me estaba observando, a la espera de cualquier movimiento brusco. Un fallo mío sería castigado de forma terrible y dolorosa.

¿A quién quieres?

Tenía razón. A eso se reducía todo. A quién amabas y cuánto arriesgarías por ellos.

—¡LA PISTOLA! —gritó—. ¡Ahora, joder!

Pensé en mi hija de seis años, en el olor de su pelo, en sus bracitos enlazados en mi cuello, en su voz mientras la acostaba por las noches.

«Te quiero, mamá», susurraba siempre.

Yo también te quiero, mi amor. Te quiero.

Estiró un brazo vacilante hacia el cinturón que pendía de mi mano, la pistola guardada en su funda.

La última oportunidad.

Miré a mi marido a los ojos. Un solo instante que se extendió en el tiempo.

¿A quién quieres?

Tomé una decisión. Dejé el cinturón de policía en la mesa de la cocina.

Y él cogió mi Sig Sauer y empezó a disparar.

1

La sargento detective D.D. Warren se enorgullecía de su habilidad como investigadora. Tras doce años de servicio en la policía de Boston, creía que analizar el escenario de un homicidio no consistía solo en seguir los procedimientos o en hablar con los testigos, sino también en la inmersión total de los sentidos. Palpaba el agujero que había dejado la bala en la pared de pladur como una broca ardiente del 22. Intentaba escuchar a los vecinos cotilleando en el piso de al lado, porque, si ella los podía oír, estaba claro que se habían enterado de todo lo que había pasado allí.

D.D. siempre se fijaba en cómo había caído el cuerpo, de frente, de espaldas o ligeramente hacia un lado. Analizaba el aire para descubrir el acre sabor de la pólvora, que podía permanecer hasta veinte o treinta minutos después de que hubieran disparado por última vez. Y, en más de una ocasión, había acertado la hora de la muerte gracias al olor de la sangre, que, como el de la carne cruda, empezaba de forma débil, pero se hacía más intenso a medida que transcurrían las horas.

En cualquier caso, hoy no iba a hacer nada de eso. Iba a pasarse el domingo por la mañana holgazaneando, con unos pantalones de chándal grises y la camisa de cuadros rojos de Alex, que le quedaba grande. Estaba sentada a la mesa de la cocina, agarrando una taza de café y contando pausadamente hasta veinte.

Trece. Alex había llegado por fin hasta la puerta. Se detuvo para protegerse el cuello con una bufanda azul oscuro.

Quince.

Terminó de ajustársela. Siguió con un gorro de lana negro y unos guantes forrados. La temperatura acababa de subir a menos seis grados. Una gruesa capa de nieve en las calles y se suponía que iba a nevar más durante el fin de semana. Que fuera marzo no significaba gran cosa en la primavera de Nueva Inglaterra.

Alex era profesor de análisis de la escena del crimen, entre otras ocupaciones, en la academia de policía. Hoy tenía clase todo el día. Mañana los dos libraban, lo que no sucedía con mucha frecuencia y prometía algún tipo de diversión todavía por decidir. Quizás ir a patinar sobre hielo al parque de Boston. O dar una vuelta por el museo de Isabelle Stewart Gardner. O acurrucarse en el sofá y ver películas antiguas con un cuenco de palomitas.

Las manos de D.D. agarraron con fuerza la taza de café. Bueno, pues sin palomitas.

Contó hasta dieciocho, diecinueve, veint...

Alex terminó de ponerse los guantes, cogió su viejo maletín de cuero negro y se acercó a ella.

—No me eches mucho de menos —dijo.

Le dio un beso en la frente. D.D. cerró los ojos, recitó mentalmente el número veinte, y empezó a contar hacia atrás.

—Te escribiré cartas de amor durante todo el día, con corazoncitos sobre las íes —le contestó.

—¿En tu carpeta del instituto?

—Algo así.

Alex dio un paso hacia la puerta. D.D. llegó a catorce. Su taza tembló, pero Alex no pareció darse cuenta. Respiró hondo y se concentró en aguantar. Trece, doce, once...

Alex y ella llevaban saliendo unos seis meses. Llegados a ese punto, ella disponía de un cajón entero para sus cosas en la casita de campo de Alex, y él poseía un resquicio de armario en el piso de D.D. en el barrio de North End. Cuando él daba clases, les era más fácil estar en casa de Alex. Cuando ella trabajaba, les resultaba más cómodo quedarse en Boston. No tenían un ritmo fijo. Eso hubiera implicado ponerse a hacer planes y hacer más sólida una relación que los dos tenían mucho cuidado en no definir abiertamente.

Ambos disfrutaban de la compañía del otro. Alex respetaba sus complicados horarios. Ella admiraba sus dotes de cocinero, como buen descendiente de italianos. La opinión de D.D. era que los dos esperaban con ganas las noches que podían estar juntos, pero también sobrevivían a las que no. Eran dos adultos independientes. Ella acababa de cumplir cuarenta, Alex había cruzado esa frontera hacía unos pocos años. No es como si fueran adolescentes ruborizados que se acordaban del otro cada instante que estaban despiertos. Alex ya había estado casado. D.D. simplemente era más sensata.

Vivía para trabajar, lo que otras personas podían pensar que no era muy saludable, pero qué más daba. Estaba donde había llegado por eso mismo.

Nueve, ocho, siete...

Alex abrió la puerta y enderezó los hombros para afrontar la cruel mañana. Un viento frío entró por el recibidor y arañó las mejillas de D.D. Ella se echó a temblar y agarró la taza de café con más fuerza.

—Te quiero —dijo Alex, cruzando el umbral.

—Yo también te quiero.

Alex cerró la puerta. D.D. se echó a correr por el pasillo, justo a tiempo para vomitar.

Diez minutos después, seguía tumbada en el suelo del baño. Los azulejos eran de los setenta, docenas y docenas de cuadraditos en beis, marrón y dorado. Mirarlos fijamente le hacía desear vomitar aún más. En cambio, contarlos parecía un ejercicio de meditación sorprendentemente bueno. Siguió contando azulejos mientras esperaba a que sus mejillas, sonrojadas por el esfuerzo, se enfriaran, y a que su estómago dejara de contraerse.

Su móvil empezó a sonar. Lo miró desde el suelo, sin verdadero interés, dadas las circunstancias. Pero se percató de quién estaba llamando y decidió cogerlo por compasión.

—¿Qué? —preguntó, su saludo habitual para su examante, el detective de la policía estatal de Massachusetts Bobby Dodge, actualmente casado.

—No tengo mucho tiempo. Escucha.

—No estoy de guardia —contestó ella automáticamente—. Los nuevos casos son para Jim Dunwell. Llámale a él. —Frunció el ceño. Bobby no podía asignarle un caso. Ella solo recibía órdenes directas de Boston, no de la policía estatal.

Bobby continuó hablando como si ella no hubiera dicho nada.

—Es un puto desastre, pero estoy bastante seguro de que es nuestro puto desastre, así que necesito que me escuches. Los estatales están en la puerta de al lado, los periodistas en la acera de enfrente. Entra por detrás. Tómate tu tiempo y fíjate en todo lo que puedas. Ya he perdido mucha ventaja y, créeme, D.D., en este caso, ni tú ni yo nos lo podemos permitir.

D.D. frunció todavía más el ceño.

—¿Pero qué ha pasado, Bobby? No tengo ni idea de qué me estás hablando, por no mencionar que hoy es mi día libre.

—Pues ya no. La policía de Boston va a querer que una mujer se encargue de esto, mientras que los estatales van a preferir a uno de los suyos, en especial a alguien que haya patrullado las calles. Los jefazos deciden, pero son nuestras cabezas las que están en juego.

Un nuevo sonido, esta vez desde el dormitorio. Su busca estaba pitando. Mierda. La estaban llamando, lo que significaba que todo lo que Bobby le había dicho hasta ahora era verdad. Se esforzó por levantarse, aunque las piernas le temblaban y tenía ganas de vomitar otra vez. Dio el primer paso solo gracias a su fuerza de voluntad y, a partir de ahí, el resto fue mucho más fácil. Se encaminó hacia el dormitorio. Su trabajo como detective exigía que, de vez en cuando, se quedara sin días libres y esa no sería la última ocasión.

—¿Qué necesito saber? —preguntó, la voz más tajante ahora, sujetando el móvil en el hueco del hombro.

—Nieve —masculló Bobby—. En el suelo, en los árboles, en las ventanas... Joder. Tenemos agentes por todas partes...

—¡Sácalos! Si es mi puñetera escena del crimen, haz que se vayan.

Encontró su busca en la mesilla de noche —efectivamente, una llamada de Boston— y empezó a quitarse los pantalones.

—Ya están fuera de la casa. Créeme, hasta los jefes saben que no se debe contaminar el escenario de un homicidio. Pero no sabíamos que la niña había desaparecido. Sellaron la casa, pero se olvidaron del patio. Y ahora lo han pisoteado todo, y no tenemos ventaja. La necesitamos.

D.D. ya se había desprendido del chándal y comenzó a desabrocharse la camisa de franela.

—¿Quién ha muerto?

—Varón caucásico de cuarenta y dos años.

—¿Quién ha desaparecido?

—Niña de seis años, caucásica.

—¿Hay algún sospechoso?

Un silencio muy, muy largo.

—Ven para acá —dijo Bobby, sin dar más explicaciones—. Tú y yo, D.D. Nuestro caso. Nuestro problema. Tenemos que resolverlo cuanto antes.

Colgó. D.D. le hizo una mueca al teléfono y lo tiró sobre la cama mientras terminaba de abotonarse una camisa blanca.

Bueno. Homicidio y niña desaparecida. La policía estatal ya se encontraba allí, pero pertenecía a la jurisdicción de Boston. Por qué estaría la policía estatal...

Y, como la detective brillante que era, D.D. ató entonces todos los cabos.

—Ah, mierda.

D.D. ya no tenía náuseas. Lo que tenía era un cabreo brutal.

Agarró su busca, su acreditación y su chaqueta de invierno. Después, con las instrucciones de Bobby todavía resonando en su cabeza, se dispuso a colarse en su propia escena del crimen.

2

A quién quieres?

Conocí a Brian en una barbacoa por el 4 de julio. En la casa de Shane. Era la clase de invitación que no solía aceptar, pero últimamente me había dado cuenta de que necesitaba reconsiderar mi rechazo. Si no por mí, al menos sí por Sophie.

La fiesta en sí no era tan grande. Unas treinta personas, entre policías estatales y vecinos de Shane. El teniente coronel había aparecido por allí, una pequeña victoria para Shane. De todos modos, al pícnic habían ido sobre todo otros agentes. Vi a cuatro tipos que conocía del cuartel de pie al lado de la barbacoa, con una cerveza en las manos y gastándole bromas a Shane, mientras él se encargaba de la última tanda de salchichas. Justo enfrente habían colocado dos mesas de jardín, ya ocupadas por esposas sonrientes que mezclaban jarras de margarita mientras atendían a los niños a su alrededor.

Otros estaban en el interior de la casa, preparando ensaladas de pasta y viendo los últimos minutos del partido. Charlando mientras comían un poco de esto, bebían un poco de lo otro. Solo gente haciendo lo que hace la gente en una soleada tarde de sábado.

Yo estaba a la sombra de un viejo roble. Como Sophie me lo había pedido, me había puesto un vestido de verano estampado con flores naranjas y unas sandalias doradas. Permanecía de pie con las piernas ligeramente separadas, los codos pegados a los costados y dando la espalda al árbol. Puedes sacar a la chica del trabajo, pero no puedes sacar el trabajo de la chica.

Debería haberme mezclado con la gente, pero no sabía por dónde empezar. ¿Qué hacía? Podía sentarme con las mujeres, aunque no conocía a nadie, o irme hacia donde estaban los chicos, donde me sentiría más cómoda. No solía encajar con las esposas, pero no me podía permitir pasármelo bien con los maridos: entonces las mujeres dejarían de sonreír y me mirarían mal.

Así que me quedé aparte, sujetando una cerveza que no me iba a beber y esperando el momento en el que la fiesta se acabara y me pudiera escapar de allí sin parecer una maleducada.

Sobre todo, observaba a mi hija.

A unos cien metros de distancia, se estaba riendo hasta las lágrimas mientras rodaba por una cuesta con otra media docena de niños. Su vestidito rosa ya estaba manchado de césped y tenía restos de galleta de chocolate por la cara. Cuando llegó al final, agarró la mano de la niña que tenía al lado y subieron otra vez a toda prisa, tanto como sus piernas de tres años podían correr.

Sophie siempre hacía amigos con facilidad. Físicamente, se parecía a mí. En cuanto a la personalidad, era toda suya. Extrovertida, valiente, aventurera. Si de ella hubiera dependido, habría pasado todas las horas que no estaba dormida rodeada de gente. A lo mejor era un gen dominante y lo había heredado de su padre, porque, desde luego, no lo había sacado de mí.

Ella y la otra niña llegaron a lo alto de la colina. Sophie se tumbó primero, su pelo corto y oscuro en contraste con los dientes de león. Después, un remolino de brazos regordetes y piernas agitándose mientras empezaba a girar, sus carcajadas repiqueteando contra el cielo azul.

Se levantó, mareada por el descenso, y me vio mirándola.

—¡Te quiero, mamá! —gritó, y volvió a subir.

Observé cómo corría y deseé, no por primera vez, no saber todas las cosas que una mujer como yo debía saber.

—Hola.

Un hombre se había separado de la multitud y se me había acercado. Próximo a los cuarenta, casi uno ochenta, un poco más de ochenta kilos, pelo rubio y rapado, hombros fuertes y musculados. Dado el contexto, podría ser policía, pero yo no le conocía.

Me tendió la mano. Con un poco de demora, le imité.

—Brian —se presentó—. Brian Darby. —Señaló con la cabeza hacia la casa—. Vivo en esta calle. ¿Y tú?

—Mmm. Tessa. Tessa Leoni. Conozco a Shane del cuartel.

Esperé a que hiciera los inevitables comentarios de todos los hombres cuando conocen a una mujer policía. «¿Una poli? Entonces mejor que me porte bien». O: «¡Vaya! ¿Dónde tienes la pistola?».

Y esos eran los simpáticos.

Brian solo asintió. Tenía una cerveza light en la mano. Metió la otra en el bolsillo de sus pantalones cortos. Llevaba una camisa azul con un logo en el bolsillo, pero debido al ángulo en el que estaba no podía distinguirlo.

—Tengo que hacerte una confesión —dijo.

Me preparé mentalmente.

—Shane ya me había dicho quién eras. Aunque lo cierto es que yo pregunté primero. Una mujer guapa y sola. Me pareció más prudente tantearle antes.

—¿Qué te ha contado Shane?

—Me ha asegurado que eras demasiado buena para mí. Por supuesto, he aceptado el reto.

—Shane dice muchas tonterías —le contesté.

—La mayor parte del tiempo. No te estás bebiendo la cerveza.

Miré hacia abajo, como si me diera cuenta por primera vez de que la llevaba en la mano.

—Me he fijado —continuó Brian sin pudor—. La tienes por tener, pero no te la bebes. ¿Prefieres un margarita? Te puedo traer uno. Aunque —miró al grupo de mujeres, que ya iban por la tercera jarra y, en consecuencia, no paraban de reír— me da un poco de miedo.

—Estoy bien. —Relajé mi postura, dejé caer los brazos—. La verdad es que no suelo beber.

—¿Estás de guardia?

—Hoy no.

—No soy policía, así que no voy a pretender que lo conozco todo acerca de tu trabajo, pero llevo siendo colega de Shane unos cinco años, así que me gusta pensar que entiendo lo básico. Ser policía es algo más que patrullar las carreteras y poner multas. ¿Verdad, Shane? —gritó Brian, dejando que la protesta más repetida entre los agentes fuera flotando por el patio. Al lado de la barbacoa, Shane le respondió alzando el puño y sacando el dedo corazón a su vecino.

—Shane es un quejica —dije, dejando que mi voz también se oyera.

Shane me dedicó también un corte de mangas. Varios policías se echaron a reír.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando con él? —me preguntó Brian.

—Un año. Soy una novata.

—¿De veras? ¿Qué te hizo decidirte a ser policía?

Me encogí de hombros, incómoda otra vez. Una de esas preguntas que todo el mundo hacía y que yo nunca sabía cómo responder.

—En su momento parecía una buena idea.

—Yo soy marino mercante —dijo Brian—. Trabajo con barcos petroleros. Estamos fuera dos meses, nos quedamos otros dos, volvemos a salir. Te jode un poco la vida personal, pero me gusta el trabajo. Nunca es aburrido.

—¿Marino mercante? ¿Qué haces? ¿Te ocupas de proteger a los barcos de los piratas o algo así?

—No, qué va. Vamos del estrecho de Puget hasta Alaska y de vuelta. No hay muchos piratas somalíes por el camino. Además, soy ingeniero. Mi trabajo consiste en que el barco siga navegando. Me gustan los cables, los mandos y los rotores. Las armas, en cambio, me dan miedo.

—A mí tampoco me gustan demasiado.

—Es curioso, teniendo en cuenta que eres policía.

—No creas.

Mi mirada había regresado automáticamente hacia Sophie, controlando dónde estaba. Brian siguió la dirección de mis ojos.

—Shane me dijo que tienes una niña de tres años. Vaya, es igualita a ti. No hay peligro de que te vayas a equivocar de cría cuando la recojas.

—Shane te dijo que tenía una hija, ¿y aun así aceptaste el reto?

Se encogió de hombros.

—Los niños están bien. Yo no tengo, pero eso no significa que me oponga moralmente. ¿Hay un padre en su vida? —añadió con tono indiferente.

—No.

No parecía satisfecho con la noticia, más bien pensativo.

—Tiene que ser duro. Ser policía a tiempo completo y criar a una niña.

—Nos las apañamos.

—No lo dudo. Mi padre murió cuando yo era pequeño. Dejó a mi madre sola con cinco críos. Nosotros también nos las apañamos, y no sabes cómo la admiro por ello.

—¿Qué le ocurrió a tu padre?

—Un infarto. ¿Qué le sucedió a su padre? —Señaló a Sophie, que ahora parecía estar jugando al pillapilla.

—Tenía una oferta mejor.

—Los tíos son idiotas —masculló, y sonaba tan sincero que me reí. Se ruborizó—. ¿Te he dicho que tengo cuatro hermanas? Es lo que ocurre cuando solo tienes hermanas. Además, tengo que admirar a mi madre el doble, porque no solo se las apañó sola, sino que sobrevivió como madre de cuatro chicas. Y nunca la vi beber nada más fuerte que una infusión. ¿Qué te parece?

—Una mujer muy dura —estuve de acuerdo.

—Como no bebes alcohol, ¿a lo mejor a ti también te gustan las infusiones?

—Café.

—Ah, mi droga favorita. —Me miró a los ojos—. Bueno, Tessa, pues a lo mejor alguna tarde te podría invitar a una taza de café. Por tu barrio o por el mío, lo que prefieras.

Repasé otra vez a Brian Darby. Ojos castaños y cálidos, sonrisa relajada, unos hombros sólidos.

—Está bien —me oí decir a mí misma—. Me gustaría.

¿Crees en el amor a primera vista? Yo no. Soy demasiado cauta, demasiado precavida para ese tipo de tonterías. O quizás es que he visto demasiado.

Quedé con Brian para tomarme un café. Me contó que, cuando estaba en tierra, disponía libremente de su tiempo. Nos resultó muy fácil quedar para pasear por las tardes, después de que me recuperara de mi turno de noche y antes de recoger a Sophie a las cinco en la guardería. Después vimos un partido de los Boston Red Sox en mi noche libre y, antes de que me diera cuenta, se nos unió a Sophie y a mí para merendar al aire libre.

Sophie se enamoró a primera vista. En cuestión de segundos, se había subido a la espalda de Brian exigiéndole que la llevara a caballito. Brian la obedeció y cruzó todo el parque galopando con una niña de tres años agarrada a su pelo y gritando «más rápido» todo lo alto que podía. Cuando acabaron, Brian se dejó caer en la manta de pícnic mientras Sophie se iba a buscar dientes de león. Pensaba que las flores serían para mí, pero, en vez de eso, se las ofreció a Brian.

Brian las aceptó al principio con un poco de reparo y, luego, resplandeciente, cuando comprendió que todo el ramillete era para él.

Después de eso, fue muy sencillo pasar los fines de semana en su casa, que tenía un jardín de verdad, en vez de en mi abarrotado apartamento de una sola habitación. Hacíamos la cena juntos mientras Sophie jugaba con su perro, un viejo pastor alemán llamado Duke. Brian compró una piscina de plástico para el porche y colgó un columpio en el viejo roble.

Un fin de semana en que estuve muy ocupada, vino y llenó nuestra nevera para que Sophie y yo tuviéramos comida toda la semana. Y, una tarde, después de que hubiera estado trabajando en un accidente de coche que dejó tres niños muertos, le estuvo leyendo cuentos a Sophie mientras yo contemplaba la pared de mi habitación y luchaba por contener las lágrimas.

Después me acurruqué con él en el sofá y me estuvo contando historias de sus cuatro hermanas, incluyendo la vez en que se lo habían encontrado dormido y le habían maquillado. Se pasó dos horas recorriendo su barrio en bici adornado con sombra de ojos azul brillante y pintalabios rosa fucsia antes de que se diera cuenta al ver su reflejo en una ventana. Me reí. Después me eché a llorar. Me abrazó con fuerza y nos quedamos así, sin decir nada.

El verano transcurrió. Llegó el otoño y, con él, la fecha en la que tenía que embarcar. Iba a estar fuera ocho semanas, pero volvería a tiempo de Acción de Gracias, me aseguró. Tenía un buen amigo que solía cuidar de Duke. Pero, si queríamos...

Me ofreció las llaves de su casa. Podíamos quedarnos. Incluso darle un toque más femenino si lo deseábamos. A lo mejor nos apetecía pintar de rosa la habitación pequeña, que era la de Sophie. Colgar un par de cuadros. Patitos de goma en el baño. Lo que hiciera falta para que estuviéramos cómodas.

Le di un beso en la mejilla y le devolví las llaves.

Sophie y yo estaríamos bien. Siempre lo habíamos estado, siempre lo estaríamos. Le vería dentro de ocho semanas.

Sophie, por el contrario, lloró y lloró y lloró.

Un par de meses, intenté decirle. Muy poco tiempo. Solo unas semanas.

La vida era más aburrida con Brian fuera. Una rutina interminable de levantarse a la una de la tarde, recoger a Sophie de la guardería a las cinco, entretenerla hasta que se metía en la cama a las nueve, y ver llegar a la señora Ennis a las diez para que yo pudiera trabajar de once a siete. La vida de la madre soltera. Esforzándose para que los centavos se estiraran hasta el dólar, haciendo innumerables recados en un día ya de por sí ocupado, manteniendo a mis jefes contentos mientras atendía las necesidades de mi hija.

Me las podía arreglar, me recordé a mí misma. Era dura. Había aguantado mi embarazo sola, había dado a luz sola. Había soportado veinticinco largas y solitarias semanas en la academia de policía, echando de menos a Sophie a cada paso, pero decidida a no abandonar, porque convertirme en policía era la mejor oportunidad que tenía de ofrecerle un futuro mejor a mi hija. Podía regresar a casa y a Sophie los viernes por la noche, pero todos los lunes por la mañana debía dejarla llorando con la señora Ennis. Semana tras semana tras semana, hasta que pensé que terminaría chillando para liberar el estrés. Pero lo conseguí. Cualquier cosa por Sophie. Todo por Sophie.

Aun así, empecé a mirar mi correo electrónico más a menudo, porque siempre que Brian llegaba a puerto nos mandaba un mail breve o una foto divertida de un alce cruzando una carretera en Alaska. Cuando llegó la sexta semana, me di cuenta de que estaba más contenta los días en que nos escribía, y más tensa los días que no. Y Sophie reaccionaba igual. Nos sentábamos frente al ordenador todas las noches, dos chicas guapas esperando oír noticias de su hombre.

Y, por fin, la llamada. El barco de Brian había atracado en Ferndale, Washington. Iba a terminar con el trabajo en dos días y cogería el tren lanzadera a Boston. ¿Podía llevarnos a cenar?

Sophie se puso un vestido azul, su favorito. Yo repetí el vestido naranja que había llevado en la barbacoa del 4 de julio, y le añadí una chaqueta fina en previsión del frío que pudiera hacer en noviembre.

Sophie, vigilando desde la ventana, fue la que le vio primero. Gritó contenta y bajó las escaleras desde nuestro apartamento tan rápido que pensé que se iba a caer. Brian la sujetó a duras penas. La levantó entre sus brazos, le dio mil vueltas. Ella reía y reía y reía.

Yo fui con más calma, tomándome mi tiempo para arreglarme el pelo por última vez y abrocharme los botones de la chaqueta. Salí del edificio. Cerré la puerta con fuerza tras de mí.

Me di la vuelta y le miré. Le examiné detenidamente. Me emborraché de él.

Brian dejó de dar vueltas con Sophie. Se quedó en medio de la acera, con mi hija todavía entre sus brazos, y él también me recorrió con la vista.

No nos tocamos. No dijimos una sola palabra. No teníamos que hacerlo.

Después de la cena, cuando fuimos a su casa, acosté a Sophie en la cama de la otra habitación y entré en la suya. De pie frente a él, dejé que me quitara la chaqueta, el vestido. Puse mis manos en su pecho desnudo. Lamí la sal de su garganta.

—Ocho semanas han sido demasiadas —murmuró—. Te quiero aquí, Tessa. Joder, quiero saber que siempre puedo volver a ti.

Guie sus manos hasta mis senos y me arqueé al contacto de sus dedos.

—Cásate conmigo —susurró—. Lo digo de verdad, Tessa. Quiero que seas mi esposa. Quiero que Sophie sea mi hija. Tú y ella deberías estar viviendo aquí, conmigo y con Duke. Deberíamos ser una familia.

Volví a probar su piel. Deslicé mis manos por su cuerpo, el tacto de un cuerpo completamente desnudo contra otro. Temblé. Pero no era suficiente. Sentirlo, degustarlo. Lo necesitaba contra mí, sobre mí, dentro de mí. Lo necesitaba en todas partes, ahora mismo, en ese instante.

Le arrastré conmigo sobre la cama, rodeé con mis piernas su cintura. Se deslizó dentro de mi cuerpo y gemí, o a lo mejor fue él quien gimió, pero eso no importaba. Estaba donde le necesitaba.

En el último momento, le sujeté la cabeza entre las manos para poder mirarle a los ojos mientras la primera oleada nos inundaba.

—Cásate conmigo —repitió—. Seré un buen marido, Tessa. Cuidaré de Sophie y de ti.

Se movió dentro de mí y yo dije:

—Sí.

3

Brian Darby murió en la cocina. Tres tiros, concentrados en el torso. El primer pensamiento de D.D. fue que la agente Leoni se había tomado su entrenamiento en serio, porque la puntería era excelente. Tal y como aprendían en la academia: nunca dispares a la cabeza y nunca vayas solo a herir. Es en el torso donde tienes más probabilidades y, si has decidido vaciar tu arma, más te vale que sea porque temes por tu vida o por la de otros, lo que significa que disparas a matar.

Leoni había hecho un buen trabajo. Ahora, ¿qué había pasado para que una agente de policía disparara a su marido? ¿Y dónde se encontraba la niña?

En esos momentos, la agente Leoni estaba retenida en una terraza acristalada, mientras unos enfermeros le curaban un corte muy feo en la frente y un ojo morado todavía peor. El representante del sindicato estaba con ella y su abogado, de camino.

Una docena de agentes estatales muy erguidos habían cerrado filas en la calle, un sitio desde donde podían fulminar con la mirada tanto a los policías de Boston que estaban trabajando como a los alterados periodistas que relataban el crimen.

Esto hacía que la mayoría de los jefes de Boston y de la policía estatal se tuvieran que reunir en una furgoneta blanca aparcada en el colegio de al lado. El supervisor de la unidad de homicidios del condado de Suffolk actuaba como árbitro, recordándole al superintendente de la policía estatal de Massachusetts que no podían dirigir una investigación cuya sospechosa era una de sus agentes, y apuntando a la vez al inspector de la policía de Boston que la solicitud de un coordinador perteneciente a los estatales era perfectamente razonable.

Mientras seguían intentando marcar su territorio, los endiosados jefecillos habían conseguido emitir una alerta AMBER para menores desaparecidos en relación con la niña de seis años Sophie Leoni, de cabello castaño, ojos azules, un metro dieciséis centímetros de alto, veinte kilos de peso, y a la que le faltaban los dos incisivos superiores. Era probable que llevara puesto un pijama rosa de manga larga con estampado de caballos amarillos. Se la había visto por última vez a las diez y media de la noche anterior, cuando la agente Leoni se había despedido de ella antes de irse a trabajar al turno de las once.

D.D. tenía muchas preguntas que hacerle. Desgraciadamente, no había podido hablar con ella: la agente Leoni estaba en shock, había graznado el representante del sindicato. La agente Leoni requería atención médica inmediata. La agente Leoni tenía derecho a un asesoramiento legal apropiado. Ya había ofrecido una declaración inicial al primer policía que llegó a su casa. Todo lo demás tendría que esperar hasta que su abogado lo considerase oportuno.

La agente Leoni necesitaba muchas cosas, pensó D.D. ¿No debería ser una de ellas colaborar con la policía de Boston para que pudieran encontrar a su hija?

Por el momento, D.D. se había retirado. Todo el mundo estaba ocupado con la escena del crimen, y había otros muchos problemas que reclamaban su atención. Tenía a un montón de agentes pululando por la vivienda, a los de homicidios recogiendo pruebas, a varios agentes de uniforme recorriendo el barrio y, dado que la agente Leoni había disparado a su marido con la pistola de trabajo, habían enviado al momento al equipo de control de armas, por lo que habían atestado la casa con más gente aún.

Bobby tenía razón. En su jerga oficial, la única manera de calificarlo era de puto desastre.

Y era todo para ella.

D.D. había llegado media hora antes. Había aparcado a seis manzanas, en la esquina de la bulliciosa calle Washington. Allston-Brighton era uno de los distritos más poblados de Boston. Aparte de todos los estudiantes de la Universidad de Boston y de la Harvard Business School, el barrio estaba lleno de doctores, profesores, personal de apoyo y familias jóvenes. Era un lugar caro para vivir, lo cual era irónico, dado que ni los estudiantes ni a veces los profesores solían tener mucho dinero. El resultado se traducía en calles y calles de edificios de apartamentos, cada uno de ellos dividido hasta el límite. Las familias se apiñaban, y las tiendas abiertas las veinticuatro horas y las lavanderías surgían por doquier para poder atender a toda su clientela.

En opinión de D.D. era lo más parecido a una jungla urbana. Ni balaustradas de hierro forjado, ni enladrillados decorativos, como en Back Bay o en Beacon Hill. Aquí pagabas una fortuna por el honor de alquilar un piso estrictamente funcional en forma de caja en un edificio estrictamente funcional en forma de caja. Aparcaba el que primero llegara, lo que significaba que la mayoría de la gente se pasaba media vida buscando sitio. Forcejeabas por acudir a trabajar, peleabas por volver a casa y terminabas el día cenando platos precocinados de pie en la minúscula cocina americana, antes de caer rendido en el futón más pequeño del mundo.

Sin embargo, no era un mal barrio para un policía. De fácil acceso a Mass Pike, la arteria principal que dividía en dos la ciudad. Al este de Pike tenías la I-93 y, al oeste, la 128. En cuestión de minutos, Leoni podía estar en cualquiera de las tres áreas principales que patrullaba. Muy hábil.

A D.D. también le gustaba la casa, una vivienda unifamiliar como las de antes en mitad de Allston-Brighton, con una fila de edificios de tres pisos a un lado y, al otro, un majestuoso colegio de primaria construido en ladrillo. Gracias a Dios, al ser domingo, la escuela estaba cerrada, lo que permitía que todas las fuerzas de la ley allí presentes se adueñaran del aparcamiento y, al mismo tiempo, se ahorraran el descalabro que hubiesen causado los padres aterrorizados invadiendo la escena del crimen.

Era un día tranquilo en el barrio. O, por lo menos, lo había sido hasta entonces.

La casa de dos habitaciones de la agente Leoni se erguía sobre una colina, con claraboyas blancas que sobresalían por encima del garaje de ladrillo. Unos cuantos escalones de cemento subían desde la acera hasta la puerta principal y, de ahí, a uno de los patios traseros más grandes que D.D. había visto jamás en el centro de Boston.

Era una casa ideal para una familia. Con el suficiente espacio para un crío, con el césped adecuado para un perro y con un columpio en el árbol. Incluso en ese momento, recorriéndolo en mitad del invierno, D.D. se podía imaginar las barbacoas, las tardes de juegos, los días relajados tumbados en el porche trasero.

Podían haber salido tantas cosas bien en una casa como esta. ¿Qué era lo que se había torcido?

Pensó que el patio de la parte de atrás podía darle la clave. Grande, amplio y completamente desprotegido en medio del hiperpoblado distrito.

Si cruzabas a través del aparcamiento de la escuela, llegabas a la propiedad. Si salías por detrás de cuatro edificios de apartamentos diferentes, pisabas la parcela. Podías acceder a la residencia de Leoni por la calle posterior, como D.D. había hecho, o subiendo los escalones que daban a la puerta, como parecía haber entrado la mayoría de la policía de Massachusetts. Por detrás, de frente, a la derecha o a la izquierda, daba igual. Resultaba fácil entrar y más fácil todavía salir.

Era algo de lo que cada agente uniformado se había dado cuenta, porque, en vez de examinar una superficie de nieve inmaculada, D.D. se encontraba mirando la mayor colección de pisadas que se había visto nunca en mil metros cuadrados.

Se arrebujó bien en la chaqueta de invierno y dejó escapar un helado suspiro de frustración. Malditos estúpidos.

Bobby Dodge apareció en el porche trasero, todavía intentando encontrar algo que le diera ventaja. Dada la manera en la que miraba la nieve embarrada, pensaba lo mismo que D.D. La vio, se ajustó la gorra para protegerse del frío de principios de marzo y bajó por los escalones que conducían al patio trasero.

—Tus policías han pisoteado mi escena del crimen —le gritó D.D., mientras se acercaba—. No voy a olvidarlo.

Él se encogió de hombros y metió las manos en el grueso abrigo de lana negra mientras seguía caminando. Había sido francotirador, y todavía se desplazaba con esa economía de movimientos que proporciona pasar horas y horas totalmente quieto. Como muchos otros francotiradores, era un tipo bajito con un cuerpo musculoso y duro que hacía juego con un rostro adusto. Nadie le describiría como guapo, pero muchas mujeres le encontraban atractivo.

Hacía tiempo, D.D. había sido una de esas mujeres. Empezaron como amantes, pero descubrieron que se llevaban mejor como amigos. Hacía dos años, Bobby había conocido a Annabelle Granger y se había casado con ella. D.D. no se lo había tomado especialmente bien, y el hecho de que acabaran de tener una hija le había sentado como un golpe bajo.

Pero ahora D.D. tenía a Alex. Su vida estaba mejorando. ¿Verdad?

Bobby se detuvo frente a ella.

—La policía protege vidas —le informó—. Los detectives son los que cuidan de las pruebas.

—Tus policías han jodido mi territorio. Ni olvido ni perdono.

Bobby sonrió por fin.

—Yo también te he echado de menos, D.D.

—¿Cómo está Annabelle?

—Bien, gracias.

—¿Y la pequeña?

—Carina está empezando a gatear. Casi ni me lo creo.

D.D. tampoco. Mierda, se estaban haciendo viejos.

—¿Y Alex? —preguntó Bobby.

—Bien, bien. —Hizo un gesto con la mano enguantada, señalando el final de la charla banal—. ¿Qué crees que ha pasado?

Bobby se volvió a encoger de hombros y tardó un rato en responder. Aunque a algunos investigadores les gustaba sumergirse inmediatamente en sus casos de homicidio, Bobby prefería estudiarlo primero. Y aunque otros detectives tendían a parlotear, Bobby no hablaba a no ser que tuviera algo útil que decir.

D.D. le tenía un gran respeto, pero se había cuidado mucho de decírselo.

—En principio, parece un caso de violencia doméstica —terminó él por contar—. El marido la atacó con una botella de cerveza, la agente Leoni se defendió con el arma de servicio.

—¿Se sabe algo de peleas anteriores? ¿Llamaron a la policía? —preguntó D.D.

Bobby negó con la cabeza, ella hizo un gesto de asentimiento. Que no hubiera llamadas registradas no significaba nada. Los policías odiaban pedir ayuda, especialmente a otros compañeros. Si Brian Darby había estado pegando a su esposa, lo más probable es que ella hubiera guardado silencio.

—¿La conoces? —quiso saber D.D.

—No. Dejé de patrullar poco después de que ella empezara. Solo lleva cuatro años en el cuerpo.

—¿Reputación?

—Buena. Es joven. Destinada en el cuartel de Framingham, trabaja en el turno de noche y vuelve directamente a casa con su hija, así que tampoco se junta mucho con los demás.

—¿Solo trabaja en el turno de noche?

Bobby arqueó la ceja, con un gesto de diversión.

—Los horarios son una batalla para los agentes. Los novatos se pasan un año haciendo guardias nocturnas antes de poder solicitar otro turno. Y, aun así, se conceden en base a la antigüedad. Si solo llevaba cuatro años, mi opinión es que todavía le quedaba uno antes de poder ver la luz del sol.

—Y yo que pensé que ser detective era un asco.

—Los policías de Boston son una pandilla de quejicas —le informó Bobby.

—Bueno, por lo menos no pisoteamos la nieve de la escena del crimen.

Él hizo una mueca. Volvieron a examinar la parcela.

—¿Cuánto tiempo llevaban casados? —preguntó D.D.

—Tres años.

—Así que ya tenía a la niña y era policía cuando le conoció.

Bobby no respondió, dado que no era una pregunta.

—En teoría, él sabía dónde se metía —D.D. continuó hablando en voz alta, intentando aclarar la dinámica de la familia—. Una esposa que trabajaba fuera todas las noches. Una niña a la que había que cuidar mañana y tarde.

—Cuando estaba.

—¿A qué te refieres?

—Trabajaba como marino mercante. —Bobby sacó un cuaderno y miró una de las anotaciones que había escrito—. Embarcaba durante sesenta días. Otros sesenta los pasaba en tierra. Uno de los chicos sabía de su rutina por un comentario que hizo la agente Leoni en el cuartel.

D.D. alzó una ceja.

—Así que la mujer tiene horarios raros, y el marido todavía más. Interesante. ¿Era un tipo fornido? —D.D. no se había quedado a examinar el cadáver con atención, teniendo en cuenta lo delicado de su estómago.

—Uno ochenta; de noventa y cinco a cien kilos —le respondió Bobby—. De músculo, no de grasa. Yo diría que levantaba pesas.

—Un tipo que podía pegar muy fuerte.

—En contraste, la agente Leoni mide uno sesenta y dos y pesa cincuenta y cuatro kilos. Eso le da una cierta ventaja al marido.

D.D. asintió. Un policía tenía que entrenarse en el combate cuerpo a cuerpo, por supuesto. Pero una mujer bajita contra un hombre alto tenía todas las de perder. Y, encima, con su marido. Muchas policías aprendían cosas en su trabajo que después no ponían en práctica en sus casas; el ojo morado de la agente Leoni no era el primero que D.D. había visto en una de sus colegas.

—El suceso ocurrió cuando la agente Leoni volvió a casa del trabajo —dijo Bobby—. Todavía llevaba el uniforme p ...