Loading...

YO TE QUISE MáS

Tom Spanbauer

0


Fragmento

1

EL MARONI

«Tengo que irme, tío» eran las últimas palabras de la última carta que escribí a Hank Christian. En cuanto las escribí supe que eran palabras hirientes. Palabras que podían volverlo en mi contra. A lo largo de los años, veintitrés, Hank y yo habíamos bromeado con ellas, ahora «Tengo que irme, tío» estaba escrito. La vieja letanía en este lugar nuevo y desconocido, se me paró el corazón.

12 de octubre de 2000. Me pasé todo el día con la carta. Preguntándome si debía sonar tan definitiva y para siempre o, a la mierda, arriesgarme y decir algo más, algo ridículo en una ocasión tan ridícula para decirlo: si debía decirle a Hank que dejara de teñirse con Just For Men porque, cuando le daba la luz, el poco pelo que le quedaba parecía lila. Cuando te despides de un ser querido, quizá si dices una tontería, alguna verdad, quizá no deje de quererte.

Al final no le di el consejo sobre el pelo. La de veces que me he arrepentido, que he pensado que debería haberlo hecho, que debería haberle dicho lo del pelo justo después de «Tengo que irme, tío». Quizá las cosas habrían ido de otro modo. Al menos, le habría hecho reír. La risa de Hank. Ese rápido estallido desde las profundidades que le sacude todo el cuerpo. Pero no lo hice.

Recibe antes que nadie historias como ésta

No mucho después de la carta se casó con Ruth. En Florida vivía a casi cinco mil kilómetros, y va y se casa a tres manzanas de mi casa en Portland, Oregón. Todavía no sé quién fue el padrino.

Como en la mayoría de las historias de amor, Hank y yo no empezamos con buen pie. De hecho, lo detestaba. Cada vez que Jeske le preguntaba, lo que ocurría todas las semanas, Hank leía sus frases a la clase y, nunca fallaba, Jeske lo alababa como si Hank fuera el próximo Harold Brodkey, Nadine Gordimer o Louise Glück. Jeske tenía incluso un nombre especial para Hank. Maroni. Así llamaba a Hank. «¡Esta vez te has salido, Maroni! ¡La has clavado, tío! ¡Echad un vistazo a esto, venga!»

Universidad de Columbia, trimestre invernal, 1985. Doce semanas de una clase nocturna de tres horas en un anfiteatro caluroso y luminoso. Jeske, abajo, delante de nosotros, esbelto, peripuesto, pelo plateado, con una especie de sombrero militar. El cutis enrojecido por abusar del tabaco. Con cierta clase, uno de esos tipos de Nueva Inglaterra que acaban de bajarse del velero. No le quitábamos ojo. Nunca le quitábamos ojo. Nunca sabías lo que haría a continuación. En cada clase alardeaba de que aguantaba tres horas sin quejarse. Miércoles, de seis a nueve. Treinta y seis putas horas y Jeske nunca me llamaba. Ni una sola vez. Cuarenta alumnos en la clase y todos tuvieron como mínimo una oportunidad, menos yo. A Jeske le gustaban otro par de alumnos aparte de Hank, pero yo solo oía «¡Maroni! ¡Maroni! ¡Maroni!».

Entonces llegó aquella clase. La última clase del semestre. La última parte de la última hora. La última lectura. Por fin Thomas Jeske, el Comodoro Ficción, me llamó. Joder. Mi cuerpo hizo eso de separarse cuando de pronto estoy en otro lado viéndome sentado en una silla de un anfiteatro de una sala luminosa, con la paleta del pupitre en imitación de madera bajada y tratando de sostener las páginas con las manos, lejanas. Intento respirar, apretar el culo, evitar que la barbilla se convierta en un montón de bandas elásticas. Todas las normas que no sabía cumplir: «Nunca penetres bajo la superficie. Habla con lengua acerada. No se trata de escribir, sino de fabricar. Adopta el enfoque que te repela por naturaleza. Nunca te expliques. Nunca te quejes. Latinajo, latinajo, latinajo».

Cogí el cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza, corté abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité, todavía caliente, en la página. Pero no sangraba bastante. Las palabras sonaban tontas. Mi voz no se proyectaba en el anfiteatro fluorescente, era demasiado aguda, se rompía como la de un adolescente al que acabaran de descenderle los testículos. Joder. No tenía escapatoria. Sonaba como sonaba siempre: un chico católico pidiendo disculpas. Luego, una pausa larga. El largo silencio posterior donde solo se oía mi respiración. Una gota de sudor me resbaló por la parte interna del brazo. Todo brilla, se calienta y se llena.

«¡En el último momento! —grita Jeske—. ¡Eso es, tío! ¡Grunewald al fin escupe en el último momento!»

Ahora al rememorar aquel día me lo pregunto. Quizá fuera la primera vez para Hank. Que me miró de verdad.

La primera vez que miré de verdad a Hank, que de verdad me paré y le miré, fue durante una de las clases de Jeske. Para entonces ya sabía quién era Hank, claro. ¿Cómo no conocer al Maroni? Pero en la clase en particular a la que me refiero hubo un momento en que todo desapareció y mis ojos no vieron nada más que a Hank Christian.

En mitad de una de las clases de Jeske se oyó un estruendo en el pasillo. Podrías pensar ¿y qué?, un estruendo en el pasillo… en la mayoría de las universidades no significaría gran cosa. Pero es de noche y estás en la Universidad de Columbia, el pasillo al que da la puerta del aula es en realidad una calle de Nueva York. Después del estruendo, Jeske se calló y todos nos miramos. Se notaba que Jeske quería salir a la puerta y averiguar lo que había ocurrido, pero titubeó. Lo vi. Le vi dudar. Algo que no te imaginabas del Comodoro Ficción. Su cuerpo enjuto se inclinó un segundo hacia la puerta, luego se detuvo porque lo había pensado mejor. Hank también lo vio. ¡Oh! ¡Comodoro! ¡Mi! ¡Comodoro! Hank vio al comodoro del poderoso navío encallar. Estaba de pie y fuera de su asiento.

Hank es un tiarrón. De brazos grandes, de pecho ancho. Tiene veintisiete años y yo treinta y siete.

Treinta y siete años. Universidad de Columbia. Siempre fui una flor tardía.

Aquel día, mientras sorteaba asientos hacia la puerta, Hank adoptó su pose habitual. Saca y eleva el pecho, baja la barbilla, los hombros, tensa los bíceps. Le he visto hacerlo infinidad de veces. Normalmente lo hace cuando intenta expresar algo grande que lleva dentro: como si su cuerpo tratara de expulsar el pensamiento o sentimiento literalmente a empujones, pero aquel día en clase Hank se hinchó por otro motivo. Tenía una misión.

Nunca he visto a Hank hacer algo tan perfecto, tan acorde a quién era. Hank se plantó en el umbral, en el portal, firme, con los codos hacia fuera, rozando las jambas. Nuestro defensor, nuestro protector, nuestro guardaespaldas, nuestro héroe.

De inmediato me dio vergüenza por él. Menudo alarde de macho. O sea, ¿qué intentaba demostrar Maroni? ¿Que podía salvar nuestro barco zozobrante de los piratas corpulentos y malvados del pasillo? Aunque ¡quizá hubiera piratas en el pasillo! Quizá el estruendo fuera una pandilla callejera o algún hijo de puta loco. Quizá, armado. Entonces ¿qué haría Maroni? ¿Detener la bala?

San Hank Christian, Guardián del Umbral. En aquel momento no tenía ni idea del amigo, el amante, el héroe que Hank sería para mí. Solo sabía lo que veía. El pelo moreno hasta los hombros. Una buena mata por entonces, en los ochenta, y además, bigote. Casi tan grande como el mío. Bajo la mirada profunda —por el tono de piel uno pensaría que tenía los ojos azules, pero no, eran marrones, casi negros—, bajo la línea eficiente de una nariz romana, por encima de una mandíbula cuadrada ligeramente partida, la dentadura perfecta, los dulces labios sonrientes que un día, pasara lo que pasara, besaría.

No me extraña que Jeske se enorgulleciera. Enseguida, un grupo de tíos se sumaron a Hank junto a la puerta. Yo no.

Al cabo de unos meses, cuando ya no detestaba a Hank, cuando comenzaba a conocer a Hank, le pregunté qué significaba Maroni.

Me explicó que los italianos se llaman maroni entre ellos. Algo así como «tío», quizá, o «colega», o «tronco». Nunca entendí exactamente lo que significaba maroni. Pero así era Hank. Siempre jugaba con las cartas pegadas al pecho, sobre todo al principio. Aunque no tuviera nada que esconder. Le gustaba decir que era un fantasma. Un guerrero fantasma. Tocaba el mundo y, cuando había acabado, no dejaba rastro. Lo que quedaba de él eran sus frases sobre la página.

Normal que me enamorase de Hank. Seducir al heterosexual lacónico. No necesariamente para tirárselo, sino para sacarlo a la luz. Y no en el sentido de sacarlo del armario, sino de exponer su funcionamiento interno. Si yo era capaz de entender a mi padre, si mi padre podía ser alguien a quien podía conocer, conociéndole, podría medirme a él y descubrir en qué me parecía y en qué no.

Aquellas primeras cuatro o cinco semanas, Hank fue el puto Maroni, el lameculos particular de Jeske. Luego se convirtió en san Hank Christian, Guardián del Umbral, pero lo gordo de verdad ocurrió la noche del piso de Ursula Crohn. La primera vez que Hank acercó su cuerpo al mío. En cuanto habló, el aliento sopló de los dulces labios de Hank y enloqueció mi corazón.

A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo.

Me gustaría decir una cosa. Todo esto que estoy rememorando no es lo que pasó de verdad, sino lo que yo recuerdo. Es solo ahora, transcurridos los años, después de tanta muerte, tras años y años repasándolo una y otra vez, cuando un sexagenario puede contemplar la misma situación que contempló el cuarentón y ver algo completamente distinto.

Es como una fotografía de dos amigos. Pongamos que Hank y yo. 1988, cumplo cuarenta años. Acabamos de cruzar el puente de Brooklyn porque siempre cruzábamos el puente de Brooklyn por mi cumpleaños. Hank apoya el brazo izquierdo en mi hombro. No le ves toda la mano izquierda, solo los largos dedos sobre la camiseta, las yemas en mi clavícula. Mi brazo derecho está por encima del de Hank porque le saco unos quince centímetros. Hank viste una camiseta sin mangas, negra. Lleva el pelo más corto, yo también, porque los ochenta tocan a su fin. Y barba, una barba salpimentada. Baja los hombros, endereza el cuello, saca pecho. A su lado parezco flaco. Tengo una Budweiser en la mano. A nuestra espalda quedan Manhattan y un grueso cable mostaza del puente de Brooklyn. Sonreímos de un modo que indica que no somos como nuestros padres. Uno de nosotros es heterosexual y el otro es gay. Somos hombres y amigos y estamos de celebración. Nos protegemos mutuamente. Nos encamaremos. Como camaradas. Nos reímos del chiste. En lugar de «patata», Hank dijo lo que siempre decía Jeske: «Tengo que irme, tío».

Aquella fotografía que por entonces, cuando la vimos semanas después, analizamos en busca de lo importante, de lo que estaba mal. Hank: «¡Joder, estoy engordando! ¡Mira cuántas canas tengo en la barba!». Yo: «Nunca me queda bien el pelo. ¿Cuándo me acostumbraré a esta mierda de nariz?».

Ahora esa misma fotografía, transcurridos veinte años, sigue siendo solo Hank Christian y Ben Grunewald cogidos en el puente de Brooklyn. Pero ahora veo. El cáncer que había comenzado en la polla de Hank. Mi carga viral duplicándose cada semana. Y Ruth. Ruth Dearden. No será hasta 1999 y en la otra punta del país, en Portland, Oregón, cuando los presente, pero no obstante Ruth está ahí, entre Hank y yo. Casi tan alta como yo. Pelo rojo, grueso y largo. Tiene un pelo fantástico porque a ella sí la aconsejé. «Es todo cuestión de frente. Las mujeres como tú, con esa mandíbula, no deberíais esconder jamás la frente.» Aparte de los reflejos. Ojos azules y lentillas azules. Una belleza peligrosa porque no es natural. Una belleza peligrosa porque se ha ganado con esfuerzo. Muy como yo. Formidable, así es el poder temerario de alguien que acaba de descubrir su poder.

Cuidado, está a punto de derribar algo. Tal vez a ti.

Es más que probable que seas como yo y pienses que a ti nunca te habría pasado algo así. Que podrías amar a un hombre y luego amar a una mujer: dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente, pero de algún modo, por un accidente del universo o un capricho del destino —en cualquier caso, jamás lo sabrás—, lo importante es que lo que ocurre es algo que no podrías haber planeado ni en un millón de años, y estáis los tres danzando ese baile antiguo cuya única norma es que con tres se suma siempre uno y, si no, se resta. Si tres no encuentran a un cuarto, tres se vuelven dos.

Suma o resta. Es la norma.

Yo, después de dejar la Iglesia católica y a mi mujer, he intentado mantenerme alejado de las normas. Por ejemplo, he amado a hombres y he amado a mujeres. La mayoría de los reglamentos dictan que no puede hacerse. Así que la mayor parte de mí opina que esa regla del tres es solo eso: la norma de alguien. La inventó el tal Jung o alguien por el estilo. Pero debo añadir que, para Hank, Ruth y yo, ser tres no fue una opción.

Lo he intentado una y otra vez pero no logro dilucidar el sino, la parte que desempeñó el destino. Ahí radica la locura. Así que si no logro componer la imagen de conjunto, quizá pueda fijarme en una más pequeña. Cuánto fue cosa de Ruth. Cuánto fue cosa de Hank. Cuánto fue cosa mía.

Mayormente opino que fue culpa de Ruth. Pero, claro, ¿qué iba a pensar si no? Al final se quedó con Hank y yo lo perdí. Mi ego está herido y mi corazón roto y, por supuesto, culpo a la muy zorra. Tengo que superarlo. Paso la mayor parte de mis días echándole la culpa a Ruth.

Los años después de volver del hospital fueron los buenos. Estábamos solos Ruth y yo. En nuestro mundo. Curioso, jodido, yo medio sordo y negando la realidad, los dos incómodos. Llenos de amor, tan llenos de miedo. Dios mío, menuda historia de amor tan rara. La promesa de Ruth: su único propósito en la vida sería mantenerme con vida, hacerme feliz. Dio igual lo mucho que lo deseara, lo mío con Ruth no funcionó. El modo en que Ruth me quería era el mismo en que yo quería a Hank. Los dos creíamos que con un gran amor bastaría.

Destino, sino, puta suerte, lo que sea, es la Nochebuena de 1999 y Hank viene de visita a Portland. Hace casi doce años que no nos vemos. Al día siguiente, Navidad, Hank Christian está llorando en mi cocina. Está ciego de un ojo y los médicos dicen que el cáncer está remitiendo. Lo que queda de mí después del sida. Tengo cincuenta y un años. Hank tiene cuarenta y uno. Dos hombres en declive que miran desafiantes a la muerte, aferrándose el uno al otro para vivir.

Al día siguiente, le presento a Ruth. Hank Christian. Hank Christian, heterosexual. Debería haberlo sabido. A Hank siempre le han gustado las pelirrojas.

Y Ruth, la mujer despechada porque no la quería como ella a mí. El infierno no conoce furia… todos conocemos la frase. Pero como decía Judith, mi terapeuta, ¿acaso mi despecho no escondía la misma furia infernal? Quizá la frase es «El infierno no conoce furia como la de un marica despechado». Y como decía Hank, el verdadero problema era que Ruth y yo nos parecíamos demasiado. En cualquier caso, cuando Hank entró en escena, Ruth Dearden, la corpulenta introvertida de treinta y siete años, luego la flor que cada año se volvía más profunda y fuerte y delgada y más y más guapa, para cuando cumplió cuarenta años, una vez que se encontró en el rayo de sol entre Hank y yo, se lo curró. Nos tenía a los dos pillados por los huevos. El problema era que solamente yo me daba cuenta. Para entonces Hank estaba enamorado y el amor es ciego, pero la gente no. Yo estaba otra vez en las mismas. Igualito que con mi hermana mayor, Margaret. Si hubiera dicho algo, habría parecido que hablaban los celos. Y ¡eh! Doy fe. Estaba la hostia de celoso.

Por otro lado pienso que la culpa fue sobre todo de Hank. Los capricornio siempre manipulan todo como mejor les conviene. Lo creo de Hank, a pesar de que no creo en la astrología. Sobre todo lo creo de entonces, al final. Me dirás: ¿acaso no manipulamos todos a nuestra conveniencia? La respuesta es no. La gente como Ruth y como yo aprendemos muy tarde en la vida a anteponer el interés propio. Hank nunca tuvo ese problema, créeme. Hank era el hombre, el Maroni, y con el cargo venía implícito ese rollo suyo de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus… por favor. Y puesto que Hank nos veía tan parecidos a Ruth y a mí, ello se traducía en que las mujeres y los gays eran de Venus. En serio, los tíos heteros pueden ser la hostia de obstinados, muy de Marte, en especial Hank.

Y otra cosa más sobre Hank. Yo había aprendido hacía tiempo con Olga a no interponerme entre Hank y sus mujeres. Bueno, pues me metí de pleno. Sin embargo, en uno u otro momento, cada uno de nosotros se interpuso. Quizá ese sea el problema de ser tres.

Aunque en realidad fue culpa mía. Todo. Al fin y al cabo, soy el ex católico y quien los presentó. Hank todavía intentaba recuperarse de una pelea con su novia, que era idiota. A Ruth estaba a punto de acabársele la pensión alimenticia y le esperaba un trabajo en Walgreens. Necesitaba ayuda. Pero para entonces yo la odiaba. No por Hank, que en realidad todavía no había entrado en escena. No, odiaba a Ruth porque no lo pillaba, como yo lo pillaba con Hank; Ruth no pillaba que la quería, pero no quería follar con ella.

Si tuviera que volver a repetirlo todo, no lo haría. Demasiado dolor. Sin embargo, tanto dolor curte. Ojalá pudiera haber sido uno de esos hombres magnánimos que narran mis novelas en lugar del bobo celoso y desconfiado que era entonces.

La regla del tres. Culpa de Ruth. Culpa de Hank. Culpa mía. Destino, suerte, fama. Todo lo que no se dijo.

Cuando la polvareda pasó y los recién casados abandonaron la ciudad de vuelta a Florida, me dejaron aquí, bajo la lluvia de Portlandia, comiéndome la olla.

No obstante, ni siquiera ahora lamento la carta que escribí a mi querido Hank. Solo que tal vez debería haberle aconsejado sobre su pelo. Hacerlo reír una última vez. Pero con consejo o sin él, «Tengo que irme, tío» era la única manera.

En la clase de Jeske ocurrió otra cosa importante. Cómo conseguí entrar. Después del artículo que publicaron sobre él en Vanity Fair, Jeske se hizo famoso. Todo el mundo quería un poquito de él. Se matricularon más de cien alumnos en su clase. Cabían cuarenta. Así que Jeske nos reúne a los cien en un aula grande y anuncia que tendremos que ir levantándonos uno a uno a contar lo que más nos asuste de nosotros mismos. Como si no asustara bastante la idea de que no nos acepte.

En un minuto neoyorquino y con la sala en silencio, que, igual que el resto de los presentes, había dejado de respirar. No vamos por filas. No vamos por orden alfabético. Jeske no nos nombra. Simplemente espera a que alguien se levante. Pasan cinco minutos en el reloj blanco y negro antes de que alguien se levante. Luego dos personas se levantan a la vez. Joder, qué tensión. Un tío, Randy Goldblatt, con sobrepeso, dice no sé qué y Jeske no le permite volver a sentarse hasta que admite que está gordo. Randy viste camiseta de rayas horizontales rojas, blancas y azules. Se estira de la camiseta para taparse la barriga peluda. Lleva gafas de cristales gruesos y está llorando. Yo me muerdo la uña del pulgar y me hago sangre y se me mancha la camisa. Soy un manojo de nervios.

Ese día Maroni está en clase, pero Maroni no tiene que levantarse.

David, Gary y Lester se levantan.

Jeske los destroza.

Soy de los últimos.

Me levanto y no tengo ni idea de qué me mantiene en pie. Intento taparme la mancha de sangre de la camisa. Estoy en la segunda fila y la mayoría de la clase se sienta a mi espalda. Comienzo a hablar y Jeske me interrumpe. Me dice que no me oye. Me dice que deje de musitar. Que hable alto.

Lo que me da más miedo. Ese día no tengo ni idea de qué es. De modo que me invento una chorrada sobre no poder distinguir los sueños de la realidad.

—Para que te encierren —dice Jeske—. Sigue.

A continuación digo más chorradas y Jeske lo sabe y me manda sentarme de una puta vez. Estoy seguro de que la he cagado, pero al día siguiente, no sé cómo, estoy en la lista de admitidos.

Lo que me gustaría hacer ahora es aprovechar la ocasión. Para decir lo que ni siquiera pude pensar en clase de Jeske aquella tarde de miércoles de 1985. Lo que más me asustaba. Si lo hubiera dicho en voz alta.

Era impotente.

En aquel momento de mi vida, con treinta y siete años: heterosexual, bisexual, homosexual, activo o pasivo, tríos, orgías con hombres y mujeres, con una fusta en la mano o encadenado a un radiador, comoquiera que dos o más personas puedan relacionarse sexualmente. Borracho o drogado o colocado de lo que fuera. Joder, incluso estando solo y sobrio.

No se me levantaba.

Kaput. Nada. Rien. Kabisa. Zip.

Puta polla morcillona.

Disfunción eréctil, tío.

Qué vergüenza.

La invitación de Ursula Crohn llegó por escrito. Ursula y otros alumnos de Jeske se reunirían el viernes por la noche para leerse los trabajos. Recuerdo sostener la invitación bajo el brillo del fluorescente del pasillo del número 211 de la calle Cinco Este. La puerta de acero gris de mi piso, 1A, justo al otro lado del buzón de aluminio abierto. La letra de Ursula inclinada a la izquierda en azul sobre el papel amarillo con el sobre a juego y un sello de Martin Luther King. Siempre me ha admirado la gente que tiene a mano papel y sobres y sellos raros y una pluma y las direcciones para poder garabatear notas personales en un tris. Yo tardo una hora en encontrar las gafas. No digamos un sello. Coordinar todo eso y encima que haga juego, como si la carta fuera una obra de arte, de verdad que me maravilla.

La razón por la que recuerdo la carta, sin embargo, no es su protocolaria laboriosidad, sino otra: no estaba acostumbrado a que me invitaran a fiestas. Tenía diez o quince años más que el resto de los estudiantes de Columbia. Además, aparte de viejo, era un bicho raro. Siempre lo he sido. En el lavabo de mi madre, encima del inodoro, hay una mamá pato de cerámica azul y blanca con tres patitos azules y blancos nadando detrás. Todos nadan con el pico hacia arriba y en línea recta con su madre… menos uno, el patito feo, un patito negro con el pico hacia abajo.

Además, a diferencia de mis compañeros, yo tenía trabajo. De hecho, tenía dos trabajos. Camarero en el Café Un Deux Trois cuatro noches a la semana. Y encima, mi supertrabajo. Empecé con un edificio; luego, después de licenciarme en Columbia, fueron cuatro. Así que no hacía mucha vida social. Sobre todo en círculos literarios. En especial después de dejar la restauración y dedicarme solo al superempleo. Pongamos que de conserje. Aunque, más que nada, lo que me impresionó de la carta de Ursula Crohn fue que me invitó Ursula Crohn. Era otra de las favoritas de Jeske.

Primero tuve que beber mucho, Baileys y brandy barato. Me fumé un canuto. Luego me calcé un sombrero de vaquero a lo Bonanza y unos zapatos negros de plataforma, pintarrajeados con purpurina verde, de finales de los setenta: prendas de vestir que solo me pondría para una fiesta de disfraces. Pero por la razón que fuera esa noche me las puse. Mi cazadora negra de camionero musculoso.

Ursula vivía en Maiden Lane o una de esas callejuelas difíciles de encontrar del distrito financiero. Eché a andar desde la calle Cinco Este, ya tarde. Llevaba la botella conmigo. Taconeando por aquellos callejones estrechos donde el viento se colaba entre los monolitos de dinero. Llovía. Me acuerdo porque no llevaba paraguas, pero tenía el sombrero. Me dolían los pies. Cuando por fin di con la dirección me lié con el interfono tratando de llamar al timbre correcto y gritándole a una pared en un portal de ladrillo a oscuras. Luego el magnífico ascensor, un montacargas abierto por los cuatro costados, con solo esos tablones entrecruzados entre el hueco del ascensor y tú, los números rojos de la planta sucediéndose despacio en la pared del fondo. En el piso mil o algo así, Ursula abrió la verja de un loft industrial como los de las películas de Hollywood, donde viven artistas famélicos con vistas de ciento ochenta grados de la ciudad y que ocupan media planta.

Ojalá pudieran verme mis amigos.

Amigos: Ephraim, mi hermano nativo americano de Fort Hall. Reuben Flores, Sal Nash, Gary Whitcombe y Tim Tyler, mis colegas de Boise, Idaho. Aparte de ellos, no sé a quién más podía considerar amigo. Wilbur Tucker, el propietario del Blind Lemon de Pocatello, quizá mi ex mujer Evelyn, o Bette. A él todavía no lo conocía, si no habría sabido de inmediato quiénes eran mis amigos: Hank.

Pero en serio, entrar en casa de Ursula fue como sentarse en la consulta de un dentista en Bumfuck, Idaho, y abrir un New Yorker y ver tu nombre en la lista de «Ficción». Además, cada vez que entro en una sala llena de gente, tengo siempre la impresión de que todos, colectivamente, saben algo importante sobre mí, algo malo acerca de lo cual estaban debatiendo.

Debía de aparentar tres metros de alto entre los zapatos y el sombrero. Además, probablemente llegaba hora y media tarde. Chorreando. Y detesto a la gente que llega tarde y hace una entrada espectacular.

Ursula Crohn es una mujer demasiado lista con un sentido del humor perverso. Judía. Al tercer strike te echa. Es menuda, morena y guapa. Se tiñe el pelo de negro y se lo alisa con una plancha. Me lo había contado ella y, solo por cómo me lo contó, me morí de la risa. Además, era una de las chicas de Jeske. En serio, hay que andarse con ojo con una mujer así. En especial si le pareces exótico.

Maroni está leyendo. Y yo he montado un follón y he interrumpido. Ursula se lleva el dedo a los labios, me enseña el montón de zapatos y abrigos y me indica con las uñas pintadas de rojo brillante que me sume al corro y me siente. Me quito la chupa y las plataformas, me saco las páginas del bolsillo de la cazadora y las guardo dobladas en el bolsillo trasero de los Levi’s. Me dejo puesto el sombrero.

Hay un puñado de personas reunidas en la sala, entre doce y quince. La mayoría de la clase de Jeske. Está Randy Goldblatt, y David, Gary y Lester también. En medio de la sala hay una chimenea y delante de la chimenea una alfombra persa y, sobre la alfombra persa, un taburete. Maroni está sentado en el taburete. Los demás están sentados y repantigados alrededor en cojines de colores y otomanas. En una especie de mesilla de café alargada hay un festín de brécol, zanahorias, apio, coliflor y aguacate y patatas fritas Lay’s. Jarras de vino tinto. Jarras de vino blanco. Jarras de clarete. Pastas Entenmann’s. Pizza de pepperoni. De la fina. Pizza italiana auténtica. Mi pizza favorita. No ese pegote de pizza americana con varias capas de queso pegajoso.

Me siento de piernas cruzadas lo más silenciosamente que puedo, pero cuando el culo toca el suelo, las páginas del bolsillo trasero crujen. Así que tengo que sacármelas del bolsillo. Entonces crujen entre las manos. Puto papel, tío, ya ves qué jaleo. Quiero desplegar las páginas para ver qué he traído, pero ya estoy harto de papeles que crujen. Además, de inmediato me pongo a escuchar con atención a Hank porque lo que sepa Hank yo también quiero saberlo. Su historia es un cuento acerca de un hombre que trabaja en una feria ambulante. Entonces me fijo en algo que no había notado. Tengo un agujero enorme en el calcetín derecho por donde me asoma el pulgar. Con purpurina verde. Aparte del olor a calcetín mojado y sudor de los zapatos de plataforma. Estoy seguro de que no huele ni la mitad de mal de lo que imagino. Pero aun así, no escucho el resto del relato de Hank porque solo puedo pensar en el hedor que emana de mis pies.

Es curioso, ahora que lo pienso, en Portlandia aquel primer día, cuando le presenté a Ruth, llevé a Hank a casa de ella y caminamos juntos hasta la puerta delantera y la puerta estaba abierta y llamé a Ruth, pero no contestó. De modo que Hank y yo dimos la vuelta a la casa y Hank pisó una mierda de perro. Así que cuando Hank conoció a Ruth estaban limpiándose caca de perro de los zapatos. Me costó años comprender que algo así pudiera ocurrirle al Maroni, Hank Christian. Que él también pudiera ser un patán. Un Hermano del Alma de Vergonzosos Aprietos. Pensándolo bien, Ruth Dearden también era bastante vergonzosa.

De vuelta en el loft de artista de Ursula Crohn, veintitrés años atrás, estoy ocupado tratando de devolver el pulgar verde brillante al calcetín apestoso cuando alguien empieza a aplaudir. Los dulces labios de Hank sonríen con esa maldita sonrisa suya. Hace una sutil reverencia. Hay algo en Hank; pese a todo el jaleo que armen por él, Hank siempre parece humilde.

Es entonces cuando Ursula Crohn, Maestra de Ceremonias, se levanta y dice: «¿Por qué no escuchamos a Ben Grunewald?».

Aplausos. Miro a mi alrededor. Randy me dedica una gran sonrisa. Alza los puños y gruñe con cariño. David, Gary y Lester dicen ¡sí!

Mierda. Ni siquiera he comprobado lo que he cogido para leer, ni si tengo todas las páginas. Aposento el culo en el taburete de la alfombra persa frente a la chimenea con todos esos jóvenes Jeske del New Yorker mirándome. Cuando bajo la vista veo el pulgar asomando del calcetín maloliente. La purpurina verde. En serio, el miedo me obstruye literalmente la garganta y no puedo pensar. Gracias a Dios tengo un texto delante. Sin el texto estaría perdido.

Mi voz: Niño Católico disculpándose. Temblorosa y demás. Leo mi cuento sobre un club de pajilleros y el tío de los calzoncillos ridículos y la picha pequeña. Cuando termino, sigue una larga pausa y de nuevo el silencio. Una mierda pinchada en un palo. Randy, David, Gary y Lester dan un par de palmadas y se detienen.

Ursula Crohn se levanta y nos habla del aguacate para mojar y nos invita a compartir el picoteo. Randy es el primero en acercarse a la mesa con un plato.

Y yo allí sentado. En aquel taburete sobre la alfombra persa frente a la chimenea en la planta mil. Todos los demás están en la mesa sirviéndose copas de vino y cogiendo porciones de pizza. Hank viene directo a mí. Grande y bello. Sacando el pecho de aquella manera suya. El cuerpo de Maroni: cuando su cuerpo se acerca al mío, se acerca demasiado. Propincuidad.

—¿Ves lo que has hecho? —dice Hank.

Loción para el afeitado mentolada. Sus ojos que deberían ser azules pero no lo son, son negros. Su nariz recta, romana. Bigote. Esos dulces labios que algún día besaré.

—¿Qué?

—Hemos tenido que hacer una pausa. Después de lo que has leído no podíamos respirar, mucho menos hablar.

2

PRIMERA CITA

En algún momento de la semana siguiente a la fiesta de Ursula Crohn, Hank me llamó. Al principio, no podía creerme que fuera el Maroni. No había escrito nada, así que no sabía qué decirle. Sin texto estoy perdido. Además, el teléfono me asusta. En un momento dado, respiré hondo y me imaginé de vuelta en el taburete de la planta mil sobre la alfombra persa frente a la chimenea del loft de artista de Ursula y miré directamente a los ojos negros de Hank mientras me hablaba. Lo que me dijo aquella noche me impactó. El hecho de que la gente se quedara sin habla o incluso sin respiración cuando terminé la lectura resultaba ridículo, y busqué en los ojos de Hank indicios de que estuviera tomándome el pelo. Pero no los encontré.

Normalmente tenemos que disimular un poco cuando nos arriesgamos a decirle alguna verdad a alguien a quien no conocemos. De modo que busqué en Hank indicios de que se mostrara distante, de ironía, del lugar interior donde se escondería para poder decir algo tan crudo y aun así seguir protegido. Propincuidad. Pero no solo su cuerpo estaba demasiado cerca, el espíritu que le había empujado a decir aquello estaba todavía más cerca. Fue una sensación que nunca había sentido. Los ojos negros de Hank, su forma de mirarme. Lo observado que me sentí. De pronto era un niño y Hank un anciano con cataratas y casi ciego, por lo que no era consciente de estar mirando, o yo era un niño y Hank también, y puesto que ambos éramos niños podíamos mirar sin más. Sentirnos importantes. Como Buda o Jesús o Rumi quizá se sintieran.

Menos de una semana después, estábamos al teléfono y éramos solo dos tipos que se sentían incómodos, que no se conocían e intentaban mantener una conversación. De modo que le propuse que se pasara por mi piso el viernes.

Silencio al otro lado. Luego:

—Tendré que hablar con Mythryxis —dijo Hank.

—Ma… ¿qué?

—My… thry… xis.

—¿Quién es?

—Una compañera de viaje.

Mythryxis, la novia de Hank. Nunca descubrí su verdadero nombre. Y nunca la conocí. Lo único que sabía de ella era que vivía en Nueva Jersey y era enfermera. Desde que conocía a Hank siempre había tenido novia y siempre solo una, es decir, hasta que encontraba a otra. Pero por la razón que fuera me daba la impresión de que Mythryxis era la novia, quizá su primer amor de la universidad, y que esperaba que Hank se casara con ella.

Mythryxis duró más o menos esos seis primeros meses de conocer a Hank. Yo siempre intentaba que me hablara de ella, pero ya se sabe cómo es Hank. Nunca enseña sus cartas. Cuando hablaba de ella, Mythryxis parecía una alumna suya: no de escritura, sino una chica herida que Hank había acogido bajo su ala y a quien cuidaba. Entonces una noche, cuando le pregunté, Hank se levantó y dijo que Mythryxis había pasado página. Como si se hubiera graduado. Como si ahora fuera médica en lugar de enfermera. Cuando lo dijo, me giré para mirar a Hank, a sus ojos negros. Tras seis meses pensaba que nos conocíamos bastante, así que cuando dijo aquello puse especial atención en mirarlo porque justo entonces comprendí que no sabía nada de él y Mythryxis. Estábamos sentados en las escaleras de entrada al 211 de la Cinco Este. Hacía una noche bochornosa y se olían los meados de debajo de las escaleras. McSorley’s quedaba a solo un par de manzanas y con lo que bebían esos no podían llegar demasiado lejos. El aire era tan denso a la luz del vapor de mercurio que casi podías apoyar en él la lata de cerveza. Hank y yo estábamos bebiéndonos un par de Rolling Rocks dentro de bolsas de papel. Tenía el radiocasete en la ventana y escuchábamos canciones de los ochenta que todavía me encogen el corazón. «Sussudio», «Rapture» de Blondie. «Every time you go away, you take a piece of me with you.» Hank está sentado un escalón por encima de mí. Vamos en camiseta holgada y pantalón corto, con sandalias. Me pica todo el cuerpo como una entrepierna escocida. De vez en cuando, la rodilla desnuda de Hank me roza el brazo desnudo y se pega. Voy por la tercera o la cuarta cerveza y Hank aún marea la segunda. Hank no solía pasar del par de cervezas. Tampoco fumaba marijuana. Él la llamaba así, «marijuana».

En las escaleras, cuando Hank dijo aquello de Mythryxis, tuve que girarme y mirarle, y la luz del porche daba justo ahí, de modo que me protegí los ojos con la mano. Otra vez los ojos negros de Hank. Nunca dejó de sorprenderme cómo podíamos mirarnos. Sus ojos tenían una especie de neblina, como si el asunto de Mythryxis fuera mucho más duro de lo que había dejado entrever.

—¿Te entristece? —pregunté.

Hank hizo girar la bolsa marrón entre sus grandes manos. Miró aquella botella igual que mira en la fotografía de la contraportada de su libro.

—Todo es muy triste, Gruney —dijo Hank—. Si nos permitiéramos admitir lo triste que es, no nos quedaría nada.

Justo después de hablar, juro que sopló una ráfaga de viento. Como un tráiler por la autopista. Era un viento caliente, pero aun así era aire en movimiento, y nos echó para atrás los sudados peinados ochenteros y revolvió todos los desperdicios de la calle Cinco Este.

A veces pienso que Hank Christian, el Maroni, era mágico. O éramos mágicos. De verdad, lo quería muchísimo.

Aunque me gustaría resaltar un detalle. El Enigma de Hank Christian. Cuando le pregunté a Hank por Mythryxis, hizo lo que hacía siempre. Me contestó algo sucinto y cierto y de tal manera que lo dicho pareciera bonito, pero después, pensándolo bien, en realidad no me había contado nada concreto sobre él ni Mythryxis ni la situación en que se encontraba con ella.

Me lo tomo de dos modos. Ahora que soy viejo, estoy enfermo y Hank ha muerto, a veces me pregunto si de verdad conocía a Hank Christian. Antes de que muriese pasamos muchos años sin hablarnos. No hubo reconciliación en el lecho de muerte. Nada. Créeme, la mierda que tragamos con Ruth arrasó con todo.

El transcurso de los años también puede hacer otras cosas. Mierdas que antes ni siquiera sabía que existían, y mucho menos comprendía, ahora empiezan a cobrar sentido. Lo cual agradezco. Con todo, un cambio así no es fácil, en particular a los sesenta años.

Hemingway lo llamaba «el culo negro». Virginia Woolf se hospitalizaba al terminar cada libro. Salvo el último. Y el libro que yo estaba escribiendo sobre Nueva York y el sida estaba, a un nivel meramente físico, prolongando otra década el horror de los años ochenta. Con semejante depresión, una década basta.

El otro modo en que me tomo el Enigma de Hank Christian es: «A la mierda». Así que no lo entendí todo. El glorioso misterio del hombre que me tocó allí donde nadie me había tocado antes. Quiero pelarme el culo danzando desnudo al ritmo de tambores paganos alrededor de una hoguera, agradecerle a gritos al universo la bendición del agujero que sus ojos negros abrieron en mí. Y qué si no soltó todas las prendas. Y qué si fue un cabrón persistente y obstinado. Nunca volveré a ser el mismo después de Hank Christian y doy gracias a Dios por ello.

Aquel primer viernes por la noche que Hank vino a casa pareció una cita a ciegas. Hank y yo estábamos acojonados. Ninguno de los dos sabía qué coño íbamos a decirnos. Yo estaba acojonado por lo que sabía. Hank por lo que no sabía.

Mi percepción de Hank: algo tan abrumador, supuse, solo podía ser sexual. No me entiendas mal, era bueno, buenísimo, de hecho, era un sueño hecho realidad. Pero el sueño hecho realidad, la perfección misma de Hank Christian y su cuerpo moreno italiano y sus ojos negros, su estatus de Maroni con Jeske, sus bellas frases y el modo en que las pronunciaba; en vez de un sueño hecho realidad, la perspectiva de sentarme cara a cara con Hank Christian en mi apartamento diminuto con la cama allí al lado… no podía ni imaginarlo. En cuanto colgué el teléfono después de invitarlo, no me lo creía, joder. Y comenzó la pesadilla. Mi cuerpo se metamorfoseó en un adolescente de Idaho, flacucho, acneico, torpe y tímido. Un puto fraude flácido.

Mi polla estropeada. Una historia larga y triste. Comenzó al nacer y nunca mejoró. Creí que después de dejar a mi mujer la cosa cambiaría. Y durante un tiempo con Bette cambió. Cuando empecé a pasearme por la otra acera, pensé que el problema se solventaría. Había puesto grandes esperanzas en mi erección. Pero la Hermandad de Hombres Homosexuales que había anhelado encontrar resultó ser yo solo plantado en bares con música disco a todo volumen. Bares con nombres amistosos como Hell Fire, Rawhide o The Anvil. Todos eran iguales. Oscuros con iluminación teatral y sombras. Todos los hombres vestían igual. Como si fuéramos heterosexuales de una cuadrilla de la construcción tomándose unas cervezas después del trabajo. O mineros. O vaqueros. Nadie hablaba porque la música estaba demasiado alta y si hablásemos dejaríamos de ser las poderosas máquinas sexuales que fingíamos ser.

También estaba el Monster. Un piano bar. Los hombres allí no parecían todos G.I. Joes. En la barra, muy concurrida, se podía hablar. Pero no tardé en deducir que hablaba la cocaína. En serio, en aquel sitio mantuve algunas de las conversaciones más raras que puedas imaginar. Aquellos tíos no decían nada con sentido. Por ejemplo, una noche, el tipo aquel. Era negro, guapo. Me presenté y acto seguido se puso a hablarme de la noche y las estrellas, y después, no sé cómo, de la marca del váter del lavabo de hombres, Porcelana, y de los trucos que hacía Burt Reynolds en las fiestas, y de que cuanta más fruta comes más ácido te sabe el semen… de todo eso a la vez, en una frase de un tirón y sin respirar. Hostia puta.

El código secreto. Creo que ser gay en realidad significa entender el código secreto. Yo nunca lo he entendido. Por ejemplo, me acerco a un tío en un bar que se ha acicalado para tener aspecto de haberse pasado el día clavando las estacas de una valla. Digo «Hola, qué tal» y que me llamo Ben. Las más de las veces el tío no me habla, se limita a mirarme de arriba abajo, a examinarme, lo que es importante, lo que está mal, y luego se larga.

Ahora bien, si conoces el código secreto, sabes si seguir al tipo o no. A veces, cuando lo sigues, está esperándote en el baño con la polla fuera. Y de ninguna de las maneras voy a arrodillarme entre los meados para meterme en la boca una polla que no conozco de nada.

Otras veces, cuando sigues al tío, se supone que no debes seguirle porque acaba de mandarte a la mierda en código secreto. Pero en ocasiones, cuando sigues al tío que acaba de comunicarte por arte de magia que te vayas a la mierda, resulta que haces lo correcto. Y supongo que es así porque significa que quieres que te envíen a la mierda, y si el tío es de hecho un tío al que le pone enviar a los tíos a la mierda, pues entonces has dado el paso correcto. En caso contrario, te mira como si te fuera a matar.

Y eso solo si tienes cojones de entrarle a alguien y ponerte a hablar. Yo sobre todo me quedo de pie y espero a que alguien me hable. Ja. Buena suerte.

Luego está el asunto de activo y pasivo. Lo saben sin más. Así que muchas veces, en el lavabo, no está esperándote una polla colgando, sino un tío doblado abriéndose el culo con las manos. A ver, que me encantan los culos de los hombres. He perseguido culos masculinos por todo Manhattan. Pero con esa raja púrpura y peluda expuesta bajo una iluminación tan mala, por mucho que lo intente, la polla no me funciona.

Y, por supuesto, en esos bares amistosos parece que todos tienen la polla del tamaño de Godzilla. En serio, ¿qué haces con algo tan enorme? No te cabe en la boca y, desde luego, tampoco por el culo. Así que supongo que el chiste aquel era verdad: solo te queda abrazarla y llorar.

Hank tenía sus propios problemas. Lo bonito de una amistad como la mía con Hank es que esas mierdas ocurren y meses, años después, te partes el culo de la risa.

Hank estaba asustado porque no sabía qué coño pasaba. Sabía que yo era gay e imaginaba que, puesto que yo era gay y él de pronto no paraba de pensar en mí, él también debía de serlo. Y eso lo desconcertaba. Los gays llevaban pantalones ajustados marcando paquete, lucían anillos en el meñique, tenían unos pañuelos de colores especiales que se ponían en los bolsillos traseros de los Levi’s y exhibían un deseo insaciable de chuparte la polla. Personalmente, Hank nunca había experimentado ni remotamente ninguno de tales rasgos. Una vez lo había probado y ni siquiera había podido meterse un dedo por el culo, de modo que ¿a qué respondía ese deseo de estar con Grunewald? Quizá así se empezaba a ser gay. Un día te da por pensar en un tío y al día siguiente estás de rodillas en una sauna XXX con un pañuelo rojo asomando del bolsillo trasero izquierdo de unos Levi’s 501 ajustados. ¿O era del bolsillo derecho? Mierda.

La ciudad un viernes por la noche en verano es alucinante. A finales de junio de 1985, justo antes de la puesta de sol, Hank Christian llama al timbre del apartamento 1A del número 211 de la calle Cinco Este con el pulgar.

Cuando oigo el timbre, me echo a temblar. Me tiembla todo el cuerpo: las manos, los dedos, el aliento en el pecho. Respiro hondo, me miro en el espejo, viejo y desconchado. «Hank Christian está llamando al timbre.» Descorro los pestillos de la puerta de casa, la abro, en dos zancadas me planto en el portal, apoyo la mano en el pomo que siempre huele al almizcle en que se bañan las lesbianas de arriba y abro la puerta. El sol lleva todo el día recalentando los escalones de hierro colado. No hay sombras, solo el sol golpeando las escaleras, el hueco del umbral. La luz y el calor embisten. El olor de la calle: tubos de escape, pis debajo de las escaleras, basura. Parpadeo varias veces y levanto la mano para protegerme del sol. Hank es un vago objeto oscuro en una cuba de luz caliente. Voy a hablar, pero de repente la mano de Hank asoma entre las sombras de la portería, justo a mi lado. Es la mano de un Caravaggio y parece salida de otra dimensión. Miro la mano, la miro y la vuelvo a mirar, luego la agarro, agarro la mano de Hank y estiro como si estuviera cociéndose en un caldero ahí fuera. Tanto Hank como yo nos reímos un poco por cómo he tirado de él. Cuando nos miramos a los ojos, rápidamente le suelto la mano y la mía cae pegada a la pierna, temblorosa.

Hank y yo cruzamos dándonos la espalda la puerta principal a medio cerrarse y luego la puerta del apartamento 1A, después cerramos y pasamos los pestillos, todo sin tocarnos.

El apartamento es un estudio y junto a la puerta, una vez cerrada, está uno de los dos espacios del piso donde caben dos personas de pie. En realidad es demasiado pequeño para dos hombres. Propincuidad.

Los ojos negros de Hank inspeccionan mi hogar, mi guarida, donde escribo sobre asesinatos y malos tratos. Ojos de escritor, los de Hank: tienen que ver, tienen que mirar, tienen que saber hasta el último detalle, pero con cuidado de que no los pillen mirando.

Lo que veo que Hank ve: el ventilador de la ventana, las oscuras persianas color herrumbre cerradas, el gran escritorio de metal rojo. Ningún ordenador, todavía no. Una enorme máquina de escribir con sistema de borrado. La lámpara y la pantalla torcida garabateada de rojo, amarillo y azul. La pared de ladrillo visto. Pilas de papeles y libros y libros y más libros. La minúscula cocina blanca, cuatro quemadores y un horno. Dos armarios metálicos blancos encima del fregadero de acero inoxidable. Una tabla de cortar sobre una nevera que me llega a la cadera. Al fondo del piso, la oscuridad, una escalera, la cama en el altillo.

Todo el tiempo, mientras Hank y yo hablamos, nuestros brazos y manos suben y bajan por nuestros propios cuerpos: manos en las caderas, dedos en las axilas, una mano en una cadera, una mano que chasquea el nudillo de la otra, las dos manos colgando a los lados, un gesto rápido para tapar la bragueta, luego manos que giran, putas manos, tío, dos hombres de pie frente a frente, demasiado cerca, aleteando y aleteando, putos brazos, doblándose y desdoblándose sobre las pollas, sobre los vientres, sobre los corazones.

En el espejo que hay apoyado en la pared de ladrillo, cuya película plateada comienza a pelarse, Hank Christian y Ben Grunewald de pie, un sueño de ambos, sus reflejos, igual que esta historia es un sueño, solo que diferente.

Al final mis brazos paran quietos y se cruzan justo encima de mis pezones, la mano derecha hacia arriba, abierta, mesando la barba incipiente del mentón. La nariz intenta olfatear el pollo con arroz y ajo que cociné anoche. El olor a menta de Hank. Quizá venga de su champú. Meto barriga. Hank saca y levanta el pecho, baja los brazos, los hombros, como hace siempre.

En nuestros labios, sonrisas, por supuesto, en los de ambos. Nuestros labios, lo que dicen. Lo que no dicen. Cómo suben y salen las voces de dentro.

—Hank —digo—. ¿Cómo te va, tío?

—Perdona el retraso —dice Hank—. La 1 iba lenta.

—Yo siempre cojo la R. Qué calor, ¿eh?

—¡Joder, sí!

—Aquí hace demasiado calor. ¿Qué te parece si nos tomamos una birra en algún lugar con aire acondicionado? Hay un sitio en la Segunda Avenida, se llama Le Culot.

—Si es francés será caro. Voy justo.

—Conozco al camarero. La primera ronda es gratis.

Puedes deducir mucho de un hombre por el modo en que camina contigo por la calle. La mayoría de los hombres nunca tienen que pensar en estas gilipolleces, en cómo andan, pero yo, con el padre que tuve, tenía que calcular lo cerca o lejos que estaba el otro de mí. La mano derecha de mi padre podía surgir de la nada y atizarme. Hacerme sangrar una oreja. O la nariz. Ahora soy adulto, desde hace ya varias décadas, y comprendo que un hombre adulto debería superar ese tipo de miedos. Llámalo como quieras. Paranoia. Estrés postraumático. Hipervigilancia. Mariconadas: a mí siempre me rodea un círculo de la longitud de mi brazo y, si alguien penetra en dicho círculo, se encienden los reflectores y saltan las sirenas.

Propincuidad.

Cualquiera diría que la norma de la longitud del brazo me impediría moverme por Nueva York. La verdad es que ni lo pensaba. No me lo permitía. Lo que quiero decir es que no podía parar de pensar en ello.

Hago una cosa: tengo a Big Ben y a Little Ben. Big Ben es la Voz Grande, la autoridad. Él toma las decisiones. No se rompen los dictados de Big Ben. Él es el hombre y se acata lo que dice.

Big Ben decidió dejar a mi mujer. Big Ben decidió dejar Idaho. Big Ben decidió que se acostaría con hombres. El problema con Big Ben es que nunca se queda mucho tiempo. Simplemente aparece, anuncia cómo van a ser las cosas y luego se va.

Little Ben es quien tiene que llevar a la práctica las instrucciones. Es el tío que tiene que hacer las cosas. Little Ben es con quien tengo que conformarme.

Little Ben tuvo que sentarse con mi mujer en nuestra preciosa casa de tres dormitorios de Boise, Idaho, y decirle que no quería seguir viviendo con ella. Little Ben tuvo que cargar los bártulos en la vieja furgoneta Datsun y cruzar Estados Unidos solo.

Little Ben tuvo que solucionar la cuestión de cómo tocar a otro hombre cuando ni siquiera permito que otro ser humano se me acerque a menos de un brazo de distancia.

Little Ben tuvo que idear cómo vivir en una ciudad que es un asalto continuo a mi propincuidad.

Cómo convergieron por primera vez los tres, Big Ben, Little Ben y la norma del brazo de distancia de este último: los tres coincidieron aquella primera mañana de septiembre cuando tuve que coger el metro para ir a la Universidad de Columbia. Sobrio.

Era última hora de la mañana y yo el único en todo el andén. El Número Uno era un monstruo inmenso que salía gritando de la oscuridad. Se paró. Las puertas se abrieron y se apearon un par de pasajeros. Dentro, quedaba el espacio justo para que un ser humano normal sin problemas de propincuidad cupiera de pie. Iba a subir, pero no pude moverme. Una latina bajita con bufanda roja me miró. Por el modo en que me miró, lo sabía. El metro hizo ese ruido de metro expulsando aire, sonó el timbre bitonal y las puertas comenzaron a cerrarse. Puto Big Ben.

Little Ben saltó. El vagón arrancó de golpe y la norma del brazo de distancia se infringió desde todos los lados. Cuatro o cinco personas se aplastaron contra mí. El brazo desnudo de un negro alto —los ojos me quedaban a escasos centímetros de su vacuna de la viruela— me presionó el pecho, alguien me clavó un maletín en el culo, una colegiala china con auriculares se me arrimó tanto que oía su canción de Madonna y olí la colonia Polo de un trajeado blanco. Little Ben estaba a punto de desmayarse. Los pulmones bombeaban extra intentando encontrar aire. Un latido a destiempo. Apoyé los pies con firmeza, intenté no moverlos. Tenía la mano en la barra plateada y la así con fuerza.

En cada estación subía más gente, se bajaban algunos pasajeros, luego subían otros. Cuando llegamos a la calle Ciento dieciséis, seguía vivo.

Lo maldigo constantemente, pero sin Big Ben todavía estaría empacando paja para mi viejo.

Y, a propósito, sí. Little Ben es el de la picha floja.

Big Ben está harto de tanta tontería, de toda esa culpa ancestral y vergüenza sexual tan de Incordio de Familia Católica, tan de mi hermana y de mi madre. Little Ben está de acuerdo. Créeme que lo intenta.

De modo que voy caminando por la calle Cinco Este entre la Tercera y la Segunda Avenida una calurosa noche de verano de 1985 en dirección a Le Culot. Uno de los dos hombres que puedo afirmar haber amado de verdad en la vida, Hank Christian, camina a mi lado. Dejamos atrás la vieja estación Sinclair de la Cinco con Bowery. ...