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YOSOTROS (CABALLO DE TROYA 2015, 3)

Raúl Quinto

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Fragmento

1.

(alguien)

Alguien despierta en una cama cualquiera de una habitación cualquiera. Se despereza y su cuerpo rasga lentamente la membrana que separa la vigilia del sueño. Así, despacio. Aunque por un instante su conciencia flote en el umbral entre un mundo y otro, el viaje ha terminado. Sus ojos perciben una luz real dibujando una diminuta constelación de motas de polvo frente a la ventana. Decide incorporarse. Supongamos que va desnudo. Que avanza por un pasillo de baldosas blancas y frías. Que llega al baño y estira sus brazos sobre el lavabo. Y que mira el espejo. Despacio. Con precisión quirúrgica. Un cuerpo, un rostro, unos ojos abiertos. Imitando cada movimiento.

Quién te mira.

Qué es.

Abre la puerta del botiquín y extrae unas tijeras. Mira fríamente los ojos fríos que le miran, e introduce la punta de las tijeras en el espejo. Así, despacio. El metal contra el reflejo, cuya superficie se hunde como agua. Poco a poco va cortando los bordes de la figura. Un filo atravesando líquido amniótico. Podría ser eso. Otra clase de parto. La tijera corta el agua y arranca la figura reflejada como si fuera de papel pintado. En su lugar queda un vacío sin color ni forma, probablemente un túnel ciego a ninguna parte. Entonces deja las tijeras y mira de cerca la silueta. Cada poro igual que un mensaje indescifrable. La huele. La dobla y la mete en una pequeña caja.

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Supongamos que es en este momento cuando piensa en la palabra vértigo y en el significado exacto del frío. Que acerca su cabeza al espejo y nota la atracción del hueco. Que poco a poco su cuerpo va desapareciendo dentro. Y que lo último que dicen sus labios es: soy uno.

2.

(la paradoja de Banach-Tarski)

El Uno es Dios, frente al resto que es lo múltiple que emana del Uno. Eso ha sido así siempre. Y sin embargo el dogma cristiano también dice que Dios es uno y trino, y que lo múltiple se puede dar dentro de la unidad absoluta e indivisible. Que ambas cosas puedan ser ciertas genera dudas, desconcierto y desasosiego racional. Una paradoja irresoluble. Y sin embargo las matemáticas, que están por encima de las arbitrariedades religiosas y se presentan como el dogma de la exactitud, ofrecen su propia versión en forma de otra paradoja, la de Banach-Tarski, según la cual una esfera se puede dividir en un rompecabezas de ocho piezas, y esas mismas piezas combinadas de un modo preciso acaban produciendo inexorablemente dos esferas idénticas a la primera matriz. Podemos pensar que también esto es cuestión de fe, o hacer los cálculos necesarios.

Lo Uno Absoluto es divisible y múltiple en sí mismo.

Y si sucede esto con Dios y con la Esfera, que igualmente es Dios, qué no pensar de las formas secundarias, o qué acerca del ser humano. El hombre. Su continua indefinición entre sus propios límites y los límites del resto de los hombres. Entre el singular y el plural, o el estado intermedio. Acariciar los límites, o que se deshagan. Eso ha sido así siempre.

3.

 

(conceptos fundamentales de la Historia del Arte, 1915)

El profesor Heinrich Wölfflin quiso sistematizar la Historia de los estilos artísticos occidentales bajo la supuesta querencia de autores y obras hacia el polo clásico o el polo barroco. Lo lineal frente a lo pictórico. La dialéctica del límite frente a la fuga. Puede que fracasara, y que de paso acabase explicando el mundo. Por ejemplo. En el Renacimiento los pintores andaban seducidos por la idea de genio y el influjo humanista, en Flandes y el Norte de Italia comenzaba a balbucear el capitalismo, con su fe en las posibilidades individuales frente a las imposibilidades de cuna. Deciden cerrar sus figuras pintadas con la cápsula de la línea negra que los rodea, define, determina y aísla de lo demás. De igual modo los pintores barrocos eliminarán ese trazo, dejando la limitación de los cuerpos y las formas en meras transiciones de masas de color. Es la época de las monarquías absolutistas, centralistas y uniformadoras. Del espíritu de Trento y la quema de la diferencia en los autos de fe. Eso dicen Botticelli y Velázquez. Hablar de ti y de mí es hablar de una línea negra, hablar de nosotros es comenzar a borrarla.

4.

 

(matemáticas tristes)

Comenzar a comerte el corazón mientras duermes. Alimentarme de su arritmia y perderme en el mapa invisible de tu sangre. Eso piensa. Te vigilo. El movimiento suave de tu pecho al respirar es un salvoconducto a la calma. Una brújula en el desierto, donde todos los puntos cardinales son el norte, donde tú eres el norte, y la aguja gira trastornada sobre sí. En eso piensa. Masticar tus latidos y dejarse mecer por tu aliento. Así de cursi. Porque el amor es un embudo que comprime el universo y lo desliza hacia un solo punto. Y allí estoy, tan pequeña, tan infinita. Y me siento bien. Y me siento mejor. Piensa en algo que escuchó una vez: sé que te amaba porque a tu lado sentía que era perfecto. Tan pequeño, tan infinito. Más yo, un yo mejor.

Ella lo mira dormir, sin gestos ni palabras que distorsionen. Una pureza contenida. Te amo porque no he conocido a nadie como tú, porque no existe. Amo los límites que te contienen porque eso eres, y quisiera que ambos fuéramos uno para siempre, y no dos. Y son tristes las matemáticas. Las máscaras astilladas a los pies de la cama. Es triste la cifra y triste la soledad de estar juntos. Ella lame su pecho dormido, buscando un corazón para comer. Y piensa: es tu diferencia con el mundo y tu parecido al sueño lo que hace que yo esté viva, pero también lo que me angustia. Tomar conciencia de que es imposible salir de un cuerpo para habitar dos. Más allá de la poesía la naturaleza es estricta y no cede. Y esa nostalgia es el amor. Su trastorno. Lo que duele y lo que salva.

5.

 

(el uno mismo)

Lo que tenemos sobre la mesa de disección es una idea. Enfoca bien la luz. Se dibuja una línea morada discontinua sobre la piel de su frente y se procede a serrar. Asepsia y diligencia. Lo que nos vibra ahora entre las manos es el cerebro de una idea. Una metáfora cualquiera para intentar nombrar el núcleo de una estrella, o el eco de su luz bajo tierra. Los delantales de carniceros son blancos, la sangre que lo mancha es negra. Así es. Hay una tendencia innegable a la bipolaridad en todo lo que pretendemos conocer. No es que la haya en las cosas, sino que al someterlas al estudio para poder comprenderlas somos nosotros los que tendemos a buscarles su contrario. Aquello que no es y que, por tanto, lo determina por reflejo ciego. Algo similar al principio de incertidumbre de Heisenberg. Algo en blanco y negro y con subtítulos ilegibles. Entonces. Cuarteamos la idea con un hacha pequeña y nos cebamos hasta conseguir los pedazos más pequeños. Tan pequeños, tan infinitos. Y dentro de ellos, como en las galletas chinas de la fortuna, encontramos mensajes. Enfoca bien ahí la luz ahora. Palabras enigmáticas que no dicen nada y significan todo. Palabras escritas con caligrafía eléctrica. Tales como persona, yo, identidad. Palabras que son límites, trazos negros. Lo que separa el tú del él.

Ella.

Vosotros.

Ellos.

La sombra de nadie ocultando el Sol.

Así mejor, a oscuras. Nuestra idea es la idea de individuo en Occidente: sus connotaciones, sus derivas históricas, sus falacias y su porosidad. Lo hemos comentado ya: individuo es aquello que no se puede dividir, aquel que es uno mismo frente a lo otro distinto. Súmale persona, yo, identidad. Aparta las migajas de la galleta china y contempla una contradicción. Como todo lo relativo al ser humano. No importa. Acerca la luz de la antorcha. En la Edad Media las cosas eran más sencillas, la mayoría no sabía nada y los que lo sabían lo tenían todo más ordenado y claro, a pesar de las tonsuras y las plumas de oca con que escribían sus silogismos. O sea. Aquello que es idéntico a sí mismo y distinto de todo lo demás. Aquello que es además incomunicable e intransferible. Substancia, esencia. Y un bostezo tan redondo como el rosetón de la catedral de Chartres. De acuerdo, dejemos tranquilo a santo Tomás de Aquino. Aquí no hay sitio para tanta escolástica. Vuelve a encender los focos halógenos del quirófano. Tenemos claro que el individuo es uno. Que cada uno de nosotros lo somos. Del mismo modo que también existe el plural, y la masa, donde se pierde la persona, el yo, la identidad.

El nosotros como centro, indivisible.

Donde se deja de ser idéntico a sí mismo y se comienza a ser igual al otro, y se difumina la línea negra por algo parecido al amor. El hombre está sujeto a esa dialéctica histórica y psicológica. Es uno pero también es varios. Y ahí está bajo la lente del microscopio. Gira la ruedecilla y aumenta lo que ves. Un galimatías. Un bostezo del tamaño de una célula. Trataremos de darle forma.

6.

 

(el otro mismo)

Formáis parte de algo mucho mayor que la suma de vuestros tamaños. Algo tan inmenso que está dentro y está fuera de todo. Que os rodea y os llena. Cada uno de vuestros cuerpos por sí solo es insuficiente, como cada una de vuestras mentes. Como el apetito y sus ensoñaciones. Como el horizonte. No son nada más que variaciones de un cuerpo superior, de una mente universal y perfecta. Del deseo inconmensurable y su horizonte imantado. Mirad a los demás, inmersos en el mismo viaje que vosotros. Todos ellos. En el mismo cauce, en la misma dinámica definitiva y salvadora. Borrados, integrados. Poderosos. Miraos los unos a los otros.

El delantero marca gol con la sutileza de los ángeles y un corazón monstruoso late un grito descomunal; el estadio, los bares de la ciudad, miles de hogares. Un solo signo compartido. Nuclear. El líder pronuncia con delirio marcial la última frase de su discurso y un sinfín de brazos alzan diagonales hacia el cielo. O puños en alto. O una solitaria y rotunda consigna. Igual que el cantante de rock que enmudece durante el estribillo y muestra el micrófono al animal efervescente que se desparrama bajo sus pies. El animal canta. El animal desea. Algo tan inmenso que está dentro y fuera, que os rodea y os llena. Lo estáis sintiendo. La estampida descerebrada y su imposibilidad de retroceder, huyendo del peligro, o provocándolo. El miedo del todo. La violencia incontrolada del todo.

Formáis parte de eso. Sois eso. El insecto insaciable que puebla los centros comerciales y sueña el mismo sueño codificado; con la misma llave de plástico y el mismo cofre imposible de llenar. También frente a la pantalla del televisor, fagocitando anuncios que interpelan directamente a vuestra conciencia repartida en incontables sofás. Incontables maneras de ser idénticos y expansivos.

Miraos.

Sois la fiesta desbocada, el linchamiento sin nombre, la euforia y el pánico. El fanatismo y su inercia. Sois una sombra que rompe sus bordes y anega las calles y los pechos. Lo sentís: el pensamiento y el deseo son aire respirado. Rezad una oración mecánica, dad vueltas alrededor de la Kaaba. Consumid el producto definitivo y salvador. Besad los números de serie y los logotipos de las franquicias. Haced que el mundo gire, que su nombre sea Nokia, Globomedia, MDMA, Mao Tse Tung. Canciones absurdamente pegadizas en los hilos musicales de las gasolineras. Sin nombre propio, con un gran nombre común. La raza, la marca, el partido, el equipo, las mil y una maneras de disolverse en la turbulencia de los otros.

7.

 

(breve historia del uno)

Otra cosa. Lo mismo. Intentaremos trazar la ruta que siguieron todos esos conceptos a lo largo de los siglos. Arrastraremos el índice por el mapa, a sabiendas de que siempre está borroso. Evidentemente no abarcaremos toda la complejidad del asunto. Todos tenemos claro que resumir es siempre una forma de mentir. Como querer observar el universo al trasluz en el fondo de una probeta. Pero bueno. Lo intentaremos, que se trata de elegir entre el balbuceo y el silencio.

Recordemos el primer concepto: el individuo, la persona, el sujeto. Recordemos que se define en sus esencias y en sus accidentes como ser único. Recordemos bla y recordemos también bla. Pensemos que esa idea estuvo dormida durante el largo milenio del Medievo y que fue desperezándose poco a poco con los filósofos y artistas humanistas. Que escarbaron en el jardín de sus casas y encontraron restos griegos y romanos, libros y estatuas rotas. Que unieron las piezas desperdigadas del puzzle, y el resultado fue un hombre concreto. En Italia lo idealizaron y en Flandes describieron hasta el mínimo detalle de su rostro. Y al revés. Visualicemos unos segundos el Viejo con su nieto de Domenico Ghirlandaio. Es 1488. Y mirando con ternura a un niño hay un rostro de anciano afectado por rosácea fimatosa: su nariz deforme y la línea negra que separa su enfermedad del resto de lo posible. Lo dijimos antes. El Renacimiento consagra el dibujo y sus límites, definiendo y defendiendo la idea del uno, su cuerpo, la fe en lo indivisible y en la acción del hombre desnudo de mundo.

Pero eso ya se dijo. Líneas negras, pintores contaminados por estatuas.

Nuevas estructuras sociales y de pensamiento. También.

El protocapitalismo italiano y flamenco. La burguesía limando con paciencia los grilletes oxidados de la Baja Edad Media. Sus categorías de piedra y campos de trigo. Espada, libro y azada. Donde no hay personas sino estamentos. Y las diminutas mutaciones del Humanismo haciendo el trabajo sucio. Y bla. Miremos unos segundos al fondo de esta página. Los focos y el escenario son para Erasmo de Rotterdam, la primera vedette intelectual de la joven Europa. Abre las manos y se le caen tipos de imprenta como si fuera arena de la playa. Inventada la imprenta el libro favorece la lectura íntima frente al relato colectivo de la oralidad. Un paso más. Erasmo baila y canta al ritmo del laúd uno de sus adagios: homo bulla est. El hombre es una burbuja. Efectivamente. Las burbujas son unidades definidas que al contacto con otras burbujas se disuelven en ellas, o se destruyen.

Prueba a pinchar una pompa de jabón con la punta de los dedos.

El estallido es un diamante sordo. Y una pequeña humedad, y un ligero olor a jabón.

Por mucha guerra de religión que viniera después, mucho Concilio de Trento y mucho abuso barroco del color y la confusión, el olor no se terminaba de ir. A pesar de la maquinaria voraz del absolutismo monárquico con sus reyes solares y su barniz uniformador, los cambios seguían operándose en los laboratorios de la sombra. Así, por ejemplo. Se abre el telón y aparece René Descartes, hace un complicado ejercicio de claqué sobre las tablas, para acabar con una rodilla en el suelo y los brazos abiertos mientras grita eso de cogito ergo sum entre el aplauso del público. Se imprime en camisetas y pegatinas. Pienso luego existo. La frase es un callejón sin salida: lo único posible y no tergiversable es la existencia de uno mismo. El resto alberga la sospecha de fraude o mito. El individuo es el eje sobre el que gira el mundo, porque el mundo no tiene gara ...