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CARTAS DESDE TASMANIA

Anna Romer

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Fragmento

PRÓLOGO

Agosto de 1898

Es medianoche. Estoy encorvada sobre el frío suelo de la biblioteca, garabateando estas palabras a la luz de un cabo de vela. El viento hace vibrar los cristales y el aire está cargado de olor a pólvora.

Los hombres armados se están acercando. Puedo oír sus gritos mientras pisotean los helechos por el lindero del bosque. No tardarán en vociferar por el camino entre árboles que lleva a la casa. Sus perros rastrearán el olor a sangre y nos encontrarán.

Un hombre yace en el suelo, a mi lado, cubierto con mi manto. Una mancha de sangre oscura empapa la lana gris.

—Amor —le susurro al oído—, ¿puedes oírme?

No contesta. Fuera, no oigo más que el suspiro del viento entre los eucaliptos rojos y el aullido lejano de la jauría. Lo observo a la luz de la luna, fijándome en la boca ancha entre sendas arrugas, la nariz majestuosa, la piel pálida. El suyo es un rostro que llama la atención, despierta la curiosidad del observador desprevenido. Luego intriga. Y, después de un conocimiento más íntimo, provoca una especie de temerosa obsesión.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cierro los ojos, pero no sirve para ahuyentar al pasado. Mi añoranza es como un cuchillo escarbando en las blandas cavidades de mi corazón. Mi dolor es mortal. Ahora mismo no deseo otra cosa que morir aquí en la oscuridad en presencia del amor.

Me ovillo aún más. Impregna el aire un olor a cobre. Solía decir mi padre que la sangre tiene el olor picante del hierro bruto, pero discrepo. Para mí es agrio, como las raíces podridas de la casuarina a cuyo pie jugaba de niña; huele a salmuera con ceniza, a culebras retorciéndose por debajo de la casa vieja, a metal enterrado durante demasiado tiempo.

Cuánta sangre.

Mi mirada vaga a ciegas por la sala, soy incapaz de concentrarme en el otro cuerpo inmóvil desplomado entre las sombras. Mi atención se dispersa, huidiza y evasiva. No es que su muerte me aflija; antes al contrario, era mi más encarnizado enemigo y tengo buenas razones para regocijarme por su desaparición. Lo único que lamento es que, al morir, nos ha condenado a todos.

Me tumbo, recogiéndome la falda, junto a mi amor y entrelazo mis dedos cálidos con los suyos, largos y fríos. Interrumpo la quietud con mi sollozo. Luego vuelve a hacerse el silencio.

Trato de rezar. No por mi alma, porque soy un caso perdido, sino por los seres queridos que he perdido y ahora me persiguen. El Señor atiende todas las oraciones, solía decir mi padre, incluso las de los pecadores. No me sale nada por más que intento recordar las palabras. Quizá mis pecados sean demasiado grandes, incluso para los oídos compasivos del Señor.

En ese momento me asombra el largo viaje que he hecho. No solo por el mar encrespado y hasta lo más recóndito de una tierra desconocida, sino por la distancia del trayecto de niña a mujer y lo que vino después. Mi viejo yo murió a lo largo del recorrido y nació este otro yo, nuevo y desconocido. Un ente extraño, un ser que me pone nerviosa y a menudo me atemoriza. Con todo, me encuentro más a gusto dentro de él que dentro de la niña inocente que era antes.

Me aprieto contra el cuerpo del hombre que está a mi lado, estrechándolo inerte entre mis brazos, deseando que mi calor le devuelva la vida. En cierta ocasión me dijo que el amor tiene el poder de obrar milagros. Si fuera cierto, ¿me concederá el amor este último deseo?

Vuelve, le suplico. Vuelve, por favor.

Hay tantas cosas que contar, tantas mentiras que aclarar, tantas decepciones que disipar, verdades que ansío que él escuche. Antes de que él también se haya perdido.

Pero ¿por dónde empezar?

Respiro hondo, mi pensamiento se remonta veloz a un pasado más feliz. Anterior a cuando el destino me trajo aquí y el amor me convirtió en una asesina.

—Procedo de una zona agreste y dura del país —le digo suavemente—, con paisajes graníticos interminables y bosques de árboles del té tan espesos que un gato no puede deslizarse entre ellos, un lugar donde las ramblas secas se abrasan bajo un sol implacable y el imponente Muluerindie se lanza tierra adentro desde el mar, un lugar donde los oscuros eucaliptos mugga se yerguen hasta un cielo tan vasto y azul que duelen los ojos…

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«Quienes tememos la verdad y vivimos negándola hemos perdido el norte en la vida».

ROB THISTLETON, DÉJALO PASAR Y VIVE

Ruby, abril de 2013

Pero, bueno…, ¿qué es esto?

Estaba de pie en mi abarrotada habitación, en un recuadro de luz matutina junto a la ventana, el pulso latiéndome indeciso. En una mano tenía la chaqueta del traje de mi novio, una bien cortada Armani gris marengo que llevaba puesta cuando vino anoche.

En la otra mano tenía un bulto de encaje negro, un sujetador diminuto, sexy, por lo que pude ver. Tenía tirantes finos como espaguetis y una herradura dorada en miniatura cosida en el encaje entre las copas. Lo había encontrado en el bolsillo de la chaqueta de Rob. No es que hubiera estado fisgando. Él había colgado la Armani junto a la ventana abierta, supongo que para que se oreara mientras se duchaba. Cuando me puse a investigar percibí un leve tufo a humo. Humo de cigarrillo, pensé sorprendida, porque Rob jamás permitía que sus pacientes los encendieran en las inmediaciones de las salas de terapia.

Llegaba su voz a través de la puerta del cuarto de baño. Estaba cantando Rhinestone Cowboy y eso me sorprendió. Conocía a Rob desde hacía casi tres años y en todo ese tiempo nunca lo había considerado fan de Glen Campbell. Puede que fuera eso lo que despertó mi curiosidad. Rob era un entusiasta de la música clásica. Brahms, Mozart, Liszt. Si estaba de buenas, podía poner algo de Shostakovich. En cambio, yo estaba loca por el folk de los setenta, en realidad de los setenta me gustaba cualquier cosa, aunque sabía que Rob lo consideraba terriblemente vulgar. Durante un tiempo estuve intentando encontrar un equilibrio, un compromiso por ambas partes, y dar con algo que pudiéramos disfrutar ambos…, pero ¿Glen Campbell? En otro momento me habría quedado impresionada.

Miré con el ceño fruncido el sujetador.

Quizá Rob me lo hubiera comprado como un regalo. Pero era una tontería, yo tenía curvas, muchas; nadie en su sano juicio esperaría que cupiera en una prenda tan diminuta.

Se me encogió el corazón. ¿A quién quería yo engañar? Caí en la cuenta con una punzada de dolor que procuré contener manteniéndome inmóvil. Reteniendo el aliento. Buscando mentalmente sin encontrarla otra explicación menos horrible.

Calló la ducha. Rob hacía ruido en el cuarto de baño contiguo, silbando mientras se secaba. Me imaginé irrumpiendo y exigiéndole que me contara qué había estado haciendo de verdad anoche, pero el miedo me paralizó. ¿Y si admitía que había conocido a otra? ¿Y si rompía conmigo?

El ligero sujetador pendía de mis dedos como un gatito muerto.

Lo olí. Desde luego, humo de cigarrillo. Y el perfume, Poison, de Christian Dior. Lo conocía bien; tenía un gran frasco morado en mi cómoda. Solo lo había usado un par de veces para complacer a Rob. Me lo había regalado al poco de empezar a salir, envuelto en papel de regalo, con un lazo y una flamante tarjeta que decía: «Gracias por los tres meses más felices de mi vida».

Nuestros primeros meses habían sido felices. Para mí, delirantemente. Había estado soltera la mayor parte de mi vida adulta y avergonzada secretamente de ello. Tenía treinta años y, mientras todas mis amigas se casaban y parían niños, yo había estado persiguiendo mi sueño. Claro que eso era una excusa. La gente siempre me estaba preguntando cuándo iba a empezar a organizarme, encontrar a alguien estupendo y sentar la cabeza. Fundar una familia propia. Nunca tuve el valor de decirles que bebés y maridos no eran lo mío, de manera que me ponía a disertar sobre la carrera profesional, los milagros de la medicina moderna y cómo en estos tiempos las mujeres estaban retrasando la maternidad incluso hasta los cuarenta.

Contemplé el sujetador, luego la puerta que me separaba del hombre al que amaba. Seguía silbando y haciendo repiquetear cosas y el más leve sonido me hacía sentirme cada vez más sola.

Mi pequeña librería había sido mi vida hasta conocer a Rob. Había trabajado duro partiendo de cero, apretándome el cinturón y planificando con la precisión de un estratega militar. Me había inclinado por lo que más me gustaba y, de algún modo, todo había encajado. Vendía los últimos éxitos de ventas, pero sobre todo ofrecía libros de segunda mano y también una selección de CD y libros en audio para hacer las cosas interesantes. Tenía un puñado de clientes habituales y con los años acabé intimando con muchos de ellos. De esa manera había hecho un montón de amistades, ratones de biblioteca a los que, igual que a mí, lo que más les gustaba era sentarse a la mesa del comedor después de una buena comida a beber vino tinto y charlar sobre libros horas y horas.

Por aquel entonces esas veladas librescas mantenían a raya mi soledad. La librería también ayudaba. Con todo, hubo días que pasé mirando por el escaparate las aceras soleadas, observando a los viandantes. Montones de hombres magníficos, pero al parecer todos emparejados, o gays, o con demasiada prisa como para quedarse a echar un vistazo a mis libros. Tuve pocas citas, tan solo unos cuantos intentos, pero nada que durara más de tres semanas.

Así fue hasta que encontré a Rob.

Me había gustado su cara desde el momento en que la vi en la solapa de su primer éxito de ventas Déjalo pasar y vive. Tenía una sonrisa ancha, acogedora y una tosquedad juvenil. Me sentí atraída hacia él y quise conocerlo, de manera que planeé una sesión de firmas de autor en mi librería.

Para mi sorpresa, Rob aceptó.

El acto tuvo un tremendo éxito y Rob se quedó después a tomar una copa de vino. En persona era más fabuloso si cabe: alto, delgado, impecablemente trajeado. Por supuesto, no era perfecto, tenía una cicatriz al lado de la ventana izquierda de la nariz y llevaba el pelo, que ya raleaba, cortado casi al cero. Pero tenía una forma de hablar y una atención cautivadora que me desarmaron.

No mucho después de aquello me invitó a salir.

—¿Ruby?

Me sacó de mis pensamientos. Me eché sobre la cama escondiendo el sujetador en el bolsillo de la bata.

Una vaharada de vapor penetró en la habitación al abrirse la puerta del cuarto de baño. Rob estaba entre nubes de vapor, con el cuerpo reluciente y húmedo, el vello del pecho perlado de gotas de agua. Igual que el fantástico y musculoso modelo de ropa interior, sin la ropa interior.

—¿Todavía no te has vestido? —Su voz era suave, pero había un deje de irritación—. Nos vamos a las ocho en punto. No lo olvides. —Tomó una toalla limpia de la parte de atrás de la puerta y se frotó la cabeza—. No he podido encontrar mi loción de afeitar. ¿La has cambiado de sitio?

—Ah, he hecho limpieza. Está en…

Se me hizo un nudo en la garganta, incapaz de quitarme de la cabeza la imagen del sujetador. Pregúntale ahora. Exígele una explicación. Abrí la boca y la pregunta tomó forma en mi mente, pero mi lengua fue incapaz de articular palabra.

¿Estás teniendo una aventura?

—No importa —dijo Rob, aunque me pareció oírle suspirar—. La verdad, nena, deberías dejarme que te buscara una asistenta. O al menos alguien que sepa organizar. Si uno se perdiera entre tanto desorden, puede que no se volviera a saber de él.

Me hizo un guiño para que viera que lo decía en broma y forcé una sonrisa. Pero había enredado los dedos en los tirantes del sujetador dentro del bolsillo de la bata. El elástico se había ido tensando hasta el punto de cortarme la circulación en las yemas de los dedos.

—Rob —empecé, pero otra vez me faltó valor. Ahora no era el momento. Estaba en bata en la cama, con la cara sin maquillar. No me había cepillado el pelo y tenía largos mechones pegados al cuello por debajo de la bata. Peor aún, mis pechos, vientre, trasero y muslos estaban sin la correspondiente ropa de apoyo. Me quedé apesumbrada. De pronto la idea de una pelea —sobre todo si terciaba una rival del tamaño de una muñeca— se me antojaba demasiado abrumadora. Tendría que esperar. Esperar a que se me serenara el corazón y pudiera hablar coherentemente. Esperar a tener mi mejor aspecto. Esperar a enfrentarme con Rob desde una posición más segura.

—¿Qué pasa, nena? —Rob se estaba ajustando la corbata en mi espejo vestidor de anticuario, absorto en su reflejo.

—¿Crees que…? —Carraspeé y volví a intentarlo—. ¿Crees que se alegrará de verme? Me refiero a mi madre.

Rob me miró de reojo por el espejo.

—Te ha enviado una invitación, ¿no?

—Claro.

Me apreté contra la cama, deseosa de desaparecer. Me había sorprendido recibir una invitación para la última exposición de pintura de mi madre en Armidale. Mi madre y yo nunca nos habíamos llevado bien, ni siquiera cuando mi hermana Jamie vivía. Al morir Jamie, me fui de casa a la primera oportunidad y mi madre y yo nos distanciamos aún más. Nuestra relación actual consistía en alguna que otra llamada telefónica por el cumpleaños o por Navidad y postales muy de cuando en cuando.

Levanté la vista y vi que Rob me estaba mirando. A esa hora temprana sus ojos castaños parecían casi negros y, por un momento —un latido, un suspiro—, adoptó una expresión que no le había visto nunca; intensa, concentrada e… inquietante. Cambié de postura en la cama, ciñéndome más estrechamente la bata acolchada.

Luego él sonrió y se disipó la intensidad.

—Estás nerviosa, nena. Nada más. Llevas sin ver a tu madre, ¿cuánto?, ¿tres años?

—Cuatro —le recordé, buscando en su rostro una señal de que algo no iba bien; pero si sentía alguna culpa por el sujetador, no lo manifestaba—. ¿Y si sale mal? ¿Y si mamá y yo discutimos como la última vez?

—Nena, es normal sentir aprensión. Es uno de esos retos que te plantea la vida de vez en cuando. Tienes que aprender a manejarlos. ¿Qué es lo que te digo siempre?

—Que no sea catastrofista. Que acepte el temor. Y lo deje pasar.

Volvió a mirarse en el espejo.

—Problema resuelto.

Lo miré fijamente. Se le marcaban los músculos por debajo de la impecable camisa blanca. Tenía la piel brillante y gotas de agua por entre el pelo ralo de la cabeza. Se pasó la lengua por los labios y volvió a cantar, pero esta vez no reconocí la canción. Noté una opresión en el pecho. Rob era un hombre decente, un buen hombre. Un terapeuta y autor respetado, un amigo leal. Nunca me engañaría, nunca haría nada que me hiriera.

¿O sí?

Deja de sentir pánico, me regañé a mí misma. Cuando confiese mis temores, probablemente Rob meneará la cabeza con desgana. Ofrecerá una explicación lógica y soltaremos una buena carcajada. Me llamará doña exagerada, me revolverá el pelo y luego nos acostaremos y todo volverá a ser maravilloso entre nosotros.

Pero el fino elástico del tirante del sujetador seguía cortándome la circulación. El hormigueo de los dedos era cada vez más intenso. Se extendió por las manos, los brazos y los hombros. Me quemó el pecho y penetró hasta quedarse alrededor del corazón como una enfermedad.

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—¿No me habías dicho que tu madre tenía sesenta años?

Busqué entre el gentío. La galería era una enorme nave reconvertida situada a las afueras de Armidale. Los altos muros pintados de blanco eran lisos como el hielo y su impoluta superficie solo la rompían los enormes lienzos de colores de mi madre. En el epicentro de la cavernosa sala, rodeada de admiradores, había una grácil figura con un resplandeciente vestido de noche.

—Tiene sesenta años.

—Nadie lo diría. —Rob dio un trago a la Heineken—. Está impresionante.

El tono admirativo de su voz me molestó. Arrastré incómoda los pies mientras afloraban las viejas inseguridades. Sí, mi madre era esbelta y fantástica; no, yo no me parecía a ella. Y no recordaba que Rob hubiera elogiado mi aspecto esta noche. Miré mi ropa negra. ¿Por qué no me había puesto algo menos formal? El traje pantalón que había comprado me pareció ahora serio y nada imaginativo; peor, mis zapatos nuevos me estaban machacando los dedos de los pies y la elástica ropa moldeadora que debía esculpir mi cuerpo en curvas agradables me estaba cortando la circulación sanguínea.

Me caía el sudor por la columna vertebral al ver a mi madre revolotear de cliente en cliente como una elegante mariposa turquesa. Se había recogido la melena castaño oscuro en un estiloso moño y tenía la piel resplandeciente como la porcelana. Las lentejuelas de su vestido ceñían su esbelta figura, reluciendo animadamente cuando se movía entre la gente. Siempre había sospechado que el público asistía a las exposiciones de mi madre tanto para verla a ella como a sus cuadros. Brillaba, vibrante y cautivadoramente viva, una flamante supernova con el estático telón de fondo de sus lienzos.

—Eh. —Rob me dio un codazo—. Quítate ese aire triste. ¿Te acuerdas de lo que hablamos?

Lo miré sin entender. Él suspiró.

—Déjalo pasar. ¿Vale?

—Claro —murmuré, retorciendo molesta un mechón de pelo castaño que se me había salido de la coleta—. Lo intentaré.

Rob sonrió condescendiente y me besó en la cabeza, luego volvió a fijar su atención en la gente. Lo miré por el rabillo del ojo. Se le veía bien. Ni rastro de cansancio tras el viaje desde la costa, ni un botón fuera de su sitio. El traje azul marino y la camisa impecable hacían que sus ojos parecieran más oscuros y sus dientes, más blancos. Suspiré. Llevaba semanas esperando este momento; esperando presumir de Rob, demostrar a mi madre que me había organizado, que había ascendido socialmente, que lo había conseguido por mí misma. Encontrar un hombre que no solo estaba bueno, sino que también tenía éxito. Debería llevar la cabeza bien alta, con las mejillas sonrosadas de felicidad.

En cambio, estaba hundida.

Rob me dio otro codazo.

—Ahí viene.

Un leve brillo turquesa, el destello de una sonrisa familiar. Mi madre se detuvo a saludar a un hombre calvo y hablaron un rato en voz baja, asintiendo con la cabeza y mirándose con mutua fascinación. De pronto, mi madre echó para atrás la cabeza y soltó una carcajada.

Su timbre cantarín me pilló desprevenida.

De repente volví a ser una niña, una niña desgarbada de doce años en la cocina de nuestra vieja casa. Olía a quemado por la tostada que mi madre acababa de achicharrar. Por aquel entonces ella estaba triste y demacrada, con los ojos hundidos por el dolor y con las comisuras de los labios caídas. Llevaba el pelo largo y descuidado. Olía a alcohol. No había sonrisas; no había atisbo de risas cantarinas. Lágrimas era lo único que tenía que ofrecer. Lágrimas y culpa.

¿Qué sucedió aquel día, Ruby? ¿Por qué no puedes recordarlo?

Jamie era la primogénita de mi madre, su favorita. Tres años mayor que yo, había heredado las delicadas facciones y la esbelta figura de mi madre. Además de ser igual de extrovertida y dicharachera que ella. Mi hermana y yo teníamos el pelo castaño, pero ahí se acababan todos los parecidos. Siempre pesé de más, incluso de niña. Era tímida y llevaba gafas. Me salvaron los libros, pero ni mi hermana ni mi madre entendieron nunca verdaderamente mi adicción a la lectura. No me refiero a que la desaprobaran, pero siempre me pareció que pronunciaban la palabra «ratón de biblioteca» de una manera que hacía que me avergonzara.

Después de la muerte de Jamie, entre el dolor, la confusión y la culpa que me envolvieron, albergué la esperanza de que la predilección de mi madre se trasladara a mí. Aguardé durante años de lágrimas, aguardé a que el dolor de mi madre se aliviara, a que recobrara la sonrisa, a que volvieran a resonar por nuestra casa sus vibrantes carcajadas. Llegó ese momento, e incluso un tiempo en el que pudo mirarme sin llorar. Pero yo había dejado de esperar la predilección de mi madre. Jamie había muerto, pero nunca la había olvidado.

—¡Ruby! —me saludó mi madre con la mano. Pidió disculpas al hombre calvo y se acercó—. ¡Querida, qué alegría verte! —Me dio un beso fugaz en la mejilla y un abrazo rápido, luego se echó hacia atrás para examinarme. Su sonrisa se esfumó—. Veo que te has dejado el pelo largo. Una pena, con lo bien que te quedaba corto.

—Hola, mamá. —Esbocé una sonrisa, seguida de un embarazoso momento en el que no se me ocurrió nada más que decir.

Mi madre centró su atención en el hombre que iba a mi lado.

—Hola, tú debes de ser Rob.

Rob sonrió engullendo la esbelta mano de mi madre dentro de la suya, acercándola imperceptiblemente.

—Encantado de conocerla, señora Cardel. Ruby me ha hablado mucho de usted.

—Llámame Margaret, por favor. —Sonrió y luego pareció titubear, como si no estuviera segura—. Me resultas familiar, Rob. ¿Nos conocemos?

Rob puso una sonrisa sexy.

—En tal caso seguro que me acordaría. Probablemente hayas visto mi feo careto en el escaparate de alguna librería. Acaba de salir mi tercer libro, Rescate emocional. A lo mejor lo has visto por ahí.

—Todavía no, pero estaré al tanto. Es evidente que has sacado tiempo de tu apretada agenda para viajar hasta aquí a ver mi exposición. Debo decir que me siento halagada.

—No me la habría perdido por nada del mundo, Margaret. Ruby habla tan elogiosamente de tus cuadros que tenía que venir en persona a verlos. Además, son impresionantes. Menos mal que he traído el talonario de cheques —añadió palpándose el bolsillo.

Mi madre lo tomó del brazo.

—Entonces debo enseñarte mi obra favorita antes de que alguien te la quite. Es una naturaleza muerta, una maravillosa máquina de coser Singer antigua que heredé de mi abuela. Anterior a la Primera Guerra Mundial. ¿Te interesan las historias familiares, Rob?

—Es una de mis pasiones. La verdad es que no se me ocurre otro asunto más fascinante —dijo manteniendo la sonrisa.

Me conmoví ante sus palabras. A Rob le encantaba la historia, de acuerdo, la historia de los demás. Nunca hablaba mucho de su propia familia. Lo había intentado una vez y se le hizo un nudo en la garganta.

En el primer capítulo de Déjalo pasar y vive hablaba de su infancia. Una madre demasiado maltratada como para preocuparse de si él tenía hambre. Una sucesión de «padres» violentos. Temporadas en centros de menores. Y luego, la vida en las calles de Sídney. Drogas, robo de coches, miseria. Con dieciséis años, guarecido una noche de tormenta bajo un puente en un mar de barro, cristales rotos y jeringuillas, Rob se había sentido desbordado por la desesperación. Las dificultades de la vida amenazaban con devorarlo. Tomó una botella rota y la apretó contra la muñeca, con la idea de que la muerte lo aliviaría…, pero en ese momento una voz le habló suavemente a través de las brumas de su desesperación.

Déjalo pasar, Rob. Deja pasar el dolor y busca una forma de vivir.

Sintió una chispa de esperanza —escribiría después—, como si una luz le hubiera hecho un guiño en el corazón. Tiró la botella, se levantó y caminó durante toda la noche, dejando que la lluvia le quitara el barro, la sangre y la soledad. Después de eso dio un giro a su vida. Fue a la universidad, se graduó en Psicología y siguió con sus propias ideas radicales. En contra de la opinión general, Rob creía que hurgar en las viejas heridas era contraproducente. El libro fruto de esa teoría, Déjalo pasar y vive, fue un éxito fulminante.

«El truco es no resistirse al miedo», había escrito. «Hay que olerlo, saborearlo, abrazarlo, dejar que abrume. Y luego simplemente dejarlo pasar».

La carcajada sexy de Rob se elevaba sobre el murmullo de voces, seguida del trino musical de mi madre. Suspiré y me aparté de la gente. Su frío recibimiento no había constituido una sorpresa; siempre estaba en otra cosa cuando nos veíamos, y eso me hacía suponer que era su forma de protegerse de mi insistente curiosidad por el pasado. Pero llevarse a Rob y dejarme sola dando vueltas como la fea del baile..., bueno, eso sí que me había dolido.

¿Llegó siquiera a importarle a Rob? Aferrada a mi bolso, pensé en el rebujo de encaje negro hecho una bola bajo mis habituales capas de escombros. Hoy, me prometí en silencio, le plantaría cara y me enteraría de la verdad.

Me dirigí a la zona más alejada de la sala.

Halógenos brillantes iluminaban los cuadros de mi madre, atrayendo la atención sobre ellos en la penumbra de la galería. Un rápido vistazo me indicó que todos eran interiores, aunque hasta que no me acerqué al primero de ellos —una habitación grande en la que solo había una mesa de trabajo de la década de 1940 frente a una ventana salediza— no me quedé boquiabierta. Los enormes lienzos eran extrañamente hermosos, sus vivos colores parecían respirar bajo la intensa iluminación, como si estuvieran hechos de pura luz más que de pintura. En las habitaciones que pintaba había una calma, una sensación de quietud y desolación que me fascinaban.

Fui embelesada de un cuadro a otro. La galería desapareció. El murmullo de las conversaciones se amortiguó, cesó el tintineo de los vasos. Como si estuviera sola entre aquellas habitaciones familiares en silencio.

Allí estaba la cocina donde Jamie, mi madre y yo habíamos desayunado. Y nuestro antiguo salón. Años atrás había estado lleno de mesas, un piano y un diván de hierro forjado tapizado de lino marrón. En el cuadro estaba prácticamente vacío; se habían retirado todos los muebles menos un par de solitarias sillas decoradas.

Más adelante había un lienzo más pequeño del dormitorio que había compartido con Jamie, con el armario de escalofriantes muñecas antiguas y la ventana llena de luz derramando rayos de sol sobre un par de camas bien hechas.

Volvieron a mí retazos fantasmales de recuerdos, sin forma, huidizos. Dos niñas corriendo por la hierba crecida. El sol dando en los brazos y las piernas. El aroma dulce y penetrante de los capullos de los eucaliptos de corteza fibrosa. La voz de mi hermana, susurrándome con dolorosa claridad en el fondo de mi mente.

Oye, Ruby, ¿quieres coger flores silvestres? He encontrado orquídeas de roca cerca del río; podríamos prensarlas y hacer una tarjeta para mamá. Lleva ropa de baño, nos daremos un chapuzón cuando estemos allí…

Amigas íntimas. Hermanas adorables. Uña y carne nos había llamado mi madre.

Hundí la mano en mi pelo, frotándome el repentino nudo de tensión. Jamie había muerto hacía mucho tiempo, me recordé a mí misma. Dieciocho años. Ya debería haberme acostumbrado, haber saldado cuentas con su muerte y haber seguido adelante, pero continuaba obsesionándome y probablemente siempre sería así.

El siguiente cuadro era la antigua máquina de coser de mi madre, la que tantas ganas había tenido de enseñar a Rob. Era menor que el resto de lienzos, pero tenía colores más intensos. La anticuada Singer estaba en su caja en una habitación estrecha con una ventana encima por donde entraba el sol de la tarde. Las negras curvas de la máquina estaban gastadas y rayadas por el tiempo, la rueda lateral abrillantada por el toque de innumerables dedos. Las volutas decorativas estaban realzadas en pan de oro, que relucía débilmente bajo las luces.

Me acerqué para empaparme del toque gomoso de la pintura al óleo, el olor acre de la trementina. De cerca, el costurero ya no parecía una simple imagen pintada, sino algo asombrosamente real.

Mi madre había utilizado aquella vieja Singer para hacernos la ropa. Camisetas de tirantes floreadas y pantalones hippies, vestidos de dibujos caprichosos. Rosa para Jamie, verde para mí. Todo lo combinábamos con botas y calcetines gruesos, incluso los vestidos. Era una mezcla insólita, pero mi madre siempre había insistido en que nos vistiéramos con sensatez por las serpientes.

«Chicas, andad con cuidado por la hierba crecida», nos advertía rutinariamente. Pero Jamie y yo siempre echábamos a correr sin hacer caso. Hasta el río, a coger flores y tejer sombreros de hojas de lomandra. Sin atender las indicaciones de mi madre de que la comida se estaba enfriando en la mesa. Nos escondíamos bajo la nudosa casuarina de la orilla, con campanillas azules y guisantes de vaina morada bajo los pies, riéndonos sin parar con las cabezas juntas al imaginar historias disparatadas o al cantar a pleno pulmón estrafalarias canciones inventadas.

Volvió la tensión en la nuca y me froté distraída. Según los médicos, mi amnesia era el resultado de la herida que me hice en la cabeza el día del accidente de Jamie. Herida que me costó once puntos de sutura y tres semanas en el hospital, además de un dolor horroroso de cabeza que duró meses. Después, mi cerebro echó el cerrojo, enterrando mis recuerdos de aquel año en un hermético sótano.

Pero ahora, al dejarme llevar por el paisaje de recuerdos que mi madre había creado, notaba que el contenido de ese sótano empezaba a revolverse.

El siguiente cuadro era sobrecogedor, tan bello como un sueño. Era una panorámica del jardín visto a través de la ventana abierta de la cocina. Las cortinas se mecían en la brisa, enmarcando un paisaje perfectamente cuidado. En mis tiempos el jardín no había estado tan bien arreglado; los arriates siempre estaban llenos de malas hierbas, hojas de eucaliptos y vainas caídas de banksias.

Aquí, en el cuadro, parecía una postal: rosas alrededor de la base de una frondosa budelia morada y, al lado, un macizo de dalias araña de punta por el calor. En un desnivel que dominaba todo el jardín, había un nogal cuyas ramas desnudas estaban engalanadas con los frutos de la temporada pasada. Al pie del tronco se veía un pequeño túmulo, como una tumba reciente.

Era un cuadro poético, mágico —una canción de verano representada en pigmento y luz—, si bien el árbol invernal con los frutos ennegrecidos y el túmulo le daban un matiz siniestro.

—Tiene talento, ¿verdad?

Una mujer mayor se había puesto a mi lado sin que me diera cuenta. Pequeña, posiblemente de noventa y tantos años, con un vestido rojo bordado de margaritas blancas, un bolso tejido a mano y unos fabulosos zapatos negros de charol. Llevaba el pelo blanco recogido en trenzas por detrás de las orejas y en el cuello del vestido lucía un diminuto ramillete de margaritas, de esas que de pequeñas llamábamos botones amarillos. Al acercarse al cuadro, la luz relumbró en el antiguo medallón de plata que llevaba en la garganta.

Se inclinó entrecerrando los ojos ante el rótulo fijado en la pared bajo el lienzo.

—Se llama Herencia. Un nombre intrigante para la vista de un jardín. —Al sonreír, sus rasgos compusieron un paisaje de arrugas maravillosas—. Supongo que el misterio es lo que hace que resulte tan placentero reflexionar ante él.

Sería por el recuerdo suscitado por la contemplación de los cuadros de mi madre, pero esta mujer me resultaba vagamente familiar. Quise preguntarle cómo se llamaba, pero me contuve. Las lagunas de mi memoria hacían que me resultara embarazoso hablar de los viejos tiempos; a partir de los doce años me acostumbré a evitar hablar del pasado y los hábitos arraigados eran difíciles de abandonar.

—No creo en los misterios —reconocí—. Pero soy de las que pasan la noche en vela preocupada por ellos. Me siento mucho más cómoda conociendo los hechos.

La mujer me miró con evidente curiosidad.

—Pues lo siento por ti, querida. Tal como yo lo veo, la vida es un gran enigma. Cuando alguien cree saberlo todo y que no le queda ya nada por aprender, normalmente es cuando la siguiente gran pregunta le estalla en la cabeza como una bomba. ¿Pasas muchas noches sin dormir? Yo sí —añadió con una carcajada.

No pude evitar sonreír.

—Me ha descubierto usted. Padezco insomnio.

Las dos nos reímos y me invadió una sensación cálida. Me pareció que conocía a esta mujer desde hacía años. Tenía una mirada tan abierta y cordial, tan llena de comprensión. Y su voz me hacía pensar en cosas agradables: pastas de mantequilla, estanterías repletas de libros muy usados, chocolate caliente, risas. El momento era tan dulce que perdí los escrúpulos y tuve que preguntar.

—La artista es mi madre. ¿Es usted amiga suya?

La mujer pareció complacida.

—Sí, querida. Al menos lo fui hace muchos años. Éramos vecinas.

—¡Ya decía yo que me resultaba familiar! Usted es…

Se hizo un silencio embarazoso al tratar de recordar un nombre que evidentemente había olvidado.

Ella sonrió amablemente.

—Quizá me recuerdes como señora Hillard. Pero, por favor, llámame Esther. Compré Lyrebird Hill a tu madre después de…, bueno, después de que os mudarais a la ciudad. Ha pasado mucho tiempo, Ruby. ¿Cuántos años tenías entonces: once, doce?

—Trece.

—¿Cómo te trata la vida?

—¡Magníficamente! —me apresuré a decir, luego titubeé. Ahora no era el momento de entrar en detalles sobre lo perdida que había estado antes de conocer a Rob; sobre la brecha que el dolor había abierto entre mi madre y yo; y sobre las pesadillas con Jamie que seguía sufriendo de vez en cuando—. Me compré una casa en la costa, en Sawtell —le dije—. Y he… —conocido a un hombre verdaderamente encantador, estuve a punto de decir, pero otra vez se me trabó la lengua. Me acordé del sujetador en el fondo del bolso y decidí que era más socorrido hablar del trabajo—. Tengo una pequeña librería a veinte minutos de casa en Coffs Harbour: El atareado ratón de biblioteca. Pese a que todo el mundo se decanta por lo digital, está funcionando realmente bien. Vendo libros raros y usados, así como ediciones recientes.

Esther sonrió.

—Adoro los libros. Me encantaría ver tu librería, pero me temo que mis tiempos de viajar a la costa han terminado. Esa brisa marina es demasiado húmeda para mis viejos pulmones. —Se dio unas palmadas en el pecho y el ramillete desprendió un aroma dulce y picante.

Me hizo pensar en laderas de hierba, el murmullo del agua del río entre las piedras y el sonido de las risas infantiles. Se me vino a la cabeza la imagen de una sala repleta de estanterías de libros con una mujer mayor sentada en un pasillo de luz, leyendo el libro que tenía en el regazo. Vi dos niños acurrucados a sus pies, escuchando atentamente. Quise distinguir sus caras, no pasaba de ser un simple recuerdo, pero de pronto me pareció importante. Sin embargo, por más esfuerzos que hice por atraparla, la escena se disipó como el humo.

Esther señaló los lienzos de mi madre.

—Margaret ha hecho un trabajo espléndido, ¿verdad? Es fascinante ver el aspecto que debió de tener la vieja casa de labranza cuando vivíais allí las tres.

—Estaba más llena —reconocí—. Mi madre entonces coleccionaba de todo. Había cosas amontonadas por todos los rincones. —Pese a mi renuencia a hablar del pasado, el recuerdo de nuestros espacios vitales revueltos me tocó como una sonrisa. Mis hombros se relajaron y me lancé a hablar—: Jamie y yo también éramos unas urracas. Llenábamos la casa con todos los tesoros que traíamos del bosque, nidos de pájaros, trozos de madera del río y cosas por el estilo. Los cuadros de mi madre no hacen justicia al desorden que creábamos. Ha hecho que todo parezca muy vacío.

—Supongo que así es como ella lo recuerda —dijo amablemente Esther.

Se hizo un breve silencio. Fingí concentrarme en el cuadro, en busca de una pregunta que hacer a mi interlocutora para cambiar el rumbo de la conversación. Había muchos temas sin relación con el pasado: ¿dónde había comprado su fabuloso vestido? ¿Y esos magníficos zapatos? ¿Y qué historia había detrás del encantador medallón que llevaba? Solo que el pasado parecía ineludible, rodeada de los enormes lienzos de mi madre sobre una casa tan estrechamente relacionada con mi infancia.

Además, llevaba callada demasiado tiempo.

Esther me miró detenidamente.

—Tu madre y tú lo pasasteis mal, ¿verdad?

—Sí —murmuré, incapaz de contener la sensación de abatimiento—, lo pasamos mal.

—Estos años he pensado a menudo en vosotras. También en la pobre Jamie. Qué inteligente era. Debe de haber sido espantoso no saber qué le sucedió realmente. Tantos años preguntándooslo y preocupándoos. No sé cómo Margaret pudo soportarlo.

Mi rostro se tensó por la impresión.

—¿Qué quieres decir?

Esther frunció el ceño y se acercó.

—Nunca encontraron al responsable, ¿verdad?

—¿Responsable? —Renació el miedo sin nombre que había permanecido latente durante años. Procuré controlar la respiración y centrarme—. Debes de haberte confundido, Esther. Jamie se cayó. Se golpeó en la cabeza. No hubo ningún responsable. Fue un accidente.

Esther clavó en mí la mirada, como si observara cada poro y cada peca, frunciendo el ceño como si mis facciones fueran un puzle imposible de completar.

—¿Eso es lo que te contó tu madre?

Me quedé mirándola, procurando ahuyentar el pánico. No tenía recuerdos de la muerte de Jamie. No podía recordar haberla encontrado en las rocas aquel día ni la secuela de preguntas; tampoco podía recordar su funeral ni los meses que siguieron. Mi madre me había sentado un día para darme una versión simplificada de los hechos, con la lógica esperanza de activar mi memoria. Pero desistió cuando el sótano se negó a abrirse.

—Según mi madre, aquel día había llovido mucho —expliqué con palabras precipitadas, que me dejaron sin aliento—. Las rocas estaban resbaladizas, Jamie debió de calcular mal la pendiente y perdió el equilibrio. Fue un claro accidente, Esther. Quizá te estés refiriendo a otra persona.

Esther se llevó las manos a los oídos.

—Oh, Ruby, te pido disculpas. Mi memoria no es tan buena como antes. Siento haberte molestado.

Mis pulmones se vaciaron y yo me vine abajo. De pronto, me temblaron brazos y piernas, mi cerebro se bloqueó. Me invadió una vaga sensación de náusea.

—No pasa nada —dije con un hilo de voz—. No me has hecho daño.

Esther desvió su penetrante mirada, hasta ese momento fija en mí. La imité, mirando la galería. La gente formaba grupos reducidos o se había apartado de la aglomeración central para recorrer las paredes admirando las obras de arte. Vi a mi madre en medio de un pequeño grupo a las mesas de los canapés.

Unos dedos rodearon mi muñeca. La piel de Esther era tan suave como un satén antiguo, pero me asía con fuerza.

—¿Me prometes una cosa, Ruby?

Fruncí el ceño, impresionada aún por nuestra conversación. Recelaba siempre que me pedían que prometiera algo, máxime cuando me lo pedía alguien a quien acababa de conocer.

Esther me soltó la muñeca, pero mantuvo una mirada suplicante fija en mis ojos hasta que yo asentí.

—¿Vendrás a visitarme a Lyrebird Hill? —preguntó—. Di que sí, por favor, querida mía. Podemos continuar nuestra conversación en privado. He encontrado recuerdos de infancia tuyos y de Jamie. Quizá te sirvan para recordar. Además, tengo algo para ti. Un libro —añadió en voz baja.

La sorpresa me hizo preguntar:

—¿Qué clase de libro?

Esther miró de reojo y respondió precipitadamente:

—Ahora no es momento de hablar. Por favor, di que vendrás a visitarme. Te enseñaré los nuevos jardines que he plantado y el vivero, que sé que te va a encantar. Será magnífico, podemos pasarlo muy bien.

Parpadeé. ¿Visitar Lyrebird Hill? ¿Volver al lugar del que había estado huyendo los últimos dieciocho años? ¿Exponerme a todas las imágenes, sonidos y olores de mi casa de la infancia y arriesgarme a recordar? Además, la alusión a un libro hizo saltar las señales de alarma.

—Me lo pensaré —dije a regañadientes—. Ahora hay mucho ajetreo en la librería. Quizá no pueda ir en una temporada.

Esther se ajustó el bolso y sonrió.

—Bueno, ¿por qué no vienes a pasar un par de días cuando puedas? Hay muchas habitaciones libres, como bien sabes. Por favor, ven, Ruby. Para mí significaría mucho. —Se quitó el ramillete de flores silvestres del cuello del vestido y me lo puso en la mano—. Ven cuando quieras, querida. A cualquier hora del día o de la noche. Mi puerta siempre está abierta.

Pareció querer decirme algo más, pero se limitó a besarme levemente en la mejilla y luego dio media vuelta para reunirse con un grupo de invitados que se dirigían hacia el hall. La seguí con la vista hasta la puerta para echar un último vistazo a sus cabellos blancos y a su vestido rojo antes de que desapareciera por la puerta.

—¡Ruby!

Me volví. Rob se abría camino hacia mí entre la gente haciendo equilibrios con dos copas de vino y un plato de queso.

—Toma —dijo alargándome una copa y sirviéndose él del plato—. ¡Cuánta gente! Debe de estar aquí todo Armidale. Margaret ha vendido prácticamente todo. ¿Lo estás pasando bien?

—La verdad es que no —reconocí y di un trago al vino—. Ya estoy cansada. Voy a despedirme de mi madre y me reúno contigo fuera.

Sin darle la posibilidad de responder, me adentré en el gentío ya en retirada, yendo derecha hacia mi madre.

Cuando vio que me acercaba, se aproximó y me tomó del brazo para llevarme a un rincón discreto de la galería.

—E ...