Loading...

CUANDO IRRUMPE LO EXTRAORDINARIO

Erin Lange

0


Fragmento

* «Gran feo» en inglés. (Todas las notas del libro son de la traductora.)

* «Verdad o consecuencias.»

* «Aburrido.»

* «Villaidiota.»

* «Puta.»

* «Pájaro-en-mano.»

* «Gusanos.»

* «Villanieve.»

* «Mierdez.»

* «Chupa sapo.»

*«Villalatazo.»

† «Pistolero capullo.»

* «Maíz quemado.»

* «Charco valiente.»

* «Triunfar.»

* «Éxito.»

* «Coito.»

* «Villa de las vírgenes.»

* «Teta de azúcar.»

† «Abierta de piernas.»

† «Lamecoños.»

* «Dos pistolas.»

* «Nudillos ensangrentados.»

* «Nunca fracasas.»

* «Calcetines.»

* «Descalzo.»

Recibe antes que nadie historias como ésta

* «Palmeras del infierno.»

* «Villalocos.»

* Nombre original de la rana Gustavo de los Teleñecos.

* «Dos pistolas.»

* «Ceja de mono.»

cover.jpg

ERIN JADE LANGE

Cuando irrumpe lo extraordinario

Traducción de Rosa Pérez Pérez

019

www.megustaleerebooks.com

Para Matt, quien, de algún modo,

me mantiene con los pies en el suelo

y al mismo tiempo me permite volar

Image

La primera vez que vi a Billy D. yo tenía un pie sobre el cuello de un chico y una mano en mi bolsillo. Él estaba parado al otro lado de la calle, mirando sin esforzarse en disimular, mirando nada más, sin decir una palabra, sin parpadear siquiera.

—¿Qué miras? —grité.

Él se quedó boquiabierto, pero no respondió. Tampoco se fue; solo siguió mirando.

Oí un gorgoteo en la garganta que tenía debajo del pie y eché una ojeada al chico. Parecía que le costaba respirar, pero aún no se había puesto rojo, de modo que volví a prestar atención al otro.

—¡Lárgate! ¡O luego vas tú!

Fue una amenaza bastante vacua. Incluso desde el otro lado de la calle, supe, por su expresión vacía, la mandíbula floja y su extraña forma de encorvar la espalda, que era distinto; probablemente estaba en educación especial. Y yo no pegaba a los chicos como él.

Principios, ¿sabéis?

—Eh, ¿eres sordo o qué? ¡He dicho que te largues!

Él vaciló; echó a andar primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Nos miró una vez más a mí y al chico preso bajo mi bota antes de clavar los ojos en la acera y alejarse pisando fuerte.

«Bicho raro.»

Cogí un chicle con la mano que tenía en el bolsillo. Me lo metí en la boca y volví a centrarme en la tarea que me ocupaba. Bajo mi pie, rodeada de tierra y grava, la cara definitivamente se estaba poniendo un poco roja. Levanté el pie y di una patada a una piedra, que golpeó al chico en un hombro y rebotó. Le debió de doler, porque hizo una mueca mientras respiraba de forma entrecortada.

—¿Piensas que eso ha dolido? Pues no es nada comparado con lo que le haré a tu coche si vuelves a meterte conmigo.

El chico aún no había recuperado la voz, por suerte para él, porque probablemente era tan tonto que habría dicho algo que me cabreara todavía más. Se sentó en la acera con dificultad y gateó hacia la calle, donde estaba su Mustang rojo, aún con la puerta abierta. Era un modelo antiguo restaurado, de la época en la que los Mustang todavía molaban. Estaba a media acera cuando grité:

—¡Y más vale que encuentres otro camino para ir al instituto! Si vuelvo a ver tu coche en esta calle, te romperé el parabrisas además de la cara.

El chico se sentó por fin al volante y se volvió justo el tiempo suficiente para fulminarme con la mirada antes de cerrar de un portazo. Yo le respondí alzando el puño y, aunque no me había movido de la acera y era imposible que lo pudiera tocar, le oí echar los seguros. Tuve que reírme.

«Gallina.»

El Mustang dobló la esquina a toda velocidad y se perdió de vista. Me rasqué las palmas de las manos por inercia, pero no era necesario. El picor se había desvanecido junto con el coche.

Siempre empezaba así, con el picor. Lo notaba en el centro de las palmas, un cosquilleo que no podía pasar por alto. Si intentaba hacer caso omiso, se extendía como una telaraña, un hormigueo que se propagaba por toda la mano hasta las yemas de los dedos. Cerrar esos dedos en un puño y proporcionar a ese puño una superficie contra la que estrellarse era la única forma de combatirlo.

Nunca sabía qué iba a desencadenarlo. Podía ser tan sutil como ver que un compañero ponía los ojos en blanco cuando yo daba mi opinión en clase o tan obvio como el hecho de que un gilipollas montado en un Mustang rojo bajara la ventanilla y me preguntara por qué no tenía dinero para comprarme un coche. Con respecto a lo primero, apenas podía hacer nada: tal como estaban las cosas, me faltaba muy poco para que me expulsaran del instituto. De no ser por mis buenas notas, ya me habrían dado la patada. Pero, en el segundo caso, ninguna cosa me impedía sacar al chico del coche a rastras para darle una lección de humildad en la acera.

Me habría pasado más con el imbécil del Mustang, pero el bicho raro de la otra acera me había distraído. Sus ojos, rasgados y redondos a la vez, me habían desconcertado por alguna razón que se me escapaba. Me había sentido juzgado por ellos, una sensación que habitualmente hubiera hecho que me empezaran a picar las palmas. Pero, en el caso del chico de la boca floja, me habían entrado ganas de rascarme la cabeza, no las manos.

El mierda del Mustang rojo tenía razón en una cosa. ¿Qué chico de dieciséis años que se precie no tiene coche?

Eché a andar por la acera arrastrando los pies, apartando piedras a mi paso. No era el único alumno de penúltimo año del instituto Mark Twain que no tenía coche, pero sí era uno de los pocos. Aunque Columbia, Missouri, no era precisamente la patria de los ricos y famosos, casi todas las familias podían ahorrar al menos unos pavos para comprarse un cacharro.

Doblé la esquina en la dirección contraria a la que había tomado el Mustang. Los que tenían coche, hacia la derecha. Los que no, hacia la izquierda. Erguí un poco más la espalda, como si el chico del Mustang aún pudiera verme. ¿Para qué necesitaba cuatro ruedas cuando tenía dos puños?

Cuanto más me alejaba, peor cuidados estaban los jardines y más desconchones había en la pintura de las casas. Mi calle era la última antes de que aquellas casas y jardines dieran paso a las caravanas y los caminos de grava. Al entrar vi el ya familiar camión de mudanzas aparcado enfrente de mi casa. Aquel trasto llevaba allí casi una semana y apenas me permitía ver nada más desde la ventana de mi habitación.

«¿Cuánto se tarda en descargar un camión de mudanzas?»

Eché una ojeada a la casa que había junto al camión, preguntándome qué clase de gandules se estaban instalando en ella para hundir el barrio todavía más, y me paré en seco. En los escalones de la entrada había dos ojos mirándome, unos ojos de una forma tan distinta que los reconocí de inmediato. Al igual que antes, el chico me observaba sin parpadear. Puede que lo hiciera porque estaba a una distancia prudencial de mí, o puede que fuera demasiado tonto para percibir el peligro, pero me sostuvo la mirada.

—Quedarse mirando a la gente es una grosería —le desafié.

En lugar de responder, él se subió la mochila para acomodársela mejor en aquellos extraños hombros curvos. Como era bajo y un poco rechoncho, el movimiento, sumado a su postura desmañada y encorvada, hizo que pareciera más pesado de cintura para arriba. De hecho, daba la impresión de que todo le pesaba, desde los párpados hasta los brazos.

Esperé un momento para ver si se caía al suelo de cabeza y poder reírme a gusto, pero él mantuvo el equilibrio.

—Quedarse mirando a la gente es una idiotez —probé otra vez.

Él parpadeó.

«¿Qué ha sido eso? ¿Miedo? ¿Sorna?»

Esperé a notar el picor, pero no sentí nada. Me costaba enfadarme con alguien cuando no tenía la menor idea de lo que estaba pensando. Por último, lo señalé con el dedo para advertirle.

—Tienes suerte de que no pegue a los retrasados.

Una sombra le oscureció la cara, un asomo de emoción.

—Yo no soy retrasado. —Lo dijo con cierta vehemencia, como si lo creyera de verdad.

Incluso su voz dejaba claro que no era como los otros chicos. La tenía un poco aguda («este aún no ha llegado a la pubertad») y parecía que los dientes le estorbaran al mover la lengua.

—No soy retrasado —repitió, más alto. Dio una patada al suelo para recalcarlo.

—Vale, vale. —Dejé de señalarle con el dedo y alcé la mano para rendirme. No quería pelearme con un discapacitado. Solo quería que dejara de mirarme tan fijamente—. Pero deja de mirarme así, ¿vale?

Eché a andar hacia mi casa y estaba a medio camino cuando volví a oír su voz.

—¡Lo que llevas no pega!

«¿Qué?»

Giré sobre mis talones. El chico estaba cruzado de brazos con aire engreído. Debía de pensar que no había peor insulto que aquel. Cohibido de una forma inexplicable, me miré la ropa. ¿Cómo podían no pegar unos vaqueros y una sudadera? Volví a alzar la vista para preguntarle, sinceramente, a qué demonios se refería, pero los escalones escaleras de su casa estaban vacíos. Lo único que alcancé a ver fue su mochila justo antes de que la puerta se cerrara.

Image

Di un portazo al entrar en casa para anunciar mi llegada y arrojé la mochila a un rincón. La siguiente parada solía ser el mando a distancia, pero ese día opté por correr las cortinas de la ventana del salón. Desde allí, el camión de mudanzas me lo tapaba casi todo, pero veía la mitad de las ventanas de la casa de dos plantas que había enfrente. Entrecerré los ojos para intentar ver qué había detrás de ellas, pero en ninguna había luz.

—¿Qué estás mirando? —Mi madre se sentó en el brazo del sofá y pegó la cara a la mía para mirar por la ventana.

—A los vecinos nuevos.

Estaba tan cerca que, al sonreír, me rozó la cara con la mejilla.

—Ah, genial, ¿dónde están? Llevo toda la semana intentando verlos.

—Ahora están dentro.

—¿Los conoces? —Mi madre se apartó de la ventana y se sentó en el sofá.

—Bueno, conozco a uno…, más o menos.

—¿Quién es?

—Un jorobado que te mira como si tuvieras monos en la cara.

Por fin despegué la cara de la ventana y solté la cortina. Vi que mi madre me miraba con el entrecejo fruncido.

—Eso es muy desagradable, Dane.

—Qué bien que nadie me haya acusado nunca de ser agradable —dije antes de sentarme a su lado.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre es la verdad.

Mi madre se rió.

—Vale, don Maléfico, ve a afeitarte mientras preparo la cena.

—Buen intento.

—Venga, por favor. Hazlo por mamá.

Yo también me reí.

—Ni hablar —dije tocándome la barbilla—. Sin afeitar tengo pinta de tío duro.

—Pareces un maleante.

—¿Quién dice «maleante»?

—Lo decimos los adultos —precisó mi madre.

—Ah, ¿ahora eres una adulta?

Solo era una pulla, pero mi madre endureció las facciones y, de inmediato, deseé poder retirarlo.

Antes me parecía guay que mi madre fuera más joven y guapa que otras madres, hasta que los chicos de mi edad empezaron a mirarla de una forma que me ponía enfermo. Pero, si para mí era violento, para ella lo era más. En una ocasión, cuando empezó a salirme la barba, fuimos a un restaurante y un camarero nos preguntó desde cuándo estábamos juntos, ¡como pareja! No sé quién se quedó más asqueado, si mi madre o yo, pero camino de casa ella entró en una farmacia para comprarme una maquinilla y un bote de espuma de afeitar. Me explicó lo que pudo sobre cómo se hacía, pero afeitarse las piernas es muy distinto a rasurarse la barba. Esa noche me hice trece cortes. A mí me pareció que me daba pinta de tío duro, pero mi madre se echó a llorar. Pasaron meses antes de que volviera a darme la lata con que me afeitara.

—Pues tú no pareces tan «adulto» como te crees —dijo. Alargó la mano para chafarme el mechón de pelo que siempre se me levantaba en la coronilla—. Con este remolino de crío pequeño que tienes.

Le aparté la mano y me chafé el mechón yo mismo, por pura costumbre.

—Mi Guillermo el Travieso particular. —Mi madre sonrió—. ¿Te has metido en algún lío hoy en el instituto?

—Hoy no.

—Bien. —Me dio una palmada en la pierna y se levantó.

Yo la seguí a la cocina.

—Mamá, quería hablar contigo de… Oye, ¿por qué estás preparando la cena? ¿No tienes clase esta noche?

Ella sacó una bolsa de verdura salteada del congelador y puso una sartén en uno de los fogones de la cocina, obviando mi pregunta a propósito.

—¿Mamá?

Aunque siguió de espaldas a mí, percibí culpa en su voz.

—Han cancelado mis clases de los miércoles. No venía suficiente gente.

Mi madre era instructora de yoga y Pilates en un gimnasio del barrio y le pagaban por clase. Si no tenía alumnos, no cobraba.

—Mierda —dije.

Ella se encogió de hombros como si no tuviera importancia, pero por cómo le pesaron cuando volvió a bajarlos, supe que estaba preocupada, preocupada por pagar el alquiler de ese mes, por alimentarme, por poner gasolina en el coche. «Su» coche.

Encendió el fuego y vació el contenido de la bolsa en la sartén.

—En fin, ¿de qué querías hablarme?

—Bueno, a lo mejor no es un buen momento, pero… —Vacilé—. Te quería hablar de comprar un coche.

Su risa dejó traslucir más irritación que buen humor.

—Tienes razón, Dane. No es un buen momento.

Movió la sartén con más fuerza de la necesaria.

—Podría buscar trabajo —sugerí.

—Podrías buscarte un trabajo mejor si fueras a la universidad. —Por fin se volvió hacia mí—. Y eso no vas a poder hacerlo sin una beca completa. Tus notas son clave para que te den una beca. Te prometo que lo lamentarás si permites que un trabajo afecte a tus estudios.

—Mis notas son una pasada —dije.

—Y van a seguir siendo una pasada, porque no vas a tener trabajo.

—Ni tampoco coche —rezongué.

—Exacto —dijo. De mal humor sacó dos platos del armario y los dejó en la minúscula mesa de nuestra cocina—. Porque soy una madre horrible.

—Yo no he dicho eso. Y no quería cabrearte. Es solo que…

—¿Qué? —Dejó de poner la mesa y me miró con una mano apoyada en la cadera.

—Es solo que, cuando tú tenías mi edad, tenías coche.

Y entonces la conversación terminó como siempre.

—Dane, cuando yo tenía tu edad, tenía un hijo.

Image

Lo irónico del asunto era que mi madre sí podía comprarme un coche. Yo tenía la prueba delante de mis narices mientras cenábamos en silencio sentados a la mesa de la cocina. Detrás de ella, la pared estaba repleta de pequeños marcos. Y no había una sola foto en ninguno de ellos. Aquellos marcos eran para boletos. Boletos de lotería. Todos premiados.

Mi madre jugaba a la lotería siempre que se lo podía permitir, lo cual no era muy a menudo comparado con el resto de los adictos a la lotería. Pero, a diferencia de aquellos pobres diablos, mi madre ganaba, no solo muchas veces, ¡sino siempre! Tenía una suerte fuera de lo común con los boletos pequeños que había que raspar. Probablemente ya seríamos ricos si hubiera tenido esa misma suerte en Las Vegas durante un solo fin de semana. Pero mi madre estaba convencida de que la suerte la abandonaría en cuanto intentara sacar provecho de ella y decía que la estaba reservando para algo importante.

Miré el suelo de linóleo despegado en las esquinas y las sillas de la cocina, todas diferentes. Hasta el momento, parecía que su buena suerte quedaba limitada a aquellos boletos, enmarcados y colgados de la pared para torturarme. La mayoría no valían mucho, un dólar por aquí y cinco pavos por allá, junto con un par de boletos de cien dólares que me había dolido verle enmarcar. Si todos hubieran sido de cantidades así de pequeñas, no me habría importado tanto.

Pero había un boleto, en el mismo centro, con un marco un poco más grande que el resto, que yo le había suplicado que cobrara. Un boleto espléndido… por un importe de cinco mil dólares. Estaba seguro de que aquel boleto le quitaría su extraño hábito. Obviamente era el golpe de suerte para el que se había reservado.

Estallé cuando me dijo que iba a colgarlo en la pared con los demás.

—¡El alquiler de medio año! —grité—. ¡Un coche! ¡La universidad!

Probé con todo, pero ella no hizo caso de mis protestas. Dijo que ganar tanto dinero solo era una prueba de que su suerte estaba mejorando. Fue entonces cuando comprendí que su jueguecito del karma era más que un hábito peculiar. Era una enfermedad.

Aquel boleto ya llevaba tres meses colgado de la pared y, según la página web de la lotería de Missouri, caducaría al cabo de otros tres. Cada vez que lo veía me ponía más furioso, me preocupaba más la cordura de mi madre. Aquel boleto destacaba entre los demás y me tentaba con sus posibilidades.

Aquel boleto hacía que me picaran las manos.

Despegué los ojos de los boletos. Fingir que no estaban allí era la única forma de no volverme loco viviendo tan cerca de algo que no podía tener. En cambio, posé la mirada en mi madre. Parecía tan «normal» y, la verdad sea dicha, como madre, molaba bastante, pero era evidente que estaba como una regadera.

Image

El camino al instituto era bastante sencillo. Había que girar tres veces y atravesar los campos de béisbol, de modo que no me fue difícil ver que me seguía. Acababa de salir de nuestra calle cuando apareció en la otra acera, andando con paso pesado en aquella postura encorvada tan extraña y la cara hacia el suelo. Estaba tan concentrado en dónde ponía los pies que yo ni siquiera habría imaginado que me seguía si no hubiera tomado mi atajo por los jardines.

A veces, cuando iba justo de tiempo por las mañanas, atajaba por una serie de casas que rodeaban un mosaico de jardines de flores. Todas las casas daban por la parte de atrás a un patio con senderos de ladrillo que zigzagueaban entre arriates cuadrados, cada uno plantado con un tipo de flor. Las flores no me decían mucho, pero era agradable saber que los jardines estaban ahí, que aún existía algo tan puro en nuestro barrio. Eran la clase de sitio al que llevaría a una chica digna de un ramo de flores. Lástima que casi todas las chicas que conocía eran de las que ya estaban desfloradas.

Enfilé el sendero que torcía a la derecha y lo vi con el rabillo del ojo, tomando el de la izquierda. Seguía sin mirarme, pero cuando aflojé el paso cerca de unas flores amarillas, él también lo aflojó, junto a unas rosas. Y cuando me agaché y fingí que me anudaba el cordón del zapato, él se detuvo a olerlas.

No podía imaginarme por qué motivo me estaba buscando las cosquillas aquel chico, pero pensaba averiguarlo. Me quedé agachado y eché un pie hacia atrás como haría un corredor. Luego me di impulso contra el suelo y eché a correr con todas mis fuerzas para salir de los jardines. Los sinuosos senderos me frenaban, de modo que salté por encima del último arriate dando un brinco tremendo. No miré atrás para ver si me seguía; con sus pesados andares, era imposible que tuviera la agilidad suficiente para alcanzarme.

Seguro de que lo había dejado atrás, me escondí detrás de la primera casa que vi y esperé, jadeando, con la espalda pegada a la pared. Oí sus pisotones en la hierba unos segundos después y me preparé para abandonar mi escondrijo.

Me planté delante de él.

—¿Por qué me sigues?

Pero, para el caso, podía haberle gritado «¡Uh!», porque se sobresaltó de tal manera que solo tartamudeó y empezó a resollar. Puso la espalda encorvada tiesa como un palo y cerró los puños cerca de la cara. Supuse que aquel era el efecto deseado, pero, en lugar de sentirme complacido, me asusté. Solo me faltaba que me echaran la culpa del ataque de histeria de un retrasado.

—Oye —dije, y lo agarré por el hombro—. Relájate.

Él obedeció. Despacio, abrió los puños y controló la respiración.

—Sí, así —añadí—. Le solté el hombro y me crucé de brazos—. Dime, ¿por qué me sigues?

Él aspiró una bocanada de aire y respondió, lo más rápido que pudo:

—Por los tíos que me dijeron que me harían daño y porque sabes ir al instituto y por el chico al que pegaste…

—¿Qué chico?

Los ojos se le agrandaron un poco y, cuando habló, percibí admiración y temor en su voz.

—¿Pegas a muchos chicos?

—Eso no es asunto tuyo.

—El del coche.

—¿Lo conoces? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—No.

—Entonces ¿qué más te da?

—Haces muchas preguntas —dijo.

—Pues más te vale empezar a responderlas. Me gusta que me sigan casi tanto como que se me queden mirando. O se metan con mi ropa.

Me miró la ropa, pero si tenía algún reparo, tuvo la inteligencia de callárselo. En cambio, alzó la cabeza para mirarme a la cara.

—Les tengo miedo a unos chicos del instituto. Pero ellos te tienen miedo a ti. Si voy al instituto contigo, no paso miedo. —Levantó las manos como diciendo «¿qué se le va a hacer?», pero no cambió de expresión en ningún momento.

¿Quiénes podían ser aquellos chicos? No se me ocurría nadie del instituto que diera verdadero miedo, aunque, por otro lado, yo no era bajo como aquel chaval. Tenía la constitución de una pequeña apisonadora, pero si se peleaba con alguien más alto que él, podía tenerlo difícil.

—¿Vas al Twain? —le pregunté.

—Sí.

—¿Novato?

—Sí.

—¿Síndrome de Down?

—¡Pues claro! —exclamó como si estuviera hablando con la persona más lerda del mundo. Puso los ojos en blanco y se subió la mochila. Me fijé en que llevaba la lengua un poco sacada; la apoyaba en el labio inferior y solo la metía cuando hablaba.

—¿Y crees que seguirme sin mi permiso va a impedir que te den de hostias?

—Bueno, ya no —respondió.

—Bien. —Me di la vuelta en la hierba y eché a andar hacia la calle.

—Ahora les diré que te doy miedo.

Me tropecé con mis propios pies cuando me di la vuelta en la acera y tuve que retroceder unos pasos.

—¿Cómo dices?

—Has huido de mí. —Se puso a mi lado y pisoteó el suelo para sacudirse el rocío de los zapatos.

—Tío, yo no he huido de ti.

—Eh, sí, has huido. Has pasado por encima de las flores y todo lo demás así. —Puso la mano horizontal y la movió como un avión. La levantó mucho hasta ponérmela delante de la cara y acompañó el movimiento con un silbido.

Reprimí el impulso de apartarle el brazo de un empujón.

—He corrido para adelantarme —expliqué—. Para poder… Para que tú… —Me callé. Lo de correr ya me parecía una tontería.

—Para poder asustarme —dijo.

—Supongo.

—Por eso te seguía. Porque asustas.

—Pues felicidades. Tú también asustas. Seguirme es un poco siniestro.

—Solo es siniestro si no vamos juntos.

Me apreté las sienes. No tenía tiempo para discutir con una persona que tenía respuesta para todo. Ya llegábamos tarde a clase y no podía arriesgarme a que volvieran a castigarme. Así pues, hice lo único que se me ocurrió y eché a andar por la acera. Tardé un momento en darme cuenta de que él no se había movido. Suspiré y, sin volver la cabeza, le hice un gesto con la mano para indicarle que me acompañara.

—Anda —le ordené.

Él corrió a mi lado.

—Gracias…

—No me hables —le interrumpí sin dejar de mirar al frente ni andar—. No llores, no te quedes mirándome ni hagas comentarios sobre mi ropa. Pero sobre todo no me hables. Y si vemos a alguien del instituto, te pasas a la otra acera.

Le lancé una mirada para ver si me estaba prestando atención. Él asintió con entusiasmo.

—Si violas alguna de estas reglas, te doy un golpe en la cabeza, ¿entendido?

—Entendido —respondió y, de inmediato, violó las reglas hablándome—. Me llamo Billy Drum. Pero todos me llaman Billy D.

—Me da igual.

—¿Tú quién eres?

Le sonreí con engreimiento.

—Tu peor pesadilla.

—Tú no eres mi peor pesadilla. Mi peor pesadilla es con una serpiente y…

—¡Me da igual!

—Mi vecino te llama «el capullo ese», pero ese no es tu nombre. Sé lo que es el capullo y no es un nombre. En mi clase de preparación para la vida diaria lo llaman prepucio. Pero sé que también se llama capullo y, desde luego, no es ningún nom…

—¡Tío! No quiero hablar de capullos contigo.

—¿De qué quieres hablar?

—Quiero… —Con las manos alzadas, retrocedí unos pasos en la acera y luego volví a avanzar—. ¡No quiero hablar de nada! ¡Lárgate!

Billy se quedó tan pancho con mi exabrupto. Apreté el paso y él modificó su zancada para adaptarse a mi ritmo.

—Vale, pero si me dices cómo te llamas, se lo diré a Mark y él ya no te llamará más «el capullo ese».

—Ese cafre sabe cómo me llamo y después voy a darle de hostias por llamarme capullo.

—Vale, entonces ¿me lo dices a mí para que no te llame capullo y no me des de hostias?

Suspiré y me tapé la cara con las manos.

—Dane, ¿vale? Me llamo Dane Washington.

—¿Washington, como el presidente?

—Sí. Como el presidente.

—Eso ...