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EL SABOR DE TUS HERIDAS (DREAMING SPIRES 3)

Victoria Álvarez

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Fragmento

 

 

 

Para Marta

Este es el día entre los días —dijo cuando me acerqué—, el día entre los días para vivir o para morir. Es un hermoso día para los hijos de la tierra y de la vida…, ¡ah, más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!

EDGAR ALLAN POE, Morella

Eres como el hielo, dura como la piedra mientras no te fundas; pero, si esto llegara a suceder, no quedaría nada de ti.

IVÁN TURGUÉNEV, Fausto

Una vez más, el deseo nos ha reducido a ruinas.

CAROLE MASO, Beauty is convulsive

Prólogo

Los ancianos decían que era el invierno más frío por el que había pasado Oxford en medio siglo. El estanque del Jardín Botánico se había congelado el mes anterior y los peces se habían quedado atrapados bajo la superficie. Las telarañas colgaban petrificadas de las verjas de los jardines, tan gruesas como hebras de lana. Los carámbanos que resbalaban por las agujas de los colleges envolvían los campanarios como crisálidas de hielo, y cuando por fin se los oía exhalar su aliento, lo hacían con una cadencia de funeral que le encogía a uno el corazón.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Parecía que la muerte se había propuesto extender su manto sobre la ciudad, incluso sobre los territorios que ella misma había conquistado. En el pequeño cementerio de Saint Giles las sepulturas guardaban silencio, demasiado abrumadas por la escarcha para que los epitafios contaran su historia. Pero ni siquiera aquella atmósfera tan desapacible podría haber disuadido de su visita a las dos personas que se acercaban agarradas de la mano.

Llevaban cuatro años y medio haciéndolo, una vez a la semana. Al principio era el hombre el único que avanzaba a pie, con la niña cogida en brazos, pero desde hacía poco había empezado a permitirle recorrer por sí misma la escasa distancia que separaba el cementerio de su casa. Los dos iban envueltos en pesados abrigos negros esa mañana, y la pequeña llevaba además un sombrerito azul sobre los cabellos rubios. Una bufanda a juego le rodeaba la garganta, y lo único que se le veía eran los ojos.

Y eran unos ojos muy hermosos, de un gris tan encapotado como el cielo que parecía cerrarse cada vez más sobre sus cabezas. En aquel momento estaban clavados en los botines con los que daba saltitos mientras canturreaba para sí: primero sobre un pie, luego sobre los dos, luego sobre el otro pie…, hasta que de repente, al alzar la cabeza, se dio cuenta de que acababan de detenerse ante el muro cubierto de hiedra que rodeaba el cementerio, un oasis de cristal y de piedra al norte de Oxford. Entonces la pequeña miró a su padre, que asintió con la cabeza, y entraron en el recinto sin pronunciar una palabra.

No había nadie más que ellos alrededor de la iglesia de Saint Giles. Un sendero unía la entrada del cementerio con la puerta de la parroquia, flanqueado por dos murallas de cipreses tan espolvoreados de escarcha que casi parecían tener las hojas blancas. Entre las losas del sendero también había hielo, y las malas hierbas que crecían en las junturas se quebraban bajo sus zapatos. La niña apretó la cara contra la mano enguantada de su padre.

—¿Seguro que también estará esperándonos hoy? ¿No se habrá ido con otras niñas?

—Nunca lo haría —contestó él en voz baja—. No podría querer a ninguna tanto como te quiere a ti. Hasta ahora no ha faltado nunca a nuestra cita, por mucho frío que hiciera.

Su hija no pareció creerle del todo. De hecho, su expresión no se relajó hasta que dejaron atrás los cipreses y se adentraron en la hierba crujiente, deteniéndose ante una sencilla lápida que se erguía cerca de la iglesia. Entonces, como si le aliviara comprobar que seguía allí, la niña soltó la mano de su padre para ponerse en cuclillas ante la tumba.

Como a casi todas las demás, las lluvias torrenciales de aquel último otoño la habían cubierto con una capa de verdín. La escarcha se había acumulado dentro de las letras cinceladas, haciéndolas resaltar como azúcar glaseado sobre una tarta gris.

—«Co… con…» —empezó a deletrear la niña, pero era demasiado pequeña para seguir.

—«Consagrada a la memoria de Ailish Saunders» —leyó su padre por ella—. «Muerta el 2 de julio de 1905 a los veinte años de edad.» —Y, al decir esto, la voz pareció abandonarle.

—La tía Lily todavía no quiere enseñarme los números —comentó la pequeña—. Dice que antes tengo que conocer todas las letras. Pero yo quiero aprender a leerlo todo ya, y saber qué pone en estas piedras. —Alargó un dedo hacia la lápida—. ¿Qué dice ahí abajo?

—«Su pérdida fue como la de la clave de un arco» —concluyó el hombre a media voz.

Durante los siguientes minutos guardaron silencio. Unos grajos cruzaron el cielo sobre sus cabezas, rozando los cipreses con las alas y atrayendo la atención de la niña hasta que desaparecieron detrás de la torre de la iglesia. Cuando volvió la cabeza se dio cuenta de que su padre se había acercado a la lápida para depositar ante ella unas flores.

Eran crisantemos, tan blancos que costaba distinguirlos sobre la hierba escarchada. Los había comprado de camino al cementerio, pero por alguna razón no parecían agradar a su hija.

—¿Estás seguro de que a mamá le parece bien que le traigas esas flores? —preguntó.

—Supongo que sí —contestó él, aunque de repente parecía dubitativo—. Nunca se las regalé cuando aún estaba viva, pero le gustaban todas las flores, así que imagino que…

—Creo que ella habría preferido algo con más color —aseguró la niña—. Cuando vino a vivir a esta ciudad contigo nunca compraba flores blancas. Le recordaban a las que dejó en la tumba de la abuela antes de irse de su isla, y eso la hacía ponerse muy triste.

Entonces una idea pareció cruzar por su dorada cabeza mientras se incorporaba tan rápidamente que casi resbaló sobre la escarcha. Agarró la mano de su padre, sin reparar en lo rígido que se había puesto al oírla, y tiró de él para que la siguiera hasta el sendero.

—¿Por qué no vamos a comprarle un ramo rosa? ¿No le haría mucha más ilusión?

—Espera un momento —contestó él, soltando poco a poco su mano—. Yo nunca te he hablado del entierro de la abuela. ¿Quién te ha contado esa historia de las flores blancas?

Su tono de voz sorprendió tanto a la pequeña que esta se detuvo. Lo miró con la misma confusión que si le hubiera preguntado por qué sabía que su bufanda era de color azul.

—No lo ha hecho nadie, pero lo recuerdo. Como todo lo que tiene que ver con mamá.

Aquellas palabras, pronunciadas en el tono más inocente del mundo, parecieron agarrotar el semblante del hombre. «Mamá lleva más de cuatro años enterrada en este lugar», estuvo tentado de decir. «Mamá murió a la vez que tú nacías. ¡Es imposible que recuerdes algo así!» Durante unos segundos ambos se miraron en silencio, de pie en el sendero desolado, hasta que la niña, impaciente, regresó para agarrar de nuevo la mano de su padre.

—Hace mucho frío, papá. ¿Vamos mejor a tomar un chocolate caliente antes de volver a casa?

Lo único que pudo hacer él fue asentir como un autómata y, mientras caminaban hacia la salida, dejarse enredar por su alegre parloteo para evitar seguir pensando en lo que acababa de oír…, porque comprendía demasiado bien lo que ocurría, como lo había comprendido cuando su pequeña abrió los ojos por primera vez. Cuatro años y medio era muy poco tiempo para acostumbrarse a convivir con un duelo que él sabía eterno. Antes había creído que nada podría causarle más dolor que perder a su otra mitad, pero por desgracia se equivocaba: verla cada día encerrada en un cuerpo ajeno era una tortura mucho peor.

I

Reencuentros

y desencuentros

1

Faltaban tres días para la Navidad de 1909 y la niebla se había apoderado de París como si quisiera retenerlo para siempre en su abrazo. Lejos de las boutiques abarrotadas de los distritos comerciales y de los elegantes bulevares inundados de luz, la isla de Saint-Louis se erguía en medio del Sena como un monstruo demasiado cansado para seguir remontando la corriente. La bruma que se levantaba del río aquella noche desdibujaba los contornos de las casas y convertía la catedral en una masa oscura e informe; lo único que podía distinguirse de ella eran las agujas de piedra con las que trataba de alcanzar el cielo. «Tan cerca, y a la vez tan lejos», reflexionó Konstantin Dragomirásky, de pie ante uno de los ventanales del piso que siempre solía alquilar cuando visitaba la ciudad. En la última hora apenas se había movido, y si alguno de los vecinos hubiera mirado hacia su despacho, probablemente lo habría confundido con una gárgola más. «Nunca dejarán de fascinarme los esfuerzos que hacen los hombres por acercarse a la divinidad. Alguien debería explicarles que lo más sensato que podrían hacer sería huir de las cosas eternas.»

Hacía rato que las brasseries de la isla habían cerrado sus puertas y las calles estaban prácticamente desiertas. Un movimiento al pie del edificio atrajo de repente la atención del joven: un vehículo acababa de desembocar en la isla de Saint-Louis a través del pequeño puente metálico que la comunicaba con la de la Cité, y, después de girar a la derecha, se había detenido delante del inmueble. Konstantin siguió sin moverse al reconocer la mano que asió la del cochero cuando este acudió a abrir la puerta y la inconfundible silueta envuelta en un abrigo de pieles plateadas que surgió de su interior.

La vio abrirse camino entre la niebla hasta el portal de la casa, sosteniendo en una mano una pequeña bolsa de papel. Los ojos del joven se clavaron entonces en el reflejo que le devolvían los cristales empañados del despacho. Su mirada era serena, demasiado serena, teniendo en cuenta lo que se disponía a hacer; sus facciones pálidas y su cabello casi albino lo hacían relucir como una aparición en medio de la noche. Medio minuto más tarde alguien llamó con los nudillos a la puerta, y Konstantin le dio permiso para entrar.

—Alteza. —Era un hombre alto, tan pálido como él y con el canoso cabello cortado al rape sobre una cabeza que exhibía unas cuantas cicatrices—. La señorita Stirling acaba de llegar a casa y pregunta por vos. Dice que si estáis ocupado puede esperar hasta mañana.

—No —repuso Konstantin sin volverse—. Hazla pasar, Jenö. Y quédate con nosotros.

El criado asintió con la cabeza antes de desaparecer. Konstantin se recolocó ante el cristal el alfiler de plata que adornaba su corbatín de seda y se dio la vuelta justo cuando Jenö regresaba con la mujer a la que había visto bajar del coche. Rondaba la treintena y era de una belleza impresionante, con la piel morena, los ojos muy oscuros, de pestañas largas y espesas, y una constelación de lunares tachonando sus mejillas. Iba tocada con un sombrerito ruso confeccionado con las mismas pieles de marta cibelina que su abrigo.

Curiosamente, la expresión con la que entró en el despacho era sombría; aunque, al percatarse de que Konstantin la estaba observando, curvó sus labios rojos en una sonrisa.

—¡Mi señor, qué sorpresa tan deliciosa! ¡Creía que esta noche estaríais en el ballet!

—He oído decir que la Pávlova no se ha encontrado muy bien últimamente, y pese a lo poco que suele honrar con su presencia a los franceses, no he querido correr el riesgo de acudir para nada. Ya sabes que nunca me han gustado las suplentes. —Mientras decía esto le alargó una mano por encima del escritorio que ocupaba el centro del despacho. La recién llegada se acercó para rozarla con los labios—. ¿Cómo ha ido tu tarde de compras?

—De maravilla. Visitar la tienda de monsieur Worth es como pasar un par de horas en el paraíso. He acabado encontrando exactamente lo que quería: muselina, organza y pedrería, y encaje blanco en los brazos y el pecho. Creo que causará una gran impresión.

—No recuerdo ninguna ocasión en la que no hayas conseguido hacerlo. Me alegra que por fin te hayas dado cuenta de hasta qué punto es importante mantener en todo momento las apariencias, sobre todo cuando uno prepara una representación como esta.

Ella forzó una sonrisa mientras se desprendía del sombrero, revelando un recogido que la niebla no había logrado mustiar. Tenía el pelo tan negro como los ojos y los lunares.

—Encargué que me lo enviaran al piso cuando acabaran con los retoques, así que me figuro que dentro de un par de días lo tendremos aquí. Estoy deseando enseñároslo para que me digáis qué os parece, aunque muchos crean que da mala suerte que el novio…

—¿Has traído contigo alguna otra pieza del ajuar? —la interrumpió el joven, señalando su bolsa con el mentón.

—Ah, esto… —Ella la alzó en su mano enfundada en terciopelo—. No es más que una de esas chucherías que tanto me gusta comprar. Si queréis que os diga la verdad, estoy tan enamorada de mi nuevo juguete que no podía esperar a que lo trajeran con lo demás.

—Si otra mujer me dijera eso, pensaría que se está refiriendo a un frasco de perfume de Guerlain o a un prendedor de Lalique —comentó Konstantin—. Pero tratándose de ti…

Sonriendo, la mujer le alargó la bolsa para que lo comprobara por sí mismo. Él se acomodó al otro lado del escritorio antes de sacar del interior de la bolsa una caja rectangular de madera. Dentro reposaba una diminuta pistola con incrustaciones de coral en las cachas.

—Me lo imaginaba —se limitó a decir. Tomó la pistola en la mano para examinarla con atención antes de dejarla encima del escritorio—. Muy hermosa, tengo que reconocerlo…

—Una Colt de calibre cuarenta y cinco, la reina de las semiautomáticas en Estados Unidos —dijo ella muy ufana—. Aún mejor que la Beretta y la Savage que estuve probando la semana pasada. Cada vez son más pequeñas; dentro de poco nos cabrán en una mano.

—Estoy seguro de que sabrás sacarle un gran partido. Aunque la verdad es que me extraña que te hayas decantado por el coral en los adornos en lugar de tu negro habitual.

La sonrisa de ella se atenuó un instante, aunque enseguida recuperó su esplendor.

—He pensado que quizás sería buena idea empezar a renovar mi estilo. Tantos tonos sombríos en mi armario pueden resultar deprimentes, y este invierno va a ser muy largo.

—Supongo que tienes razón. Se avecina una época de muchos cambios, Dora…, para todos nosotros. —Konstantin se echó hacia atrás en su butaca, con los ojos grises clavados en los negros de su interlocutora—. Pero sentiré tener que despedirme de tu Carmilla. Esa pistola y tú habéis pasado por muchas cosas juntas. ¿Me dejarías verla por última vez?

—No tengo intención de abandonarla por la nueva de la noche a la mañana —aseguró ella mientras se abría el abrigo de pieles para sacar otra pistola que dejó en manos de su patrón—. Ya sabéis lo importante que es la lealtad para mí. Lo más importante del mundo.

El joven no contestó nada. Colocó también al arma bautizada como Carmilla sobre el escritorio, cuidadosamente alineada con la nueva Colt, y después alzó la mirada hacia el criado que permanecía de pie ante el ventanal. Este asintió con la cabeza y se dirigió en silencio hacia la puerta del despacho. Theodora se volvió hacia él, un poco extrañada.

—¿Ocurre algo, mi señor? Jenö no parece muy contento esta noche, y tampoco me da la sensación de que vos lo estéis. Cualquiera diría que tenéis que asistir a un velatorio.

—Es curioso que digas eso —comentó Konstantin—. Precisamente llevo unas cuantas horas meditando sobre la muerte de ciertas personas con las que tuvimos trato hace unos años. ¿Sabías que la esposa de tu amigo Oliver Saunders, más conocido actualmente como lord Silverstone, murió hace cuatro años y medio dando a luz a su primogénita?

—Sí, lo leí en un periódico inglés —murmuró Theodora con pesar—, y se me partió el alma al saberlo, mi señor, os lo aseguro. Esa pobre niña… era una criatura adorable, y él estaba completamente loco por ella. Perderla de ese modo debió de resultarle devastador.

—Yo diría más bien que supuso una gran frustración para él, teniendo en cuenta que no le dio tiempo a contarle lo de su título nobiliario. Pero no es eso lo que quería aclarar contigo, Dora. Lo que ocurra con los Saunders me trae sin cuidado. En cambio…

Con un movimiento del brazo derecho, el joven apartó suavemente las dos pistolas para apoyar los codos sobre el escritorio. Miró a Theodora sobre sus dedos entrelazados.

—¿Por qué no me dijiste que la madre de la señora Saunders se llamaba Rhiannon?

—¿De qué estáis…? —comenzó a decir Theodora. A juzgar por su expresión, no se habría sentido más perpleja si su patrón le hubiera preguntado por qué no le había dicho cuánto medía o de qué color tenía el pelo—. Mi señor…, no se me ocurrió que eso pudiera…

—Debería habérsete ocurrido. Deberías haber sido mis ojos, Dora. Creía que ese era nuestro acuerdo: ser mi mano derecha, la mejor de mis espías, a cambio de mi protección.

—Pero yo nunca pretendí… No os he ocultado nada, mi señor, ni sobre el asunto de los Saunders ni sobre ningún otro. Ocurrieron tantas cosas hace seis años en ese castillo irlandés que no me pareció necesario daros tantos detalles sobre la familia que vivía allí.

—Un grave error, si te sigue interesando mi opinión —le aseguró Konstantin—. No te haces idea de hasta qué punto serían distintas las cosas si hubieras hecho bien tu trabajo.

Theodora abrió la boca, pero seguía sin poder reaccionar. Finalmente, cuando fue evidente que su patrón no pensaba añadir nada, dio un paso vacilante hacia el escritorio.

—Lo siento muchísimo, mi señor. Aún no entiendo muy bien en qué ha consistido mi error, pero os ruego que no me lo tengáis en cuenta. Sabéis que siempre he hecho cuanto estaba en mi mano por complaceros, incluso cuando eso… me obligaba a actuar de una manera no del todo noble. Os garantizo que será la última vez que os decepcione.

—Ah, de eso no me cabe la menor duda —contestó el príncipe—. Te he dicho hace un momento que se avecina una época de cambios. Será mejor empezar a ocuparnos de ellos.

—Por supuesto —corroboró Theodora con una forzada sonrisa—. Solamente falta una semana para que sea vuestra. Sin duda, nuestra primera Navidad como marido y mujer…

—Me temo que no me has entendido. Tú eres una de las cosas que han de cambiar.

Theodora volvió a quedarse callada de repente. La sonrisa abandonó poco a poco sus labios, y sus ojos pasaron de mostrar desconcierto a incredulidad. Y después, miedo.

—¿Mi señor? ¿Es que antes de que nos casemos queréis que os dé otra prueba de…?

—No voy a casarme contigo, Dora. No te necesito más a mi lado. Dejando aparte el hecho de que me fallaras, digamos que en estos últimos días… he llevado a cabo cierto descubrimiento que me ha hecho replantearme las cosas. —Y añadió sin dejar de mirar a la conmocionada Theodora—: Tú y yo hemos hecho un largo viaje, pero a partir de ahora nuestros caminos se separarán. Te deseo la mejor de las suertes en el tuyo, querida mía.

Un largo silencio siguió a sus palabras. Más allá del mar de niebla, las campanas de Notre-Dame retumbaban en la noche con su sordo ronquido. Por fin Theodora murmuró:

—Vos… vos no podéis decir en serio que… ¡después de todo lo que he hecho por…!

—¿Piensas recordarme cada uno de los favores que me has prestado y esperar que te dé una recompensa como a un perro fiel? Es muy poco elegante por tu parte, ¿no crees?

—¡He mentido por vos! —casi gritó Theodora, palideciendo por momentos—. ¡Me he puesto en peligro una y mil veces por vos! He robado para complaceros, he engañado a cientos de hombres para conseguir aquello que vos deseabais… Por el amor de Dios, ¡he renunciado a las cosas que más me importaban, a lo que más deseaba, solo por serviros!

Habían aparecido lágrimas en sus ojos. Cuando apoyó las manos enguantadas en el escritorio Konstantin se dio cuenta, enarcando una ceja, de lo mucho que le temblaban.

—¡Lo he sacrificado todo por vos! ¡Si me quitáis esto, lo que soy a vuestro lado, no me quedará nada! ¡Habría sido mejor que nunca me sacarais del agujero en el que nací!

—No es la primera vez que lo pienso, aunque me alivia no haberlo tenido que poner en palabras antes que tú. Ya sabes que para mí la lealtad también es importante, Dora…

—¿En qué os he fallado entonces? —exclamó ella—. Decídmelo, ¿qué he hecho tan terrible en estos últimos años para que decidáis acabar con nuestra historia de un plumazo?

—¿Quieres que te refresque la memoria hablándote de Nueva Orleans, por ejemplo?

Al escuchar esto Theodora se quedó sin palabras. Un rubor salvaje inundó poco a poco sus mejillas, aunque cuando volvió a hablar consiguió que la voz no la traicionara.

—Habíamos decidido comportarnos como si eso nunca hubiera sucedido. Fue idea vuestra olvidarlo para siempre, y sabéis que nunca he intentado acercarme de nuevo a…

—No serviría de nada que lo hicieras —le aseguró el joven, sin perder la calma—. Te sorprendería saber lo rápidos que son los hombres en enterrar los recuerdos. Una simple muesca en un cabecero, por honda que sea, no te hace inolvidable. Además, me temo que aunque no te hayas dado cuenta… —La miró con atención—. Empiezas a hacerte mayor.

Y entonces, ajeno a la mirada de conmoción que le seguía dirigiendo ella, sacudió una campanilla que había sobre el escritorio. Jenö regresó de inmediato, aunque esta vez no venía solo: lo acompañaban dos criados que se detuvieron a ambos lados de la puerta.

—La señorita Stirling ya se marcha. Os agradecería que la escoltarais hasta la calle para aseguraros de que no sufre ningún percance: estas noches de niebla no son seguras.

—Mi señor —volvió a susurrar Theodora. Los dos criados la agarraron por los brazos para tirar de ella hacia la puerta—. ¡Mi señor, por favor, no lo hagáis! —exclamó—. ¡Por favor…!

Él ni siquiera se molestó en contestar. Había vuelto a reclinarse en la butaca, y los gritos de ella no alteraron en lo más mínimo las facciones de un rostro que se parecía más que nunca a una máscara. «¡Mi señor! ¡Mi señor!», siguió escuchando mientras la arrastraban hacia la escalera, y un poco después, en un tono cada vez más histérico: «¡Konstantin!».

La puerta se acabó cerrando con un estruendo. La voz de Theodora se apagó como si ella nunca hubiera estado allí. Durante casi un minuto todos guardaron silencio, incluso el criado con cicatrices en la cabeza y los retratos que colgaban de las paredes.

—Jenö —dijo Konstantin al cabo, y el hombre se inclinó hacia él—. ¿Te acuerdas de lo que ocurrió con aquel purasangre árabe que teníamos en mis caballerizas de Budapest?

—¿Sárkány, Alteza, el que se rompió una pata durante una competición? Ese pobre animal no podría haberse recuperado nunca. Tuvimos que sacrificarlo, aunque creo que realmente fue un alivio para él; los últimos días debió de pasar por una auténtica agonía.

Konstantin asintió. Alargó una mano para sopesar de nuevo a Carmilla, que parecía curiosamente inofensiva al encontrarse lejos de su dueña, casi como si fuese de juguete.

—Procura hacerlo rápido. Me ha servido durante mucho tiempo, y preferiría que no sufriera.

2

Su último derechazo impactó directamente contra la nariz del hombre. Pudo sentir cómo los huesos se hacían añicos bajo sus nudillos momentos antes de que su oponente se estrellara contra los parroquianos que los rodeaban. Dos de ellos lo acompañaron en su caída, haciendo que las carcajadas casi superaran a los alaridos de triunfo de los que habían apostado por él y a los juramentos de los que habían pensado que aquel gigante de Cornualles, tan grande como un oso y con un gancho de izquierda que había conseguido partirle el labio al poco de comenzar, podría molerle a palos en menos de cinco minutos.

El oscuro local estaba tan atestado de humo que apenas distinguía las manos que le palmeaban la espalda mientras se daba la vuelta y alzaba los brazos sudorosos en un gesto que enardeció aún más a la multitud. Alguien le alargó una botella de ginebra por encima del mar de cabezas, y Lionel se arqueó tanto para apurarla que estuvo a punto de perder el equilibrio. En un momento de repentina lucidez, comprendió que era un milagro que no lo hubiera perdido antes, teniendo en cuenta la cantidad de alcohol que llevaba en la sangre aquella noche. Los parroquianos se apartaron cuando se abrió camino hacia el mostrador tambaleándose. Mientras lo hacía, no prestó atención al gigante que yacía en el suelo cubierto de serrín, gimiendo y tapándose la cara con las manos.

Tal como imaginaba, Harold Boyd, el dueño del Blacksmith’s Arms, había estado observando el combate junto a Daisy, la camarera pechugona a la que Lionel había dejado su chaqueta y su camisa. Ella no pudo contener un gritito de alivio cuando se les acercó.

—Esta vez ha estado cerca, corazón. —Y le estampó un beso en la cara—. ¡Casi me caí al suelo cuando me contaron que esta noche te tocaba enfrentarte a esa mala bestia!

—Lo mismo me pasó a mí, aunque por motivos distintos —repuso Boyd con cara de pocos amigos. Era un tipo entrado en la cincuentena, con bolsas debajo de los ojos que acentuaban aún más su aire avinagrado—. Creí que te lo había dejado claro, Lennox. No estoy dispuesto a que vuelvas a hacer de las tuyas con los chicos de Crawford después de lo que ocurrió el mes pasado. Como la policía vuelva a presentarse en mi local…

—Eso deberías decírselo a quien les fue con el cuento, no a mí —contestó Lionel mientras se apoyaba aliviado en el mostrador. El mundo dejó de girar, aunque solo fuera durante unos instantes—. En el fondo cumplí con mi parte del trabajo, ¿no? Gracias a mí te embolsaste una buena cantidad aquel día, así que los dos salimos ganando, ¿no crees?

—Me parece que mi idea de espectáculo no tiene mucho que ver con la tuya —fue la seca respuesta de Boyd—. Media docena de monedas en el puño… ¿Realmente no se te pasó por la cabeza que Crawford tomaría represalias contra nosotros si lo descubría?

Su indignación fue en aumento cuando Lionel dejó escapar una risotada. Abrió las manos para mostrarle que estaban vacías, como habría hecho un niño ante su maestro.

—Pierde cuidado: esta vez he jugado limpio. Puede que el espíritu de la Nochebuena me haya inspirado, o quizás simplemente me esté empezando a ablandar. De todas formas, Boyd, no merece la pena que te preocupes por mí. Si acaban conmigo en algún ajuste de cuentas, prometo no regresar de la tumba para hacerte la vida imposible.

—Mucho me temo que sea el alcohol el que acabe antes contigo —comentó Boyd en tono sombrío. Y como Lionel seguía con una mano ostensiblemente extendida, acabó sacando un sobre del interior de su abrigo con un suspiro de resignación—. Supongo que lo prometido es deuda: aquí tienes tus diez libras. Espero que esta vez las hagas durar más.

Mientras Boyd se marchaba, Lionel se mordió la lengua para no recordarle que la mayor parte del dinero que le pagaba por aquellas peleas ilegales solía acabar de nuevo en sus manos. «En el fondo no ha dicho nada que no sea verdad», reflexionó mientras se volvía hacia la camarera, que se había puesto a secar jarras tras el mostrador. No tuvo que abrir la boca; Daisy cogió una de las botellas de ginebra que había a sus espaldas y le colocó un vaso recién enjuagado delante. «Sería un final mejor que el que me merezco.»

—¿Qué piensas hacer esta noche, corazón? —preguntó la joven, acodándose sobre el mostrador mientras Lionel bebía—. ¿Tienes una cena especial esperándote en algún sitio?

—A menos que me arrastren a un banquete sorpresa, me parece que no —respondió él con indiferencia—. Creo que lo celebraré emborrachándome aún más en mi habitación.

—Podrías quedarte en mi casa. Vienen mi hermana y mi cuñado con los niños, pero no se irán muy tarde. Ya sabes que no tengo muchos lujos, pero hoy es Nochebuena y…

Lionel se quedó mirándola por encima del vaso. La luz de los candiles acentuaba la palidez de su piel, aunque su pelo seguía siendo negro… «Demasiado negro para mi cordura —pensó apurando de un trago la bebida—. Maldita seas, maldita seas mil veces.»

—Lo siento, pero no creo que sea una buena compañía —aseguró mientras dejaba el vaso sobre el mostrador—. Prefiero pagarte una bebida otro día con lo que he ganado hoy.

Alargó una mano para que la camarera le devolviera su ropa. No es que fuera muy agradable ponérsela estando tan empapado en sudor, pero sabía que en el exterior la temperatura empezaba a caer en picado. No podía permitirse pasar lo que quedaba de año en la cama.

—Hasta la próxima, Daisy. —Y se puso la gastada chaqueta sobre la camisa—. Disfruta de la cena, si es que puedes con todos esos críos. Vas a tener que armarte de paciencia.

—Ya estoy acostumbrada —contestó ella con resignación—. Feliz Navidad, corazón.

Lionel no se había equivocado: hacía tanto frío aquella noche que en cuanto puso un pie en la calle notó cómo le castañeteaban los dientes. Unos copos de nieve del tamaño de granos de azúcar habían comenzado a caer sobre los adoquines, y emprendió el camino hacia su casa sintiéndose parte de un diorama invernal. Aquello, sin saber por qué, le trajo a la memoria recuerdos de otras navidades en Oxford que habían quedado muy atrás: sus amigos reunidos alrededor de una mesa rebosante de manjares, caras sonrientes que aún se permitían albergar esperanzas respecto al futuro, copas alzadas por unos sueños que habían demostrado no ser más que fantasías. «Deberíamos haber imaginado que aquello era demasiado bueno para durar. La vida nos ha puesto en nuestro sitio, a todos.»

Sus pasos eran inseguros, tan erráticos como sus pensamientos. Dos veces estuvo a punto de resbalar, y para cuando desembocó en Hell’s Passage la cabeza comenzaba a dolerle como hacía años que no le sucedía. La gente salía de The Turf Tavern para reunirse con la familia en sus hogares; unos estudiantes pasaron riéndose a carcajadas al lado de Lionel, y una muchacha se acercó unos segundos más tarde, envuelta en un chal. Se lo abrió un poco para mostrar un escote tan escuálido que se le distinguían las vértebras.

—No tengo qué comer esta noche, señor. Si usted me diera un trozo de pan, podría…

Al mirarla de refilón, sin llegar a detenerse, Lionel reparó en algo que le hizo aminorar el paso. El cabello cobrizo de la chica caía desordenadamente sobre su nariz, pero al apartárselo con una mano había dejado al descubierto tres pequeñas marcas que salpicaban sus mejillas. Tres lunares que consiguieron encogerle el corazón.

—¿Señor…? —siguió diciendo la prostituta, esperanzada, pero Lionel retrocedió poco a poco sin dejar de mirarla. Sacudiendo la cabeza, echó casi a correr por Hell’s Passage mientras intentaba sacar de su chaqueta una petaca de hojalata que Daisy le había llenado de ginebra antes del combate. Bebió ansiosamente sin dejar de caminar, con los dedos más agarrotados por la rabia que por el frío del metal.

«Maldita, maldita, maldita.» Dejó escapar un juramento entre dientes mientras la nieve, que estaba empezando a cuajar, se deshacía bajo sus pies. Aquella pesadilla nunca acabaría, lo sabía de sobra. Y también sabía de quién era toda la culpa. «Ojalá nunca te hubiera conocido. Ojalá no hubieras aparecido en mi vida. Me lo has hecho perder todo.»

Los tiempos en los que desempeñaba el cargo de ayudante de conservador en el Museo Ashmolean parecían pertenecer a otra vida. Habían sido dos años de éxito y de reconocimiento público, de buenos augurios y de palmadas en el hombro; pero tal como Lionel había podido comprobar, las etapas como esa nunca duran demasiado tiempo. A los pocos meses de regresar de Nueva Orleans con sus compañeros del Dreaming Spires, el difunto periódico dedicado a las nuevas ciencias con el que solía colaborar, su jefe le mandó llamar a su despacho y le anunció con cara de pocos amigos que había llegado el momento de que recogiera sus cosas y se largara de allí. Lionel no tardó en comprender qué había pasado: el conservador había acabado enterándose de lo que realmente lo había llevado a Egipto seis años antes, cuando se convirtió en una especie de héroe nacional por haber plantado cara a unos saqueadores que atacaron la sepultura de una princesa en el Valle de las Reinas. Una tumba que Lionel estaba saqueando por orden del conde de Newberry, nada menos que el mecenas de la excavación. Cuando aquella familia cayó en desgracia en el otoño de 1905 empezaron a salir a la luz muchos trapos sucios, y fue inevitable que su nombre también lo hiciera. De la noche a la mañana, Lionel perdió todo lo que había conseguido, y desde entonces se había visto obligado a volver a ganarse la vida con tejemanejes demasiado turbios para poder comentarlos con sus amigos.

De hecho, en los últimos años se había alejado tanto de Alexander y Oliver que ya no se le ocurriría qué decirles si se los encontrara de repente en Hell’s Passage. Algo poco probable, teniendo en cuenta que uno continuaba residiendo en su preciosa casa al sur de Oxford conocida como Caudwell’s Castle, y el otro se había convertido en dueño y señor de la mansión de los Silverstone en plena campiña de Oxfordshire. Lionel, por el contrario, había tenido que regresar a la habitación donde vivía antes de comenzar a trabajar en el museo, un sórdido cuartucho situado en una parte tan estrecha de la calle que casi tenía que pasar de lado para no rozarse con las paredes de ladrillo cubiertas de moho. Sabía que los dos le habrían echado una mano de haber conocido lo precaria que era su situación, pero preferiría morir antes que enfrentarse a sus miradas decepcionadas.

Cuando por fin desembocó delante de su portal, reparó en que había otra prostituta rondando por esa parte de la calle. Llevaba un vestido de gasa escarlata por el que la humedad había trepado hacía demasiado tiempo y un pañuelo raído alrededor de la cabeza.

—No, no tengo pan para ti y no me apetece pasar la noche con nadie —soltó antes de que ella pudiera decirle nada ...