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EL (SIN)SENTIDO DEL AMOR

Javier Ruescas

5


Fragmento

1

La noche se prestaba a ello totalmente. A ser como en las películas, quiero decir. Con una mansión llena de chicos y chicas en diferentes estados de embriaguez, la música a todo volumen, cerveza en vasos rojos de plástico o derramada sobre alfombras de lujo, y una protagonista, yo, que seguía sin entender qué demonios hacía allí. Supongo que habría que esperar un poco más para ver si terminaba como una de las frikadas que tanto me gustaba ver con Ciro o como un sangriento slasher.

Siempre he pensado que la amistad lleva incorporada una tanda de superpoderes que ríete tú de la posibilidad de volar o de atravesar paredes. Los que yo digo son más alucinantes. Y útiles, o peligrosos, según el lado de la balanza en el que te encuentres. Con ellos, eres capaz de sentir si le pasa algo a tu amigo, aunque estés de vacaciones en la otra punta del mundo, te permite descubrir vídeos y fotos de internet que debes compartir al instante o te ayuda a saber cuándo es más útil un abrazo que un millón de palabras.

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También, como era ese el caso, te obligaba a asistir a una fiesta en la que no pintabas nada cuando tenías cero ganas. De lo contrario, era incapaz de entender cómo me había dejado convencer para terminar en aquella casa.

Ciro tenía la culpa. Él era quien me había llamado esa misma mañana para rogarme de rodillas que lo acompañara (a través del teléfono oí cómo su madre le pegaba un grito para que dejara de hacer el idiota delante de la vitrocerámica) y prometerme que lo pasaríamos genial. Total, que aunque yo tenía ganas de quedarme en casa trasteando con la tableta gráfica, tuve que resignarme a ir. Por suerte, del mismo modo que Ciro me había obligado (sin obligarme) a cruzar media ciudad, yo también había hecho lo mismo con Julia para no sentirme tan desubicada. Sin embargo, y a pesar de mis ruegos para que se diera prisa, mi acompañante (no obligada) aún tardaría un buen rato en aparecer por allí.

—Menos mal que pestañeas. Cualquiera podría confundirte con un cuerpo disecado.

Ciro apareció de entre un grupo de chicas como un mago gafapasta.

—¿Y te crees que a alguien le extrañaría? —dije señalando los excéntricos y carísimos elementos decorativos a nuestro alrededor—. En el fondo tengo miedo de perderme.

Él asintió, comprensivo.

—Antes he preguntado por el baño y he acabado en la piscina climatizada del piso de abajo. ¿Te apetece tomar algo? ¿Refresco, cerveza, champán, una copa de Henri Jayer Cros Parantoux de la cosecha del 85? —añadió, acercándome el vaso de plástico lleno de vino que sujetaba.

—Pero si tú no bebes alcohol —comenté, extrañada.

—Lo sé. Pero este es uno de los vinos más caros del mundo y lo están utilizando para hacer sangría. ¡Es un crimen! Así que he hecho lo único que estaba en mis manos: salvar una copa y huir de allí como un refugiado de guerra. Creo que voy a regar el jardín con él mientras grito: «¡Sé libre, sé libre!». —Se recolocó las gafas y añadió—: A lo mejor crece una parra.

La carcajada que solté en ese momento fue la primera de toda la noche y me sentó fenomenal. Así era Ciro: por fuera, un chico alto y enclenque, de pelo moreno, gafas de pasta gruesa y jerséis cárdigans hasta en verano. Por dentro, una contradicción lógica detrás de otra, un coleccionista de datos tan fascinantes como inútiles y tan rápido con las palabras y los comentarios ingeniosos como un actor con el guión memorizado.

—Prefiero un refresco —decidí—. ¿Cuánto tiempo más tenemos que quedarnos?

—¡Pero si acabamos de llegar! ¿No iba a venir tu buena amiga Julia?

—Mi buena amiga Julia se retrasa.

—Para variar…

—¡Ciro! —exclamé. Ambos eran mis comejores amigos, y aunque apenas se conocían por ser de círculos distintos, existía entre ellos una curiosa rivalidad que a veces me encantaba y otras me ponía de los nervios—. Di, cuánto.

—No lo sé. Aún no he encontrado la historia.

—Ya estamos…

—¿Cómo que ya estamos? —Después bajó el tono de voz—. Soy un cronista, Lana. Para eso he venido. Vivo por y para ello. Las historias…

—… esperan que las descubras y las compartas, bla, bla, bla —conocía el discurso de memoria.

—Exacto. Y no puedo aparecer mañana en el blog sin una historia interesante de esta fiesta que compartir con mis lectores. Por lo tanto, voy a seguir buscando.

—¿Y para qué me necesitas aquí?

—Apoyo moral —respondió él antes de darme un beso y esfumarse de nuevo como el gato de Cheshire. Desde la lejanía, añadió—: Mantén los ojos abiertos, ¡por si ves algo!

O sea, que encima de estar allí contra mi voluntad, me había puesto deberes. La verdad es que tener de amigo al creador de la blognovela más popular de la red era, en ocasiones, un coñazo.

En2a2 era el título que le había puesto, y para entonces contaba con varios millones de lectores fieles que esperaban cada tarde un nuevo fragmento de la novela interminable. Los protagonistas habían ido cambiando con el paso del tiempo, pero la narración seguía siendo igual de adictiva que al principio y la gente no dejaba de pedirle más y más. Lo más curioso de todo era que, probablemente, algunos de aquellos lectores habían sido la inspiración para determinados capítulos sin tan siquiera imaginarlo. Porque eso era parte del secreto de Ciro y del éxito de En2a2: se dedicaba a robar historias de la vida real y a cambiar los nombres a sus protagonistas para que nadie se diera cuenta.

Todos los días recibía decenas de e-mails de lectores entregados que incluso le pedían consejo sentimental y varias editoriales ya se habían puesto en contacto con él para publicar el texto en papel, aunque por el momento prefería seguir trabajando online.

Lo más impresionante era que lo había hecho todo sin dar su verdadero nombre. Nadie, excepto yo, sabía que el autor de todas y cada una de las entradas de la web era él. Bajo el seudónimo de Bergerac, en honor al famoso poeta francés, enviaba y recibía los e-mails y la correspondencia, y escribía los capítulos con puntualidad británica.

Fue él quien me ofreció mi primer trabajo remunerado. No como redactora, porque además de que la escritura no es mi fuerte, suficiente tenía con vivir mi vida para estar pendiente de la de los demás, pero sí como diseñadora de la portada del libro y también de la web. El portal de En2a2 era uno de los trabajos de los que más orgullosa me sentía, y parecía que a los lectores les encantaba.

La puerta principal de la mansión se abrió detrás de mí y me giré con la esperanza de ver aparecer por ella a Julia, pero no hubo suerte. El grupo que entró levantó en el aire las botellas de alcohol que traían y gritaron al encontrarse con sus amigos. Pasaron a mi alrededor como si yo fuera un fantasma y se perdieron en el fragor de la fiesta. Sedienta, me dirigí a la mesa principal del salón y pesqué un refresco de una fuente de hielos derretidos.

Que prestara atención, me había pedido Ciro. ¡Como si supiera quién era quién entre toda esa gente! Aquellas vidas me eran tan desconocidas como las de los personajes de una película de la que solo hubiera visto el cartel promocional. La fiesta la daba la amiga de una conocida de Ciro, y como nadie pedía nombre en la puerta, nos habíamos podido colar sin dar explicaciones ni conocer a la anfitriona siquiera.

Ansiosa, saqué el móvil para comprobar que Julia no me hubiera escrito. Nada. Y ya era casi medianoche. Como siempre que me aburría, comencé a deslizar los dedos por la pantalla táctil para dibujar ondas sobre ella, como si fuera agua. En otras circunstancias, tal vez, habría intentado integrarme en alguno de los grupúsculos que reían a carcajadas o bailaban al son de la música, o me habría paseado con Ciro para que me presentase a gente. Pero esa noche solo tenía ánimos para esconderme en un rincón o hablar con alguien a quien no tuviera que explicarle lo desubicada que me sentía.

—¿Tú también lo habrías llamado Red en vez de Blue?

Di un respingo y me giré tan deprisa que el refresco estuvo a punto de caérseme encima.

—El fondo de pantalla de tu móvil —añadió el chico que acababa de aparecer detrás de mí—. Es de Kandinski.

—Ya lo sé —repliqué un poco a la defensiva, aún recuperándome del susto.

—Y lo tituló Blue.

—También lo sé.

—Y yo lo llamaría Red.

—Ajá —añadí, y él sonrió antes de tenderme la mano.

—Me llamo Jacobo. Jac.

—Lana —contesté yo estrechándosela.

Él me devolvió el apretón con energía, pero sin hacer daño ni apartar sus ojos de los míos. Un apretón de manual, de los que a mí me gustaban. Como si nos conociéramos de hacía tiempo. Como si quisiera que supiera que podía confiar en él a pesar de la manera tan extraña en que había comenzado nuestra conversación.

Sorprendentemente, lo había conseguido.

—Perdona por el susto —añadió—. No suelo espiar los móviles de otras personas, pero al pasar he visto tu fondo y no he podido contenerme.

Yo sonreí y volví a activar la pantalla. En ella apareció la pintura a la que hacía referencia. En diferentes gamas de azul, se veía un círculo en la esquina izquierda que a mí siempre me había parecido un planeta flotando en mitad del espacio y rodeado por su atmósfera. En el extremo opuesto, lejos de su órbita, un diminuto punto rojo completaba el cuadro. Era uno de los trabajos del pintor Vasili Kandinski que más me gustaban y cada cierto tiempo volvía a ponérmelo de fondo de pantalla.

—¿Te gusta Kandinski o la pintura en general? —pregunté.

—La pintura en general. Y él en particular.

Yo asentí y bebí de nuevo. Era un palmo más alto que yo, y llevaba el pelo oscuro un pelín largo para mi gusto, pero con aquellas facciones le habría sentado bien hasta un rapado al cero. Nunca me había puesto nerviosa al hablar con chicos tan evidentemente guapos y no iba a permitir que fuera a ocurrirme entonces.

—Sus pinturas abstractas son mis favoritas —afirmé—. Hace unos años mi padre me llevó a una exposición suya y estuve recorriendo todas las salas hasta que cerraron.

Él se rió, y a pesar de la música que tronaba por toda la casa, lo escuché con tanta claridad como si hubiera estado pegado a mi oído.

—Creo que a mí me pasaría lo mismo. Yo solo las he visto en libros y reproducciones, pero siguen dejándome sin habla. Son como…

—Historias —sugerí, y esta vez me uní a su carcajada cuando advertí que lo habíamos dicho a la vez—. Sí, eso. Historias enredadas en un ovillo. Escoges un trazo y lo sigues mientras imaginas lo que pasa en la pintura.

Las ovaciones y los aplausos de un grupo de chicos en el jardín interrumpieron nuestra conversación. Alguien acababa de tirarse a la piscina y detrás habían ido cuatro o cinco más.

—Me parece que este no es el mejor momento para hablar de arte —comenté.

—¿Prefieres darte un chapuzón?

Formuló la pregunta de tal manera que no supe si estaba bromeando o no. De todos modos, cuando iba a responderle, alguien lo llamó desde la otra punta del salón.

—Tengo que irme —dijo tras hacer una señal con el brazo—. Espero que podamos continuar esta conversación más tarde.

—Claro —contesté, algo decepcionada ante la perspectiva de volver a quedarme sola—. Estaré por aquí un rato más —añadí un instante después de que él se hubiera marchado.

Sin estar muy segura de si me había escuchado o no, paseé por las diferentes estancias de la espectacular mansión entreteniéndome con las fotos que encontraban sobre mesas, estanterías y chimeneas. En la mayoría de ellas aparecía la misma chica morena con diferentes edades. De niña, vestida de princesa. De adolescente, sobre un caballo. De joven, rodeada de amigos en una fiesta de gala. En mitad de una playa paradisíaca. Recibiendo un premio. Saludando desde una avioneta.

No hacía falta ser muy avispada para llegar a la conclusión de que tenía que ser la anfitriona, así que intenté memorizar su cara por si me cruzaba con ella. A continuación, volví al lugar donde había conocido a Jac. Por si volvía a buscarme.

Una parte de mí se revolvía por dentro al sentirse tan ridícula. Pero la otra esperaba con los dedos cruzados a que apareciera de nuevo y pudiéramos continuar la conversación que habíamos dejado a medias. Para algo interesante que me pasaba en toda la noche…

No hubo suerte. Miré el reloj: las doce y cuarto. Esperé un poco más. Miré el reloj: las doce y media. Esperé otro poco más.

De cuando en cuando se me acercaba alguien para preguntarme si sabía dónde estaba el lavabo, si tenía algún cigarrillo o si les podía dar fuego. Por desgracia, en cuanto les contestaba que no, se marchaban sin dedicarme más tiempo.

A la una menos cuarto seguía sin saber nada de Julia. Me habría preocupado de no ser porque se había conectado hacía poco. Me planteé escribirle otra vez, pero al final me pudo el orgullo. Si ella no daba señales de vida, ¿por qué iba a tener que insistir yo?

Opté por dar una última vuelta por la casa a ver si encontraba a Jac antes de marcharme a casa definitivamente. Puesto que no había sabido negarle a Ciro la invitación, aprovecharía la velada para aprender a retirarme con dignidad.

Escuché los gritos cuando volvía de revisar el jardín. La gente se había apelotonado de improviso en el interior de la casa y se precipitaba hacia el pasillo principal. Los que acababan de salir de la piscina iban dejando un reguero de agua a su paso, pero les daba igual. Me vi arrastrada por la marea mientras algunos preguntaban qué ocurría sin que nadie supiera qué responder. En ese momento me encontré con Ciro, que se dirigía hacia el lugar de donde provenía el estruendo como los demás.

—¿Hay una pelea? —me preguntó sin apartar la mirada del frente.

—No tengo ni idea —contesté, avanzando más por los empujones que por interés.

La habitación apareció ante nosotros como un escenario y yo me puse de puntillas para ver algo sobre las cabezas que teníamos delante. En el interior, decorado como una suite de hotel, con su cama alta, alfombra mullida y balcón abierto, había solo tres personas. Un chico, que no lograba ver bien desde mi posición, y dos chicas: una morena y otra rubia platino. La primera era la que gritaba descontrolada.

El tortazo que le propinó congeló el momento.

—¡Eres un cabrón! ¡¿Cómo has podido hacerme esto?!

La voz de ella se escuchaba perfectamente por encima de la música y de los gritos del exterior.

—¡Y encima en mi fiesta!

—¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? —preguntaba Ciro a mi lado, tomando nota como un loco en su móvil.

—¡Esto se ha acabado! ¿Me oyes? ¡Fuera de mi casa! —Los gritos continuaron—.¡Ahora mismo! ¡No quiero volver a verte nunca más! ¡Largo! Y vosotros, ¿qué miráis?

En ese instante, la gente que teníamos delante se apartó como las aguas del mar Rojo ante Moisés y por el pasillo central cruzó como una exhalación la chica de las fotos del salón, con el rímel corrido y el llanto descontrolado. Un séquito de más de diez personas la siguió escaleras arriba. Después abandonaron el cuarto las otras dos partes implicadas en el escándalo.

A la rubia apenas tuve tiempo de verle la cara, pero cuando los ojos azules de él se cruzaron con los míos, me quedé petrificada.

—Jac… —musité.

Él se limitó a bajar la mirada y a seguir el camino con la mejilla enrojecida hasta salir de la casa.

—Cómo no, tenía que ser él… —comentó Ciro a mi lado cuando terminó de escribir.

—¿Lo conoces?

—¿A Jacobo Casanova? —Mi amigo se rió—. ¿Y quién no? Se está empezando a convertir en toda una celebridad por la cantidad de corazones rotos que deja a su paso. Pero, oye, al menos me ha dado la trama que necesitaba. Yo me voy a quedar un rato más para recoger algunos testimonios. ¿Quieres venir conmigo o…?

—Nos vemos mañana —contesté con un regusto amargo en la boca.

Le di un beso en la mejilla y, antes de que pudiera echármelo en cara, abandoné la mansión con unas ganas inmensas de meterme en la cama, dormir y olvidar aquella noche tan estúpida, ridícula y extraña.

De eso y de cambiarme el fondo de pantalla del móvil.

2

Me desvelé un par de veces aquella noche. Y aunque no fui del todo consciente, encendí el móvil, vi que tenía varios mensajes de Julia y de Ciro, y volví a quedarme dormida sin responderlos. Por la mañana, la luz parpadeante sobre la pantalla me informaba de que se habían acumulado unos cuantos más.

Búfalo entró en mi cuarto en cuanto me oyó subir la persiana, como todos los días. No exagero al decir que el teckel era la criatura que más aprecio me tenía en el mundo entero. Desde el día que lo recogimos de la perrera, escuálido y asustadizo, se había creado un vínculo entre nosotros y, sin importar quién más estuviera por casa, en el instante en que yo me despertaba o entraba por la puerta, ya no se separaba de mí. Solo el hambre y el olor a comida lo confundían lo suficiente para recordarle que también podía orbitar alrededor de otro elemento distinto a mí.

—Sí, sí, buenos días a ti también —lo saludé, acercando la cara para que me diera unos lametones mientras le acariciaba detrás de las orejas.

Sin levantarme de la cama, con el perro acurrucado sobre mis piernas, estiré el brazo y cogí el móvil.

—A ver qué ha pasado en el mundo en las últimas siete horas…

En el mundo, ni idea, pero en la fiesta de la noche anterior se había armado un buen circo después de la escena de cuernos que pudimos presenciar todos. Según los mensajes de Ciro, Nadia, la anfitriona, había vuelto a bajar un rato después de que yo me marchara y se había pillado el pedo de su vida. Sin importarle quién la escuchara, se había desahogado delante de un montón de gente aportando todo lujo de detalles que él había apuntado como un condenado en su móvil. Ciro terminaba el mensaje avisándome de que esa misma tarde tendría el nuevo fragmento de En2a2 colgado en la web. Ese era, sin duda, el poder más fascinante de mi amigo: estar siempre en el lugar y en el momento oportunos, prestar atención, tomar nota de lo más interesante y después esfumarse de la escena del crimen llevándose consigo todos los datos para su posterior crónica.

Recordar la parte final de la noche me produjo cierto malestar. Solo a mí me podía pasar que el único tío que se había dignado hablarme en todo el tiempo que estuve perdiendo allí resultara ser un capullo sin escrúpulos.

—Tendría que haberlo sospechado cuando me habló de Kandinski —añadí, y Búfalo levantó la mirada.

Los otros mensajes eran de Julia. Básicamente, una cadena de «¿Dónde estás?», «Perdooona», «Tía, necesito hablar contigo YA!!» y «Te llamo mañana porque me ha pasado algo surrealista que solo tú vas a saber apreciar» que me había enviado cuatro horas después de que yo llegara a casa y a los que tampoco di importancia. Así era Julia. Antes de bajar a desayunar, le escribí para asegurarle que no pasaba nada y que ya estaba despierta si quería hablar.

Con Búfalo trotando detrás de mí con sus patitas cortas, bajé al piso inferior, donde me recibió el aroma a café y a tostadas quemadas. La mujer de mi padre debía de estar haciendo el desayuno.

—¡Fabulosos días! —exclamó cuando entré—. ¡Ah, no, no, no! Búfalo, fuera de la cocina, ya lo sabes.

El perrillo se la quedó mirando con extrañeza antes de que yo lo cogiera en brazos y lo acomodara en el sofá del recibidor.

—No comprendo cómo sigue sin aprender que aquí no puede entrar —añadió ella mientras me servía una taza de café cuando volví—. Eran dos de azúcar, ¿no?

—¿Todavía no te lo has aprendido? —respondí, imitando su tono con una sonrisilla mientras ella se hacía la ofendida.

Camila y mi padre llevaban juntos desde que yo era una niña, y pensar en él suponía también pensar en ella más que en mi madre. Camila siempre había estado allí. A su lado, cocinando, castigándonos, llevándonos a clase, disfrutando de las vacaciones o dirigiendo el club. Con su entusiasmo desbordante y su intolerancia a la pérdida de tiempo y sus modales exquisitos y su manía de reordenar los muebles del salón cada seis meses. Y aunque nunca había sido capaz de llamarla «mamá» (ella tampoco me lo había pedido), siempre había cumplido con ese papel a la perfección y para mí era igual de importante.

De mi madre solo recibía noticias en fechas señaladas y cuando regresaba de uno de sus espectaculares viajes y me llegaba un paquete con algún regalo. Trabajaba para una revista de turismo y se pasaba la vida yendo de una punta a otra del planeta con su actual pareja, un fotógrafo diez años más joven que ella que ilustraba sus artículos. Lo mejor de todo era que Camila era una auténtica admiradora de su trabajo y no se perdía ni un solo número de la revista en la que escribía.

Por mi parte, la echaba de menos y la envidiaba a partes iguales. También la admiraba igual que la odiaba por no haberse dado cuenta antes de casarse con mi padre, tenerme a mí y rompernos el corazón a ambos de que esa vida no era en realidad la que de verdad quería. «El mundo es demasiado pequeño para tu madre», solía decir mi padre para zanjar el tema cuando surgía. Pero en el fondo daba igual. Llevaba años dando igual, de hecho. Ella era feliz así, y papá y yo, desde que nos recompusimos por dentro, nos las habíamos apañado más que bien por nuestra cuenta y, más tarde, con Camila y Alejandra.

—¿Ale ya se ha levantado? —pregunté, entre sorbo y sorbo de café.

Camila se sentó delante de mí y se quitó las gafas de montura para limpiar los cristales. A pesar de estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, las pecas de su cara y el color rojizo de su cabello la hacían parecer mucho más joven.

—Hoy empezaba el campamento de v ...