Loading...

LA BATALLA FINAL (EL JUEGO INFINITO 3)

James Dashner

0


Fragmento

Prólogo

Michael se sintió agradecido de poder dormir. Los pequeños baches del camino y el runrún de las ruedas sobre el asfalto lo relajaron por primera vez en varios días, y empezaron a pesarle los párpados. Era un experto en enfrentarse a la realidad —o a la irrealidad—, pero, después de sus últimas experiencias, si hubiera tenido la oportunidad de permanecer un tiempo inconsciente, se habría sentido eternamente agradecido. Había tenido que digerir muchas cosas. Habría aprovechado cualquier oportunidad de huir del mundo y sus numerosos males. Sin embargo, lo más probable era que volviera a entrar en su ataúd más pronto que tarde.

A Michael se le cayó la cabeza de golpe. Volvió a enderezarla y se recostó en el respaldo de la silla. Supo que estaba soñando porque ya no iba sentado en el coche del padre de Sarah. Estaba frente a la encimera de su cocina antes de que todo empezara, donde su niñera, Helga, le había servido el desayuno cientos, si no miles, de veces. Pensó en el hombre que lo había visitado en la cárcel, en su curioso discurso sobre los sueños dentro de los sueños, en cómo esa lógica en bucle también era aplicable a la Red Virtual. Todo aquello podía volverlo loco si le daba más vueltas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Estos gofres están de muerte —dijo el chico.

Le sorprendió el sabor tan real que tenían. Estaban calentitos y eran una auténtica delicia con regusto a mantequilla. Tragó el bocado y sonrió.

Y entonces ¡apareció Helga! La cariñosa y estricta Helga. Ella le echó una mirada mientras recogía los platos. Era una mirada que Michael había visto infinidad de veces a lo largo de los años. Una mirada con la que le advertía en silencio que más le valía no estar planeando ninguna trastada. Una mirada que solía echarle cuando él fingía un resfriado para no ir al colegio o le mentía sobre los deberes.

—No te preocupes —le dijo el chico—. Esto es un sueño. ¡Puedo comer todas las que me apetezca! —Sonrió; dio otro bocado, masticó y tragó—. Supongo que Gabby sigue sin aparecer, porque no he sabido nada de ella. Aunque estoy seguro de que le alegrará volver a estar con Sarah y con Bryson. El Trío Terrible, vivito y coleando, y todavía dando caña. Aunque vayamos todos apiñados en el asiento trasero de un coche. Da igual. ¿Quién iba a pensar que mi vida se volvería tan rara? Menuda locura.

Helga asintió, sonrió y se agachó para poner el lavavajillas; la atmósfera de la cocina se llenó con el traqueteo de la cristalería y la porcelana.

Michael frunció el entrecejo. Tenía la sensación de que a Helga le importaba un bledo.

—A lo mejor no lo sabes todo, mi querida alemanita. Bueno, vamos a ver. De algún modo nos engañaron para que hiciéramos saltar por los aires los sistemas de la SRV; podemos decir que nos lo cargamos del todo. Los padres de Sarah, a los que habían secuestrado, por si no lo sabías, se presentaron en la cárcel como salidos de la nada para sacarnos de allí y nos hablaron de ti y de un montón de antiguos tangentes que estaban detrás de todo aquello. De ti, Helga, nos hablaron de ti. ¿Te importaría aclararme ese punto?

Su niñera lo miró encogiéndose de hombros, con gesto de culpabilidad, pero apenas interrumpió su tarea. El traqueteo de cacharrería continuaba, entremezclado con los portazos de los armarios. Michael sabía que aquello era demasiado bonito para ser cierto, que lo único que podía hacer era permanecer allí sentado disfrutando del sueño. No había un lugar en todo el universo al que pudiera ir para huir de sus pensamientos; y menos aún su propia mente. Dio un par más de mordiscos rápidos al gofre que estaba comiendo y se deleitó con su costra crujiente y su tierno interior, con la intuición de que el sueño estaba a punto de terminar. Aunque Helga no le había dicho ni una sola palabra.

—Supongo que no puedes hablarme en sueños, ¿verdad? —dijo Michael—. Y eso es muy raro. Kaine me dijo que te había matado y que había matado a mis padres. —Al imaginar a su madre y a su padre sintió una intensa punzada de dolor en su corazón onírico—. A lo mejor lograste escapar, ¿no? No lo sé. De todas formas, ¿puedes seguir viva al menos en mi mente? Sería muy parecido a estar hablando con mi…

Helga se volvió de golpe, con el rostro muy enrojecido.

—El Desfiladero Consagrado, hijo. Ya sabes que es allí donde debes ir. Regresa al Desfiladero Consagrado. ¡Todo acabará donde empezó!

Michael iba a responder, pero, mira por dónde, en ese preciso instante un bache tuvo el descaro de despertarlo.

1

Un lugar bonito en el campo

1

Cuando Michael se despertó, tuvo la desagradable sensación de regurgitar bilis por la garganta. No fue precisamente la forma ideal de volver al mundo consciente.

Inspiró con fuerza para intentar relajarse. Deseó haber tomado alguna medicación para evitar el mareo. Por lo visto, el padre de Sarah creía ser un corredor de la NASCAR, y el estado del camino no contribuía a mejorar la situación. Gerard, el Perro Guía, próximo supercampeón de carreras en el circuito con más curvas y más baches del mundo.

Al tomar las curvas cerradas de las montañas del norte de Georgia, Michael iba inclinando el cuerpo en la misma dirección de cada giro, como si eso contribuyera, de algún modo, a mantener el vehículo en la carretera. La exuberante frondosidad y los árboles gigantescos cubiertos de enredaderas formaban un grandioso túnel a lo largo de una caverna verdosa, atravesada por los brillantes rayos de sol que destellaban entre las hojas a medida que avanzaban.

—¿Estáis seguros de que esa mujer dijo que se llamaba Helga? —preguntó Michael una vez más con el sueño todavía fresco en la memoria.

«Ve al Desfiladero Consagrado.» Eso es lo que la niñera había dicho. Lo que significaba, sin duda, que era lo que su propio inconsciente le estaba comunicando. Debían regresar al lugar donde todo empezó si querían terminar con ello. Parecía bastante razonable.

Gerard, quien sujetaba con fuerza el volante como si temiera que fuera a desencajarse, suspiró al oír la pregunta. Su esposa, Nancy, se volvió desde el asiento del acompañante para dirigirse a Michael.

—Sí —respondió ella con una sonrisa de amabilidad; luego miró de nuevo hacia el frente. Por la paciencia que demostró daba la impresión de que fuera la primera vez que Michael formulaba la pregunta; no obstante, era la decimoquinta o la decimosexta vez que lo hacía.

El chico iba sentado en el asiento trasero, con Bryson a su izquierda y Sarah a su derecha. Nadie había dicho gran cosa desde su reencuentro. Entre la persecución, el encarcelamiento y el rescate vividos por los tres, habían pasado varios días, y todos se sentían igual de aturdidos que Michael. El propio Michael no sabía qué pensar. Habían secuestrado a los padres de Sarah; más tarde alguien los había rescatado. Y los mismos que los rescataron fueron los que dieron las pistas a Gerard y a Nancy para que recogieran a su hija y a sus amigos, y los llevaran a un lugar ubicado en los Apalaches.

Pero algo había ocurrido con los tangentes. Y con una mujer que había mencionado a Helga.

Era imposible que se tratara de su niñera, pensó Michael por enésima vez. ¿Verdad? Su Helga estaba muerta, ¿no? Por lo que él sabía, ella era una tangente desautorizada por Kaine, al igual que los padres del chico. Como mínimo, el tangente había acelerado la Decadencia de todos ellos. Fueran reales o no, sus muertes habían dejado un profundo vacío en el alma de Michael, y no había logrado recuperarse mucho desde entonces.

Sarah le dio un codazo cariñoso, luego se inclinó de forma extraña sobre él y apoyó todo el peso de su cuerpo contra el del chico mientras Gerard tomaba otra curva cerrada. Las ruedas chirriaron, y una bandada de pájaros salió volando de entre el follaje a un lado de la carretera, graznando y batiendo las alas al alejarse.

—¿Estás bien? —le preguntó ella—. No pareces muy contento para acabar de escapar de la prisión.

Michael se encogió de hombros.

—Imagino que todavía intento asimilarlo todo.

—Gracias por el mensaje que me enviaste —le susurró ella. Mientras estuvieron separados, tanto él como Sarah habían hackeado el cortafuegos del sistema de seguridad de la cárcel para enviarse notas mutuamente—. Me ayudó mucho.

Michael asintió en silencio y le dedicó una sonrisa tímida. De pronto le vino a la mente una imagen terrible: Sarah agonizando junto a las pozas de lava, su lucha postrera por tomar aire antes de abandonar la Senda de Kaine en las capas más profundas de la Red Virtual. Michael la había arrastrado hasta todo aquello. Y a sus padres. Y a Bryson. Fue muy duro verla sufrir de esa manera, y no lograba dejar de preguntarse: ¿les esperaban peores destinos que un montón de piedra fundida virtual?

Bryson se inclinó hacia delante para mirarlos.

—Oye, a mí nadie me envió ningún mensaje. Eso no mola.

—Lo siento —dijo Michael—. Como sé cuánto te gusta dormir la siesta, no quería molestarte.

Para meter más el dedo en la llaga, Sarah se presionó el audiopad para proyectar su pantalla de red. El mensaje de Michael, «Venceremos», quedó pendido en el aire, ante ellos. El chico sintió la calidez de la felicidad en el pecho al ver que ella lo había guardado. Sonrió, bastante abochornado.

—¡Qué bonito! —Bryson se echó hacia delante y se quedó mirando a su amigo—. Estoy bastante seguro de que llevo sin dormir, veamos…, unas tres semanas; de lo que tú eres culpable, por cierto.

—Acepto mi culpa. —Michael sabía que su amigo bromeaba casi todo el rato, pero se sintió mal. Era posible que Bryson jamás hubiera dicho nada tan simple aunque tan cierto al mismo tiempo. Las ganas de vomitar que sentía por ir dando tumbos de pronto se intensificaron—. Vaya… —Emitió un gruñido—. Señor… Esto… Gerard… ¿Podríamos parar un segundo? No me encuentro muy bien.

—Ponte mirando a Bryson —dijo Sarah, y se alejó de Michael unos centímetros. Bajó la ventana—. ¿Mejor así?

Sin embargo, el padre de la chica ya había reducido la marcha —el frenazo en seco revolvió un poco más el estómago a Michael— y estaba estacionando en una pequeña zona de tierra en el arcén de la angosta carretera.

—Ya estamos, hijo —anunció el hombre. Parecía tan familiarizado con la maniobra que Michael estaba convencido de que no era la primera vez que provocaba el vómito a alguien—. Pero date prisa… Ya vamos tarde.

La madre de Sarah le dio una palmadita a su marido en el brazo.

—Ten un poco de tacto, cielo. Por el amor de Dios. A nadie le gusta vomitar.

Michael ya estaba pasando por encima de Sarah para salir. Abrió la puerta y bajó de un salto antes de que ella pudiera quejarse. El asqueroso desayuno de la prisión empezó a ascender desde el esófago y no había forma de contenerlo. Localizó el arbusto más próximo y le hizo un regalito nada agradable.

2

—¡Qué asco, tío! Creo que se te han quedado restos pegados en la camisa —dijo Bryson, pasados unos minutos. Regresaron a la carretera, y Gerard retomó su conducción deportiva.

Michael sonrió; ya le daba igual. Se sentía tan bien en ese momento que el mundo le parecía más brillante y luminoso.

—Me alegro de verte así —masculló Bryson, y dio una palmadita en el hombro a su amigo—. La verdad es que quiero darte las gracias por no haberme potado encima.

—No se merecen —respondió Michael.

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó Sarah.

—Mogollón. —Michael se cruzó de brazos y movió las piernas para estar más cómodo—. Supongo que me siento mejor en general. Quiero decir, no estoy seguro de qué ocurrió cuando estábamos en Atlanta, pero no está mal que sigamos todos vivos, ¿verdad? Y ahora vamos al encuentro de personas que quieren ayudarnos.

«Y, además, tengo un plan», pensó. Era la primera vez en siglos que tenía uno, y lo hacía sentirse bien. Iría al Desfiladero Consagrado, regresaría al lugar donde todo había empezado. Solo debía dar con el momento justo para contárselo a sus amigos.

—Tío —dijo Bryson—, siempre ves la botella medio llena. Y eso me gusta.

Sarah sonrió y, con disimulo, tomó de la mano a Michael y entrelazó los dedos con los del chico. El mundo se iluminó aún más. «Y debemos asegurarnos de que Gabby está bien», pensó él. La última vez que la había visto, estaba inconsciente —la habían golpeado en la cabeza—, y era culpa de Michael por haberla metido en aquel lío. No quería implicarla más, pero necesitaba comprobar que la chica estaba bien.

—Ya casi hemos llegado —les dijo Gerard desde delante reduciendo la marcha—. Bueno… o eso creo.

Michael sintió mariposas en el estómago. Seguía cogido de la mano de Sarah, se inclinó hacia delante y miró por el parabrisas delantero mientras seguían avanzando por aquel túnel verde y oscuro del bosque. No tenía ni idea de qué esperar —adónde iban ni por qué—, pero la emoción que sentía aumentaba con cada bache, con cada salto, al tiempo que contemplaba la carretera que tenían por delante. Eso lo hizo pensar en la Senda y, con una pizca de ansiedad, se preguntó si de verdad estaría en el mundo real, en el Despertar, o en algún otro sitio, en el interior de un cajón, conectado a unos cables y subido a la Red Virtual. Lo habían engañado tantas veces y de tantas formas que no volvería a estar seguro de nada en la vida.

Recordó al hombre, el que lo había visitado en la cárcel justo antes de la agente Weber. También había vuelto a verlo en sueños. Algo relacionado con despertar una y otra vez, dentro de capas y más capas de niveles de la Red Virtual. ¿Era eso? Como si se tratara de un sueño dentro de un sueño. Aquella sensación lo espeluznaba.

La carretera empezó a describir una ligera cuesta, y Michael sacudió la cabeza para dejar de pensar en todo aquello. Volvería a marearse si seguía obsesionándose. Se concentró en el entorno que lo rodeaba —fuera real o virtual—, tal y como era.

En el exterior los árboles de la carretera empezaban a ser más delgados y dejaban entrever un amplio valle situado entre dos montañas pobladísimas de vegetación. Las nubes cubrían el sol, y el día volvía a tornarse gris, como si quisiera devolverles la sombra de la que ya no disfrutaban.

—¿Es ese el lugar al que vamos? —preguntó Bryson. Se desabrochó el cinturón y se situó lo más cerca que pudo de Gerard, sujeto al cabecero del asiento del conductor—. Ese lugar parece antiquísimo.

—Ahí debe de ser —respondió Nancy—. No parece que haya muchas más cosas alrededor.

Michael echó un vistazo. Por debajo de ellos, distribuidas entre los árboles del valle, había varias edificaciones alargadas de una sola planta, que le parecieron cascos de barco desguazados. Parecían barracones militares, algo que podría verse en una de esas películas antiguas de guerra ambientadas en una selva de algún lugar exótico. Los tejados estaban agujereados, algunos los habían parcheado; la mayoría de viviendas carecían de techo y se encontraban a merced de los elementos. Las enredaderas y la hiedra lo invadían todo y cubrían por completo parte de las edificaciones, hasta tal punto que algunas zonas parecían arbustos podados de forma artística, aunque abandonados en el jardín de algún gigante olvidado.

—Tío —murmuró Bryson—. Esperaba algo parecido a un hotel de la cadena Marriot. Al menos en la cárcel había retretes que funcionaban.

—Serpientes —susurró Sarah, como si estuviera en trance—. Seguro que está plagado de serpientes.

Michael se resistió a dejar que su entusiasmo recién descubierto decayera. Sentía muchísima curiosidad por la apariencia decadente de aquel lugar… fuera lo que fuese.

—Entonces ¿no habéis estado aquí antes? —le preguntó a Gerard, y luego probó con un nuevo planteamiento—. ¿Dónde conocisteis a Helga y a los demás? ¿Cómo supisteis dónde encontrarnos y cómo llegar hasta allí?

Nancy se volvió hacia él.

—No hay mucho que contar, me temo. Supongo que vosotros tres sabéis más que nosotros. Esos… tangentes, así se hacían llamar, irrumpieron en aquel horrible almacén donde nos habían llevado los secuestradores, nos liberaron, nos dieron su coche y una serie de indicaciones. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. No nos quedaba más que confiar en ellos. Verás, debíamos llegar hasta vosotros y sacaros de allí, eso fue todo.

Michael podría haber dado muchas respuestas a aquello. Confiar en los otros era algo que no volvería a resultarle fácil. Por el momento, solo le importaba seguir vivo, y tenía que reconocer que aquella debía de haber sido su mejor alternativa.

Además, estaba Helga. Debía encontrar a esa nueva Helga.

La carretera se desvió, y dejaron de ver el valle, hasta que de pronto empezaron a adentrarse entre el complejo de barracones invadidos por la vegetación. Lo que Michael no había visto con anterioridad fue una docena, más o menos, de coches aparcados a la sombra de varios árboles gigantescos. Los vehículos estaban desguazados. Parecían tan viejos que, de no ser porque no estaban cubiertos de enredaderas, cualquier habría pensado que se encontraban allí desde la misma época que los edificios.

Gerard acababa de detener el vehículo cuando una mujer alta se asomó por la puerta de uno de los barracones. Llevaba unos vaqueros polvorientos, botas y sudadera negra, y tenía la cabellera rubia pajiza recogida en una cola de caballo. Se dirigió hacia ellos con paso confiado y el entrecejo fruncido.

—Es ella —susurró Gerard mientras bajaba la ventana.

Michael no la reconoció, y se sintió triste a pesar de no existir ninguna razón lógica para que él supiera qué aspecto tenía Helga en el Despertar.

La mujer se inclinó en dirección a la ventana del conductor, apoyada sobre los antebrazos, y miró al interior, a cada uno de los ocupantes del vehículo. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mirando hacia la edificación de la que había salido.

—Vamos a entrar —dijo con un acento totalmente diferente al alemán que Michael esperaba oír— antes de que el mundo se desintegre.

Entonces se volvió y regresó hacia el barracón.

3

—Es para hoy, tío, para hoy. —No era el mejor momento de todos para que Bryson tardara media vida en salir del coche.

Michael nunca se había sentido tan impaciente. Debía averiguar la verdad sobre aquella otra Helga y las personas con las que se encontraba: podrían ayudarlo a regresar al Desfiladero Consagrado.

—Ya voy, colega, ¡tranqui! —respondió Bryson. Pero seguía sin moverse. Miró a Michael muy serio—. ¿De verdad lo vamos a hacer?

—Sí —respondieron Michael y Sarah al unísono.

Los padres de la chica ya estaban fuera del coche, cerrando sus respectivas puertas.

—¿Estáis seguros que pondríais la mano en el fuego? —insistió Bryson—. Mi abuela solía decirlo. Si ponéis la mano en el fuego, os sigo.

Michael se contuvo para no perder los nervios.

—Sí, estoy tan seguro que pongo la mano en el fuego.

—Entonces, vale.

Bryson bajó del asiento trasero, y Michael dio un empujón a su amigo para obligarlo a bajar más deprisa. Sarah salió por el otro lado, y el grupo siguió a sus padres hasta el sendero cubierto de mala hierba en dirección a la puerta del barracón, que estaba entreabierta. Gerard no titubeó. Entró sin pensarlo. Michael y sus amigos lo siguieron.

La mujer alta que les había dado la bienvenida estaba esperándolos, pero eso no fue lo que captó la atención de Michael.

Cuando logró adaptar la vista a la iluminación del lugar, le impactó lo que vio. Sintió que había entrado en un mundo del todo distinto. El maltrecho y desvencijado edificio albergaba una tierra de maravillas tecnológicas. El techo estaba cubierto de luces led, que iluminaban el fulgor verdoso de docenas de pantallas de red. Había una hilera de ataúdes azules pegados a una pared; en otra, una hilera de mesas, donde hombres y mujeres trabajaban con denuedo. Se habían protegido las paredes y el techo con troncos de madera, y Michael se percató de que habían usado plásticos para tapar los numerosos agujeros del tejado.

La voz de su anfitriona interrumpió las cavilaciones del chico y rompió el silencio.

—Tuvimos que encontrar una localización remota…

—Misión cumplida —murmuró Bryson.

—… Necesitábamos una fuente eléctrica y tener acceso a la señal del satélite para las comunicaciones a través de la Red Virtual. Esta es una antigua instalación de entrenamiento militar de combatientes técnicos, abandonada hace una década debido a los recortes presupuestarios. Y da la casualidad de que encajaba a la perfección con nuestro cometido. Tardamos un par de semanas en acondicionarlo, pero aquí estamos. Metidos de lleno en faena.

Michael tenía un millón de preguntas, aunque una de ellas le urgía más que cualquier otra.

Miró a la mujer alta y avanzó un paso para acercarse a ella, mirándola a los ojos con cautela.

—Gerard me ha dicho que le dijiste que te llamabas Helga. Y que eres una tangente. ¿Acaso…? —No tenía ni idea de cómo formular la pregunta.

El chico se sorprendió al ver que a ella se le anegaban los ojos en lágrimas, y él mismo empezó a ver borrosos los destellos de las luces de la sala.

—Sí —respondió la mujer. Entonces lo acogió en un abrazo y lo apretujó con fuerza—. Deduzco que tú eres Michael. Mi niño.

El chico abrió los ojos de par en par y se tomó unos segundos antes de corresponder el abrazo.

—¿Eres… Helga? ¿De verdad? Pero ¿cómo?

Ella lo había acogido sin dudarlo con su nuevo cuerpo, pero el chico no sabía si podía hacer lo propio.

Helga se apartó de Michael con una mirada de determinación en lugar de ternura.

—Tengo muchas cosas que contarte. Nos tenemos que poner al día en muchos sentidos. En resumen, hemos estado siguiendo a Kaine desde antes de que vuestro camino se cruzara con el suyo. Le robamos el programa de la Doctrina de la Mortalidad. Copiamos una versión. Tuvimos que hacerlo, Michael. Debíamos regresar al mundo real si queríamos salvar el virtual.

El chico volvió a sentir el mareo del coche.

—Espera… Tú… ¿robabas cuerpos? —Retrocedió un paso—. Tú… ¿Cómo sé siquiera que eres la auténtica Helga? ¿Cómo voy a confiar en vosotros? ¿En ninguno de vosotros?

La mujer que afirmaba ser su niñera de toda la vida le sonrió con amabilidad.

—Son todas muy buenas preguntas —dijo—. Y las responderé. Creo que así será más fácil demostrar quién soy. Responderé a algo solo para que sepas…

Hizo una pausa y se quedó mirando con detenimiento hacia el grupo de Michael. Resultaba evidente que estaban igual de preocupados que el chico. Se habían comprometido a poner fin a todo aquello. Aunque, al parecer, sus rescatadores no habían resultado ser mucho mejores que Kaine.

—No hemos… matado a nadie —aclaró por fin la mujer alta. Su mirada se había tornado formal de nuevo, ya no tenía expresión de ternura. No obstante, Michael percibió una profunda tristeza en sus ojos—. No en el sentido de darles muerte real, en cualquier caso.

—¿Muerte real? —repitió Sarah, y lanzó una mirada recelosa a Michael. El chico sintió de pronto que el suelo que tenía bajo sus pies se estremecía.

—Por favor —dijo la mujer, a todas luces impaciente por la reacción de sus invitados—. Sentémonos y hablémoslo, ¿os parece? Por favor —Se dirigió hacia las sillas dispuestas en círculo, ubicadas junto a los ataúdes que proyectaban su fulgor.

Michael se quedó mirando a Sarah y a Bryson, y se encogió de hombros. Todos se dirigieron hacia las sillas mientras la expresión «muerte real» les retumbaba en los oídos.

4

—Empecemos por el principio —dijo la mujer alta en cuanto estuvieron todos sentados—. Debéis saber que soy quien digo ser antes de poder confiar en mí. —Helga concedió al grupo un momento para asimilarlo; luego se dirigió a Michael y le dijo mirándole a los ojos—: Era tu niñera, Helga. Soy Helga. Una parte de mi ser sospechaba que podríamos ser tangentes, pero tú eras real para mí, Michael. Al margen de todo lo que ha hecho Kaine, creo que muchos de nosotros habíamos dado el salto hacia el mundo consciente, lo que ralentiza en gran medida el proceso de Decadencia. Sé que tú y yo hemos dado ese salto. —Dio la sensación de que dejaba la mirada perdida, como sumida en un desierto de viejos recuerdos, pero recuperó pronto el hilo y apartó esos pensamientos—. A lo que iba: tú siempre has sido y serás como un hijo para mí. Pero deja que te lo demuestre.

Michael frunció el entrecejo y le dedicó una larga e intensa mirada, como si estuviera valorando sus opciones. La mujer se echó hacia delante y se le acercó con las manos apoyadas sobre las rodillas y entrelazadas. Parecía sincera, con la mirada intensa y teñida de dolor. El resto de los presentes permanecían en silencio mientras el chico volcaba toda su atención en aquella mujer. Helga. El futuro de Michael pendía de un hilo.

—Vale —dijo al final intentando pensar con claridad—. ¿Cuál era mi desayuno favorito?

—Un momento —dijo Bryson, justo en el momento en que la anfitriona abría la boca para responder—. Eso no va a probar nada. —Se volvió hacia Michael—. Si tu niñera era una tangente, Kaine conocería todos los detalles de tu vida. Le bastaría con una descarga instantánea. O algo peor, ¡podría haberla programado! Esto no tiene ningún sentido.

—No estás siendo de mucha ayuda —repuso Michael. Su amigo tenía razón, y eso resultaba desesperante.

—No, el chico tiene razón —admitió la mujer al tiempo que se levantaba—. No en lo que ha dicho sobre Kaine, sino en que es imposible que yo llegue a convencerte del todo de que soy Helga. Podría pasarme el día entero hablándote de cómo adorabas comer gofres para desayunar y contarte que, cuando solo tenías cinco años, me pediste leer aquella novela de Stephen King, y yo te obligué a seguir con los libros infantiles de Judy Blume. O contarte que te rompiste la pierna a los siete, o cuántas veces te pillé intentando colarte en el ataúd de tu padre antes de que tuvieras la edad legal para hacerlo. O sobre las muchas noches que te llevaba queso con galletas mientras estudiabas esos históricos de codificación en tu pantalla de red, cuando ya estabas en cama; o que tuvimos que limpiar de lo lindo toda la casa después del incidente de la fiesta de pijamas antes de que tus padres volvieran de su viaje de negocios.

Hizo una pausa y esbozó una cálida sonrisa, mientras Michael no podía hacer más que mirarla boquiabierto.

—Podría seguir y seguir —añadió la mujer—. Pero jamás llegarías a estar del todo convencido. Ni tampoco tus amigos. Soy un fragmento de código, Michael. Nada más. Nadie entiende mejor que yo el dolor que supone serlo, créeme. Y no sé de qué forma recuperar totalmente tu confianza.

—Vaya, no quería insultar a todo el mundo —dijo Bryson con expresión de culpabilidad y se quedó cabizbajo.

Michael se dio cuenta que había empezado a temblar, sobrecogido por la emoción. Bryson había planteado una cuestión maravillosa, y no podían permitirse ignorar sus implicaciones. Pero, tarde o temprano, Michael debía recuperar la confianza en los demás. En algo. En alguien. Y si tuviera un radar en su interior para detectar la verdad, ahora estaría emitiendo una señal más potente que nunca.

—Eres tú —susurró el chico.

Nadie dijo nada. A lo mejor no lo habían oído.

—Eres tú —dijo Michael en voz más alta.

A continuación corrió hacia ella y la abrazó antes de que nadie pudiera ver las lágrimas que le brotaban de los ojos.

2

Un círculo de manos

1

—Sí que soy yo —le susurró Helga al oído dándole palmaditas en la espalda—. Te lo prometo. Vamos a superar esta locura juntos.

Había pasado mucho tiempo desde que Michael no sentía nada similar, y un cúmulo de emociones lo removió por dentro. Felicidad, tristeza, nostalgia… Lloró sobre el hombro de su niñera al recordar a sus padres perdidos, su hogar perdido, su vida perdida. Conservaba a sus dos mejores amigos, pero Helga era el único vínculo con el mundo que el chico había conocido sin Bryson y Sarah. Y, hasta ese instante, había estado convencido de que su niñera había desaparecido para siempre.

Quedaban preguntas sin resolver, en efecto. Preocupaciones. Pero en ese momento lo único que podía sentir era la ternura de la mujer, su calidez, que lo confortaba con su abrazo.

Al final, Helga lo sujetó con amabilidad por los hombros y lo apartó. Michael se sintió aliviado al ver que ella también había derramado unas cuantas lágrimas.

—Tal vez te haya convencido a ti —dijo ella sonriendo con timidez—, pero a ellos no. —Hizo un gesto con la cabeza para señalar a los demás.

Del todo abochornado, Michael recuperó la compostura y se enjugó las lágrimas de las mejillas. Luego se volvió hacia sus amigos.

—Es ella —dijo con toda la energía que fue capaz de recuperar tras la escenita que acababa de protagonizar—. No sé cómo explicarlo, pero sé que es ella.

Aunque resultara sorprendente, fue Sarah la que manifestó mayor recelo.

—Bueno, pues va a tener que encontrar una forma de explicarlo, Michael. No podemos poner nuestras vidas en manos de esta mujer así como así. Lo que hizo, robar un cuerpo, no es mucho mejor que lo que Kaine está haciendo.

Apenas hubo pronunciado la última palabra, el resto del grupo rompió a hablar, interrumpiéndose unos a otros, hasta que Michael los hizo callar de un grito.

—¡Escuchad! —dijo mirando directamente a sus amigos y a los padres de Sarah—. No tenéis ni idea de qué supone ser un tangente. Quizá para vosotros solo seamos un montón de código, eso puedo aceptarlo. Pero somos algo más. Lo sé. Yo soy una persona, tengo mente, soy capaz de pensar por mí mismo y me da igual lo que digan los demás. Es decir, a mí también podrían haberme programado como a Helga. ¡En algún momento tendréis que dejaros llevar por los sentimientos! Mis padres eran reales, por lo que a mí respect ...